28.4.15

Una leyenda de Huarochirí

Una leyenda de Huarochirí

Por Edgardo Civallero

El manuscrito quechua de Huarochirí forma parte de una serie de textos conservados en la Biblioteca Nacional de España, en Madrid. Probablemente todo el conjunto –que recoge tradiciones antiguas de los habitantes de la provincia de Huarochirí, ubicada en el actual departamento de Lima, Perú– perteneció al sacerdote cusqueño Francisco de Ávila (1573-1647), el célebre "extirpador de idolatrías", cuyas anotaciones se encuentran en los márgenes de algunas de las hojas. Sin embargo, Ávila no fue su autor: el manuscrito, de 50 folios organizados en 31 capítulos, se considera anónimo, y fue redactado totalmente en quechua –una de las "lenguas generales" de la época– por un escriba indígena, supuestamente por encargo del sacerdote.

Los lingüistas que han estudiado el texto notan que tras el quechua normativo colonial se encuentran muchísimas influencias lingüísticas externas; muchos de esos expertos han calificado al manuscrito de "intraducible", por su riqueza y la cantidad de interpretaciones que pueden tener sus palabras. Se lo considera una verdadera joya literaria, y una de las producciones escritas más valiosas del periodo colonial peruano.

La obra obtuvo amplia divulgación cuando fue traducida al castellano (según algunos críticos, de forma demasiado literaria y poética) por el célebre escritor peruano José María Arguedas y publicada en 1966 bajo el título "Dioses y hombres de Huarochirí".

A continuación comparto el texto quechua y la versión castellana de una de las "tradiciones" recopiladas en el manuscrito: concretamente, la plasmada en el capítulo III, que tiene que ver con la historia del diluvio. Tanto el texto quechua (para el cual no se emplea la versión paleográfica, sino una adaptación al quechua normalizado actual) como la traducción castellana pertenecen al libro editado por el lingüista franco-australiano Gerald Taylor en 2008 (Ritos y tradiciones de Huarochirí. Lima: Instituto Francés de Estudios Andinos).

Algunos libros de cuentos populares reproducen esta narración bajo el título "La llama sabia".

Kaypim ñataq ancha ñawpa runakunap rimakushqanman ñataq kutishun

Chay shimiri kaymi. Ñawpa pachash kay pacha puchukayta munarqan. Chayshi mamaquchap pachyamunanta yachashpash huk urqu llamaqa ancha allin qiwayuqpi chay llamayuq samachiptintaq mana mikushpa ancha llakikuqhina karqan "in in" ñishpa waqashpa. Chayshi chay llamayuqqa ancha piñashpa sarap quruntayninwan chuqllu mikukushqanpi chuqarqan "mikuy, allqu; chika qiwapim samachiyki" ñishpa. Chayshi chay llamaqa runahina rimarimushpa ñishpa ñirqan: "utiq, imaktam qam yuyankiman; kananmi pichqa punchawmanta qucha pachyamunqa; chaymi hinantin pacha puchukanqa" ñispa rimarirqan. Chayshi chay runaqa ancha mancharishpa "imanam kashun; mayman rishpam qishpishun" ñishpa ñiptinshi "haku Huillcacoto urquman; chaypim qishpishun; pichqa punchawpaq mikuyniykikta apakuy" ñishpa ñirqan. Chayshi chaymantaqa chay urqu llamantapash winaynintapash kikin apashpa ancha utqashpa rirqan.

Chayshi ña Huillcacoto urquman chayaptinqa tukuy animalkuna ña huntashqa pumapash atuqpash wanakupash condorpash ima hayka animalkunapash. Chayshi chay runa chayaptin pachalla quchaqa pachyamurqan. Chayshi chaypi ancha kichkinakushpa tiyarqan. Tukuy hinantin urqukunaktapash tukuy pampaptinshi chay Huillcacoto urquqa ashlla puntallan mana yakup chayashqa karqan. Chayshi atuqpaq chupantaqa yaku uqucharqan. Chayshi chay yanamanpas tukurqan.

