25.7.17

¿Somos sardinas cercadas?

¿Somos sardinas cercadas?

Por Sara Plaza

Compartimos un artículo del escritor británico Paul Kingsnorth, uno de los fundadores del Dark Mountain Project, publicado originalmente en el diario New Statesman bajo el título "The End of Solitude". Dicho artículo ha sido traducido por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero con permiso expreso del autor, del cual también hemos traducido y publicado en este espacio: "Ecología oscura. Buscando certezas en un mundo post-verde"; "En el salón negro", que recoge sus reflexiones después de visitar la cueva de Niaux en los Pirineos franceses; una entrevista con el conservacionista y filántropo Douglas Tompkings y su esposa Kristine, que Kingsnorth recuperó con motivo del fallecimiento del primero hace más un año y medio; "La llamada de la naturaleza", donde el autor cavila sobre el mundo no-humano; "2016: El año de la serpiente"; y "El axis y el sicómoro", sobre la nueva era Axial que estaríamos atravesando y la importancia de los relatos.

El fin de la soledad

Michael Harris, autor del recientemente publicado Solitude, es un escritor canadiense que vive en una gran ciudad y cuya vida está, como tantas vidas occidentales hoy en día, determinada y circunscrita por las tecnologías digitales. Le resulta difícil dejar su teléfono en casa no vaya a ser que olvide algo. Le preocupa su reputación en las redes sociales. Utiliza apps, juega jueguitos, y acude a la inteligencia colectiva [conciencia global, mente de colmena, hive-mind en inglés] para que le diga qué películas ver y dónde comer. Esto es lo que ocurre cuando va de vacaciones a París:

Al bajarme del tren procedente de Londres, invité a una simpática app a que me guiase hasta un hotel cerca de Pompidou [...]. A la mañana siguiente Yelp me condujo hasta un encantador café en Le Marais. Allí, emulando a un mago, sostuve mi teléfono por encima de la carta y esperé hasta que Google Translate me devolviese las palabras en inglés. Cuando llegó el camarero le hablé a mi teléfono y él repitió mis palabras al sonriente garçon en un suave francés robótico. Más tarde, en el Louvre, dejé que un sistema de teledirección patrocinado por Nintendo siguiese mis pasos por la escalera centenaria de Daru, mientras miraba de reojo el puntito brillante azul usted-está-aquí [...].

Aterrador, ¿verdad? Eso es lo que pensé yo mientras lo leía, y Harris pensó lo mismo después. Fueron situaciones como esta las que le hicieron darse cuenta de que su vida estaba controlada, delimitada y monitorizada a distancia por las tecnologías, y las que le llevaron a preguntarse si la soledad –el acto y el arte de estar solo– estaba en peligro.

Harris intuye que estar a solas con nosotros mismos, prestar atención al silencio interior y ser capaz de experimentar el silencio exterior, es una parte esencial de ser humano. Él se acuerda de cómo se sentía al hacerlo, antes de que Internet introdujese la ansiedad y adicción social en su vida. "Empecé a recordar", escribe, "un apacible distanciamiento, una certidumbre en la que alguna vez había podido habitar durante una hora seguida".

¿Qué es lo que ocurre cuando ese apacible distanciamiento es destruido por la Internet de Todo [IoE, por sus siglas en inglés], la vida en las grandes ciudades, la obsesión implacable de estar con otros, en contacto, todo el tiempo? Hay mucha gente que ya sabe la respuesta, o la sabría si se hiciese la pregunta. Casi la mitad de los estadounidenses, nos cuenta Harris, duerme actualmente con sus smartphones en la mesita de luz, y el 80% lo atiende cuando aún no ha transcurrido un cuarto de hora desde que se levantó. Las tres cuartas partes de los adultos utilizan regularmente las redes sociales. Pero eso no es nada comparado con el avance desenfrenado de la llamada Internet de las Cosas. En los próximos años, entre 30.000 y 50.000 millones de objetos, desde coches hasta camisas, pasando por botes de champú, estarán conectados a la red. Usted estará rodeado de Internet por todas partes lo quiera o no, y estará atrapado en su malla como una mosca. Por algo se llama red.

Puede que yo no sea el lector ideal para este libro. Hacia la página 20, después de unos pocos datos más del mismo cariz, me encontré garabateando en los márgenes: "¡Acaba con todos!". En realidad no es culpa del autor. Suelo comportarme así cada vez que me veo forzado a leer listados en los que se enumera cómo la tecnología digital está arruinando la existencia humana. Hay un montón de listas como esta circulando por ahí en estos momentos, porque la irrefrenable e irreflexiva fiebre actual por conectar todo a la red se ha adueñado de nuestra sociedad como una enfermedad. ¿Sabía usted que las vacas están ahora conectadas a Internet? En la página 20 Harris nos dice que algunas vacas lecheras suizas, con tarjetas SIM implantadas en el cuello, envían mensajes de texto a los ganaderos cuando están en celo y listas para ser inseminadas. Si esto no ha hecho aflorar su Unabomber interior, probablemente usted ya no tenga remedio. O tal vez sea yo quien no lo tenga.

