29.12.15

Cando pases pola miña praza-butaca...

Cando pases pola miña praza-butaca...

Por Sara Plaza

"Cando pases pola miña praza-butaca, déixame un pequeno sitio". Así se expresaba Federico García Lorca en una carta a Carlos Maside. Se refería a la Praza da Quintana, en Santiago de Compostela, a la que el poeta andaluz vio como un gran escenario, donde la escalinata sería el lugar del público.

El 27 de diciembre del año 1935 la editorial Nós, dirigida por Ánxel Casal, publicaba en Santiago de Compostela el poemario Seis poemas galegos, del poeta y dramaturgo español Federíco García Lorca. La obra estaba prologada por su amigo Eduardo Blanco Amor, quien habría convencido a Lorca para que accediese a publicar esos poemas. No obstante, el poeta, escritor y periodista orensano siempre atribuyó el papel de incitador de esos seis poemas gallegos a Ernesto Guerra Da Cal, quien, en palabras del autor de la novela A esmorga (cuya segunda adaptación cinematográfica, titulada igual que la novela y dirigida por Ignacio Vilar, fue estrenada en noviembre de 2014 en la XIX edición del Festival de Cine de Orense, y ha sido una de las triunfadoras de la 20ª edición del "Festival du Film Espagnol de Toulouse" celebrado en octubre de 2015), habría sido el más íntimo amigo del poeta andaluz: «Él [Lorca] me decía un verso en castellano y yo lo traducía libremente al gallego buscando, como es natural, las palabras que a él más pudieran impresionarle por color, sonido y evocación mágica. Si no le gustaba alguna –pura y simplemente en un juicio poético inmediato– yo le daba otras en opción y él, augustamente, elegía la que le salía de los cojones líricos.»

Aprovechando que acaba de celebrarse el 80º aniversario de la aparición del mencionado poemario, me gustaría compartir en este espacio el prólogo de Blanco Amor (recogido en O pórtico poético dos Seis poemas galegos de F. García Lorca, de Luís Pérez Rodríguez.) y reivindicar con él el encanto del idioma gallego y el de la poesía.

***

Federico García Lorca me llegó, un día cualquiera de nuestra amistad, con un puñado de versos gallegos. Todavía traían en lo tierno de su blandor recién modelado, el movimiento arbitrario de una grafía nerviosa de tachones, curvas y añadidos; plástica de la inspiración –calumniada palabra romántica que hay que recuperar por tantos motivos–; movimiento casi involuntario de la mano, agarrotada por ese eléctrico torrente discontinuo, que al bajar de los sesos a los dedos, se apodera de todo cuanto puede estremecerse en nuestra carne. Y dijo: –«La verdad es que, a pesar de haberme bien leído mi Curros y mi Rosalía, el gallego lo aprendí en los vocabularios precaucionables que añades a tus libros de poemas. Debes ser tú, por lo tanto, quien ordenes éstos y quien los edite y quien los prologue. Y ya está. Y ya se acabó. Y no me hables más de esto hasta que me traigas el libro.»

Poco había que ordenar fuera de la simple anécdota amanuense de sacarlos del dorso de unos recibos, desenredarlos de entre las líneas de un telegrama o ponerlos a flote de las restingas de una carta. Se veía que habían sido escritos en una serie de impromptus, de urgencias y de incontinencias, como los otros; no cultivándolos en macetas de ocios trabajosos y de postizas filologías, sino recogiendo el lagrimón de resina madura en el momento caprichoso en que se le ocurría aparecer sobre la superficie del poeta. No son, pues, versos eruditos elaborados, por virtuosismo y presunción, en lengua prestada, sino tan naturales, tan irremediables y tan 'inspirados' como los que le salen en su idioma de siempre.

Esta proximidad –más que aproximación– del poeta andaluz, no sólo a la estructura morfológica de nuestra lírica, sino a su más honda infraestructura espiritual, no cabe fácilmente en las disculpas pedagógicas de la intuición. Y por ser cosa tan venturosamente inexplicable, yo he resuelto, por unanimidad conmigo mismo, atribuirla al milagro: que a fin de cuentas, es la atmósfera natural y la única lógica de toda poesía, no contaminada por lo académico, lo social o lo didascálico. Es decir, de la poesía.

Muchas cosas, para mi lucimiento y pedantería –pudiera yo hacer como que meditaba, en este pronaos donde el poeta me deja a solas con sus nórdicos ramos y muchas losas pudiera mancharle con el polvo de mis zancadas, falsamente solemnes–. Pero sería pagar una hospitalidad de príncipe con oportunismo de villano. Dejo, pues, para ocasión más confianzuda el devanar cavilaciones, que muchas podrían ser en vista de tan fausto suceso. Pero será cuando no esté en casa ajena.

¡Sería de ver que el idioma gallego, lengua nutricia primero e imperial después, de la lírica de España durante siglos empezase otra vez, como en la época trovadoresca y en la romántica, que fueron sus dos grandes explosiones cíclicas, a rebordar por el mapa adelante, arrastrando en su riada a gentes que van por los desviados caminos; y que fuese un poeta, imperial de suyo, quien viniese en traza de heraldo a gritar la nueva, rindiéndole humildes preseas de voluntario vasallaje.

Esta vez, como siempre, lo gallego no triunfa por el dominio sino por el encanto. (Cuando me dicen que Galicia nunca supo mandar, yo contesto que supo siempre encantar, que es más imperecedera soberanía). Otros llegan también, que yo conozco, al reclamo de esta nueva nidada lírica. No tanto españoles como otros deslumbrados, provenientes de las suaves e hijastras hablas criollas, a demandar el secreto limpio, tenue, florido de esta lengua dulcemente terca, que se empeña en ser inmortal y aparecer de vez en cuando, por entre las rendijas de los siglos, con ojos nuevos de recién nacida. Los síntomas coinciden ya demasiado con los que tuvieron otras grandezas extinguidas, pero que así empezaron: con un lento desperezo luminoso, como las alboradas. En la mañana de este nuestro tiempo de ahora, aquel magnífico Pondal solitario, sacó de su trompa de hierro la profecía, en la gándara desolada, en tierra de Bergantiños. El gran aguilón salió, por magia, de la bocina y se fue por el mar agrisado y por la tierra verde, gritando el verso himnario:

'¡Os tempos son chegados!'

Y la voz de los poetas es la única matemática a que ajustan su arritmia los porvenires, todavía acostados en la entraña de lo que aún no fue, porque su voz es la única que puede convocar la historia nonata. ¿Os tempos son chegados? El poeta español llega, desde la abundancia de su imperio, a herborizar flores pequeñas en el paisaje de nuestra tierra. ¡En todo el paisaje! En el de nuestra ternura: 'Balada do adoescente afogado'; y en el de nuestro paisaje espiritual, que es la saudade: 'Cantiga do neno da tenda'; en el paisaje de nuestro pasado, que son las ciudades santas: 'Madrigal â cibdá de Compostela’; en el paisaje de nuestros muertos: 'Canzón de cuna, pra Rosalía, morta' y en el paisaje de nuestra fe primaria y paisajística: 'Cantiga da Virxe da Barca'. Porque Galicia no es en lo yerto de una platitud moribunda, sino en él lo más riguroso de su vitalidad creadora, otra cosa que paisaje. Digámoslo otras veces: Paisaje. Paisaje. ¿Qué hay? Gracias a él todo lo nuestro nos sigue vivo; y él nos fue, y nos sigue siendo, la referencia indispensable para no perdernos de nosotros mismos y la esperanzada realidad de cada instante y la energía eterna contra el cotidiano desaliento. Y ya que García Lorca, poeta de todos los sures más antípodas, entra en nosotros precisamente por esta múltiple puerta verde, a decir todos con rudo acento himnario:

'¡Os tempos son chegados!'

En el siglo XV un castellano, El Marqués de Santillana, escribía al Condestable de Portugal una carta de información literaria. Y en ella: «No ha mucho tiempo cualesquier dezidores e trovadores de estas partes, agora fuesen castellanos, andaluces o de la Extremadura, todas sus obras componían en lengua galaica o portuguesa». Y terminando el XVI un sevillano, Argote de Molina, continuaba: «Si a alguno le pareciera que Macías era portugués, esté advertido que hasta los tiempos de Enrique III todas las coplas se hacían comúnmente en lengua gallega». Y en el XIX Menéndez y Pelayo, concluía: «No se puede desconocer que el primitivo instrumento del lirismo peninsular, no fue la lengua castellana, ni la catalana tampoco, sino la gallega que, indiferentemente para el caso, (en aquella época eran la misma) podemos llamar gallega o portuguesa». Los Cancioneros todos, desde el de Resende hasta el de Baena, que es el de divisoria o deslinde, están llenos de poetas de otras tierras y lenguas –el Rey don Alfonso, el propio Santillana, Villasandino– que usaron con amorosa afición la de Galicia. Federico García Lorca viene a ella con la gravitación natural de otros grandes de otros tiempos. Y ahí os lo dejo para vuestra devoción y para nuestro estímulo. A mi me tiembla la mano –y el ánima– al ponerla sobre estos versos, que ya nos nacen reliquia, para echar más allá un acento o traer más acá un desmandado apóstrofo. Pero nada más que para eso. Toda su naturalidad fue pulcramente respetada. Mi complicidad se reduce a un leve paso por las ajetreadas cuartillas con probidad de pendolista y ortográfica. ¡Y que aun esto me sea perdonado!"

Luar Na Lubre - Chove en Santiago. [Video].

«Chove en Santiago / meu doce amor. / Camelia branca do ar / brila entebrecida ô sol. / Chove en Santiago / na noite escura. / Herbas de prata e de sono / cobren a valeira lúa. / Olla a choiva pola rúa, /laio de pedra e cristal. / Olla o vento esvaído / soma e cinza do teu mar. / Soma e cinza do teu mar / Santiago, lonxe do sol. / Agoa da mañán anterga / trema no meu corazón».

Imagen.

22.12.15

En el corazón del mar

En el corazón del mar

Por Edgardo Civallero

Uno de los estrenos cinematográficos que ofrece la cartelera en este cierre de 2015 es In the Heart of the Sea, la adaptación a la gran pantalla de la novela homónima del estadounidense Nathaniel Philbrick, una obra publicada en 2000 y ganadora del National Book Award for Nonfiction de ese año. Libro y película narran, con distintos grados de respeto a la realidad histórica, las desventuras del ballenero Essex, un barco de Nantucket (EE.UU.) que en 1820 fue atacado y hundido por un cachalote en alta mar, dejando a sus tripulantes varados en el medio del océano Pacífico, a 3700 km al oeste de las costas sudamericanas.

Si el argumento suena conocido es porque Herman Melville se inspiró en el testimonio de uno de los ocho supervivientes del Essex para escribir Moby-Dick (1851). La realidad, sin embargo, supera –como siempre– cualquier ficción posible.

El Essex no era un barco nuevo. Tampoco era grande, ni tenía el tonelaje apropiado para dedicarse a la caza de ballenas. Sin embargo, sus viajes solían dar buenos réditos (contados en barriles de aceite), de modo que se ganó un cierto renombre como navío "afortunado". Y ya se sabe que, entre la gente de mar, los renombres y las leyendas suelen pesar tanto o más que los hechos.

El barco zarpó de la isla de Nantucket –un afamado puerto ballenero ubicado frente a las costas del estado estadounidense de Massachussetts, en el océano Atlántico– el 12 de agosto de 1819. Si todo iba según los planes, realizaría un viaje estándar de dos años y medio a los caladeros de las costas occidentales de Sudamérica. Iba capitaneado por George Pollard, que con sus 29 años era uno de los hombres más jóvenes de la época al mando de un ballenero, y llevaba como primero de a bordo a Owen Chase, de 23 años. Estaba provisto de cinco botes de 8 m de eslora, que eran los utilizados para arponear las presas, y contaba con una tripulación de 18 hombres, entre los que se encontraba un jovencito de 14 años, Thomas Nickerson.

Dos días después de abandonar Nantucket, una turbonada embistió al Essex, lo tumbó sobre un costado y a punto estuvo de hundirlo. Perdió el juanete –una de las velas– y dos de los botes, en tanto que un tercero quedó severamente dañado. A pesar de semejante descalabro, el capitán Pollard decidió seguir viaje sin reparar la vela ni reponer los botes y, así, bordearon el Cabo de Hornos en enero de 1920. El pasaje de aquel emblemático extremo geográfico tomó cinco semanas, un tiempo exageradamente dilatado incluso para aquella época de lentas travesías a vela. Este hecho, unido al accidente anterior, hizo que la tripulación comenzara a hablar de malos augurios. Sin embargo, las murmuraciones se dejaron de lado, pues una vez en aguas del Pacífico sur comenzaba la caza. El navío fue subiendo por la costa oeste sudamericana hasta llegar a la hoy famosa playa de Atacames, en Ecuador, sin encontrar apenas ballenas: el área estaba sobreexplotada.

Fue allí en Atacames en donde los marineros del Essex oyeron hablar de unos nuevos caladeros ubicados a unos 4600 km al sur y al oeste, en medio de los Mares del Sur, en una zona prácticamente desconocida, con abundantes islas que las leyendas poblaban de caníbales, y peligrosamente alejada de tierra firme. La distancia era inmensa, descomunal para la navegación de aquellos días (y lo sigue siendo, incluso para la navegación actual). Sin embargo, Pollard y los suyos no podían volver a Nantucket con las manos vacías, y dados los magros resultados obtenidos hasta el momento, apostaron por aquellos nuevos y remotos "campos". Antes de enfilar la proa hacia el sur, empero, se dirigieron a isla Floreana (entonces Charles Island), en las Galápagos, en donde los balleneros solían aprovisionarse de comida y agua. Debido a la necesidad de realizar algunas reparaciones, se detuvieron primero en isla Española (entonces Hood Island), en octubre de 1820. Allí, y en el plazo de una semana, capturaron 300 tortugas gigantes. Luego se desplazaron a Floreana, en donde atraparon 60 tortugas más, y en donde desataron un fuego que arrasó toda la ínsula; según se cree, el incendio resultó en la extinción de dos especies endémicas.

Una vez puesto el rumbo hacia los Mares del Sur, la tensión fue creciendo con el paso de los días, especialmente debido a la falta de presas. Finalmente, el 20 de noviembre de 1820 el vigía anunció que había divisado los blancos surtidores de vapor provocados por las ballenas al respirar. Se trataba de un grupo numerosos de cachalotes, de modo que los tres botes del Essex salieron en su persecución. Mientras unos cazaban y otros regresaban al barco para unas reparaciones en su bote, la tripulación del navío se percató de la presencia de un descomunal macho de cachalote, de unos 26 m de longitud, que actuaba de forma extraña. Se había quedado quieto a unos metros del barco, observándolo fijamente con la cabeza fuera del agua, y acto seguido había empezado a nadar hacia uno de sus lados a toda velocidad. El animal embistió violentamente al Essex y luego se colocó bajo el casco, golpeándolo con furia en repetidas ocasiones. Tras eso emergió al costado de la embarcación y se quedó inmóvil como si estuviese conmocionado. Chase, que estaba a bordo, pensó en arponearlo, pero se dio cuenta de que la enorme cola del animal estaba junto al timón y que cualquier movimiento del cachalote destrozaría esa vital pieza y los dejaría varados. La ballena volvió a ponerse en movimiento, se alejó y se encaró otra vez con el barco. Chase señalaría luego que el animal se movía al doble de su velocidad habitual, que llevaba la cabeza prácticamente fuera del agua y que parecía poseído por la rabia y la venganza. La bestia encastró la cabeza en la proa: el golpe fue tan brutal que hizo recular al navío. Una vez que pudo arrancarse de la maraña de maderos astillados, el cachalote desapareció.

Y dejó al Essex hundiéndose.

Tras pasar dos días rescatando lo poco rescatable, los 20 náufragos decidieron poner rumbo a las costas sudamericanas, tras oponerse a los planes de su capitán, que había señalado las islas Marquesas como destino más seguro. Las Marquesas, se rumoreaba, estaban habitadas por caníbales, de modo que los navegantes iniciaron su periplo hacia América: para ello necesitaban cubrir 1600 km en dirección sur, hasta dar con los Vientos del Oeste, que los llevarían hasta Chile, 4800 km al este.

Si bien la comida y la bebida se racionaron desde un primer momento, a las dos semanas los hombres ya se habían comido todo y estaban bebiendo su propia orina. Justo cuando parecía que iban a morir de sed, dieron con la isla Henderson, en el archipiélago de las Pitcairn. Allí encontraron un pequeño manantial de agua dulce, y pudieron cazar cangrejos y aves, y comer huevos y algunas plantas. Lamentablemente, los recursos eran limitados: en una semana acabaron con buena parte de lo que podía comerse, y el 26 de diciembre llegaron a la conclusión de que morirían de hambre si se quedaban allí. Excepto tres hombres que decidieron permanecer en Henderson, librados a su suerte, los demás partieron al día siguiente, confiando en alcanzar la isla de Pascua. Sin embargo, a los tres días habían acabado con las provisiones de cangrejos y aves que llevaban, y para el 4 de enero entendieron que se habían desviado muy al sur como para alcanzar el destino programado.

Fue a partir de ese momento cuando, uno a uno, comenzaron a morir.

El bote en el que viajaba Chase se separó de los demás por una tormenta. Sus tripulantes fueron muriendo y, enfrentados a un destino más que cierto, los supervivientes resolvieron comer uno de los cadáveres para mantenerse con vida, el 8 de febrero de 1821. Una semana después, los tres hombres que aún se mantenían con vida en ese bote, Chase incluido, se habían quedado nuevamente sin comida. Milagrosamente, el día 18 de febrero fueron rescatados por el ballenero inglés Indian.

Para mediados del mes de enero, los otros dos botes también habían agotado sus provisiones, y tras un largo e imparable rosario de muertes, los que quedaban decidieron conservar los cadáveres como comida. Una de las embarcaciones fue arrastrada por una tormenta y los que iban en ella no volvieron a ser vistos. En la otra, en la que viajaba el capitán Pollard, sobrevivieron tres hombres, que terminaron royendo hasta los últimos restos de los huesos de sus compañeros. El día 23 de febrero fueron rescatados, cuando casi tocaban las costas sudamericanas, por el ballenero Dauphin, también de Nantucket. Para entonces los hombres estaban prácticamente desquiciados.

Los que iban con Chase, tras unos días de reposo en el puerto chileno de Valparaíso, fueron transferidos a la fragata estadounidense Constellation. Antes habían dado instrucciones para que un carguero australiano fuese en busca de los que quedaron en la isla Henderson; milagrosamente, fueron rescatados con vida. El 17 de marzo, el grupo de Pollard se reunió con el de Chase, y juntos retornaron a su hogar.

Pollard volvió al mar en 1822, pero su ballenero encalló. Lo mismo sucedió con el mercante en el que embarcó luego, de modo que se ganó fama de Jonah (gafe) y nadie lo quiso a bordo. Tuvo que retirarse y terminó trabajando como el vigilante nocturno de Nantucket.

Para cuando Chase llegó a la isla, en junio de 1821, ya tenía una hija de más de un año. Cuatro meses después de su retorno terminó de escribir un relato del desastre, que tituló Narrative of the Most Extraordinary and Distressing Shipwreck of the Whale-Ship Essex ("Relato del extraordinario y angustioso naufragio del ballenero Essex"), y que Herman Melville usó como una de sus fuentes. Chase siguió navegando hasta que tuvo su propio ballenero, el Charles Carrol; continuó en el mar otras dos décadas antes de retirarse. Las memorias del órdago que tuvo que vivir lo persiguieron de por vida: ya de mayor sufría jaquecas y padecía terribles pesadillas. Al final de sus días comenzó a esconder comida en el ático de su casa, y tuvo que ser ingresado en un manicomio.

Thomas Nickerson, el muchachito que se embarcó con 14 años y que estuvo entre los supervivientes, se convirtió en un capitán del servicio mercante y escribió su propia versión de los hechos, que tituló The Loss of the Ship Essex Sunk by a Whale and the Ordeal of the Crew in Open Boats ("La pérdida del Essex, hundido por una ballena, y el suplicio de la tripulación en botes abiertos"), y que fue publicada recién en 1984 por la Nantucket Historical Association.

Años más tarde se encontró un bote con varios esqueletos varado en una playa de una isla del Pacífico sur. Aunque jamás se pudo comprobar, muchos creyeron que allí estaba el bote perdido del Essex. El furibundo cachalote que hundió al ballenero, por su parte, jamás fue vuelto a ver.

15.12.15

¿A qué viene tanto triunfalismo?

¿A qué viene tanto triunfalismo?

Por Sara Plaza

El pasado sábado 12 de diciembre, apareció en el diario británico The Guardian un artículo de opinión firmado por el analista George Monbiot titulado Grand promises of Paris climate deal undermined by squalid retrenchments. En los siguientes párrafos me gustaría compartir algunas de sus reflexiones. Asimismo, quisiera invitarles a leer este otro artículo de Daniel Tanuro (ingeniero agrícola belga especializado en temas medioambientales, veterano militante ecosocialista y editor del periódico La Gauche) sobre si la COP21 ha "conciliado lo inconciliable", que lleva por título Más allá del espectáculo la botella está vacía al 80%, y fue publicado al día siguiente en Viento Sur.

Monbiot comienza diciendo que el acuerdo alcanzado en la reciente Cumbre del Clima celebrada en París es un milagro si uno piensa en lo que podía hacerse. Sin embargo, inmediatamente después añade que, en términos de lo que debía haberse hecho, dicho acuerdo no deja de ser un completo desastre.

Según este analista, dentro del estrecho margen que ofrecían las conversaciones, el acuerdo alcanzado en París es un gran éxito. Un acuerdo que aún tiene que ser adoptado formalmente [pues, como apunta Daniel Tanuro, "entrará en vigor el año 2020 si es ratificado por 55 países de los firmantes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y si esos 55 países representan al menos el 55 % de las emisiones de gas de efecto invernadero. Vistas las posiciones adoptadas en Paris, no parece que esta doble condición constituya un obstáculo, pero la no-ratificación del Protocolo de Kioto por Estados Unidos muestra que siempre puede haber sorpresas…"] y cuyo objetivo declarado es, después de décadas rechazándolo, que el incremento medio de la temperatura del planeta no sobrepase los 2ºC (por encima de los niveles preindustriales), y hacer lo posible para que no supere los 1,5ºC. De ahí que Monbiot considere que, en ese y otros sentidos, el texto final es más sólido de lo que muchos anticipaban. No obstante, fuera de ese marco, el autor duda de que ninguno de los negociadores que se han reunido en París piense en serio que, como resultado de lo pactado, el incremento se mantendrá por debajo de esos 1,5ºC, pues incluso el límite de los 2ºC resulta tremendamente ambicioso, y así queda reconocido en el preámbulo del acuerdo.

Un poco más adelante, Monbiot señala que nuestros gobiernos, los mismos que hablan de no dejar como legado a las generaciones futuras la deuda, acaban de acordar legarles algo mucho más peligroso: el dióxido de carbono producido por la quema continuada de combustibles fósiles, y sus repercusiones a largo plazo en el clima. Ese calentamiento global de 2ºC significa que importantes partes del planeta se volverán cada vez más inhabitables, y sus pobladores, dependiendo de la región, padecerán peores sequías, peores inundaciones, mayores tormentas... El abastecimiento de alimentos se vería afectado, e islas y zonas costeras de muchas partes del mundo podrían desaparecer bajo el agua. La acidificación de los océanos, la desaparición de los corales y el deshielo del Ártico supondría el colapso de cadenas alimentarias marinas enteras. Mientras tanto, en tierra firme, los bosques tropicales irán retrocediendo, numerosos ríos se secarán y aumentarán las extensiones desérticas. Todo lo cual lleva al autor a afirmar que la extinción masiva podría convertirse en la auténtica seña de identidad de nuestra época, y que ese y no otro es el aspecto que tendrá el "éxito", tal y como lo entienden los "entusiastas" delegados que se felicitaron y aplaudieron mutuamente al concluir la Cumbre del Clima en París. [En términos no muy diferentes se expresaba recientemente en Sevilla Serge Latouche, según se recoge en esta breve crónica: "El filósofo francés prefiere hablar de hundimiento antes que de crisis para referirse a una sexta extinción de las especies que avanza a 'una velocidad aterradora' y tendrá como una de sus principales víctimas al ser humano. 'El drama es que no creemos en lo que sabemos y, por tanto, no hacemos nada. Los 140 jefes de gobierno que se van a reunir en Paris lo saben y no van a hacer nada', en referencia a la Cumbre del Clima de París."]

Pero es que, a decir de Monbiot, las cosas pueden salir mal incluso en los términos establecidos. En el texto final han desaparecido las fechas y los porcentajes especificados en los primeros borradores, y solo se dice que: "las partes [los países] se plantean alcanzar un máximo global de emisiones lo más rápido posible". Y esto, en opinión del analista británico, puede significar cualquier cosa y nada.

No obstante, sostiene este autor, el fracaso no habría que atribuírselo solo a las conversaciones de París, sino a todo el proceso, pues el objetivo de esos 1,5ºC que hoy resulta ambicioso e improbable, hubiera sido perfectamente alcanzable hace veinte años, cuando en 1995 se celebró en Berlín la primera conferencia de Naciones Unidas sobre cambio climático. Para Monbiot, que dos décadas después la ventana de oportunidad esté tres cuartos cerrada [Daniel Tanuro mantiene que "la botella de la COP21 está vacía en sus cuatro quintas partes"] se debe al aplazamiento provocado por las presiones –"manifiestas, encubiertas, y a menudo absolutamente siniestras"– del lobby de los combustibles fósiles, y a la resistencia de los gobiernos a explicar a su electorado que pensar a corto plazo tiene costes en el largo plazo. Lo que le lleva a aclarar que, si bien las conversaciones de París han sido las mejores de todas las que ha habido hasta ahora, eso no deja de ser una crítica terrible.

Y lo es porque el abordaje de Naciones Unidas ha estado enteramente centrado en el consumo de combustibles fósiles, ignorando por completo su producción: los delegados que acudieron a París han aceptado reducir la demanda pero cada país intentará maximizar la oferta. Así lo cuenta Monbiot en la parte final de su artículo, advirtiendo que mientras la cruda y dura realidad sigue siendo el hecho innegable de la extracción de combustibles fósiles, el acuerdo al que se ha llegado en la capital francesa es un compendio de realidades muchísimo más frágiles: "promesas que pueden escurrirse o deshacerse. Hasta que los gobiernos no se comprometan a mantener los combustibles fósiles bajo tierra, continuarán debilitando el acuerdo alcanzado".

Insisto en la invitación a leer cuidadosamente el análisis de Daniel Tanuro... "Los clima-negacionistas parecen estar a punto de perder la partida en el seno de la clase dominante, y está bien. Sin embargo, nos equivocaríamos si considerásemos relajadamente que el acuerdo de Paris es una señal fuerte, que acabará con las energías fósiles o definirá el cambio hacia una transición justa como han dicho algunos. Los culpables del desastre –a grandes rasgos, el sector de las energías fósiles y del crédito– controlan con firmeza el timón. [...] Miremos la realidad cara a cara. Lo que se está planteando, en nombre del "desarrollo durable", es anti-ecológico, antisocial, no salvará el clima y exigirá más represión para quebrar las resistencias y hacer callar a las y los disidentes. Decretado con el pretexto de la lucha contra el terrorismo, el Estado de excepción es, a fin de cuentas, muy revelador de algunas de las tendencias ocultas de esta COP21."

8.12.15

Transiciones

Transiciones: [Agua] en la Sierra Norte de Madrid

[Agua] en la Sierra Norte de Madrid
Por Edgardo Civallero

Las siguientes fotos han sido tomadas a lo largo de los últimos siete años en la "sierra norte" de Madrid (Sierra de Guadarrama, comunidad de Madrid, España). Reflejan los distintos estados del agua y las transiciones entre ellos: el paso de gaseoso a líquido, de líquido a sólido, de sólido a líquido, de líquido a gaseoso.

Debido a los notables cambios en el clima y en los ciclos naturales (particularmente en el ciclo estacional del agua), algunas de las realidades y de las especies que se muestran en estas fotografías desaparecerán en los próximos años.

Tales cambios en los ciclos naturales son producto de la actividad humana. Y se están volviendo irreversibles.

[Las imágenes forman parte de un libro digital que puede visualizarse en línea en Issuu o descargarse, como .pdf de baja calidad, a través de este enlace].

Transiciones: [Agua] en la Sierra Norte de Madrid

Fase gaseosa I. Nubes sobre un grupo de álamos.


Transiciones: [Agua] en la Sierra Norte de Madrid

Fase gaseosa II. Nieblas en un bosque de pinos negros.


Transiciones: [Agua] en la Sierra Norte de Madrid

Transición I. Niebla condensándose sobre frutos de espino vero.


Transiciones: [Agua] en la Sierra Norte de Madrid

Fase líquida I. Gotas de lluvia sobre hojas de col.


Transiciones: [Agua] en la Sierra Norte de Madrid

Fase líquida II. Arroyo entre botoneras y tomillos.


Transiciones: [Agua] en la Sierra Norte de Madrid

Transición II. Agua con hojas de rebollo y avellano, evaporándose.


