31.1.17

No queremos enterarnos de lo que sabemos

No queremos enterarnos de lo que sabemos

Por Sara Plaza

Y aquí estamos nosotros en la lóbrega llanura,
agitados por confusos temores de lucha y de huida,
donde ignorantes ejércitos se enfrentan cada noche.

Ray Bradbury, Fahrenheit 451, 1953.


***

Cada vez veo más gente
con una venda puesta en los ojos.

Incluso he visto gente que,
habiéndosele movido un poco,
se la vuelve a colocar correctamente.

Antonio Orihuela, Perros muertos en la carretera. Ed. Crecida, 1995.


***

¡Cuánto y cuánto te hace saber la tarde!
Y ¡cómo luego te cierra piadosa los ojos
y a mullido olvido de sábanas te entrega,
para que la mañana, limpio,
desnudo, niño, te dé a luz de nuevo!
¿Cuántas veces repetirán el doble juego
de saber y olvidar? ¿Lo sabrás un día todo,
y te quedarás para siempre despierto?

Isabel Escudero. Cifra y Aroma. Ed. Hiperión, 2008.


***

"Se puede hablar de esos decenios como la era de la denegación. No solo por los negacionistas del cambio climático o la evolución darwiniana, no es solo eso, la cultura dominante es negacionista con respecto la cuestión de los límites en general. No tenemos límites, uno de los fenómenos de mayor trascendencia es el hecho de que las sociedades industriales están creciendo contra los límites del planeta y eso es algo que niega la cultura dominante. Es pasmoso, hay que tener una venda muy tupida delante de los ojos para pensar eso". (Jorge Riechmann entrevistado por Sergio C. Fanjul para El País, 6 de marzo de 2012)

***

Llevamos mucho tiempo
andando en la dirección equivocada.

Bien, sigamos.

Antonio Orihuela. El amor en los tiempos del despido libre. Ed. Amargord, 2014.


***

"El 15-M fue el momento en que despertó nuestro país" (Pablo Echenique entrevistado por TVE 1, 16 de mayo de 2016).

"¡Ojalá! ¡Ojalá hubiéramos despertado como país mucho más! Yo creo que estaría más cerca de la realidad decir que una parte del país, una parte notable y valiosa, abrió un ojo, se revolvió en medio del sueño, pero despertar, lo que se dice despertar, pues todavía nos falta un poco..." (Jorge Riechmann. Conferencia sobre ecosocialismo en Córdoba el 17 de enero de 2017. [Video], [Materiales])

Imagen."Parece una cultura de la denegación".

24.1.17

Lenga d'òc

Lenga d'òc

Por Edgardo Civallero

Los siguientes párrafos han sido traducidos del libro "L'occitan sans peine", uno de los volúmenes del método de aprendizaje de idiomas Assimil perteneciente a la serie francesa de "lenguas regionales" (en la que también se incluyen el corso y el bretón). El libro fue escrito por Alain Nouvel (director de investigaciones en la Universidad de Constantine, secretario adjunto de defensa y promoción de las lenguas de Francia) y publicado por Assimil en 1975 en Chennevières sur Marne, Francia.

El extracto es parte del prefacio de la obra, escrito por Charles Camproux, a la sazón profesor en la Universidad de Montpellier, director de la Revue des Langues Romanes y vicepresidente del Institut d'Etudes Occitanes. El texto muestra rasgos de un discurso demasiado extendido entre aquellos que buscan rescatar lenguas "minoritarias" y en peligro de desaparición y que, para apoyarlas, utilizan argumentos discutibles.

* * *

¿Qué es el occitano?

Es la lengua hablada por cerca de 15 millones de franceses en 34 departamentos situados al sur del Loira: Pirineos Atlánticos (salvo el País Vasco), Altos Pirineos, Gers, Landes, Gironda y Lot y Garona; Tarn y Garona, Alto Garona, Ariège; una parte de los Pirineos Orientales; Aude, Hérault, Tarn, Aveyron, Lot; Dordoña, Corrèze, Alto Vienne; una parte de Charente, más de la mitad de Creuse, Puy-de-Dôme, una parte de Allier (alrededor de Gannat); el sudoeste de Loira, Lozère, Gard, Ardecha; el sudeste de Isère; Drôme (excepto el norte); los Altos Alpes, los Bajos Alpes, Vaucluse, Bocas del Ródano, Var, los Alpes Marítimos; el Valle de Arán y los altos valles alpinos de Italia.

Cuantitativamente, se trata pues de una de las grandes lenguas del mundo; incluso puede hablarse de la mayor lengua no oficial de Europa.

