30.5.17

Las cosas de Nueva España

Las cosas de Nueva España

Por Edgardo Civallero

El misionero franciscano Bernardino de Ribeira o Rivera, conocido tras su ordenación como Bernardino de Sahagún (por su lugar de nacimiento en León, España), se interesó por las culturas indígenas del altiplano mexicano, en el ya para entonces Virreinato de Nueva España, apenas pisó la ciudad de México en 1529, ocho años después de la caída de la imponente Tenochtitlan.

A esa ciudad llegó fray Bernardino de la mano de fray Antonio de Ciudad Rodrigo y junto a otros diecinueve compañeros. Sus primeros años los pasó en el convento de Tlalmanalco (1530-1532) y en el de Xochimilco (1535). Luego enseñó latín en el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, fundado en 1536 por el arzobispo de México, Juan de Zumárraga; allí daría clases a los hijos de los pipiltin, los antiguos nobles mexicas, a los que se quería asimilar cuanto antes a la cultura castellana.

Hacia 1540 realizó algunos viajes por el valle de Puebla, Huexotzingo y Cholula. La epidemia de cocoliztli de 1545-1546 lo encontró entre los muros del convento de Tlatelolco. Entre 1558 y 1560 estuvo en el convento de Tepepulco, regresó al de Tlatelolco entre 1561 y 1565, y los cuatro años siguientes los pasó en el de San Francisco el Grande, en México.

En torno a 1547, Sahagún comenzó a compilar lo que serían las bases de su gran obra: la Historia general de las cosas de Nueva España. Aunque no fue lo primero ni lo único que escribió ―se sabe que produjo varios volúmenes, en castellano, latín y náhuatl, y que uno de ellos llegó a imprimirse en México―, sí fue su trabajo más importante.

Su intención, renacentista y humanista a la vez que absolutamente evangelizadora, era la de recabar datos que facilitaran la conversión de los naturales de aquellas tierras. Con esa información podría explicar a sus colegas misioneros las creencias idólatras de los indígenas, componer un vocabulario de la lengua que permitiera transmitir las ideas del cristianismo, y dar cuenta de la historia y el patrimonio intangible de las culturas nativas.

No fue hasta 1558 cuando se detuvo a planificar realmente la escritura de la Historia general. Su proyecto inicial se limitó a la elaboración de cinco capítulos, enfocados sobre todo en la descripción de las prácticas religiosas indígenas. Recibió la aprobación del entonces provincial de la orden, fray Francisco de Toral, que encontró la idea muy valiosa, y se puso manos a la obra.

La forma de trabajo de Sahagún fue metódica. Preparó cuestionarios ("minutas") sobre determinadas materias de interés, que debían ser respondidos por una serie de informantes previamente identificados, y con los cuales se había llegado a determinados acuerdos (algo similar a las actuales entrevistas para recolección de tradición u historia oral). Esos informantes eran, en general, principales: los ancianos, sabios, médicos y artesanos de las ciudades-estado de Tenochtitlan, Tlatelolco y Texcoco que habían sobrevivido a la conquista española. Las respuestas, recogidas en forma de pictografías, fueron interpretadas y ampliadas por un equipo de colaboradores de Sahagún: estudiantes y ex-estudiantes mexicas del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco. Fueron ellos quienes transcribieron el náhuatl fonéticamente, escribiéndolo en alfabeto latino. Sahagún revisó luego esos textos y los corrigió.

La "primera etapa" de trabajo tuvo lugar en Tepepulco, y su resultado fueron los "Primeros Memoriales" o "Memoriales de Tepepulco", acabados en 1560.

Una vez instalado en el convento de Tlatelolco en 1561, Sahagún retomó su trabajo de identificación de informantes y de recolección de testimonios e información. Amplió su plan anterior de cinco capítulos a doce libros. Fruto de la labor de esos años (la "segunda etapa") fueron tres documentos terminados en 1565. A partir de esa fecha comenzó la "tercera etapa" en el convento de San Francisco. Entre 1567 y 1569 trabajó solo, revisando lo recopilado hasta entonces: depuró y organizó los escritos, escribió prólogos y apéndices, pasó a limpio todo... Para 1569 Sahagún había terminado la versión final de la Historia general, escrita en náhuatl. Un texto que, hoy por hoy, sigue perdido.

En 1570 presentó el manuscrito a los miembros de su orden, que, si bien lo aprobaron, quedaron poco convencidos de los resultados. De hecho, por mandato del provincial Alonso de Escalona, a fray Bernardino le fueron requisados todos sus escritos y borradores, que acabaron repartidos por los conventos de su provincia franciscana. Preocupado por el destino que podría aguardar a su obra, Sahagún violó la "santa obediencia" que le debía a su superior y aprovechó el viaje a Europa de dos amigos suyos (fray Miguel de Navarro y fray Jerónimo de Mendieta) para enviar a Madrid, al licenciado Juan de Ovando (que se preparaba para asumir la presidencia del Consejo de Indias), un Sumario de la Historia general, y a Roma, al Papa Pío V, Un breve compendio de los ritos idolátricos que los Indios desta Nueva España usaban en el tiempo de su infidelidad, resumen de varios de los libros de su manuscrito.

