30.6.15

Su elección

Su elección

Por Edgardo Civallero

En el documental "The true cost" (El verdadero coste, 2015), Andrew Morgan, el director, explora el actual movimiento fast fashion –una versión actualizada, potenciada y verdaderamente enfermiza del consumismo capitalista aplicado a la moda– y el coste que semejante consumo desaforado de ropa y de complementos está teniendo para el planeta y sus habitantes.

Las imágenes que componen la película hablan por sí solas: niñas con serios problemas de shopaholism (oniomanía o trastorno de compra compulsiva) y blogueras "referentes" dentro del mundo de la moda mostrando sus masivas compras en YouTube, y multitudes entrando a saco, desesperadamente, en un almacén durante un Black Friday (viernes negro, inauguración de la temporada navideña en Estados Unidos) se yuxtaponen con anónimas obreras textiles trabajando en Dongguan, China (en donde se produce uno de cada seis vestidos usados en Estados Unidos), o vertidos cargados de cromo –sustancia usada para curtir el cuero utilizado para el calzado y los bolsos– yendo a parar al agua de Khanpur, India.

Además de esas imágenes tan poderosas, el documental incluye numerosas entrevistas y testimonios no menos potentes. El punto de partida es tan simple como dramático: como explica John Hilary, de la organización británica War on Want, las grandes multinacionales de ropa estadounidenses están alentando el consumo brutal e indiscriminado de sus productos. Para ello han creado lo que ha dado en llamarse fast fashion (moda rápida): moda que cambia prácticamente cada semana y que permite que ahora mismo haya 52 temporadas al año, en lugar de las cuatro de siempre organizadas por estación. Para dar al consumidor medio algo que comprar sin que se arruine, le ofrecen ropa baratísima. Y para obtener esos elementos, las compañías están "globalizando la producción", un eufemismo para la externalización (outsourcing) de hasta un 97% de su fabricación a países pobres en donde los salarios son irrisorios, la legislación sobre seguridad laboral es inexistente y los derechos de los trabajadores, si es que los hay, son ampliamente ignorados. En esos países queda el maltrato y el abuso, queda la esclavitud más o menos disimulada de los obreros, quedan la contaminación y los desechos. A nosotros nos llegan camisas de algodón a cuatro dólares o zapatos de cuero auténtico a diez.

El mecanismo de actuación de estas empresas multinacionales (y de sus pares alimenticias y tecnológicas, que quedan fuera del ámbito de este documental) es, asimismo, muy sencillo: se ubican en los mercados de países "en vías de desarrollo", contactan con empresarios locales y establecen un precio máximo de compra de un tipo determinado de producto (cinturones, zapatillas, ropa interior), advirtiendo que se irán adonde les ofrezcan precios más bajos. La competencia interna empieza entre tales empresarios, que van bajando sus precios para hacerse con el contrato... hasta llegar a niveles ridículos. Arif Jebtik, uno de ellos, comenta:

Así es la cosa. Ellos están compitiendo allá [en Occidente], las tiendas [multinacionales] están compitiendo, Cuando las tiendas vienen y nos contactan para hacer y negociar los encargos, nos dicen "Mira, esta tienda en particular está vendiendo esta camisa a 5 dólares, así que yo necesito venderla a 4 dólares, así que es mejor que vayas bajando tus precios", y nosotros los bajamos. Después viene la otra tienda y nos dice "Hey, si ellos la están vendiendo a 4 dólares, yo necesito venderla a 3; si tú puedes hacerlo, tenemos un trato, y si no, pues nos vamos a otro sitio". Dado que necesitamos hacer negocios desesperadamente y que no tenemos otra opción, tenemos que aceptar.

Dado que, como ellos mismos expresan, las materias primas no se han abaratado, sino todo lo contrario, recortan costes en infraestructuras y en sueldos, y al mismo tiempo multiplican las horas de trabajo y el número de trabajadores en un determinado espacio. Sobra decir que para mantener esos ritmos en esas condiciones necesitan empleados desesperados, dispuestos a soportar de todo y, sobre todo, a no quejarse. Las fábricas de ropa en India, China, Camboya o Bangladesh se convierten así en verdaderas "factorías de esclavos". Factorías que los occidentales desconocemos o ignoramos hasta que un edificio como el Rana Plaza se viene abajo (Dacca, Bangladesh, 13 de abril de 2013) y mueren más de un millar de trabajadores atrapados entre los escombros... horas después de que los propios obreros señalaran el peligro y fueran obligados a volver a sus tareas. Porque esos trabajadores no tienen derecho a decir nada, no tienen derecho a quejarse. No tienen derechos. Así lo cuenta Shima Akhter, una trabajadora de la propia ciudad de Dacca:

Formé un sindicato en mi trabajo. Fui la presidenta del sindicato desde su creación. Enviamos una lista de demandas y los patronos la recibieron. Tras recibirla, [las trabajadoras] tuvimos un altercado con ellos. Tras el altercado, cerraron las puertas y nos atacaron 30 ó 40 de sus hombres y nos dieron una paliza. Usaron sillas, palos, escaleras y cosas como tijeras para pegarnos. Principalmente nos dieron puñetazos y nos patearon, y nos estamparon la cabeza contra las paredes. Nos golpearon sobre todo en el pecho y en el abdomen.

Evidentemente, el capitalismo no va a dejar que unas cuantas muertes, unos cuantos abusos y aún el sufrimiento de países enteros coarte su posibilidad de ganar dinero y de sacar beneficios a todo y de todo. Y así es como empezamos a encontrar explicaciones que tratan de "justificar" –si tal cosa es siquiera posible– todas las barbaridades, todos los abusos y todos los problemas que el sistema provoca en los eslabones más débiles de la cadena... Benjamin Powell, director del neoliberalísimo Free Market Institute, se convierte en un claro ejemplo de este tipo de "ilustración didáctica" con aclaraciones como las que siguen a continuación:

Pues... esos sweatshops [talleres clandestinos o de explotación laboral] no son la última o la peor opción que tienen esos trabajadores. Parte del proceso que eleva los niveles de vida y conduce a salarios más elevados y a mejores condiciones de trabajo a largo plazo, que son las causas del desarrollo, es capital físico, tecnología y capital humano. Cuando las empresas van a esos países, llevan esos tres elementos a esos trabajadores, para así comenzar el proceso [de desarrollo].

[...] Tenemos que tener en cuenta que las alternativas disponibles para esta gente no son nuestras alternativas, son mucho peores, y generalmente son mucho peores que el trabajo en los sweatshops...

De acuerdo a Powell, pues, no se trata de una explotación de países empobrecidos por parte de las potencias económicas y sus conglomerados empresariales buscando el beneficio a cualquier precio; se da vuelta el discurso (como se hace siempre, con cualquier tipo de abuso o explotación) y se establece que en realidad las empresas están haciendo un enorme favor a esos países, sembrando en ellos la semilla del crecimiento y la evolución, de la mejora de las condiciones de vida y la industrialización. Kate Ball-Young, ex sourcing manager de Joe Fresh, agrega impávida:

¿Me molesta que haya gente trabajando en una fábrica, haciendo ropa para estadounidenses, o para europeos, y que se pasen toda la vida así? No. Quiero decir... ¡están haciendo su trabajo! Podrían estar haciendo un montón de cosas mucho peores. [...] No hay nada intrínsecamente peligroso en coser ropa... de modo que estamos empezando [en esos países] con una industria relativamente segura, no como minería de carbón, o de gas...

Al mismo tiempo que invierte las tornas, el discurso neoliberal es parcial; analiza solo un aspecto de la situación (lo que se hace, es decir, tejer ropa) y deja fuera todo lo demás (en qué condiciones se hace y lo que significa para toda esa gente, su sociedad, su tierra... y, por supuesto, lo que no hace o no permite que esa gente haga).

Y otra vez Benjamin Powell, en esta ocasión en una entrevista televisiva en los Estados Unidos, bajo el título "Are sweatshops good?" (¿Son buenos los talleres clandestinos?):

Estamos hablando de lugares con condiciones de trabajo muy pobres, comparadas con las condiciones que conoce un estadounidense, salarios muy bajos de acuerdo a los estándares estadounidenses, quizás con niños trabajando en lugares que pueden no estar permitidos por las leyes laborales locales, pero hay una característica importante que quiero remarcar [...] y es que son lugares en los que la gente decide trabajar, [eligiendo esos lugares] literalmente de un conjunto malo de otras opciones.

No se trata de naciones y sociedades convertidas en esclavas de las corporaciones occidentales. No se trata de neocolonialismo, de explotación simple y pura, de abuso absoluto. No se trata de obtener todo lo que se quiera en las condiciones que se deseen. No se trata de hacer que cosas que nosotros consideramos inaceptables ocurran en otro país para que en los nuestros podamos vivir en una "sociedad del bienestar" con una felicidad garantizada, envidiada y envidiable. No se trata de gente que, puesta a elegir entre la miseria más absoluta y un trabajo esclavo, "elija" esto último.

No nos sintamos culpables, no se trata de nada de eso. En realidad, ellos eligen. Ellos deciden. Y eligen lo mejor.

Ellos lo eligen, sí. Como los mineros "deciden" dejar los pulmones en la mina de carbón. Como los que fumigan cultivos con agrotóxicos "deciden" reventarse la salud y condenar a sus hijos a nacer con deformaciones y enfermedades incurables. Como las niñas-prostitutas de países como Tailandia "deciden" dejar que un puñado de hombres hagan con ellas lo que les plazca. Ellos lo eligen, ellos deciden. Es más: podría ser mucho peor, de forma que su elección, aunque nos parezca mala, no lo es. Nos parece mala porque nuestros estándares son más elevados que los de ellos, pobres y desgraciados como son, pero no lo son tanto. Es más: muchos de ellos aman lo que hacen, son felices.

Así nos lo cuentan. Así nos lo venden. Y nosotros lo creemos.

Nosotros lo creemos.

En su ensayo "Liberalism and the Death of Feminism" (El liberalismo y la muerte del feminismo, 1990), la activista Catharine A. MacKinnon escribió: "Cuando las condiciones materiales anulan el 99% de tus opciones, no tiene sentido decir que el 1% restante –lo que estás haciendo– es tu elección".

Veinticinco años después seguimos sin entenderlo.

24.6.15

Libre para copiar

Libre para copiar

Por Sara Plaza

Adrián no quería inventarse un dibujo. A él le gustaba copiar los que hacía su maestra en el pizarrón. Y lo copiaba todo: las siluetas, los colores, las sombras. Adrián era feliz cuando su hoja se convertía en un espejo y reflejaba, exactamente igual, el paisaje que acababa de pintar la maestra. Él no quería imaginar otras montañas, ni otros animales, ni otros árboles, ni otra hierba. Tampoco quería soñar un sol distinto ni unas nubes diferentes. ¿Para qué? El dibujo de su maestra era el más bonito del mundo y él solo estaba interesado en copiarlo en su cuaderno. Además, la maestra les había explicado que, al tratarse de un dibujo libre, también podían elegir copiar el suyo, no era obligatorio inventarse uno.

Libre para copiar

Dibujos de los protagonistas de esta historia.

16.6.15

De enanitos impertinentes y abuelos campestres

De enanitos impertinentes y abuelos campestres

Por Sara Plaza

Uno de los regalos que conservo de cuando era niña son un puñado de cuentos. Recuerdo casi todas sus historias, y tengo en la retina los dibujos que las ilustraban. En una época me gustaron mucho las ilustraciones de María Pascual, pero mis favoritas han sido siempre las de José Ramón Sánchez. De entre los clásicos y miniclásicos que coloreó la primera no se me ha olvidado nunca aquella historia del enanito curioso adaptada por Eugenio Sotillos, ésa que comenzaba: "La hija de aquel rey estaba enferma y los médicos, desconociendo su enfermedad no acertaban a curarla. –Solo se curará –dijo su hada madrina– si come una de las manzanas de un jardín de tres hermanos huérfanos". Entonces aparecen tres hermanos campesinos que tienen un manzano en su huerto. Al oír la noticia de la enfermedad de la princesa y enterarse de que el rey ha prometido conceder la mano de su hija a quien la salve, deciden probar suerte. El hermano mayor agarra las manzanas más hermosas y parte el primero. En el camino un enanito sale a su encuentro y le pregunta qué lleva en la cesta. "¡Patas de rana! –respondió el muchacho. Que sea como tú dices –respondió el enanito". Ni que decir tiene que al llegar al palacio y descubrir el contenido de la cesta ante la princesa lo que saltan de ella son un montón de ranas. Al cabo de unos pocos días quien emprende el mismo camino es el segundo hermano. "Llevo ratas –respondió. –Que sea como tú dices –dijo el enanito". Y esta vez el rey se enfada de lo lindo y antes de expulsarlo del palacio manda que azoten al segundo hermano. En el árbol solo queda una manzana y el hermano menor decide llevársela a la princesa. "¿Qué llevas en esa cesta, muchacho? –le preguntó. –Una manzana para curar a la princesa –contestó el joven. –Que sea como tú dices –dijo el enanito". Y así fue.

Una mañana temprano, hace pocos años, mientras estaba agachada al borde de un camino de montaña recogiendo una de las hierbas medicinales que me había enseñado a buscar mi abuelo, un desconocido muy curioso y muy impertinente, mucho más que aquel enanito del cuento, se acercó a mí y con una inusitada simpatía y una afectada sonrisa me dijo: "Hola, ¿qué estás cogiendo?" Les aseguro que pensé en responderle cualquier tontería, pero recordé el cuento y fui incapaz de mentir. Me había molestado su intromisión, pero traté de ser educada. Insistió con sus preguntas, envueltas en una nada natural sonrisa, y empecé a contestar con monosílabos. Yo permanecía en cuclillas y él seguía de pie en el camino, su perro había dado varias vueltas alrededor mío olfateándome y sus compañeros, que ya se habían alejado varios metros, lo estaban esperando más adelante. No sé si lo que motivó su penúltima pregunta fue la impaciencia de aquel grupo o lo agotador que debía resultarle mantener aquella mueca en la cara frente a mis nulas ganas de hacer amigos: "¿sabes que te pueden denunciar por cogerla?". Silencio por respuesta. Pero él no estaba dispuesto a darse por vencido y se despidió con unas estúpidas explicaciones (del tipo, a un señor le pasó en no sé dónde) que nadie le había pedido. "Bueno me voy. Adiós". Suspiro profundo.

Parpadeé varias veces. Cuando volví a abrir los ojos estaba arrodillada junto a mi abuelo rodeada de hierba húmeda. Me anima a oler, a descubrir "lo rico que huele el campo". Sus dedos torcidos, sus ojitos sonrientes, las mil arrugas que recorren su piel morena, su camisa remendada, su boina negra, todos y cada uno de sus gestos invitándome a escuchar, a observar, a acariciar, a ser cuidadosa. Se ríe, nos reímos. Recogemos unas poquitas flores que ruedan por su mano grande y se escurren de la mía mucho más chiquita y mucho, muchísimo más inexperta. Busco entre la hierba las que se me han caído y me las acerco a la nariz: "¡cómo huelen!".

Cierro nuevamente los ojos. El doctor dijo que era un virus y que había muchos niños igual. Mi mamá transvasa la infusión de un vaso a otro para que se enfríe antes. Luego le pone una cucharadita de miel y remueve. "Tómatela, ya no quema".

Han pasado casi cuatro décadas de aquel dolor de tripa infantil, vuelvo abrir los ojos y dejo que caigan unas gotitas dentro de uno de ellos, luego tengo que aplicar una pomada. Esta vez se trata de una doctora y el motivo de acudir a visitarla un orzuelo.

Miro a lo lejos. El impertinente curioso, su perro y sus amigos son un puntito en el horizonte.

Fotografía de Edgardo Civallero.

9.6.15

La música que hay en todo

La música que hay en todo

Por Edgardo Civallero

Estaba en el taller, entre herramientas y serrín.

El taller ocupa la parte baja de nuestra casa. A su lado corre un arroyo que en otoño ruge, en invierno se hiela, en primavera canta y en verano calla y se seca. Por las ventanas veo los yezgos, las cicutas, las ortigas, las nuezas, los nomeolvides y todas las plantas que crecen a la vera del hilillo de agua que todavía retintinea, y escucho las animadas discusiones de gorriones, mirlos, rabilargos, urracas, petirrojos, colirrojos, estorninos y palomas, peleándose entre las ramas del enorme guindo lleno de fruta del vecino, que ejerce como medianera entre casas.

Pero decía que estaba en el taller, entre herramientas. Concretamente, entre limas, escofinas y gubias.

En aquella siesta dominical, con el aire oliendo a tormenta y el cielo confirmando visualmente lo que el aroma del viento solo sugería, el aprendiz de artesano que llevo dentro se había inspirado. Había elegido una rama del pilón de leña de roble que hace poco nos tocó en suerte por las podas en la dehesa comunal del pueblo. Con ella en mano me había metido en el taller. Había cortado a serrucho una sección, la había descortezado a cuchillo, la había partido a lo largo y había decidido que de allí sacaría una castañuela. No un par: una sola. Una que me valiera para tocar la ginebra o arrabel: ese idiófono hecho de varias varillas de madera, o de varias cañas, o de huesos de cordero (en cuyo caso suele llamarse "huesera") que se ata al cuello, se despliega sobre el pecho y se frota con un palillo, una cuchara de madera, una castañuela... o lo que uno tenga a mano.

Dicen los que saben que hay música en todo. Que dentro de cada cosa –de cada piedra, cada hoja y cada palo, de cada plato y cada cuchara, de cada pie y cada mano, de ese martillo y aquellas tijeras– hay un instrumento esperando nacer, o deseando que le permitan expresarse, sonar, decir su música... Así cuentan, y yo, que así lo creo, estaba buscando el instrumento que había dentro de aquel blancuzco pedacito de leña joven.

Con un poco de suerte, quizás no tuviera siquiera que enseñarle a cantar: tal vez ya trajera sonidos del bosque al que perteneció, viejas memorias de cucos y abubillas primaverales, de sombras de buitres leonados chillando al sobrevolar las ramas, de oropéndolas soltando a las nubes su canto-maullido, o quizás del repique –eso esperaba yo– que provocaban los pájaros carpinteros al buscar afanosamente su comida bajo las cortezas rugosas o en troncos ahuecados.

Mi propio trabajo –si es que a lo que estaba haciendo se lo hubiera podido denominar así– era musical: el rítmico vaivén del serrucho, de la lima y de la escofina masticando las fibras de la madera, el más rítmico golpeteo del mazo sobre la gubia ahuecando la pieza... Con mucho menos, pastores y labriegos y panaderos y herreros y cocineras de toda la vieja Europa (por no mencionar al resto del mundo, que para el caso no hace falta) marcaron el compás de canciones, coplas y romances. Y es que había música en todo, sobre todo en aquellos viejos tiempos en que los hombres todavía no se avergonzaban de segar la hierba a guadaña o de reparar el badajo de una esquila tallando a cuchillo un pedacito de jara, ni las mujeres tenían problema en voltear la masa del pan en una artesa o en mazar los haces de lino para extraer las fibras que luego tejerían. Aquellos viejos tiempos en los que la gente todavía cantaba todo el día: para alegrarse, para ahuyentar las penas y los dolores –que no eran pocos–, para exorcizar los miedos y la soledad... La tabla de lavar y el jabón, la hoz y la piedra de afilar, el almirez, la escudilla y la cuchara, todos ellos llevaban música dentro. Y todos ellos tuvieron la oportunidad de cantarla.

Hay música en todo: en la vara de higuera y el tallo seco del cardo, en el hueso del ala del buitre y las pezuñas del cerdo, en el cuero de la oveja y en la calabaza seca. Incluso en las tripas y en las crines hay música. ¡No cantan, pues, una vez hechas cuerdas y tensadas en un rabel! En todo hay sonido: solo hay que saber encontrarlo. O querer buscarlo.

Y por si nos falta inspiración, el mundo entero canta y berrea y chilla y murmura y silba y golpetea a nuestro alrededor, para inspirarnos melodías y ritmos. Si detenía el trasiego de las gubias en el taller podía escuchar el graznido de la urraca, el gorjeo de los verderones, el ruido del aire desflecándose entre los zarzales, el goteo del agua sobre los trozos de granitos que componen el lecho del arroyo, el chirrido de una langosta oculta entre la gramilla, el zumbido pegajoso de las moscas atontadas por el calor y la humedad de la incipiente tormenta, los gritos agudos de las golondrinas que planean a ras de suelo... Y más, y más, y más. No me hacía falta irme muy lejos para crear música: me bastaba con asomarme a la ventana del taller y comenzar a ponerle ritmo a la melodía universal golpeteando los dedos sobre el alféizar.

Fue entonces cuando, por la puerta abierta, emitiendo un zumbido grave notable por su volumen, entró volando un insecto. No puedo decir que aterrizó sobre mi brazo: diré mejor que chocó contra mí y que se aferró a mi piel como mejor pudo y supo. Me sobresalté, no voy a negarlo: era pequeño pero muy pesado, y el ruido y el impacto me alarmaron. Cuando por fin atiné a mirarlo, me quedé con la boca abierta. Era un escarabajo; uno totalmente dorado, brillante y lustroso. Quizás él también me miraba: mis conocimientos de óptica entomológica son rudimentarios, de forma que no sabría decir qué o cómo percibe la realidad un escarabajo. El caso es que, tras unos minutos en los que permaneció inmóvil –y en los que yo pude deleitarme en todos sus detalles– mi nuevo amigo comenzó a moverse, tal vez con ánimos exploradores. Bajó hasta mi codo, dio la vuelta hacia el interior del antebrazo, atravesó la palma de mi mano y se quedó entre mis dedos. Fue entonces cuando aproveché para tomarle la foto que ilustra esta entrada. Tal vez supo que ya estaba inmortalizado en un retrato digital, tal vez se aburrió de la sencilla topografía de mi extremidad superior derecha –absolutamente desprovista de encantos o sorpresas–; el caso es que, sin mayores anuncios y sin decir adiós, alzó el vuelo y, con el mismo zumbido con el que había entrado por la puerta, se marchó por la ventana abierta, rumbo al arroyo.

Recordé entonces que el etnomusicólogo francés Jean-Michel Beaudet comenta, en su libro Souffles d'Amazonie. Les orchestres tule des Wayâpi, que los Wayampi del río Oyapock, en la Guayana francesa, construyen unos enormes clarinetes idioglóticos de caña –los célebres tule– para imitar, según cuenta la leyenda, el sonido que hace un enorme escarabajo selvático, que ellos llaman enē.

Y es que hay música en todo, pensé mientras volvía a mi tarea de mazo y gubia. Es un hecho: uno que nos ha acompañado desde que somos especie. Uno que nos ha inspirado a lo largo de los siglos. Uno que muchos, muchísimos olvidan o deciden ignorar. Y uno que el mundo que nos rodea intenta, paciente e incansablemente, recordarnos todos los días. Quizás porque confía en que no todo está perdido con el ser humano.

Fotografía de E. Civallero.

2.6.15

El lenguaje universal del cariño

El lenguaje universal del cariño

Por Sara Plaza

En la Facultad de Magisterio algunos docentes solían insistir en la importancia que tenía para los futuros maestros conocer el mundo virtual detrás de la pantalla (televisiva, del ordenador, del teléfono...) al que los niños se asomaban a diario. Que yo recuerde, nunca los escuché decir que había que conocerlo para cuestionarlo sino como medio para acercarse a los más pequeños. Se trataba de encontrar un lenguaje común y para eso nada mejor, siempre según esos mismos profesores de universidad, que tomar prestadas las ocurrencias de los personajes que protagonizaban los programas que veían los alumnos de primaria, que ilustrarse en los catálogos de juguetes, que empaparse de la literatura que acompañaba cada nueva versión de videojuegos... que ponerse a su altura.

El pasado fin de semana, en el marco de la XVI Jornada de Música y Tradiciones celebrada en Braojos (Madrid), participé en un taller de cestería con niños y no tan niños. En frente tenía a una abuela que rondaba los ochenta años, a mi izquierda estaba sentado un adulto que no llegaba a los cincuenta y a mi derecha un niño de seis o siete. Yo me había quedado sin silla y estaba en cuclillas. Mi compañero de la izquierda se ofreció a cambiarme el sitio en varias ocasiones, pero decliné amablemente el ofrecimiento para poder seguir de cerca los avances de mi vecino de la derecha, cuyo enojo e impaciencia empezaban a ser más que evidentes cuando se le acabó la primera "rosquilla" de ratán. Éramos más de veinte participantes, el profesor estaba atendiendo a los más pequeños en otra parte del círculo, y en un momento dado la desesperación de mi joven amigo le hizo dar un manotazo a su incipiente cesto, resoplar y llamar a voces a sus progenitores para que lo ayudasen. Dejé mi tarea en el suelo, me arrodillé a su lado y le dije que no se enfadara que ya lo íbamos a arreglar. Agachó la cabeza hasta tocarse el pecho con la barbilla y ni me miró. Estaba realmente enfurruñado. "Venga, vamos a empezar juntos, ¿quieres?". Silencio. "Yo también estoy aprendiendo, ¿lo intentamos de nuevo?". Silencio. "No vas a rendirte a las primeras de cambio ¿verdad?". "Es que no me sale". ¡Eureka! Estoy segura de que no sabía lo que significaba "a las primeras de cambio", y dudo mucho que hubiera escuchado esa expresión de los labios de los protagonistas de sus series o juegos favoritos. Debió de ser "rendirse" lo que no le sonó bien. Alzó un poco la vista pero esquivó mi mirada. Me acerqué más y le animé a deshacer la última vuelta buscando entre los dos el lugar donde se había equivocado y en vez de pasar una por arriba y otra por abajo había pasado las dos por arriba. "Pero es que mira todo lo que llevan los demás". "¡¿Cómo?! Yo llevo todavía menos que tú" y le señalé mi trabajo en el suelo, "por eso no pasa nada, no estamos echando una carrera". "¡Ya! Lo que se hace rápido no queda bien". "Normalmente no tan bien como cuando se hace despacito". Había levantado de nuevo la cabeza y esta vez sí cruzamos la mirada. Le sonreí, "venga, ánimo". Volví a acuclillarme y recogí el culo de mi cesto del suelo. Avancé un poco mientras seguía observándole de reojo."Acuérdate de mojar el cesto como nos ha dicho el profesor". "Ya lo he mojado". "Sí, pero nos ha dicho que lo hagamos cada poco tiempo para que no se nos parta". "Ya voy". Pasaron unos minutos. "¡Jolines!, no me queda igual". "A ver, ¿qué te pasa ahora?". "¡Mira!, no está junto". "Bueno, vamos a deshacer otro poco y lo apretamos más, ¿te parece?". "¿Otra vez?". "¡Pues claro! ¡Todas las veces que sea necesario!, yo te ayudo". "Anda, mójalo de nuevo". Y así, haciendo y deshaciendo, mojando y apretando, una por arriba y una por debajo agrandó la base, dobló las costillas, fue subiendo poco a poco, cambió de color y el profesor le explicó cómo tenía que rematarlo. "¡Terminé!" "¡Enhorabuena!, es muy bonito" "¿Y el tuyo?" "¡Uy! A mí todavía me queda un rato y me parece que me he torcido un poco" Se rió. "¿Te ha gustado el taller?" "Sí, y no me he aburrido nada, decían que iba a ser un rollo". "¿De verdad decían eso? ¿Pero cómo va a ser un rollo hacer algo con tus propias manos?" Silencio y ojos muy abiertos. "Les voy a contar a mis amigos que sé hacer un cesto". "Estupendo". Mi vecino de la derecha se fue corriendo y cojeando hizo lo propio la abuela de en frente, a quien acababa de venir a buscar una hija. Hacía un rato que estaba vacío el asiento de mi compañero de la izquierda, pero preferí seguir en cuclillas y acabé mi cesto cuando todos habían rematado el suyo. "¿Lo has hecho tú?" "Sí, ¿has visto?" "Esta precioso, pero me parece que te has torcido un poco" "¿Tú crees?" "Sí, bastante, pero está precioso lo mismo. ¿Me enseñarás?"

Fotografía de Edgardo Civallero.