29.3.16

Yerba mate en el Quito colonial

Yerba mate en el Quito colonial

Por Edgardo Civallero

En tiempos coloniales, el uso de la yerba mate (Ilex paraguariensis) en América del Sur no estuvo limitado al cono sur del continente, de donde esa tradición es originaria. La infusión se popularizó en buena parte del Virreinato del Perú, incluso en lugares en donde en la actualidad no se la recuerda. Como Quito, Ecuador.

La prueba no quedó tan reflejada en los escritos de los autores locales (que probablemente considerarían el consumo de mate como una acción cotidiana que no era digna de mención) como en los de los viajeros extranjeros que visitaban el Nuevo Mundo. Especialmente durante la Ilustración, un periodo en el que los viajes de exploración se volvieron muy populares, junto a la publicación de diarios, informes y reportes de esos europeos que recorrían tierras ignotas y describían lo que allí veían.

Sobre el uso del mate en el Quito colonial he compilado tres citas (dos del siglo XVIII y una de inicios del siglo XIX), sospechosamente similares entre sí en cuanto a la descripción del "ritual" del cebado del mate... y a su valoración

La primera pertenece a Jorge Juan y Santacilia (1713-1773) y a Antonio de Ulloa y de la Torre-Giralt (1716-1795). Estos humanistas y científicos españoles (alicantino el primero, sevillano el segundo) formaron parte de la expedición hispano-francesa organizada por la Académie des Sciences de París (1735-1746), cuyo objetivo era medir el arco del meridiano terrestre en el Ecuador para calcular la forma y la dimensión exacta del planeta. Juan y Ulloa terminaron explorando, cartografiando y describiendo toda la costa del Pacífico, desde Panamá hasta Chiloé. Los informes de su expedición se publicaron en 1748 en dos obras diferentes: la "Relación histórica del viage a la América Meridional" y las "Observaciones astronómicas, y phisicas hechas en los Reynos del Perú". De la primera sale esta descripción:

Es muy comun en aquel país el mate, que obtiene el mismo lugar que el té en la India oriental, aunque el methodo de tomarlo sea distinto; componese de la yerva que en toda aquella America está conocida por el nombre de yerva del Paraguay, por ser este el país que la produce. Para disponerlo, echan una porcion de ella dentro de un mate, totumo ó calabacito que tienen á proposito, el azucar proporcionado y un poco de agua fria, la suficiente para que se empape; despues lo llenan de agua hirviendo y, porque la yerva está desmenuzada, lo beben con una bombilla ó cañuto, que, dexando libre el passo á el agua, estorva el de la yerva, y, á proporcion que disminuye aquella, van echándole otra de nuevo y añadiendo azucar hasta que se hunde la yerva, que es señal de necessitar otra. Suelen echarle unas gotas de zumo de naranja agria ó de limón, olor y flores fragrantes. Usan de esta bebida lo regular de mañana en ayunas, y muchos la repiten por la tarde. Ella puede muy bien ser saludable y provechosa pero el modo de beberla es demasiadamente desaliñado porque con una bombilla sola sorben todas las personas que hay en la compañia, tomandola uno luego que otro la acaba de quitar de la boca, y assi van dando la buelta hasta finalizar. Los chapetones entran poco en el uso de ella pero los criollos le son apassionados y, assi, quando caminan, procuran no les falte al concluir la jornada, ocasion en que por el pronto la prefieren á cualquier alimento y, hasta que ha passado rato de haverla tomado, no comen.

Juan, Jorge; Ulloa, Antonio de (1748). Relación histórica del viage a la América Meridional hecho de orden de Su Magestad. Libro V. Capítulo V (Comprehende la noticia del Vecindario de Quito; las Castas que hay en él; sus costumbres, y riquezas). Madrid: Antonio Marín.

Las dos siguientes proceden de una recopilación elaborada por Eliécer Enríquez, director de la Biblioteca Municipal de Quito, en 1938. La primera fue escrita por un autor anónimo y publicada originalmente en italiano en una obra enciclopédica en varios volúmenes titulada Il Gazzettiere Americano, bajo la entrada "Quito":

Una de las bebidas que más toman comúnmente en este país es el mate, muy semejante al té de la China, pero que se prepara y bebe de diferente manera. Se hace de una yerba llamada Paraguay, país de donde nace, se mete la yerba en abundancia en una calabacita forrada de plata con suficiente cantidad de azúcar y un poco de agua para macerarla. Después que se ha dejado en este estado se llena la calabaza de agua, y una vez la yerba deshecha, se bebe el líquido por un canuto fijado a la calabaza la que tiene cerca de la boca una especie de filtro. De esta manera se llena varias veces la calabaza con agua nueva y se mete más azúcar hasta que la yerba precipite al fondo, la cual es señal clara que se necesita otra nueva. Hay también la costumbre de esprimir en el líquido algunas gotas de zumo de limón o de naranja de Sevilla mezclada con perfume de flores olorosas. Esta es su bebida ordinaria por la mañana y muchas la beben también en el día. No hay duda que el licor es agradable pero la manera de beberlo es poco delicada porque se hace dar varias veces la vuelta al vaso del mate en la reunión y todos beben con el mismo canuto hasta quedar satisfechos.

