28.2.17

La sociedad se mueve con energía, pero cree que lo hace con dinero

La sociedad se mueve con energía

Por Sara Plaza

Esta entrada es la versión castellana de la que Nate Hagens publicó en The Monkey Trap (su website personal), el 20 de septiembre de 2013, bajo el título "Twenty (Important) Concepts I Wasn’t Taught in Business School – Part I". En esta primera parte el autor enumera los diez últimos. El texto ha sido traducido por Sara Plaza con permiso expreso del autor.

Dada la extensión de la entrada original, en los párrafos que siguen sólo se recogen la introducción y el primero de los conceptos que enumera el autor (el número 20). El artículo completo puede descargarse en formato .pdf aquí.

Veinte principios (importantes) que no me enseñaron en la escuela de negocios – Parte I

Nate Hagens

Hace veintiún años [1992] obtuve, con calificación de sobresaliente cum laude, el grado de Master en Dirección y Administración de Empresas de la Universidad de Chicago. Ya podía comerme el mundo. O eso parecía. Durante varios años logré una posición social de acuerdo con los parámetros actuales: nóminas elevadas, buenos coches, viajes a lugares exóticos, novia(s), frescura y, quizá lo más importante, respeto por ser un miembro "exitoso" de la sociedad. Pero resulta que mi carrera financiera, efímera como fue, se desarrolló en el tramo final de una época en la que los mercados financieros cada vez se iban desvinculando más de la realidad que tenían que representar. Mi habilidad para multiplicar los dígitos de una cuenta (o al menos para vender esa probabilidad), me permitió triunfar en un sistema de turbo finanzas que se dispararía en los siguientes 20 años. Durante un breve periodo de tiempo fui parte del 1% (y todavía lo soy en relación a "todos los seres humanos que han existido hasta ahora"). Estar entre ese 1% me dio la oportunidad de profundizar un poco más en lo que realmente estaba ocurriendo (en buena medida porque lo dejé y tuve tiempo de leer y pensar sobre ello durante una década). Resulta que la lógica de fondo del sistema financiero, y por lo tanto de mi carrera, se fundamenta en unos supuestos básicos erróneos que habían "funcionado" en el corto plazo pero que enseguida se quedaron anticuados, poniendo en grave peligro nuestras sociedades.

En torno al 30% de los actuales estudiantes universitarios eligen una gran empresa. Sin embargo, "hacer negocios" sin tener conocimientos de biología, ecología y física elude los principios fundamentales que rigen el funcionamiento de nuestro mundo. Lo que sigue es mi extenso, pero a la vez demasiado breve, resumen de las cosas importantes que no me enseñaron en la escuela de negocios.

El business as usual tal y como lo conocemos, con la economía como guía y los parámetros financieros como indicador, está en las últimas. El siguiente ensayo es crítico con las finanzas y las escuelas de negocios (del mundo). Pero también lo es con todo nuestro sistema educativo. Ahora bien, los médicos, los fontaneros y los campesinos no tienen la misma influencia que tiene la gente de finanzas en lo que respecta al relato y los objetivos culturales: hace tiempo que las premisas centrales de la sociedad deberían haber sido examinadas. Pero antes de señalar lo que no aprendí en la escuela de negocios, quiero ser justo: aprendí cosas de "valor" para los caminos que andaría en el futuro: estadística, regresión, cómo organizar y dirigir reuniones de manera profesional, y algunos conceptos útiles de mercadotecnia. Por supuesto, como para cualquier estudiante de veintipocos, la mitad del valor de esos años universitarios estuvo en aprender a interactuar con el grupo de gente que serán tus compañeros, y las relaciones y contactos que se establecen. Asimismo, la oficina de colocación también fue muy útil para conseguirnos trabajo.

