27.9.16

Evolución

Evolución

Por Sara Plaza

Evolución

Buffalo Bill abre una casa de empeños en la reserva
justo al otro lado de la licorería
y está abierta 24 horas al día, 7 días a la semana

y los Indios llegan corriendo con alhajas,
televisores, una VCR, un vestido largo de ante adornado con cuentas
que le llevó 12 años a Inez Muse terminar. Buffalo Bill

agarra todo lo que los Indios le ofrecen, lo tiene
catalogado y almacenado en un trastero. Los Indios
empeñan sus manos, reservando los pulgares para el final, empeñan

sus esqueletos, desprendiéndoseles continuamente de la piel
y cuando el último Indio lo ha empeñado todo
salvo su corazón, Buffalo Bill se lo arrebata por veinte dólares

cierra la casa de empeños, pinta un nuevo letrero sobre el viejo
llama a su empresa EL MUSEO DE LAS CULTURAS NATIVAS AMERICANAS
cobra a los Indios cinco dólares por cabeza la entrada.

Poema "Evolution", incluido en el libro de relatos y poemas titulado The Business of Fancydancing del poeta y narrador Sherman Alexie del pueblo Spokane/Coeur D'Alena (Brooklyn (NY): Hanging Loose Press, 1992). [Traducción de Sara Plaza]

* * *

"Una cabaña, junto a un luminoso mar azul, con bandejas de fruta bajo las palmeras y la compañía de amigos o amigas con quienes perder sabrosamente el tiempo, jugando y conversando... Alucina constatar en la publicidad de los resorts turísticos más exclusivos cómo el ideal de descanso que ofrece el capitalismo no es otra cosa que la vida sencilla de los pueblos precapitalistas, destruida vesánicamente en el mundo entero sólo para ser ofrecida más tarde –en su forma privatizada y mercantilizada, claro está– a las elites de multimillonarios que pueden permitirse ese lujo supremo. De forma genérica, y con los matices que sin duda cabe introducir, la economía capitalista no crea riqueza: crea escasez, una escasez de orden superior."

Extracto del texto de la conferencia Hacia una cultura de la sustentabilidad (valores, cambio cultural y ecosocialismo en el Siglo de la Gran Prueba), que el profesor, poeta y ensayista Jorge Riechmann impartió en el marco del Seminario Interdisciplinar "O(s) Sentido(s) da(s) Cultura(s)", en la mediateca del Consello da Cultura Galega, en abril de 2013.

* * *

Bueyes

Si supieras el dolor de mi cuello
no dudarías de que los yugos invisibles
también pesan, y que cada día
del trabajo a casa voy trazando surcos
en los que no habrá de crecer cosecha.

Poema de la escritora y poeta Ana Pérez Cañamares, incluido en el libro VersoLab 2015, Recital celebrado el 12 de mayo de 2015 en el Auditorio del Centro Cultural Conde Duque (Madrid: OIT, 2016).

* * *

Recolectores de basura, finales de los años ochenta

Una ciudad de Turquía. La basura
avanza sobre la cinta deslizante.
A ambos lados, los seleccionadores
se afanan con movimientos rapidísimos.
Pañuelos en la cara atenúan una parte del hedor.
Han alquilado o comprado los puestos que ahora ocupan:
el más caro al comienzo de la cinta,
donde pueden lograrse las chatarras metálicas
más valiosas. En medio de la cinta es menos oneroso,
pero también más magra la cosecha:
pueden seleccionarse las latas de conserva
o los trozos de plástico. Al final de la cinta
en el lugar peor y más barato
una mujer recobra los papeles
y trozos de madera. Tras la primera hora
se sabe que la cinta no se detendrá nunca.

Poema de Jorge Riechmann, incluido en el libro VersoLab 2015, Recital celebrado el 12 de mayo de 2015 en el Auditorio del Centro Cultural Conde Duque (Madrid: OIT, 2016).

Imagen. Gilbert-Garcin.com – La tour d’ivoire – Ivory tower – La torre de marfil

20.9.16

La que es sabia

La que es sabia

Por Edgardo Civallero

El niño escuchó gritos de alerta. Los 'indaa, los hombres blancos, se acercaban.

Se giró, y alrededor de la laguna en cuya orilla acampaban distinguió los flashes provocados por los disparos de los rifles. Un segundo después llegaban los estampidos secos de los balazos. Su gente –un grupo Apache– estaba siendo masacrada.

