30.9.14

Los muchos corazones de las tinieblas

Los muchos corazones de las tinieblas

Por Sara Plaza

En el intervalo de unos pocos días, a mediados de septiembre leí un par de artículos que recordaban en su título la famosa novela de Joseph Conrad. El primero de ellos, Beit Ummar: Heart of Darkness estaba escrito por Stephen Williams. Al comienzo de su artículo, Williams explica que el título de la novela haría referencia tanto a una entidad geográfica (el Congo colonial del siglo XIX) como a un desierto espiritual y moral en el que el odio y la ambición envilecen el alma humana, un lugar en el que él mismo acababa de estar: la ciudad de Beit Ommar, muy cerca de Hebrón, en Cisjordania. Pero inmediatamente después aclara que el corazón de las tinieblas no se encontraba en la ciudad misma, sino fuera, en los asentamientos que la rodean y entre los propios colonos, cuya conducta incide en cada aspecto de la vida de los habitantes de Beit Ommar. Comenta el autor que no era la primera vez que viajaba a Palestina, ni era la primera vez que se sentía golpeado por la letanía de injusticias diarias, crueldad fortuita, y actos de malicia, que persisten en la vida de un pueblo ocupado.

Durante su visita se reunió con el alcalde de la ciudad, Nasri Sabarna, y su equipo, quienes le contaron cómo sus vidas estaban de algún modo sometidas a los caprichos de los colonos y que ni siquiera los más pequeños se libraban de su odio. El alcalde le enseñó una foto en la que un niño de ocho años estaba siendo arrebatado a su familia y amigos por soldados armados a instancias de los colonos. Williams se maravilló al comprobar que esos jóvenes inexpertos pertenecientes a las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) no mostraban ni la más mínima vergüenza a la hora de obedecer las órdenes de cualquier colono, por demencial, mezquina o malintencionada que estas fueran. Nasri Sabarna señaló que la tasa de niños detenidos en Beit Ommar era la mayor de Palestina.

La siguiente parada de Williams fue la propia Hebrón, otro corazón de las tinieblas, donde refiere que la ocupación es todavía más visible en la ciudad vieja, entre tiendas abandonadas, puestos de control y la alambrada que protege a los palestinos de la basura (y algo peor) que les lanzan los colonos. Su relato continúa en la Mezquita Ibrahimi, al evidenciar el profundo odio que sienten los ocupantes por los ocupados en la manera como una joven soldado de las IDF, que no aparentaba más de quince años, trataba a hombres y mujeres palestinos, que muy bien podrían haber sido sus abuelos. Esta escena le hizo preguntarse por la clase de madre en que se convertiría esa joven cuando tuviera edad de serlo, y recordó un tema frecuente entre los activistas palestinos con los que había hablado: que esta joven generación de israelíes siente más odio y es más racista y violenta que sus predecesoras. También más peligrosa.

La última imagen de Hebrón que recordará Williams en su artículo será la de un niño de unos doce años que al pasar a su lado le dijo sonriente "bienvenido a Hebrón".

El segundo artículo, titulado Burundi, un país en el corazón de las tinieblas lo firmaba Joaquín Mayordomo, y en las primeras líneas del mismo explicaba: "Cada día pasado en Burundi y Rwanda este verano he recordado a aquel Marlow que se adentra en la selva siguiendo el río Congo en busca de Kurtz, semidiós agrandado por Joseph Conrad (1899-1924) en su mítica novela El corazón de las tinieblas, libro magistral que sirve aquí de disculpa para dar nombre a este artículo. Kurtz murió pronunciando la enigmática frase «¡El horror! ¡El horror!» delante de Marlow y ésta frase, como un estigma, me ha acompañado cada hora vivida en una región en la que se perpetró, justo ahora hace 20 años, uno de los mayores genocidios que se recuerdan".

Al narrar su estancia en Burundi, Mayordomo comenta que "la primera sensación que se tiene al viajar por Burundi es que en el país 'no cabe más gente'", y que la miseria devora a sus habitantes. Los datos son escalofriantes, señala, y entre ellos menciona el hecho de que el 52% del presupuesto del país lo cubran donaciones extranjeras: "[e]l dinero que entra a mansalva de los países donantes de la Unión Europea y de otros se escurre como el agua entre los dedos de sus gobernantes, sin que se sepa a dónde va". Escribe: "[r]esulta dolorosamente patético descubrir a grupos de mujeres que arrancan, sí, arrancan el trigo por no disponer de una hoz para segarlo, lo amontonan a la puerta de sus casas y luego, sentadas en el suelo, recolectan las espigas una a una. Junto a las carreteras es frecuente encontrarse a personas (niños sobre todo), rompiendo a martillazos grandes piedras que luego se usarán como grava, cuando se eche el asfalto. [...] Las mujeres soportan todo lo imaginable sobre sus cabezas. Además de llevar, generalmente, un niño a la espalda, cargan con grandes mazorcas de bananas, cestos gigantes a rebosar de alimentos, sacos de lo que sea… Es lo normal". Y continúa: "[e]ste es Burundi; un lugar olvidado del mundo donde, sin embargo, el hormiguero de la cooperación internacional campa a sus anchas. Prácticamente, no hay cartel entre los miles de ellos sembrados por todo el país, que no anuncie un proyecto patrocinado por un país rico. Nadie quiere perderse, parece, esta 'fiesta de la cooperación'".