Anónimo (1763). Quito. En Enríquez, Eliécer (comp.) (1938). Quito a través de los siglos. Recopilación y notas bio-bibliográficas. Tomo I. Quito: Imprenta Municipal, pp. 105-125.

La segunda es obra del médico de origen francés Victorino Brandin, de azarosa vida e introductor del sulfato de quinina en la América meridional:

Es también muy común en aquel país el mate, que es una especie de té de la India oriental, aunque el modo de tomarlo es distinto, pues es con una bombilla o canuto. Usan por lo regular de esta bebida por la mañana en ayunas, y muchos la repite por la tarde. Ella puede ser muy bien saludable y provechosa, pero el modo de beberla es demasiado desaliñado, porque con una bombilla sola se sirven todas las personas que hay en la compañía: los naturales son apasionados de este mate, y cuando caminan lo prefieren a otro cualquier alimento.

Brandin, Abel Victorino (1824). De Quito, de su decadencia, voto por su regeneración. De la pacibilidad [sic] de su temperamento. En Enríquez, Eliécer (comp.) (1938). Quito a través de los siglos. Recopilación y notas bio-bibliográficas. Tomo I. Quito: Imprenta Municipal, pp. 146-154.

El rechazo que provocaba la "poco higiénica" forma de consumo del mate no fue exclusivo de los visitantes de Quito. Hablando del mate en Santiago de Chile, John Byron (abuelo de Lord Byron, que cayó prisionero de los españoles) comenta:

Y se tiene por una muestra de cortesía que la señora chupe primero unas dos veces la bombilla y que en seguida se la sirva sin limpiarla al convidado.

Byron, John (1743). Fandangos, toros y penitentes. En Latchman, Ricardo (1941). Estampas del Nuevo Extremo. Antología de Santiago, 1541-1941. Santiago de Chile. Alcaldía de Santiago, pp. 70-74.

Encontrar hábitos actuales –y, sobre todo, hábitos tan extendidos como el consumo de yerba mate– en textos y narraciones de hace tres siglos siempre provoca una sonrisa. Pues el lector se reconoce en las acciones de aquellas gentes del pasado, con las que queda inmediatamente conectado. En este caso, a través del particular gusto de un mate cebado con azúcar y un toque de zumo de naranja.

Más información: Romero, Ximena (ed.) (2003). Quito en los ojos de los viajeros: el Siglo de la Ilustración. [Colección Tierra Incógnita, 28]. Quito: Ediciones Abya-Yala.

Imagen.

22.3.16

Manantiales de sabiduría popular

Manantiales de sabiduría popular

Por Sara Plaza

Recientemente, al comentar con un amigo las dificultades que había tenido para entender algunos pasajes del acto de presentación de un ensayo de filosofía en gallego, me avergonzaba de la profundidad del pozo de mi ignorancia. El problema, le decía, no había sido la lengua, que sigo aprendiendo, sino mi desconocimiento en materia filosófica. Pues bien, unos días después, tuve que volver a lamentar otras lagunas, esta vez en cuestiones de cultura popular. Seguíamos hablando de libros y de escritura, y el obstáculo no eran las palabras, que leía y escuchaba sin grandes tropiezos en un idioma que no era el mío materno, sino, nuevamente, todo lo que no sabía sobre la historia no tan lejana (ni temporal ni espacialmente) de Galicia.

Graxos da Burga. Atronador silencio por respuesta que, pese al aturdimiento inicial, no me impidió empezar a buscar...

Ni rastro en el Dicionario da Real Academia Galega. Primera pista en el Diccionario de Diccionarios. GRAXOS, pilluelos, muchachos vagabundos y desvergonzados, que hacían frecuentes trastadas en la ciudad de Orense; GREXOS, RILLOTES. Y, cito la misma fuente in extenso:

Desde antiguos tiempos tienen los orensanos fama tan justificada de buen humor y de ingenio, que esta simple afirmación es un axioma bien comprobado; pero en la segunda mitad del siglo XIX surgieron inesperados acontecimientos locales, durante unos doce años, que tuvieron en jaque a las personas sensatas y a los serenos de la capital. El caso insólito lo cuenta con cierta gracia irónica el orensano por esencia Valentín Lamas Carvajal, en las páginas de Gallegada. Reproducimos aquí, en castellano, parte de lo que el admirable poeta y gran periodista escribió en impecable y perfecto gallego. Pasaron muchos años –dice–; se olvidaron muchos recuerdos; desaparecieron las más viejas costumbres de Orense; pero no se barrió de la memoria de las gentes el recuerdo de Os graxos da Burga. Aun hoy se extiende por las villas de toda Galicia, pues lo mismo que la sombra acompaña al cuerpo, así esta mala fama va siguiendo y persiguiendo también a los hijos de Orense por donde caminan; y como si se tratase de un foro o de una renta perpetua, venimos pagándola nosotros, sin que nos valga reunir dinero para redimir esta gabela que nos echaron a las costillas antes de que naciésemos. El caso es que poco después del año 1834, en que los frailes fueron expulsados de los conventos, dos huérfanos de 17 años, que no tenían oficio ni beneficio, ni quien les diese de comer, ni sitio donde poder acogerse, cansados de pasar hambre por las rúas, a los ocho días ya encontraron un lugar entre la Burga de Arriba y la Burga de Abajo. En las noches de invierno dormían al calorcillo de las Burgas; en el verano hacían sus fechorías por las tardes cuando los rayos solares retenían en sus casas a los vecinos que no querían achicharrarse, y por las noches salían a tomar el fresco para arrapañar lo que pudiesen. A los pocos días ya contaban con muchos adictos, hijos de familias pudientes y relevantes; a los cuatro meses ya tenían nombradía en más de siete leguas a la redonda, y contaban con su cobijo, que pomposamente llamaban Casino; y sus habitadores eran ya conocidos con el nombre de graxos da Burga. Los más ilustres eran legisladores, ingenieros, arquitectos y trabajadores que fundaron las bases de aquella sociedad de vagos. Para ser graxos da Burga no se pedía patente, ni cuota de entrada, ni certificación de buena conducta, ni los apellidos paterno y materno, ni siquiera el nombre de pila del peticionario para formar parte de la pandilla. Con decir "aquí estou", estaba ya hecha la presentación y la admisión. La ley social de los graxos concentrábase en una frase lapidaria, desnuda de retórica; Todo é de todos. No había, pues, en aquella comandita ganancias, ni pérdidas, ni capital, ni trabajo. Si alguno lograba arrapañar algo bueno en una taberna o en otro lugar lo disputaban todos en hermandad, y pobre del graxo que se atreviese a mordiscar lo que era de todos y para todos. Tuvieron los graxos sus etapas duras y sus malas épocas, y no dejaron de pasar sus fatigas y sufrir sus reveses y contratiempos, pues hasta llegaron a apedrearlos. Fueron la pesadilla y el tormento de los serenos, porque cuando éstos creían tenerlos cogidos o descuidados, las luces del casino se apagaban instantáneamente por arte de brujería, y los héroes del chuzo quedaban burlados. Afortunadamente, el año 1846, con la llegada del provincial de Orense, desaparecieron los graxos da Burga, que han pasado a ser tambores y cornetas después de resistir un asedio en toda regla que le puso un piquete de soldados. Y desde entonces no quedó de los graxos da Burga más que el recuerdo.

Siguiente parada, un artículo del periodista y escritor Diego Ameixeiras en La Voz de Galicia (2015) titulado "O comando da Burga" que me animo a traducir:

Lo que en Estados Unidos se conoce como crook story (relatos desde el punto de vista del delincuente) nació en una época en la que el gangsterismo se propagaba por todo el país a consecuencia de la prohibición de la venta y fabricación de bebidas alcohólicas, instaurada a partir de 1919 con la aplicación de la décimo octava enmienda. La ley allanó el terreno para la aparición de una industria alrededor de los mercados clandestinos, que tuvo su reflejo inmediato en las tramas ideadas por los escritores de [la revista] Black Mask, que no tardaron en ser contratados como guionistas de Hollywood por su conocimiento del mundo criminal. El delincuente pasó de ser un arquetipo reprendido por la moral burguesa a convertirse en un rebelde nihilista cuyas actividades ilícitas no eran más censurables que la corrupción existente en las altas esferas del sistema económico. Desde los bajos fondos de Chicago, el maestro W. R. Burnett abrió la espita en 1929 con la espléndida Little Caesar, ascenso y caída de un gángster de origen italiano identificable con Al Capone. Era la primera vez que se analizaba la sociedad norteamericana a través de los ojos de un criminal.

Llevando el agua a nuestro molino, un pariente lejano de nuestras crook stories (obviemos la ausencia de una reprobación al contexto social en el que surge el delito) puede intuirse en las páginas del esquemático relato Os graxos da Burga de Valentín Lamas Carvajal, publicado originalmente en 1884 en el periódico O tío Marcos da Portela. Citados también por sus contemporáneos Heraclio Pérez Placer y Francisco Álvarez de Nóvoa, los graxos orensanos conformaron una especie de comando juvenil dedicado al robo y a la expropiación hasta que fueron reducidos por un piquete de soldados en 1846. Eran siete: el Mourón, el Pachete, el Portela, el Redes, el Carruxo, el Oso y el Cancheiro. Traídos de un episodio todavía palpitante en la memoria popular auriense, el espejo literario de aquellos rillotes decimonónicos nos mostró por primera vez los escenarios de la marginalidad urbana en nuestro país. No dispararían con una metralleta Thompson, como James Cagney, pero los graxos merecen un puesto de honor entre nuestros delincuentes preferidos.