En 1573 Sahagún recuperó sus originales. En 1575, Juan de Ovando, ya presidente del Consejo de Indias, encargó a fray Rodrigo de Sequera, el nuevo comisario franciscano en México, que proporcionase a Sahagún la ayuda necesaria para traducir al castellano y terminar su Historia general. Solicitó además que, una vez terminada, fuese remitida a España. Recibió entonces apoyo económico, y se le adjudicaron escribientes (el hombre pasaba ya de 70 años y no podía escribir) que recopilaron los textos en náhuatl, mientras fray Bernardino dictaba la versión castellana, extractando y comentando los materiales indígenas originales. En 1576, Felipe II ordenó al arzobispo Moya de Contreras que enviase los manuscritos de Sahagún al Cronista de Indias, pero en ese año recién se había comenzado a trabajar con las ilustraciones. En 1577 se repitió la orden real, que volvería a llegar a México dos veces más en 1578. Sahagún creyó que en la metrópoli estaban impacientes por imprimir su trabajo, pero las razones eran exactamente las opuestas: Felipe II quería deshacerse de un texto que consideraba "peligroso". El trabajo de recuperación de la historia y la cultura de los pueblos vencidos en su propia lengua resultaba sospechoso, incluso si lo realizaba un misionero.

La obra se completó finalmente en 1579. Al año siguiente, Rodrigo de Sequera llevó consigo una copia del manuscrito cuando volvió a España, en donde, al parecer, habría encargado una copia de la Historia general únicamente en castellano hacia 1583.

A partir de aquí comienzan las confusiones.

Las cosas de Nueva España
La copia que Sequera llevó a la península Ibérica terminó en el gabinete de artes y curiosidades de los Medici, en Florencia. Allí llegó alrededor de 1588, probablemente a través de Ferdinando de Medici, cardenal en la corte del Papa. Este habría conservado el ejemplar primero en el Palazzo Vecchio y luego en la Galleria degli Uffizi. Las colecciones bibliográficas de los Medici se conservan hoy en la denominada Biblioteca Medicea-Laurenziana, en donde aún se encuentra el ejemplar de Sequera, que hoy se conoce como Códice Florentino o Manuscrito Sequera. Debieron pasar casi dos siglos hasta que en 1793, gracias a un catálogo en latín publicado por el canónigo y bibliotecario italiano Angelo Maria Bandini, se volvió a tener noticias de aquel texto. En 1879, un trabajo del franciscano Marcellino da Civezza proporcionó nuevos datos sobre la obra.

La Real Academia de Historia española tuvo conocimiento de este descubrimiento y lo anunció en el quinto encuentro del Congreso Internacional de Americanistas (Copenhague, 1883). En el séptimo (Berlín, 1888), el investigador alemán Eduard G. Seler presentó una descripción de las ilustraciones, mientras que en 1893 el académico mexicano Francisco del Paso y Troncoso recibió permiso del gobierno italiano para copiar el texto y las ilustraciones del Códice Florentino.

Por otro lado, se cree que Sahagún habría enviado al Consejo de Indias los "Primeros Memoriales" (resultado de su investigación en Tepepulco en 1560) y los tres documentos producidos en Tlatelolco en 1565. Esos manuscritos se conservan divididos en dos partes, y se conocen en conjunto como los Códices Matritenses. Una parte se encuentra en la Biblioteca del Palacio Real, y comprende del libro I al VI de la Historia general (303 folios); la otra se halla en la Real Academia de la Historia, e incluye los libros VIII al XI (343 hojas). Entre los dos reúnen la casi totalidad de la obra, a falta de los libros VII y XII.

La Academia de la Historia alberga además el Códice de Tolosa, probablemente la copia encargada por Sequera en 1583, cedida a Carlos III por los franciscanos del convento navarro de Tolosa, a donde el documento llegó no se sabe muy bien cómo. El Códice de Tolosa está en castellano, no tiene ilustraciones y es el texto más difundido, ya que ha sido el utilizado para redactar las ediciones impresas de la Historia general. Esta versión no es más que la parte en castellano del Códice Florentino: está terriblemente resumida e incompleta, y fue recortada por el propio Sahagún.

Entre 1905 y 1907 Francisco del Paso y Troncoso publicó el manuscrito completo en versión facsimilar (láminas) en Madrid. Hasta entonces solo había estado disponible la versión de Tolosa. Entre 1950 y 1982, Arthur J. O. Anderson y Charles Dibble trabajaron para dar a la imprenta una traducción al inglés del Códice Florentino, y en 1979 el gobierno mexicano publicó el original en náhuatl y castellano. Desde 2012 el manuscrito completo, digitalizado, está disponible en la Biblioteca Digital Mundial.

