4.7.17

Cinco años en una montaña

Cinco años en una montaña

Por Sara Plaza

Compartimos la trascripción de la primera parte de la charla que los escritores británicos Paul Kingsnorth y Dougald Hine, cofundadores del Dark Mountain Project, dieron en el Schumacher College el 25 de junio de 2014.

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Dougald Hine: Hará cinco años el mes que viene desde que publicamos este "Uncivilization", el manifiesto de Dark Mountain. Probablemente habrá algunas personas aquí que lo hayan leído, y otras que nunca hayan oído hablar de él... Lo que nosotros habíamos pensado hacer esta noche es revisitar este manifiesto y las reacciones que tuvimos entonces y las que tenemos hoy. Qué es lo que esas reacciones dicen sobre cómo ha cambiado el mundo en estos últimos cinco años; qué dicen sobre lo que nosotros hemos aprendido a la hora de expresar lo que estábamos intentado hacer en primer lugar, y algunas de las cosas que hemos aprendido por el camino.

Esta tarde he estado leyendo, releyendo algunas de las cosas que se escribieron sobre el manifiesto y sobre Dark Mountain cuando se publicó por primera vez, y ha sido una experiencia bastante incómoda porque muchas de las primeras reacciones que tuvimos fueron realmente hostiles.

Creo que uno de los peores momentos en estos últimos cinco años fue en un acto en Londres donde John Berger –uno de mis grandes héroes, uno de los escritores que para mí ha sido fundamental en relación con el espíritu de Dark Mountain–, había estado conversando con Jay Griffiths –otra escritora muy involucrada con Dark Mountain que ha colaborado en nuestros libros–, y realmente uno sentía que estaba en un lugar muy próximo al corazón de lo que este proyecto significa.

Después del acto, mientras me encontraba en el hall de la Biblioteca Británica hablando con un tipo joven que estaba interesado en la revista que yo dirigía, al pronunciar Dark Mountain vi que aquello le sonaba y vi cómo cambiaba la expresión de su cara, Dijo "ah, sí, ahora caigo", y se dio media vuelta. Y si eso hubiera ocurrido en cualquier otro lugar, probablemente no me hubiera tocado tan profundo, pero en ese contexto tan particular uno pensaría, "este es alguien que sin duda comparte mi amor por John Berger y sus ideas y su manera de decir las cosas".

Es la misma sensación que tuve algunas veces al leer las cosas que la gente escribió sobre nosotros al principio –algo así como mirarte en un espejo y ver reflejado a otro en lugar de a ti mismo en él–, al ver cómo describían lo que nosotros habíamos escrito.

Voy a leeros algunas de esas declaraciones que estuve releyendo esta tarde: John Gray escribió una reseña del manifiesto de Dark Mountain en el New Statesman –no es habitual que este tipo de panfleto de 30 páginas autopublicado sea reseñado en el New Statesman–, y decía algunas cosas agradables sobre él, pero también decía que éramos soñadores románticos que creían que la crisis social podía ser el preludio de un mundo mejor. George Mombiot recogió el hilo en The Guardian y fue mucho más directo, dijo "vosotros purgaríais el planeta de civilización industrial a costa de la vida de miles de millones de personas". ¿Cómo se defiende esta posición? Y alguien llamado Solitaire Townsend retomó el artículo de George y escribió uno titulado "Bajad de vuestra montaña oscura, estáis empeorando las cosas", en el que decía: "cuando descubrí por primera vez el proyecto Dark Mountain deseé secretamente que un puñado de hipsters super-cool estuvieran haciendo sátira". Y alguien a quien yo conocía, Matt Jones, nos llamó "locos colapsadores".

Yo no sé tú, Paul, pero yo no me siento cómodo con esto. Algunas personas sienten algún tipo de orgullo al ser atacadas, sienten que es algo así como una validación, una indicación de que si estás molestando a la gente es que estás haciendo algo bien. A mí no me gusta nada, fueron unos momentos bastante desagradables.

Creo que parte de la dificultad radica en que cuando estás intentando decir algo que no se ha dicho antes, no resulta sencillo de expresar directamente. Nunca ha habido una manera breve de resumir qué es Dark Mountain. El propio nombre tiene toda una serie de resonancias, más que describir algo. No es como crear una revista que se llame El ecologista, o Resurgimiento, en este caso el nombre no contiene una explicación directa, clara, de lo que es y lo que hace. Y creo que una de las cosas que hemos aprendido en estos cinco años es lo difícil que resulta explicar lo que es Dark Mountain.