Cualitativamente, es muy interesante por dos razones:

(a) Fue la lengua cultural de Europa durante dos siglos, en la época de los trovadores. Los literatos de entonces hablaban occitano en España, en Italia, en Inglaterra (Ricardo Corazón de León escribió poemas en langue d'oc), y hasta en Europa central. Asimismo, en el siglo XIV fue, junto al latín, la lengua del Papado, con sede entonces en Aviñón.

(b) Desde un punto de vista puramente lingüístico, provoca la admiración de los lingüistas del mundo entero a causa de su riqueza y de sus orígenes.

Su riqueza es excepcional: actualmente cuenta con unas 160.000 palabras, aunque aún no se han relevado todos sus vocablos. Comparativamente, el diccionario de la lengua francesa de Littré cuenta con unos 38.000 términos. Por el número de palabras, el occitano puede considerarse la primera lengua del mundo. ¡Y pensar que algunos ignorantes afirman que "no se puede decir todo en occitano" porque "la langue d'oc es demasiado pobre"! De hecho, mediante un sistema de sufijos, permite matizar sus expresiones con mucha más precisión que las otras lenguas. Cada palabra puede ir cargada de afecto, de desdén, etc. Cualquier occitano os dirá que "se dicen mejor las cosas en patois que en francés", el cual es una lengua bella, pero menos matizada y menos rica.

En fin, por sus múltiples orígenes, presenta un interés excepcional.

En efecto, a pesar de que el occitano sea una lengua considerada como de origen latino, es mucho más que eso. Ha conservado restos considerables de lenguas habladas en nuestra tierra en épocas pre-latinas.

Hacia el siglo V, los galos formaron la última ola céltica, que penetró al sur del Loira. El occitano conserva trazas del celta en su vocabulario: términos como bana, "cuerno", bragas, "pantalones", camin, "camino", comba, "depresión", alausa, "alondra", etc. se remontan a aquella época.

Pero contrariamente a lo que nos han enseñado, los galos no son nuestros ancestros. No fueron más que un pueblo invasor llegado para injertarse, en números relativamente reducidos, sobre un sustrato de poblaciones pre-galas y pre-célticas, también llamadas pre-indoeuropeas.

[...]

Lamentamos constatar que aún nos encontramos sometidos a una mezcla de intolerancia, ignorancia y necedad. Como cuando en toda la Occitania (y en Bretaña, y en el País Vasco, etc.) circulaba la famosa señal, un pedazo de hierro o de madera que los alumnos se pasaban el uno al otro cada vez que pronunciaban una palabra en patois; el último en tenerlo en su poder era severamente castigado. ¿Dónde estaba la "dulce Francia" para esos occitanos violentados, oprimidos, ridiculizados?

Mientras el occitano era perseguido en el Mediodía francés, era enseñado en el mundo entero, en Alemania, en Italia, etc. e incluso en Japón (paradoja que aún continúa).

Antes de emprender el estudio del occitano, es pues necesario deshacerse de esos prejuicios inculcados desde la escuela primaria. Desterrad de una vez por todas la palabra patois: es un término derogatorio creado por los enemigos de las lenguas "regionales" que ignoran hasta los rudimentos más básicos de la lingüística.

* * *

La presión sufrida por las lenguas "minoritarias" o "regionales" (tildadas de "dialectos", "jergas", "patois" y muchas otras formas de desprecio y ninguneo) es innegable, tanto en Europa como en el resto del mundo. Y es absolutamente condenable. Lo mismo que el trato que han recibido y aún reciben sus hablantes, cultores y estudiosos.

Sin embargo, no dejo de preguntarme hasta qué punto hace falta buscar "razones" para indicar la importancia de una lengua: eso es entrar en la lógica y en el discurso del opresor, es prestarse a sus enfermizas reglas de juego, es permitirle seguir presionando y dominando la escena. Una lengua es importante por el mero y simple hecho de ser una lengua: el medio de expresión de un grupo de personas.

Por ende, para señalar la necesidad de su conservación y práctica, ni su historia (¿qué ocurre con las lenguas cuya historia no se remonte a los trovadores o los reyes del Medievo? ¿Acaso merecen el olvido?), ni su número de hablantes (¿qué ocurre con esas que aún sobreviven en la boca de un puñado de ancianos?), ni la extensión o la riqueza de su vocabulario (¿qué hacemos con aquellas de las cuales solo se conserva un volumen reducido de su léxico original?), ni las personalidades que la han usado o el volumen de su producción editorial (en ambos casos, las lenguas indígenas sudamericanas merecerían el exterminio...), deberían esgrimirse como arma.

Tampoco debería entrarse en comparaciones odiosas –es necesario preservar esta lengua porque es más dulce, más bella, más importante o mejor que...– porque los criterios para semejantes acciones siempre son subjetivos y suelen funcionar como una navaja de doble filo, volviéndose en contra del emisor de tales opiniones, especialmente si la comparación se realiza con una lengua mayoritaria.

