31.3.15

Aire de tontoyogo

Aire de tontoyogo

Por Edgardo Civallero

La primera vez que me topé con la voz "tontoyogo" fue en un disco del grupo argentino Los Trovadores, "Imagínalo" (1983). Un excelente trabajo, con pistas en las que se mezclaban la canción-protesta de una Argentina que recién recuperaba la democracia con el mejor folklore nacional. El último tema de la cara B era "Aire de tontoyogo".

Le pedí al ceibo el tambor
y al grillito su violín,
pero pa' hacer el tontoyogo
tiene que haber el mocoví...

Péguele al cura, señor San Javier,
ya péguele, ya péguele,
que no nos deja salir con usté,
vaya a saber, vaya a saber.

...comenzaba. Aquel género era toda una rareza. Verdaderamente inclasificable para mis entonces ignorantes oídos de adolescente descubridor de melodías y ritmos.

Tengo sed de latagá
porque por pogre sofriendo.
El blanco tiene libreta
por eso lo andan queriendo.

Péguele al blanco, señor San Francisco,
sangre e' nosotro juntó pa' ser rico.
Porque no quiere que esté entre la indiada
déjelo atao pa' que pague y se vaya.

Apenas si entendía el sentido de la letra. Por entonces lo único que sabía era que los "mocoví" habían sido un grupo de indígenas del Chaco argentino. Poco más...

El comisario no deja chupar,
péguele ya, péguele ya.
Tarde pa'l toldo llegó Tata Dios,
indio se va, indio se va.

Ahora sí, señor San Javier,
la vela que debo la voy a encender.
Indio se va, muriendo se va,
tarde pa'l toldo llegó Tata Dios...

Con los años –concretamente, luego de haber trabajado con los Moqoit o "mocoví", que no "eran", sino que siguen siendo una de las sociedades originarias del Chaco argentino– descubrí que el poeta Julio Migno, autor de la letra de "Aire de tontoyogo", había querido imitar el uso que hacen los Moqoit del castellano, reflejando a la vez muchas de sus problemáticas (que no solo siguen siendo las mismas hoy en día, sino que se han multiplicado). Descubrí que la música del tema pertenece al cantautor Oscar Vera Cruz –originario de la provincia de Santa Fe, igual que Migno– y que este la grabó en un disco, "Verdades", que, como "Imagínalo", también vio la luz en 1983.

Aprendí que la latagá era (y, en parte, sigue siendo) una bebida alcohólica hecha a partir de algarroba fermentada, y que el tontoyogo, tonto-yogo o tonto yogo era (y aquí, lamentablemente, debo mantener el verbo en pasado) una vieja danza Moqoit. Una de la que ha quedado solo el nombre.

Los Moqoit habitaron (y aún habitan, aunque con su población significativamente reducida y arrinconada) el norte de la provincia de Santa Fe y el sur de la del Chaco, en el noreste argentino, a orillas del gran río Paraná. Junto con sus vecinos del sur, los Abipón (hoy desaparecidos), y los del norte, los Qom (o "tobas"), presentaron una férrea resistencia al invasor blanco, ya español, ya argentino. Sólo los misioneros jesuitas y franciscanos lograron contener su justificada furia. Y lo hicieron instalando las conocidas "reducciones". Hacia 1743 se fundó en el norte de Santa Fe la misión jesuita de San Javier, en donde ejerció su labor el famoso padre Florián Paucke (cuyo testimonio escrito, "Hacia allá y para acá", es uno de los documentos más valiosos sobre la vida de los Moqoit de aquellos tiempos). Tras la expulsión de la orden jesuítica de las Américas en 1767, toda la región se vio sujeta a los fuertes y numerosos vaivenes que tuvo la historia argentina, incluyendo las guerras de la independencia, las contiendas intestinas y, sobre todo, la conquista y "pacificación" del Chaco (finales del siglo XIX y principios del XX), es decir, la ocupación y colonización definitiva y total de las tierras del noreste del país y la eliminación de sus dueños y ocupantes originales.

Esto incluía a los Moqoit, que para entonces estaban ubicados sobre todo en el actual departamento santafesino de San Javier, en las tierras en las que antaño habían sido "reducidos" por los misioneros.

El tontoyogo aparece reseñado en los relatos del colono suizo Nicolás Dayer (recogidos por su nieta Gloria), establecido en territorio Moqoit hacia 1853. El hombre señaló que ese pueblo era afecto a la flauta y al tambor, y a los bailes "cielo chico", "cielo grande", "tontoyogo", "de la vizcacha" y "del avestruz".

