6.6.17

La lectura como colirio

La lectura como colirio

Por Sara Plaza

En una entrevista reciente que le hacía la periodista Montse Dopico a la poeta y editora Antía Otero, comentaba la autora de O cuarto das abellas (Xerais, 2016): "Releo mucho a Samuel Beckett. Cuando estoy saturada, me ayuda a centrar la mirada, a limpiarla. Es la lectura como colirio..."

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Jorge Riechmann, también recuerda en dos ocasiones al poeta, dramaturgo, novelista y crítico irlandés en este texto:

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Santificar la tradición en bloque, lo "tradicional" como tal, es un disparate. Aunque no fuera más que por la razón de que cualquier comunidad humana mínimamente antigua y compleja alimenta no una, sino varias tradiciones y subtradiciones. Igual que la cultura, la tradición no es una y monolítica, sino un entrelazamiento de muchas fibras, unas más fuertes y otras más débiles, hechas de materias diversas, teñidas de diversos colores. Por eso, la discriminación racional, la deliberación crítica sobre las diversas tradiciones y lo que en ellas hay de valor o disvalor, resulta imprescindible.

Samuel Beckett decía: posiblemente no haya sino caminos equivocados. Sin embargo, hay que saber encontrar el camino equivocado que te conviene. Es una formulación muy buena del principio de docta ignorantia.

La voz teatralmente engolada, al recitar; las líneas trufadas de mayúsculas, al escribir. Dos marcas casi infalibles de falsedad en poesía.

Poesía es el esfuerzo humano, inacabable y renovado, contra lo que en el mundo se hace costra y en el lenguaje se hace retórica. Tiene por tanto que ver con la verdad.

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Debería uno estudiar treinta años antes de escribir una sola palabra. Y, por otra parte, tenemos que escribir esa palabra ahora –sin desentendernos de la necesidad de estudiar siempre, hasta el último día.

Una estupenda anécdota que transmitió Samuel Beckett. René Crevel le presenta a James Joyce el Segundo Manifiesto Surrealista, como invitándolo, indirectamente, a unirse al grupo. Joyce lo lee con atención y, tras un largo silencio, le espeta: Pouvez-vous justifier chaque mot? Y tras otro silencio añade: Car moi, je peux justifier chaque syllabe. ("¿Puede usted justificar cada una de las palabras? Porque yo sí, yo puedo justificar cada una de mis sílabas.")

Beckett que vivió desde la poesía y para ella: "La poesía, esa bestia intratable. Un caballo indómito. El animal salvaje que uno debe montar."

La lectura como colirio
Volviendo sobre la entrevista con Antía Otero, en ella aparecen también la condensación de la palabra y, de manera destacada, los animales salvajes que dan título a su último poemario:

... [A] a medida que vas escribiendo vas ganando respeto por la palabra. Quiero decir, que te vas dando cuenta de que no debes usar la palabra más de la cuenta. Escribir consiste más en echar un pulso con la palabra, mirando hasta donde llegas, para no excederte. En relación a este pulso, en este libro hay un no encriptar, un no usar más palabras de las que preciso, pero sin que se pierda la emoción.

Me interesa la emoción, aunque entiendo que es también una palabra muy manida. Es una palabra que se fue vaciando: está muy presente en el arte, y hasta en los reality shows… Pero yo me niego a dejarla. Quiero reivindicar la emoción. Una de las pocas cosas que todavía no pudieron negarnos a las personas es la capacidad para la emoción. En ciertos momentos, en la escritura, se le dio más impulso a la cuestión formal. Pero pensamiento y emoción non están contrapuestos.

... O cuarto das abellas existía de verdad, en la casa de mis abuelos.

... [L]as abejas estaban dentro de la casa. Eran animales salvajes tratados por mis abuelos como animales domésticos. La tensión está ahí, claro, porque estás conviviendo con animales salvajes que podrían hacerte daño. Hay una tensión en la observación, en la escucha: sabes que los animales están ahí. Y esta presencia de las abejas incorporada en la arquitectura de la casa, esa manera de convivir con lo salvaje, implica una forma de vivir, de ver el mundo…

... Las abejas estaban allí, yo recuerdo mucho cuando dormía allí escuchando las abejas, sintiéndolas. Los aperos de castrar las colmenas estaban, además, por toda la casa. Era muy bonito cuando mi abuelo iba allí con el ahumador, muchas veces sin máscara. Decía que las abejas no le iban a hacer mal porque lo conocían. A eso me refería al principio: él trataba las abejas como animales domésticos. Sin miedo, sin repulsa. Creo que es algo muy poderoso… El de las abejas es, así, uno de los sonidos que tengo más interiorizados. Aprendías a convivir de manera natural con las abejas.

... En cuanto a la estructura del poemario, es, sí, un colmenar. Como las partes de un cuarto, sin que ninguna esté por encima de otra. Sin relaciones jerárquicas, sino horizontales.

... En este libro era importante para mí, sobre todo, trabajar con el concepto de eco. El eco que provocan las palabras. El eco, y la emoción, fueron dos líneas muy importantes en la construcción de O cuarto das abellas. Mucha gente dice que el libro le resultó muy sonoro. Y es verdad que están muy presentes los sonidos, también porque aparecen los sonidos de la casa, la música… Pero para mí lo más relevante era el concepto del eco como sonido, y como sonido en el presente. Por eso no es, en realidad, un libro sobre recuerdos –que también están–, sino sobre el eco del recuerdo más que sobre el recuerdo en sí mismo.

Imagen 01: Little chamomile, de Clement Tsang.
Imagen 02: The painter's bee, de Giselle G. Gautreau.

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