3.10.17

Deshacerse de sí mismo para convertirse en montaña

Deshacerse de sí mismo para convertirse en montaña

Por Sara Plaza

Compartimos una pieza del escritor, periodista, poeta y actor gallego Antón Lopo recordando al poeta Uxío Novoneyra, que el pasado 24 de agosto recuperaba en su versión digital el diario Sermos Galiza, con el título "Uxío Novoneyra: o poeta encarnado na supervivencia da fala". Ha sido traducida por Sara Plaza. El artículo original en gallego puede leerse aquí.

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Uxío Novoneyra: el poeta encarnado en la supervivencia de la fala [1]

Anoche soñé que volvía a la casa de Parada do Courel. Ya sé que eso parece imposible pero lo soñé. ¡Qué le voy a hacer! De niño, me soñaba escalando el cielo sobre peldaños invisibles o me soñaba como castaño que tiene las raíces apresadas en la sierra pero sus ramas se extienden hasta el infinito. También soñaba, frecuentemente, con lobos.

En el sueño de ayer, cogía un taxi en la Plaza Mayor, en Lugo, y viajaba hasta Parada. Atravesaba Galicia desde Lugo al Courel por autovías de corte de navaja ingenieril. Resulta extraño, pero no reconocería el país si los carteles de la carretera no me indicasen que atravesaba el Regueiro do Cepelo [que tanto amaba mi amigo Manuel María], la villa de Parga en la que hice el servicio militar o las laderas de Doncos, donde pican los vientos. No reconocería nada. Era noviembre pero hacía calor. Mucho calor. Ni rastro, en las tierras mouras [2] de las montañas, de la nieve. ¡Cómo me fascinó siempre la nieve! En la casa de Parada, veía nevar desde la ventana que daba al corral. La sombra al otro lado me permitía ver los copos a través del fondo oscuro. Si no ves nevar sobre la sombra, no ves la nieve. Su silencio proporciona un amparo de aislamiento, como si no hubiese nadie sobre la tierra. Pero en mi sueño de ayer, ni siquiera las fuentes gemían, los robles no tenían musgo de humedad, el verde de los prados parecía desteñido. Tampoco podía decirse que el cielo fuese azul infinito: era más bien niebla aplastante, ribazos de arándanos secos, matorral de grisalla. Mediaba el otoño pero diría que era mayo.

PARAR EN BECERREÁ

El taxista paraba en Becerreá para tomar un café y yo bajaba del coche a estirar las piernas. Pensé que en Becerreá encontraría caras conocidas y me equivoqué: no había nadie por la calle. Hacía tanto calor que las moscas espantaban a los paseantes. Pasaba algo extraño en Becerreá [una epidemia, un clorhidrato en la traída...] pero estaba claro que no existía aquella espontaneidad generosa de la montaña que, en otro tiempo, hacía de Becerreá un corazón de abejas. "Me sentó mal el café", dijo el taxista al volver al coche y reemprender la marcha, me explicó que andaba estresado: su hijo pasaba por apuros económicos. Tenía una granja de vacas lecheras y lo que le daban por la leche no cubría los gastos de la explotación. "La mitad de lo que gano", añadió, "se lo doy a él y solo así puede ir tirando". En la casa de Parada alimentábamos a veinticinco vacas y doce bueyes, varios de ellos burdións [3]. La casa era, en sí misma, una fortaleza. Gruesos muros alrededor de las paneras [4] con artesas de veinte herrados, secaderos, una carpintería, la fragua con fuelle, la bodega, el edificio de los caseros... Nuestra propia vivienda se enristraba en una sucesión de puertas con una preciosa solana. Troneras en las paredes vigorosas para disparar, testigos de las vicisitudes políticas de mi familia en el siglo XIX. En ella nací el 19 de enero de 1930 y en ella debería reposar para siempre. Y aunque [de momento, espero] no me cumplieron el deseo, por lo menos todavía puedo soñar que regreso a Parada y ando de nuevo por los caminos que de niño transitaba fascinado por las montañas, por los árboles, por los cercados, por las cimas, por el gorjeo de los pájaros, por el rugir del agua, por la caída de las hojas en mística giróvaga, una tras otra, posándose en mí sin tocarme. Venía con el ganado y me tiraba en la hierba y la hierba me hacía cosquillas. Cantaba por las trochas y silbaba. Vareaba las endrinas y hacía collares con fresas silvestres y arándanos. A los siete años ya majaba y, junto con mi padre, segué los prados antes de salir el sol. Con las crecidas, el estruendo del Lor me alcanzaba y yo desbordaba mis propios límites. Me gustaba que lo habitual tuviese la capacidad de ser distinto. La tierra cambiaba de repente con la afluencia desbocada del agua y de esa experiencia tal vez provenga la certeza de que nada es estático.