La cultura de [la banca de inversión] Salomon Brothers fue la que más me impresionó y aterricé en su Departamento de Inversiones Privadas, donde básicamente ejercíamos como corredores de bolsa para los super-ricos. Como pasante no me estaba permitido contactar con nadie que contase con menos de 50 millones de dólares (en 1993). Cuando Salomon cerró nuestro departamento desempeñé un trabajo similar en Lehman Brothers. Allí enseguida empecé a sentirme como un vendedor de coches muy bien pagado, y al cabo de dos años lo dejé. Trabajé entonces para un cliente, desarrollé algoritmos de negociación y, finalmente, creé mi propio fondo. Pero progresivamente, en lugar de hacer transacciones o intentar aumentar mi negocio, me encontré leyendo sobre petróleo, historia, evolución y temas ecológicos. Me preocupaba que nuestros productos o beneficios no incluyesen el valor de las "externalidades". Un día, dando un paseo, llegué a la conclusión de que lo que hacía estaba espiritualmente hueco y, a pesar de que "pagaba las facturas", empecé a darme cuenta de que me interesaba mucho más aprender cómo funcionaba el mundo y, tal vez, hacer algo para mejorarlo. En el año 2002 devolví su dinero a mis clientes y me embarqué con mi perro y un coche lleno de libros en una excursión de dos años. Con el tiempo me doctoré en Recursos Naturales pero, como muchos de ustedes, mi verdadero doctorado lo obtuve en este espacio virtual, interactuando con las muchas y diferentes personas que conocí y sigo llamando amigos y mentores. Pese a los enormes obstáculos, sigo trabajando por un futuro mejor a corto y largo plazo, mientras vivo en una pequeña granja en Wisconsin. Volveré sobre ello más adelante.

En estos años la sociedad moderna se ha vuelto un amasijo de angustia, incertidumbre y preocupación. Muchos de nosotros reconocemos intuitivamente que hemos construido una gigantesca máquina Rube Goldberg, que por una serie de razones no va a poder seguir fabricando bienes y servicios en serie en los próximos 30-40 años. La culpa de nuestras menguantes perspectivas se la echamos a algún sector de la población: los Republicanos, los ecologistas, los ricos codiciosos, los pobres holgazanes, los inmigrantes, los liberales, etc. A tal o cual país, a tal o cual sistema político: los malvados socialistas, los despiadados capitalistas, los chinos, los sirios, los europeos, etc. Acudimos a la televisión o a Internet para conocer las últimas "noticias" que afectan a nuestro mundo pero no estamos del todo seguros de las conexiones. Sin embargo, todo este vaivén se sustenta en unos pocos principios básicos que solo se enseñan de manera fragmentaria en nuestras universidades, cuando se enseñan. Se enumeran a continuación 10 principios básicos sobre los que se asienta el actual "comercio" global. Cabe señalar que si yo fuera un joven de 25 años matriculado en una escuela de negocios, impaciente por conseguir un trabajo muy bien remunerado al cabo de dos años, no creería lo que se cuenta más abajo, incluso si tuviera el tiempo o el interés para leerlo, que probablemente no lo tendría.

20. Las "leyes" económicas fueron elaboradas y se correspondían con un periodo de la historia humana único

Descubrí una falla. Me impactó, porque durante los últimos 40 años o más viví con evidencias más que suficientes de que funcionaba de manera excepcional.

Testimonio de Alan Greenspan en el Congreso, octubre de 2011


La sociedad se mueve con energía
El gráfico anterior muestra la historia temporal de nuestro planeta en tres niveles, comenzando con la línea oscura superior que indica el tiempo geológico. La diminuta franja negra a la derecha aparece agrandada en la línea intermedia, que muestra a su vez una estrecha franja negra a la derecha, de nuevo agrandada en la línea inferior, donde están representados los últimos 12.000 años. Nosotros, nuestro medioambiente y nosotros mismos, somos producto de esta historia evolutiva. Nuestra verdadera riqueza procede de la energía, de los recursos naturales y de los servicios ecosistémicos que fueron generándose a lo largo del tiempo geológico. La clave de nuestro comportamiento se halla en como "lo que funcionó" en las eras que muestra el gráfico (sobre todo la segunda) fue moldeando y afinando nuestro cerebro. La curva negra inferior representa la población humana, pero también podría tratarse del rendimiento económico o del uso de energías fósiles, pues los tres han estado muy correlacionados en este periodo.