Su madre lo alzó y lo montó a lomos de una mula. Cuando trataba de subir a su hermana pequeña junto a él, el animal entró en pánico y salió de estampida. Un hombre, Eclode, la ayudó con la niña, mientras ella corría y lograba hacerse con las riendas y con el control de la bestia. Los pasos, los gritos y los disparos se escuchaban cada vez más cerca. Los soldados mexicanos y sus ayudantes indígenas Rarámuri no perdían el tiempo.

La mujer bajó entonces al niño del lomo de su montura, y fustigó al animal, que se perdió al galope en la penumbra del amanecer. Buscó una grieta entre las rocas de una ladera cercana y se escondió entre ellas con su hijo, ocultos por unos arbustos, confiando en volverse invisibles.

Tres hombres se acercaron. Tras intercambiar algunas palabras en castellano, dos de ellos se fueron, pero el tercero desmontó, apoyó su rifle justo donde madre e hijo estaban escondidos, armó un cigarro y se lo fumó con toda tranquilidad. Cuando lo terminó, arrojó la colilla al suelo, la aplastó con la bota, recogió su arma, montó y se largó.

La mujer y el niño aún esperaron un poco antes de salir de su escondite. Buscaron el cauce de un arroyo cercano y subieron aguas arriba, confiando en alcanzar la seguridad de la montaña. A sus espaldas seguían oyéndose disparos: los mexicanos estaban terminando de cazar a los suyos como a animales. Amanecía el 15 de octubre de 1880.

Los libros de historia hablarían de aquel suceso como la Masacre de Tres Castillos (un sitio ubicado hoy en el estado de Chihuahua, México). Murieron 78 Apache, y otros tantos –sobre todo mujeres y niños– fueron capturados y vendidos como esclavos (una de las maneras más habituales de los mexicanos para deshacerse de sus prisioneros de guerra). Solo 17 personas escaparon aquella brutal carnicería, incluyendo a los dos protagonistas de esta historia. Allí terminó una "guerra" iniciada el año anterior por el célebre Biduya o Victorio, líder de la banda de Apache Chiricahua conocida como "Chihenne". Victorio murió allí, en Tres Castillos, junto con sus sueños de llevar a su gente a un sitio seguro en México, lejos de la lenta agonía que les hubiera esperado en la Reserva de San Carlos (Territorio de Arizona, Estados Unidos), en donde fueron confinados por el ejército estadounidense en 1877.

El propio Victorio había bautizado a aquel crío que huía con su madre como Kaywaykla: "Sus enemigos, muertos, se amontonan en pilas". Semejante nombre, propio de un avezado guerrero, intentaba animar al muchacho a cumplir un destino glorioso. Uno que nunca alcanzaría: algunos años después de aquellos terribles sucesos, el chico sería enviado lejos de su gente, a una escuela en Carlisle (estado de Penssylvania) en la que le cortarían el cabello y quemarían sus ropas Apache, y en la que sería bautizado como "James". Su historia sería escrita a mediados del siglo XX por una de las precursoras en la recolección de narrativas indígenas norteamericanas, Eve Ball, en su libro "In the Days of Victorio: Recollections of a Warm Springs Apache" ["En los días de Victoria: Recuerdos de un Apache de Warm Springs"]. Aquel anciano de casi 70 años tenía grabada a fuego en su memoria esa noche de huida, aunque en el momento de los hechos solo tuviera cuatro años. También recordaba que nunca volvió a ver a su hermana Chenleh.

La narración de la matanza de Tres Castillos forma parte de la tradición oral de los Apache, y hoy es conocida por muchos 'indaa (no-Apache) gracias al trabajo de Ball. No fue lo único que recogió aquella autora, por cierto. En otro de sus libros, "An Apache Odyssey: Indeh" ["Indeh: Una odisea Apache"], incluye una historia legendaria que tiene como protagonista a la madre de Kaywaykla. Esa mujer que se escondió con su hijo entre un par de rocas.