FOLE, OTERO, PIÑEIRO...

Mi poesía sería imposible sin esa levadura. En el primer libro que publiqué, Os eidos, en 1955, todo es auténtico y la autenticidad hizo de él el referente de una nueva forma de poesía: la anulación de lo personal en favor de lo común y la fidelidad a la tierra en sí. Ánxel Fole recibió mis versos como la declaración de un secreto con sabor a bravío, y Otero Pedrayo escribió que con Os eidos quedaba establecido en el suelo de Galicia, y en el mundo de la poesía, "un nuevo umbral". El libro, publicado por Galaxia bajo la tutela de Ramón Piñeiro, fue canonizado de inmediato y me permitió ser famoso cuando más gusta serlo: de los veinticinco a los treinta años. La fama nos adormece un poco, pero también proporciona una base sólida sobre la que saltar cada vez más alto.

Todavía hoy resulta pasmoso el estado que propició Os eidos, lo que sentí y la dimensión emocional en la que me instalé: cómo conseguí salvar la distancia entre el hombre y la tierra, entre el hombre y los otros seres. La tierra fluía hacia mí y se estableció una sensación de paraíso donde no había paraíso ningún, sino formas naturales. No se trataba de una comunión religiosa, de un panteísmo, pues la religión y dios habían sido una concepción superada en la adolescencia. Se trataba únicamente de la fe en la sensación vivida. La tierra es forma y en ella está escrito algo que se nos sigue diciendo, sin interrupción. En Os eidos pasé al otro lado, al lado de la tierra, y allí me encontré con el poema, que le devolví de nuevo a ella. El proceso se desencadenó en 1952 y fue tan profundo que duró el resto de mi vida. De hecho, no volví a publicar otro libro hasta 1986, en que aparece publicado Muller pra lonxe, editado por la Diputación de Lugo. Luego vendrían Poemas da doada certeza en Espiral Maior, en 1994, o Arrodeos e desvíos, de 1998, publicado por Hércules, además de los caligramas, probablemente la contribución que hoy considero más personal dentro de mi obra a pesar de que en su momento, 1979, los caligramas fueron considerados una extravagancia más de Uxío Novoneyra.

Y allí iba yo, en mi sueño, hacia Parada do Courel, sentado con un taxista que eructaba constantemente por el trastorno estomacal de un café traicionero en Becerreá. Los sueños ya eran en vida mi motor y, por lo visto, me acompañan ahora más allá de la muerte. Tal vez el pánico a no encontrar lo que uno sueña es mayor al pánico de morir, y yo sigo insistiendo: un poeta es el que está siempre en eso. Si un pueblo sueña su liberación, la liberación acaba por suceder. Si sueño que vuelvo a Parada es que estoy allí, encarnado en la supervivencia audible de la fala. Tú no tienes más que escucharme... ¿No me oyes?


Notas
[1] Lengua gallega.
[2] Negras, oscuras; habitadas por mouros, seres legendarios sobrenaturales.
[3] De mugir o bramar alto y bravo con el celo.
[4] Hórreos donde además del maíz se guarda el pan en grano.

Esta pieza apareció en el Sermos Galiza nº 173, publicado en papel el 26 de noviembre de 2015.

Imagen.

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