Los chicos de la tecnología tienne el dicho, "es un rasgo, no una pega", para referirse a eso que no es exactamente un problema que haya que solucionar, sino una dificultad que resulta útil cuando se la tiene en cuenta. No sé, quizá en este punto sea interesante que tú, Paul, cuentes qué es lo que escribimos en el manifiesto, y por qué la gente pudo haberlo leído de la manera como lo hizo, y provocar ese tipo de reacciones, que condicionaron la percepción de muchas personas sobre lo que es Dark Mountain.

Estoy seguro de que el tipo que conocí en el acto de John Berger nunca había leído nada de lo que Paul o yo habíamos escrito, ni nada en cualquiera de los números de Dark Mountain, pero ciertamente había leído lo que alguien más había escrito sobre nosotros enmarcándonos de una determinada manera.

Paul Kingsnorth: Las personas que encuentran este texto amenazador lo encuentran amenazador porque sienten que socava su sentido de esperaza obligatoria, sienten que necesitan ese sentido de esperanza obligatoria al que nosotros estábamos atacando, que desde luego no era lo que estábamos haciendo.

Pero permitidme responder primero la pregunta anterior y deciros por qué se llama Dark Mountain Lo voy a hacer leyéndoos un poema que aparece al comienzo del manifiesto, un poema escrito por el poeta californiano Robinson Jeffers en 1935. Se titula "Rearmament", y está escrito en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Jeffers podía ver la guerra que estaba a punto de estallar en Europa y también veía que Estados Unidos estaba siendo azuzado para entrar en ella. Él pensaba que Estados Unidos no debía meterse en ella, pero también sabía que no había nada que él pudiera hacer al respecto. Así que se vio a sí mismo viviendo en esa casa en los acantilados de California, observando esas gigantescas ruedas girando, sabiendo que habían sobrepasado un punto de no retorno. Podía ver que la guerra se aproximaba, podía ver lo destructiva que sería, y podía ver que no había nada que él pudiera hacer para detenerla. Este es el poema.

Estos espléndidos y fatales movimientos hacia la muerte: la grandiosidad de la masa
se burla de la pena, la desgarradora pena
por los átomos del conjunto, las personas, las víctimas, vuelve monstruoso
admirar la trágica belleza que construyen.
Es hermosa como el río que fluye o el glaciar formándose lentamente
en la pared rocosa de una montaña,
que inexorablemente derribará el bosque, o como escarcha en noviembre,
esa dorada y ardiente danza mortal para las hojas,
o una muchacha la noche de bodas, sangrando y besando.
Pondría mi mano derecha en el fuego
para cambiar el futuro... sería una insensatez. La belleza del hombre
moderno no reside en las personas sino en el
desastroso ritmo, las densas y móviles masas, la danza
de las masas guiadas por un sueño descendiendo de la montaña oscura.


Yo leí ese poema en un momento en el que estaba viendo el cambio climático y sintiéndome del mismo modo que él se sintió ante la Segunda Guerra Mundial. Yo estaba viendo esta cosa gigantesca que no se está aproximando porque ya está aquí, y veía todo lo que estaba pasando ahí arriba, en la atmósfera, cuántos cambios se nos venían encima, y todo lo que los científicos estaban diciendo, y los casquetes desmigajándose, y las terribles historias que todos conocemos y sobre las que no voy a insistir. Estaba viendo la gran extinción en marcha, de la que también estamos todos al tanto, y todos los horrores ecológicos que se habían desatado. Estaba viendo que la civilización se estaba moviendo en la dirección equivocada. Y después de muchos años de activismo, escribiendo y haciendo campaña, sentía que realmente no podía cambiarlo, y pensaba que colectivamente tampoco teníamos demasiada esperanza de cambiarlo a corto plazo.