Nuevo alto en el camino, un artículo del escritor X. L. Méndez Ferrín en el Faro de Vigo (2009), que lleva por título "Cinco acoutacións á 'Esmorga' con Don Ramón e outra xente ao lonxe" (escrito con motivo de la celebración del 50º aniversario de la publicación de la novela de Eduardo Blanco Amor, A Esmorga), del que también traduzco los párrafos que aparecen bajo el epígrafe "De graxos a proletarios":

A partir de un texto de Valentín Lamas Carvajal los varones (no había Casques d’Or ni Moll Flanders ni Garduñas) marginales de la ciudad de Orense, los llamados graxos da Burga (los de Orense decimos "Burga" en singular), entran en la literatura del siglo XIX mediante cuentos de Heraclio Pérez Placer y Francisco Álvarez de Nóvoa y se convierten así en arquetipo literario. Los graxos dormían, en las terribles noches invernales, en unas cuevas que antaño había en la Burga, al cariño de las aguas calientes. Después los graxos pasaban el ardoroso verano bañándose en el río Miño.

Otero Pedrayo recuerda una anécdota que revela el humor de los graxos orensanos; anécdota que toda la población liberal aplaudió.

El temible general Eguía, represor absolutista al que el boticario Chao de Vigo le había volado media mano con la primera carta-bomba de la Historia, hizo leva forzosa de todos los graxos de la Burga que pudo apresar y los incorporó al ejército reaccionario.

–Ya he reclutado a todos los vagos de Orense –dijo el energúmeno.
–Usted cogió los bagos pero en Orense queda la canga le retrucó un graxo al general, que no sabía el significado que las palabra bago y canga tienen en gallego [uva y lo que queda del racimo cuando se le quitan las uvas, respectivamente].

Eduardo [Blanco Amor] recoge la tradición oral y escrita sobre graxos y la lleva a todas sus novelas, especialmente a A Esmorga. Él no utiliza la palabra graxo, sin embargo, porque ésta ya había dejado de usarse en el Orense de su infancia. Por otro lado, los protagonistas de la novela que conmemoramos son unos viciosos, pero no marginales ni lumpen. Son verdaderos trabajadores. Sus figuras son proletarias. A Esmorga es la primera narración gallega en la que los protagonistas son trabajadores urbanos en estado puro.

Ni que decir tiene que cada una de estas citas abrió nuevos caminos, posibilitó nuevos traspiés y dejó pendientes un montón de lecturas de las que seguir aprendiendo.

Otras fuentes de interés:

Para saber más sobre las Burgas: Magia, religión y vida. Apuntes de la literatura etnográfica sobre el agua termal en Galicia. F. Braña Rey. Universidade de Vigo, Ourense, Estado Español. Trabajo presentado en el Congreso Internacional del Agua – Termalismo y Calidad de Vida. Campus da Auga, Ourense, Spain, 2015. [Artículo]

Sobre la crook story, la revista Black Mask y el escritor Raymond Chandler: "Escribir para comer", por Juan Gelman. [Artículo]

Blog de Manuel Gómez Dopazo [Acuarelas]

Imagen: Acuarela de M. Gómez Dopazo, Antiga Fonte das Burgas (2010).

15.3.16

Monstrorum historia

Monstrorum historia

Por Edgardo Civallero

Ulisse Aldrovandi fue una naturalista italiano. Creó uno de los primeros museos de historia natural de los que se tenga constancia, fue científico y explorador, escribió y dictó clases, estudió con pasión la maravillosa diversidad de la naturaleza, y se convirtió en una referencia para las generaciones posteriores. Eminencias como Linneo o el Conde de Buffon lo consideraron el padre de la historia natural moderna, una opinión que se mantiene vigente dentro de la comunidad científica.

Aldrovandi nació en Bolonia en 1522, en el seno de una familia noble. Tras una adolescencia interesante –que incluyó un trabajo como contable, varias idas y venidas a Roma y a Brescia, y una peregrinación a Santiago de Compostela financiada con limosnas– en 1539 ingresó en la universidad de su ciudad natal, donde estudió letras y derecho. Recibido de notario en 1541, comenzó a mostrar interés por la filosofía; tanto, que en 1547 se inscribió en la Universidad de Padua para estudiar esa disciplina... junto con lógica, medicina y matemáticas.

Dos años más tarde, de vuelta en Bolonia, conoció al botánico Luca Ghini, que lo introdujo al fascinante mundo de las plantas. Acusado de herejía –probablemente por respaldar las creencias anti-trinitarias del anabaptista Camillo Renato–, Aldrovandi pasó algunos meses bajo arresto domiciliario, tiempo que aprovechó para estudiar los peces. Entre 1551 y 1554 organizó varias expediciones por toda Italia para recolectar ejemplares animales, vegetales y minerales; se trató de las primeras expediciones de ese tipo de las que hayan quedado registros. Al mismo tiempo, en 1553 se graduó en filosofía y medicina y al año siguiente comenzó a dictar clases de lógica en Bolonia, si bien desde 1555 hasta 1600 enseñaría filosofía. En 1561 se convirtió en el primer profesor de ciencias naturales de la universidad boloñesa (lectura philosophiae naturalis ordinaria de fossilibus, plantis et animalibus) y, para completar la lista de "primeros", sería el primer autor en escribir la palabra "geología" (por lo cual se le suele atribuir la invención del nombre de esa disciplina científica).