El Códice Florentino cuenta con 1200 folios, es decir, 2400 páginas. Los contenidos están organizados en 12 libros (cada uno con una temática central diferente, al estilo de las enciclopedias medievales) encuadernados en 3 volúmenes. Cada página incluye una columna con el texto náhuatl (a la derecha) y otra con su traducción al castellano (a la izquierda). A ellas se suman 2468 magníficas ilustraciones que combinan la tradición de los tlacuilos (escribas-pintores) mexicas con la pintura renacentista europea. Solo la quinta parte de esas imágenes son de adorno: las demás son llamadas "imágenes primarias", porque aportan significado al texto. Están delineadas en negro y coloreadas. Se cree que una veintena de artistas diferentes participaron en el trabajo de ilustración; algunos dibujos quedaron incompletos debido a la epidemia de cocoliztli que asoló México en 1576 y que, probablemente, se cobró las vidas de algunos de los ilustradores.

Hay numerosas voces, opiniones y versiones incluidas en el texto, junto a los recortes y manipulaciones del propio Sahagún, misionero e hijo de su época; como consecuencia de ello, el documento puede resultar contradictorio, en especial cuando se comparan las versiones náhuatl y castellana. Aún así, el códice (en especial la versión indígena) es una de las fuentes primarias más importantes para conocer la vida cotidiana de los antiguos Mexica, sus tradiciones, creencias, historia y costumbres, y la narración en primera persona de la conquista de sus territorios a manos de los mismos extranjeros que estaban solicitando su relato para escribirlo. Dejando de lado los sesgos, el método de trabajo de Sahagún ha sido elogiado por numerosos historiadores y antropólogos, y su recolección de vocabulario náhuatl, combinado con las imágenes y las ideas que compiló, ha ayudado a los historiadores y antropólogos modernos a conocer y comprender mejor la mentalidad y la forma de expresarse de los habitantes del altiplano mexicano antes de la Conquista.

Fray Bernardino murió de un catarro a los 90 años. Sus contemporáneos dijeron de él que fue hombre "muy reglado y concertado". Algunas crónicas añaden que se lo mantuvo apartado de la vista de las mujeres de Nueva España por su singular belleza varonil. Fue un trabajador incansable, y un hombre ciertamente comprometido con su proyecto.

La historia de sus escritos continúa, a día de hoy, llena de incógnitas. Al mismo tiempo, podría decirse que la historia mexica tiene menos incógnitas, a día de hoy, gracias a sus documentos.

The Florentine Codex. World Digital Library.
Los manuscritos de la Historia general de las cosas de la Nueva España de Bernardino de Sahagún.
Bernardino de Sahagún (1981). El México antiguo: selección y reordenación de la Historia general de las cosas de Nueva España de fray Bernardino de Sahagún y de los informantes indígenas. Caracas: Biblioteca Ayacucho.

Ilustraciones: Códice Florentino, Libro IX.

23.5.17

Dejar de talarlos, volver a escucharlos

Dejar de talarlos, volver a escucharlos

Por Sara Plaza

Compartimos un nuevo artículo del escritor británico Paul Kingsnorth, uno de los fundadores del Dark Mountain Project, publicado originalmente en la revista Orion bajo el título "The Axis and the Sycamore". Dicho artículo ha sido traducido por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero con permiso expreso del autor, del cual también hemos traducido y publicado en este espacio, "Ecología oscura. Buscando certezas en un mundo post-verde"; "En el salón negro", que recoge sus reflexiones después de visitar la cueva de Niaux en los Pirineos franceses; una entrevista con el conservacionista y filántropo Douglas Tompkings y su esposa Kristine, que Kingsnorth recuperó con motivo del fallecimiento del primero en diciembre de 2015; "La llamada de la naturaleza", donde el autor cavila sobre el mundo no-humano; y "2016: El año de la serpiente".

El axis y el sicómoro

Este verano les construí una casa en un árbol a mis hijos. Los adultos construyen casas en los árboles porque siempre quisieron tener una cuando eran pequeños, o porque recuerdan con cariño la que ellos tuvieron en su infancia. Los niños propiamente dichos son una preocupación secundaria. Yo la hice suficientemente grande a propósito, para que pudieran dormir dentro adultos. Cuando los niños se hagan mayores y se aburran de ella, mi mujer y yo tenemos planeado reclamarla. Quizá nos sentemos allí al atardecer a escuchar a los pájaros, o a observar cómo los zorros salen del seto y van otra vez en busca de los patos del vecino.

Construí la casa en un sicómoro que crece en el seto que rodea el terreno. No tenemos muchos árboles maduros en nuestra parcela, y este atrajo a los niños tan pronto como nos trasladamos aquí, al oeste de Irlanda. Tiene personalidad propia: se asoma al prado como si estuviese inclinándose a inspeccionar el suelo. Solían llamarle el árbol de las hadas y dejaban regalos en un pequeño agujero del tronco. A veces eran correspondidos.