En 1904 tuvo lugar en San Javier –para entonces una población principalmente ocupada por colonos blancos, pero con fuerte presencia aborigen– "el último malón" Moqoit, es decir, el último ataque o revuelta indígena. El resultado fue totalmente adverso para la población nativa, que se dispersó y ocultó su filiación y origen para evitar represalias. Alcides Greca, historiador que grabó la película "El último malón" en 1917 para dejar un documento que recogiera esos hechos, señaló que en sus tolderías los Moqoit bailaban el "sarandí", el "tontoyogo", el "bravo" y el "cielito", y que a veces los blancos del pueblo se unían a ellos en sus festejos.

En años posteriores, poco más se supo en Argentina sobre la cultura y el destino de los Moqoit. El trabajo de algunos artistas locales (generalmente blancos), sobre todo del departamento de San Javier, se hacía eco de lo poco que se conocía: alguna palabra, alguna costumbre... Un ejemplo es la obra del propio Migno, que recuperó y exaltó en sus creaciones la memoria y el espíritu de los "mocovíes". Sus poesías reflejan, entre otras cosa, la veneración que sentían los indígenas por San Francisco Javier, su santo patrón, y como ejecutaban la danza del tontoyogo como ofrenda.

Afortunadamente, los tiempos trajeron cambios. Desde hace unas tres décadas comenzó un potente movimiento de recuperación cultural entre las sociedades indígenas argentinas, acompañado, en muchos casos, por el interés y el apoyo de la población local no-indígena. Es así que los descendientes de los Moqoit han comenzado a identificarse y a aceptarse como tales y a buscar a los últimos ancianos memoriosos para intentar recuperar su lengua, sus creencias y sus costumbres, incluyendo la música y las danzas. Comenzaron las investigaciones, comenzaron los recuerdos, y aún se sigue sistematizando todo el acervo oral que se ha ido recuperando, pieza a pieza, palabra a palabra.

Al revisar documentos para concluir esta entrada me encontré con una entrevista realizada en los 90', en donde los alumnos de una escuela de la localidad de Romang, en el norte de Santa Fe, recogieron testimonios sobre "el último malón" Moqoit. Para ellos, un entrevistado de origen indígena llamado Atahulfo Seco entonó el siguiente tontoyogo, que fue trascrito fonéticamente y traducido de forma aproximada:

Tontoyogo, tontoyogo, laralá laralá laralá...
Tontoyogo, tontoyogo, loyak sptaripí [lindo es el baile].
Tontoyogo, tontoyogo, eké vacagní [igual que la luna].

[Palmas]

Tontoyogo, tontoyogo, laralá laralá laralá...
Tontoyogo, tontoyogo, acvec alipí [hay muchas mujeres].
Tontoyogo, tontoyogo, eké lo shiraigó [igual que las estrellas].

Ñaatic, tontoyogo. Tontoyogo, ñaatic [Gracias, tontoyogo].

Encontrarme con esta joya me lleva a pensar que quizás dentro de poco pueda (podamos) volver a hablar del tontoyogo, escucharlo, verlo bailar. Dejará de ser un arreglo folklórico sobre una poesía en lengua extranjera –por maravillosos y comprometidos que sean poesía y arreglos– y volverá a ser la danza que un día fue. Acompañada por cantos en una lengua que de a poco despierta de un largo sueño.

Video. "Aire de tontoyogo", por Los Trovadores.
Video. "Aire de tontoyogo", por Orlando Vera Cruz.

Imagen.

24.3.15

Epístolas digitales y mesas cósmicas

Epístolas digitales y mesas cósmicas

Por Sara Plaza

Es curioso cómo se van enredando a veces las historias, cómo van tropezando unas con otras, cómo nos atraviesan después de recalar aquí y allá. La que sigue arrancó una noche de invierno alrededor de una mesa camilla que se ajusta bastante al modelo que la Real Academia Española define como: mesa, generalmente redonda, bajo la cual suele haber una tarima para colocar un brasero. (Brasero: Pieza de metal, honda, ordinariamente circular, con borde, y en la cual se echa o se hace lumbre para calentarse. Suele ponerse sobre una tarima, caja o pie de madera o metal.) La mesa camilla en cuestión era efectivamente redonda y tenía una tarima para colocar un brasero circular de metal en el que por las tardes se iban echando las ascuas de una lumbre que ardía en la chimenea situada en la misma habitación. Dicha mesa estaba cubierta por unas faldas de tela de color naranja, y estas a su vez por un mantel con hojas y cerezas estampadas, sobre el que descansaba un cristal circular del mismo diámetro que la mesa bastante grueso. El mencionado brasero tenía una rejilla de alambre que había que levantar cada vez que se añadían nuevas ascuas o se removía las ya mortecinas con la badila (Badila, badil: Paleta de hierro o de otro metal, para mover y recoger la lumbre en las chimeneas y braseros.)