A partir de 1567 completó sus clases universitarias, de carácter teórico hasta entonces, con ejercicios prácticos en los cuales mostraba a sus estudiantes ejemplos reales de aquello que les había explicado momentos antes. Fueron estas clases prácticas las que pusieron en evidencia la necesidad de disponer de un jardín o huerto en el que poder cultivar las plantas que usaba en ellas. En 1568, a pedido suyo y siguiendo sus indicaciones, se construyó un jardín botánico público en Bolonia (Orto Pubblico, hoy el Orto Botánico dell'Università di Bologna) que fue pionero en Europa y que estaría dirigido por el propio Aldrovandi durante sus primeros 38 años de existencia.

En el curso de su vida, este incansable naturalista recolectó más de 18.000 especímenes de la diversità di cose naturali con los que creó uno de los primeros museos de la época, que él denominó "teatro della natura". La colección incluía, además de 7000 muestras de herbario, 17 volúmenes de acuarelas y 14 armarios en los que conservaba los grabados xilográficos originales usados para ilustrar sus libros (obras de artistas como Jacopo Ligozzi, Giovanni Neri o Cornelio Schwindt).

A su muerte, en 1605, sus colecciones pasaron a manos del Senato de Bolonia; hasta 1742 se conservaron en el Palazzo Pubblico, luego en el Palazzo Poggi, y en el curso del siglo XIX fueron repartidas entre varias bibliotecas e instituciones. En 1907, una selección representativa se reunió nuevamente en el Palazzo Poggi.

Monstrorum historia
Aldrovandi escribió varios cientos de ensayos y libros, aunque solo un puñado fueron publicados durante su vida (p.ej. "Ornithologiae hoc est de avibus" o "De animalibus insectis libri septem"). El naturalista y médico Bartolomeo Ambrosini se encargó de la publicación póstuma de muchas de sus obras; entre ellas la más conocida es "Monstrorum historia cum Paralipomenis historiae omnium animalium" (1642).

"Monstrorum historia" (cuyo título latino completo podría traducirse como "Historia de los monstruos – Con una crónica de la historia de todas las criaturas vivientes") es una especie de "colección gráfica de rarezas". Además de recolectar plantas y animales, Aldrovandi gustaba de coleccionar imágenes de animales de todo el mundo, especialmente de aquellos singulares o difíciles de encontrar. Gracias al trabajo de artistas como Agostino Carracci, Teodoro Ghisi o Jacopo Ligozzi, creó un archivo personal con más de 8000 ilustraciones (de las cuales unas 3000 se conservan en la Biblioteca Universitaria di Bologna). Todas las ilustraciones que recogían aberraciones, deformidades naturales, ejemplos de anatomía mórbida y, en general, monstruos y criaturas (naturales y míticas) de formas y estructuras extraordinarias o simplemente fuera de lo normal, fueron agrupadas en un único tomo: un verdadero tratado de teratología.

"Monstruorum historia" es un exhaustivo bestiario medieval, profusamente ilustrado y escrito en latín por uno de los mejores naturalistas del Renacimiento italiano. Muchas de las deformidades allí incluidas son reales; otras tantas son meras quimeras. Hay allí hombres con cabezas animales, siameses, andróginos, abortos, basiliscos, harpías, dragones... A pesar de la inexactitud de las imágenes y las descripciones, estas lograron ejercer una notable influencia sobre autores y artistas posteriores, y sobre cómo se entendieron o imaginaron los monstruos a partir de entonces.

Se trata del trabajo recopilador de un espíritu curioso y enciclopédico que no pudo dejar de asombrarse ante la maravillosa diversidad del mundo en el que vivía. Una diversidad que también incluía lo extraño, lo defectuoso, lo deforme, y todo aquello que se saliese de los patrones establecidos.

Versión digital del libro [Unibo.it].
Selección de ilustraciones [Gallica.fr].

Imagen A | Imagen B.

8.3.16

Intención permanente de descubrimiento

Intención permanente de descubrimiento

Por Sara Plaza

En los siguientes párrafos recojo una entrevista que le hicieron alumnos del CEIP Juan Fernández Latorre (A Coruña) al escritor y periodista Manuel Rivas sobre su libro O raposo e a mestra y el oficio de escribir.

Preguntado primeramente sobre qué o quién lo inspiró para escribir ese libro, el autor responde que quien lo inspiró fue un raposo, aclarado enseguida que aunque se dice que los animales no hablan eso no es cierto, los animales tienen sus hablas y sus lenguas, lo que pasa es que no los entendemos. Luego cuenta que a ese raposo le había ocurrido algo terrible y venía huyendo de un monte, el monte Pindo, en el que había habido un incendio terrible que había arrasado la naturaleza. Es el raposo quien le narra a Manuel Rivas la tragedia de la que él consiguió salir con vida, y así es como nació el libro.

