31.10.17

Estampas de Valparaíso

Estampas de Valparaíso

Por Edgardo Civallero

Valparaíso, ubicada en la costa central chilena, es una ciudad que baja desde los cerros hasta la línea marítima, desplegándose a través de escaleras interminables. En 2003 su centro histórico fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO; buena parte de la zona portuaria, por su parte, está decorada con murales y graffitis multicolores, el objetivo de las cámaras fotográficas de sus muchos visitantes.

Estampas de Valparaíso
Estampas de Valparaíso
Estampas de Valparaíso
Estampas de Valparaíso
Estampas de Valparaíso
Estampas de Valparaíso
Imágenes de Edgardo Civallero.

23.10.17

Después del fuego

Después del fuego

Por Sara Plaza

La noche del 15 al 16 de octubre me encontró en casa de unos amigos en una aldea de Galicia. Habíamos desertado del sueño y cada uno masticaba la tristeza, el dolor, la rabia y la indignación compartidas como podía. Yo anoté en un cuaderno estas líneas [originalmente en gallego, como todas las que vinieron después]:

Cómo duele, cómo duele todo el día y lo que va de noche el olor a humo, la ceniza que lleva y trae el fuerte viento, la línea roja del horizonte, la angustia de la gente, del monte, de los bosques, de las aldeas, villas y ciudades de Galicia... cómo duele, queman las lágrimas de los árboles.

Mi habitación parece un arca... la ventana en el tejado, un ojo que escuece intensamente.
***
Al día siguiente, al volver de la manifestación en Santiago de Compostela, añadí otras dos:

Deshacerse como una nube, bajar por las calles de Santiago al grito de "Lumes Nunca Máis" [Fuegos Nunca Más].
***
Unos días después, cuando regresaba a mi propia aldea en la sierra a madrileña, esbocé un puñado de versos en el tren mientras leía los poemarios Pornografía y Estacións ao mar, de las poetas gallegas Lupe Gómez y Xohana Torres, respectivamente:

Sentada con Lupe
al lado de Xohana
mi vientre acostado en otra parte
aquí só estou eu coa miña ollada.
Paso la página
Galiza son restos.
Vuelvo atrás
rastro de rodas
a barca en punto
.
Mis huesos compartiendo el insomnio
con la niebla que sube.
Me gusta volver a escuchar
la transfusión de versos que llevo dentro.
Los pétalos de la camelia
que llovieron encima de mi mesa
sostienen el silencio que gime
cuando clavo los dientes
en las vías,
entre campos carbonizados
con todo al descubierto.
Irse
Quedarse
Re(s/x)istir
con los los pies desnudos
la espalda mojada
el corazón en lo alto
Habitar el bosque
Palpar las cicatrices de los troncos
Colgar una sonrisa de los tizones de las ramas.

[Versión original en gallego]

[1]
Como doe todo o día e o que vai de noite o cheiro a fume, a cinza que leva e trae o forte vento, a liña vermella do horizonte, a anguria da xente, do monte, das fragas, das aldeas, vilas e cidades de Galicia... Como doe, queiman as bágoas das árbores.

A miña habitación semella unha arca... a fiestra no tellado un ollo que proe intensamente.

[2]
Desfacerse coma unha nube, devalar polas rúas de Santiago ao berro de "lumes nunca máis"

[3]
Sentada con Lupe
ao lado de Xohana
o meu ventre deitado noutra parte
aquí só estou eu coa miña ollada.
Paso a páxina
Galiza son restos.
Volvo atrás
rastro de rodas
a barca en punto
.
Os meus ósos a partillar o insomnio
coa néboa que medra fóra.
Gústame volver escoitar
a transfusión de versos que levo dentro.
As pétalas da camelia
que choveran enriba da miña mesa
terman do silencio que xeme
cando cravo os dentes
nos camiños de ferro
entre leiras carbonizadas
con todo ao descuberto.
Marchar
Ficar
Re(s/x)istir
cos pés nus
as costas molladas
o corazón no alto
Habitar o bosque
Apalpar as cicatrices dos toros
Pendurar un sorriso dos tizóns das pólas.