Las "teorías" económicas que fundamentan nuestra actual sociedad se desarrollaron exclusivamente durante el breve periodo designado "A" en el gráfico, en un planeta que todavía estaba ecológicamente vacío de sistemas humanos, y mientras cantidades crecientes de poderosísima energía fósil alimentaban un sistema económico global en expansión. Durante décadas nuestras economías humanas parecieron seguir un patrón de crecimiento interrumpido por breves recesiones y vuelta del crecimiento. Esto hizo que, a todos los efectos, pareciera que el crecimiento, tanto de la economía como de la riqueza individual agregada, era algo así como una ley natural, y como tal se enseña en las escuelas de negocios. La realidad es que nuestra trayectoria humana –la pasada y la futura– no es una línea recta sino más bien una polinómica con largos tramos rectos, subidas y bajadas, algunas partes onduladas en el medio y, a la larga, un tope. Nuestra actual cultura, nuestras instituciones y todos nuestros supuestos de partida sobre el futuro se desarrollaron en un tramo de pendiente ascendente. Dado que este periodo lineal ha durado más que la vida media de una persona, nuestra mayor atención biológica al presente que al futuro y al pasado, vuelve muy difícil imaginar que la verdad subyacente es otra.

Durante este largo periodo de "correlación=causalidad", el conocimiento científico con base empírica de campos como la biología y la física ha estado marginado. Esta omisión, omnipresente en la economía y las finanzas, está también extendida en buena parte de las ciencias sociales, que a lo largo de las dos últimas generaciones viene mezclando explicaciones próximas y últimas para los individuos y la sociedad. En la naturaleza los gansos migran hacia el sur en invierno y hacia el norte en primavera. En ese comportamiento intervienen mecanismos neuronales perfeccionados a lo largo del proceso evolutivo que contribuyeron a la supervivencia, tanto individual como de la especie. "Desplazarse al norte en primavera" es una explicación próxima. "Las señales neuroquímicas que maximizan la energía/alimento necesaria para realizar un determinado esfuerzo contribuyendo así a la supervivencia" es una explicación "última". En la escuela de negocios me enseñaron que "los mercados se desplazan hacia el norte" debido al ingenio, la tecnología y los beneficios, una explicación que me pareció incompleta a pesar de que daba la impresión de haber sido válida durante la mayor parte de mi vida. Las ciencias sociales han brindado excelentes explicaciones sobre QUÉ es nuestro comportamiento, pero las aclaraciones que tienen que ver con POR QUÉ somos lo que somos y CÓMO hemos desarrollado una vasta e impresionante civilización industrial, permanecen en los márgenes de la ciencia hegemónica. La economía (y las finanzas como subconjunto) es la ciencia social que dirige nuestra cultura y nuestras instituciones, aunque en estos momentos lo haga por inercia.

Imagen A. Los ciegos y el elefante de Rudyard Kipling. | Imagen B.

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21.2.17

El rumbo de las varillas

El rumbo de las varillas

Por Edgardo Civallero

Los habitantes de la Micronesia y la Polinesia, repartidos en cientos de islas esparcidas a lo largo y ancho del enorme océano Pacífico, fueron excelentes navegantes. Colonizaron ese mundo acuático viajando de islote en islote, y eso a pesar de carecer de sofisticados instrumentos de ayuda a la navegación, como pudieron ser el sextante, el astrolabio, la brújula o el cronómetro que emplearon los tempranos marinos europeos durante la llamada "Era de los Descubrimientos".

Algunos experimentados "buscadores-de-caminos" micronesios contaron, sí, con una ayuda, mucho más sencilla que los dispositivos de Europa: elementos que, a pesar de su aparente simplicidad, contenían los saberes de varias generaciones. Entre ellos se encontraban las cartas de navegación de varillas.

Tales planos oceánicos fueron usados en las islas Marshall, actualmente una república independiente ubicada al noreste de Papúa Nueva Guinea: una treintena de atolones coralinos comprendiendo un millar de islas e islotes organizados en dos cadenas, y poblados por unos 50.000 habitantes.

Aquellas delicadas estructuras estaban hechas de tiras de nervaduras de hoja de cocotero o de raíces de pandano, atadas con fibra de coco. Componían complejos patrones geométricos que mostraban las corrientes marinas alrededor de los atolones, y cómo las islas, islotes y arrecifes sumergidos alteraban la dirección y las características de esas corrientes. En las cartas, estas últimas eran señaladas mediante las propias varillas, mientras que las islas o los escollos eran marcados en las intersecciones de las mismas, con caracolas, dientes de tiburón o nudos de hilo.

