27.1.15

El ocaso de las comidas en familia

El ocaso de las comidas en familia

Por Sara Plaza

En una amena e interesante entrevista con Amy Goodman para Democracy Now de mayo de 2013, el profesor y periodista estadounidense Michael Pollan, activista de la buena alimentación y autor de varios libros sobre los alimentos y las políticas alimentarias (entre los que se incluyen Saber comer, El detective en el supermercado, Cocinar. Una historia natural de la transformación) dijo que existe un intento deliberado de socavar la cultura alimentaria para vendernos productos procesados.

Contó también que para empresas como General Mills, Kellogg o McDonalds, por ejemplo, la comida familiar era todo un reto. Y lo era porque habitualmente se trataba de algo compartido, y porque estaba en manos de los padres, que eran quienes tomaban las decisiones por el resto de la familia. De ahí que la industria alimentaria quisiera colarse en la familia, situarse entre los padres y los niños, y venderles la comida. Es entonces cuando para el autor cobraron sentido movimientos como slow food, que tratan de recuperar el espacio de la familia y mantener la influencia de los fabricantes de alimentos fuera del hogar.

Recordó Pollan que mientras estaba escribiendo Cocinar. Una historia natural de la transformación descubrió que se cocinaba cada vez menos y que la comida en familia estaba realmente en peligro. Y se dio cuenta de que si ésta se perdía se estaría perdiendo algo muy importante porque, según afirmó durante la entrevista, es alrededor de la mesa donde recibimos las primeras lecciones de democracia; es durante las comidas en familia donde aprendemos y donde enseñamos a nuestros hijos a compartir, a turnarse, a discutir sin ofender, a hablar de lo acontecido ese día, etc. Para este escritor, eso es precisamente lo que se estarían perdiendo los chicos y chicas que se pasan todo el rato en su habitación y entran a la cocina para calentarse en el microondas un trozo de pizza congelada.

Sin idealizar los aprendizajes que sobre la democracia se pueden adquirir en el curso de una comida en familia, estoy totalmente de acuerdo en que éstas son una especie en vías de extinción; no solo porque en casa se cocine cada vez menos, que también, sino porque tanto los adultos como los más pequeños ya no ven ni lo que comen (ni a quienes tienen sentados al lado). Entre ellos y el plato ya no está la cuchara que nuestros padres nos disfrazaban de avión, tren o camión. La cuchara se ha convertido en un estorbo, una molestia, una distracción de eso otro que se traen entre manos mientras comen: los mensajes de whatsapp que se intercambian los mayores, y el juego que tienen cargado en el teléfono móvil o la tableta los más chicos.

Para todos ellos es muy gracioso, es algo sumamente divertido; hay que ver con qué facilidad manejan los niños estos aparatitos, se dicen padres y abuelos deleitándose en el movimiento de sus pulgares mientras ellos hacen otro tanto aparcando la cuchara en el plato.

Durante esas comidas en familia mediadas por todo tipo de dispositivos electrónicos de ultimísima generación es imposible ensañar a nadie a compartir nada, porque cada cual está a lo suyo y se enoja si se le insiste para que responda a tal o cual pregunta que ha quedado flotando en el aire en los albores de una conversación que nunca tendrá lugar. Es imposible turnarse porque prácticamente todos, adultos y niños, tienen en sus manos su propio aparatito. No hay nada sobre lo que hablar, comentar, discutir, porque los únicos que no han enmudecido alrededor de la mesa son los aparatitos que vibran y emiten tal o cual tono cada vez que reciben un nuevo mensaje, o se pierde o se gana una partida.

Y así, sin enterarse, los mayores hacen que comen y que dan de comer a los más pequeños, y así, sin enterarse unos y otros, se sientan y se levantan de la mesa sin saber junto a quién estaban sentados ni a quién tenían en frente.

El ocaso de las comidas en familia

20.1.15

Lógicas

Lógicas

Por Edgardo Civallero

Hasta que los terratenientes ganaderos los masacraron (en uno de los tantos genocidios con los que cuenta la historia argentina), los Selk'nam, también llamados "onas", fueron los habitantes indígenas de la Isla Grande de Tierra del Fuego, esa que ocupa el extremo meridional de América del Sur.

En las tempranas fotos y filmaciones que registraron su vida antes de su trágica desaparición, hombres y mujeres Selk'nam suelen aparecer protegiéndose del inclemente frío austral con enormes mantos de piel. Tales mantos, elaborados con cueros de guanaco pulcramente sobados, resultan tremendamente vistosos, y la razón, aunque se tarde un poco en percibirla, es bastante sencilla: llevan el pelo hacia fuera.