¿Cuál es el problema? ¿Por qué me molesta todo esto y por qué le molesta a Harris? La respuesta es que todas estas cosas atentan contra y amenazan con destruir algo antiguo y difícil de definir, que es también la fuente de buena parte de nuestra creatividad y la esencia de nuestra humanidad. "La soledad", escribe Harris, "es un recurso". Él la compara con un nicho ecológico, dentro del cual se desarrollan nuevas ideas, una comprensión del yo y por lo tanto una comprensión de los otros.

El libro está lleno de ejemplos de la genialidad que emana de los momentos silenciosos y solitarios. Beethoven, Dostoevsky, Kafka, Einstein, Newton, todos desarrollaron sus ideas y planteamientos retirándose de la multitud. Peter Higgs, el premio Nobel que descubrió el bosón de Higgs, hizo su mejor trabajo en paz y soledad en los años 60. Él sugiere que lo que hizo entonces sería imposible de hacer hoy, porque en este momento es virtualmente imposible encontrar esa soledad en el campo de la ciencia.

Es la colaboración, no la individualidad, lo que está fetichizado actualmente, tanto en el mundo de los negocios como en el de la ciencia y el arte, pero Harris advierte que la colaboración a menudo desemboca en conformismo. En compañía de los demás, la mayoría de nosotros sucumbe a las presiones de seguir al grupo. Solos tenemos más posibilidades de reflexionar, de ver las cosas de modo diferente, de situarnos en un lugar donde nos sintamos libres de la muchedumbre para mediar nuestra experiencia única del mundo. Sin soledad, escribe, la genialidad –que, en última instancia surge de diferentes maneras de pensar y mirar– se vuelve imposible. Si la cabaña de Thoreau en el bosque hubiera tenido wifi, nunca habría escrito Walden.

Con todo, no son solo los genios quienes tienen un problema: las mentes corrientes como la suya y la mía están amenazadas por la naturaleza hipersocial de esta conversación en sesión continua. Harris insinúa que una civilización puede juzgarse por la calidad de sus fantasías. ¿Quién sueña despierto hoy en día? En lugar mirar a través de la ventanilla del tren las cabezas están hundidas en los smartphones, o conectadas al audio de una película en streaming. En lugar de permanecer ociosa en la parada del autobús, la gente se dedica a cargar entretenimientos: solo en el primer trimestre de 2015, los juegos de móvil de King, el creador de Candy Crush, se jugaron 1600 millones de veces al día.

Si usted se ha maravillado alguna vez ante el comportamiento de esas filas de gente en la estación de tren, o en la calle, o en un café, las cabezas sepultadas en sus teléfonos como zombis, incapaces o poco dispuestos a levantar la mirada, Harris le confirma sus peores temores. Los desarrolladores de apps, juegos y redes sociales se dedican a atraparnos en lo que llaman bucles lúdicos. Se trata de breves ciclos de acciones repetidas que alimentan el deseo de recompensa de nuestro cerebro. Cada punto que usted consigue, cada golosina [candy] que usted aplasta [crush], cada retuit que obtiene, le proporciona a su cerebro un "chute" de dopamina que hace que usted vuelva a por más. Usted non está teniendo un poco de diversión inofensiva: usted es un adicto. Una empresa tecnológica se ha apropiado de su soledad y le ha dado un valor económico. No es usted quien juega el juego, están jugando con usted.

¿Qué hacer al respecto? Esa es la pregunta del millón, pero el libro no puede responderla. Harris dedica muchas páginas a defender la importancia de la soledad y a analizar las fuerzas que la están fracturando actualmente. Sin embargo, también él parece dividido a la hora de decidir cuánto quiere o puede asumir. Es capaz de ver el daño que causa un mundo permanentemente encendido pero vive en el centro del mismo, todos sus amigos son parte de él, y no quiere alejarse demasiado. Entiende el valor de la soledad pero no le gusta mucho, y tampoco quiere experimentarla demasiado a menudo. Dejará de revisar las estadísticas de su Twitter pero no cerrará su cuenta.

Al final del libro Harris se retira "a lo Thoreau" a una cabaña en el bosque durante una semana. Mientras leía ese breve último capítulo, pensaba que ojalá hubiese sido el primero, que ojalá hubiese pasado más tiempo en la cabaña, que ojalá hubiese sido más claro y hubiese indagado más, que ojalá hubiese llegado más lejos. ¿Quién escribirá el Walden de la Era de Internet? El libro de Harris está repleto de datos y argumentos y tiene pasajes muy bien escritos, pero el autor se muestra temeroso a la hora de explorar las profundidades. Tal vez tenga miedo de lo que pueda encontrar allí abajo.