Excelente artículo de Marcos Pérez Pena para ayudar a entender lo que está ocurriendo en Galicia: Miles de personas piden la dimisión de Feijoo al grito de "Lumes Nunca Máis".

Dibujo de Sara Plaza.

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17.10.17

Habitar la vida con poesía

Habitar la vida con poesía

Por Sara Plaza

Compartimos este precioso acercamiento de Carlos Negro a la poeta lucense Olga Novo, que el pasado 30 de agosto publicaba en su versión digital el diario Sermos Galiza, con el título "Olga Novo: a guímara do Amor". Ha sido traducido por Sara Plaza. El texto original en gallego puede leerse aquí.

***

Olga Novo: la guímara del Amor

Trataremos de no estorbar las palabras de la poeta. Dejaremos que el discurso vital de Olga Novo (Vilarmao, A Pobra de Brollón, 1975) fluya como un arroyo de aldea, nítido y cantarín. No diremos, pues, todo lo que la poeta lucense lleva escrito, traducido o pensado. No diremos qué obras suyas merecen ser más o menos leídas, cuando todas ellas constituyen retazos incandescentes, impactos que apelan a la reivindicación de una belleza radical, libre de restos retóricos y peajes académicos. Erótica y oracular, labriega y surrealista, libertaria a través del Amor. Guímara desde el genoma de la infancia.

Leer a Olga Novo no permite la indiferencia. Sus poemas abrasan, apelan a la memoria colectiva, al lenguaje originario del paraíso, reclaman la intensidad de los afectos como una revolución política; y cada verso que emite resuena en nuestro interior como el eco de un tambor de madera delicada, como el ruido cóncavo que hacen las vocales cuando entran en contacto con la sangre. Y la verdad de sus versos se clava en las entrañas como una aguja, doliendo para que sintamos.

Olga Novo: la diosa campesina que hoy comparte con nosotros pedazos de un diario de lava. Ese que nos va llevando desde A teta sobre o sol (Edicións do Dragón, 1996) hasta Cráter (Toxosoutos, 2011), con Nós nús (Xerais, 1997) y A cousa vermella (Espiral Maior, 2004) como escalones esenciales en el camino. Y sin renunciar nunca a la unión libre con otras artes e investigaciones filológicas.

DIARIO VOLCÁNICO (RETAZOS)

LA GUÍMARA

Cuando era niña, mi madre me aplicaba el adjetivo "guímara", de manera cariñosa, como sinónimo de "rebelde", un uso que se retrotrae a la historia medieval del concello de la Pobra do Brollón, cuando las gentes del pueblo se negaron a pagar los tributos abusivos al conde de Lemos. Este episodio de resistencia, tan hermoso por otra parte, dio lugar al apelativo despectivo de guímaros –"insociables", "tercos"–, aplicado a los habitantes de la Pobra. A mí me gusta sentirme de la estirpe de aquellas antepasadas resistentes guímaras, vecinas de María Castaña.

LA CASA

En una casa labriega, humilde, sin libros, el primer contacto con la cultura fue, evidentemente, con la cultura oral. Mi padre fue un gran contador, con una portentosa imaginación hiperbólica y grandes dotes oratorias; mi madre es una mujer hipersensible, que me recitaba de memoria algunos romances tradicionales y también algunos versos de Rubén Darío y de Pemán, que ella había aprendido en la humilde escuela de la aldea de Saá. Recuerdo escuchar hechizada, con tres años, la musicalidad modernista en la voz materna, mientras se cocían las berzas del caldo. Estos dos hechos acompañaron probablemente mi natural disposición hacia la música, de la que la poesía no deja de ser una emanación, y quizás me predispusieron hacia el ejercicio poético.