Lógicas
Fueron muchos los pueblos indígenas del cono sur de América que llevaron mantos, quillangos y capas de pieles animales para protegerse del frío más o menos intenso que azotara sus territorios. La práctica totalidad de ellos, ya fuesen los Aónikenk de la ventosa Patagonia o los Qom y Moqoit del cálido Chaco austral, cosían los cueros de tal forma que el pelo quedaba siempre del lado de dentro. El exterior, curtido, se decoraba con distintos motivos, generalmente merced a sustancias colorantes minerales o vegetales diluidas en grasa.

La lógica es simple, y se basa en la experiencia práctica: llevando un abrigo con el pelo hacia adentro se crean varia capas de aire caliente entre el cuero y la piel humana que ayudan a mantener el calor del propio cuerpo. Uno se pregunta, pues, cómo es que los Selk'nam, que se contaron entre las sociedades originarias que soportaron uno de los climas más rigurosos del planeta, no lo vieron así.

Lógicas
En la obra de referencia "Argentina indígena", Edgar Ibarra Grasso (probablemente extrayendo sus datos de alguno de los célebres cronistas que vivieron entre los "onas") proporciona la explicación para este curioso hecho. Los Selk'nam usaban los mantos de piel de guanaco con el pelo hacia afuera y el cuero hacia adentro porque así lo llevaban los propios guanacos.

Guanacos que, evidentemente, no pasaban ningún frío.

13.1.15

Volverse sospechoso por no llevar el smartphone

Volverse sospechoso por no llevar el smartphone

Por Sara Plaza

Los que siguen son un puñado de apuntes desordenados a partir de algunas reflexiones sobre el teléfono móvil vertidas por Jorge Riechmann y Santiago Alba Rico en notas y escritos más o menos recientes, y de un artículo titulado "Berlin's digital exiles: where tech activists go to escape the NSA" que firmaba Carole Cadwalladr en The Guardian/The Observer el pasado 9 de noviembre.

A la pregunta ¿derrotó el smartphone al movimiento ecologista?, Jorge Riechmann respondía: "Ecologismo quiere decir, esencialmente, asunción de límites. Asumir los límites del cuerpo; los de la condición humana; los de la socialidad; los de la libertad y la capacidad de acción; los de la facultad de control; los de la técnica; los de los recursos naturales; los de los ecosistemas; los de la biosfera terrestre… (En este sentido, me diréis, no resulta tan diferente de las antiguas tradiciones sapienciales, y tenéis razón: el ecologismo presupone, y desarrolla, una ecosofía.) Pero, en la actualidad, cada vez que el ecologismo nos susurra al oído esas desagradables verdades, cada vez que nos dice 'recuerda que eres mortal', la 'lección de cosas' encarnada (maquinizada) en el smartphone que tenemos en ese momento entre las manos nos incita: 'No hagas caso a esos cenizos. Tu máxima será NO LIMITS.' Hoy, la cultura dominante se halla a un paso de proponer el encierro de los pesimistas en campos de concentración…".

Y en una entrevista que le hacía Salvador López Arnal contestaba: "Uno barrunta que vamos hacia desastres mundiales que pueden ser peores que las dos guerras mundiales (o quizá tres, contando la guerra fría), los genocidios o los totalitarismos del siglo XX: catástrofes que en sí ya fueron peores que todo lo anterior y supusieron la cima de la violencia humana a través de los tiempos. Pero avanzamos, eso sí, con una sonrisa idiota en los labios, un smartphone en las manos y una canción de Lady Gaga en los auriculares".

En su libro Fracasar mejor (Olifante, 2013) bajo el título Gadgets y devastación, señalaba: "Destruyen los servicios públicos y los bienes comunes, devastan la posibilidad de que pueda existir justicia social y sustentabilidad ecológica, y entregan juguetes a los niños de treinta o de cincuenta años: ¡mira, el nuevo smartphone que mueve las páginas fijando la vista en un ángulo de la pantalla!"