Los habitantes de las Marshall elaboraban tres tipos de cartas marinas. Las mattang (también conocidas como wappepe) eran pequeñas, de silueta cuadrada, bastante simplificadas y abstractas, y se empleaban únicamente con propósitos didácticos, para enseñar los principios de lectura de islas y corrientes. Las meddo (o medo) mostraban islas reales y su posición relativa, así como las principales corrientes, dónde se cruzaban, dónde se curvaban, etc. Sólo cubrían una de las dos cadenas principales de las islas Marshall. Por último, las rebbelib eran idénticas a las meddo, pero abarcaban todas las islas.

El rumbo de las varillas
Dado que eran representaciones de una interpretación personal del mar y su geografía, solo podían ser leídas por aquel que las construía y, en todo caso, por sus herederos. La confección y comprensión de esas cartas, de todas formas, no era algo que estuviese al alcance de todos los isleños: como ocurrió y sigue ocurriendo con todos los conocimientos humanos que resultan estratégicos para una sociedad determinada, solo algunos dirigentes y grandes navegantes poseían y manejaban esos saberes, que eran transmitidos únicamente de padre a hijo.

Los dueños de las cartas no las llevaban consigo, sino que las estudiaban concienzudamente antes de un viaje. Para la navegación se reunía una escuadrilla de 15 o más canoas, que seguían las instrucciones del piloto principal, conocedor de los mapas.

Recién en 1862 los europeos tuvieron noticia de este sistema, cuando un misionero lo mencionó en sus escritos. En 1898 fue descrito cuidadosamente por un oficial naval, el capitán de corbeta Winkler, de la Armada Imperial Alemana, en un artículo publicado en la revista Marine-Rundschau. Zeitschrift für Seewessen (octubre, pp. 1418-39); Winkler comandaba el SMS Bussard, que estuvo estacionado en 1896-7 en las Marshall, por entonces colonia alemana.

Los marshaleses no fueron los únicos en crear su propia y peculiar cartografía: muchos otros pueblos lo hicieron. Los Tunumiit (Inuit de Groenlandia oriental), por ejemplo, tallaban pedazos de madera arrojados por el mar a la playa para elaborar mapas táctiles de la línea costera, los ammassalik.

Las cartas de varillas terminaron desapareciendo tras la II Guerra Mundial, cuando cesaron los viajes en canoa entre las islas. Unas islas –tradicionalmente llamadas jolet jen Anij o "regalo de Dios"– que fueron descubiertas y colonizadas por sus primeros pobladores hacia el 2000 a.C., precisamente mediante el uso de esos planos vegetales. Unas islas que, debido al cambio climático, probablemente terminarán desapareciendo, en breve, de todos los mapas.

Imágenes: Cartas rebbelib y mattang.

14.2.17

Ensancharse la mirada con los árboles

Ensancharse la mirada con los árboles

Por Sara Plaza

Y con las pacientes y atentas miradas de quienes los observaron antes. Por ejemplo el poeta Claudio Rodríguez (Zamora, 1934-Madrid, 1999), y el ecólogo e ingeniero forestal Aldo Leopold (Burlington, Iowa, 1887- Baraboo, Wisconsin, 1948).

***

«Yo quería penetrar, saber lo que es un árbol y saberlo expresar... Yo quiero convertirme, abandono mi personalidad y quiero convertirme yo en el árbol, en el objeto del poema... Quiero ser yo el árbol.»

Declaración del poeta Claudio Rodríguez en una entrevista concedida a Curtis Miller en Anales de Literatura Española Contemporánea. Citada en Muro, Miguel Ángel (2014). Consideraciones sobre la poética de Claudio Rodríguez. Revista de Literatura, 76 (151), enero-junio, pp. 267-293.

***

«Empecé a desear que Noé, cuando construyó el arca, hubiese dejado fuera todas las enfermedades de los árboles. Pero pronto quedó claro que estas mismas enfermedades hacían que mi bosque fuera una poderosa fortaleza, sin igual en todo el condado.

Mi bosque es el cuartel general de una familia de mapaches; pocos de mis vecinos tienen ninguno. Un domingo de noviembre, después de una nevada reciente, supe por qué. La huella fresca de un cazador de mapaches y de su perro conducía hasta un arce medio arrancado, bajo el cual se había refugiado uno de mis mapaches. La maraña helada de raíces y tierra era demasiado rocosa como para cortarla, y demasiado dura como para cavar en ella; los agujeros de debajo de las raíces eran demasiado numerosos como para ahumarlos. El cazador se había largado sin mapaches, y la causa estaba en el hongo que había debilitado las raíces del arce. El árbol, medio tumbado por una tormenta, les proporciona a los mapaches una inexpugnable fortaleza. Sin este refugio ‘a prueba de bombas’, los cazadores acabarían con mi estirpe de mapaches cada año.