Fue llamada Goyan o Gouyen, "La que es sabia", y era hermana de Victorio. Con veinte y pocos años tuvo que soportar la ardua huida a México desde la Reserva de San Carlos, y la horrorosa experiencia de Tres Castillos. Pero antes había vivido la muerte de su esposo. La leyenda cuenta que una partida de guerreros Comanche lo asesinaron y mutilaron salvajemente al sur de Deming (estado de New México). La mujer, vestida con el atavío de piel de ciervo que había usado para la ceremonia de pubertad y para su boda, siguió por tres noches el rastro de aquellos asaltantes. Viajaba en la oscuridad para no ser vista, provista solo de una jarra de agua y de un poco de carne seca, que llevaba en un saco atado a la cintura.

A la cuarta noche, según contaba la tradición oral Apache, descubrió el campamento Comanche. Estaban celebrando su victoria. Gouyen vio la cabellera de su marido en manos del jefe, que la exhibía como un trofeo personal. Robó entonces un caballo y lo ató a cierta distancia de aquel grupo, que ya estaba borracho. Luego volvió y se mezcló entre un grupo de bailarines. Se abrió camino, seductoramente, hasta el jefe, flirteó con él, y lo llevó a una zona apartada de los otros. Se dice que le destrozó la garganta con los dientes, y que terminó de matar a aquel hombre con su propio cuchillo. Sin que le temblara el pulso le cortó la cabellera, y acto seguido le arrancó el taparrabos adornado con cuentas y lo despojó de sus mocasines. Tras eso, galopó dos días seguidos hasta alcanzar su campamento, donde cayó exhausta en los brazos de sus suegros, con su vestido ceremonial empapado en la sangre del asesino de su esposo, del cual acababa de vengarse.

Cuando recobró la conciencia, presentó su botín –cabellera y ropa– a su familia política.

Gouyen se casó en segundas nupcias con un guerrero Apache llamado Kayatennae, también sobreviviente de la masacre de Tres Castilllos. Se unieron a la banda de Nana, y más tarde a la de Gerónimo, y escaparon de la Reserva de San Carlos en 1883. La familia –la mujer, su compañero y sus hijos– fue capturada en 1886 por el ejército de los Estados Unidos y llevada a Fort Sill (estado de Oklahoma). Allí fueron retenidos, como prisioneros de guerra. Kaywaykla pudo salir, renunciando en gran medida a su identidad. Los demás no tuvieron esa suerte.

Gouyen murió en 1903, a los 46 años. Su tumba está allí mismo, en Fort Sill, de donde nunca pudo escapar. Su historia, sin embargo, sigue viajando de boca en boca entre los Apache de hoy.

Imagen: Gouyen y Kayatennae.

14.9.16

Estamos condenados. ¿Qué hacemos?

Estamos condenados. ¿Qué hacemos?

Por Sara Plaza

En esta entrada compartimos un artículo del escritor y profesor de la Universidad de Notre Dame, Roy Scranton, publicado originalmente a finales de diciembre del año pasado en la sección de opinión de The New York Times bajo el título "We're Doomed. Now What?", y dos días después en la página web del autor. La traducción al castellano ha sido realizada por Sara Plaza y revisada por Edgardo Civallero con permiso expreso del autor.

* * *

Hemos entrado en un periodo de alarmantes y desconcertantes cambios: la quiebra del orden global post 1945, una extinción masiva de especies vegetales y animales y el principio del fin de la civilización tal y como la conocemos. Nadie es inocente, nadie está a salvo. El mundo gime bajo el peso de siete mil millones de seres humanos; cada nuevo nacimiento significa otra boca ávida de alimento, otra vida codiciosa de energía.

Todos vemos lo que está pasando, lo leemos a diario en los titulares, pero ver no es creer, y creer no es aceptar. Respondemos de acuerdo a nuestros prejuicios, de manera instintiva, refleja, aprendida. Los negacionistas de derechas insisten en que el cambio climático no está ocurriendo, o en que su origen no es antropogénico, o en que el verdadero problema es el terrorismo o los refugiados, mientras que los negacionistas de izquierdas siguen diciendo que los problemas se pueden resolver, que están bajo control, y que es solo cuestión de voluntad política. Los partidarios de las tesis aceleracionistas consideran que la respuesta es más tecnología. Los incrementalistas nos dicen que sigamos confiando en las mismas instituciones y los mismos líderes que nos han estado fallando durante décadas. Los activistas nos dicen que hay que luchar, incluso sabiendo que perderemos.

Entre tanto, a medida que crece la distancia entre el futuro hacia el que nos encaminamos y el que una vez imaginamos, el nihilismo se afianza a la sombra del miedo: si ya todo está perdido, nada importa.