A continuación le preguntan por la experiencia de escribir para niños después de haber publicado tantos artículos y libros, y de que alguna de sus novelas fuera llevada al cine. Al escritor se le ilumina la cara y contesta sonriendo que fue una experiencia buenísima, porque de alguna manera lo mejor de nosotros es el niño y la niña que llevamos dentro; aunque nos hagamos grandes y en la vida vayan pasando cosas, ahí siguen la mirada, la forma de observar queriendo saber; es como tener la luna y el sol dentro. Por eso afirma que escribió esta historia fuera de la edad, fuera del tiempo.

Preguntado después sobre lo primero en lo que pensó al escribir el cuento –personajes, trama, canciones populares–, revela que fue en el personaje, en ese raposo durmiendo en su lecho de plumas en la cueva que sueña con viajar y está viendo a otros animales, un raposo muy especial, hijo del lobo Petiso y de la raposa Meiga. E insiste en que a la hora de escribir una historia es muy importante tener un personaje, pues es él quien te va a llevar por la historia si eres capaz de entenderle y seguir sus pasos, si tienes curiosidad por saber lo que hace. De alguna manera, va a ser ese personaje quien escriba y cuente la historia. Siempre hay que estar con los sentidos muy abiertos porque el universo está lleno de historias maravillosas, y la vida quiere contar cuentos, tiene ganas de aventuras.

La siguiente pregunta que le hacen es si cuando escribe se inspira en hechos reales o más bien sale todo de su imaginación. Manuel Rivas intenta explicarles que la imaginación y la realidad no están tan lejos como puede parecer en algunas ocasiones, y que incluso las cosas y los cuentos más fantásticos tienen que ver con la realidad, pues todos esos seres de la fantasía y de la imaginación, como cuando hablamos de hadas o de trasnos, son seres que vienen de una tradición, de una cultura y están relacionados con el misterio de la vida. Añade el autor que a veces nos pasan cosas que nunca pensábamos que nos iban a pasar, e ilustra la idea con la imagen del cielo en Galicia, donde el día puede comenzar con mucho sol y de repente venir una tormenta. Después llama la atención sobre lo extraordinario que es ver una araña tejiendo su tela, y hace hincapié en que la imaginación tiene un hilo directo con la realidad, pues ésta está llena de secretos y de cosas misteriosas, y por eso en la vida hay que estar siempre con una intención de permanente descubrimiento.

A la pregunta de si recuerda cuándo decidió que quería ser escritor y periodista, responde que, aunque a lo mejor hay a alguien a quien le pasa, no suele ocurrir que uno se levanta una mañana y dice "a partir de ahora voy a ser escritor", sino que se trata más bien de un proceso, algo que va desarrollándose dentro de uno. Sin embargo, sí se acuerda de aquellos momentos de la vida en los que escuchó contar historias siendo niño, en los que permanecía agazapado, a veces escondido, escuchando cómo las personas mayores, de la familia o no, contaban algo, y piensa que probablemente ahí nació el escritor. Recuerda también que en la casa de sus abuelos había una escalera, y que cuando les mandaban a dormir él se quedaba escondido detrás de la escalera escuchando las historias, los cuentos y los sucedidos de la vida real que contaban los mayores. Lo que le devuelve a la idea de que seguramente el escritor nació en ese querer oír a los demás, y concluye que la mejor herramienta para ser escritor, escritora o periodista es saber escuchar.

Cuando le preguntan dónde se encuentra más cómodo, si en la profesión de periodista o en la de escritor, el autor dice que depende, pero rápidamente añade que para él no hay mucha diferencia entre ser escritor y ser periodista, pues son dos maneras de contar la vida, dos maneras de escribir. El periodista tiene que hablar de personas reales, con nombre y apellidos, que viven en un lugar concreto, y a la hora de escribir la noticia esos datos tienen que aparecer, pero la crónica no deja de ser una historia que cuentas. En cuanto a la literatura, explica, uno tiene la libertad de escoger los nombres de las personas, pero éstas son tan reales como en el periodismo, aunque se trate de una realidad diferente. ¿Son reales Don Quijote, Romeo y Julieta, Hansel y Gretel, la Cenicienta, Caperucita Roja? Sí, son personajes reales en tanto en cuanto conviven con nosotros y, efectivamente, son parte de la realidad.

Sobre lo que siente al ver en el cine la adaptación de alguna de sus obras, Manuel Rivas les cuenta que a él le gusta muchísimo el cine, también la música y las artes en general, y que cuando va a ver una película está como un espectador más, con mucha curiosidad por saber qué le van a contar y cómo se lo van a contar. Es decir que aunque antes de entrar en el cine él ya sepa que la historia tiene algo que ver o está inspirada en un libro suyo, al apagarse las luces se olvida y es como si se la contaran por primera vez.

El autor no puede escoger entre ninguno de sus relatos porque, dice, cuando escribes, aquello quieres contar te parece lo mejor, lo más interesante, lo más importante en ese momento. Y compara la escritura con una huerta en la que alguien siembra guisantes, o repollos, o flores: cuando se escribe, cuando se siembra, no se piensa que esta historia o este planta va a ser mejor que aquellas otras, cada historia, cada árbol, cada flor son diferentes y por lo tanto son importantes.