Por último, echar la culpa de la exclusión, el escarnio o la desaparición de un idioma a otro –concretamente, a uno mayoritario– es un craso error. Una lengua mayoritaria es tan importante y tan valiosa como una minoritaria: es el medio de expresión de un grupo de personas, el sostén de las memorias de sus antepasados, el hilo con el que tejen sus recuerdos y sus emociones... Esas lenguas –de mayorías, oficiales o "de prestigio"– no nacieron como tales: fueron elevadas a ese rango. Fueron convertidas en un mazo y en un cuchillo, para demoler idiomas ajenos, para asesinar los recuerdos y las memorias de otros. La culpa, pues, no la tiene la lengua: la culpa la tiene la mano que la enarbola como un arma y empuja a los demás a sentirla como tal.

Sobre el occitano o lenga d'óc, cabe añadir que es una lengua romance, hablada en el sur de Francia, algunos valles de Italia, Mónaco y el Val d'Aran, en España. Algunos investigadores ponen en duda la unidad del idioma, y creen que se trata de una macro-lengua o una familia de lenguas. Su nombre deriva de la palabra "sí" ("òc") y marca la diferencia con las lenguas de "oïl" del norte de Francia (entre las cuales se encuentra el antecesor del actual francés oficial). No hay una forma de escritura común para todas las variantes (auvernés, limosín, provenzal alpino, gascón, languedociano y provenzal), las cuales tienen diferencias tanto de pronunciación como de vocabulario.

Lamentablemente, de acuerdo al Libro Rojo de la UNESCO todas las variantes del occitano se encuentran en severo peligro de extinción. Triste destino para la lengua de los trovadores. Y para cualquier otra.

17.1.17

La región soberana de la poesía

La región soberana de la poesía

Por Sara Plaza

La libertad se descubre poco a poco, no por fuera, sino en las profundidades de la prisión.
John Berger.

Entrevista de Fernanda Navarro a Jonh Berger publicada en la revista virtual Desinformémonos el 6 de noviembre de 2009.


Las que siguen son un puñado de reflexiones del cineasta Oliver Laxe, director de la película Mimosas, sobre lo que el llama "la dulce y digna sumisión", sobre el escepticismo, sobre la necesidad de reencantar el mundo, de enterrar un tipo de mirada para permitir que nazcan otras...

P.- ¿Cómo logras representar algo tan abstracto, como la búsqueda de la fe, con las herramientas tan rudimentarias, tan llenas de egos, o jerarquías, o artificios, como el cine en sí mismo?

R.- Es que la espiritualidad consiste en aprender a ser de este mundo, no es retirarte en una casa en el monte y estar allí solo, porque cuando estás solo tu ego se esconde. Es cuando estás en comunidad, en el trabajo en equipo, en la familia también, cuando el ego aparece, tu lado oscuro, digamos, por lo tanto es parte del reto.

P.- El sufismo se basa en la intuición, tu cine es muy intuitivo, ¿precisamos más esta herramienta para desarrollarnos en el mundo de hoy?

R.- Sí. Pienso que la creación se compone, además de ideas, de intuición, de inspiración, de imaginación... el sufismo y cualquier tradición espiritual. Pienso que hay otros niveles de percepción que hay que privilegiar. Hoy somos demasiado cartesianos, tenemos una mirada demasiado dualista, es superficial, y hay que escuchar más otros centros más sutiles de conocimiento; el corazón es uno, las tripas son otro...

De alguna manera es la invitación que le hago al espectador, quiero que esté en la sala de cine y que se deje llevar por las imágenes. Hay un misterio con las imágenes, hay una relación que es evidente entre las imágenes y el metabolismo humano, el alma humana, no es algo que se entienda, precisamente por eso trabajamos con el cine, porque hay cosas que se pueden expresar con imágenes que no se pueden expresar de otra manera.

P.- Pero por otro lado, también es una película muy humana en el sentido de que utilizas arquetipos, están los pícaros, una película con personas muy populares, digamos.

R.- Sí, hay bandidos, hay una serie de arquetipos universales, entronca un poco con los relatos de caballería, con el relato artúrico que está también muy presente en la tradición de la literatura gallega. Sí, es una película de amistad en el fondo, una película de caballería, de valores...

Mi concepción del cine me obliga a tener un equilibrio entre relato y misterio, pienso que las dos dimensiones son importantes, pienso que el arte sin misterio, el cine sin misterio, está algo cojo. Como todas las películas de aventuras, la invitación es a viajar geográficamente pero también viajar en los cielos.

P.- ¿Marruecos y Galicia están muy separados?