LA INFANCIA

Mi memoria es ante todo una memoria sensitiva. Recuerdo por ejemplo, de muy niña, levantarme en verano cuando todavía era de noche, para ver amanecer; recuerdo el olor a tierra húmeda; acariciar las piedras de las paredes al borde de los senderos pensando en todas las personas que me había precedido y habían puesto tal vez sus manos en aquel mismo trozo de granito; el bufar de las vacas en la cuadra justo debajo de mi cuarto; meter las manos en la masa del pan leudado; velar una margarita por ver si cerraba los pétalos al anochecer; el sabor de la leche batida; el ritmo de la hoz cortando el herrén; volver de los nabos sentada en el remolque del tractor; estudiar con los pies metidos en el horno de la cocina de leña; llorar de la emoción al ver salir las patas del becerro cuando nace; ver a mi abuelo arreglando relojes con cachitos de tojo y emocionarse al hablar de la guerra; leer a Kafka en un tremedal mientras pacían las vacas...

LA ALDEA

Mi canto a Vilarmao es un canto de amor, no un canto saudoso y ruralista por un pasado perdido, sino un cl(amor) por una cultura aniquilada, que yo vi y viví en pleno proceso de descomposición. Aquella poética inicial no me abandonó nunca, con el eco profundo de Novoneyra: "pobos pobres que se foron quedando nos ósos" ["pueblos pobres que se fueron quedando en los huesos"]. Así le sucedió a Vilarmao, epítome simbólico de la Galicia rural.

El ORÁCULO

Yo no escribo nunca nada con voluntad deliberada, y ni siquiera corrijo los textos que se me aparecen. En ese aspecto tengo una concepción muy romántica de la poesía, emparentada con las poéticas de la escucha y de la creación como acto visionario. Escribo por placer y necesidad expresiva, y por lo tanto desde un posicionamiento de libertad absoluta y en conexión profunda con mi propia experiencia vital –y en esto hay que integrar la artística, por supuesto–. Escribo desde dentro.

LA POÉTICA

Concibo la poesía como un acto integral en el que intervienen necesariamente los sentires y saberes. Decía Otero Pedrayo que todavía no aprendimos a ser metafísicos en la física, esto es, a encontrar la "razón espiritual" en la materia. Creo en la inteligencia de la materia y en la lucidez del amor. Y la poesía para mí es ante todo un acto de amor, una percepción amorosa de la vida, incluso si no se escribe un solo verso, y es creación, esto es, libertad radical. Desde este punto de vista, la poesía no encaja en nuestro mundo, pero precisamente por eso es tan necesaria.

LA POLÍTICA

Así como el feminismo defiende que lo privado es público, también yo creo que toda poesía, por el hecho de ser un acto individual de creación libre, representa ya un acto político: es una verdadera declaración de independencia, una afirmación del individuo frente a la ley del número de las supuestas democracias en las que vivimos, como decía el anarquista vigués Ricardo Mella. No sucumbir a modas ni a mercados es para mí una intervención política. La conmoción emocional que produce la poesía profunda es política porque es liberadora, como el amor.

LAS AFINIDADES ELECTIVAS (LUCENSES)

La afinidad cultural con Novoneyra, a quien admiré, pero no llegué a tratar, yo diría que es antropológico-poética. La primera vez que leí sus textos tendría unos diez u once años, en la escuela. Disfrutaba leyendo aquellos poemas desde la ventana de mi cuarto en Vilarmao mirando hacia el Courel, donde habitaba poéticamente aquella voz que me fascinó, antes que nada, por su emoción telúrica. Para mí Novoneyra fue el descubrimento dunha voz oracular.

En cuanto a Luz Poza Garza y Luís Pimentel, me atrajeron por la elegancia musical y por la verdad de sus respectivas obras, en las cuales no hay jamás impostura literaria, sino una belleza hecha de verdadera intensidad y desgarro vital. También ambos escriben desde dentro.

A Carmen Blanco y Claudio Rodríguez Fer me une una larga amistad que viene del inicio de mis estudios universitario en el campus de Lugo. Me considero discípula tanto del feminismo libertario de Carmen Blanco como hija poética de la radical erótica de Claudio Rodríguez Fer. Además, el compromiso de ambos con la memoria de las víctimas del fascismo, hace de ellos dos voces imprescindibles de la ética y de la estética, de mi manera de ver y estar en el mundo y de habitar la vida con poesía.