Mi bosque alberga a una docena de gallos lira de collarín, pero durante los períodos de mucha nieve mis gallos se trasladan al bosque del vecino, donde están mejor protegidos. Sin embargo, siempre se quedan algunos, tantos como robles derribados por el viento en las tormentas de verano. Estas víctimas del verano conservan sus hojas secas y durante las nevadas, cada roble caído alberga a un gallo. Los excrementos muestran que, mientras dura la tormenta, los gallos pasan la noche, se alimentan y gandulean dentro de los estrechos confines de su camuflaje frondoso, a salvo del viento, del búho, del zorro y del cazador. Las hojas curadas del roble les sirven de abrigo, pero también, por alguna curiosa razón, de sabroso alimento.

Estos robles derribados por el viento son, por supuesto, árboles enfermos. Sin la enfermedad, pocos robles se vendrían abajo, y entonces pocos gallos tendrían copas caídas donde esconderse. Los robles enfermos también les proporcionan a los gallos lira otra comida en apariencia deliciosa: las agallas de roble. Una agalla es un crecimiento enfermizo de ramitas nuevas a las que picó cierta avispa del género cynipidae, cuando estaban tiernas y suculentas. En octubre, los gallos suelen estar repletos de agallas de roble.

(...) Una bandada de una docena de paros carboneros pasa el año en mi bosque. En invierno, cuando recogemos los árboles enfermos o muertos para combustible, el tañido del hacha es la campana de la cena para la tribu de paros carboneros. Se posan en los alrededores, a la espera de que caiga el árbol, haciendo comentarios impertinentes sobre la lentitud de nuestro trabajo. Cuando por fin cae el árbol y las cuñas empiezan a ofrecer su contenido, los paros carboneros despliegan sus blancas servilletas y descienden. Cada porción de corteza muerta es para ellos un tesoro de huevos, larvas y capullos. El corazón de la madera, si está perforado por túneles de hormigas, refulge con leche y miel. A menudo dejamos apoyada sobre un árbol próximo una madera recién cortada, sólo por ver cómo los ávidos pollitos la limpian de huevos de hormiga. Da más sentido a nuestro trabajo el saber que ellos, como nosotros, sacan bienestar y ayuda de las fragantes riquezas de un roble recién partido.

Si no fuera por las enfermedades y las plagas de insectos, no habría comida en esos árboles, ni tampoco paros carboneros que den alegría a mi bosque durante el invierno. Muchas otras clases de vida silvestre dependen de las enfermedades de mis árboles. Los pájaros carpinteros cincelan los pinos vivos, para extraer del corazón de la madera enferma gordos gusanos. Los mochuelos se libran de los cuervos y los arrendajos en el corazón hueco de un viejo tilo; de no ser por este árbol enfermo, no se escucharía su serenata del anochecer. Los patos salvajes anidan en árboles huecos; cada junio le dan a mi estanque una camada de suaves patitos. Para sus madrigueras permanentes, todas las ardillas dependen de un delicado equilibrio entre una cavidad podrida y la venda con la que el árbol trata de cerrar la herida. Las ardillas arbitran esa pugna royendo la venda cuando la amplitud de su puerta de entrada empieza a mermar más de lo debido.

La verdadera joya de mi bosque plagado de enfermedades es el vireoncillo cantor. Anida en el antiguo hueco de un pájaro carpintero, o en cualquier otra pequeña cavidad, en el nudo de un tocón muerto que sobresalga del agua. El resplandor de su plumaje dorado y azul en medio del húmedo decaimiento del bosque en junio es en sí mismo una prueba de que los árboles muertos se trasmutan en animales vivos y viceversa. Si dudas de la sabiduría de este compromiso, échale una ojeada al vireoncillo cantor.»

Leopold. Aldo (2000). Una ética de la tierra. Edición de Jorge Riechmann. Madrid: Los Libros de la Catarata, pp. 101-103. Citado en Riechmann, Jorge (2016). ¿Triunfará el nuevo gnosticismo? Notas sobre biología sintética, nanotecnologías y manipulación genética en el Siglo de la Gran Prueba. Isegoría. Revista de Filosofía Moral y Política, 55, julio-diciembre, pp. 409-441.