Al final Solitude es un poco una excusa amable para no hacer nada. Al cabo de 200 páginas de datos cada vez más preocupantes sobre el efecto de la tecnología y la gran ciudad en todo, desde nuestros hábitos lectores hasta nuestra capacidad para establecer relaciones; y después de advertirnos en la última página que corremos el riesgo de convertir "la mente en una isla de Pascua", el autor regresa a Vancouver, le dice a su novio que le ha echado de menos y a continuación... ¿a continuación, qué? No lo sabemos. El libro termina sin más, dejándonos la impresión de que la evidencia acumulada conduce a una conclusión demasiado tremenda como para ser asumida por el autor, y talvez por sus lectores, pues hacerlo supondría poner todo en entredicho.

En esto Solitude refleja la estructura de muchos otros libros de su clase: el Libro Advertencia de No-Ficción [Non-Fiction Warning Book (NFWB), por sus siglas en inglés], podríamos llamarlo. Se elige un tema –la infancia perdida, la soledad perdida, la naturaleza perdida, lo que sea perdido, hay mucho donde escoger–, se lleva al lector al trote por varios cientos de páginas con anécdotas, ciencia, entrevistas e historias que, inevitablemente, le inducen a concluir que todo está jodido... y luego se da marcha atrás. Algo así como ser engañado por un timador experto. Sí, la tecnología está socavando nuestro sentido del yo y haciendo estragos en nuestras relaciones con los demás, pero la solución no es dejar de utilizarla, simplemente moderarla. Sí, las grandes ciudades están destruyendo nuestras mentes y el planeta, pero la solución no es salir de ellas: es moderarlas de alguna manera, de alguna forma.

"Moderación" es lo que pide siempre el NFWB, dirigido como está al lector medio a quien le gustaría que las cosas mejoraran, pero que no quiere cambiar mucho, o no sabe cómo hacerlo. Con esto no pretendo condenar a Harris, ni su razonamiento: la mayoría de nosotros tampoco queremos cambiar mucho o no sabemos cómo. De lo que tratan los libros como este es del problema de la modernidad, el cual resulta inextricable y no admite moderación. Puedes mantenerte alejado de tu pantalla durante una semana, pero la máquina va a seguir hurtando libertades sin ti. El poeta Robinson Jeffers escribió una vez que estando sentado en una montaña, mirando las luces de la ciudad más abajo, le vino a la cabeza una red de cerco en la que las sardinas nadaban sin saberlo hacia una gigantesca bolsa que iba a cerrarse firmemente atrapándolas en su interior. "Pensé, hemos engranado las máquinas y las hemos acoplado para que funcionen de manera interdependiente; hemos construido grandes ciudades; ahora / No hay escapatoria", anotó. "El círculo se ha cerrado, y la red / está siendo levantada".

Habida cuenta de las circunstancias –y son nuestras circunstancias– la única conclusión honesta que puede sacarse es que el problema, causado principalmente por la dirección tecnológica que lleva nuestra sociedad, va a empeorar. No hay un escenario creíble en el que podamos seguir por el mismo camino sin que el problema de la soledad, o de la falta de ella, deje de agravarse.

Sabiendo esto, ¿cómo puede Harris regresar a casa una semana después, dejar el bolso e instalarse de vuelta en su hiperconectada vida urbana? ¿No tiene el deber de rebelarse y de pedirnos que nos rebelemos? Tal vez. El problema del autor es nuestro problema común en un momento de la historia en el que las predicciones distópicas de un mundo feliz se están quedando anticuadas. Incluso si Harris quisiese rebelarse, no sabría cómo, porque ninguno de nosotros sabría. Sin un colapso catastrófico que nos deje sin luz de manera permanente, no podemos escapar de lo que las empresas tecnológicas y su domesticado cerebro colectivo han planeado para nosotros. El círculo se ha cerrado, y están recogiendo la red. Igual nos da tiempo a echar otra partida al Candy Crush mientras esperamos que la arrastren hasta la cubierta.

Imagen: The Noosphere de Charles Glaubitz.

18.7.17

Ecuaciones literarias

Ecuaciones literarias

Por Sara Plaza

Leía hace unos días la edición de 1994 de Galicia, el bonsái atlántico. Descripción del Antiguo Reino del Oeste, una edición ampliada de aquel ensayo "escrito, a uña de caballo, en el mes de mayo de 1989, y en la forma de un largo reportaje que se hizo libro", tal y como cuenta Manuel Rivas en sus primeras páginas.

"Periodismo romántico. Nada más", sigue diciendo el autor, que explica a continuación el resultado de aceptar la invitación de volver, cinco años después, sobre aquella "obra de circunstancias":

[...] Por un lado, tengo la tentación de reescribirla enteramente, porque Galicia ha cambiado y el autor también. He optado por dejarla como eso que llaman obra abierta, incorporando anotaciones y nuevos capítulos sobre aspectos que creo interesantes para acercarse al complejo crisol que es la Galicia contemporánea. [...] Así que el bonsái crece, aunque sea a la manera de la música de las viejas cantigas: en progresión retardada.