Y recientemente llamaba la atención sobre lo entrampados que estamos: "Los problemas sociopolíticos se redefinen como cuestiones personales para condenar a la impotencia a los individuos aislados. Estamos dentro de un orden político-económico que organiza la competencia sin fin abajo, para preservar el dominio oligárquico (plutocrático) arriba… Y el internet distribuido –¡cada cual con su smartphone en las manos, cada cual, en realidad, en manos de su smartphone!– asegura mecanismos incomparablemente poderosos de disciplinamiento y control… que subjetivamente son vividos por la inmensa mayoría como un entorno de libertad".

Por su parte, Santiago Alba Rico en un artículo titulado "El homo-sin-móvil" incidía nuevamente en la idea de que: "Al igual que el coche, el teléfono móvil sirve para huir; en el caso del coche –recordando a Ambrose Bierce– de un lugar donde no estamos bien a un lugar donde no estaremos mejor; en el caso del teléfono móvil, mucho más radicalmente, de un lugar donde no estamos bien a un lugar donde, en cualquier caso, no estamos".

Idea que ya había explorado en uno bastante anterior que llevaba por título "Volver a alguna parte" y que vale la pena citar in extenso: "El cuerpo humano emite sonidos, desprende una voz extraña, vanguardia y bocina de su existencia, mano larga lanzada en la distancia, como el sedal de una caña de pescar, que luego recogemos de otra boca o que tira de nosotros hacia el extremo, reabsorbiendo la unidad. Los cuerpos humanos, nacidos sonoros, desprendieron luego otros proyectiles que llegaban más lejos que la voz e incluso más rápidamente: flechas, balas, bengalas, alfabetos, misiles. Hasta que en 1854 Antonio Meucci –y no Graham Bell– inventó el teléfono y con él la posibilidad de lanzar la propia voz tan lejos como lejos llegara la intrincada telaraña de nuestros cables. En todo caso, la imagen del sedal y la caña de pescar siguió siendo válida hasta hace pocos años, pues era un hilo el que mantenía unidos dos cuerpos distantes, atados no sólo entre sí sino también al salón de sus respectivas casas. Por eso el teléfono fijo es tan primitivo, en realidad, como un caballo (o como una caña de pescar). Lo que el teléfono móvil o celular ha cortado es ese hilo y por lo tanto la linealidad entre el cuerpo y la voz, la cual discurre ahora paralela a su emisor, en libre torbellino, emancipada en su cabalgada del apache mismo que la retenía en su prisión o la devolvía sin cesar a ella. La pregunta espontánea de todo arranque telefónico ya no es '¿quién eres?' sino '¿dónde estás?', precisamente porque la identidad ha quedado radicalmente desterritorializada, descarnada en mensaje puro, disuelta en el aire como el polen de las flores. [...] EEUU, en efecto, ha desarrollado un sistema de espionaje para localizar llamadas desde celulares sin intervención judicial y una empresa española anunciaba hace poco la comercialización de un dispositivo para que los celosos puedan saber en todo momento desde dónde llaman sus esposas.

En España viven 42 millones de personas y a finales de 2007 había ya 50 millones de teléfonos móviles. Según algunos estudios de mercado, los europeos cambian de modelo cada cuatro meses. Podemos hablar ininterrumpidamente con todos nuestros amigos -que no son necesariamente conocidos- en cualquier lugar del mundo y en cualquier momento. Pero, ¿tenemos algo que decirles? Sí, tenemos que decirles dónde estamos, desde dónde llamamos. O, al revés, tenemos que decirles en realidad dónde no estamos, desde donde no llamamos. Porque el único lugar del mundo donde ya no estamos es aquel desde donde llamamos o donde recibimos una llamada. Llamamos o recibimos llamadas precisamente para no estar allí donde estamos, para no estar allí donde está nuestro cuerpo, ese rescoldo tenaz y desazonante que, en condiciones capitalistas, queremos olvidar lo antes posible, por falta de recursos y para conservar nuestro prestigio: la pura tentación de la descorporización vacía, el malestar de estar vivo, el rechazo de las situaciones residuales, la intolerancia frente a lo concreto, el creciente desprecio por los otros, el deterioro cultural y antropológico del espacio público. Cada vez me resulta más incomprensible el escándalo de los que protestan en Europa por la intromisión en la vida privada de los medios de comunicación o del Estado. Lo que es inquietante, lo que es verdaderamente amenazador es la invasión del espacio público por parte de los intereses y las pulsiones privadas. El ágora capitalista es esta imagen: la de una plaza donde se reúnen miles de personas para darse la espalda unas a otras y declarar por teléfono a miles de ausentes diferentes: 'No estoy aquí', 'no estoy en ninguna parte'.