La noche en la que comienza esta historia, era una de esas noches varadas en el invierno en las que el viento golpea las persianas y parece estar a punto de echar la puerta abajo. Había estado lloviendo desganadamente y hacía un par de horas que el fuego había devorado el último palo de encina y sus ascuas dormitaban bajo las faldas de la mesa camilla, calentando con su último aliento los pies de quien a esas horas seguía sentada frente a un ordenador portátil leyendo un "correo" y los archivos adjuntos, y tecleando lo que esas lecturas le inspiraban. En algún momento de la escritura mencionó su ubicación junto a la mesa camilla y cuando hubo terminado colocó el puntero en el botón de "enviar" e hizo "click".

Transcurridas varias semanas desde que tuvo lugar aquel intercambio epistolar (digital), sus protagonistas pudieron sentarse a conversar cara a cara con la silueta del Pico Sacro a sus espaldas. Pero no fue sentados sino recorriendo las calles empedradas de una villa que cada vez que se moja –y lo hace a menudo– parece que estuviera suspendida en el aire, cuando volvió a aparecer aquella vieja y querida pieza de mobiliario. Fue mientras cartografiaba con sus dedos el paisaje de líquenes y musgo atrapado en aquellos muros centenarios, cuando su interlocutor le hizo saber que al imaginarla escribiendo arrimada al brasero se acordó de la famosa mesa camilla de Ramón Piñeiro.

En los días siguientes, ya de vuelta en la esquinita del mundo donde había quedado anclado su ordenador portátil, quien días atrás había caminado bajo emparrados desnudos y visto cómo lloraban algunos vinos buscó un poco más de información sobre "[á] célebre mesa... esa mesiña de braseiro, circular, coñecida urbi et orbe como A mesa camilla de don Ramón".

Narraba Manuel Rivas en su artículo A mesa cósmica de Piñeiro e o HAL de Kubrick que aquella mesa, aquella sencilla mesa de madera de pino, fue el epicentro de un renacimiento en la oscuridad. Explicaba que no era su originalidad la que le otorgaba valor sino el hecho de ser una mesa senti-pensante con un brasero épico. Un lugar nuestro, señalaba el autor gallego, dentro del mobiliario universal de vanguardia, en ese museo de los objetos con aura, con vida propia. Y continuaba diciendo que hablar de Ramón Piñeiro sin su mesa era como hablar del rey Arturo sin su Tabla Redonda, o de Michel Eyquem sin su castillo de Montaigne.

En ese apasionante e instructivo relato de Manuel Rivas, se nos cuenta que era una página de cortesía, por parte de Don Ramón, sentar a sus invitados a esa mesa, y que estos sabían que una vez sentados serían sometidos a una prueba de navegación, a un viaje iniciático: "Xuro que a primeira vez que sentei en Xelmírez 15, aló na primeira mocidade, sentín o arrinque das turbinas e o despegue da mesa. Non dixen nada. Chovía en Santiago. O caso era dar unha volta, aínda que fora pola eternidade". Rivas se dio una vuelta en mesa camilla y todavía recuerda el ligero balanceo, el mareo que tenía al abandonar aquella nave propulsada por la mesa helicoidal de brasero y bajar los escalones de Xelmírez 15. Volvió varias veces: "Aquela mesa de suposto braseiro era, en realidade, unha supercomputadora na Compostela do 'ventre do silencio'. Por unha banda era o lugar do oráculo. E por outra, unha extraordinaria base de datos, con información esencial. Esa dobre característica fíxome ver a mesa de Piñeiro como unha variante galega e camuflada de HAL 9000, a computadora de Odisea no espazo, de Arthur C. Clarke, que levaría Stanley Kubrick ao cinema".

Con el runrún de las palabras de Rivas, amasadas con el cariño, la paciencia y el conocimiento que atesoran sus manos, sonando todavía en su cabeza, quien días atrás se había emocionado escuchando las campanas de Bastabales y acariciando la añosa inscripción en la fuente de piedra a sus pies que recordaba a aquellos "...83 habaneros devotos de la Virgen, amantes de la niñez", hizo una nueva búsqueda en Internet y recaló en la siguiente entrada de Galipedia, la Wikipedia en galego: "Trátase dunha mesa de madeira normalmente redonda, aínda que non exclusivamente, cuberta por un pano de tea xeralmente grosa que pode chegar até o chan; na parte inferior pode levar unha tarima de madeira cun burato circular central para colocar un braseiro. [...] A familia reuníase ao seu redor, poñendo as pernas baixo as faldras da mesa para mantelas quentes. [...] En Galicia, por mor da contaminación do galego polo castelán, moitas persoas adoitan designala polo seu nome curto nesta lingua, camilla, sendo famosa a camilla (ou mesa de braseiro) de Piñeiro polos faladoiros que alí se celebraban".

Detenida la mirada en la caricatura de Siro que acompañaba dicha entrada –la misma que ilustra estas líneas–, imaginó las húmedas calles de Santiago. Cerró entonces los ojos y adivinó bajo la lluvia una briosa mesa camilla que surcaba sin prisa los cielos, alumbrando una de las últimas noches de aquel largo invierno: "Don Ramón Piñeiro ter non tivo moitos medios. Viviu sempre de xeito humilde. O asombroso é que sempre tiña tempo. E sobre todo, tiña unha mesa cósmica".