Uno de esos nuevos capítulos lleva por título La revolución del fútbol atlántico, que da cuenta de "la hazaña del Deportivo de A Coruña y la personalidad de un 'héroe gallego', el entrenador Arsenio Iglesias". Cuenta Rivas:

[...] Cuando la revolución deportivista trascendió las fronteras, un entrevistador francés acudió a Riazor esperando encontrar un preparador con aires de Juvenalia, vestido de Roberto Verino y dispuesto a perorar sobre el fútbol posmoderno en la era posindustrial. Se encontró con un cristiano campesino de pelo cano y chaqueta gastada.
–¿Usted, pastor?
–Sí, también he cuidado vacas –respondió Arsenio sin inmutarse.
Arsenio Iglesias se ha pasado la vida con un manual de supervivencia en el bolsillo, firmando contratos en blanco, enriqueciendo el refranero popular y esperando que una chispa divina convirtiera en instrumento futurista el sentido común. Bien pudiera ser su divisa la sentencia que Ramón Gómez de la Serna expresó en greguería: "El único que cambia de verdad la faz del planeta es el que ara modestamente el terruño".

***

"Greguería", qué era una "greguería". Yo no recordaba haber estudiado ese tipo de composición literaria cuando cursaba 2º de BUP, a mediados de los 80, no obstante, fui a consultar mi viejo libro de texto. Nada, ni rastro. Acudí entonces al diccionario de la RAE:

De griego1 'lenguaje ininteligible'.
1. f. gritería.
2. f. T. lit. Invención literaria del escritor español Ramón Gómez de la Serna, que consiste en una metáfora breve e ingeniosa.

En otras fuentes encontré que, en palabras de su propio creador, las greguerías se definen mediante la siguiente ecuación:

Humorismo + metáfora = greguería

Y, por fin, en el prólogo a la edición de 1960 de las Greguerías (incluido en Greguerías. Selección 1910-1960, Madrid: Espasa Calpe, 1991), hallo la definición que al final del mismo propone Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 1888-Buenos Aires, 1963):

Greguería: repaso estricto y poético de la vida.

En ese texto el escritor y periodista vanguardista explica cómo y cuándo encontró el género:

La cosa sucedió en el piso primero derecha de la casa número 11 de la calle de la Puebla, en la villa y corte de Madrid. Era un día aplastado por una tormenta de verano. Tenía hinchada la frente. Me asomaba al balcón y volvía a meterme dentro y a sentarme.
Vivía aún don Jacinto Octavio Picón –secretario perpetuo de la Academia–, y yo estaba harto de don Jacinto Octavio Picón.
Sobre mi mesa, las tijeras, abiertas como cuando los pelícanos abren el pico a los días de calor, estorbaban la idea. Las cerré.
Por fin, en una última llamada del balcón, dándome un golpe contra la esquina del diván al salir a buscar lo que estaba entre cielo y tierra, encontré la invención de la "greguería".[...]

Asimismo, cuenta por qué lo bautizó con esa palabra:

[...] me di cuenta de que había que buscar una palabra que no fuese reflexiva ni demasiado usada, para bautizarle bien.
Entonces metí la mano en el gran bombo de las palabras, y al azar, que debe ser el bautizador de los mejores hallazgos, saqué una bola...
Era "greguería", aún en singular; pero yo planté esa bolita y tuve un jardín de greguerías. Me quedé con la palabra por lo eufónica y por los secretos que tiene en su sexo.
Greguería, algarabía, gritería confusa. (En los anteriores diccionarios significaba el griterío de los cerditos cuando van detrás de su mamá.)
Lo que gritan los seres confusamente desde su inconsciencia, lo que gritan las cosas.

Y por último aclara qué es y qué no es "greguería".

Al prólogo le sigue una pequeña selección de greguerías bajo los epígrafes "amor", "arte y literatura", "animales", "ciudades", "fatalismo", "filosofía", "humanidad", "instantáneas", "lenguaje", "muerte", "naturaleza", "niñez", "objetos", "poesía", "política" y "sociedad".

***

En ese breve listado no aparece la sentencia que cita Manuel Rivas en su ensayo al hablar de Arsenio Iglesias, pero descubrí una que me llevó de vuelta a otro pasaje de Galicia, el bonsái atlántico, titulado La sagrada vaca.

Escribe Manuel Rivas en ese apartado: "El primer espejo de mucho niños campesinos gallegos fueron los ojos metafísicos de la vaca".

También yo me miré de niña en el azabache traslúcido de esos ojos, y, francamente, no logró adivinar qué es lo que pudo ver Ramón Gómez de la Serna en ellos para afirmar que: "Las vacas escriben con el tintero de sus ojos el poema de la resignación".