R.- No, la verdad es que no. La fortuna de ser artista, de poder viajar, de poder experimentar las diferentes tradiciones es una de las cosas que encuentras. Yo quería hacer una película, mi intención principal era hacer una película sobre la dulce y digna sumisión que encontré en mi familia, en mis abuelos, en los relatos de mis bisabuelos, y también una dulce sumisión que encontré en Marruecos. Ese sentimiento de ser pequeños, de participar en un mundo que nos supera, y de estar en armonía con ese sentimiento de pequeñez. Es un sentimiento que es muy criticado, muchas veces dicen que los gallegos somos muy sumisos negativamente, a mi me parece que es precisamente lo que nos hace soberanos. Podría decir que el camino a la libertad es la sumisión, aunque suene raro, la esclavitud es el camino para ser libres.

***

P.- Con la distancia del rodaje, el montaje, de ese paso por festivales, ahora el estreno en salas, ¿cómo ves ahora Mimosas?

R.- Pues estoy trabajando en mi siguiente película que va a hacerse en Galicia, y la verdad es que veo que lo que quiero filmar es un poco lo mismo que ya filmé en Mimosas. Es decir, filmo en países diferentes, en latitudes diferentes, pero el gesto que me conmueve, que quiero transmitir en mis películas, es el mismo, que es un gesto que vi mucho en mi familia, en mi familia emigrante, de gente campesina, que escuché mucho en los relatos de abuelos y bisabuelos, que es un sentimiento de un valor que yo le llamo de digna sumisión. No hablo de la sumisión prosaica, como se entiende, sino de la sumisión del alma, de la rendición del alma que se da cuenta, que acepta que el mundo es más grande que ella.

Pienso que es algo que vi, que se ve en muchos gestos en Galicia, que es un sentimiento de humildad, en fin, de convivir en armonía con los obstáculos, con las vicisitudes... Y pienso que es un poco el valor que hay en Mimosas, esa dulce, esa digna sumisión. Pienso que los personajes de Mimosas aceptan lo que el camino les da, la vida que les toca, aceptan los obstáculos... tienen fe, creen, saben que aunque aparentemente los obstáculos sean duros, sean trágicos, saben que detrás hay una razón. Tienen fe porque saben que hay un motivo para todo, saben que todo obedece a un orden superior, y que la vida está bien hecha, aunque a veces sea aparentemente injusta. Y sobre esa visión, esa clarividencia, esa aceptación, ese gesto, trabaja Mimosas.

Hay una música de pasos, quería que el espectador se sintiese en el centro de una caravana que atraviesa las montañas excesivas del Atlas, que son montañas de 4000 metros, hechas de nieve, de roca, quería que el espectador sintiese los miedos, se sintiese perdido, sintiese el frío, el cansancio... Y al mismo tiempo, en paralelo, quería invitarlo a una sensación de viaje ya más de imaginar, la fábula, el mito, que viajara con la imaginación a la poesía. Pienso que hay esas dos dimensiones en la película, de sentirse ahí, de sentir el olor de la sopa, de sentir el calor del fuego, la humedad del agua, pero también salir del mundo, ir a la región soberana de la poesía.

P.- Hablabas en alguna ocasión de oponerse al escepticismo.

R.- Sí, hay una invitación a una mirada, hay una voluntad de reencantar el mundo. Yo, bueno, soy de naturaleza escéptica, porque soy de una generación escéptica, y vivimos en un mundo de escepticismo, ya no tenemos fe en el ser humano, no creemos en el ser humano. Con mi inocencia quiero resistirme a ese gesto, en fin, sí que creo en las capacidades heroicas del ser humano y admiro, quedo admirado, me conmueven muchos gestos que veo invisibles.

Hoy en día mi compromiso como cineasta y como artista es compartir esa mirada, decirle a la gente que entiendo que tengamos miedo e inquietudes de esta deriva mecanicista en la que estamos, pero de alguna manera pienso que mi rol es recordar, vale, sí, aquí hay algo feo, en este espacio hay mucha basura pero de aquí a donde está la basura hay una florcita que acaba de crecer.

Bueno, es fácil dirigir, pero el trabajo que hago intento hacerlo sin paternalismos y sin intención pedagógica... o sea yo también me lo recuerdo a mi mismo, cada día, y la verdad es que sí, pienso que es un lujo vivir en este mundo, que está muy bien hecho, y, en fin, me exige tener una mirada afirmativa. La inocencia es la única manera de reencantar el mundo, de cambiarlo.

P.- En Numax impartirás en las próximas semanas un Aula "Os ollos verdes". ¿Qué abordarás?

R.- Pues me apetece hacer un viaje por los libros que me llevaron a Mimosas. Mimosas se hizo de intuiciones, imágenes, inspiración, pero también de muchas búsquedas en libros, en poesía, en ensayos, en narrativa... Me apetece leer partes de libros, mostrar de alguna manera cómo fue ese proceso creativo, los diferentes descubrimientos que hice, cómo fue ese proceso de enterramiento de mi mirada moderna para que naciera una mirada del mundo más sagrada, más ligada a la tradición, más emancipada.