En los siguientes párrafos habla de la "endeble" política del país, de una paz precaria, de un informe de la misión de paz de la ONU que fue filtrado y en el que se menciona la creación de milicias armadas por parte del partido de gobierno... Y concluye: "Así está Burundi; pendiente de un hilo; enredado en la vieja madeja étnica de hutus y tutsis, ricos y pobres, colonizadores y colonizados… [...] El asesinato de tres monjas italianas de 75, 83 y 79 años, ocurrido hace una semana en un barrio de la capital, o la 'salida voluntaria' de algunos cooperantes europeos, 'aconsejados' por sus amigos de allí, no son más que relámpagos de una tormenta… que puede que pase de largo o que estalle sin más. Y entonces, si estalla, ya no habrá remedio. Y el horror, una vez más el horror, habrá vuelto al corazón de las tinieblas".

Sin mencionar la obra de Conrad en su título, otros dos escritos recientes me devolvieron a sus páginas.

El número de septiembre de 2014 de la revista "MU" incluye un artículo de Darío Aranda, "Wichipedia, sobre los cinco hermanos wichí (Avelino, Manuel, Esteban, Rogelio y Ricardo Tejada) que fueron detenidos a finales del pasado mes de julio en la comunidad wichí conocida como Barrio Cacique El Colorado (provincia de Formosa, Argentina) en un violento operativo propio de la dictadura militar y que, como afirma su abogado Daniel Cabrera, "están presos por defender su territorio y, sobre todo, por no doblegarse ante Gildo Insfrán [gobernador de la provincia] y sus punteros". Las líneas de Aranda trasladan al lector a la provincia de Formosa, le muestran las distintas caras de la capital y le sientan frente a las mujeres de una comunidad indígena. Cada párrafo contiene una denuncia y en uno de los últimos cede la palabra al qom Félix Díaz, quien resume: "[l]o que viven los hermanos Tejada es injusto, ilegal e ilegítimo. Es una violación de derechos humanos y es un claro mensaje del gobernador Insfrán para meter miedo a otras comunidades que reclaman lo que es suyo".

La otra historia la recoge Ter García en su artículo Un estudio da por veraces 45 testimonios de personas torturadas en el País Vasco, a propósito de la reciente publicación del informe Incomunicación y tortura. Análisis estructurado en base al Protocolo de Estambul, del que también se hace eco Mikel Arizaleta en La tortura y sus colaboradores, y que va acompañado del documental Voces. Detención y tortura en el País Vasco.

O el corazón se ha ensanchado hasta abarcar los cinco continentes, o son muchos los corazones de las tinieblas que ensombrecen el mundo y al ser humano.

23.9.14

Los gigantes del sur del mundo

Los gigantes del sur del mundo

Por Edgardo Civallero

El ingeniero militar, explorador y espía francés Amédée-François Frézier, en su "Relation du voyage de la Mer du Sud" (obra que escribió tras un viaje realizado entre 1712 y 1714 por las costas del Pacífico sudamericano, haciéndose pasar por un comerciante a bordo del navío mercante "St. Joseph" y estudiando, en realidad, la geografía, los puertos y las fortificaciones españolas en aquella parte de sus colonias americanas), incluyó varios apuntes etnográficos, sobre todo en relación a los pueblos indígenas de las regiones que recorrió. En uno de ellos, Frézier elabora una breve y curiosa recopilación de algunos testimonios, esparcidos por diversas crónicas y libros de viajes, en los cuales se mencionan a los "gigantescos" habitantes de la Patagonia y las vecinas islas de los mares meridionales.

Los relatos sobre la supuesta estatura "descomunal" de los habitantes nativos de las tierras del sur del mundo comenzaron con los apuntes del veneciano Antonio Pigafetta, cronista de la travesía del portugués Fernando de Magallanes, responsable de su diario de navegación y uno de los 19 sobrevivientes de esa expedición (que volvieron a España en 1522 tras realizar la primera circunnavegación al planeta, comandados por Sebastián Elcano). En la "Relazione del primo viaggio in torno al mondo" (ca. 1522) indica:

19 de mayo 1520. — Puerto de San Julián. — Alejándonos de estas islas para continuar nuestra ruta, llegamos a los 49° 30' de latitud meridional, donde encontramos un buen puerto, y como el invierno se aproximaba, juzgamos a propósito el pasar allí la mala estación.

Un gigante — Transcurrieron dos meses sin que viéramos ningún habitante del país. Un día, cuando menos lo esperábamos, un hombre de figura gigantesca se presentó ante nosotros. Estaba sobre la arena casi desnudo, y cantaba y danzaba al mismo tiempo, echándose polvo sobre la cabeza. El capitán envió a tierra a uno de nuestros marineros, con orden de hacer los mismos gestos, en señal de paz y amistad, lo que fue muy bien comprendido por el gigante, quien se dejó conducir a una isleta donde el capitán había bajado. Yo me encontraba allí con otros muchos. Dio muestras de gran extrañeza al vernos, y levantando el dedo, quería sin duda decir que nos creía descendidos del cielo. Su figura — Este hombre era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura. De hermosa talla, su cara era ancha y teñida de rojo, excepto los ojos, rodeados con un círculo amarillo, y dos trazos en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, escasos, parecían blanqueados con algún polvo.

[...] El capitán general llamó a los de este pueblo "Patagones".