Después le preguntan en qué lengua se desenvuelve mejor a la hora de escribir y responde que se desenvuelve mejor en gallego, pero que eso no significa que no le interesen otras lenguas, sino al contrario: cuando amas, cuando tienes mucho cariño por las palabras de la gente del lugar donde naces, o del lugar donde creces, esa lengua hace que te interesen otras lenguas, otros idiomas, cuantos más mejor, porque unas palabras llevan a otras. El autor explica que al contar algo de primeras se expresa mejor con ese primer amor, pero que cuando puede, y en la medida de sus saberes, también le gusta escribir en otras lenguas. Afirma que todas las lenguas son una maravilla y que es una suerte que tengamos tanta diversidad. Vuelve a echar mano de la naturaleza para que los niños se imaginen lo fea que sería la tierra si solo existiese un color y la gente solo hablara de una manera, o lo aburrido y triste que sería el universo si solo hubiera un tipo de árboles. Y les dice: es mucho mejor que existan voces, cantos y colores diferentes.

Al final de la entrevista, después de señalar lo importante, lo hermoso que es una catedral o un faro como la Torre de Hércules, el faro de Breogán, es Manuel Rivas quien hace la última pregunta: ¿qué más importante construcción que una lengua, que son generaciones y generaciones que fueron labrando las palabras, levantado ese bosque de palabras? No podemos perderlo. Perder eso es como si arruináramos nuestros bosques, nuestros ríos, los mares. ¿Qué sería de nosotros sin ellos? Pues a las palabras, al idioma, a la cultura les tenemos que dar el mismo valor.

Fuente

Entrevista a Manuel Rivas por alumnos del CEIP Juan Fernández Latorre (A Coruña) [Video].

Otros videos

O raposo e a mestra, conto musical. Interpretado por Manuel Rivas y César Freiría, más conocido como Cé Orquesta Pantasma. [Video].

O raposo e a mestra, conto musical. Interpretado por Manuel Rivas y Cé, en el CEIP Manuel Fraga de Cariño (A Coruña). [Video].

O rap de Pindo, interpretado por los alumnos de 3º de primaria del CEIP de Leirado (Salvaterra do Miño, Pontevedra). [Video].

Ilustración de Jacobo Fernández Serrano para el libro O raposo e a mestra.

1.3.16

Rascacielos en el desierto

Rascacielos en el desierto

Por Edgardo Civallero

Shibam es una ciudad de unos siete mil habitantes situada en el centro de Yemen, en la región histórica de Hadramawt, la gobernación más grande del país.

Está ubicada en el Wadi Hadramawt, un valle que, como una gigantesca cicatriz, corta de este a oeste el desierto de Ramlat al-Sab'atayn. Antaño fue la capital del antiguo Reino Hadramita (tras la destrucción de su anterior capital, Shabwa, en el siglo III) y, merced a su oasis, una de las paradas obligatorias en las rutas comerciales de incienso y especias que cruzaban el sur de la península Arábiga. En la actualidad, Shibam es conocida internacionalmente por sus altos edificios de arcilla.

Todas las casas de su casco antiguo –un recinto de 330 x 250 m rodeado por una muralla– están hechas con ladrillos de adobe, y sus fachadas se cubren regularmente con una capa de barro espeso que las protege de las inclemencias del tiempo. Al menos 500 de esas viviendas son torres de entre 5 y 11 pisos, que llegan a alcanzar los 40 m de altura. Tan particular arquitectura le ha ganado a Shibam el título de Patrimonio de la Humanidad (UNESCO, 1982).

La ciudad se alza sobre un peñón rocoso clavado en el centro mismo del valle. Hay referencias que la sitúan ya en el siglo II a.C. Sin embargo, una inundación la arrasó casi por completo en 1532, de manera que, a excepción de la mezquita (del siglo IX-X) y la fortaleza (del siglo XIII), los edificios más antiguos que se conservan son del siglo XVI.

En El Gran Libro de Viajes de Selecciones del Reader's Digest (2.ed. Madrid: Selecciones, 1973, pp. 278-9), el viajero y escritor danés Jørgen Bisch (corresponsal del National Geographic, y famoso por sus relatos de viajes por Arabia y Mongolia) cuenta su experiencia en la ciudad a mediados del siglo pasado (cuando el actual Yemen todavía era "Arabia del Sur"). Lo hace en un capítulo, titulado "Rascacielos en el desierto", cuyo texto transcribo íntegro por su brevedad e interés:

Rascacielos en el desierto
Cuando recorriendo Arabia del Sur, surge de pronto ante nosotros la colosal ciudad de Shibam, con sus casas de una altura equivalente a nuestros edificios de diez o doce pisos, nos parece imposible no haberla divisado antes desde varios kilómetros de distancia. Pero, aunque parezca mentira, sólo después de haber cruzado una torrentera y llegado al oasis del mismo nombre, aparece inesperadamente la ciudad, como si acabara de surgir de la nada en aquel mismo instante.

