29.8.17

Tapadas y cobijadas

Tapadas y cobijadas

Por Edgardo Civallero

Las mujeres de la Lima colonial se caracterizaron por su particular belleza y por su curiosa forma de vestir. Llevaban una saya que se ceñía a la cintura y prácticamente ocultaba los pies, y un manto oscuro de seda que no solo les cubría el torso y los brazos, sino la cabeza y parte de la cara, dejando a la vista solo un ojo. Los franceses Alcides D'Orbigny y Jean-Baptiste Eyriès, en su Viaje pintoresco a las dos Américas, Asia y África (Barcelona, 1842), comentaron el asunto con estas palabras:

Una de las cosas que más chocan al extranjero cuando llega a Lima es el traje singular con que van las damas por las calles. Se las tomaría a primera vista por aquellos fantasmas de mujeres invisibles que los viajeros de oriente hallan en Constantinopla y en todas las ciudades mahometanas. Las limeñas están dotadas de una grande hermosura. [...] Usan mucho, para traje de paseo en especial, la saya y el manto. La saya es una especie de basquiña hecha de lana y seda muy fina, negra, marrón o verde, que las cubre de pies a cabeza [sic], con una hebilla que les aprieta la cintura de modo que se demuestran sus formas más exactamente aún que si fuesen de escultura. Algunas damas traen la saya más ajustada por la hebilla, que cuasi les priva alargar la pierna para pasar los pequeños arroyos de las calles. El manto es una pieza de seda negra que se prende al medio del cuerpo, sube por encima de la cabeza y se envuelve por el rostro cubriéndolo enteramente, de modo que no permite ver más que un ojo. De pronto, parece imposible que se pueda conocer una dama con tal traje, pero la costumbre vence este inconveniente. En esto consiste el traje de paseo de todas las personas bien nacidas y hasta de todas las clases, a excepción de los esclavos. Durante el estío las damas no llevan bajo la saya y la mantilla más que una camisa bordada y una pañoleta. Por causa de este traje se las llama tapadas.


La costumbre comenzó en tierras del Perú hacia 1560 y duró hasta bien entrado el periodo republicano, como atestiguan numerosas fotos que dan prueba de esa tradición a fines del siglo XIX. No se limitó a la Ciudad de los Reyes, la actual Lima, sino que se extendió a otras poblaciones importantes del Virreinato. Ricardo Palma, en su magnífica obra Tradiciones peruanas, recoge esta costumbre en su capítulo "La conspiración de la saya y manto".

Mucho me he chamuscado las pestañas al calor del lamparín, buscando en antiguos infolios el origen de aquel tan gracioso como original disfraz llamado saya y manto. Desgraciadamente mis desvelos fueron tiempo perdido, y se halla en pie la curiosidad que aún me aqueja. Más fácil fue para Colón el descubrimiento de la América que para mí el saber a punto fijo en qué año se estrenó la primera saya. Tengo que resignarme, pues, con que tal noticia quede perdida en la noche de los tiempos. [...]

Por supuesto que para las limeñas de hoy, aquel traje, que fue exclusivo de Lima, no pasa de ser un adefesio. Lo mismo dirán las que vengan después por ciertas modas de París y por los postizos que ahora privan.

Nuestras abuelas, que eran más risueñas que las cosquillas, supieron hacer de la vida un carnaval constante. Las antiguas limeñas parecían fundidas en un mismo molde. Todas ellas eran de talle esbelto, brazo regordete y con hoyuelo, cintura de avispa, pie chiquirritico y ojos negros, rasgados, habladores como un libro y que despedían más chispas que volcán en erupción. Y luego una mano, ¡qué mano, Santo Cristo de Puruchuco!

Ítem, lucían protuberancias tan irresistibles y apetitosas que, a cumplir todo lo que ellas prometían, tengo para mí que las huríes de Mahoma no servirían para descalzarlas el zapato.

Ya estuviese en boga la saya de canutillo, la encarrajada, la de vuelo, la pilitrica o la filipense, tan pronto como una hija de Eva se plantaba el disfraz no la reconocía en la calle, no diré yo el marido más celoso, que achaque de marido es la cortedad de vista, pero ni el mismo padre que la engendró.