Quizás por ser un término muy conocido en aquella época entre ciertos círculos (incluyendo la tripulación de aquel viaje y los potenciales lectores de sus escritos), Pigafetta no se molestó en explicar el porqué del nombre; muchos investigadores supusieron –incorrectamente– que "patagón" era una deformación de "pata gau" (en portugués, "pata grande"), denominación debida a las enormes huellas que esta gente dejaba en la arena con sus pies envueltos en pieles. Sin embargo, las teorías más sólidas postulan que el término derivaría de "patagón", nombre de un ficticio pueblo de salvajes incluidos en un libro de caballería muy popular en el siglo XVI, el "Primaleón" (1512). A pesar de lo que hayan señalado numerosos historiadores –de nuevo, incorrectamente–, los "patagones" literarios no eran gigantes, pero sí vestían con pieles, llevaban arcos y flechas, había mujeres entre ellos, eran veloces corredores, se alimentaban de carne cruda, eran necesarios varios hombres para sujetarlos, eran "feos" y "salvajes", y poseían métodos de auto-curación, características todas ellas que Magallanes y sus compañeros habrían observado en los nativos del sur de las Américas.

Sea como sea, desde aquel momento muchos mapas europeos marcaron la Patagonia, la isla de Tierra del Fuego y el brazo de mar que las separa como "gigantum regio" (país o región de los gigantes). El propio Pigafetta, en su diario de viaje, utilizó el término "patagonia" y el adjetivo "patagónico", empleándolos incluso en un esquemático mapa. El término aparece igualmente en textos escritos por otros supervivientes de aquella gesta exploradora.

Gonzalo Fernández de Oviedo, en su "Historia general y natural de las Indias", refiere que los miembros de la expedición de García Jofre de Loayza, que entró en el estrecho de Magallanes en abril de 1526, "vieron traza y vestigios y rastro de grandes pisadas de gigantes o patagones". Francis Fletcher, el capellán del barco con el que Francis Drake dio la vuelta al mundo entre 1577 y 1580, escribió en 1579 sobre patagones muy altos. El famoso Sir Thomas Cavendish "El Navegante", en su primer viaje, habla de huellas de 18 pulgadas cuando pasó por la zona a inicios de 1587, mientras que el navegante y aventurero Anthony Knivet, que participó en el segundo (y fatal) viaje de Cavendish en 1592, menciona huellas que cuadruplicaban las de un hombre normal y cadáveres de indígenas de 12 pies de largo.

El historiador español Bartolomé Leonardo de Argensola, en el Libro I de su "Conquista de las islas Molucas" (1609), indica que Magallanes habría capturado en su estrecho a "ciertos gigantes de más de quince palmos", que pronto murieron, al parecer, por carecer del alimento acostumbrado. En su Libro III cita la relación del viaje de Pedro Sarmiento de Gamboa al estrecho, diciendo que su tripulación combatió con hombres enormes: "tiene cada uno destos más de tres varas de alto". En principio los españoles fueron derrotados, pero luego los pusieron en fuga apresurada: "los indios parecían tan lejos que ningún arcabuz los alcanzara". Apunta Argensola a continuación: "Según este acto, no parecía impropia la cobardía que aplican a sus gigantes los escritores de los libros fabulosos que llaman vulgarmente de caballería".

William Adams refirió encuentros violentos con nativos de una altura extraordinaria. Adams participó en el primer viaje holandés al estrecho de Magallanes y luego se convirtió en el primer inglés en llegar a Japón. Sebald de Weert, miembro de la misma expedición, relata (en la novena parte de la edición latina de los "Grandes Viajes" publicada por Theodor De Bry e hijos entre 1590 y 1630) que, con cinco navíos en el estrecho, en la Bahía Verde, se cruzó con siete canoas llenas de gigantes "quórum, ut coniectura dabat, longitudo 10 aut 11 pedum erat" ("cuya altura era de aproximadamente 10 u 11 pies"). Al parecer, los holandeses los atacaron y los nativos, según las crónicas, arrancaban árboles para protegerse de las balas de los mosquetes. El capitán/pirata holandés Olivier van Noort, que entró al estrecho meses después que De Weert en su viaje alrededor del mundo entre 1598 y 1601 y cuya crónica aparece en el mismo libro, vio hombres enormes, con estaturas similares: "vasto ac procero corpore sunt, pedes 10 vel 11 aequante". Años después, en abril de 1615, y en el mismo sitio, Joris van Spilbergen, otro holandés medio corsario y medio navegante a las órdenes de la Compañía de las Indias Orientales en la primera expedición de esta rumbo a Asia, vio un hombre de altura prodigiosa que se había subido a una colina para ver pasar los navíos: "Conspexerunt autem ibi ad terram de Bogue, immanis admodum et horrendae longitudinis hominem" ("Vieron allí, en Tierra del Fuego, un hombre de altura completamente monstruosa y horrible").

Y así continuaron, al menos hasta que los recogió Frézier un siglo más tarde. El mito terminó cayendo bajo el peso de las evidencias etnográficas: ni los Aonikenk o Tehuelches del Sur, ni los Selk'nam u Onas, ni los Qawásqar o Alacalufes, ni los Yámana o Yaganes, las sociedades originarias de aquellos confines de la tierra, eran individuos especialmente altos. Sin embargo, la leyenda quedó flotando en el aire para siempre. Y los relatos, sobre todo aquellos que impresionaban a los lectores de crónicas de viaje en Europa. Como el del holandés Willem Schouten, capitán en la expedición de La Maire, que en diciembre de 1615 recaló en Puerto Deseado, en la actual provincia de Santa Cruz (Argentina). En la montaña, su tripulación dio con unos extraños montículos de piedra, que según señala él mismo en su "Journal ou relation exacte du voyage dans les Indes par un nouveau destroit" (1618), revelaron una terrible sorpresa: "osamentas humanas de 10 y 11 pies de largo".