Llevaba dos años prometiéndoles una casa en un árbol cuando por fin me decidí. Quería hacerla bien. Cuando construyes algo para tus hijos intentas asegurarte de que no se les va a caer encima o de que no los va catapultar al suelo desde una altura de once metros y medio. Ese tipo de cosas tiende a disminuir su confianza en la habilidad paterna para la construcción.

Pero había algo más que quería hacer bien. Muchos de los diseños de casas en los árboles que había visto implicaban colocarla justo en el centro del árbol, y eso a su vez suponía lo que eufemísticamente se conoce como "cirugía arbórea", que en lenguaje corriente significa "cortar un montón de ramas del árbol". La forma de nuestro sicómoro obligaba a quitar muchas ramas grandes si la casa se asentaba en el propio árbol. Algo en mí se oponía tajantemente. Me gusta este árbol: tiene una plenitud absoluta. No debe ser muy viejo y ni siquiera es una especie nativa (como si eso importara; tampoco lo soy yo), pero indudablemente es un ser vivo. No quería podarlo en aras de habilitar otro espacio más para los humanos.

Así que terminé construyendo la casa en el árbol sobre pilotes, apoyando la parte de atrás en el tronco, que sirve de escalera hasta una pequeña puerta. La casa tiene ventanas y un techado transparente para que uno pueda ver que está en lo alto de las ramas, y para que la luz se cuele dentro a través del follaje. No puedes entrar en ella sin escalar el terraplén y trepar por el tronco: la casa está adosada al árbol en lugar de asentarse en él. Solo tuve que serrar una pequeña rama. A los niños les encanta, y yo estoy orgulloso de que no se haya venido abajo. Asimismo, siento como si le hubiera hecho un servicio al árbol, y eso, de alguna manera, me parece tan importante como todo lo demás.

Antes de empezar a escribir este ensayo subí a la casa en el árbol y me senté allí, sobre el campo cubierto de escarcha. Disfruté construyéndola: los trabajos de construcción suelen ser más estresantes que relajantes, pero este caso fue una excepción. En lo alto del árbol tengo una sensación de paz que nunca siento en ningún otro lugar. Estoy seguro de que esto se remonta a millones de años atrás y corre por nuestra sangre de primates. Nuestros antepasados primates pasaron mucho más tiempo en los árboles del que nuestra relativamente joven especie lleva en el suelo, y construir una casa en un árbol ha revitalizado la oscura sospecha que albergaba desde tiempo atrás de que nunca deberíamos haber bajado de las ramas. Somos primates hechos para los árboles, y las ramas todavía nos acogen. Quizá todos nuestros delitos ecológicos sean el resultado de algún tipo de locura desatada al abandonar el dosel arbóreo. Quizá no podemos funcionar de manera adecuada aquí abajo. O tal vez simplemente es más difícil causar problemas estando en un árbol. Allí arriba no hay fuego, ni espadas. Es donde estaba el edén: en lo alto de las ramas, con los pájaros y los políporos. Los problemas empiezan al bajar
*
En 1949 el filósofo alemán Karl Jaspers acuñó una nueva palabra: Achsenzeit. Suele traducirse como "Era Axial", y se refiere al periodo histórico comprendido entre el siglo VIII y el siglo III a.C. Durante ese periodo, según Jaspers, cinco civilizaciones distintas, las de Grecia, Palestina, Persia, India y China, experimentaron profundas transformaciones que pusieron "los cimientos sobre los que todavía se sostiene la humanidad". En cada una, una combinación de cambios sociales, económicos y tecnológicos, incluidas la extensión de la metalurgia, la alfabetización, la urbanización y la economía de mercado, trastocó los viejos órdenes sociales y religiosos. Los filósofos y los pioneros espirituales, entre los que se encontraban Buda, Platón, Sócrates, Zoroastro, Elías, Jeremías, Confucio y Lao Zi, desarrollaron maneras novedosas y revolucionarias para entender el lugar del hombre en el mundo. Las jerarquías empezaron a desmoronarse, se cuestionaron las certezas y nuevas formas de ver y pensar surgieron de la confusión generada.

Lo más relevante de la Era Axial, de acuerdo a Jaspers, fue que esos cambios llevaron a las personas a ver el mundo en el que vivían de otro modo; puede que incluso modificaran la propia consciencia humana. El paso de una cultura rural, oral y comunitaria a una urbana, alfabetizada y más individualista propició que los pensadores y estudiosos de cada una de las cinco civilizaciones se pusieran a explorar la naturaleza del yo y empezaran a preguntarse qué significaba ser un sujeto humano en el mundo.

Dicho de otro modo, la Era Axial fue un periodo de colapso del que surgieron nuevas formas de ver y de ser. Cuando hace pocos años me topé por primera vez con la idea de Jaspers, me resultó extrañamente familiar. Evolución tecnológica imparable. Oleadas de guerras aparentemente interminables con armas aterradoras. Urbanización cada vez más acelerada y desaparición de las formas de ser rurales. Nuevos modos de comunicarse, hablar y pensar. Viejas jerarquías políticas y espirituales que no se ajustan a las necesidades actuales. Una sensación generalizada de miedo e incertidumbre a medida que el mundo cambia más rápido de lo que podemos contarlo. Se parecía mucho al mundo en el que yo estaba viviendo. Todavía lo hace.