Cuando escribo esto el calendario indica que comienza la primavera, pero todavía tenemos muchas noches por delante para seguir calentándonos los pies en el brasero, y aun cuando las primeras se acorten y en el segundo se extingan las brasas, no dejaré de sentarme junto a nuestra mesa camilla y, entre lectura y lectura, habrá tiempo para ir hilvanando una inacabada e inacabable conversación en la que otra vez volverán a aparecer la lluvia de Santiago, la Filosofía da la saudade de Don Ramón, los versos de Rosalía, las lágrimas del Ribeiro, la retranca de mi interlocutor...

17.3.15

Castelao y las cosas de la vida

Castelao y las cousas de la vida

Por Edgardo Civallero

Alfonso Manuel Rodríguez Castelao es considerado por muchos como el padre del nacionalismo gallego, y una de las figuras más destacadas de la cultura gallega del siglo XX. Nació en Rianxo, sobre la ría de Aroussa, en enero de 1886, y murió en el exilio, en Buenos Aires, en enero de 1950. Médico de formación (aunque jamás ejerciera) e intelectual profundamente comprometido con su tierra y su gente, fue a la vez ensayista, dramaturgo, novelista y dibujante, además de un influyente político.

En 1916 nacieron en A Coruña las llamadas "Irmandades da Fala" (Hermandades del Habla), de la mano de Antón Vilar Ponte. Castelao ingresó en ellas y fue un miembro muy comprometido. Entre sus muchas actividades se encontraba una colaboración habitual con A Nosa Terra, periódico que ejercía como vocero oficial del movimiento. Allí, desde 1919, comenzó a desarrollarse la faceta narradora de Castelao, primero con pequeños cuentos y luego con textos ilustrados por él mismo: las "Cousas" (Cosas).

Tales textos con dibujos se convirtieron, poco después, en dibujos con texto, y fueron titulados "Cousas da vida". Se trataba de viñetas de "humor gráfico" que Castelao publicó desde 1924 en las portadas de Galicia - Diario de Vigo y del Faro de Vigo. Cada imagen, muy expresiva, iba acompañada de una brevísima reflexión del autor o de un diálogo, también breve, entre los personajes, siempre en gallego (aunque los ricos hablasen en castellano, fiel reflejo de la realidad de la época). Los condensados contenidos están cargados de crítica, de adhesión a un determinado ideario político y social, de pena por el estado de Galicia y sus habitantes, de rabia por la actitud de ciertos estamentos (sobre todo los "caciques")... Y recogen, a la vez, mucho del saber popular: actitudes, expresiones, palabras, preocupaciones, opiniones...

Aquí van cuatro "Cousas" elegidas al azar entre los centenares producidos por Castelao, breve muestrario de una obra tan enorme como su autor.

Castelao y las cousas de la vida- Eu son Xoan, o que votou por vostede [Soy Juan, el que votó por usted].
- Ah, sí... Caramba... Si desea algo, vuelva usted mañana.

Castelao y las cousas de la vida- Un estadista: ¡Cuando el arca esté llena, seremos ricos!
- Un labrego: ¿E quen vai ter a chave? [¿Y quién va a tener la llave?]

Castelao y las cousas de la vida- Non estudies. Faite político e podes chegar a Ministro de Instrucción Pública... [No estudies. Hazte político y puedes llegar a Ministro de Instrucción Pública...]

Castelao y las cousas de la vida- O médico: ¿Non dixeches que sacharías de balde na miña horta se te curaba? [¿No dijistes que labrarías mi huerta gratis si te curaba?]
- O paisano: Diría, sí señor; como tiña tanta febre... [Lo diría, sí señor; como tenía tanta fiebre...]

Fuente de las caricaturas.
"Cousas da vida" de Castelao, en la página de Manuel Rivas.
Imagen.

9.3.15

Las relaciones públicas y el principio de precaución

Las relaciones públicas y el principio de precaución

En esta entrada reproducimos un artículo de Timothy A. Wise, investigador del Global Development and Environment Institute (GDAE) en la Universidad Tufts, publicado originalmente en inglés en foodtank. Ha sido traducido por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero.

La guerra contra los críticos de los alimentos genéticamente modificados: ¿tú también, National Geographic?

¿Desde cuándo la seguridad de los alimentos genéticamente modificados es considerada "ciencia establecida" a la par que la teoría de la evolución? Esa fue la pregunta que me vino a la cabeza cuando vi la portada del National Geographic de marzo de 2015 y el artículo principal, "¿Por qué mucha gente razonable duda de la ciencia?"