Artículo. "Acerca del topónimo Patagonia. Una nueva hipótesis de su génesis", por Miguel Armando Doura. Nueva Revista de Filología Hispánica, 1 (2011), pp. 37-78.

Ilustración.

16.9.14

Meterse y salirse del cuadro

Meterse y salirse del cuadro

Por Sara Plaza

El siguiente cuento era la primera lectura de mi libro de Lenguaje de 6º de E.G.B. Se titula La huída del pintor Li y está recogido en "Pueblos y leyendas" de Herminio Almendros.

He aquí la curiosa historia de Li-Chen-jao, el pintor chino que, en tiempos ya lejanos, huyó del palacio imperial sin que nunca más se haya vuelto a saber de él.

Li nació en un lugar de una región húmeda y verde. Su vida de niño había sido alegre entre prados y blancos árboles floridos. ¡La aldea, su dulce aldea, sus viejos padres campesinos, el río transparente entre cañaverales de bambú...! Aquello era todo su gozo y toda su vida. Hasta cuando dormía sonreía soñando la luz de cristal del campo.

Desde muy pequeño dibujaba los peces y los pájaros en las piedras lavadas del río, y los rebaños y los pastores en las maderas de los establos. El yeso y el carbón eran lápices mágicos en sus manitas de niño.

Lí creció. En las aldeas y en los pueblos próximos todos hablaban de Li. Mucha gente venía por los caminos para ver las pinturas del joven artista. La fama de su mérito fue creciendo, creciendo hasta llegar al palacio del Emperador.

El emperador llamó a Li. Li se arrodilló tres veces ante el Hijo del Cielo, y tocó tres veces el suelo con su frente. El Emperador le dijo:

–Te quedarás aquí y trabajarás para adornar los corredores y salones del palacio. Ya he mandado prepararte en una de las salas tu taller bien provisto de colores y lacas y ricas maderas. Tu vida cambiará desde hoy. Ya no volverás allá donde naciste.

Li estaba triste. Ya no podría ver su casa en la dulce aldea blanca de árboles floridos a la orilla del río transparente y manos. Tendría que contentarse con soñar la alegría del campo en las cerradas salas del palacio guarnecido de barbados dragones de piedra.

Trabajaba sin descanso para agradar al Emperador. Sus pinturas llenaban los biombos lacados, las puertas de madera y de hierro y los muros de los templos y salones imperiales. Pero su pensamiento volaba a las bellas tierras húmedas donde había vivido feliz.

Un día Li pintó un gran cuadro maravilloso: el transparente cielo de su infancia, el campo de prados, el puentecillo de estacas en el río bordeado de bambúes, la blanca aldea a los lejos entre vuelos de patos salvajes, un rojo sol de aurora y un verde limpio de hierba húmeda.

Un gran cuadro maravilloso. Acudían a verlo príncipes y mandarines. Colgado en un lujoso salón del palacio, parecía una ventana abierta en el recio muro frente al más delicioso y sereno paisaje campesino.

Li había hecho su mejor obra; la que llevaba siempre en su pensamiento y en sus sueños. A él no le parecía una pintura de su país, sino su país mismo recogido en el cuadro como un milagro. Por eso se había pasado largas horas frente a él, aspirando su aire limpio y fragante; pero el pintor esclavo no podría entrar en las grandes salas destinadas a fiestas y recepciones de príncipes y nobles. Él había de vivir trabajando en su taller, olvidado de todos.

Li espiaba siempre para poder ver su cuadro a través de las puertas entreabiertas. Y un día, ausentes un momento los guardianes y criados, entró muy despacio, descolgó el campo verde y se lo llevó por corredores oscuros para esconderlo en su taller donde podría contemplarlo ilusionado.

La voz de alarma resonó imponente en el palacio y se extendió por toda la ciudad. La pintura maravillosa había desaparecido. El Emperador estaba furioso y amenazador. Mil soldados buscaron al ladrón. Llegaron a todas las casas y a todos los rincones. Por fin hallaron el cuadro en el taller de Li, escondido entre tablas y lienzos.

El Emperador mandó encarcelar a Li y le ordenó que siguiera pintando cuadros en la prisión para adornar su palacio.

Li no podía pintar. Le faltaba luz a sus ojos y alegría a su corazón.

Entonces lo llamó el Emperador y le dijo:

–Vendrás otra vez a vivir y trabajar en palacio. Para que te contentes te dejaré a solas con tu cuadro unos momentos cada día, pero si intentas algo que pueda enojarme serás castigado sin compasión.

Li continuó su trabajo. Cada día se le ensanchaba el alma de esperanza frente al campo libre de su verde país. Después, seguía sufriendo la pesada tristeza del palacio imperial.

Un día ya no pudo resistir más. Se encontraba solo en la amplia sala, ante el paisaje suyo, mirándolo con grandes ojos muy abiertos. Su aldea, su aldea verde y luminosa; ancho el campo para correr sin llegar al fin, para tragar el aire filtrado por los sauces, para abrazarse a los árboles, para cantar con el viento y oír su murmullo en los cañaverales de bambú..., para huir de este otro mundo negro y pesado como una cárcel. Sí, ancho el campo, allí cerca, blando de prados, para pisarlos, para correr allá con los brazos abiertos como alas... Y Li se acercó, se acercó, dio un pequeño salto, se metió en el cuadro, en el campo, en los prados, sin buscar los caminos, corriendo, corriendo, sin descanso, alejándose, haciéndose poco a poco pequeño, pequeño, pequeñito... hasta perderse en el horizonte azul.