El único acto de comunicación total que conocemos es la guerra. La ininterrumpida conversación sin vivencias y fuera del espacio convierte el intercambio de mensajes en un puro intercambio de señales. Liberados del cuerpo, desprendemos sin cesar flechas, balas, misiles, bengalas. Es parte de la guerra, aunque los muertos caigan sobre todo en el Congo y nuestro propios cadáveres mentales los escondamos detrás de una valla publicitaria".

Los últimos apuntes son del artículo en The Guardian/The Observer mencionado al principio. Escribía Cadwalladr que Berlín fue durante mucho tiempo algo así como una anomalía geopolítica, un teatro de sombras para los grandes poderes, la capital del nazismo, el frente de la guerra fría, y que la historia del siglo XX se fue tejiendo alternado los hilos de la opresión y la liberación. A continuación recoge las palabras de Anke Domscheit-Berg, una feminista y ciberactivista de 46 años que trabajó como lobista para Microsoft y fue una de las caras más conocidas del Partido Pirata hasta mediados de septiembre pasado cuando abandonó la formación. "Sobre la NSA la gente dice, 'no tengo nada que esconder'. Pero eso no importa. La información inocente no existe. [...] Toda información puede ser utilizada contra ti de algún modo. Y tenemos una generación entera, la primera hasta ahora, de la que se sabrá todo. La juventud está siendo monitoreada. Y no sabemos lo que esto puede llegar a significar, cómo podría ser utilizado contra ellos".

Un poco más adelante, Cadwalladr explicaba que, "Anne Roth, una científica política que actualmente está trabajando en la comisión alemana que investiga las actividades de espionaje de la NSA, me cuenta la historia que quizás sea la más escalofriante. Cómo ella, su marido y sus dos hijos –que entonces tenían dos y cuatro años– se vieron atrapados en una 'data mesh' [red de datos]. Cómo un algoritmo identificó a su marido, un sociólogo especializado en temas como la gentrificación, como persona sospechosa de terrorismo basándose en siete palabras que había empleado en varios escritos académicos. ¿Siete palabras? 'Identification [identificación, identidad] fue una de ellas.

Framework [marco, estructura] fue otra. Marxist-Leninist fue otra, pero él es sociólogo...' Para ellos fue suficiente y lo pusieron bajo vigilancia durante un año. Entonces, al amanecer de un día de 2007, policías armados irrumpieron en su casa en Berlín y lo detuvieron como sospechoso de llevar a cabo ataques terroristas. ¿Pero cuales fueron las pruebas?, pregunto. Y Roth me dice. 'Sus metadatos. A quién había telefoneado. El hecho de que fuera un activista político. El que usara técnicas de encriptación – todo eso lo vieron como altamente sospechoso. El que a veces saliera sin su teléfono móvil...'".

6.1.15

Sobre ancianos, memorias y tradiciones

Sobre ancianos, memorias y tradiciones

Por Edgardo Civallero

El músico Eustaquio Miño, hijo del célebre Eustaquio "Toro Buey" Miño, mira con timidez a la cámara, como si ser filmado le provocara cierta vergüenza. Está sentado en una silla en el patio de su casa, con su bandoneón apoyado en un paño que le cubre el regazo. Como su progenitor, y como buen correntino, Eustaquio ha sido, es y seguirá siendo un cultor del más tradicional chamamé, ese ritmo popular de la región noreste de Argentina que tiene como núcleo la provincia de Corrientes.

El hombre hace un repaso cronológico de las grandes figuras chamameceras para un documental que se emitirá por Encuentro, el canal televisivo del Ministerio de Educación de Argentina. Parece que va buscando las palabras con cuidado dentro de su cabeza, totalmente cana. Comienza por los clásicos y llega, inevitablemente, a los últimos exponentes, esos que ya no se ciñen a las formas y estilos del chamamé de siempre, ese que supo cultivar Miño padre y que continúa su heredero. Y cierra su discurso, lento y plagado de intervalos silenciosos, diciendo:

...hay un montón de gentes nuevas que... que están haciendo una música como... diría alguno, "de avanzada", viste... Nosotros [se encoge de hombros]... nos quedamos un poco en el tiempo. Pero por cuidar esto.

Y es que la memoria de un pueblo, de una sociedad, reside sobre todo en sus ancianos y en sus bibliotecas. La primera es la memoria viva; la segunda, la memoria escrita. Ambas son terriblemente frágiles, aunque –probablemente por el alto estatus alcanzado por la palabra impresa a lo largo de la historia– la última parece haber recibido más atención y haber sido (y ser) mejor considerada.