EL PARAÍSO

Hay un poema en Cráter que, en dos versos, dice así: To Ei ei ei Ou ou ía Ixca / La-gúi La-gúi Xo!; en realidad, es una especie de canto que recoge expresiones gallegas con las que les hablamos a determinados animales para que se detengan ("to" para las vacas, "xo" para las caballerías), para que caminen o modifiquen su paso ("ei", "ou"), para que se aparten ("ixca", se le dice a las gallinas), o para que beban ("lagúi", le decimos al ganado para que beba en los barcales de las fuentes). Para mí es un lenguaje del paraíso, pues en cierto modo conecta con el mito de un universo integrado en el que el lenguaje abarcaba la comunicación total entre todos los seres de la tierra, una especie de Esperanto amoroso. Porque para mí, en definitiva, la Poesía es (solo) Amor.

Dibujo de Sara Plaza.

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10.10.17

Los misterios del Coclé

Los misterios del Coclé

Por Edgardo Civallero

El área cultural Coclé (o "Gran Coclé", en algunas fuentes) se ubicó en el actual territorio panameño, precisamente en la provincia de Coclé, de la cual toma el nombre. Consistió en una serie de sociedades que se desarrollaron en esa zona en distintos periodos (La Mula, Tonosí, Cubitá...) entre los años 150 a.C. y 1500 d.C. Los arqueólogos han creado dichos periodos —muy generales— a partir de los restos cerámicos, pero no tienen mayores datos sobre estas culturas. Aún hoy, siguen siendo un misterio.

Los habitantes del Coclé eran sobre todo agricultores, dado que vivían en valles cálidos y húmedos, aptos para distintos cultivos. La abundante fauna de los bosques circundantes (venados, jaguares, pecaríes, coatíes, armadillos...) complementaba su dieta.

Los misterios del Coclé
Mantenían contactos con las regiones aledañas para obtener algunas materias primas; en Colombia, por ejemplo, conseguían esmeraldas y cobre. Uno de sus bienes más preciados, el oro, era un producto local: algunos ríos de la zona llevaban arenas auríferas o pepitas de gran tamaño, y en las cercanas montañas se podían alcanzar vetas superficiales. El oro era aleado con el cobre colombiano para preparar tumbaga, material más resistente que sus componentes, con el cual en el Coclé se realizaban extraordinarios trabajos de orfebrería: desde pectorales y cascos hechos con láminas martilladas en frío, hasta figuras tridimensionales fundidas con la técnica de la cera perdida.

Los misterios del Coclé
También trabajaban el hueso —de venado o manatí— o la madera, ambos forrados en oro en ocasiones, para hacer figurillas o flautas. Elaboraban enormes metates tallados en piedra, con cuatro patas, y joyas de ágata y serpentina. Sin embargo, el material más característico de las culturas del Coclé en el registro arqueológico es la cerámica polícroma. Una cerámica en cuya paleta figuran tonos blancos, negros, marrones, rojos y púrpuras, con dibujos estilizados y zoomorfos entre los que se distinguen tortugas, pájaros, serpientes...

Los misterios del Coclé
No se han hallado restos de construcciones, a pesar de que las crónicas españolas describan templos y centros ceremoniales. Los dos sitios arqueológicos más conocidos de Coclé son Conte y El Caño, necrópolis excavadas durante la primera mitad del siglo pasado. De acuerdo al tamaño de algunas de las tumbas allí halladas y a sus ajuares funerarios, se cree que las sociedades de esta área cultural habrían estado organizadas como cacicazgos hereditarios.

La influencia de esta cultura se hizo sentir hasta Chichén Itzá (Yucatán) por el norte, y hasta algunos rincones de Colombia y Ecuador por el sur. Entre 1515 y 1520 los conquistadores europeos, ávidos de oro, desarticularon buena parte de las sociedades nativas de Panamá, incluyendo las de Coclé, sumiéndolas en el silencio y el olvido.

Quedaron, como recuerdo y testimonio, las obras de los artesanos de esta región de la América precolombina. Una región que seguirá, de momento, siendo todo un misterio.