Cuando los guardianes entraron para retirar a Li no lo encontraron. El Emperador se enfureció. Era imposible que hubiera salido de allí sin ser visto. Un sabio mandarín encontró la explicación del misterio. Li había huido por el cuadro, metiéndose y corriendo por el paisaje que había pintado. Aún se veían las huellas de sus pisadas en la hierba húmeda de los prados.

Hasta aquí uno de los cuentos que más me gustó de mi libro escolar, y que recordé hace algunas tardes cuando volvía a casa desde la huerta, con mi cosecha al hombro. Ese día la protagonista de la historia fui yo misma y en vez de meterme en el cuadro lo que hice fue salir de él. El pueblo estaba lleno de turistas, y los caminos, senderos y trochas que discurren por las laderas de las montañas no fueron ajenos a esta afluencia de paseantes. En general van en grupos numerosos, y habitualmente hablan entre sí a gritos, por lo que no resulta difícil escuchar freses sueltas de la conversación. Una se entera así de que los olmos que bordean el camino que recorre todos los días han pasado a ser avellanos bajo la atenta mirada del guía de la excursión, o de que las moras no se recogen cuando están negras sino cuando rojean. Descubre también que todo lo que siempre ha estado ahí aparece ante los ojos de los visitantes como recién puesto para su uso y disfrute, y que los hortelanos del pueblo resultamos muy pintorescos pero afeamos la foto.

Como comentaba más arriba, la tarde en cuestión yo acababa de estar regando en la huerta que se encuentra a poco más de un kilómetro del pueblo, en la ladera de una de sus montañas. Llevaba ropa y zapatillas desgastadas, un sombrero de paja, una vieja mochila y la bolsa de tela donde acomodo la cosecha que recojo cada día. En un recodo del estrecho camino me salieron al paso un par de perros que corrieron a olisquearme y arrimaron sus hocicos a la bolsa. Enseguida oí que alguien los llamaba y que a mí me decía que no me asustara que no hacían nada. Unos metros más adelante me encontré con un tropel de gente. Unos estaban de pie en medio del sendero, otros se habían sentado en unas piedras a la orilla del mismo y había algunos subidos a la pared de una finca. Había hombres, mujeres y niños, y la mayoría de los adultos me vio a través de la pantalla de su smartphone. Al darse cuenta de que algo en el cuadro se movía y avanzaba hacia ellos se asomaron incrédulos desde detrás del teléfono y torcieron el gesto. Mi presencia en medio el paisaje les había estropeado la instantánea y no disimularon su fastidio. Seguí avanzando escoltada por los perros. Una voz distinta los llamó de nuevo y las demás se amortiguaron a mi paso. Volví oírlas en animada conversación cuando salí del cuadro y comencé a alejarme. "Parecía del pueblo", "llevaba tomates", "¿pero aquí todavía cultivan?", "¿y tienen las huertas en mitad de la montaña?", "yo pensaba que esto era un parque natural".

La que estaba de más en el camino que recorría todos los días era yo; la que desentonaba en el paisaje del que formaba parte era yo. Hacía más de cuatro horas que había hecho ese camino en sentido inverso, y durante ese tiempo había estado arreglando los surcos de los tomates, los pimientos, las berenjenas y las judías, entre los que a diario picotean los mirlos y los petirrojos. Había estado desyerbando puerros y cebollas, y tapando algunos de los agujeros que por las noches vuelven a hacer los topos. Había estado recogiendo fresones, frambuesas y peras bajo la atenta mirada de los rabilargos. Había visto bajar a beber a los herrerillos al charquito que se había formado alrededor de la planta de calabacín. Había seguido con la mirada a las hormigas para descubrir dónde habían establecido una nueva colonia de pulgones. Había regado las patatas y recogido semillas de lechuga. Había acariciado las hojas de la hierbabuena y me había sonreído al descubrir que, como el orégano y el poleo, tenía flores de nuevo. Había echado un vistazo a las mazorcas de maíz, por si podía llevarme alguna más a casa. Había escuchado el relincho del pájaro carpintero, y el "tsac-tsac" de la tarabilla, similar al sonido producido al golpear dos piedras entre sí. No había logrado ver al sapo que suele dormitar en el aljibe, pero sí a las ranas que saltaron y se zambulleron en la poza nada más sentir mis pasos. Como digo, llevaba más de cuatro horas envuelta en el sonido del goteo del riego, de las peras que se iban cayendo, primero en la red y luego al suelo, de las hojas secas de las plantas de maíz que crujían con el viento, de los muchos pájaros que aterrizaban en las ramas de los fresnos y se columpiaban en las de los ciruelos, de las lagartijas que corrían a esconderse en las rendijas... llevaba más de cuatro horas trajinando con frutas y hortalizas, enrollando y desenrollando mangueras, abriendo y cerrando llaves de paso... y toda esa realidad resultaba absolutamente irreal para aquellos turistas a los que una huerta en mitad de la montaña se les antojaba poco menos que inimaginable, y mi repentina aparición con la cosecha al hombro algo fantástico, cuando no molesto, más propio de las páginas de una selección de fábulas que de la foto digital en la que acababa de colarme.

