22.8.17

Abandonar la ilusión de control no es rendirse

Abandonar la ilusión de control no es rendirse

Por Sara Plaza

Compartimos una conversación entre el intelectual mexicano Gustavo Esteva y el escritor británico Dougald Hine, uno de los fundadores del Dark Mountain Project, que apareció originalmente en el cuarto número da la publicación homónima en el verano de 2013, bajo el título "Dealing with our own shit". Dicho artículo ha sido traducido por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero, con permiso expreso de los autores, e incluye sugerencias y correcciones de Gustavo Esteva.

Hacernos cargo de nuestra propia mierda

Había águilas cabalgando el viento en lo alto cuando tomamos un camino alternativo para ir desde San Pablo Etla hasta Casa Esteva. El taxista nos había dejado en el cruce de la autopista gratuita, no quería arriesgar el tubo de escape en aquella carretera sin pavimentar, así que tuvo que venir un joven de una de las casas próximas a recogernos. Habían pasado tres meses desde el comienzo de la estación seca. Avanzamos dando sacudidas por el lecho seco de un arroyo antes de ascender de nuevo hacia la casa de adobe rodeada de árboles.

Después de varios días en el centro de Oaxaca, con sus calles congestionadas por el humo, respirar aquí arriba era un alivio. Veinticinco años antes, Gustavo Esteva y su compañera debieron experimentar algo similar cuando dejaron México D.F. para establecerse en este lugar. Para Gustavo fue volver a la aldea de su abuela: la abuela a la que, durante su infancia, no le estaba permitido entrar a la casa de su hija por la puerta principal, tampoco hablar a su nieto en Zapoteco.

"Mi madre pensaba", me explica, "que lo mejor que podía hacer por sus hijos era desarraigarnos, desvincularnos de nuestra ascendencia indígena, para evitar la discriminación que ella había sufrido."

No obstante, los veranos que Gustavo pasó con su abuela en su puesto del mercado de Oaxaca plantaron la semilla de las historias que nacerían mucho más tarde.

Entre tanto, durante su juventud se refugió de la confusión cultural de su familia en la promesa del "desarrollo." Ese término –que enmarcaría la relación entre los países del mundo posbélico, y encarnaría un modelo unificador de progreso económico global con el que incluso estarían de acuerdo quienes se opusieron a la Guerra Fría–, lo utilizó por primera vez en su sentido moderno el presidente Truman en su discurso de investidura en 1949. A la edad de quince años, tras la muerte de su padre, Gustavo encontró trabajo en la primera oleada de empresas multinacionales que trajeron la realidad del desarrollo a México. En pocos años llegó a ser el ejecutivo más joven de IBM hasta la fecha; pero en vez de ocupar un lugar en el centro de esa gran narrativa del progreso económico, se halló situado en un bando, el de los jefes, donde se le pidió que engañase a los trabajadores.

Así que con veinte y pocos años abandonó esa carrera y pocos años después se había convertido en un guerrillero marxista. Era la época del Che Guevara y la Revolución Cubana: si el capitalismo no podía cumplir la promesa del progreso económico para todos, había llegado el momento de luchar por la alternativa. Marx seguiría siendo una influencia muy importante en su pensamiento, pero esa etapa de su vida terminó, una vez más, en desencanto: descartó la idea de la revolución violenta después de que uno de los líderes de su grupo disparara a otro durante una disputa por una mujer. "Fue la revelación del tipo de violencia que nos estábamos imponiendo a nosotros mismos y que queríamos imponer al resto de la sociedad."

Por segunda vez se apartó de lo que parecía ser un medio para construir un mundo mejor. En los años que siguieron continuó leyendo, estudiando y escribiendo sobre economía y cambio social, y solo habían pasado unos pocos cuando llegó a ser un alto funcionario de una agencia gubernamental. A principios de los 70 dirigía programas de control del mercado de productos básicos agrícolas, proveyendo seguridad alimentaria a millones de pobres urbanos y rurales. Sin embargo, esta etapa finalizaría, una vez más, al decidir marcharse, decisión que condicionaría el resto de su vida.

En 1976, debido al éxito de aquellos programas, fue propuesto para ocupar un cargo ministerial con la llegada del nuevo Gobierno. "En ese momento, sabía al menos dos cosas: primero, la gente no quería eso, esos hermosos programas de desarrollo. No sabía exactamente por qué ni qué era lo que la gente quería, pero sabía que no era eso. En segundo lugar, la lógica del Gobierno y la lógica de la gente son completamente diferentes. Incluso con un presidente populista –estuve en la residencia presidencial muchas veces, en reuniones de gabinete–, la manera como ellos toman decisiones y lo que la gente necesita y quiere son dos planetas diferentes."