Me pregunto si no estaremos atravesando una segunda Era Axial, esta vez alumbrada en Europa Occidental y Estados Unidos. Pensemos en las transformaciones que ha sufrido el mundo desde la Revolución Industrial, la Ilustración, o incluso la Reforma europea. Una maquinaria económica global, al principio en forma de imperios europeos y más recientemente bajo la apariencia de lo que llamamos globalización o desarrollo, ha irrumpido en las economías y culturas de prácticamente todos los rincones del planeta, extrayendo riqueza y atrapando a las personas en una economía de mercado mundial. En todos los lugares donde ha aterrizado esta maquinaria, los sistemas políticos y económicos locales han colapsado o se han encogido para ser reemplazados por distintas versiones de un único modelo: economía de mercado, estado-nación, régimen democrático bipartidista y centralista, medios de comunicación.

El poder corporativo se ha multiplicado y el lenguaje empresarial y las hipótesis de mercado han permeado aspectos de nuestra vida que eran impensables hasta ahora, desde las escuelas infantiles hasta las cocinas. La ciencia ha puesto patas arriba la religión. Internet ha revolucionado el modo como nos comunicamos y la velocidad de nuestras comunicaciones, y puede que incluso esté alterando nuestro esquema neurológico. La robótica y la informática se están preparando para reemplazar a los seres humanos en numerosas áreas. Las guerras se han vuelto ultratecnológicas y cada vez más desequilibradas. Y oleadas migratorias sin precedentes están provocando cambios culturales y políticos profundos, y escisiones en todo el mundo.

Esta es la historia de nuestro tiempo. No es una historia reconfortante. Más bien es el relato de un estado de convulsión permanente, de una tormenta interminable en la que parece imposible encontrar un amarradero. En esta segunda Era Axial, además de a las transformaciones culturales, también debemos hacer frente a las consecuencias de nuestro ataque continuo a los sistemas vitales básicos de la propia Tierra. Estamos pisando la superficie de un planeta vivo que a su vez está inmerso en un periodo de transición radical. Fuimos nosotros quienes, accidentalmente, iniciamos esa transición: un efecto colateral al crear nuestro nuevo mundo. Ahora tenemos que asumir las consecuencias.

Después de diez mil años de civilización humana, la segunda Era Axial está poniendo sobre la mesa cuestiones de una envergadura tal que no resulta fácil mirar hacia otro lado: ¿Podemos reconocer que somos la serpiente del jardín? ¿Podemos asumir la responsabilidad de nuestros abusos y empezar a enmendarlos? ¿Es eso siquiera posible? ¿Podemos cambiar? Quizá esta sea nuestra última oportunidad de plantearnos estas cuestiones y tratar de darles respuesta. Cambio climático, Sexta Gran Extinción, deforestación, agotamiento de los suelos, acidificación de los océanos, deshielo: los pilotos de alarma llevan mucho tiempo parpadeando en rojo. Es demasiado tarde para planificar el futuro o para lanzar advertencias sobre él. El futuro está aquí. Ya vivimos en él.

Al observar estas transformaciones y estas amenazas tendemos a adoptar unas determinadas formas de hablar, que surgen a su vez de ciertas maneras de ver. Utilizamos el lenguaje de la ciencia y la economía; el lenguaje de la política; el lenguaje del odio y la superioridad moral, la culpabilidad y el juicio. Hablamos de partes por millón de carbono y de nuestra responsabilidad hacia las generaciones futuras. Hablar de este modo es fácil; es lo esperable. Pero he llegado a la conclusión de que en gran medida resulta inútil, y no solo porque nadie esté escuchando. No sirve de nada porque no llega al meollo de la cuestión.

En la segunda Era Axial, como en la primera, los verdaderos interrogantes que hay que responder no son cuestiones de política, economía o moralidad social. Son cuestiones sobre lo que falta en todas esas conversaciones y en el mundo que hemos construido. Son cuestiones sobre lo que tiene sentido, lo que importa, lo que es más grande que nosotros, y sobre cómo deberíamos actuar ante ello. Y esas, nos guste o no, son cuestiones religiosas.
*
Seguir leyendo texto completo.


Imagen: Yellow House Red Door de Tim Nyberg
.

Etiquetas:

16.5.17

La historia detrás del icono

La historia detrás del icono

Por Edgardo Civallero

Marina Ginestà i Coloma jamás había tenido un arma en la mano. Ni la volvió a tener después de aquella foto, según contó ella misma.

Marina aparece posando en pleno centro de Barcelona, con un Máuser al hombro, como una joven miliciana antifascista y revolucionaria. La imagen ha terminado convirtiéndose en una suerte de icono de la resistencia republicana durante la Guerra Civil Española, y en los últimos tiempos ha sido utilizada para ilustrar el rol de las mujeres en las luchas sociales, económicas y políticas, armadas o no, de todos los tiempos.