El titulo de la portada: "La guerra a la ciencia". La imagen: un plató de cine en el que se rueda un aterrizaje en la luna. Superpuesta en la imagen: una lista de batallas irracionales libradas por los "escépticos de la ciencia" contra un consenso científico implícito:

"El cambio climático no existe."

"La evolución nunca ocurrió."

"El hombre nunca pisó la luna."

"Las vacunas provocan autismo."

"Los alimentos genéticamente modificados son malos." ¿QUÉ?

¿Los alimentos genéticamente modificados son malos? En primer lugar, ¿qué pinta la palabra "malo" en un artículo sobre el consenso científico? Sin duda hay personas que piensan que los OGM son malos. ¿Pero la controversia no es sobre si los alimentos genéticamente modificados son seguros o no?

Y lo que es aún más importante, ¿qué está haciendo ese ejemplo en una lista de temas sobre los cuales la gran mayoría de científicos estaría de acuerdo? ¿Cómo demonios define el autor, Joel Achenbach, "consenso científico"? ¿Qué le parece el 95% de la literatura arbitrada, como en el caso del cambio climático? ¿Y casi el 100%, como en el caso de la falta de relación entre el autismo y las vacunas, en el de la evolución, o en el de la realidad del alunizaje?

No existe tal consenso sobre la seguridad de los alimentos GM. Un estudio arbitrado de las investigaciones publicadas en revistas sujetas a arbitraje concluyó que la mitad de los estudios sobre la alimentación de los animales realizados en los últimos años demostraron que existen motivos de preocupación. La otra mitad no, y tal y como los investigadores advirtieron, "la mayoría de estos estudios han sido realizados por las empresas de biotecnología responsables de la comercialización de estas plantas GM".

En otras palabras, esos estudios están empañados por el mismo conflicto de intereses que el propio artículo denunciaba en el caso de la investigación anti cambio climático encargada por las compañías petroleras. El único consenso sobre la seguridad de los alimentos GM lo encontramos entre los investigadores financiados por la industria.

Entonces, ¿por qué la respetada revista National Geographic cometería tal error científico? ¿Y por qué el respetado periodista del Washington Post, Joel Achenbach, incluiría la seguridad de los transgénicos en una lista de ciencia "establecida"?

Publicidad indirecta para los OGM

Llámelo publicidad indirecta. Ya sabe, ese tipo de publicidad subliminal que observamos cuando Coca Cola paga a un productor de cine para que todos los personajes beban Coca. Las empresas de biotecnología y sus poderosos paladines, como la Fundación Bill y Melinda Gates, están consiguiendo a través de una campaña muy bien planificada que la seguridad de los OGM sea declarada "ciencia establecida".

El propio artículo apenas toca la controversia ni la ciencia de los OGM. Se centra en la interesante e importante cuestión de cómo las personas, incluyendo los científicos, cuando interpretan la evidencia científica no pueden evitar que dicha interpretación esté viciada por "sesgos de confirmación", esto es, la tendencia a quedarse con la evidencia que confirma las creencias que uno ya tiene. Achenbach podría haber incorporado escritores científicos a la lista. Y editores de revistas.

El periodista se centra sobre todo en el cambio climático, la evolución y las vacunas. ¿Y los OGM? En lo que no deja de ser un párrafo descartable, después de reírse con razón del alarmismo anti-flúor, escribe:

"Se nos pide que aceptemos, por ejemplo, que no hay peligro en consumir alimentos que contienen organismos genéticamente modificados (OGM) porque según los expertos no existen pruebas de lo contrario ni razones para pensar que la alteración específica de unos genes en un laboratorio sea más peligroso que su alteración indiscriminada mediante la hibridación tradicional. Pero hay quien piensa en la idea de transferir genes de una especie a otra y se imagina a un científico loco haciendo estragos. Y así dos siglos después de que Mary Shelley escribiese Frankenstein hay quien habla de frankenfood".

¿Qué? "¿Según los expertos?" Algunos sí, otros no. ¿"No existen pruebas de lo contrario", de que no sea peligroso consumir OGM? ¿Qué clase de ciencia es esa? Muchos expertos estarían en desacuerdo, y sin duda pondrían objeciones a un modelo de seguridad para una nueva tecnología que está muy satisfecho con la idea, epidemiológicamente mezquina, de que si no hay pruebas de que algo sea peligroso, entonces debe ser seguro.

¿A alguien le suena la talidomida, o el DDT? ¿Qué es lo que está pasando aquí?

¿Ya estamos "despolarizados"?

Lo que estamos viendo es una campaña orquestada para hacer exactamente lo que National Geographic, a sabiendas o no, ha hecho: pintar a los críticos de los OGM como anti-ciencia sin ofrecer un debate serio sobre la controversia científica que sigue encendida.

Un indicador de ello fue un discreto comunicado de prensa, publicado el verano pasado, en el que se decía que la Fundación Gates había donado 5,6 millones de dólares a la Universidad Cornell para "despolarizar" el debate sobre los alimentos GM. Esa es la palabra que emplean. Con la donación se fundó un nuevo Instituto, el Cornell Alliance for Science.