Fuentes de las que me he servido para la elaboración de esta entrada y recursos con los que ampliarla:

Audio de la entrevista de Xiana Arias a Oliver Laxe en el programa Diario Cultural de la Radio Galega del 5 de enero de 2017.
Video de la entrevista de Marta Gómez a Oliver Laxe en el programa ZigZag Diario de la Televisión Galega del 4 de enero de 2017.
Reseña del escritor Xabier P. DoCampo, "Mimosas un filme de Oliver Laxe".
Entrada en este mismo blog, "El cine es un arte de sumisión", trascripción de una entrevista anterior.
Artículo de Miguel Faus publicado en JotDown, "Mimosas: pensando en imágenes con Oliver Laxe".

Imagen.

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10.1.17

El Duchess of Albany

El Duchess of Albany

Por Edgardo Civallero

"Muchísimas son las naves que naufragaron en estos escollos traicioneros formados por plataformas rocosas o restingas que desde la costa se prolongan por más de un kilómetro mar adentro. Algunas de estas naves ya han desaparecido destruidas por el continuo trabajo de las olas; otras en cambio están casi enteras por haber sido arrojadas en seco por las mareas más altas. Entre éstas, la que atrae particularmente mi atención es una nave de tres palos que lleva el nombre de Duchessa d'Albania. Supongo que sea italiana, pero no pude recoger ningún dato de su origen, ni de las causas de su naufragio".

Así escribió el misionero salesiano Alberto María de Agostini en "Treinta años en Tierra del Fuego" (Buenos Aire: Peuser, 1956, pp. 266-267), haciendo referencia a una de las naves naufragadas que vio cerca de Caleta Policarpo, durante su recorrido por la costa norte de la península Mitre, el extremo suroriental de la Isla Grande de Tierra del Fuego.

Cuando De Agostini cruzó sus soledades, la península Mitre era uno de los lugares más inhóspitos e inaccesibles de Argentina. Hoy lo sigue siendo. En un reciente reportaje (mayo de 2014), un periodista de La Nación señaló que allí no existen caminos –es preciso desplazarse en helicóptero o a caballo– y que está habitado por algunos baqueanos solitarios que, refugiados en las ruinas de viejas estancias, se ocupan de arrear ganado cimarrón.

Como título de su artículo, el periodista llamó a aquel páramo "la península de los naufragios". Pues es, además, uno de los rincones del planeta en donde ha habido más encallamientos y hundimientos.

Probablemente uno de los más famosos –y de los que más curiosidad ha levantado, por su historia– haya sido el del Duchessa d'Albania. O, para ser exactos, el Duchess of Albany: un gallardo buque de vela con casco de hierro provisto de tres palos y dos cubiertas, cuya nacionalidad era en realidad inglesa, y no italiana, como inventó De Agostini. Sus restos todavía yacen, con las maderas descompuestas y los metales corroídos por el salitre, cerca de la desembocadura del río Luz, a unos kilómetros de Caleta Policarpo.

Un poco más al sur de ese punto se alzan unas de las tantas de esas ruinas de estancias que jalonan la región: concretamente, las de la Estancia Policarpo, fundada por Roberto Bilbao en 1903 y abandonada 60 años después. El nombre es relevante porque, en su libro, De Agostini señala haberse alojado en esa estancia, y haber recorrido la zona a caballo con el hijo del propio Bilbao, que lo llevó a la costa a ver los barcos hundidos.

El Duchess of Albany procedía de Río de Janeiro y se dirigía a Valparaíso, en Chile. Como tantos otros barcos de la época, en lugar de atravesar el Estrecho de Magallanes –una travesía que, según los vientos, podía alargarse terriblemente– decidió atravesar el Estrecho de La Maire (que separa la isla de Tierra del Fuego de la de los Estados) y lanzarse a superar el mítico Cabo de Hornos. Aunque nunca se supo bien qué fue lo que ocurrió realmente, a las 4 de la madrugada del 13 de julio de 1893 una terrible tempestad invernal lanzó el navío contra unas rocas y lo hizo encallar. Pronto el barco se incendió. Sus 27 tripulantes –incluyendo al capitán, John Wilson– alcanzaron la costa y contemplaron cómo la nave ardía hasta que la lluvia fueguina terminó apagando todo.

El capitán y un puñado de sus hombres usaron uno de los botes de salvamento para llegar hasta la cercana Bahía Thetis, en donde sabían que había un destacamento del gobierno argentino. Tardaron tres días. El resto de la tripulación prefirió no arriesgarse e ir por tierra. Desde Bahía Thetis, Wilson envió baqueanos para buscar a su gente, pero solo encontraron a uno que se había separado del grupo.