Imagen: Writing my heart out de Gladiola Sotomayor.

11.7.17

Ilustrando sin lápiz

Ilustrando sin lápiz

Por Edgardo Civallero

Shaun Tan es un artista y escritor australiano. Entre sus trabajos más conocidos están The Lost Thing (2000), que adaptó en un cortometraje que mereció un Óscar en 2011; The Red Tree (2001), y la multi-premiada novela gráfica The Arrival (2006), un libro sin palabras sobre la vida de un inmigrante. En 2011 recibió también el premio Astrid Lindgreen, el máximo galardón de la literatura infantil.

En 2012 ilustró una versión de los cuentos de Grimm preparada por Philip Pullman y publicada por la editorial alemana Aladin Verlag. Pullman realizó una selección de 50 de las historias populares recogidas por los Grimm, adaptándolas a tiempos modernos, pero sin perder su espíritu original.

Tan encontró algunos problemas para abordar los cuentos desde la pintura o el dibujo. Pero un recorrido por sus apuntes personales sobre la escultura Inuit y ciertas figurillas del México precolombino lo inspiró a trabajar en el terreno de la escultura, utilizando arcilla, papel maché e incluso algunas piedras blandas.

El trabajo de Tan aparece únicamente en la versión alemana del libro, Grimms Märchen (2013). Dado que los editores en inglés se negaron a usar las ilustraciones, Tan continuó trabajando y produjo The Singing Bones, una colección de 75 obras acompañadas por extractos de distintas historias de los Grimm que fue publicada por Allen & Unwin en octubre de 2015.

Compartimos, a continuación, una muestra de estos trabajos, con los títulos de los cuentos que ilustran, y el código numérico que identifica cada una de las narrativas de los Grimm.

Ilustrando sin lápiz
Allerleirauh (Bestia peluda) (#65)

Ilustrando sin lápiz
El pescador y su mujer (#19)

Ilustrando sin lápiz
El rey rana / El príncipe rana (#1)

Ilustrando sin lápiz
La muerte madrina (#44)

Ilustrando sin lápiz
El pájaro de oro (#57)

Ilustrando sin lápiz
El acertijo (#22)

Ilustrando sin lápiz
Hansel y Gretel (#15)

Ilustrando sin lápiz
Caperucita Roja (#26)

Ilustrando sin lápiz
Rapunzel (#12)

Ilustrando sin lápiz
Juan de Hierro (#136)

4.7.17

Cinco años en una montaña

Cinco años en una montaña

Por Sara Plaza

Compartimos la trascripción de la primera parte de la charla que los escritores británicos Paul Kingsnorth y Dougald Hine, cofundadores del Dark Mountain Project, dieron en el Schumacher College el 25 de junio de 2014.

*

Dougald Hine: Hará cinco años el mes que viene desde que publicamos este "Uncivilization", el manifiesto de Dark Mountain. Probablemente habrá algunas personas aquí que lo hayan leído, y otras que nunca hayan oído hablar de él... Lo que nosotros habíamos pensado hacer esta noche es revisitar este manifiesto y las reacciones que tuvimos entonces y las que tenemos hoy. Qué es lo que esas reacciones dicen sobre cómo ha cambiado el mundo en estos últimos cinco años; qué dicen sobre lo que nosotros hemos aprendido a la hora de expresar lo que estábamos intentado hacer en primer lugar, y algunas de las cosas que hemos aprendido por el camino.

Esta tarde he estado leyendo, releyendo algunas de las cosas que se escribieron sobre el manifiesto y sobre Dark Mountain cuando se publicó por primera vez, y ha sido una experiencia bastante incómoda porque muchas de las primeras reacciones que tuvimos fueron realmente hostiles.

Creo que uno de los peores momentos en estos últimos cinco años fue en un acto en Londres donde John Berger –uno de mis grandes héroes, uno de los escritores que para mí ha sido fundamental en relación con el espíritu de Dark Mountain–, había estado conversando con Jay Griffiths –otra escritora muy involucrada con Dark Mountain que ha colaborado en nuestros libros–, y realmente uno sentía que estaba en un lugar muy próximo al corazón de lo que este proyecto significa.

Después del acto, mientras me encontraba en el hall de la Biblioteca Británica hablando con un tipo joven que estaba interesado en la revista que yo dirigía, al pronunciar Dark Mountain vi que aquello le sonaba y vi cómo cambiaba la expresión de su cara, Dijo "ah, sí, ahora caigo", y se dio media vuelta. Y si eso hubiera ocurrido en cualquier otro lugar, probablemente no me hubiera tocado tan profundo, pero en ese contexto tan particular uno pensaría, "este es alguien que sin duda comparte mi amor por John Berger y sus ideas y su manera de decir las cosas".