"Nuestro objetivo es despolarizar el debate sobre los OGM y colaborar con socios potenciales que pueden compartir unos valores comunes en torno a la reducción de la pobreza y la agricultura sostenible, pero que quizás no están bien informados sobre el potencial de la biotecnología para resolver los grandes retos agrícolas", dijo la responsable del proyecto, Sarah Evanega, directora asociada de programas internacionales de la Escuela de Agricultura y Ciencias de la Vida (CALS, por sus siglas en inglés) de la Universidad Cornell.

¿Lo pillan? La Fundación Gates está pagando a científicos y partidarios de la biotecnología de la Cornell para ayudarles a convencer a un público ignorante y con el cerebro lavado, que "quizás no está bien informado", de que son ignorantes y les han lavado el cerebro.

"Mejorar las comunicaciones sobre biotecnología agrícola es un reto que tenemos que asumir si queremos que las innovaciones desarrolladas por instituciones del sector público como la Cornell lleguen alguna vez a los granjeros que están en el campo", añadió Kathryin J. Boor, la decana Ronald P. Lynch de la CALS.

Algo así como despolarizar un conflicto armado entregando más armas a uno de los bandos.

Así que lo que ustedes están viendo en National Geographic es el resultado de las mejoradas "comunicaciones sobre biotecnología agrícola".

Y no solo allí. Durante el último año hemos presenciado el asqueroso derribo de la activista anti-OGM Vandana Shiva por parte del New Yorker, y destacados artículos de opinión de científicos, investigadores y periodistas pintando a los críticos de los OGM como anti-ciencia, algo así como los negacionistas del cambio climático y los creacionistas pero en el campo de la política alimentaria.

En 2011 vi en directo cómo funcionaba la maquinaria de las relaciones públicas durante la celebración del Premio Mundial de Alimentación en Des Moines, que ese año fue a parar a tres científicos biotecnológicos, uno de ellos de Monsanto. (Por supuesto, fue pura coincidencia que Monsanto hubiera suscrito la renovación del hermoso edificio antiguo que alberga el imperio del Premio Mundial de Alimentación.)

Allí, la audiencia de un panel de discusión se despolarizó muchísimo. Ann Glover, asesora científica de la Comisión Europea y perro guardián designado de los OGM, dijo exactamente que todo aquel que aún cuestionara la seguridad de los cultivos transgénicos tenía el "cerebro lavado". Mark Lynas, que se ha labrado su carrera periodista con demonizaciones similares, añadió sus propios insultos.

Yo estaba sentado al lado de Hans Herren, que recibió el Premio Mundial de Alimentación en los noventa por su innovadora y eficaz campaña de biocontrol de plagas que salvó la cosecha de mandioca en África. ¿Tendría el cerebro lavado?

El consenso: no hay consenso

El consenso sobre la seguridad de los OGM está perfectamente claro: no hay consenso. Eso es lo que dice la literatura arbitrada independiente. Y eso es lo que National Geograhic muestra hermosamente en la exposición sobre la alimentación en su sede de Washington: las "consecuencias para la salud y el medio ambiente a largo plazo se desconocen". Y esta es una declaración precisa del consenso, o de la falta de él.

Los cómplices a sueldo de la industria del petróleo socavaron el creciente consenso sobre el cambio climático que tan molesto resultaba para esa industria, con el respaldo de una campaña de relaciones públicas muy bien financiada que sembró dudas sobre dicho consenso científico. En este caso, la industria de la biotecnología y sus aliados están afirmando que existe consenso donde no lo hay con el fin de silenciar a sus críticos.

El debate es sobre el nivel de precaución que deberíamos adoptar antes de permitir la comercialización a gran escala de esta nueva tecnología. Y cualquiera que afirme que existe un consenso científico sobre la seguridad de los GM está fallando directamente en contra del principio de precaución. Las personas razonables no están de acuerdo, y eso no les convierte en "escépticos de la ciencia".

¿Se han despolarizado ya?

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3.3.15

The Potteries

The Potteries

Por Edgardo Civallero

John B. Priestley fue un ensayista, novelista y dramaturgo inglés; un creativo hombre de izquierdas. Saltó a la fama con su novela The Good Companions (1929), y esa fama ya no lo abandonó nunca. Sus escritos están llenos de vigor, de un humor indudablemente británico, de un fino sentido de la observación y de palabras correctas usadas en el momento oportuno. En definitiva, leerlo (sobre todo en su lengua original) es un verdadero placer.

