5.9.17

Sería maravilloso escribir como el naranjo

Sería maravilloso escribir como el naranjo

Por Sara Plaza

Compartimos una conversación contrafactual entre el escritor e investigador Armando Requeixo y don Álvaro Cunqueiro, que el pasado 14 de agosto recuperaba en su versión digital el diario Sermos Galiza, con el título "Cunqueiro mindoniense irrefutable". Ha sido traducida por Sara Plaza. El artículo original en gallego puede leerse aquí.

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El entrevistador baja desde Valiña de Freire al valle de Mondoñedo por la vieja carretera de Cesuras. Cruza el meridiano de una tarde de Santos y, mientras conduce, recuerda unos versos norieganos de don Álvaro Cunqueiro poco conocidos: "Mais arriba de Cesuras/ fun buscar unha rapaza/ porque Valiña de Freire/ crías de moi boa raza" ["Más arriba de Cesuras/ fui a buscar una muchacha/ porque Valiña de Freire/ las cría de muy buena raza"]. El padre del entrevistador, que es de aquel lugar, estaría muy contento de saber que el príncipe de las letras tiene tan buena opinión de sus mozas. A la altura de Zoñán, un corzo se cruza en la carretera e, inevitablemente, vuelven de nuevo las palabras del escritor a la memoria: "Correu a nova de que foron vistos corzos en Zoñán —non cervos, senón corzos— ledos galopantes daquelas brañas, ricas en sombra e auga pura. O corzo pasa por animal melancólico e moi amoroso. Se falase, en calquera momento podería responder a quen o interrogue coas palabras de Ovidio: Nunc frequentor melancholia" ["Corrió la noticia de que fueron vistos corzos en Zoñán —no ciervos, sino corzos— alegres galopantes de aquellas brañas, ricas en sombra y agua pura. El corzo pasa por ser animal melancólico y muy amoroso. Si hablase, en cualquier momento podría responder a quien lo interrogue con las palabras de Ovidio: Nunc frequentor melancholia".

Al llegar a Mondoñedo, donde quedamos, diviso a don Álvaro al pie de la catedral, sentado a la izquierda del viejo consistorio, contemplando el cantón que cierra la plaza.

Tarde agradecida, ¿no le parece, Don Álvaro? El escritor sonríe, me extiende la mano y responde como trayendo las palabras de un viejo sueño.

En esta misma esquina, fíjate tú, fue donde decapitaron al Mariscal Pardo de Cela. Su cabeza cayó ahí mismo donde estás tú y fue rodando plaza abajo, perdiéndose por aquella calle mientras repetía "Creo, creo, creo". Tan cierto como que estamos aquí, Requeixo. Pardo de Cela era un militar de Mondoñedo, claro, fue acusado de deslealtad y rebelión por los Reyes Católicos. Y, por tal motivo, fue ajusticiado aquí mientras hacía profesión de fe... Aquí, a veces, paso mucho tiempo viendo como anochece sobre el Bosque de Silva y contemplo como van a estar los abedules con sus primeras hojas, haciendo eso que Noriega Varela llamaba "unha ondeante manteliña verde" ["una ondeante mantilla verde"] y sé, por San Lucas [mes de octubre], cuándo es la primera vez que va a haber hojas amarillas y las va a traer el viento por las calles de la ciudad. En Mondoñedo no hay primavera, pero queda compensado con un otoño maravilloso, con las campanillas que florecen —único sitio en el mundo— en el invierno y, sobre todo, por las camelias y los naranjos. Mira, mira a ese naranjo... Sería maravilloso poder escribir así.

Pues es. No cabe duda de que para usted Mondoñedo representa algo muy especial, don Álvaro.

Sí, es que mi familia, que se sepa, por parte de mi madre lleva 700 años viviendo en Mondoñedo. Exactamente desde el año 1232. Todo el peso de estas generaciones, sin duda, lo llevo yo. No se puede vivir impunemente en un valle con un cierto grado de humedad, con un cierto grado de verdor, con ruidos de aguas y de pájaros sin que esto pese en el alma de los que forman parte de esta tribu.

Parece que para usted este fuese el Alfa y Omega. Seguro que, de reencarnarse, regresaría como diocesano de las tierras de Maeloc. ¿En figura de quién le gustaría volver?

En algo de Cunqueiro. En mi infancia, aquí, en Mondoñedo. En un Cunqueiro pícaro, que no pasase nunca de los veinte años. ¿En un cura?... No. Si acaso, en un abad mitrado con muchas viñas y mirlos picoteando en las uvas de un valle gregoriano al atardecer.

No me extraña que haya quien diga de usted que nada tiene sentido en su escritura sin Mondoñedo al fondo. ¿Qué hay de esto?

De una manera o de otra en todos mis libros está un poco Mondoñedo. Todas las ciudades pequeñas de las que hablo son un poco mi ciudad, por muy diferentes que sean. Tanto me da que sea una ciudad griega a donde llega Ulises que una ciudad de Bretaña a donde llega el sochantre con las ánimas, todas las ciudades son un poco mi ciudad. Para mí la huella de la infancia en este valle marcó mi carácter; es decir, yo soy de aquí de una manera irrefutable.