Imagen A. Cabecera. Pendiente de oro, tumba 2, yacimiento de El Caño. Película "El misterio de la cultura coclé".
Imagen B. Jarra polícroma, estilo Tonosí-Cubitá.
Imagen C. Nariguera, 700-1520 d.C.
Imagen D. Vasija polícroma, estilo Macaracas, 850-1000 d.C.

3.10.17

Deshacerse de sí mismo para convertirse en montaña

Deshacerse de sí mismo para convertirse en montaña

Por Sara Plaza

Compartimos una pieza del escritor, periodista, poeta y actor gallego Antón Lopo recordando al poeta Uxío Novoneyra, que el pasado 24 de agosto recuperaba en su versión digital el diario Sermos Galiza, con el título "Uxío Novoneyra: o poeta encarnado na supervivencia da fala". Ha sido traducida por Sara Plaza. El artículo original en gallego puede leerse aquí.

***

Uxío Novoneyra: el poeta encarnado en la supervivencia de la fala [1]

Anoche soñé que volvía a la casa de Parada do Courel. Ya sé que eso parece imposible pero lo soñé. ¡Qué le voy a hacer! De niño, me soñaba escalando el cielo sobre peldaños invisibles o me soñaba como castaño que tiene las raíces apresadas en la sierra pero sus ramas se extienden hasta el infinito. También soñaba, frecuentemente, con lobos.

En el sueño de ayer, cogía un taxi en la Plaza Mayor, en Lugo, y viajaba hasta Parada. Atravesaba Galicia desde Lugo al Courel por autovías de corte de navaja ingenieril. Resulta extraño, pero no reconocería el país si los carteles de la carretera no me indicasen que atravesaba el Regueiro do Cepelo [que tanto amaba mi amigo Manuel María], la villa de Parga en la que hice el servicio militar o las laderas de Doncos, donde pican los vientos. No reconocería nada. Era noviembre pero hacía calor. Mucho calor. Ni rastro, en las tierras mouras [2] de las montañas, de la nieve. ¡Cómo me fascinó siempre la nieve! En la casa de Parada, veía nevar desde la ventana que daba al corral. La sombra al otro lado me permitía ver los copos a través del fondo oscuro. Si no ves nevar sobre la sombra, no ves la nieve. Su silencio proporciona un amparo de aislamiento, como si no hubiese nadie sobre la tierra. Pero en mi sueño de ayer, ni siquiera las fuentes gemían, los robles no tenían musgo de humedad, el verde de los prados parecía desteñido. Tampoco podía decirse que el cielo fuese azul infinito: era más bien niebla aplastante, ribazos de arándanos secos, matorral de grisalla. Mediaba el otoño pero diría que era mayo.

PARAR EN BECERREÁ

El taxista paraba en Becerreá para tomar un café y yo bajaba del coche a estirar las piernas. Pensé que en Becerreá encontraría caras conocidas y me equivoqué: no había nadie por la calle. Hacía tanto calor que las moscas espantaban a los paseantes. Pasaba algo extraño en Becerreá [una epidemia, un clorhidrato en la traída...] pero estaba claro que no existía aquella espontaneidad generosa de la montaña que, en otro tiempo, hacía de Becerreá un corazón de abejas. "Me sentó mal el café", dijo el taxista al volver al coche y reemprender la marcha, me explicó que andaba estresado: su hijo pasaba por apuros económicos. Tenía una granja de vacas lecheras y lo que le daban por la leche no cubría los gastos de la explotación. "La mitad de lo que gano", añadió, "se lo doy a él y solo así puede ir tirando". En la casa de Parada alimentábamos a veinticinco vacas y doce bueyes, varios de ellos burdións [3]. La casa era, en sí misma, una fortaleza. Gruesos muros alrededor de las paneras [4] con artesas de veinte herrados, secaderos, una carpintería, la fragua con fuelle, la bodega, el edificio de los caseros... Nuestra propia vivienda se enristraba en una sucesión de puertas con una preciosa solana. Troneras en las paredes vigorosas para disparar, testigos de las vicisitudes políticas de mi familia en el siglo XIX. En ella nací el 19 de enero de 1930 y en ella debería reposar para siempre. Y aunque [de momento, espero] no me cumplieron el deseo, por lo menos todavía puedo soñar que regreso a Parada y ando de nuevo por los caminos que de niño transitaba fascinado por las montañas, por los árboles, por los cercados, por las cimas, por el gorjeo de los pájaros, por el rugir del agua, por la caída de las hojas en mística giróvaga, una tras otra, posándose en mí sin tocarme. Venía con el ganado y me tiraba en la hierba y la hierba me hacía cosquillas. Cantaba por las trochas y silbaba. Vareaba las endrinas y hacía collares con fresas silvestres y arándanos. A los siete años ya majaba y, junto con mi padre, segué los prados antes de salir el sol. Con las crecidas, el estruendo del Lor me alcanzaba y yo desbordaba mis propios límites. Me gustaba que lo habitual tuviese la capacidad de ser distinto. La tierra cambiaba de repente con la afluencia desbocada del agua y de esa experiencia tal vez provenga la certeza de que nada es estático.