Es la misma sensación que tuve algunas veces al leer las cosas que la gente escribió sobre nosotros al principio –algo así como mirarte en un espejo y ver reflejado a otro en lugar de a ti mismo en él–, al ver cómo describían lo que nosotros habíamos escrito.

Voy a leeros algunas de esas declaraciones que estuve releyendo esta tarde: John Gray escribió una reseña del manifiesto de Dark Mountain en el New Statesman –no es habitual que este tipo de panfleto de 30 páginas autopublicado sea reseñado en el New Statesman–, y decía algunas cosas agradables sobre él, pero también decía que éramos soñadores románticos que creían que la crisis social podía ser el preludio de un mundo mejor. George Mombiot recogió el hilo en The Guardian y fue mucho más directo, dijo "vosotros purgaríais el planeta de civilización industrial a costa de la vida de miles de millones de personas". ¿Cómo se defiende esta posición? Y alguien llamado Solitaire Townsend retomó el artículo de George y escribió uno titulado "Bajad de vuestra montaña oscura, estáis empeorando las cosas", en el que decía: "cuando descubrí por primera vez el proyecto Dark Mountain deseé secretamente que un puñado de hipsters super-cool estuvieran haciendo sátira". Y alguien a quien yo conocía, Matt Jones, nos llamó "locos colapsadores".

Yo no sé tú, Paul, pero yo no me siento cómodo con esto. Algunas personas sienten algún tipo de orgullo al ser atacadas, sienten que es algo así como una validación, una indicación de que si estás molestando a la gente es que estás haciendo algo bien. A mí no me gusta nada, fueron unos momentos bastante desagradables.

Creo que parte de la dificultad radica en que cuando estás intentando decir algo que no se ha dicho antes, no resulta sencillo de expresar directamente. Nunca ha habido una manera breve de resumir qué es Dark Mountain. El propio nombre tiene toda una serie de resonancias, más que describir algo. No es como crear una revista que se llame El ecologista, o Resurgimiento, en este caso el nombre no contiene una explicación directa, clara, de lo que es y lo que hace. Y creo que una de las cosas que hemos aprendido en estos cinco años es lo difícil que resulta explicar lo que es Dark Mountain.

Los chicos de la tecnología tienne el dicho, "es un rasgo, no una pega", para referirse a eso que no es exactamente un problema que haya que solucionar, sino una dificultad que resulta útil cuando se la tiene en cuenta. No sé, quizá en este punto sea interesante que tú, Paul, cuentes qué es lo que escribimos en el manifiesto, y por qué la gente pudo haberlo leído de la manera como lo hizo, y provocar ese tipo de reacciones, que condicionaron la percepción de muchas personas sobre lo que es Dark Mountain.

Estoy seguro de que el tipo que conocí en el acto de John Berger nunca había leído nada de lo que Paul o yo habíamos escrito, ni nada en cualquiera de los números de Dark Mountain, pero ciertamente había leído lo que alguien más había escrito sobre nosotros enmarcándonos de una determinada manera.

Paul Kingsnorth: Las personas que encuentran este texto amenazador lo encuentran amenazador porque sienten que socava su sentido de esperaza obligatoria, sienten que necesitan ese sentido de esperanza obligatoria al que nosotros estábamos atacando, que desde luego no era lo que estábamos haciendo.

Pero permitidme responder primero la pregunta anterior y deciros por qué se llama Dark Mountain Lo voy a hacer leyéndoos un poema que aparece al comienzo del manifiesto, un poema escrito por el poeta californiano Robinson Jeffers en 1935. Se titula "Rearmament", y está escrito en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Jeffers podía ver la guerra que estaba a punto de estallar en Europa y también veía que Estados Unidos estaba siendo azuzado para entrar en ella. Él pensaba que Estados Unidos no debía meterse en ella, pero también sabía que no había nada que él pudiera hacer al respecto. Así que se vio a sí mismo viviendo en esa casa en los acantilados de California, observando esas gigantescas ruedas girando, sabiendo que habían sobrepasado un punto de no retorno. Podía ver que la guerra se aproximaba, podía ver lo destructiva que sería, y podía ver que no había nada que él pudiera hacer para detenerla. Este es el poema.

Estos espléndidos y fatales movimientos hacia la muerte: la grandiosidad de la masa
se burla de la pena, la desgarradora pena
por los átomos del conjunto, las personas, las víctimas, vuelve monstruoso
admirar la trágica belleza que construyen.
Es hermosa como el río que fluye o el glaciar formándose lentamente
en la pared rocosa de una montaña,
que inexorablemente derribará el bosque, o como escarcha en noviembre,
esa dorada y ardiente danza mortal para las hojas,
o una muchacha la noche de bodas, sangrando y besando.
Pondría mi mano derecha en el fuego
para cambiar el futuro... sería una insensatez. La belleza del hombre
moderno no reside en las personas sino en el
desastroso ritmo, las densas y móviles masas, la danza
de las masas guiadas por un sueño descendiendo de la montaña oscura.