Chayshi pichqa punchawmantaqa ñataq yakuqa uraykurqan cha kirirqan. Chay chakirispash quchaktapash hasta urayman anchurichirqan runakunaktari tukuy hinantin runakta qulluchishpa. Chaymantash chay runaqa ñataq mirarimurqan. Chay kaqshi kanankama runakuna tiyan.

Kay shimiktam kanan cristianokuna unanchanchik chay tiempo del diluvioktach. Paykunaqa hina Huillcacotokta qishpishqanta unanchakun.


Capítulo 3
Aquí volveremos a lo que se contaba sobre los hombres muy antiguos

He aquí este relato. Se dice que, en los tiempos antiguos, este mundo estaba por acabarse. Entonces, una llama macho que sabía que el mar iba a desbordarse, no comía y, aunque su dueño la hacía pastar en un lugar donde la hierba era muy buena, se lamentaba como si sufriera mucho. Entonces el dueño, muy enojado, le arrojó la coronta del choclo que estaba comiendo y le dijo: "¡Come, perro! Hay tanta hierba aquí donde te he puesto a pastar". Entonces, la llama se puso a hablar como un ser humano. "¡Imbécil! ¿dónde está tu juicio? Dentro de cinco días el mar va a desbordarse; entonces el mundo entero se acabará", le dijo. El hombre se asustó. "¿Qué será de nosotros? ¿A dónde iremos para salvarnos?", dijo. La llama respondió: "Vamos al cerro de Huillcacoto; allí nos salvaremos. Lleva suficiente comida para cinco días". Entonces, sin tardar, el hombre se fue, cargando él mismo la llama y los alimentos.

Cuando llegó al cerro de Huillcacoto, ya todos los animales –el puma, el zorro, el guanaco, el cóndor, todos los animales sin excepción– lo habían ocupado. Tan pronto como llegó, el mar se desbordó. Estaban allí, apretujados unos contra otros. Cuando todos los cerros estaban ya sumergidos, apenas la puntita del cerro de Huillcacoto no fue cubierta por el agua. Entonces el agua mojó la punta de la cola del zorro, que se ennegreció.

Después de cinco días las aguas empezaron a bajar e nuevo y a secarse. Así, el mar se retiró hacia abajo después de haber exterminado a todos los hombres. Entonces el hombre que se había salvado en Huillcacoto comenzó a multiplicarse de nuevo. Por eso existen todavía los hombres.

Nosotros, los cristianos, consideramos que este relato se refiere al tiempo del diluvio. Los que todavía no son cristianos convencidos atribuyen su salvación a Huillcacoto.

21.4.15

El poeta de Tilcara y el músico tilcareño por adopción

El poeta de Tilcara y el músico tilcareño por adopción

Por Sara Plaza

En mis tiempos de instituto solía estudiar con música. Grabábamos y regrabábamos casetes que resistían milagrosamente el embate de los viajes diarios en autobús en cajas arañadas y partidas con portadas mil veces rescritas. A la biblioteca universitaria arrastré mi enorme bolsa negra con decenas de CDs ordenados en esos estuches que, como libros, me permitían avanzar y retroceder por sus páginas musicales. Hoy muchos de esos álbumes están "cargados" en mi ordenador y sigo escuchándolos mientras busco y rebusco el significado de tal o cual palabra en esos inmensos repositorios de información que son los diccionarios (en papel, digitales y en línea). La otra noche la búsqueda resultó bastante ardua y terminé dejándome arrastrar por los versos finales de Germán Walter "Churqui" Choquevilca en el tema Canto por vos (titulado igual que la poesía del poeta de Tilcara) del disco de Gustavo Patiño "Heredero del viento", para llegar hasta un maestro rural que cambió el polvo de la tiza por el de los caminos y repartió sus versos entre propios y extraños.

Aquí les dejo el hermoso prólogo de Héctor José Méndez de las obras completas, y un video con los poemas Tilcara y Canto por vos de Choquevilca musicados por Patiño: el primero con un charango, el segundo con una ocarina de arcilla, una quena, un siku y un mohoceño.