Es complicado concebir lo que usted ha escrito si no se conoce muy en detalle este paisaje, este paisanaje. Las vivencias y las convivencias tuvieron que ser muy fuertes para influirlo tanto, ¿no es cierto?

Desde niño. En mi casa había un desfile de gente pidiendo: "Ay, doña Pepita, si me da un poco de levadura para ir a amasar que no tengo". "Ay, doña Pepita, si me da unos huevos". Yo entraba en todas las casas como si fueran la mía. Gracias a esto conocí Mondoñedo como pocos pudieron conocer su ciudad natal. Luego, fui a la Escuela de Obreros Católicos, porque mi padre era presidente de esta sociedad. Todos los que fueron a la escuela conmigo eran gentes de los más variados oficios, hijos de artesanos y artesanos muchos de ellos. Esto me permitió conocer, en mi infancia, los talleres de carpintería, los alfareros que trabajaban el barro... en fin, conocer todos los oficios y a todas las gentes.

A eso voy, don Álvaro. A mí me parece que su mindonesismo es una suerte de viga maestra que sustenta buena parte de su literatura, por lo menos algunas de las obras más celebradas. Estoy pensando en Merlín [Merlín e familia, 1955], en Sinbad [Si o vello Sinbad volvese ás illas..., 1961], en las Crónicas [As crónicas do sochantre, 1956] y en la trilogía de semblanzas que se inicia con Escola de Menciñeiros [1960] ¿Ando errado?

Con Merlín me sucedió que, después de publicar el libro, mucha gente me contaba a mí esas historias, que yo había inventado, como si fuesen viejas leyendas de nuestra tierra. Creo que esto es verdaderamente importante: que el pueblo haga suyas unas invenciones propias. Esto me parece lo máximo a lo que puede aspirar un escritor, un creador, un inventor.

¿Era esa, pues, la intención última para escribir Merlín e familia?

A ver. Yo creo en los mitos. Ese libro es una expresión de esta creencia, al mismo tiempo que de mi sentido optimista del Universo. Tiene el humor propio de mis ilusiones y responde a la convicción, llamémosle filosófica, de que el prodigio, lo arbitrario, lo incongruente, son ingredientes necesarios del Cosmos. Le tengo mucho cariño a Merlín.

¿Y a Sinbad?

En Sinbad yo quiero contar el Golfo Pérsico y el río Iadid y, entonces, echo mano del río que me es más próximo, que es el Masma de Mondoñedo, es el que me es más cómodo. En ese escenario sitúo la historia, que es la desesperanza y la desilusión de Sinbad, el de Las mil y una noches, cuando, viejo y cansado de aventuras, regresa a las islas y se encuentra que él conoce y quiere a todos, pero a él no lo conoce nadie y algunos no lo quieren.

No me diga que también en su As crónicas do sochantre se valió de la misma estrategia. ¿La Bretaña que allí describe sería vivenciada, no?

No, no, no. Yo nunca había estado. Y me dio sorpresas tremendas. Por ejemplo, yo cuento del vado del río Aulne y pensaba en un vado que hay en el Masma con treinta y tres escalones de piedra etc., unos abedules, unos chopos, unos alisos, etc. y, cuando llegué al Aulne, que me hice una fotografía allí, me encontré que era exactamente igual a como yo lo había descrito.

Serendipias curiosas. Seguro que esta ficcionalización de los recuerdos y aconteceres mindonienses ha de estar por otros libros suyos.

Por ejemplo, algunos de los personajes de Escola de Menciñeiros los conocí en la farmacia de mi padre. Hombre, a veces de tres hice uno o de uno saqué dos, pero a muchos los conocí allí.

El tiempo se agota. El anochecer se asoma sobre la Paula [campana de la catedral] y la entrevista tiene que finalizar. Me despido de don Álvaro, quien me saluda amablemente y me recuerda que le debo a nuestro Mondoñedo y a sus escritores páginas de estudio. Prometo no defraudarlo. El escritor, a las puertas de los setenta años, levanta la mano diciendo adiós al entrevistador, que marcha camino de A ponte do Pasatempo, dejando al señor de las palabras justo en la mitad del dorado valle a la medida del ojo humano, siempre verde, perdido entre montañas visitadas por el viento que viene de A Mariña y que, al llegar, no osa deshojar las camelias ni arrancar el limón de los limoneros. Don Álvaro mira ensimismado y sueña con los largos paseos por la dulcísima ribera, carretera del Carmen arriba, y el otoño suspendido en la Alameda dos Remedios, una gloria.

Esta conversación es contrafactual. Pero, si el encuentro es ficción, las respuestas de Cunqueiro son auténticas y fueron tomadas de diferentes entrevistas concedidas por él.

Esta entrevista apareció en el Sermos Galiza nº 172, publicado en papel el 19 de noviembre de 2015.

Imagen.

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