Con saya y manto una limeña se parecía a otra, como dos gotas de rocío o como dos violetas, y déjome de frasear y pongo punto, que no sé hasta dónde me llevarían las comparaciones poéticas.

Y luego, que la pícara saya y manto tenía la oculta virtud de avivar el ingenio de las hembras, y ya habría para llenar un tomo con las travesuras y agudezas que de ellas se relatan.


Tapadas y cobijadas
El origen de esta forma de vestir es claramente ibérico, como demuestra su pervivencia en la localidad gaditana de Vejer de la Frontera. En aquella población andaluza, las mujeres que llevaron (y aún conservan, como muestra de identidad) semejante atuendo son llamadas "cobijadas". Muchos viajeros del siglo XIX y algunos fotógrafos (Jean Laurent, Kurt Hielscher, José Ortiz Echagüe) asociaron la vestimenta al pasado moro, pero fue tradición castellana antigua, y guarda escasas similitudes con sus pares musulmanas. En Castilla las prendas fueron siempre negras y hechas de lana merina. Con el nombre de "tapada", como en Lima, se conservó en Tarifa hasta 1936, cuando el gobierno de la República lo prohibió porque "podía enmascarar delitos".

En estos tiempos que corren, no está de más recordar a esas sociedades occidentales (u occidentalizadas) que se escandalizan y critican vehementemente las costumbres y los hábitos de otras culturas, que hasta hace relativamente poco esos mismos hábitos y esas mismas costumbres formaban parte de su propio patrimonio. Y que el mismo asombro que causan las mujeres musulmanas en la Europa actual lo causaron las "cobijadas" gaditanas en aquellos visitantes decimonónicos del norte de Europa que recorrieron las tierras al sur de los Pirineos. En el Manual para viajeros por Andalucía y lectores en casa (1845), el londinense Richard Ford apuntó:

La Mantilla es el tocado femenino aborigen de Iberia, en cuyas primeras monedas, que son los libros de ilustraciones de la antigüedad, se les representa en forma de una mujer velada. El velo, que cubría completamente la parte posterior de la cabeza, se abre por delante; pero se considera que cubrir en parte las facciones, tanto en tiempo antiguo como ahora, es un adorno, la cara tupida o tapada, o sea, el rostro así envuelto, fue siempre respetado en España, de la misma manera que Mesalina envolvía bajo el manto de modestia sus adulterios imperiales. Este camuflaje es indudablemente de origen oriental, ya que en Oriente las mujeres están dispuestas a mostrarlo todo menos la cara, porque estas cuestiones de honor son convencionales; y no se crea que la costumbre está pasada de moda en Andalucía, porque sigue practicándose en Tarifa, donde las mujeres siguen usando la Mantilla de la misma manera que las árabes el Boorkó [burkha] y de acuerdo con la actual moda egipcia del Tob y el Habarah, que consiste en no mostrar más que un ojo; éste sin embargo, punza y penetra, emerge del velo oscuro como una estrella, y la belleza se concentra en un solo foco de luz y significado. Estas tapadas están muy bien camufladas, y como todas ellas visten igual, van por ahí como en una mascarada, hasta el punto que se ha dado el caso de maridos descubiertos en el acto de hacerle la corte a sus propias mujeres. [...] La Andaluza, cuando está en casa, donde solo su marido la ve, es una cenicienta en el desaliño y apenas hace otra cosa que ponerse la enagua exterior y el velo, y ya está lista para ir a la iglesia.


Artículo. Algunas notas sobre la tapada limeña. Rumbo al Bicentenario, blog de Juan Luis Orrego Penagos.
Texto. "La conspiración de la saya y manto". Ricardo Palma, Tradiciones Peruanas.
Artículo. La enigmática tradición perdida que se ha convertido en emblema de Vejer. El País, 20 de agosto de 2017.

Imagen 01. Tapada limeña.
Imagen 02. Cobijadas de Vejer.