Mientras el capitán y once tripulantes volvían a Reino Unido en el vapor Britannia, el vapor chileno Amadeo –con base en Punta Arenas, y del que De Agostini habla varias veces en su libro– se lanzó a la búsqueda de los desaparecidos, exigiendo como pago el 80% de lo que pudiera recuperar de la carga del Duchess. Terminó encontrando a 13 supervivientes cerca de Bahía Thetis: habían sido recogidos y protegidos por los indígenas Selk'nam de la región.

Pero faltaban dos.

De uno de ellos, nunca se volvió a saber. Del otro terminó encontrando noticias el sacerdote Martín Gusinde hacia 1920. Así lo cuenta en su libro Los Indios de Tierra del Fuego (tomo 1, volumen II, "Los Shelk'nam", pp.790-791):

Durante la última ceremonia de Klóketen [iniciación masculina de los Selk'nam] me contó Tenenesk [célebre chamán Selk'nam, informante de Gusinde] lo siguiente.

"Mi primera esposa vivía aún cuando un barco fue arrojado por la tormenta a la costa oriental de la Isla Grande. ¡Un oleaje tan alto como en aquel entonces nunca más se vio! El barco se quebró en dos. Mucha gente pudo ponerse a salvo nadando hacia tierra. Nosotros les dimos carne, pues no tenían nada que comer. Al cabo de cuatro días llegó otro barco y todos los blancos se fueron con él. Sólo uno se quedó, un hombre joven, alto, de tez clara. Le gustaba estar entre nosotros, por eso no se fue con los otros. Desde entonces vivía con nosotros y aprendió a hablar nuestra lengua. Más tarde quiso tomar una esposa shelk'nam. Nosotros lo apreciábamos y estábamos de acuerdo que eligiera aquí una mujer. Pero antes de ello debía ser primero un Klóketen. Cuando nos reunimos nuevamente para las ceremonias secretas, esta vez junto al Lago Fagnano, ese europeo también vino con nosotros y participó como Klóketen.

Muchas lunas ya estábamos reunidos en la Choza Grande. Aún no había concluido el festejo, cuando el blanco murió. Allí mismo lo enterramos. Había sido un hombre bueno. Justamente por eso le permitimos vivir entre nosotros y tuvo que ser un Klóketen. Nunca antes los ancianos habían permitido que un Koliot pisara la Choza Grande. Si alguno se hubiera acercado a ella, hubiera sido ultimado. ¡Pero toda la gente estimaba a este hombre bueno!"

En marzo de 1977 se recuperó el mascarón de proa del barco, que se exhibe en el Museo del Fin del Mundo, en Ushuaia, junto a algunos datos y códigos. Desde Gran Bretaña informaron entonces, entre otras cosas, que aquella nave había sido bautizada en honor a la esposa del Duque de Albany, Leopoldo, cuarto hijo de la reina Victoria. Era una dama de la nobleza alemana: la princesa Helena de Waldeck y Pyrmont. Por matrimonio, la Duquesa de Albany.

Los restos, con sus 253 pies de eslora, sus 40 pies de manga y sus 23 de calado, aún pueden ser visitados cuando la marea baja, cerca de Caleta Policarpo. En el mismo sitio en el que un asombrado misionero salesiano se lo encontró cuando amanecía el siglo XX.

Fuentes

Albertoni, Carlos W. (2014). Una excursión a la península de los naufragios. La Nación, 11 de mayo. [En línea].

Todo en el río (2006). Fines Terrae – Naufragio del Duchess of Albany, 24 de noviembre. [En línea].

Vairo, Carlos (2014). Duchess of Albany. Historia y Arqueología Marítima. [En línea].

3.1.17

¿No tomar partido cuando resulta fácil hacerlo?

¿No tomar partido cuando resulta fácil hacerlo?

Por Sara Plaza

Compartimos un artículo del escritor británico Paul Kingsnorth, uno de los fundadores del Dark Mountain Project, publicado originalmente en dark-mountain.net bajo el título "2016: Year of the Serpent". Dicho artículo ha sido traducido por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero con permiso expreso del autor, del cual también hemos traducido y publicado en este espacio, Ecología oscura. Buscando certezas en un mundo post-verde"; "En el salón negro", que recoge sus reflexiones después de visitar la cueva de Niaux en los Pirineos franceses; una entrevista con el conservacionista y filántropo Douglas Tompkings y su esposa Kristine, que Kingsnorth recuperó con motivo del fallecimiento del primero hace poco más de un año; y "La llamada de la naturaleza", donde el autor cavila sobre el mundo no-humano.