Podemos apreciar este nihilismo en series de televisión como True Detective, The Leftovers, The Walking Dead y Game of Thrones, y podemos verlo en la fiebre de guerra, el sectarismo y el odio racial. Define el momento actual, aunque en realidad no es nada nuevo. Occidente ha estado lidiando con el nihilismo radical desde, al menos, el siglo XVII, cuando las investigaciones científicas sobre la conducta humana comenzaron a socavar las creencias religiosas. Los filósofos llevan desde entonces intentado acortar la distancia entre hecho y sentido: Kant trató de reconciliar el determinismo empirista con Dios y la Razón; Bergson y Peirce trabajaron para hacer confluir la evolución darwiniana y la creatividad humana; y pensadores más actuales rascan los surcos desnudos que la neurociencia ha dejado a la lógica y el lenguaje.

Llevado a su extremo, el materialismo científico nos amenaza con la falta de sentido; si la consciencia se reduce al cerebro y nuestras acciones no dependen de la voluntad sino que están determinadas por causas, entonces nuestros valores y creencias son meras racionalizaciones de aquello que de todos modos vamos a hacer. La mayoría de la gente encuentra que esta visión de la vida humana es repugnante, cuando no incomprensible.

En su reciente libro de ensayos, The Givenness of Things, Marilynne Robinson rechaza la visión materialista de la consciencia, y defiende la existencia del alma humana manteniendo que su carácter metafísico la vuelve impermeable a razones materialistas. El alma, escribe Robinson, es una intuición que "no puede hacerse desaparecer otorgándole una materialidad de la cual está alejada por definición. Y por la misma razón, su no-materialidad no demuestra su inexistencia".

El biólogo E. O. Wilson interpreta el problema de forma diferente: "¿Existe el libre albedrío?", se pregunta en The Meaning of Human Existence. "Sí, si no como realidad última, al menos al nivel funcional necesario para mantener la cordura y perpetuar así la especie humana". Robinson apela a la ignorancia, Wilson, a las consecuencias; ambos razonamientos son falaces.

Sin embargo, como sugiere Wilson, nuestra obstinada insistencia en el libre albedrío tiene cierto sentido evolutivo. De hecho, la mayor ventaja evolutiva de la humanidad ha sido su tendencia a crear sentido colectivo. Ese impulso es tan ingenioso como implacable, y puede hallar la manera de dar sentido a la desesperación, la depresión, la catástrofe, el genocidio, la guerra, el desastre, las plagas e incluso las humillaciones de la ciencia.

Nuestra tendencia a crear sentido es lo suficientemente poderosa como para volver el nihilismo contra sí mismo. Como escribió Friedrich Nietzsche, uno de los filósofos occidentales más incisivos y que mejor diagnosticó el nihilismo, a finales del siglo XIX: "El hombre prefiere querer la nada a no querer". Este denso aforismo se basa en una de las ideas centrales de su filosofía, hoy tan aceptada que casi resulta irreconocible: que los seres humanos construyen su propio sentido de la vida.

En este sentido, no hay ninguna verdad moral última, trascendente; o, como explicaba Nietzsche en uno de sus primeros ensayos, Sobre la verdad y la mentira en sentido extramoral, la verdad no es más que "un dinámico tropel de metáforas, metonimias y antropomorfismos". Si somos capaces de tolerar el vértigo moral que podría inducir esta idea, también podemos observar que no es necesariamente nihilista y, bajo la luz adecuada, interpretarla, más bien, como testimonio de la resiliencia humana.

La capacidad humana para crear sentido es tan versátil, tan poderosa, que puede hacer tolerable casi cualquier existencia, incluso una vida de interminable sufrimiento, siempre que esa vida esté anudada en la trama de una historia más grande que le de sentido. Los humanos hemos sobrevivido y florecido en algunos de los lugares más inhóspitos de la tierra, desde los desiertos de Arabia hasta los campos helados del Ártico, gracias a esta capacidad para organizar colectivamente la vida en torno a constelaciones simbólicas de sentido: anirniit [almas no humanas], capital, yihad. "Quien tiene un porqué para vivir", escribió Nietzsche, "puede soportar casi cualquier cómo".