La foto fue artificial; un montaje, si se quiere. Pero la historia de vida de Ginestà fue real. Y esa historia, curiosamente poco conocida, es un ejemplo de lucha, de valor y de compromiso mucho más poderoso que cualquier imagen.

Marina nació en Tolosa (Occitania francesa) en 1919, en el seno de una familia obrera con una larga trayectoria de lucha revolucionaria. Era hija de dos sindicalistas y nieta de una de las pioneras del feminismo y el cooperativismo en Cataluña, Micaela Chalmeta, más conocida como Amparo Martí. En 1928 los Ginestà se trasladaron a Barcelona.

Para 1936, el año del golpe militar franquista, la joven militaba en las Juventudes Socialistas Unificadas de Cataluña (JSUC), surgidas de la fusión de las organizaciones juveniles comunistas y socialistas catalanas en abril de aquel año. Vivió en primera persona los combates que tuvieron lugar en Barcelona durante la fallida revuelta de las tropas golpistas, salidas de los cuarteles de Pedralbes el 19 de julio. Durante los enfrentamientos, en los que se armaron numerosas barricadas callejeras y participó una fuerte masa obrera, algunos de los rebeldes se atrincheraron en el Hotel Colón de la Plaza de Cataluña. Tras su rendición, las JSUC confiscaron ese edificio, que posteriormente sería la sede del Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC), creado el 23 de julio.

Precisamente en ese edificio fue tomada la famosa foto de Marina. La instantánea fue obra del germano-mexicano Hans Gutmann (más conocido como Juan Guzmán, 1911-1982), un militante comunista que había llegado a Barcelona para seguir de cerca y dar noticia de las Olimpíadas Populares pero que se encontró con el inicio de una guerra civil que luego cubrió casi en su totalidad. El 21 de julio de 1936, el fotógrafo pidió a la joven que lo acompañase a la terraza del hotel. Ella tenía 17 años, y posó para él con un fusil prestado, descargado.

Es una buena foto, refleja el sentimiento que teníamos en aquel momento [...] Dicen que en la foto tengo una mirada arrebatadora. Es posible, porque convivíamos con la mística de la revolución del proletariado y las imágenes de Hollywood, de Greta Garbo y Gary Cooper.

Guzmán disparó su cámara veinte veces. El pie de foto original que acompañó al negativo fue el siguiente: "Barcelona, 21 de julio de 1936. La miliciana Marina Jinesta, miembro de la juventud comunista, posa en la terraza del hotel Colón, donde se ha establecido una oficina de alistamiento de milicianos".

La historia detrás del icono
Durante la contienda española Ginestà nunca estuvo en el frente. A pesar de lo que se haya dicho o escrito sobre ella (sobre todo en medios propagandísticos que tenían que resaltar las figuras de sus mujeres como luchadoras), trabajó siempre en la retaguardia, como mecanógrafa y traductora. Fue, de hecho, la ayudante de Mijail Koltsov, corresponsal del periódico soviético Pravda y agente de Stalin en España; el secretario general del PSUC, Joan Comorera, la nombró su intérprete a principios de agosto de 1936. En la obra que Koltsov publicó sobre la guerra civil, Diario de la guerra en España, menciona a Ginestà como uno de los ejemplos de la emancipación de la mujer española: "Marina Ginestà, callada, atenta, con los cabellos cortados como un chico, combatiente en las barricadas de la Plaza de Colón, concienzuda mecanógrafa y traductora".

El final del conflicto la encontró en el puerto de Alicante. Fue recluida en un campo de concentración y liberada a los dos meses. Se trasladó con su pareja a un pueblo cercano a la frontera francesa y poco después trataron de cruzar los Pirineos. Su compañero murió en el intento; ella, herida, logró llegar a Montpellier. Pocos días después se reencontró con sus padres, que habían estado detenidos en los campos de concentración de Argelés-sur-Mer y Agde. Cuando Francia fue ocupada por los nazis, decidió exiliarse en México, aunque jamás llegó allí: se instaló en la República Dominicana, donde se casó con su primer marido, Manuel Periáñez, al que había conocido durante el viaje. En 1946 debió abandonar el país debido a la persecución que el dictador Rafael Trujillo desató contra los republicanos españoles. Recaló en Venezuela con sus padres; su hermano Albert estaba allí desde 1944. Toda su familia adquiriría la nacionalidad venezolana y se quedaría allí hasta su muerte. Ella, por su parte, se separó en 1949 y regresó con su hijo a Francia; en 1952, se casó con un diplomático belga, Carl Werck, con el que vivió en Bruselas y después a La Haya. Para 1954 se había desilusionado con el comunismo. Residió en Quito, Londres y Nueva Orleáns, y volvió a vivir en Barcelona entre 1972 y 1976. Desde allí retornó a Bruselas, y luego a París.