En una selección de textos literarios sobre Inglaterra y sus habitantes titulado precisamente England and the English (Longmans, 1965) me topé con un fragmento de una de sus obras, English Journey (1934), un diario de viaje en el que relata lo que vio (con una mirada muy crítica y muy socialista, por cierto) durante un recorrido por su país en tiempos de la Gran Depresión (la década de los 30'). El fragmento en cuestión pertenecía al capítulo titulado "To The Potteries". The Potteries (literalmente, "las cerámicas") era el nombre que solía recibir la región de North Staffordshire (noroeste de Inglaterra) desde el siglo XVII, pues allí se agrupaban las principales fábricas de loza y vajilla debido a la abundancia de recursos minerales. Hoy los restos de los antaño numerosísimos talleres (y algunas empresas sobrevivientes) se encuentran dentro del trazado urbano de la ciudad de Stoke-on-Trent.

El texto completo de English Journey es tan vívido y se difundió tanto que en 1983 Beryl Bainbridge publicó un libro con el mismo título, rehaciendo el trayecto original de Priestley y anotando los cambios. Más recientemente, una periodista de The Guardian, Margaret Drabble, recorrió la ruta de The Potteries y los escenarios descritos en ese capítulo (ver). Traduzco y comparto, a continuación, algunos párrafos que muestran cómo eran las tareas "artesanas" de la zona a principios del siglo XX.

* * *


Tazas, platillos, fuentes, platos, jarras, teteras, cuencos... Los he estado usando durante casi cuarenta años. ¿Alguna vez me he preguntado cómo se hicieron? No. En todos esos años no dediqué ni cinco minutos a preguntarme cómo se hacían. En lo que a mi respectaba, y por lo que a mí me importaba, ya podían haber crecido en los árboles, o haber sido pescados en el mar. Hoy echo la vista atrás y miro a ese viejo e ignorante yo pre-Potteries con el desprecio que el fulano merece. He estado tras la escena de la fabricación de vajilla. Soy prácticamente uno más de los muchachos de la cerámica. Cuando ceno fuera suelo dar vuelta los platos para ver quién los hizo.

Ahora sé cómo las jarras adquieren sus asas y las teteras sus bocas. He presenciado el nacimiento de gigantescos platos para carne. Podría esbozarles, con estas dos manos, la historia de la infancia de una jarra o de una camada de hueveras. ¿Cómo es que esas tazas y platillos y platos llevan líneas doradas y adornos florales, e incluso imágenes completas? Ustedes –y me estoy dirigiendo ahora al profano y zafio público en general– no lo saben. Pero yo sí, pues estuve allí cuando ocurrieron los hechos.

Toda esta carga de saber viene de haber visitado The Potteries. Pensé que me gustaría echar una ojeada al oficio. Sin embargo, no hay ojeadas que valgan en The Potteries. O te quedas fuera o entras y echas un buen vistazo. Todo, o nada.

Había preparado visitas a dos empresas, empresas muy buenas, con una excelente tradición que databa de mediados del siglo XVIII. Me las escogieron mis amigos de Staffordshire como representativas de la rama más decorativa de la industria. El primero de los talleres que visité fue el de los señores Adams. Allí me proporcionaron un guía, un capataz joven, tipo fornido y muy bien informado, vestido con un overol marrón, muy agradable e inteligente, aunque algo dado a ser agresivamente sentencioso. Tenía la manía –aunque más tarde me di cuenta de que de ninguna forma era sólo suya– de referirse a todos los trabajadores como "damas" o "caballeros", en completa oposición a esos militantes demócratas que llaman "camarada" a todo el mundo. Así, este guía no decía "Esos hombres de allí están haciendo platos", sino "Esos caballeros están haciendo platos". No decía "Aquí, las mujeres y las niñas están poniendo asas", sino "Estas damas están poniendo asas". Incluso las niñas de dieciséis años, pringosas de tinta de impresión o pintura, y los chavales de diecinueve años cubiertos de barro, se convirtieron en damas y caballeros. Este hábito dio a la visita de esta robusta y vieja industria un toque curiosamente elegante y afeminado, aunque no hubiera nada de elegante o de afeminado en mi guía, que fijaba en mí su aguda mirada y me soltaba, de forma agresiva: "Ahora fíjese en estas herramientitas que este caballero está usando. Todo el lote no costaría más de seis peniques, ¿no es así? Ya. Cositas simples y caseras, ¿verdad? Ya. Buenos, pues hemos estado usando cositas como estas por más de cien años, y no se pueden mejorar. No se puede. Lo sabemos porque lo hemos intentado. Pregúntele si no a este caballero, él se lo va a decir. Le apuesto lo que quiera a que no puede encontrar mejores herramientas para la tarea que estas cositas". Y yo respondía, de la manera avergonzada inevitable en estas ocasiones, que estaba seguro de que tenía razón. Todos eran agradables e inteligentes, pero agresivos en este sentido. Nos deteníamos a ver a un hombre –perdón, a un caballero– trabajando en algo y mi guía decía: "Usted estará pensando que esto parece fácil, ¿verdad?" y el otro individuo se daba la vuelta y decía: "Sí, ya, todos se creen que esto es fácil, hasta que lo intentan", y ambos fijaban en mi sus pequeños y agudos ojos, como si mi torpe ignorancia estuviera tratando de negarles el fruto de años de aprendizaje y cuidadosa destreza; y yo me preguntaba si responder "Sí, parece muy fácil" sólo para complacerlos y darles pie, o si responder con sinceridad: "No, no se ve fácil, aunque no tengo ninguna duda de que si me hubiera pasado años sin hacer otra cosa, podría hacerlo tan diestramente como ustedes". En realidad, siempre me decanté mansamente por la primera actitud, la del ignorante que piensa que todo es fácil, y así les di a todos la oportunidad de ser beligerantemente informativos, lo que a ellos les agradó y a mí no me hizo ningún daño real. Y no había nada chapucero en la actitud de mi fornido amigo del overol marrón. Yo había llegado allí para ver cómo se hacían las cosas, y su ocupación aquel día era mostrármelo. Y lo hizo.