Cuando escribió "[e]l hombre prefiere querer la nada a que no querer", Nietzsche estaba sacando a la luz el lado destructivo de la tendencia humana de crear sentido. Ese impulso es tan poderoso, dice Nietzsche, que abocados al precipicio del nihilismo, encontraríamos un sentido en la autoaniquilación antes de elegir una vida desnuda carente de él. Esta idea fue atrozmente confirmada por el Götterdämmerung de la Alemania nazi, y vuelve a serlo con cada nuevo ataque suicida perpetrado por terroristas yihadistas, pero también aquí en Estados Unidos con nuestra deliberada y destructiva política del odio. Es a lo que nos exponemos al encaminarnos irreflexivamente hacia otra guerra, al pedirles a los jóvenes que desperdicien sus vidas para que podamos seguir creyendo que Estados Unidos significa algo. Como dice uno de los personajes de Don DeLillo en la novela White Noise: "la guerra es la forma que adquiere la nostalgia cuando se obliga a los hombres a decir algo bueno sobre su país"; entendiendo la guerra como un nihilismo activo que viene a reemplazar a uno pasivo.

El propio Nietzsche no fue un nihilista. Desarrolló su idea de la verdad como un "dinámico tropel de metáforas" en una filosofía más compleja de perspectivismo, que entendía la verdad subjetiva como una serie de construcciones a partir de perspectivas particulares sobre la realidad objetiva. Cuantas más sean las perspectivas desde las que aprendamos a mirar, mayor será la verdad que alcancemos. Esto no es lo mismo que el relativismo, con el que a menudo se confunde, que afirma que toda verdad es relativa y que no hay una realidad objetiva. Nietzsche fue fundamentalmente un empirista que creía que más allá de nuestras interpretaciones finalmente había algo a lo que podemos llamar mundo, aunque nunca seamos capaces de percibirlo objetivamente. "También los grandes espíritus tienen únicamente la medida de sus cinco dedos de experiencia", escribe. "Más allá de la cual cesa la reflexión y comienza el interminable espacio vacío y su estupidez."

El programa filosófico positivista de Nietzsche, lo que el llamaba la "gaya ciencia" consistía en crear las condiciones que posibilitaran un ser humano capaz de darse cuenta de que nuestra tendencia a crear sentido carece de sentido, sin por ello dejar de afirmar la existencia humana, un ser humano que pudiera aprender el amor fati [poder decir sí a lo que se hace, hacer lo mejor en cada momento]: esta fue su muy malinterpretada idea del "superhombre". Nietzsche trabajó vigorosamente para desarrollar este nuevo ideal humano en la filosofía, puesto que él mismo lo necesitaba con urgencia. El pesimista consciente y sombrío, el decadente declarado que finalmente se volvió loco, luchó toda su vida para convencerse a sí mismo de que valía la pena vivir.

Hoy, con nuevos peligros desatándose cada hora a causa de las guerras y la crisis climática, desearíamos poder estar en el lugar de Nietzsche. Después de todo, él solo tuvo que hacer frente a la muerte de Dios, mientras que nosotros tenemos que hacer frente a la desaparición de nuestro mundo. El peligro acecha por todas partes, de las vanas ilusiones de esperanza a la ferocidad de la reacción, del desaliento de la desesperanza a la promesa de destrucción.

Estamos ante un precipicio de aniquilación que Nietzsche no hubiera podido siquiera imaginar. No hay esperanzas fundadas de que seamos capaces de reducir la velocidad del calentamiento global antes de alcanzar el punto de vuelco. Ya estamos un grado Celsius por encima de las temperaturas preindustriales y se está cociendo medio grado más. La barrera de hielo de la Antártida Occidental se está desmoronando, Groenlandia se está derritiendo, el permafrost de todo el mundo se está licuando y se han detectado emisiones de metano en el lecho marino y los cráteres siberianos: probablemente ya es demasiado tarde para detener estas fuentes de retroalimentación, lo que significa que probablemente ya es demasiado tarde para detener el apocalíptico calentamiento planetario. Entre tanto el mundo se desliza hacia un caos sangriento y lleno de odio, como si estuviésemos en el último acto de una tragedia shakesperiana especialmente inquietante.

Aceptar nuestra situación podría confundirse fácilmente con el nihilismo. En una nación fundada sobre la esperanza, construida con el arrojo yankee del "podemos hacerlo", y deslumbrada por sus prodigios tecnológicos, la sola idea de que pudiera haber algo más allá del alcance de nuestro poder, o de que los seres humanos tienen límites, roza la blasfemia. A la derecha y a la izquierda, millones de estadounidenses creen que todos los problemas tienen solución; insinuar lo contrario provoca una profunda y a menudo hostil resistencia. No es que aceptar la verdad de nuestra situación signifique pensar algo equivocado, sino que significa pensar lo impensable.

