29.7.14

¡Dadme el banjo!

Dadme el banjo

Por Edgardo Civallero

En junio de 1865, el pianista estadounidense Louis Moreau Gottschalk, un virtuoso que se había hecho cierto renombre interpretando temas románticos, visitaba San Francisco como parte de una de sus giras. Uno de los críticos de espectáculos locales de aquel entonces era, a la sazón, un joven periodista que recién iniciaba su carrera y que, años más tarde, se convertiría en uno de los escritores más ácidos y mordaces de su tiempo: Mark Twain. Así hablaba Twain del arte del piano en el San Francisco Dramatic Chronicle del 23 de junio, en una columna titulada "Enthusiastic Eloquence" [Entusiasta elocuencia] que traduzco a continuación de forma aproximada:

Me gusta bastante Gottschalk. Probablemente saca del piano todo lo que se pueda sacar de él. Pero el hecho puro y duro es que todo lo que saca es "tum, tum". Saca mucho más "tum, tum" del instrumento, y mucho más rápido, que la hija de mi casera, Mary Ann; pero, a la postre, todo se reduce a "tum, tum". La diferencia entre Gottschalk y Mary Ann es una cuestión de cantidad; y en lo que a cantidad se refiere, él la vapulea por tres a uno. El caso es que el piano puede valer para niñas enamoradizas, que se enlazan a esqueletos y almuerzan tizas, pepinillos y lápices de pizarra. A mí, dadme el banjo. Comparar a Gottschalk con Sam Pride o con Charley Rhoades es como comparar un cóctel Dashaway con un ponche de whisky fuerte. Cuando queráis una música genuina –una música que volverá siempre a vosotros como una moneda falsa, que empapará vuestro sistema como whisky de estricnina, que os atravesará como pastillas Brandreth, que se extenderá por vuestro cuerpo como el sarampión, y que se abrirá paso a través de vuestra piel como las plumas a través de la de un buen ganso– cuando queráis todo eso, ¡haced trizas vuestro piano e invocad al glorioso y radiante banjo!

La frase central de esta crónica, "Give me the banjo", da título a un reciente documental (Marc Fields, 2011) relatado por el comediante estadounidense Steve Martin, que resulta ser un excelente intérprete del instrumento. La película recorre la historia del banjo en los Estados Unidos, dejando claro desde un primer momento que a estas alturas ya no se puede narrar dicha historia como se hizo en el pasado, evitando o pasando de puntillas por temas tan dolorosos y espinosos como el racismo, la esclavitud, la misoginia, la explotación y el robo... Pues el banjo, esa "marca identitaria" estadounidense tan apreciada hoy como lo era en tiempos de Twain (y prácticamente por las mismas razones), es el derivado de varios instrumentos de cuerda africanos llegados a América del Norte en las bodegas de los barcos que traficaban con seres humanos. Los primeros banjos, pues, fueron construidos y tocados por esclavos para interpretar lo que en aquella época (principios del siglo XIX) no era más que "música de negros".

Desde 1830 en adelante, la comunidad afrodescendiente estadounidense y sus principales costumbres y expresiones culturales comenzaron a ser caricaturizadas en los minstrel shows, el espectáculo más aclamado de ese periodo. Apreciado y disfrutado por todas las clases sociales por igual (excepto, probablemente, por los propios afroamericanos, a quienes nadie nunca les preguntó su opinión al respecto), incluía números de variedades, baile y música, en su gran mayoría interpretados por blackfaces, artistas blancos maquillados como negros (una "costumbre" que duraría hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX). Los estereotipos que se utilizaban a mansalva en los minstrel shows terminaron degradando la cultura africana y trivializando su realidad y sus problemáticas cotidianas.

Y ahí estaba el banjo, poniéndole el marco sonoro a aquel fenómeno.

Donde quiera que fueran los estadounidenses –la "conquista del oeste", la fiebre del oro–, allí iban los minstrel shows y, con ellos, el banjo y los estereotipos. Curiosamente, esas representaciones (en las que destacaron grandes figuras, como el célebre Joel W. Sweeney) fueron transformando la percepción que el público tenía del instrumento: pasó de ser algo "negro" (con todo lo que ello conllevaba) a ser parte de la cultura colectiva, algo que pertenecía a todos; además, era tan popular que era deseable poseerlo y aprenderlo a tocar, sin importar en absoluto su origen. Esa creciente popularidad (sobre todo en áreas rurales) hizo que, a partir de cierto punto, ya no fuese necesario que el intérprete construyera su banjo, como había ocurrido en gran medida hasta entonces: aprovechando la oportunidad de negocio, el cordófono comenzó a fabricarse en las grandes ciudades. Hubo tal demanda que, al parecer, durante la Guerra de Secesión (1861-1865) no había suficientes ejemplares para cubrirla.

Tras la guerra civil, constructores como A.C. Fairbanks o S.S. Stewart diseñaron y lanzaron al mercado instrumentos pensados para hombres y mujeres "respetables" y para ser tocados en lugares "cultos". