24.11.15

Tobe konejo tane

Tobe konejo tane

El tigre y el conejo. Un relato de los Warao.
Por Edgardo Civallero

Este cuento del pueblo Warao (delta del Orinoco, estado Delta Amacuro, Venezuela) fue recolectado por el antropólogo alemán Johannes Wilbert en el caño Wirikina, en el Delta central, de boca del wisiratu o wisidatu (chamán) Joaquín Rivero. Wilbert lo publicó, junto a muchos otros, en su antología Warao Oral Literature (Caracas: Fundación Lasalle, 1964). La versión bilingüe que se comparte aquí, junto con las ilustraciones, han sido tomadas del libro Tobe konejo tane / El tigre y el conejo, parte de la colección Warairarepano (Caracas: Monte Ávila Editores, 2008).

* * *


Tobe konejo tane
Una vez el conejo andaba caminando solo por el monte y se encontró con el tigre, que estaba pescando despreocupadamente en un caño.
    Ateje, ya jisaka eku, konejo jakotai inabea kujuya jisamuka, tobe aisiko oriwere nakae. Tai tobe jana eku obojonamo yabaya.
Sin hacer ruido, el conejo se escondió entre las matas, y desde ahí contempló cómo el tigre pescaba guabinas, sin sospechar que el conejo lo estaba observando.
    Ururu omi tai konejo dauna ekuya dijisae, tatamo tobe kauju yabayaja miae. Tai konejo tobekotaisi seoroyaja tia tobe jese naminanaka, ekida.
Al ver la gran cantidad de guabinas que el tigre sacaba del agua, el conejo pensó en la forma de quitárselas y resolvió esperarlo en un recodo del camino por el que éste tendría que pasar con su botín.
    Tiaja kauju eraja tobe jonimo nisayaja mikore, tai konejo obonobukitane jotanae dibane, ine kaujutuma ji aisimo nisakuna, jojisi ajitu ekuya ji wakai tane, konejo dibunae. Iji tataisia wayabakitana jate, ji jarako aisiko.
Cuando sintió que el tigre se aproximaba, se acostó en el suelo haciéndose el muerto.
    Tobe konejo awere nakae tiakore, konejo tai nokone jobaji arai yajinae waba monuka jese.
Llegó el tigre y, al verlo así, dijo con voz ronca: "Ah... como que se murió el conejo". Se acercó un poco más para comprobar y, al ver que el conejo no se movía, siguió caminando tranquilamente de regreso a su cueva.
    Tatuka tobe nabakanae, takore konejo kotaisi tuatane mine dibunae a waroba koitayaja aisia: dijana konejo wabae, tane ja. Kuarika awereae nomewitu naminakitane, tiarone konejo dutanaka tane mikore, tobe kotai wite a ubanoko ata bajinae, a obonona omi kujuyaja.
En lo que el tigre se marchó, el conejo se levantó y corrió hasta el próximo recodo del camino, asegurándose de llegar ahí antes que el tigre.
    Tobe narukore jese, conejo kanamunae jojisi araisa yata jakakitane, tobe ebika tata nabakakitane kuana obonobukomo.
Al oír que éste se acercaba se volvió a acostar en el suelo y el tigre lo encontró tendido en el piso. "Como que se están muriendo muchos conejos", dijo de nuevo el tigre con voz ronca, y añadió: "allí lo voy a dejar tirado, por maluco". Y siguió tranquilamente su camino...
    Tai tobe awareaja kotaisi konejo nokokore, atae jobaji arai nakae. Tobe konejo joaika yajinae tiaja miae. Atanejese tobe taera koitayaja dibunae, amaseke konejo era wababuae tia. Kuraika dibane, ine tai konejo webotaja iabate a toma koera tiji. Taitane ebisaba naruae jojisi isia, a obonona ekida.
Una vez más el conejo se incorporó y corrió hasta la próxima curva del camino; allí esperó otra vez al tigre acostado en el suelo, haciéndose pasar por muerto. En esta oportunidad el tigre pensó que, después de todo, el conejo sería una presa sabrosa y muy buena para comer. De modo que decidió regalarse una espléndida comida aprovechando la suerte de haber conseguido tantos conejos muertos en su camino sin haber tenido siquiera el trabajo de cazarlos.
    Takore konejo kotai wite a tejo orikanamunae jojisi araisa yatawitu jakakitiakore. Tata tobe kotaisi atae wakae, jobaji araya yajinaja wabawitu monuka oriemikomo. Tametane jese tobe obonobuae dibane, imawarane konejo a toma dijapera, najorokitane yakerawitu. Tanejese kuana obonobune dibunae yama: ma jarako dijaperaubiaja ine najorobukitia. Joetane konejo era mibuae kuare, wabajatuma jojisi araya; kubakitane a yaota rakate ine ekida tanae.
Pero antes de empezar a comer, el tigre decidió volver un momento al caño a buscar agua para acompañar el banquete, y dejó el botín de guabinas guardado junto al conejo.
    Tiarone, mate najorokitane a jotana abanaka, tai tobe jana yata dubujida yarokitane taubuae joriaba konakitane wite a najoroida saba. Tiatiji a jarako kaukutuma konejo awere iabanae.
Más apenas se hubo marchado, el conejo se levantó, agarró las guabinas y escapó rápidamente.
    Takore tobe narukore jese, konejo kanamunae kuare kaujutuma oabune a ribuju aisia ekó jakanae.
Cuando el tigre regresó del caño relamiéndose los bigotes, pensando en el sabroso banquete que se iba a dar, se llevó la sorpresa de su vida al no encontrar por ningún lado ni a las guabinas ni al astuto conejo.
    Taitane tobe jakotai jana yatamo yaronae a rokojiji oriberoyaja obonobukomo dibane, ine dijaperawitu amaseke najorote. Ekuwitu, naminamoana tane, a kobe teí teí tia: kaujutuma rakate, konejo kayamoni rakate mibunaja tatuma a noko ekidaja yatuka, ekó tanae yama.
Y de la rabia que sintió al ver que había sido burlado lanzó un rugido tan fuerte que, del susto, al conejo se le quedaron las orejas paradas para siempre.
    Tiaja, tobe jakotai oriasidaubiaja nakae, imasibuyaja mikore taerawitu koitae yama. Konejo kotai a kobe keré tanae. Tiakore konejo a kojoko deko namabuaja bajinae arejese jakitane.

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Tobe konejo tane
Los Warao vivimos desde hace miles de años en el Delta del Orinoco. Para nosotros, el Delta es el corazón del mundo. Es allí donde el Wirinoko –"lugar donde se rema"–, como llamamos al Gran Padre río Orinoco, se ensancha formando un abanico de ríos, caños y cañitos cuyas aguas inundan la tierra hasta encontrarse con el Mar Grande. Sobre estas aguas hacemos nuestras casas, que llamamos janoko, "lugar de la hamaca". También hacemos curiaras, ligeras embarcaciones con las que nos hemos dado a conocer como excelentes navegantes. Tal es su importancia para nuestro pueblo, que de allí deriva nuestro gentilicio warao, que quiere decir "gente de curiara".

El Delta es un ecosistema con una inmensa diversidad biológica y una exuberante vegetación donde encontramos variadas palmas y manglares, y árboles muy útiles para nuestra vida como el temiche, la manaca y el moriche. De ellos obtenemos la madera para hacer nuestras casas y canoas, tejemos chinchorros [hamacas], cestas, tapetes y elaboramos diversos adornos, pulseras y collares. La fauna nos ofrenda con graciosos manatíes, toninas y delfines; también hay venados, conejos, y los divertidos monos araguatos y capuchinos; y por supuesto los tigres, el cunaguaro y el jaguar. Además, disfrutamos del maravilloso y colorido espectáculo que nos brindan diversas aves como las garzas blancas, las guacamayas amarillas, los tucanes, las pavas, los paujíes y el siempre trabajador y divertido martín pescador. Pero también la astucia e inteligencia de los Warao nos permiten sortear los peligros que representan, entre las raíces de los manglares, las anacondas y las boas. Todo este maravilloso ambiente nos provee de alimentos como el pescado, las guabinas y los morocotos, que acompañamos con yuca, ocumo y frutas diversas.

Actualmente los Warao somos más de treinta mil personas que hablamos un mismo idioma –con variantes algo diferenciadas– y compartimos una cultura. En nuestras comunidades, al amanecer, cuando los más pequeños aún duermen, los ancianos desde sus chinchorros entonan cantos mágicos y cuentan sus sueños. Más tarde se distribuyen entre los adultos las tareas del día; algunos salimos al campo o al conuco y otros a cazar o a pescar, y las niñas, los niños y los maestros nos vamos a la escuela. Al caer la tarde regresamos a la ranchería, y luego de la comida y el baño diario, nos acomodamos cerca del fuego a escuchar a los viejos. Ellos narran cómo fue el principio de los tiempos, cuando los animales eran como las personas. Son historias que hablan del origen de nuestro mundo y de las cosas; de cómo obtuvimos el fuego de una rana o cómo la tortuga "ojos entornados" creó los ríos. Historias que encierran nuestro saber, nuestras tradiciones. Oyendo las palabras de los sabios ancianos y de las sabias abuelas, viendo y siguiendo el ejemplo de los mayores, los niños y las niñas Warao aprenden. Así hacían nuestros antepasados y así hacemos nosotros. Esa es la sabiduría de nosotros, los Warao.

Ilustraciones: Carmen Salvador.

17.11.15

Límites culturales y eufemismos

Límites culturales y eufemismos

Por Sara Plaza

Los siguientes párrafos son un extracto de la trascripción de la intervención de Jorge Riechmann el segundo día del Seminario "¿Cómo pensar las transiciones ecosocialistas?", celebrado en Caracas del 3 al 6 de noviembre, como parte del I Circuito nacional de seminarios de la Red Venezolana de Centros de Investigación e Investigadorxs en Ciencias Sociales y Humanidades. CELARG: septiembre-noviembre 2015.

¿Por qué lo llaman "economía de guerra" cuando quieren decir o deberían decir "ecosocialismo"?

Ese "economía de guerra" es una expresión literal que uno encuentra en distintos investigadores y ensayistas en estos últimos años. Analistas que se dan cuentan de la magnitud y la velocidad de las transformaciones socioeconómicas necesarias, acaban desembocando en esta idea de la economía de guerra porque los referentes históricos cercanos, para un tipo de transformación socioeconómica tan grande en países como Gran Bretaña o Estados Unidos, son precisamente lo que ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando una sociedad como la británica [...] tiene que hacer en muy poco tiempo [...] un tipo de reconversión productiva total para hacer frente a ese peligro de vida existencial. [...] En cuestión de meses se dejan de fabricar automóviles y toda esa producción industrial pasa a fabricar tanques y aviones. El sistema de producción de alimentos cambia también muy rápidamente; salen del sistema productivo millones de varones y se incorporan millones de mujeres en esos puestos de trabajo. O sea, es un tipo de transformación de la magnitud que hoy haría falta para enfrentar esa situación de guerra contra la naturaleza en la cual estamos, y por eso estos autores, por ejemplo Lester Brown y colaboradores suyos, piden una movilización como en tiempos de guerra para hacer frente a las crisis.

La pregunta es por qué no se les ocurre, en lugar de hablar de economía de guerra, hablar de ecosocialismo, porque lo que está en juego en ese tipo de transformaciones iría por ahí, pero ahí topamos con esos límites culturales: en un país como Estados Unidos hablar de ecosocialismo es bien difícil aunque lo haga gente con mucha moral, como Quincy Saul y otros compañeros, es realmente un esfuerzo titánico frente a una cultura entera que está en contra de ello. Pero, realmente, esas economías de guerra lo que hacían era introducir elementos muy abruptos de transformaciones socialistas en ese marco tan peculiar.

[...] Entonces, pregunto, si se reconoce –a poco que uno eche cuentas a partir de supuestos realistas– que respetar las exigencias de rentabilidad de los capitales privados es incompatible con la preservación de una biosfera habitable –y esa es una manera de describir también la tesitura tremenda en la que estamos–, por qué no hablar a las claras de ecosocialismo en lugar de emplear ese eufemismo de economía de guerra. [...] La cuestión ecológica, la crisis ecológico-social, es el elemento que hoy debería obligarnos a repensar más a fondo el pensamiento socialista, comunista.

[...] Estos días están viendo una parte de ese debate en vivo y en directo en la antesala de la cumbre climática en París, la COP21: ¿hasta dónde llegan los compromisos de cada país? ¿Hasta qué punto los cambios graduales, dentro de este marco, dan para hacer frente a la rápida descarbonización de las economías de todo el mundo que sería necesaria? [...] Desde el pensamiento ecosocialista se insiste en que es un error, en realidad, no es posible –es decir, no lleva a donde sería necesario ir– ajustar las respuestas al calentamiento climático, tanto si hablamos de mitigación como de adaptación, a lo que resulta políticamente factible dentro del capitalismo. Ese es el nudo tremendo en el que estamos.

Eso sin entrar en el asunto, tremendo también, de la distancia que hay entre esa clase de compromisos, que adquieren ante las cumbres mundiales los países, y la realidad de lo que se hace una vez pasa el momento ese de la cumbre; los gobiernos asumen una series de compromisos que luego han venido siendo incumplidos de manera bastante sistemática. Por eso estamos donde estamos en la cuestión del calentamiento global.

[...] En cualquier caso, si se respetan esas exigencias de rentabilidad de los capitales privados y esa estructura del uso de la energía y de la Tierra, no resulta viable estabilizar el clima del planeta, ni siquiera evitar lo peor del calentamiento global. Y por eso cuestiones, sobre todo, de calentamiento climático, pero también las otras cuestiones de recursos, ponen sobre la mesa la cuestión del sistema socioeconómico.

[...] Vemos con frecuencia cómo [la respuesta de] lo que queda de la izquierda en los países occidentales –que no es mucho, todo hay que decirlo–, [...] en muchos casos se enmarca dentro de una especie de deseo de volver a los viejos buenos tiempos keynesianos, a esos decenios que siguieron a la Segunda Guerra Mundial en Europa y en Estados Unidos.

Los franceses, por ejemplo, hablan de ese periodo como "los 30 gloriosos", que es una exageración notoria pero quiere decir algo también que lo llamen de esa forma. Esos años, desde la salida de la Segunda Guerra Mundial hasta la crisis del petróleo de los 70, son años de un crecimiento económico muy rápido, de cierto pacto entre capital y trabajo que hace que haya economías más redistributivas. Se edifican, se construyen eso que se llama a veces welfare state, que más que estados del bienestar serían estados asistenciales, pero en cualquier caso con una red de protección social mucho mejor de lo que había antes y que lo que ha habido después, porque se ha desmontado parte de esa red de seguridad social y de protección social. En fin, se ve eso como el periodo dorado en la Francia de los 30 gloriosos, y entonces la tentación, también de buena parte del movimiento obrero organizado, es simplemente volver ahí si se puede, defender los restos de eso y volver ahí.

También las propuestas en el ámbito internacional del sistema de Naciones Unidas, la formulación de la idea de la green economy que se ha hecho desde esos lugares, van un poco por ahí. Por eso hablamos a veces de estrategias ecokeynesianas, como si se pudiera ir a un keynesianismo verde, a una versión del capitalismo más moderado que incorporase de alguna forma la cuestión ecológica.

Lo que yo argumento, y no estoy solo en eso, es que también para eso pasó el momento. No sé si quizá hubiera sido posible si se hubiera hecho de verdad, si se hubiera empezado de verdad en esa dirección en los años 70, pero ahora ya estamos en otra situación histórica por varias razones. Y además, [...] aunque en el aspecto social, socioeconómico, sea comprensible en algunos sectores esa nostalgia de aquellos años en Europa, en Estados Unidos y en otros lugares [...], no se pueden obviar los elementos de desigualdad estructural que había en ese sistema, ni que fue ese periodo de crecimiento el que llevó ecológicamente contra las cuerdas al planeta entero.

[...] En esa fase, a lo largo del siglo XX, y sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, se multiplicó por 16 el uso de energía primaria, en esos "viejos buenos tiempos keynesianos" se extendió el modelo de urbanización en mancha de aceite en las ciudades, que es completamente insostenible, y que tiene que ver con esa puesta de las ciudades al servicio de los automóviles, que es como hacer las cosas justo al revés. La agricultura industrial basada en monocultivos y altos insumos también se desarrolla en ese periodo. La desforestación masiva, la liberación al medio ambiente de millares de nuevas sustancias tóxicas y xenobióticas.

[...] Pero además de eso, es que ahora ya no hay base material para sustentar un nuevo ciclo de acumulación neokeynesiano. Tiene bastante de ilusión, pero están presos en esa ilusión sectores enteros de lo que se sigue considerando izquierda en Europa o el sistema de Naciones Unidas, como decía antes. Hoy ya no hay espacio ecológico ni recursos naturales –la cuestión energética, de nuevo, ahí es clave– para reproducir ese tipo de evolución para un planeta poblado por 8000 millones de seres humanos o 9000 millones de seres humanos como vamos a ser a lo largo del siglo XXI. Por eso esas propuestas de green new deal se quedan cortas, no sirven.

La economía mundial ha crecido ya demasiado, estamos más allá de los límites, la crisis económico-social es demasiado profunda, no se ve –los economistas discuten mucho sobre ello– que puedan surgir los enormes aumentos de productividad del trabajo humano, vinculados con el uso de recursos naturales masivo, que constituyeron la base de ese capitalismo fordista y keynesiano. La productividad no ha vuelto a crecer después como lo hizo en esos decenios posteriores a la Segunda Guerra Mundial –ahí hay todo un debate complejo sobre el papel que desempeñan los procesos de informatización, robotización y demás en todo esto–, y muchos economistas dudan que sea posible volver a tener ese tipo de aumentos enormes de productividad que estaban en la base de ese modelo. Y tampoco parece que exista –como presuponía también ese modelo– una clase capitalista ilustrada lo suficientemente lúcida y a la vez capaz de autodisciplina, como para llegar a un pacto con las fuerzas del trabajo, que sería neofordista o neokeynesaino.

[...] Entonces, los supuestos políticos y culturales de ese posible neokeynesianismo no funcionan y, por otro lado, estamos en un momento en el cual tres decenios largos de neoliberalismo han ido debilitando o desmantelando el tipo de instituciones nacionales y mundiales que serían necesarias para poner en práctica esa nueva estrategia .En fin, esas posiciones neokeynesianas, keynesianas verdes, green new deal y demás no son realistas. Realmente necesitamos estrategias ecosocialistas.

Desde este espacio, les animamos a ampliar lo aquí recogido acudiendo a las fuentes originales. Tanto los materiales como el resto de videos del seminario que dictó Jorge Riechmann pueden encontrarse en esta entrada de su blog personal:
Materiales de J. R. en CERLAG, Caracas, 3 a 6 de noviembre de 2015.

11.11.15

Leer en voz alta

Leer en voz alta

Por Sara Plaza

[Extracto de una entrevista reciente de Juan Losa a Santiago Alba Rico, a raíz de la reedición de su ensayo Leer con niños.]

¿Qué destacaría del proceso de relectura?

... [C]onfirmé que no cambian los libros, cambia lector, o lo que es lo mismo, que uno no puede bañarse dos veces en el mismo libro. Durante ese proceso, confirmé algunos autores para mí fundamentales como Kafka, Dostoyevski y Proust y sin embargo sentí un desencanto radical frente a libros o autores que me había gustado mucho cuando los leí siendo adolescente.

¿Por ejemplo?

Me sucedió con Turguénev, un autor que ha quedado completamente enmohecido, o con La conjura de los necios, que en su día me pareció brillante y corrosivo, y que, de repente, se ha tornado fatigoso de leer, al contrario que el Ulises de Joyce. Esto creo que tiene que ver con la relación que mantienen las grandes obras literarias con el universo oral, creo que todas las grandes obras literarias ganan con la lectura en voz alta.

Leer en voz alta
[Extracto de la novela de Manuel Rivas Los libros arden mal]

Y cuando volvió del penal, una de las cosas que le hizo feliz fue oírme leer en voz alta.

Qué lástima que no hayas nacido medio siglo antes, dijo. Podrías ser lectora en la fábrica de tabacos. Contó que las cigarreras le pagaban a una compañera para que les leyese novelas mientras las demás hacían las labores. Lástima. ¡Aún habrías de salir doctorada en Dickens! Lástima.

Sí, hombre, sí, dijo Olinda. Pero si le ponemos medio siglo encima ahora sería una vieja.

Polca se quedó pensativo. Sacó el libro aquel, el pequeño, el de las marcas. La novela de El hombre invisible. Había escondido los dos, el de Elisée y el del invisible, y sus recortes de periódico, dentro de un zurrón de cuero que enterró con una gran piedra encima, una piedra que tenía forma de silla. Se veía que lo decía con emoción. Que para él era algo importante. Algo parecido a un tesoro.

Toma. A ver qué cuenta. A ver qué cuenta ese libro que levantó las orejas entre las cenizas.

Leí muchas veces aquella historia. Para ellos tres. Para los vecinos que a veces venían a la velada de invierno, los sábados, a comer castañas asadas o lo que fuese. Mucho nos reíamos con aquello de que el hombre invisible tenía que tener cuidado con lo que comía. Él era invisible pero la comida no. La leche, de noche, moviéndose en sus tripas como una serpiente luminosa en el aire. Mucho dio que hablar aquel hombre invisible en Castro. Y cuánto nos reíamos con él, pero hombre, cuando un perro lo descubría y le mordía. Y con los ojos de la gata, cuando Griffin hizo su primer experimento. Consiguió hacerla invisible pero con dos fallos: los ojos, que seguían brillando, y las garras. Esa era una de las partes con más éxito. Los oyentes buscaban en la penumbra esos ojos solitarios. Para un hombre invisible es un problema que nieve. Los copos se posan en él y entonces se hace visible. El gran sueño de ser invisibles se convertía en una fatal complicación. Por eso, después de tanto reírse de las desgracias, la gente guardaba, como se suele decir, un respetuoso silencio cuando, ya muerto, el hombre albino se hace visible y alguien grita: "¡Cúbranle la cara! ¡Por el amor de Dios, cubran esa cara!". Yo pienso que aquella temporada Griffin fue más popular en Castro que en Iping. Quizá porque ese había sido el disfraz de siempre en Carnaval. Los llamados 'choqueiros' eran, en el fondo, hombres invisibles por unos días. No dejaban nada a la vista, ni siquiera la boca, toda la cabeza cubierta con medias y por encima sábanas, vendas y trapos. Parte del disfraz era no hablar, o hablar muy poco, con la voz deformada a propósito. Llegó un momento en que a mí eso del hombre invisible me parecía un calvario. En que dejé de reír y leía con un cierto dolor de tripas, como si a mí también se me viesen los retortijones. La del albino aquel, la de Griffin, era la máxima soledad.

3.11.15

Los dedos del diablo

Los dedos del diablo

Por Edgardo Civallero

Alrededores de Santiago de Compostela. Otoño. Caminábamos a través de una muestra del espeso bosque nativo gallego: una formación vegetal cada vez más amenazada por la creciente "eucaliptización" a la que Galicia se ha visto sometida en los últimos años. Íbamos atravesando un verdadero mar de helechos, pisando un colchón de hojas secas de abedules, castaños, fresnos y robles mientras a nuestra vera corría un arroyuelo entre piedras tapizadas de musgos. Musgos que, junto a otros helechos más pequeños y a algunas hiedras, se encaramaban por los troncos de los árboles más viejos buscando una luz que se filtraba tímidamente allá lejos, allá arriba.

Vigilábamos nuestros pasos cuidadosamente: el terreno era muy húmedo, y entre los helechos se arrastraba, a veces imperceptible, una intrincada red de ramas de zarzamora y de rosal silvestre que amenazaban continuamente con enredarse en nuestros pies y hacernos caer.

Y, de repente, allí estaba. Una pequeña estrella de mar, de un rojo vivo, que surgía como una flor irreal rompiendo la homogénea manta de pardos, ocres y amarillos que cubría la tierra.

No, no se trataba de un equinodermo marino trasplantado al bosque caducifolio compostelano merced al conjuro de alguna de las muchas meigas que seguramente habrían habitado aquel lugar en el pasado. Era algo mucho menos mágico y, curiosamente, mucho más asombroso: un ejemplar de un hongo exótico, la Clathrus archeri, conocida en castellano como "estrella roja". O como "dedos del diablo", un nombre menos descriptivo pero bastante más sugerente en aquella atmósfera boscosa. A decir verdad, se trata de una especie que de "conocida" tiene muy poco, a pesar de poseer una historia y unas características biológicas que la hacen merecedora de un interés mucho mayor del que recibe.

El cuerpo fructífero de esta especie –la seta–, cuando está maduro, tiene forma de estrella de mar, o de pulpo: posee entre 4 y 7 brazos de color rojo vivo, que se abren para formar una circunferencia. Se trata de una excelente estrategia para cubrir una superficie amplia con la menor cantidad de material posible. La parte interior de esos brazos está cubierta por una sustancia mucilaginosa y oscura, la cual contiene las esporas, las "semillas" del hongo. Dado que el objetivo de todo "cuerpo fructífero" es asegurar la dispersión de esas esporas, la Clathrus archeri ha adoptado una estrategia peculiar: reproduce la apariencia, la textura e incluso el olor –verdaderamente fétido– de la carne putrefacta.

Los numerosos insectos carroñeros que llegan atraídos por el aroma se encuentran con un manjar muy dulce; mediante otra estrategia destinada a asegurar su supervivencia, el hongo acumula una abundante cantidad de azúcares en su seta. Ante semejante festín, los visitantes volverán una y otra vez. Y mientras se deleitan comiendo, sus patas quedan cubiertas del mucílago viscoso y lleno de esporas que cubre los "dedos del diablo".

Clathrus archeri es especie de espacios húmedos y sombríos: vive en bosques de frondosas y a orillas de ríos. Dado que es saprobia, gusta de zonas con mucha materia orgánica. Prefiere los climas templados, con lluvias abundantes todo el año, y huye de la sequía estival.

Es originaria de Australia y Tasmania, y he aquí una de las particularidades más curiosas de este hongo. Se localizó por primera vez en Europa recién en 1914, en la localidad de Saint-Dié, en los Vosgos (Lorena, noreste de Francia). Hay varias teorías que explican cómo llegó hasta allí desde las antípodas. Por un lado, se señala que las esporas pudieron venir con la lana que en aquella época se importaba desde Australia y Nueva Zelanda, y que se procesaba en las plantas de la localidad de Raon-l'Étape, también en los Vosgos. Por otro, que pudieron llegar durante la I Guerra Mundial con partidas de soldados australianos y neozelandeses, que las llevarían adheridas en sus botas.

En España, Clathrus archeri fue citada por primera vez en Billabona (Guipúzcoa, Euskadi) en 1968; en la actualidad se encuentra presente en toda la cornisa cantábrica. Se ha extendido también por Italia, Eslovaquia, Bélgica y Alemania. En euskera se llama izar gorri, "estrella roja", mientras que en inglés se denomina octopus stinkhorn (que podría traducirse como "cuerno apestoso con forma de pulpo") o devil's fingers, "dedos del diablo" (de donde derivaría el nombre castellano). En alemán se llama Tintenfischpilz, "seta-calamar", un significado similar al del sueco Bläckfisksvamp.

Dejamos a nuestra pequeña estrella roja de tierra reposando plácidamente entre las hojas muertas del bosque gallego, y encontramos nuestro camino fuera de aquel calmo laberinto de troncos y helechos, preguntándonos cuántas otras maravillas naturales como aquella que acabábamos de descubrir nos habían pasado desapercibidas. Y no pudimos evitar una sonrisa al intuir que habían sido cientos.

Artículo. Díaz Urquijo, Sara. Distribución y requerimientos ecológicos de la especie fúngica Clathrus archeri. [Trabajo de grado].
Artículo. López Sáez, J.A. y González Miguélez, A. Clathrus archeri: un hongo guerrero y maloliente llegado de las antípodas. Quercus.
Artículo. Clathrus archeri. Fungipedia.

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