A pesar de que buena parte de las raíces identitarias de todos los pueblos del mundo residen en las manos, las memorias y los labios de hombres y mujeres de cabellos blancos y pieles arrugadas que, como Eustaquio Miño, se quedaron un paso atrás para "guardar el fortín" y para que la tradición que nos hace quienes somos no desaparezca ni se olvide, son pocos los que prestan atención a lo que tienen que decir las personas mayores.

Entre esos pocos se cuenta Félix Medina, un joven del pueblo indígena Qom, también conocido como "toba", originario del noreste de Argentina, sobre todo de la provincia de Chaco. Félix vive en Tres Pozos, una de las veintitantas comunidades de la confluencia de los ríos Teuco y Bermejito, y pasa mucho tiempo moviéndose de comunidad en comunidad Qom, buscando a los más viejos y sentándose a escuchar lo que tienen para contarle. Entrevistado para otro documental de Canal Encuentro, el muchacho trastabilla al construir la oración en castellano pero no duda demasiado en cuanto a la idea que quiere expresar:

El respeto a los ancianos y a las ancianas, eso es... es... inconfundible, porque... se sigue respetando... porque son los únicos libros que todavía los tenemos, los ancianos y las ancianas. Después, bueno, es cuestión de uno el poder mejorar las cosas... Una anciana, un anciano... digamos, si no tenemos ancianos, no tenemos ancianas, estamos muertos. No hay quién nos pueda guiar.

En ocasiones, el rol vital de los ancianos dentro de una sociedad queda en evidencia de la forma más terrible: cuando se convierten en los últimos depositarios de uno de los rasgos que es (o debería ser) más caro, más querido para un grupo humano.

Es el caso de Dora Manchado, una de las últimas hablantes de aonek' o' a' yen, la lengua de los Aónikenk. También llamados "tehuelches del sur", los Aónikenk son los habitantes originarios del sur de la Patagonia argentina (parte de la provincia de Chubut, y provincia de Santa Cruz). En la actualidad quedan muy pocos individuos pertenecientes a este pueblo; de ellos, un puñado recuerda y sabe pronunciar algunas palabras habituales o frases sueltas en su lengua originaria: "cuchillo", "buenos días", "agua", "guanaco"... Y solo dos personas –la ya mencionada Manchado, y José Manco, ambos ya ancianos– la manejan con la fluidez necesaria como para mantener una conversación.

Con la colaboración de lingüistas y antropólogos, el aonek' o' a' yen se está documentando y recuperando como para poder ser enseñado a través de programas de Educación Intercultural Bilingüe entre los niños y jóvenes Aónikenk. Dora ha tenido la oportunidad de pasar el testigo legado por sus ancestros a la siguiente generación. Otros no lo han logrado.

Son muchos los ancianos que, por una razón u otra, han partido llevándose consigo buena parte de lo que su sociedad les dio en préstamo para que lo guardaran y transmitieran. A veces, las más afortunadas dentro de la desgracia, se logran conservar unas migajas, unos retazos de esos saberes. Otras, ni eso.

Un ejemplo, uno de tantos, es el de Lola Kiepja, la última xo'on o "chamán" del pueblo Selk'nam u "ona", habitantes originarias de la Isla Grande de Tierra del Fuego. La antropóloga franco-estadounidense Anne Chapman tuvo oportunidad de conocerla y grabar algunos de sus cantos chamánicos entre 1965 y 1966, poco antes de que Lola se fuera. Se trata de uno de los pocos fragmentos tangibles de una lengua y una cultura que fueron borradas del mapa por los colonizadores y, sobre todo, por los estancieros de principios del siglo XX: amparados por el estado argentino, masacraron vilmente a los Selk'nam y forzaron a los sobrevivientes a misiones católicas en donde sus vidas y su cultura terminaron por apagarse.

Una de las interpretaciones de Lola grabadas, traducidas y publicadas por Chapman, quizás la más difundida, habla de los viajes de la xo'on a la Montaña del Poder, donde moraban los ancestros que murieron. Y si bien es un simple canto chamánico, de alguna manera no deja de sonar como una despedida. Una que puede hacerse extensible a todos los ancianos que, al morir, se llevaron consigo la memoria de un pueblo entero.

Aquí estoy cantando. El viento me lleva. Estoy siguiendo las pisadas de los que murieron...