Así que veía que estamos ante algo muy serio y peligroso, que estamos abocados al colapso –porque ya estamos en él–, que existe el presentimiento de que algo extremadamente radical va a pasar con el clima aunque no sepamos qué, que hay un ecocidio en curso... y que íbamos a tener que apechugar con ello. Ahora bien, esto no significa que no haya nada que podamos hacer, significa que ese es nuestro moméntum actual, el cual somos incapaces de detener, y no sabemos cuánta gente lo ve así, yo desde luego lo veía así.

Y fue entonces cuando conocí a Dougald y nos fuimos a un pub –nunca deberíais iros a un pub a beber un par de pintas y escribir un manifiesto, yo todavía estoy cargando con las consecuencias cinco años después–. El caso es que nos dimos cuenta de que los dos pensábamos lo mismo, y además nos dimos cuenta –y esta es otra reivindicación central del manifiesto– de que no se trata solo de saber que estamos ante un colapso, sino que necesitamos nombrarlo como tal, por muy sombrío que parezca. La razón por la que se llama el proyecto Dark Mountain es porque pensamos que es importante mirar la oscuridad, no regodearse en ella pero mirarla de frente, nombrarla, no fingir que no existe, y nombrar los límites de lo que podemos y no podemos hacer dentro de ella.

También nos dimos cuenta de que, culturalmente, en nuestra civilización, nada de todo esto está siendo representando, desde luego no en la corriente dominante. Si uno mira las novelas que se publican, si uno mira las reseñas de los libros, si uno escucha la música, si uno se fija en la cultura dominante... Dentro de 100 años, si la gente echa la vista atrás, suponiendo que quede alguien, y repara en los libros y la producción cultural de nuestra sociedad, sabiendo lo que saben, y lo que nosotros sabíamos de la situación real del mundo, de las catástrofes que se están produciendo, ¿no les parecerá insultante, o al menos totalmente inapropiado? Es como si no estuviera pasando, como cultura estamos actuando como si esto no estuviese sucediendo realmente. U ocasionalmente como si, bueno, está ocurriendo pero seguramente lo podemos arreglar de manera bastante sencilla con la tecnología y la política, y por eso no hay porqué considerarlo un cambio cultural. No nos lo tomamos en serio como cultura. Y como escritores los dos sentimos que nos lo íbamos a tomar en serio como cultura.

Y la reivindicación central de este manifiesto es que el colapso en curso, que es real y tiene que ser nombrado, es una crisis cultural tanto como lo es de todo lo demás. Es una crisis de relatos, que suena un poco extraño pero la causa no es tecnológica o política o económica, sino narrativa. Creemos historias equivocadas sobre cómo es el mundo y cuál es nuestro lugar en él. Cada cultura, cada civilización se construye sobre las historias que nos contamos, mitos, no en el sentido de mentiras, como utilizamos a menudo esa palabra, sino en el sentido de relatos fundacionales, la manera como miramos el mundo. Y la manera como esta cultura considera el mundo está tan desfasada, se ajusta tan poco a cómo es el mundo realmente, que vamos camino de estrellarnos.

Llevamos bastante tiempo tratando de identificar cuáles podrían ser algunos de esos relatos, y ya tenemos una larga lista en la pared que crece cada día que pasa. Resulta muy interesante intentar averiguar cuáles son las asunciones tácitas de nuestra cultura. Y unas pocas que identificamos en el manifiesto son, en primer lugar, el mito del progreso, en el que se basa todo el manifiesto. La idea de que todo mejora siempre para la humanidad, y la tecnología y la industria son las razonas principales por las que mejora, y cada generación va a estar mejor que la anterior. Y eso es algo así como nuestra ley de la historia, como la gravedad es la ley de la física.

Otro de estos mitos es la centralidad de los seres humanos. Cuando miramos al planeta tierra lo vemos como si los humanos fueran la cumbre de la evolución y lo vemos a través de los ojos de los humanos y las necesidades de los humanos, así que la tierra no es una gran comunidad de criaturas vivas es un "medio" para que los humanos estén en él. Lo que dice mucho de cómo vemos el mundo.

Y unido a este aparece el mito de la naturaleza, la idea de que hay algo llamado "naturaleza" que está ahí fuera, y de que tú estás separado de ella de alguna manera; tú estás en ella, la atraviesas pero no eres la misma cosa. La naturaleza es algo externo que o bien puedes romantizar, o convertir en papel higiénico, pero en cualquiera de los dos casos estás utilizándola para tus propios fines.