Escribe "Pepe" Méndez:

Alguna vez me pregunté sobre el acierto de darle el apelativo de "Churqui" al poeta de Tilcara. Una paradoja imposible, cierta e imperecedera. Porque designar con el nombre de un árbol leñoso, duro, indómito, espinoso, a veces achaparrado, y otras enhiesto, a un vate romántico, pletórico de nostalgia y entregado a una proverbial bohemia, es aventurarse a caer en el vacío. Es que los lugareños son sabios cuando se trata de endilgar sobrenombres, y Germán, luego de sufrir varios accidentes casi fatales, recibió el bautismo de "Churqui" en el templo de la vida, aludiendo a su fortaleza física. Nervudo, más bien alto, brazos largos y fuertes, cabeza altiva pero desprovista de soberbia, cuerpo longilíneo, sostenido por piernas de mimbre, ágiles y atléticas. Una nariz aguileña y prominente partía de un tajo su mirada recia, profunda, oscura y a la vez humilde y bondadosa, en la que se adivinaba el drama de su vida, el misterio de sus noches y el asombro por los milagros de la Naturaleza.

No puedo precisar en que momento de mi vida conocí a Germán. Si fue cuando concurrí esporádicamente a la escuela de Tilcara, o en tiempos juveniles –guitarra y vino de por medio-, o ahora, cuando me adentré en sus versos al preparar este trabajo, luego de una ardua tarea de recopilación por encargo de sus familiares.

Había nacido el 9 de Abril de 1940, en Tilcara, su "ajorca de esmeraldas", su "princesa americana". En la escuela de su pueblo se destacó por su inclinación a la música (tañía su quena trepado a un molle) y por poseer dotes teatrales. Completó su preparación escolástica en San Salvador de Jujuy, donde obtuvo el título de Maestro Normal Nacional en la Escuela Normal Juan Ignacio Gorriti. Con el seudónimo de Juan Manuel de los Surcos se inició en la poesía. Obtuvo premios y distinciones que fueron el alimento necesario para sumergirlo en el mundo literario del que ya no salió jamás.

Su carrera docente, ejercida en escuelas rurales (Las Escaleras, Alto Calilegua, entre otras) quedó trunca, pero su trayectoria lírica, iniciada en 1970 en diarios y revistas jujeños, aún sigue vigente. El teatro y el cine no le fueron ajenos, aunque sólo como instancias complementarias. Sus versos vibraron en el Teatro San Martín de Buenos Aires, respondiendo a una invitación de la Secretaría de Cultura de la Nación, y en la Universidad de Belgrano, también en Buenos Aires. Mereció elogiosos comentarios en la prensa especializada nacional.

Con el apoyo del poeta quiaqueño José Arriéguez en la diagramación, publicó su libro "Los pasos del viento", en 1984, auspiciado por la Dirección Provincial de Cultura de Jujuy, durante la gestión del profesor Juan Tito Sivila.

Su voz, profunda y grave, quedó registrada en un casete titulado "Tilcara: Germán Walter Choquevilca dice sus poemas", del sello Huancar, bajo la dirección de José María Mercado, docente y músico abrapampeño radicado en La Plata.

Como integrante del coro Las Voces de la Quebrada, dirigido por el licenciado Néstor Masuelli, realizó una gira por Medio Oriente acompañando al conjunto folklórico de Jaime Torres. Desde aquellas tierras lejanas trajo poemas nacidos de su nostalgia por la tierra natal y de la admiración de un paisaje distinto.

Nuestra intención de publicar su obra completa (me refiero a la Comisión de Homenaje al "Churqui", presidida por el Lic. César Lizárraga) naufragó ante la imposibilidad de recuperar sus poesías desperdigadas generosamente por doquier entre amigos, turistas y quienquiera se le haya acercado alguna vez. Quizá fue su única manera de darse a conocer como poeta. Los poemas que aquí presentamos son sólo una parte de su obra, prolífica y desordenada, que hoy ven la luz gracias a la editorial Cuadernos del Duende.

"Churqui" se fue en el umbral del verano, el día de Capac Raymi, cuando el solsticio baña el continente austral. Ese 21 de diciembre de 1987 aún nos duele, pero su genio poético late con vida propia en cada uno de sus versos, en sus poemas de proyección universal.

Tilcara

Cáliz de luz, fecundo sueño agrario,
doncella con ajorcas de esmeralda.
A tus plantas un río de salitre,
otro río de cuarzo a tus espaldas.
Y allá a lo lejos, entre vos y el cielo,
la hidrográfica cimbra del Huichaira.

Pupila del ocaso interminable,
sueño indio, sepulcro de la raza.
Desde la noche oscura del Incario
hasta el alba naciente del mañana,
custodiarán el sol de tus umbrales
los enhiestos cardones del Pucara.

Matriz del viento, origen de la sombra,
ofertorio otoñal de las calandrias,
duerme la siesta del maíz fecundo
sobre el tálamo gris de tus pizarras
hasta que el hombre de la mano ruda
abra en surcos la paz de tus entrañas.

Abre tus brazos al rosal latino,
no levantes ni cercos ni murallas.
Que tus mollares le den sombra y abrigo
al criollo, al europeo y al aymara,
y que lleven tu nombre por el mundo,
muchacha azul, princesa americana.

Cuando el verano te devuelve el río
y tus noches se enciendan de guitarras,
un cortejo de grillos escondidos
prenderán de tu nombre un pentagrama.
Y desde el verde lampazar nocturno,
un coro anfibio entonará tu nombre.
Tilcara.

Canto por vos

Dame la savia de tu tiempo verde,
toma el silencio terminal del día.
Quiero ajustar mis manos a tu sombra
y envolverme en tu azul melancolía.
Dame el tiempo dorado de tus ojos,
toma la rosa que en mi sangre habita.
Dame esta noche tu insomnio penitente,
toma mi sombra, mi canción de espiga.
Dame tu nombre para hacer un templo
en la cúspide gris de mis colinas.
Quiero tu voz de río y de salitre
para el retumbo musical del clima.
Dime que puedo deshojar mi canto
sobre el puente sonoro de tu risa.
Te ofrezco a cambio los pájaros de octubre,
la callada ilusión de esta alegría.
Quizás mañana el viento de mis manos
lleve a tus manos la ofrenda prometida.
Tal vez la guardes, como yo tu sombra,
tal vez la quieras por humilde y tibia.

Fotografía de Germán Walter "Churqui" Choquevilca y Gustavo Patiño.

14.4.15

De vinos, panes y cantares

De vinos, panes y cantares

Por Edgardo Civallero

Tengo entre las manos, apoyada en la mesa, una cunca de viño. Así se bebe el vino en Galicia: en unos cuencos pequeños de loza, con una silueta característica y generalmente blancos, quizás para permitir que el vino muestre mejor sus colores y sus texturas, y deje huellas más visibles.

Bebo un vino tinto de Barrantes, de uva espadeiro. Es un vino hecho en casa. Un caldo de un color oscuro, de aspecto espeso, que ya desde mucho antes de acercarlo a los labios huele a levadura y a uva recién pisada. Que tiene agulla –vocablo gallego usado para denominar el toque de gas carbónico que tienen muchos vinos jóvenes–, un sabor agreste y fuerte, poco alcohol... Que deja manchas casi indelebles, y que llora, que tiene "lágrimas". El primer trago me envía 30 años atrás, a un momento de mi infancia en Buenos Aires: estoy sentado a la mesa de unos ancianos emigrantes europeos –un croata, una gallega– y el hombre convida a mi padre un poco del vino tinto que elaboran en casa. Insiste en que yo lo pruebe, pues ese tinto es bueno para que los chicos crezcan fuertes. Mi padre me hace dar un sorbo, y yo descubro mi primer vino auténtico.

Así fue siempre el aspecto, el olor y el sabor del vino joven hecho en bodegas artesanales. Pero luego llegó la industria vitivinícola, y se inventaron los enólogos y los catadores y sus numerosos tests. Hoy los caldos se diseñan en un laboratorio para que respondan a unas características determinadas, eliminando en el proceso aquello que los hacía quienes eran. Los que amamos el buen vino hemos ido olvidando, a fuerza de imposiciones y ausencias, cómo es la bebida real, la de verdad, esa que tiene tantos siglos de historia como los que lleva la vid junto a los seres humanos.

Junto a la cunca de viño de Barrantes hay un plato con unas rebanadas de pan. La miga es parduzca, está llena de agujeros grandes y atravesada por fibras elásticas que trazan dibujos en su superficie. La corteza es gruesa, de un color marrón oscuro con toques blancuzcos de harina. Parece dura, algo tosca quizás. Es un pan hecho con harina molida en un molino casero, uno de los pocos que siguen funcionando a pesar de las infinitas normativas de sanidad vigentes (esas que dentro de poco nos prohibirán prepararnos la cena en nuestras propias cocinas, por eso del riesgo que corremos de intoxicarnos a nosotros mismos con nuestra "falta de higiene"). Es un pan amasado en una enorme artesa de madera, que no hubiera desentonado en absoluto si hubiese sido desenterrada en un yacimiento arqueológico medieval. Es un pan horneado en un forno de leña calentado con troncos de carballo y de castiñeiro. El primer mordisco, nueva máquina del tiempo, me envía 20 años atrás, a un momento de mi juventud en las islas Canarias. Son las fiestas del pueblo de Arteara, en medio de los pinares de la esquina noroeste de la isla de Gran Canaria; he dormido, junto con un puñado de amigos, tendido en unos sacos de arpillera en unas cuevas de la montaña en donde la familia que nos acoge guarda sus implementos agrícolas. Me despierto famélico. Y en una mesa enorme, familiar, dominical, desayuno un pan amasado a mano y horneado con leña de almendro por la abuela de la casa, una mujer a la que no le cabe una sola arruga más, y que parece que ha vivido milenios entre aquellos roquedales. Jamás olvidaré el sabor de ese pan, uno de los primeros panes de verdad que comí.

Pero luego llegó la industria panadera, y la necesidad de homogeneizar el pan diario, de hacerlo ligero y barato y de rápida preparación y de corta duración. El pan antiguo, el de siempre, fue reinventado, y hoy se vende bajo extrañas etiquetas que mencionan el grano a partir del cual se elabora e incluyen otro montón de palabrejas raras e innecesarias. Y así, los que amamos el pan casero, real, con su aroma a levadura artesanal y a leña, con su corteza dura, con su particular textura, con su sabor inimitable, hemos ido olvidando cómo era todo eso.

Mientras bebo el tinto de Barrantes y picoteo un pedacito de pan, un puñado de ancianos interpreta un par de canciones tradicionales de su tierra en una mesa cercana. No es una actuación, no es una presentación, no tienen que demostrarle nada a nadie ni exhibir sus destrezas o su voz o su habilidad. Tocan y cantan por el mero placer de tocar y cantar. Una mujer apoya una pandereta boca abajo sobre su regazo y la percute con una varilla de bidueiro que acaba de sacar de la pila de leña menuda que hay al lado de la lareira, mientras que su compañera tiene una pandereta un poco más grande agarrada con la mano derecha y la golpea sobre el puño de la izquierda, que se mantiene quieto, y una tercera sujeta la pandereta con la mano izquierda, que mantiene quieta, y toca el cuero del parche con dos dedos de la mano derecha. Mientras ellas cantan, un hombre las acompaña con un acordeón desvencijado, delineando una sencilla melodía y agregando algunos bajos aquí y allá, intentando no tapar, con el sonido de su instrumento, las voces cascadas de las mujeres. La escena me manda 10 años atrás, a una guitarreada en Ischilín, allá en el norte de la provincia de Córdoba; a un puñado de paisanos alrededor de las brasas moribundas de lo que había sido el fuego de un asado, convidándose vino en unos vasos de vidrio barato y cantando zambas y chacareras al son de las guitarras, un par de bombos, un violín y mis flautas. Sin micrófonos, sin partituras, sin arreglos, sin presentaciones, sin miedo a los errores, con desafinaciones y olvidos: música tradicional en estado puro, hecha para ser disfrutada.

Pero luego llegaron los investigadores que "descubrieron" y clasificaron, y los grandes músicos que compusieron y organizaron, y los estudiosos que establecieron afinaciones y escalas, y los luthiers que renovaron los instrumentos antiguos y los hicieron desaparecer bajo un cúmulo de falsas novedades, y los maestros que normalizaron y enseñaron la tradición –que hasta hacía dos generaciones se aprendía al calor de la lumbre de la cocina– y cobraron fortunas por ello, y los neo-folkloristas y jóvenes tradicionalistas que, armados con un recetario musical ("esto se hace así, esto se toca asá..."), van por el mundo difundiendo la música popular de raíz. Gracias a ellos, a todos ellos, los profanos supimos que la pandereta tradicional no se toca como lo hacen esas viejitas que llevan 70 años tocándolas, ni esa muiñeira que entonan se canta así, ni el acordeón se interpreta de esa manera. Gracias a ellos hemos "aprendido" lo que es el folklore... y hemos olvidado lo que es la música real. La que ha hecho la gente, aquí y en todas partes, desde que el mundo es mundo.

No sé en qué momento nos metieron, entre nuestros ojos y el universo real, este decorado de mundo que tenemos delante, este teatrillo en el que solemos vivir a diario. Tampoco sé qué gozo, qué placer o qué incentivo puede encontrar alguien en vivir en una realidad que es una mala copia de la verdadera, o en contribuir a que esa falsificación siga en pie.

Lo que sí sé es que me encanta meterme entre bambalinas o colarme por debajo del telón, sortear toda la escenografía y todos los actores y figurantes, salir de ese gigantesco teatro y volver a la realidad de vinos ásperos, panes agujereados como enormes quesos gruyère y cantares de atardecida. Y manzanas con cáscaras descoloridas y formas extrañas, y charlas entre amigos sin teléfonos celulares y con varias cuncas –o vasos, tanto me da– de por medio. Llámenme tonto, llámenme iluso o utópico. Yo brindaré a la salud del gran teatro del mundo desde mi cada vez más reducido lado de la realidad.

Imagen: Edgardo Civallero.

7.4.15

La poesía y el calentamiento global

La poesía y el calentamiento global

El que sigue es un poema de Nancy Cook, traducido del inglés por Sara Plaza. La versión original puede leerse aquí.

Pensar la teoría posmoderna en una época de calentamiento global

No basta con leer poemas
Ni siquiera con escribirlos.
No basta con entender, o
cruzarse de brazos--

Sin embargo permanecemos cruzados de brazos
(con la justicia poética en su campo).
Hace treinta años que Joni cantó
sobre las ilusiones de la vida en Both Sides Now
y desde entonces nadie sabe dónde posicionarse.

Los activistas pasaron de moda cuando llegó la ironía
en nombre de la comprensión todos estamos
cabeza abajo. Entretanto los que sobresalen
están destinados a destacar en sus campos, y los íntegros
toman las decisiones por el resto.

El problema de la filosofía posmoderna es que
solo se ocupa de los problemas; entretanto,
los que todavía se permiten tener ideas
di-solucionan el mundo en el que estamos.

La teoría posmoderna ofrece instrumentos de navegación,
pero eso no significa que ya no necesitamos un bote que flote.

He pasado seis inviernos en el Mar de Bering
nadie busca la verdad entre las olas en medio del temporal.
Una ola espumosa errante destroza los cristales
de la timonera y no hay comunicación. Si tienes suerte
una embarcación hermana te arrastra a puerto. Si no tienes suerte
desapareces en el interior de una palabra que significa ahogado.

No desarmes tu balsa salvavidas. No te deshagas
de tu traje de supervivencia porque el color naranja te parezca
ordinario. Compasión nunca rimará
con autocomplacencia. Desprendimiento no es lo mismo
que una existencia distante. Estamos en diciembre
treinta y cuatro grados en Burbank. Nueve y
lloviendo aquí en Fairbanks. No basta
con leer poemas, no basta con escribirlos.
Un buen poema debería cambiarte la vida. Si eso es
posmoderno, lo echaré al correo. Si no,
bueno,
entonces,
este buzón está abierto para una carta del futuro.

Nancy Cook trabajó siete inviernos en el Mar de Bering, primero como observadora del Servicio Nacional de Pesquerías Marinas de Estados Unidos (NMFS, por sus siglas en inglés) y después como técnico de huevas de pescado en el buque pesquero M/V Golden Alaska. En 2004, obtuvo un máster de escritura creativa en la Universidad de Alaska Fairbanks y al año siguiente se incorporó al equipo docente de la Clatsop Community College en Astoria, Oregón donde enseña escritura y literatura y publica la revista RAIN Magazine.

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