Transiciones: [Agua] en la Sierra Norte de Madrid

Fase gaseosa III. Nubes bajas sobre rebollos, saces y chopos.


Transiciones: [Agua] en la Sierra Norte de Madrid

Transición III. Lluvia sobre tréboles blancos.


Transiciones: [Agua] en la Sierra Norte de Madrid

Transición IV. Nieve sobre manzanas maíllas.


Transiciones: [Agua] en la Sierra Norte de Madrid

Fase sólida I. Charco helado sobre hoja de rebollo.


Transiciones: [Agua] en la Sierra Norte de Madrid

Transición V. Agua de deshielo corriendo entre bloques de granito.


Transiciones: [Agua] en la Sierra Norte de Madrid

Transición VI. Aclaraguas sobre agua cárdena en evaporación.


Transiciones: [Agua] en la Sierra Norte de Madrid

Fase gaseosa IV. Mar de nubes sobre bosque de pinos negros.


Transiciones: [Agua] en la Sierra Norte de Madrid

Transición VII. Niebla condensándose sobre flores de pruno.


Transiciones: [Agua] en la Sierra Norte de Madrid

Fase líquida III. Gotas de lluvia sobre la hierba.


Fotografías: Edgardo Civallero.

1.12.15

La curiosidad, pero no solo, nos trajo hasta aquí

La curiosidad, pero no solo, nos trajo hasta aquí

Por Sara Plaza

Para Xosé Luís e mais Vitoria.

No hace ni dos años que empezamos a leer artículos breves en gallego, siempre con la traducción al castellano más abajo. Con el tiempo los artículos se fueron alargando, las traducciones desaparecieron y el diccionario en línea de la Real Academia Galega y el "de peto" bilingüe de Cumio se volvieron y siguen siendo de consulta obligatoria. Por la parte escrita, a los artículos se sumaron cartas, a las cartas ensayos, a los ensayos novelas, a las novelas poesía, a la poesía historia... Y por la parte oral a los programas de "Alalá" les siguieron los capítulos de "Historias de Galicia", entre unos y otros se colaron los microespacios de "Ben falado!", las búsquedas en Internet nos permitieron escuchar varias entrevistas en la radio y la televisión gallegas y alguna que otra conferencia en la Universidad de Santiago.

Ha sido un caminar despacioso que continúa y que, casi sin darnos cuenta, nos ha permitido pisar o bien empezar a vislumbrar rincones apenas imaginados antes de echar a andar. Rincones del paisaje natural, humano y cultural de Galicia, desconocidos hasta entonces la mayoría, malaprendidos los poquitos que creíamos conocer. ¿Y cuál está siendo la mejor guía y compañera de esta pequeña odisea? Sin duda la lengua propia de ese pueblo. Sin el gallego, sin los amigos que nos lo enseñan a diario, que nos abren los ojos y nos dejan entrar hasta la cocina para ver cómo se cuecen en ella luchas y resistencias cotidianas, que nos ayudan a interpretar los microclimas que coexisten en su tierra y, me atrevería a decir, en cada uno de sus pobladores, sin la lengua, decía, sin nuestros amigos y sin las conversaciones que, atravesando una añosa carballeira, frente a ese mar más alto que el cielo, bajo los racimos de uvas que cuelgan de los emparrados de la aldea, o empapados de pies a cabeza por las calles de Santiago, jamás hubiéramos logrado desgranar decires y sentires, hechos y desfeitos, brincadeiras y reviravoltas.

Y ahí está también esa conversación inacabada a golpe de correo electrónico, salpicada de enlaces a nuevas lecturas, que estos días nos ha hecho cruzar el Atlántico de nuevo, aunque fue hace unos meses, viendo el capítulo 9 de "Historias de Galicia", titulado Sempre en Galiza, cuando nos sentamos de vuelta en Plaza de Mayo para "leer" por primera vez el siguiente párrafo del libro homónimo de Alfonso Castelao:

Ainda que os factores económicos fosen d-abondo para esplicar o fenómeno migratorio de Galiza é o certo que nós sabemos andar pol-o mundo a cata de benestar, e que os demáis hespañoes morren de fame con tal de non enfiaren camiños descoñecidos. Os galegos sabemos arranxar os papeis e pedir un pasaxe de terceira; sabemos agacharnos nas bodegas d-un trasatlántico cando non temos diñeiro; sabemos pillar estradas c-un fatelo ao lombo ou empurrando a roda de amolar; sabemos abrir fronteiras pechadas e pedir traballo en todal-as língoas; sabemos, en fin, canto debe saber un bó camiñante, ainda que o viaxe sexa o primeiro da nosa vida.