Fotografía de Sara Plaza.

9.9.14

Viejo, nuevo, neo-viejo

Viejo, nuevo, neo-viejo

Por Edgardo Civallero

Resulta algo difícil explorar la cultura tradicional y popular en estos días en los que la modernidad y el capitalismo han lamido, masticado, tragado o escupido casi todo lo que nos rodea. Por bellas y auténticas que parezcan a primera vista, las "expresiones culturales tradicionales" actuales suelen resultar, a la postre y con honrosas excepciones, versiones desteñidas, desaliñadas e incluso bastardeadas de algo que en su momento tuvo todo un significado y un valor.

Es el nuevo aroma de las viejas cosas. Aroma a plástico y perfección, a velocidad y precisión, a globalización, ciudad y mercadotecnia, a palabras impronunciables e incomprensibles que, por su propia ininteligibilidad, lucen más importantes. Productos adornados con purpurina tecnológica, multimedias y digitalizaciones, virtualidades y espejitos de colores. Artes y oficios ancestrales aplastados y desmigajados por las nuevas máquinas de producción cultural masiva y en cadena.

Como reacción a esta falsificación de las raíces, a su prostitución en la cama de los amos del mercado global, surgen los bienintencionados movimientos de revival, de recuperación, de revitalización, que en muchos casos no producen sino los ya mentados "nuevos aromas de viejas cosas" con una pátina de anticuario que a duras penas logra ocultar la modernidad. Es la neo-cultura tradicional, lo neo-viejo: un abordaje contemporáneo del pasado que se queda a medio camino, sin recuperar los significados de antaño ni re-significarlos adecuadamente para los tiempos actuales y que, en medio de semejante mestizaje y mescolanza, termina por convertirse en un mero cambalache esperpéntico.

Afortunadamente, aún quedan pequeños rincones en los que, sin alharacas ni aspavientos, los cultores de las costumbres y la cultura de siempre siguen, calladamente, su incansable labor cotidiana de recordar, hacer y contar. Sin embargo, los años pasan de forma inexorable. Conviene no olvidarlo, y tener en mente que con cada cultor que desaparezca sin haber traspasado debidamente sus saberes, una biblioteca de conocimientos no escritos se convierte en pavesas.

Viejo, nuevo, neo-viejo
Los instrumentos musicales tradicionales auténticos se encuentran en verdadero peligro de extinción, a pesar de haber sido la "especie dominante" a lo largo de buena parte del camino trazado por el ser humano sobre la Tierra. Excepto en los casos más complejos y elaborados, su construcción solía quedar en manos de los propios músicos, que se apañaban como podían o querían para agenciarse sus "herramientas de trabajo". Hoy, esa es tarea de luthiers especializados que protegen celosamente las técnicas de construcción –hasta hace nada conocimiento popular y libre, parte de la tradición oral pasada de padres a hijos y de abuelos a nietos– porque son las bases de su negocio. Estos comerciantes han transformado cosas tan sencillas como un zumbador, un silbato o unas sonajas en una "tarea artesana" para la cual son precisas y necesarias una serie de herramientas y unos conocimientos que, al parecer, caen fuera del dominio del común de los mortales.

Y, como parte del negocio, han logrado instalar la percepción (aunque no son los únicos culpables, por cierto) de que los instrumentos buenos son los elaborados con las técnicas y herramientas actuales, y que los antiguos son parte de un pintoresco mundo primitivo, indígena, campesino al que queremos recordar pero al que no queremos regresar o imitar. De modo que las viejas flautas, rabeles, bombos, bocinas, panderos y sonajas hechas por manos (más o menos) hábiles prácticamente a navaja, con los materiales disponibles y mucho tiempo de dedicación, son usadas hoy por hoy solo por aquellos a quienes no interesan la alta calidad y durabilidad de los materiales, la delicadeza de los cortes, la simetría y limpieza del diseño, lo pulido de las superficies, los avanzados tratamientos químicos, las afinaciones perfectas e inamovibles, la pureza de los sonidos... Es decir, por unos pocos. Para los demás hay versiones remozadas de la tradición, con las que no hay que ensuciarse las manos: versiones bonitas, elegantes, brillantes, resistentes, eternas, rebuscadas, "creativas"... Versiones más avanzadas, más cómodas, más 2.0. Más caras.

Los instrumentos tradicionales neo-viejos van un paso más allá y rizan el rizo de lo ridículo: sus artífices construyen artefactos sonoros con la tecnología puntera, los "mejores" materiales (según la moda) y las técnicas más depuradas para luego, totalmente a propósito, avejentarlos, gastarlos, quitarles simetrías y brillos. Buscan así que se asemejen, en aspecto y sonido, a aquellos ejemplares "rústicos" y "primitivos" que se conservan en los museos. "El aspecto de lo auténtico con toda la calidad de lo nuevo", rezaría su eslogan. El sueño de cualquier músico tradicional, vamos.