2016: El año de la serpiente

Casi todos los pasos decisivos que damos en la vida son el resultado de pequeños ajustes internos de los que apenas somos conscientes.
– W. G. Sebald


El pasado fin de semana, sentado en una sala abarrotada en mitad de la salvaje y húmeda paramera de Dartmoor [Davon, Inglaterra (Reino Unido)], estuve escuchando al mitólogo Martin Shaw contar una antigua historia del norte de Europa conocida como The Lindworm [criatura mítica con forma de dragón, serpiente, o a medio camino entre ambos]. Es el relato de un reino infeliz. El rey y la reina quieren tener un hijo, pero este no llega. Una vieja y sabia mujer le dice a la reina lo que debe hacer para concebir. Tiene que soplar sus deseos en el interior de un vaso y colocarlo en un trozo de tierra. De esa tierra brotarán dos flores: una roja y otra blanca. La reina debe comerse la flor blanca; bajo ninguna circunstancia debe comerse la roja. Entonces tendrá un hijo sano.

Por supuesto, la reina no puede resistirse y también se come la flor roja, a pesar de todas las advertencias. El rey y la reina se ponen de acuerdo para no decírselo a nadie, y la reina se queda embarazada, pero en el momento del parto sucede algo terrible. La reina da a luz una serpiente negra, que inmediatamente es atrapada y arrojada con espanto a través de la ventana hacia el bosque. Todos actúan como si nada hubiera sucedido, y a la serpiente le sigue rápidamente un niño sano. Pero cuando el niño se vuelve un hombre adulto se reencuentra con su hermano serpiente en el bosque, y la gigantesca serpiente negra regresa al reino causando muchísimo daño.

Se trata de una historia extraña e inquietante, y si algo podemos aprender de ella, sugiere Martin, es que lo que desterramos vuelve para mordernos, el triple de grande y el doble de enojado. Lo que apartamos a un lado al final regresa, y no tenemos más remedio que asumir las consecuencias.

El 2016, en Occidente, parece el año en que la serpiente desterrada retornó. Muchas de las cosas que se habían excluido de los debates públicos –muchos sentimientos, ideas y puntos de vista que habían sido ocultados, arrojados al bosque, considerados tabú, proscritos de la esfera pública– han vuelto reptando hasta el castillo, enojados por haber sido rechazados. Algunos pensaban que habían muerto, pero las cosas no funcionan así. Los gemelos oscuros no pueden ser destruidos; hay que cumplir unas condiciones, alcanzar unos acuerdos. La serpiente debe ocupar su lugar.

Y por eso la idea que algunas personas tienen de la historia y su dirección se les viene encima, y esa gente se revuelve a voz en grito, señalando con el dedo, culpando a los demás de la aparición del monstruo. En el número de noviembre de la revista New Yorker, el editor David Remmick, amigo y paladín del saliente presidente Barack Obama, intenta comprender el ascenso de Donald Trump. ¿Cómo se metió esta serpiente en el palacio? Incapaz de afrontar la posibilidad de que quienes mandan le abriesen las puertas –que fue la realeza la que se comió la flor que creó la serpiente– Remmick se consuela a sí mismo con la idea de que el arco del universo moral, en palabras de Martin Luther King, acaba doblándose hacia la justicia; con lo cual quiere decir, hacia su noción de de justicia. "La historia no se mueve en línea recta", escribe; "a veces zigzaguea, a veces retrocede".

La historia retrocede. Resulta una idea casi cómica. La historia, desde luego, no hace nada de eso: es el relato de las cosas que suceden, una después de otra. Pero Remnick está utilizando la palabra en un sentido escatológico: la historia para él es la senda continuada, inevitable hacia los objetivos que él y sus compañeros "progresistas" consideran justos: la disolución del Estado nación, la igualdad de todos los seres humanos, una civilización universal cosmopolita, comercio justo y libre, la propagación de la libertad individual y la democracia laica a todos los rincones del planeta. Estos objetivos son tan obviamente deseables que es impensable que debamos dejar de avanzar hacia ellos. Su consecución está inscrita en la estructura misma del tiempo. La elección de Donald Trump, que se opone al menos a alguno de ellos, representa por lo tanto una forma de anti-historia. No la realidad; una aberración que no puede durar. Como un río embalsado que se desborda, inevitablemente el progreso reanudará su curso natural, tarde o temprano.

Esta descarada interpretación teleológica y lineal de la historia (whiggish view of history) ha sido la visión estándar del mundo entre los creadores de opinión de las democracias occidentales desde 1989, pero en este momento está estrellándose, en medio de un desgarrador chirrido metálico al cambiar de marcha, contra otras ideas sobre cómo el pasado alimenta el presente. Observado desde una perspectiva a largo plazo, como pacientemente lo explicaría un conservador, no hay ningún arco moral doblándose en ninguna dirección particular. Las élites de la antigua Roma, o la civilización del valle del Indo, o la "Ur de los caldeos", también creían sin duda que el arco de la justicia se estaba doblando hacia su propia cosmovisión, pero finalmente no lo hizo.