[...] Hoy en día hay científicos e ingenieros trabajando en estos sitios, pero los fundamentos del oficio no han cambiado. Estos obreros de North Staffordshire y los alfareros del antiguo Egipto comparten la misma habilidad, y si pudieran reunirse y encontrar un lenguaje común, no hay duda de que tendrían mucho que decirse los unos a los otros. Aquí, en pocas palabras, uno se encuentra con una industria moderna enraizada en un oficio tradicional. Hay una tradición viva incluso entre estos empresarios modernos. Vi a un hombre realizar la difícil operación de "lanzar" grandes platos para carne. Para ello tomaba un pedazo de arcilla que había sido golpeado hasta alcanzar más o menos el grosor adecuado, y lo colocaba rápidamente en un molde de yeso de París. Este molde se hacía girar a distintas velocidades y, mientras giraba, el "lanzador" iba ajustando hábil y rápidamente la arcilla al molde y nivelando el espesor del embrionario plato. Dado que el movimiento es circular y el plato no, este proceso es extremadamente difícil y exige un sentido del tacto altamente entrenado; uno que, tras un humillante medio minuto, descubrí que no poseo. Pero ese hombre había estado lanzando platos grandes y pequeños toda su vida, y su padre, y su abuelo antes que él, habían estado lanzando platos grandes y pequeños. A esas alturas ya se había convertido en un oficio familiar. Hasta donde sé, ya estaban empezando a nacer con la capacidad de "lanzar", y lanzaban pequeños platos imaginarios en la misma cuna. Sea como sea, lo que es cierto es que este profundo elemento artesano, del que pueden estar y están personalmente orgullosos, elimina a todos estos hombres de las filas de los ordinarios obreros modernos. No están haciendo un mero trabajo de tanto a la semana. Son artesanos. Están haciendo algo que nadie puede hacer mejor, y ellos lo saben. Cuando llegan al trabajo no se achican, como hace hoy en día la mayoría de los trabajadores dejando sus personalidades atrás al momento de marcar entrada; por el contrario, estos hombres –y, sin duda, muchas de las mujeres– se vuelven más ellos mismos, refuerzan sus personalidades, simplemente porque es aquí en donde pueden utilizar sus destrezas y dar salida a su entusiasmo. La mayoría trabaja directamente haciendo vajilla, y no me cabe duda de que, siendo la industria cerámica lo que es hoy en día, tienen que hacer un uso completo de esas destrezas y de ese entusiasmo para poder llevar a casa un salario decente al final de la semana. A pesar de ello, estoy convencido de que la mayoría de estos hombres rechazaría desdeñosamente hacer un mal trabajo, aún en el caso de no correr peligro de ser descubiertos. Su orgullo no les permite ser descuidados. Por esta razón se los deja trabajar sin supervisión, se confía en ellos y se los respeta. El feliz resultado puede leerse en sus rostros. Hay que caminar mucho estos días para encontrar una mirada similar.

Alentado por el guía atravesé, una tras otras, largas salas resbaladizas de arcilla, y vi a damas y caballeros de todas las edades y tamaños dando forma a tazas, platillos, teteras y jarras; moldeando mangos y boquillas (con un corte de un cuchillito a través de la arcilla conseguían el ángulo correcto para que el mango se adaptara al lado curvo de las teteras y las jarras); poniendo calcomanías que dejarían patrones sobre la cerámica; pulverizando colores sobre jarrones que giraban (un trabajo terriblemente sucio, media hora del cual, con un glorioso azul o un escarlata cargado en el aerosol, me quitaría más de un ataque de depresión); o pintando líneas doradas, hojas verdes o rosas en la loza de calidad superior, la mayoría de la cual, creo, sería de mayor calidad si no reflejara en su decoración el gusto de los años cincuenta [del siglo XIX] y de la Gran Exposición [The Great Exhibition, Londres, 1851].