¿Cómo explicar este fenómeno? Después de reflexionar un momento, el misterio queda esclarecido: los colores amarillos, pardos y blancos de las casas se funden hasta tal punto con la arena y las montañas del contorno que, a una cierta luz, la población resulta casi invisible. En realidad, es ésta una ciudad fantástica desde todos los puntos de vista: una Nueva York del desierto, nacida muchos siglos antes que la metrópolis norteamericana, a pesar de que, paradójicamente, su nombre signifique "joven" o "nueva".

Aunque a diferencia de otras ciudades árabes, Shibam carece de murallas, los muros macizos de sus viviendas forman un reducto cerrado casi imposible de ser tomado al asalto por las feroces tribus beduinas. Las aberturas que dan al exterior son simples troneras situadas a muchos metros de altura. Únicamente los pisos superiores tienen verdaderas ventanas, de manera que sólo es posible entrar en la ciudad por las pocas puertas de que está dotada. Además, las altas fachadas de las casas, que dan al desierto, están construidas sobre muros o contrafuertes muy empinados.

Existe una poderosa razón por la cual todas y cada una de estas casas, tanto en el propio Shibam como en el oasis, sean verdaderas fortalezas: en el pasado florecieron aquí muchos feudos. Cuando tribus y familias luchaban unas contra otras, era preciso atrincherarse para sobrevivir. En caso de agresión, a los hombres de la ciudad les resultaba más prudente encerrarse y, desde dentro, calibrar las fuerzas del agresor antes de iniciar el contraataque. A las mujeres, sin embargo, se les permitía salir, ya que el antiguo código árabe garantizaba su inmunidad. Ellas, por lo tanto, podían dirigirse a los pozos con la mayor tranquilidad para acarrear agua y cuidar de que los hombres no careciesen de provisiones durante el asedio.

Rascacielos en el desierto
El único detalle de las viviendas de Shibam lo hallamos en las grandes puertas de entrada. Estas se construyen a menudo con madera de cedro (y con menos frecuencia de troncos de palmeras) y suelen estar primorosamente talladas. La cerradura es notable por lo extremadamente complicado del mecanismo, consistiendo la "llave" en una especie de peine de madera que levanta ciertas palancas y permite descorrer luego el pestillo. También se tallan los marcos de las ventanas, pero éstas son de tamaño tan reducido que apenas cabe la cara del que se asoma a ellas. Sobre muchas ventanas de los pisos superiores cuelgan esterillas de paja a guisa de persianas. Sobre una calle vi una cuerda tendida entre dos casas fronteras, a la altura de un octavo piso, que permitía a los vecinos intercambiar cómodamente víveres, tabaco o cualquier otra cosa sin tener que bajar a la calle.

Shibam, al igual que casi todas las ciudades de Arabia, no ha sido edificada en el mismo oasis; se levanta, en cambio, en un pequeño promontorio cercano a éste. Los pozos, así pues, quedan fuera de los límites urbanos. Por esta razón, durante todo el día una larga procesión de mujeres vestidas de azul va y viene entre la ciudad y las fuentes, siendo ellas –aquí como en cualquier otra parte de Arabia– las que hacen las más duras e ingratas tareas.

Hay veces que, en las primeras horas de la mañana, el oasis en las afueras de Shibam permanece envuelto en una especie de neblina. Esta no es consecuencia de la humedad, como sucede en nuestros países, sino del polvo. Cuando se produce este fenómeno, las montañas que dan fondo a la ciudad parecen dibujar a contraluz las más fantásticas siluetas de caprichosos colores. Algunas cimas parecen estar completamente envueltas en tinieblas cuando, hacia el este, el sol ya ha empezado a dar tonalidades más claras a otras. Mientras tanto, el oasis despierta lentamente. Hace fresco en los primeros albores del día, pero el sol sube rápidamente y a las siete y media ya brilla con toda su fuerza por encima de las montañas. De pronto, el cuadro se anima extraordinariamente. Jóvenes pastores pasan corriendo con sus cabras; otros conducen sus ovejas a las laderas. Los rebaños son tan numerosos que parecen enormes desprendimientos de piedras que rodasen montaña abajo hacia el oasis. Me acuerdo que uno de ellos era conducido por una pastorcita de unos catorce años; cuando intenté sacar una foto de sus ovejas me increpó, indignada, y tuve que apresurarme a explicarle que no era a ella a quien quería retratar.

Pasaron luego por allí algunas jóvenes envueltas en largas y negras vestiduras; muchas de ellas ya llevaban la cara tapada con un velo. Iban camino de los pozos o de los campos de mijo, donde se pusieron a espantar con sus hondas a los tenaces gorriones. Ya se oía en los pozos el chirrido de las poleas: empezaba la jornada.


Las inundaciones de 2008, el ataque de Al Qaeda en 2009, la mala gestión de los sistemas de residuos cloacales y de riego de los campos, y los recientes conflictos armados han puesto en peligro la integridad y la supervivencia de Shibam. Por ello, la UNESCO la colocó, en julio de 2015, en la lista de Patrimonio de la Humanidad en Peligro. Una medida que, por cierto, no la protegerá ni, eventualmente, la salvará. A la espera del siguiente desafío, los rascacielos de barro yemeníes continúan alzando sus siluetas cada mañana por encima del Wadi y del desierto.