Viejo, nuevo, neo-viejo
Interpretada en instrumentos que, desde la perspectiva actual, no eran sino una suma de errores, problemas y despropósitos, la música tradicional era, por naturaleza y desde la misma perspectiva, agreste e imperfecta (la literatura abunda en epítetos, a cual más deshonroso, para calificarla). Todo un mundo de escalas, timbres, adornos, texturas y afinaciones se fue perdiendo progresivamente no solo, como queda dicho, cuando los instrumentos fueron "mejorados", sino cuando las técnicas de canto fueron "ajustadas", las formas de interpretación "homogeneizadas" y, en general, cuando los músicos y cantores fueron "educados". De esta forma hemos logrado tener sikuris andinos que no suenan a sikuris, flautas indígenas norteamericanas que suenan a flauta dulce europea, banjos cultos, didgeridoos afinados en La 440, rabeles campesinos que suenan a violín, quenas que suenan como traversas y cantantes líricos de jotas aragonesas, huaynos peruanos y jarchas medievales. Lo nuevo no se detiene ante nada, y la modernidad no repara en gastos.

Como movimiento de reacción ante esta situación, podemos "disfrutar" de música tradicional neo-vieja en la que hay cantantes que deforman ridículamente sus voces educadas concienzudamente en conservatorios para sonar como las ancianas gallegas de una vieja grabación de campo, flautistas que "inventan" revolucionarias técnicas de soplo y digitación para recrear aerófonos indígenas no estandarizados ni temperados, y un etcétera que resulta demasiado largo como para detallarlo por escrito.

Viejo, nuevo, neo-viejo
A lo ya bosquejado hasta aquí se le podrían sumar ejemplos tomados de la agricultura, la ganadería, y la producción y elaboración de alimentos; de la fabricación de sencillos objetos de uso cotidiano, desde canastos y cestas hasta sogas, cucharas o cazos de cerámica; del empleo de hierbas medicinales y aromáticas; de los juegos infantiles, las rimas y coplas, las adivinanzas; de la danza... En todos ellos ha metido las zarpas el capital y su cultura asociada de beneficios, velocidades, porcentajes y resultados. Y en todos ellos, como respondiendo a la tercera ley de Newton, han surgido propuestas neo-viejas, a cual más desopilante.

Si bien la evolución, las búsquedas, las sumas, los aportes, las mezclas y las innovaciones son intrínsecas a la vida cultural de cualquier sociedad, la tradición no debe, por necesidad, ser re-inventada, traducida, adaptada o mejorada: si llegó hasta aquí, hasta hoy, hasta ahora, ha sido precisamente porque está bien como es, y si así se mantuvo es porque cumple una función de ancla cultural, social e identitaria. En caso de que, en efecto, necesitara ser transformada y, sobre todo, actualizada, es preciso no olvidar que no se puede mejorar, adaptar o re-inventar algo sin antes conocer ese algo en profundidad, en todos sus aspectos y variantes. Simplemente porque el menor error en la interpretación puede significar una pérdida terrible.

Sin embargo, para empezar estaría muy bien dejar las novedades y las neo-antigüedades de lado y recuperar las viejas formas de hacer y de pensar. Aprenderlas, cultivarlas y difundirlas. Y, sobre todo, despojarlas de ese manto de vergüenza y desprecio con el que las hemos ido cubriendo a lo largo de los años. Ese que nos suele llevar a querer re-inventarlas todo el tiempo.

Fotografías de Edgardo Civallero.

2.9.14

De la Ilustracion a la barbarización

De la Ilustración a la barbarización

Por Sara Plaza

Hace casi una década, con motivo de la presentación en Madrid y Barcelona del documental Bagdad-Rap dirigido por Arturo Cisneros, Santiago Alba Rico, autor de los textos en off de la película, escribió un artículo titulado "Homenaje a los buenos modales del pueblo iraquí" del que extraigo los siguientes párrafos:

Tras dos siglos de Ilustración, la llamada cultura occidental, excipiente ideológico del capitalismo, engendró de su propio seno el nazismo y la bomba atómica, Auschwitz e Hiroshima, los dos actos inaugurales de una nueva era dominada en Occidente por esa tríada platónica siempre codiciada y siempre malograda: lo bueno, lo bello y lo verdadero. Pero a condición de que Auschwitz no se repitiera, absolvimos Hiroshima e incluso la naturalizamos, la banalizamos, la cotidianizamos en el resto del mundo, y el bombardeo de civiles, desde el aire o desde el FMI, se convirtió en la espalda natural de nuestro platonismo normalizado. Los iraquíes se merecen la poca normalidad que aún alcancen entre las ruinas, donde se alimenta y se revela el capitalismo; nuestra normalidad merece un castigo.

Como escribía hace poco en un artículo, allí donde lo bueno, lo bello y lo verdadero se han revelado tan destructivos para el resto del mundo, hay que conformarse con lo regular, lo bonito y lo aproximado. Lo bueno, lo bello y lo verdadero son insostenibles para el hombre, no son quizás -hay que aceptarlo- generalizables a la humanidad; y porque sólo lo regular, lo bonito y lo aproximado se pueden universalizar, lo regular es más bueno, lo bonito es más bello y lo aproximado es más verdadero. Ese es el hombre amenazado en Iraq y ese el hombre por el que hay que luchar en Iraq (pero también en Madrid o en Buenos Aires).