Manuel Rivas en esa "historia familiar, individual y colectiva situada en un tiempo que no es presente ni pasado sino presente recordado", que es Las voces bajas, cuenta:

Me comentó un día que tenía algo para mí. Fui a la pensión en la que vivía, un cuarto muy modesto. Me dio un libro con mucho sigilo y me dijo: "¡Llévalo escondido debajo de la ropa y no lo saques hasta llegar a casa!". Era el Sempre en Galiza de Castelao, escrito en el exilio y editado en América, y conocido como la Biblia gallega. En casa anduvo por todas las manos. Nadie apagaba la luz. Un libro acostumbrado a vivir escondido, de la estirpe de decir lo que no se podía decir. Con humorismo y dolor. Escrito por un hombre que estaba perdiendo la visión. Envejecido, derrotado, abrumado por el avance del nazismo, con el sentimiento de culpa del superviviente, Castelao ve desde su habitación cómo se van iluminando las ventanas de otras habitaciones de Manhattan. Está hundido. Solo. Escribe: "Soy hijo de una patria desconocida". Pero ocurre algo extraordinario. El golpe de mar. El andar de Charlot. Se va a Harlem. Es un día de invierno. Dibuja a un joven vagabundo negro. Tal vez el mejor retrato de su vida. Escucha, dice mi madre con la biblia laica en la mano, ¿cuál es la Santísima Trinidad de Galicia? La vaca, el pez y el árbol.

Sempre en Galiza fue publicado por primera vez en Buenos Aires en el año 1944. El escritor y periodista Xosé Neira Vilas, fallecido el pasado 27 de noviembre a los 87 años, desembarcó en aquella ciudad con apenas 20 años, y no llegó a conocer a Castelao. En una entrevista concedida al diario Sermos Galiza el pasado mes de octubre recordaba: "[...] cuando yo llegué el vivía todavía pero estaba ya muy enfermo, murió meses después. Vi su entierro, las carrozas, hubo mucho movimiento en la ciudad." Al ser preguntado cuál era el ambiente galleguista allí, respondía Neira Vilas: "Nosotros éramos muy radicales, veníamos siendo las juventudes de la Irmandade Galega, que a su vez era el Partido Galeguista, que no podía existir como partido en otro país. Hacíamos muchas cosas: actos culturales, protestas y teníamos un periódico, Adiante, en gallego". Y sobre la editorial Follas Novas que fundó junto con su compañera Anisia Miranda, explicaba el autor de Memorias dun neno labrego: "La conocí en un acto de una conferencia de Suárez Picallo sobre Rosalía, así que ella empezó a acercarse a las Mocedades y luego fuimos amigos, hicimos juntos la carrera de periodismo y nos casamos en el 57. Ese mismo año fundamos Follas Novas en nuestra propia casa. Fue una pequeña editorial, publicamos 7 u 8 libros nada más, pero nuestro trabajo principal era concentrar todo libro gallego que se publicara en cualquier parte del mundo y lo enviábamos a toda América, a los exiliados, a las universidades, a las sociedades gallegas."

El primer artículo póstumo de Xosé Neira Vilas que acaba de aparecer, es uno que envió a la Real Academia Galega sobre Sempre en Galiza, y lleva por título "O libro definidor". Neira Vilas recuerda que conoció la obra cumbre de Castelao en el año 1950, cuando llevaba un año en Buenos Aires: "Comencé a desgranarlo en la biblioteca del Centro Galego. En 1953 fundamos las Mocedades Galeguistas y para autoformarnos lo estudiábamos en sesiones sabatinas abiertas". Con Anisia Miranda lo incluyeron en el catálogo de Follas Novas, y así narraba el periplo de la biblia laica gallega que aparece en la novela de Manuel Rivas:

Cada viaxeiro amigo traía un exemplar, que lían decenas de mozos, segundo fun sabendo, e servía para a súa formación galega. Isto beneficiou a centos de mozos. Tamén inventamos un membrete (coido que co nome dunha perfumería) e fixemos chegar exemplares por correo postal. Talvez fosen requisados algúns, pero os máis deles soubemos que chegaran e que foran igualmente útiles a múltiples lectores. A existencia deste libro foise coñecendo en Galicia e de aí que lle serviramos a unha distribuidora mexicana (Atrante S. A.), a través dun tal Alvarado que a representaba na Arxentina, todos os exemplares que quedaban para distribuílos clandestinamente en Galiza.

Un día después de fallecer Xosé Neira Vilas, moría Xosé Chao Rego, a quien el propio Rivas se refirió alguna vez como el "escritor relixioso ó que len tódolos ateos". A ambos dedicaba el autor de O último día de Terranova (Xerais, 2015) un precioso artículo en La Voz de Galicia titulado "Dous nenos na Liña do Horizonte", que arranca así: "Agora estou a velos, aos dous, na Liña do Horizonte. É curioso. Non os vexo como vellos. Teñen a presenza, o xeito e a fala de dous nenos das viñetas de Castelao." Y un poco más adelante continúa diciendo: "Os dous foron activistas. É unha palabra que molesta aos que vén a cultura como unha variedade estupefaciente. Mais ser activista significa non ser conformista. Ter por musa a conciencia. E mesmo apostar a cabeza en tempos de silencio. Ambos os dous se foron sen apagar a luz. Deixan acesas lámpadas de esperanza. E unha marabillosa herdanza que non pediu nada a cambio, nin poder nin vangloria. Só a nosa curiosidade."

Fotografía de Edgardo Civallero.