Yo conocía el bosquejo de esta historia pero, a medida que avanzaba la conversación en el porche de la casa que ellos mismos habían construido, lo que más me llamó la atención fue su deseo de confiar en su propia incertidumbre. En cada uno de los cambios a lo largo de su trayectoria vital había estado dispuesto a renunciar a la seguridad de las estructuras existentes, estructuras que al final le resultaron intolerables, a pesar de no tener respuesta sobre qué otra cosa se podía hacer. Dispuesto a iniciar su travesía por el desierto y esperar, pacientemente, a ver qué cosas podían vislumbrarse como resultado de ese dejarse ir.

Habiendo rechazado la posibilidad de un alto cargo, empezó a realizar un trabajo de base en los pueblos y las periferias urbanas, con campesinos que acaban de llegar a la ciudad. Habla de esa etapa como un momento de felicidad y confusión: entre las personas con las que trabajaba, las personas que se suponía que eran subdesarrolladas, encontró lo que a él le parecía una buena vida. Sin embargo, nada de eso tenía sentido en el marco de la economía, la antropología, la sociología o la ciencia política. Era como si tuviera que elegir entre el marco teórico del desarrollo que había moldeado su vida y la evidencia de la vida de quienes lo rodeaban. Aquello lo arrastró a una crisis.

"De repente, un día dije: me voy a quitar las gafas, las lentes que estoy usando, todas las diferentes lentes del desarrollo. Abandonar esas categorías fue como cuando pasas de la oscuridad a la luz y solo ves sombras."

Dos cosas lo ayudaron a comprender su experiencia. La primera fue el recuerdo de su abuela que comenzó a aflorar de nuevo, las historias que le había contado en los veranos de su infancia. Las lecciones que entonces no había entendido cobraban ahora significado. Fue eso, cuenta, lo que hizo posible que pudiera establecer vínculos con la gente a su alrededor.

La segunda fue su encuentro con Ivan Illich. Para la izquierda marxista a principios de los 70, cuando publicó su trabajo más famoso, no era más que un cura reaccionario al que no valía la pena leer. Sus críticas a los sistemas educativos y de salud no eran relevantes: claro que en un sistema capitalista serían malos, pero después de la revolución ¡tendremos buenas escuelas!

Cuando se conocieron en 1983 lo que impresionó a Gustavo fue que los términos del pensamiento de Illich tenían sentido en relación con las vidas de los campesinos y los inmigrantes con los que él estaba trabajando. Yo ya sabía algo de esto, pero lo entendí mejor unos días después, en un congreso en Cuernavaca: tras dos jornadas de desalentadoras presentaciones académicas, la charla en la que las ideas de Illich realmente cobraron vida la dio una mujer de una comunidad indígena, que hacía solo unos pocos meses que había tropezado con sus libros.

Fue en Cuernavaca, cinco años antes, en un encuentro para conmemorar el quinto aniversario de la muerte de lllich, cuando conocí a Gustavo. Al año siguiente vino a Londres y vi cómo polarizaba una sala llena de activistas sociales y jóvenes trabajadores de onegés con sus historias sobre las paradojas del desarrollo. Por aquel entonces comencé a colaborar con un tipo llamado Paul Kingsnorth que había tenido la idea de crear una publicación llamada Dark Mountain, y resultó que el único conocido que teníamos en común era este viejo mexicano que se definía a sí mismo como un "intelectual desprofesionalizado." Paul le había entrevistado en Oaxaca cuando estaba escribiendo sobre los zapatistas, y fue Gustavo quien le dio el título de su primer libro, One No, Many Yeses.

No es esta la única manera en que el pensamiento de Gustavo se entremezcla con los orígenes de Dark Mountain. La vida a partir de la cual ese pensamiento ha evolucionado es una historia de fe en el progreso, de la pérdida de esa fe, y del hallazgo de las formas de esperanza que permanecen al otro lado de la pérdida. Luego está la disposición para marcharte, incluso si no tienes respuestas que ofrecer cuando la gente te pregunta cuál sería tu alternativa, irte llevando solo tu incertidumbre, en lugar de quedarte con certezas en las que ya no crees. Finalmente, la distinción que él hace entre "la vida mejor", prometida por las aspiraciones globales de progreso y desarrollo, y "la vida buena", que hay que construir a escala humana, improvisada, en los tiempos y lugares donde se encuentre cada cual.

La conversación que se presenta a continuación fue grabada [a finales del año 2012] por Nick Stewart como parte de una película. En lo que sigue, la suya es la presencia tácita: no solo porque estuvo moviéndose sin parar con una cámara de mano para encontrar los ángulos desde los que captar nuestras expresiones mientras hablábamos, sino porque luego realizó la transcripción inicial en la que está basado este texto.

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