Yo leí ese poema en un momento en el que estaba viendo el cambio climático y sintiéndome del mismo modo que él se sintió ante la Segunda Guerra Mundial. Yo estaba viendo esta cosa gigantesca que no se está aproximando porque ya está aquí, y veía todo lo que estaba pasando ahí arriba, en la atmósfera, cuántos cambios se nos venían encima, y todo lo que los científicos estaban diciendo, y los casquetes desmigajándose, y las terribles historias que todos conocemos y sobre las que no voy a insistir. Estaba viendo la gran extinción en marcha, de la que también estamos todos al tanto, y todos los horrores ecológicos que se habían desatado. Estaba viendo que la civilización se estaba moviendo en la dirección equivocada. Y después de muchos años de activismo, escribiendo y haciendo campaña, sentía que realmente no podía cambiarlo, y pensaba que colectivamente tampoco teníamos demasiada esperanza de cambiarlo a corto plazo.

Así que veía que estamos ante algo muy serio y peligroso, que estamos abocados al colapso –porque ya estamos en él–, que existe el presentimiento de que algo extremadamente radical va a pasar con el clima aunque no sepamos qué, que hay un ecocidio en curso... y que íbamos a tener que apechugar con ello. Ahora bien, esto no significa que no haya nada que podamos hacer, significa que ese es nuestro moméntum actual, el cual somos incapaces de detener, y no sabemos cuánta gente lo ve así, yo desde luego lo veía así.

Y fue entonces cuando conocí a Dougald y nos fuimos a un pub –nunca deberíais iros a un pub a beber un par de pintas y escribir un manifiesto, yo todavía estoy cargando con las consecuencias cinco años después–. El caso es que nos dimos cuenta de que los dos pensábamos lo mismo, y además nos dimos cuenta –y esta es otra reivindicación central del manifiesto– de que no se trata solo de saber que estamos ante un colapso, sino que necesitamos nombrarlo como tal, por muy sombrío que parezca. La razón por la que se llama el proyecto Dark Mountain es porque pensamos que es importante mirar la oscuridad, no regodearse en ella pero mirarla de frente, nombrarla, no fingir que no existe, y nombrar los límites de lo que podemos y no podemos hacer dentro de ella.

También nos dimos cuenta de que, culturalmente, en nuestra civilización, nada de todo esto está siendo representando, desde luego no en la corriente dominante. Si uno mira las novelas que se publican, si uno mira las reseñas de los libros, si uno escucha la música, si uno se fija en la cultura dominante... Dentro de 100 años, si la gente echa la vista atrás, suponiendo que quede alguien, y repara en los libros y la producción cultural de nuestra sociedad, sabiendo lo que saben, y lo que nosotros sabíamos de la situación real del mundo, de las catástrofes que se están produciendo, ¿no les parecerá insultante, o al menos totalmente inapropiado? Es como si no estuviera pasando, como cultura estamos actuando como si esto no estuviese sucediendo realmente. U ocasionalmente como si, bueno, está ocurriendo pero seguramente lo podemos arreglar de manera bastante sencilla con la tecnología y la política, y por eso no hay porqué considerarlo un cambio cultural. No nos lo tomamos en serio como cultura. Y como escritores los dos sentimos que nos lo íbamos a tomar en serio como cultura.

Y la reivindicación central de este manifiesto es que el colapso en curso, que es real y tiene que ser nombrado, es una crisis cultural tanto como lo es de todo lo demás. Es una crisis de relatos, que suena un poco extraño pero la causa no es tecnológica o política o económica, sino narrativa. Creemos historias equivocadas sobre cómo es el mundo y cuál es nuestro lugar en él. Cada cultura, cada civilización se construye sobre las historias que nos contamos, mitos, no en el sentido de mentiras, como utilizamos a menudo esa palabra, sino en el sentido de relatos fundacionales, la manera como miramos el mundo. Y la manera como esta cultura considera el mundo está tan desfasada, se ajusta tan poco a cómo es el mundo realmente, que vamos camino de estrellarnos.

Llevamos bastante tiempo tratando de identificar cuáles podrían ser algunos de esos relatos, y ya tenemos una larga lista en la pared que crece cada día que pasa. Resulta muy interesante intentar averiguar cuáles son las asunciones tácitas de nuestra cultura. Y unas pocas que identificamos en el manifiesto son, en primer lugar, el mito del progreso, en el que se basa todo el manifiesto. La idea de que todo mejora siempre para la humanidad, y la tecnología y la industria son las razonas principales por las que mejora, y cada generación va a estar mejor que la anterior. Y eso es algo así como nuestra ley de la historia, como la gravedad es la ley de la física.