Y, sin embargo, es justo en este momento de crisis cuando nuestra tendencia humana a crear sentido reaparece como nuestra única salvación... si queremos reflexionar de manera consciente sobre las distintas formas de dar sentido a nuestra vida: sobre cómo decidimos lo que es bueno, cuáles son nuestras metas, por qué vale la pena vivir o morir, qué hacemos cada día, a diario, y cómo lo hacemos. Porque si es verdad que somos nosotros quienes damos sentido a nuestra vida y no la sabiduría revelada que nos otorgaría Dios, el Mercado o la Historia, entonces también lo es que albergamos dentro de nosotros el poder de cambiar nuestras vidas –totalmente, completamente–, cambiando el sentido de las mismas. Nuestra necesidad de crear sentido es más poderosa que el petróleo, el átomo y el mercado, y es cosa nuestra aprovechar ese poder para asegurar el futuro de la especie humana.

No podemos hacerlo aferrándonos a la ideología del progreso continuo, de la búsqueda de beneficios y del la-tecnología-lo-arreglará del capitalismo fosilista. No podemos hacerlo intentando controlar el futuro. Tenemos que aprender a dejar morir nuestra actual civilización, a aceptar nuestra mortalidad y a practicar la humildad. Necesitamos trabajar juntos para transformar un orden global cuyo sentido último es la acumulación en otro que reconozca la importancia de los límites, la transitoriedad y la contención.

Y lo que es más importante, necesitamos dejar de defender y proteger nuestra verdad, nuestra visión, nuestros valores occidentales, y entender que la verdad no se encuentra en una única perspectiva sino en su multiplicidad, no está en un punto de vista sino en el conjunto, no se halla en las partes enfrentadas sino en el todo. Tenemos que aprender a mirar no solo con ojos occidentales, sino con ojos musulmanes y con ojos inuit; no solo con ojos humanos sino con ojos de reinita caridorada [Setophaga chrysoparia], de salmón plateado, de oso polar; y no solo con los ojos sino con el salvaje y escasamente articulado ser de la nubes, los mares, las rocas, los árboles y las estrellas.

Nacimos la víspera de lo que puede ser la mayor catástrofe de la humanidad. Ninguno de nosotros eligió esto, no de manera deliberada. Ninguno de nosotros puede hacer por evitarlo. Algunos incluso sobrevivirán. El sentido que transmitamos al futuro dependerá de lo bien que recordemos a quienes nos precedieron, de lo sabia y cuidadosamente que seamos capaces de deshacernos del ruinoso modo de vida que nos está destruyendo actualmente, y de lo conscientemente que seamos capaces de afianzar nuestro papel como artífices del futuro que nos espera.

Aceptar la fatalidad de nuestra situación no es nihilismo, sino un primer paso necesario para fraguar una nueva forma de vida. Entre la autodestrucción y rendirse, entre querer la nada y no querer, hay otra opción: querer nuestro destino. Autoconstrucción consciente. Se lo debemos a las generaciones cuyo futuro hemos quemado y gastado para hacer un puente, ser un puente, para conectar las distintas tradiciones humanas de creación de sentido con los supervivientes, los hijos del Antropoceno, que construirán un nuevo mundo entre nuestras ruinas.

Roy Scranton es el autor de Learning to Die in the Anthropocene: Reflections on the End of a Civilization y de la novela War Porn. Co-editor de Fire and Forget: Short Stories from the Long War, tiene artículos publicados en The New York Times, The Nation, Theory & Event, Rolling Stone y otros.

Imagen."Doom" de Judith Dazzio

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6.9.16

La (verdadera) historia detrás de la foto

La (verdadera) historia detrás de la foto

Por Edgardo Civallero

Florence Owens Thompson había nacido en el Territorio Indio, el actual estado de Oklahoma (Estados Unidos), en 1903. A los 17 años se casó con un granjero local, un hombre al que perdió once años después, embarazada de su sexto hijo, a manos de la tuberculosis. Tuvo que trabajar literalmente hasta desfallecer para poder sobrevivir y darle de comer a su familia. Terminó emigrando a California, y allí se casó con un tal Jim Hill, con quien tuvo tres hijos más. En la década de los 30', Florence, Jim y sus hijos trabajaron como obreros migrantes –entonces llamados peyorativamente pea-pickers, "recoge-guisantes"– en las cosechas de toda California y, a veces, en las del vecino estado de Arizona.