Cuando observo el actual estado del mundo, veo un arco doblándose hacia algo que empequeñece cualquier preocupación estrecha sobre elecciones presidenciales o componendas políticas entre naciones, y que debería poner esos hechos en perspectiva. Veo un inmenso cambio planetario que no se ha visto en millones de años. Veo que la mitad de la vida silvestre del mundo ha desaparecido, y la mitad de los bosques, y la mitad de la capa superficial del suelo. Veo que quizás podamos alimentar a dos generaciones más antes de agotar el resto de esa capa. Veo diez mil millones de personas que necesitarán ser alimentadas. Veo la mayor concentración de carbono en la atmósfera desde que comenzó la evolución humana. Veo oleadas de inestabilidad política y cultural como resultado de todo esto, lo que me hace temer por mis hijos y, a veces, por mí mismo.

Desde una perspectiva pequeña, localizada, el 2016 puede parecer aquí, en las democracias ricas del hemisferio norte, el año en que todo cambió. Pero no es así, no del todo. Este no ha sido el año en que la reina dio a luz a la serpiente, y desde luego no ha sido el año en que se comió la flor. Eso ocurrió mucho tiempo atrás. Ha sido el año en que la serpiente abandonó el bosque, volvió al reino y nosotros le vimos la cara. Ha sido el año en que finalmente tuvimos que reconocer lo que habíamos desterrado.

Cualquiera que haya intentado hablar con alguien con opiniones diferentes sobre la elección de Donald Trump, la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea o el cambio climático si vamos al caso, se habrá dado cuenta que en estos momentos hay una locura en el ambiente que va mucho más allá de los hechos de cualquier caso específico, y que los envuelve hasta hacerlos desaparecer en la confusión. Cuando la gente discute sobre el Brexit, no está discutiendo realmente sobre el Brexit. Cuando se pelean por Donald Trump, no están peleándose realmente por Donald Trump. Estas cosas se han vuelto símbolos, arquetipos de la clase de futuro que queremos y no queremos, de la clase de gente que pensamos que somos y la clase de gente que pensamos que son lo demás. Es como si estuviéramos peleando por los mitos, las historias, las representaciones del mundo como es y como queremos que sea.

Estamos en un momento en que es fácil tomar partido, y por eso es un buen momento para no hacerlo. Soy escritor y Dark Mountain echó a andar como un proyecto de escritores, que es lo que en esencia sigue siendo. En momentos de transformación, cuando se producen cambios, cuando aparecen grietas, el papel público del escritor, en mi opinión, resulta muy difícil de ignorar. ¿Pero cuál tendría que ser ese papel? Algunos darán la batalla; muchos lo hacen. Pero creo que las condiciones son demasiado estrictas. ¿Qué pasa si ningún bando representa tu –nuestro– verdadero interés? ¿Qué pasa si la batalla aparta nuestra atención de un malestar más profundo?

Nuestras historias se están resquebrajando: las cosas que hemos fingido creer sobre el mundo han resultado no ser ciertas. Y la serpiente todavía tiene que hacer mucho más daño. En momentos así, escribimos para dar sentido a las cosas, y para examinar nuestros relatos en su verdadera dimensión. Escribimos nuevas historias porque las viejas están medio muertas ahora mismo. Nos apartamos del fuego de la cólera antes de que nos abrase, dejamos que los nombres desaparezcan, subimos a la montaña, nos sentamos en la cima, respiramos y estamos atentos.

Creo que puede defenderse que la mayoría de las grandes religiones, filosofías, formas artísticas, incluso sistemas políticos e ideologías fueron introducidas por figuras marginales. Hay una razón: a veces uno tiene que moverse a los márgenes para observar con cierta perspectiva la confusión que existe en el corazón de las cosas. Hacer eso no es una abdicación de la responsabilidad pública: es una forma de ella. En las historias antiguas, con la gente de la periferia afluían al reino ideas y conocimientos del bosque, que el propio reino no podía generar.

En el relato de The Lindworm no son el rey y la reina, ni un caballero heroico a lomos de un caballo blanco quienes finalmente eliminan la amenaza de la serpiente como se extrae el veneno de una herida. Es una mujer joven, proveniente de los lindes del bosque, quien lleva a la corte armas y astucia nuevas, y realiza el trabajo que los dueños del reino no tenían ni la menor idea de cómo llevar a cabo. Pero no mata a la serpiente. En vez de eso, lo que hace es revelar su verdadera naturaleza, y de ese modo la cambia y cambia todo lo que la rodea. Es ella la que obliga a la corte a afrontar su pasado, y como resultado la serpiente es recibida de nuevo en el reino.

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