Otro de estos mitos es la centralidad de los seres humanos. Cuando miramos al planeta tierra lo vemos como si los humanos fueran la cumbre de la evolución y lo vemos a través de los ojos de los humanos y las necesidades de los humanos, así que la tierra no es una gran comunidad de criaturas vivas es un "medio" para que los humanos estén en él. Lo que dice mucho de cómo vemos el mundo.

Y unido a este aparece el mito de la naturaleza, la idea de que hay algo llamado "naturaleza" que está ahí fuera, y de que tú estás separado de ella de alguna manera; tú estás en ella, la atraviesas pero no eres la misma cosa. La naturaleza es algo externo que o bien puedes romantizar, o convertir en papel higiénico, pero en cualquiera de los dos casos estás utilizándola para tus propios fines.

Y relacionado con eso está la idea de objetividad, pensamiento racional objetivo, que nos permite examinar algo llamado naturaleza y dividirlo en pequeñas partes, y medirlo y manipularlo, ya sea para salvar el planeta o para destruirlo, lo que sea que queramos hacer, pero está en nuestras manos hacerlo.

Y hay cualquier cantidad de historias pequeñas que al identificarlas y nombrarlas nos dicen cómo vemos el mundo... y la última historia sobre la que Dougald y yo hemos hablado mucho, es que nos se nos han quedado pequeñas las historias, que no las necesitamos más, que la manera como vemos el mundo no es un relato sino un hecho. Cuando observamos, por ejemplo, lo que la ciencia puede enseñarnos, no lo vemos como algo útil y necesario que forma parte de una manera de entender el mundo. Lo vemos como la verdad, lo que reemplaza a todas las maneras anteriores de ver el mundo, que estaban equivocadas. Y creemos que es verdad. Y creemos que nuestras historias no son historias, y esa es la historia más peligrosa de todas.

Y cuando empiezas a hacer esto, cuando empiezas a poner en entredicho tus propias historias y empiezas a ver el mundo como un desafío narrativo, llegas a la conclusión de que las historias que nos tenemos que contar tienen que ser otras. Y que quienes pueden hacerlo, o al menos algunas de las personas que pueden hacerlo, serán escritores y personas creativas y artistas, y esa es un poco la reivindicación central del manifiesto.

Cuando comenzamos este manifiesto, recuerdo que teníamos la idea de crear una pequeña revista en la que íbamos a recoger parte de esos escritos, que llamamos "escritura incivilizada". Pensamos que si "civilización" es tanto una idea como una cosa, incivilizarte significa arrancarte de esa estructura, de esas historias, y empezar a ver el mundo de manera diferente. Así que íbamos a sacar una pequeña revista con escritos incivilizados y tal vez el pequeño grupo de escritores podría reunirse y hablar sobre ello. Entonces publicamos este manifiesto, y enseguida se involucró un montón de gente. Recibimos emails de todos lados, escribió gente de todo el mundo, muchos no eran escritores siquiera, había músicos, artistas, científicos, agricultores, activistas, ex-activistas, y gente a la que no le gustaba definirse a sí misma, de todo el mundo, realmente. Y se nos fue de las manos.

Pero nos dimos cuenta de que todo eso estaba pasando por una razón, no porque nosotros hubiésemos dicho algo brillante que a nadie se la había ocurrido antes, más bien lo contrario, dijimos lo que mucha gente estaba pensando pero tenían miedo de expresar. Nosotros izamos esta bandera y dijimos, veamos, la oscuridad está ahí, tenemos un control limitado sobre ella, no estamos seguros de qué hacer, pero estamos bastante seguros de que tenemos que empezar a preguntarnos por qué está pasando y rescribir nuestras historias, y está bien decirlo.

Y apareció un montón de gente, y sigue apareciendo cada semana. Nos llegan emails de gente de todos partes: diciendo "Gracias por decir esto porque yo lo he estado diciendo y todo el mundo cree que estoy loco, y pensaba que estaba solo y ahora me doy cuenta de que no lo estoy". Creo que de lo que nos hemos dado cuenta en estos últimos cinco años es que se está produciendo una gran cambio en cómo la gente ve las cosas, en ese sentido de ser capaz de hablar de ello y de alguna manera nombrar esa oscuridad.

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En este espacio también hemos traducido y publicado, con permiso expreso de su autor, los siguientes artículos de Paul Kingsnorth: "Ecología oscura. Buscando certezas en un mundo post-verde"; "En el salón negro", que recoge sus reflexiones después de visitar la cueva de Niaux en los Pirineos franceses; una entrevista con el conservacionista y filántropo Douglas Tompkings y su esposa Kristine, que Kingsnorth recuperó con motivo del fallecimiento del primero hace más un año y medio; "La llamada de la naturaleza", donde el autor cavila sobre el mundo no-humano; "2016: El año de la serpiente"; y "El axis y el sicómoro", sobre la nueva era Axial que estaríamos atravesando y la importancia de los relatos.

Imagen: Mountain de Ana Ratkovic.

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