Y relacionado con eso está la idea de objetividad, pensamiento racional objetivo, que nos permite examinar algo llamado naturaleza y dividirlo en pequeñas partes, y medirlo y manipularlo, ya sea para salvar el planeta o para destruirlo, lo que sea que queramos hacer, pero está en nuestras manos hacerlo.

Y hay cualquier cantidad de historias pequeñas que al identificarlas y nombrarlas nos dicen cómo vemos el mundo... y la última historia sobre la que Dougald y yo hemos hablado mucho, es que nos se nos han quedado pequeñas las historias, que no las necesitamos más, que la manera como vemos el mundo no es un relato sino un hecho. Cuando observamos, por ejemplo, lo que la ciencia puede enseñarnos, no lo vemos como algo útil y necesario que forma parte de una manera de entender el mundo. Lo vemos como la verdad, lo que reemplaza a todas las maneras anteriores de ver el mundo, que estaban equivocadas. Y creemos que es verdad. Y creemos que nuestras historias no son historias, y esa es la historia más peligrosa de todas.

Y cuando empiezas a hacer esto, cuando empiezas a poner en entredicho tus propias historias y empiezas a ver el mundo como un desafío narrativo, llegas a la conclusión de que las historias que nos tenemos que contar tienen que ser otras. Y que quienes pueden hacerlo, o al menos algunas de las personas que pueden hacerlo, serán escritores y personas creativas y artistas, y esa es un poco la reivindicación central del manifiesto.

Cuando comenzamos este manifiesto, recuerdo que teníamos la idea de crear una pequeña revista en la que íbamos a recoger parte de esos escritos, que llamamos "escritura incivilizada". Pensamos que si "civilización" es tanto una idea como una cosa, incivilizarte significa arrancarte de esa estructura, de esas historias, y empezar a ver el mundo de manera diferente. Así que íbamos a sacar una pequeña revista con escritos incivilizados y tal vez el pequeño grupo de escritores podría reunirse y hablar sobre ello. Entonces publicamos este manifiesto, y enseguida se involucró un montón de gente. Recibimos emails de todos lados, escribió gente de todo el mundo, muchos no eran escritores siquiera, había músicos, artistas, científicos, agricultores, activistas, ex-activistas, y gente a la que no le gustaba definirse a sí misma, de todo el mundo, realmente. Y se nos fue de las manos.

Pero nos dimos cuenta de que todo eso estaba pasando por una razón, no porque nosotros hubiésemos dicho algo brillante que a nadie se la había ocurrido antes, más bien lo contrario, dijimos lo que mucha gente estaba pensando pero tenían miedo de expresar. Nosotros izamos esta bandera y dijimos, veamos, la oscuridad está ahí, tenemos un control limitado sobre ella, no estamos seguros de qué hacer, pero estamos bastante seguros de que tenemos que empezar a preguntarnos por qué está pasando y rescribir nuestras historias, y está bien decirlo.

Y apareció un montón de gente, y sigue apareciendo cada semana. Nos llegan emails de gente de todos partes: diciendo "Gracias por decir esto porque yo lo he estado diciendo y todo el mundo cree que estoy loco, y pensaba que estaba solo y ahora me doy cuenta de que no lo estoy". Creo que de lo que nos hemos dado cuenta en estos últimos cinco años es que se está produciendo una gran cambio en cómo la gente ve las cosas, en ese sentido de ser capaz de hablar de ello y de alguna manera nombrar esa oscuridad.

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En este espacio también hemos traducido y publicado, con permiso expreso de su autor, los siguientes artículos de Paul Kingsnorth: "Ecología oscura. Buscando certezas en un mundo post-verde"; "En el salón negro", que recoge sus reflexiones después de visitar la cueva de Niaux en los Pirineos franceses; una entrevista con el conservacionista y filántropo Douglas Tompkings y su esposa Kristine, que Kingsnorth recuperó con motivo del fallecimiento del primero hace más un año y medio; "La llamada de la naturaleza", donde el autor cavila sobre el mundo no-humano; "2016: El año de la serpiente"; y "El axis y el sicómoro", sobre la nueva era Axial que estaríamos atravesando y la importancia de los relatos.

Imagen: Mountain de Ana Ratkovic.

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