26.9.17

Los diablicos cucuás

Los diablos cucuás

Por Edgardo Civallero

La comunidad de San Miguel Centro (corregimiento de Chiriguí Arriba) se encuentra a dos horas de camino al norte de la ciudad de Penomoné, en la provincia de Coclé, en plena Cordillera Central de Panamá.

Allí, y únicamente allí, sobrevive una danza prehispánica que, a punto de perderse hacia 1980, fue recuperada por los habitantes de la zona: los diablicos cucuás o danza de los cucuás.

El nombre deriva del árbol homónimo, el ñumi o cucuá (Poulsenia armata), que posee una corteza interna lo suficientemente suave y elástica como para poder ser utilizada como tela (hay numerosos ejemplos de estos usos en toda América Latina; probablemente uno de los más conocidos sea la llanchama de Perú). Esa tela es la materia prima principal para la elaboración del vestuario de los bailarines.

Se cree que originalmente se habría tratado de una danza indígena (probablemente guaymí o ngäbe-buglé) de las regiones montañosas de las provincias de Chiriquí y Veraguas, al oeste del país; en la actualidad es una tradición mestiza, desaparecida de tierras ngäbe-buglé. De ella dieron testimonio numerosos viajeros y exploradores: el estadounidense Alpheus Hyatt Verrill dibujó a los bailarines en 1924, y recogió ejemplares de sus vestidos que hoy se exhiben en el National Museum of the American Indian de Nueva York; otros ejemplos de la indumentaria cucuá se encuentran en el Musée de l'Homme de París (donados por L. Chambon en 1893) y en la Smithsonian Institution de Washington (recogidos por A. Brenkowsky en 1907).

La danza tuvo su momento de apogeo entre 1850 y 1940. Solía ejecutarse para la fiesta del Corpus Christi (mayo-junio), aunque en la actualidad suele celebrarse durante el mes de marzo.

Los diablos cucuás
El atuendo de los danzantes incluye una camisa de manga larga, un pantalón y una máscara con astas y un llamativo hocico. Para confeccionar todos estos elementos se extrae la corteza del cucuá y se la golpea con mazas de madera hasta ablandarla, teniendo cuidado con la peligrosa resina del árbol. El lienzo se cuece luego en agua hirviendo y se deja secar al sol. La tela resultante se corta para elaborar las prendas, que más tarde se decoran utilizando tintes vegetales: rojo cobrizo extraído del guaymí, negro del bejuco "ojo de venado" (Mucuna sp. ), y amarillo de la yuquilla o cúrcuma (Curcuma longa).

Para la máscara se elabora una estructura de juncos trenzados a la que se le agrega una quijada de saíno o pecarí para formar el hocico, y una cornamenta de venado. Todo ello se forra con tela de cucuá y se decora. Para completar la careta se agrega, en la parte trasera, una suerte de pañoleta que casi toca el suelo. Los bailarines no usan calzado, a no ser que deban desplazarse a otro sitio para una presentación, en cuyo caso llevan cutarras (sandalias de cuero locales).

Las piezas que componen la indumentaria deben ser cuidadas con esmero: no se pueden mojar ni golpear. Aun así, el sudor y la luz del sol generalmente termina por afectar las pinturas naturales.

Cada grupo de baile debe contar con un número impar de componentes varones (entre 9 y 13, generalmente), los cuales danzan con un bastón en la mano, al ritmo del tambor, la caja y el violín. El grupo cuenta con tres personajes principales: el Diablo Mayor, el Capitán de los Diablos y el Teniente de los Diablos. A ellos se suma la tropa de diablicos, con un número variable de miembros. Mientras bailan van cantando redondillas, algunas jocosas, y otras de carácter religioso.

En 2004 se fundó en San Miguel Centro la Asociación Cultural, Ecológica y Artesanal de los Cucuás, que se ha ocupado de recuperar esta tradición. Uno de los principales problemas que tuvieron que afrontar fue la lenta extinción del árbol cucuá. Tras numerosas observaciones y experimentos lograron vislumbrar cómo se reproduce el árbol e hicieron semilleros propios. Hoy, además de repoblar las montañas cercanas, tienen entre 3.000 y 5.000 cucuás plantados en tres fincas de la zona, lo cual les garantiza la provisión de materia prima para sus vestidos y para la elaboración y comercialización de otras artesanías.

En la ACEAC mantienen actualmente tres grupos de danzantes: niños, jóvenes y adultos. De esta forma garantizan que este patrimonio inmaterial panameño no desaparecerá.

Artículo. Los guardianes de la danza del cucuá en las montañas coclesanas. La Prensa, 2 de junio de 2015.
Artículo. Una danza cucuá. Revista Banco General.

Imagen A. Bailarín.
Imagen B. Máscaras.