Marina no supo de la famosa foto hasta 2006. La imagen había estado guardada en el archivo de Juan Guzmán sobre la guerra civil española; se desconoce si en algún momento llegó a ser publicada. En 1987 la Agencia EFE compró ese archivo a la viuda de Guzmán. En 2002 la imagen de la miliciana barcelonesa se utilizó como portada para el libro Trece rosas rojas del periodista Carlos López Fonseca, y fue incluida en el libro Imágenes inéditas de la Guerra Civil, de la propia EFE. En 2006, un documentalista de EFE, Xulio García Bilbao, logró desentrañar la identidad de la chica tras analizar el Diario... de Koltsov y los fondos del Archivo General de la Guerra Civil Española de Salamanca. García Bilbao encontró a la "Marina Jinesta" de la foto en 2008, en París.

Y en París murió Marina, en enero de 2014, a los 94 años. Su fotografía, mirando a la cámara casi de reojo, no representa exactamente su historia personal –en la que se suceden derrotas y exilios– pero quizás refleja el espíritu colectivo de un momento determinado, congelado para siempre: una Barcelona revolucionaria, unos obreros en armas, una victoria...

La juventud, las ganas de ganar, las consignas... yo me las tomaba en serio. Creía que si resistíamos ganábamos. Teníamos la sensación de que la razón estaba con nosotros y que acabaríamos ganando la guerra, nunca pensamos que acabaríamos nuestras vidas en el extranjero.


Imagen 01. La icónica foto.
Imagen 02. Marina y su hermano Albert en 1936.

9.5.17

Río: parte soñada de todo

Río: parte soñada de todo

Por Sara Plaza

Los párrafos que siguen pertenecen a un artículo de la poeta gallega Lupe Gómez, publicado en El Correo Gallego el 2 de diciembre de 1999. Reproducimos tanto el texto original en gallego como su traducción al castellano.

***

Los ríos son la parte interior de la infancia.

Los ríos son agua que marcha y corre.

Debemos respetarlos y cuidarlos y quererlos. Como respetar la vida y la inocencia. La naturaleza es la parte más sabia del hombre.

Tenemos que acariciar esta parte no muerta de nosotros mismos. Agua para beber y para amar. Agua para reflejar en ella nuestra cara de paz.

La naturaleza es siempre algo animal y libre. Corro hacia el río de la aldea y bailo mientras me baño. Lejos del mundo y de la ciudad.

Amo los ríos que me recorren. Hay que buscar en la armonía la belleza. Hay que correr y jugar en los patios del espíritu. Los ríos son partes soñadas de todo. El todo es lo feo y las partes son hermosas. Es hermoso ver un río en una foto. Es hermoso cantar canciones y beber vino, como en Os Caneiros [1]. Los ríos, como hadas, cruzan ciudades y villas. Cruzan la geografía humana y juegan con ella. Avanzar como nación es amar ese sueño de la tierra, el agua. En las fuentes nace todo como si naciera un poema. Muchos poemas para que no nos duela la muerte.

Quiero mojarme en el río y sentirme soñadora y libre. La naturaleza libera al ser humano por dentro, lo hace más inteligente y más abierto. Los ríos que me inundan son un diagrama cierto. Un dibujo en mis páginas de poesía. Los ríos son el color intenso de los ojos de las vacas.

[1] "Entre las actividades de carácter profano que se realizan en honor a San Roque se encuentran la elevación del colosal globo de papel, junto con las 'Xiras Os Caneiros' (romería fluvial celebrada desde el siglo XIX por la que los betanceiros, tras la fiesta de San Roque iban en barcas engalanadas, Mandeo arriba, hasta el campo de Os Caneiros, para merendar)." Secuencia histórica de los globos de Betanzos, por María de las Moras Hervella. [Enlace]

Río: parte soñada de todo
Os ríos son a parte interior da infancia.

Os ríos son auga que marcha e corre.

Debemos respectalos e coidalos e querelos. Como respectar a vida e a inocencia. A natureza é a parte máis sabia do home.

Temos que aloumiñar esta parte non morta de nós mesmos. Auga para beber e para amar. Auga para reflectir nela a nosa cara de paz.

A natureza é sempre algo animal e libre. Eu corro cara ao río da aldea e bailo mentres me baño. Lonxe do mundo e da cidade.

Eu amo os ríos que me percorren. Hai que buscar na harmonía a beleza. Hai que correr e xogar nos patios do espíritu. Os ríos son partes soñadas de todo. O todo é o feo e as partes son fermosas. É fermoso ver un río nunha foto. É fermoso cantar cancións e beber viño, como nos Caneiros. Os ríos, como fadas, cruzan cidades e vilas. Cruzan a xeografía humana e xogan con ela. Avanzar como nación é amar ese soño da terra , a auga. Nas fontes nace todo coma se nacera un poema. Moitos poemas para que non nos doa a morte.