En marzo de 1936, tras terminar la temporada de la remolacha en el Valle Imperial, la mujer y los suyos viajaban por la autopista 101 hacia Watsonville, en el condado de Santa Cruz. Esperaban encontrar faena recogiendo lechugas en el cercano Valle de Pájaro.

En el camino, la correa de distribución del coche se rompió. Consiguieron detener el vehículo justo al lado de un campamento de trabajadores estacionales en Mesa de Nipomo. Su asombro fue mayúsculo cuando encontraron entre 2500 y 3500 personas acampadas allí. Al parecer, se había pedido mano de obra en la zona, pero una intensa helada había destruido las plantas y sus frutos, dejando a todos sin trabajo.

Mientras su esposo y dos de sus hijos iban hasta el pueblo más cercano a hacer reparar el radiador, la mujer montó una especie de tienda provisoria y se puso a preparar algo de comer. Años más tarde Florence recordaría que muchos de los críos del campamento, terriblemente hambrientos, se acercaron a pedirle un poco. Fue entonces cuando la fotógrafa Dorothea Lange, que en aquel momento trabajaba para la Resettlement Administration –una agencia federal del gobierno de los Estados Unidos–, aparcó su coche allí y empezó a tomar fotos de ella y de sus hijos. Tiró seis instantáneas en diez minutos.

Las "anotaciones de campo" de Lange para esas imágenes señalan lo siguiente:

Siete niños hambrientos. El padre es californiano. Indigentes en un campamento de pea-pickers... debido al fracaso de la temprana cosecha de guisantes. Esta gente había vendido los neumáticos de su coche para comprar comida.

Tiempo más tarde, Lange escribió sobre su encuentro con Thompson:

No le pregunté ni su nombre ni su historia. Me dijo su edad, tenía 32 años. Me dijo que habían estado viviendo a base de verduras congeladas de los campos vecinos y de pájaros que cazaban los niños. Había vendido los neumáticos de su coche para comprar comida. Allí estaba, sentada en esa tienda con sus niños abrazados a su alrededor, y parecía saber que mis fotos la iban a ayudar, de manera que ella me ayudó [permitiéndome sacarle las fotos]. Hubo una especie de equidad en ello.

Excepto la edad, nada de lo que Lange apuntó o dijo sobre aquella mujer era cierto. La fotógrafa prometió que las imágenes que acababa de tomar no serian publicadas, pero las mandó al San Francisco News y a la Resettlement Administration de Washington apenas tuvo la oportunidad. El News las publicó casi instantáneamente, informando de que había entre 2500 y 3500 trabajadores migrantes muriendo de hambre en Nipomo. En cuestión de pocos días, aquel campamento recibió nueve toneladas de comida, enviadas por el gobierno.

Para entonces Florence Owens Thomspon y su familia ya estaban lejos de allí. Trabajando en Watsonville.

Una de las fotos de aquella improvisada "sesión" –titulada Migrant mother, "Madre migrante"– se hizo famosa; de hecho, hoy es un icono de la Gran Depresión. En ella aparecen Florence y sus hijas Ruby, Katherine y Norma, de 5, 4 y un año, respectivamente. Si bien no hizo dinero con ella (al trabajar a las órdenes de una agencia federal, su trabajo estaba subvencionado), Lange logró un enorme reconocimiento, catapultando su carrera profesional.

Por más de 40 años no se conoció la identidad de esa "madre" retratada en blanco y negro. Hasta que en 1978 el reportero Emmett Corrigan, del Modesto Bee, reconoció a Florence, que entonces vivía en una casa rodante estacionada en el espacio 24 del Mobile Village de Modesto, California. El Bee publicó una carta de Thompson, que fue ampliamente divulgada por la agencia Associated Press. En ella, la mujer decía:

Ojalá no me hubiera sacado esa foto. No puedo sacar ni un centavo de ella. No me preguntó mi nombre. Dijo que no iba a vender las fotos. Dijo que me iba a mandar una copia. Nunca hizo nada de eso.

Imagen: Migrant mother, de Dorothea Lange.