Para defender lo bueno, lo bello y lo verdadero los occidentales tenemos que cerrar los ojos, tenemos que reprimir la realidad, tenemos que delimitar y acorazar pequeños nichos donde sólo ocurre nada y los cuales confundimos con la universalidad, a la que los otros se resistirían por cabezonería o por una tara genética; para defender lo bueno, lo bello y lo verdadero tenemos que resignarnos a ser más ricos, a tener más agua, más carne, más coches, más televisiones, más cerveza; para defender lo bueno, lo bello y lo verdadero estamos obligados, con un mohín de asco -o de piedad- y desde la ventana, a matar indios, bombardear mercados, hambrear niños, arrancar selvas y exterminar especies. Lo bueno, lo bello y lo verdadero se sostienen sobre una injusticia tan abyecta que su solo nombre tiene ya sabor a barro; a lo bueno, lo bello y lo verdadero les crece tan horrendo tumor en las espaldas que desearlos se ha vuelto obsceno, indecente, pornográfico. Frente a ellos, lo regular, lo bonito, lo aproximado, son el destino y la dignidad del hombre.

[...] Resulta paradójico sin duda el desprestigio del concepto de "sacrificio" en una sociedad que induce a sus ciudadanos a un permanente sacrificio contra los otros: que nos pide ininterrumpidamente que renunciemos al amor, a la amistad, al tiempo, a lo regular, a lo bonito, a lo aproximado, a los principios morales más comunes, a los valores vitales más hermosos, para obtener más poder o mas riqueza o para estar –simplemente– más cómodos. Este sacrificio es aplaudido, espoleado, requerido, admirado desde todos los púlpitos y aclamado desde todos los estadios. Hay otra posibilidad, sin embargo: la de renunciar a la comodidad para tratar de conquistar más amor, más amistad, más tiempo, una visión más exacta, una comunidad más decente, un mundo menos siniestro, una verdadera normalidad de "bastante" para todos y "suficiente" compartido. Eso es peligroso, lo sabemos, y los que se inclinan por esta opción suelen acabar en prisión o bajo una losa o, en el mejor de los casos, con la luz apagada y la voz ronca, pero la elección, me parece, es posible y es sólo, me parece, una cuestión de "buenos modales".

[...] En estos momentos hay mucha gente en muchas partes del mundo, también en Iraq, dando su vida por los hombres y debemos respetarlos. A nosotros de momento no se nos pide tanto. Pero se nos pide al menos que aprendamos a inyectarnos y a colectivizar el dolor de todos esos hombres, mujeres y niños que no hemos visto y que nunca veremos, salvo en la deliciosa nada de la televisión; de todos esos también a los que nunca conoceremos, porque son nuestros descendientes -en el más allá de los laicos-, y que esperan su turno para nacer en un mundo que, por primera vez en la historia, ya no está asegurado; se nos pide que hagamos algo, no por los iraquíes, de los que tenemos sobre todo que aprender, sino por nosotros mismos; se nos pide, en fin, que recuperemos los "buenos modales", la condición misma de toda política moderada, conservadora, realista, es decir, revolucionaria. Es decir, de toda política.

Por su parte, allá por el mes de febrero del presente año, en una entrada de su blog titulada "Últimas (malas) noticias sobre calentamiento climático y nuestras posibilidades de evitar su descontrol", Jorge Riechmann compartía la siguiente reflexión:

Durante una larga fase de mi vida, todo lo que cubre la labor intelectual y política que comenzó para mí en los años ochenta, mi pregunta de trabajo era: cómo evitar el colapso ecológico-social. Ahora se me ha convertido en: cómo evitar la barbarización social en el colapso que viene, colapso que en términos prácticos todo indica que ya es inevitable. La verdad es que todavía no acabo de asimilar del todo este cambio de perspectiva.

Y hace solo un par de días, el mismo autor, a la pregunta "¿Podemos controlar la Megamáquina?", respondía lo siguiente:

¿Podemos controlar la Megamáquina –por emplear el término que acuñó Lewis Mumford en Técnica y civilización, hace ya decenios?

La respuesta es no –debería resultar obvio a estas alturas del siglo XXI. (Pero ello no puede suponer un pretexto para renunciar a un poco de dominio sobre nosotros mismos.)

[...] Si no podemos controlar la Megamáquina, ¿se sigue de ello un retirarse a esperar la catástrofe –hacia la que avanzamos a toda velocidad?

No, sería un non sequitur. Por una parte, está la vieja posibilidad de poner palos en las ruedas, actualizada como echar arena entre los engranajes primero, y más recientemente como desconfigurar conexiones entre los circuitos. Esto, a veces, querrá decir activo sabotaje noviolento; otras veces, sólo pronunciar una palabra. Si es la palabra adecuada en la circunstancia justa.

Por otra parte, subsiste la orientación general de fracasar mejor. El derrumbe de la Megamáquina será –lo sabemos– una espantosa tragedia; cabe trabajar por reducir en lo posible la inconcebible masa de sufrimiento –tanto el humano como el de las demás criaturas.

La ilusión de tanta gente con Podemos, desde la primavera de 2014, expresa entre otras cosas esperanza en el control de la Megamáquina… Pero se trata de una esperanza engañosa, que (suponiendo que Podemos llegue realmente a algunos puestos de mando) generará en un segundo momento desencanto y frustración a menos que se tanga la inteligencia suficiente como para poner en marcha lo que yo llamaría una Estrategia Dual.

Eso quiere decir: intentar maniobrar con alguna habilidad el Titanic que inexorablemente va a hundirse –pero no con la expectativa de evitar el naufragio, sino sólo de crear mejores condiciones para el salvamento de los pasajeros.

Y comenzar YA a construir más botes salvavidas, y a organizar las formas de cooperación solidaria que pueden reducir los costes del naufragio.

En nuestra deriva hacia el colapso, ¿seremos capaces de recuperar los "buenos modales" y un poco de dominio de nosotros mismos?