***

VIII

Cómo veo los árboles ahora.
No con hojas caedizas, no con ramas
sujetas a la voz del crecimiento.
Y hasta a la brisa que los quema a ráfagas
no la siento como algo de la tierra
ni del cielo tampoco, sino falta
de ese color de vida con destino.

Y a los campos, al mar, a las montañas,
muy por encima de su clara forma
los veo. ¿Qué me han hecho en la mirada?
¿Es que voy a morir? Decidme, ¿cómo
veis a los hombres, a sus obra, almas
inmortales? Sí, ebrio estoy sin duda.
La mañana no es tal, es una amplia
llanura sin combate, casi eterna,
casi desconocida porque en cada
lugar donde antes era sombra el tiempo,
ahora la luz espera ser creada.

No sólo el aire deja más su aliento:
no posee ni cántico ni nada;
se lo dan, y él empieza a rodearle
con fugaz esplendor de ritmo de ala
e intenta hacer un hueco suficiente
para no seguir fuera. No, no sólo
seguir fuera quizá, sino a distancia.
Pues bien: el aire de hoy tiene su cántico.
¡Si lo oyeseis! Y el sol, el fuego, el agua,
cómo dan posesión a estos mis ojos.
¿Es que voy a vivir? ¿Tan pronto acaba
la ebriedad? Ay, y cómo veo ahora
los árboles, qué pocos días faltan...


Claudio Rodríguez. Don de la ebriedad (1953).

Imagen. Dibujo de Peter Goode que apareció por primera vez ilustrando el poemario de Rod Hartle The Iron Tree (1993).

7.2.17

Las casas pintadas

Las casas pintadas

Por Edgardo Civallero

Al sudeste de Burkina Faso (la antigua Alto Volta), cerca de la frontera con Ghana, se encuentra una pequeña villa llamada Tiébélé. En esa localidad de la provincia de Nahouri reside el jefe (), la corte real y la nobleza del pueblo Kassena.

Las casas pintadas
Los Kassena son una sociedad, perteneciente al grupo de pueblos Gurunsi del antiguo Reino de Dagbon, que se asentó en el actual territorio del Burkina Faso en el siglo XV. Aislados de otros pueblos afines debido a las divisiones coloniales entre Reino Unido (que ocupaba Ghana) y Francia (que hacía lo propio con Alto Volta), los Kassena terminaron creando una identidad propia con expresiones muy particulares.

Las casas pintadas
El país Kassena se encuentra económicamente depauperado. Sin embargo, alberga una insólita riqueza cultural: en especial, las numerosas muestras de arquitectura tradicional.

Las casas pintadas
Las casas Kassena se construyen con adobe (mezclando tierra, estiércol y paja) y estructuras de madera; cuentan con muros de unos 40 cm de espesor y no poseen ventanas, a excepción de un par de pequeñas aberturas que permitan la entrada de alguna luz. Las puertas son muy bajas (lo cual impide la entrada de los rayos del sol) y los techos suelen ser planos.

Las casas pintadas
Su rasgo más llamativo es la decoración externa. La práctica de pintar los muros exteriores de las casas data al menos del siglo XVI, y es un trabajo comunitario realizado por las mujeres. Los murales se realizan con tierras de colores y tiza; los motivos y símbolos se toman de la vida cotidiana o de las creencias religiosas tradicionales.

Las casas pintadas
Una vez que los diseños se terminan, se pulen con piedras; para cada color se utiliza una piedra diferente, para que no se mezclen. Al final, el conjunto es barnizado con una laca hecha hirviendo vainas de néré (Parkia biglobosa). La decoración forma una capa externa que protege las paredes de adobe; es por eso suele realizarse antes de la temporada de lluvias.

Las casas pintadas
En la actualidad, las casas de Tiébélé se han convertido en una atracción turística, lo cual, en cierta forma, ha ayudado a su conservación, dado que los Kassena se han ocupado de restaurar y mantener los murales. Y, al mismo tiempo, debaten como manejar una afluencia de visitantes que rompe, de algún modo, con su tradicional reclusión.

Imágenes: Fotografías del palacio real de los Kassena en Tiébélé, por Rita Willaert.