FOLE, OTERO, PIÑEIRO...

Mi poesía sería imposible sin esa levadura. En el primer libro que publiqué, Os eidos, en 1955, todo es auténtico y la autenticidad hizo de él el referente de una nueva forma de poesía: la anulación de lo personal en favor de lo común y la fidelidad a la tierra en sí. Ánxel Fole recibió mis versos como la declaración de un secreto con sabor a bravío, y Otero Pedrayo escribió que con Os eidos quedaba establecido en el suelo de Galicia, y en el mundo de la poesía, "un nuevo umbral". El libro, publicado por Galaxia bajo la tutela de Ramón Piñeiro, fue canonizado de inmediato y me permitió ser famoso cuando más gusta serlo: de los veinticinco a los treinta años. La fama nos adormece un poco, pero también proporciona una base sólida sobre la que saltar cada vez más alto.

Todavía hoy resulta pasmoso el estado que propició Os eidos, lo que sentí y la dimensión emocional en la que me instalé: cómo conseguí salvar la distancia entre el hombre y la tierra, entre el hombre y los otros seres. La tierra fluía hacia mí y se estableció una sensación de paraíso donde no había paraíso ningún, sino formas naturales. No se trataba de una comunión religiosa, de un panteísmo, pues la religión y dios habían sido una concepción superada en la adolescencia. Se trataba únicamente de la fe en la sensación vivida. La tierra es forma y en ella está escrito algo que se nos sigue diciendo, sin interrupción. En Os eidos pasé al otro lado, al lado de la tierra, y allí me encontré con el poema, que le devolví de nuevo a ella. El proceso se desencadenó en 1952 y fue tan profundo que duró el resto de mi vida. De hecho, no volví a publicar otro libro hasta 1986, en que aparece publicado Muller pra lonxe, editado por la Diputación de Lugo. Luego vendrían Poemas da doada certeza en Espiral Maior, en 1994, o Arrodeos e desvíos, de 1998, publicado por Hércules, además de los caligramas, probablemente la contribución que hoy considero más personal dentro de mi obra a pesar de que en su momento, 1979, los caligramas fueron considerados una extravagancia más de Uxío Novoneyra.

Y allí iba yo, en mi sueño, hacia Parada do Courel, sentado con un taxista que eructaba constantemente por el trastorno estomacal de un café traicionero en Becerreá. Los sueños ya eran en vida mi motor y, por lo visto, me acompañan ahora más allá de la muerte. Tal vez el pánico a no encontrar lo que uno sueña es mayor al pánico de morir, y yo sigo insistiendo: un poeta es el que está siempre en eso. Si un pueblo sueña su liberación, la liberación acaba por suceder. Si sueño que vuelvo a Parada es que estoy allí, encarnado en la supervivencia audible de la fala. Tú no tienes más que escucharme... ¿No me oyes?


Notas
[1] Lengua gallega.
[2] Negras, oscuras; habitadas por mouros, seres legendarios sobrenaturales.
[3] De mugir o bramar alto y bravo con el celo.
[4] Hórreos donde además del maíz se guarda el pan en grano.

Esta pieza apareció en el Sermos Galiza nº 173, publicado en papel el 26 de noviembre de 2015.

Imagen.

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