Quero mollarme no río e sentirme soñadora e libre. A natureza libera ao ser humano por dentro, faino máis intelixente e máis aberto. Os ríos que me inundan son un diagrama certo. Un debuxo nas miñas páxinas de poesía. Os ríos son a cor intensa dos ollos das vacas.

Etiquetas:

2.5.17

Los mates grabados de los Andes

Los mates grabados de los Andes

Por Edgardo Civallero

Una de las expresiones artísticas populares más relevantes en Perú es el trabajo con mates (del quechua mati): el fruto de la calabaza Lagenaria siceraria. Los frutos, una vez secos y limpios, se pirograban o se burilan y se utilizan como bandejas o azucareros; las imágenes pueden ser muy complejas, llegando a representar historias completas.

El grabado de mates es una actividad típica de la sierra andina (departamentos de Junín, Huancavelica y Ayacucho), aunque también pueden encontrarse ejemplos destacables en la zona de costa (especialmente en el departamento de Lambayeque).

A continuación se presentan algunos ejemplos de este trabajo. Tanto las imágenes como los textos que las acompañan han sido extractados de la guía número 4 de la serie "Los Tesoros Culturales de la Pontificia Universidad Católica del Perú", dedicada a la Colección Arturo Jiménez Borja.

Los mates grabados de los Andes
Calabacito de Junín, siglo XX.

Con la decoración de los mates, los artesanos suelen contar una historia que, al igual que un libro, debe leerse para ser descifrada. Para ello, los mates se leen en forma circular y de abajo hacia arriba. Todas las escenas de la decoración se entrelazan para transmitir una historia. En el caso de los mates con tapa, la historia termina en esa imagen, a manera de cierre.

Los mates grabados de los Andes
Azucarero de Huancavelica, siglo XX.

El burilado es otra técnica para decorar los mates. En esta, el artesano, acompañado de un buril con punta y un vaciador, realiza los diseños y desbasta los fondos. En este caso, las líneas definidas por el buril reviven la procesión de una virgen y una fiesta costumbrista.

Los mates grabados de los Andes
Azucarero de Ayacucho, siglo XX.

En la zona central del Perú, sobre todo en Ayacucho, la decoración de mates ha alcanzado niveles de detalle dignos de resaltar. Por ejemplo, en este pequeño mate ayacuchano se pueden distinguir cuatro escenas: la estatua ecuestre que se encuentra en la Plaza de Armas de Huamanga, una pareja bailando, habitantes de la Amazonía y una escena naval.

Los mates grabados de los Andes
Azucarero de Ayacucho, siglo XX.

Actualmente, siguiendo la tradición prehispánica, hay maestros artesanos encargados de continuar con este legado. Es así que la elaboración de mates burilados forma parte de la tradición artesanal peruana y, según la zona de procedencia, se diferencian en lo minucioso de su decoración. Un ejemplo de esto es Ayacucho y Cochas (Junín).

Los mates grabados de los Andes
Azucarero de Ayacucho, siglo XX.

Las formas de la Lagenaria siceraria, más conocida en el Perú como mate, fueron las que sirvieron de modelo para la aparición de contenedores más duraderos, como aquellos fabricados con arcilla. Este azucarero se encuentra decorado con dos escenas populares que hacen referencia a las fiestas del ganado.

Los mates grabados de los Andes
Azucarero de Ayacucho, siglo XX.

Los temas que los artesanos comparten en la decoración de sus mates son múltiples. Pueden variar desde una simple escena de la vida cotidiana dentro de la comunidad hasta la recreación de actividades de índole nacional. Este mate representa una actividad cívica oficial: personas con impecable tenida andina, soldados en perfecta formación militar y banderas izadas.

Los mates grabados de los Andes
Azucarero de Ayacucho, siglo XX.

El barnizado es una de las técnicas clásicas de acabado para este tipo de objetos. Usualmente se utiliza para darle más brillo y protección a la superficie, ya sea que esta se encuentre decorada o no. La decoración, en este caso, muestra la fotografía de un momento de celebración en el pueblo con una danza acrobática ya desaparecida.

Los mates grabados de los Andes
Azucarero de Ayacucho, siglo XX.

El uso de los mates decorados como contenedores tiene un origen muy antiguo. Los más tempranos son aquellos encontrados en el sitio arqueológico Huaca Prieta, del periodo precerámico. La decoración observada en este mate es de una escena que corresponde a una fiesta popular con músicos y danzantes.

Los mates grabados de los Andes
Azucarero de Ayacucho, siglo XX.

En la antigüedad se utilizaba un instrumento fino e incandescente para pirograbar los mates. Hoy en día, existen herramientas eléctricas que facilitan esta tarea; no obstante, algunos maestros artesanos mantienen viva la tradición de sus antepasados. Los artesanos utilizan esta técnica para decorar los mates con temas de su preferencia.

Imagen: Lapa de Ayacucho, siglo XX.
Imágenes y textos: Los Tesoros Culturales de la Pontificia Universidad Católica del Perú 4: Colección Arturo Jiménez Borja. Lima: PUCP, 2017.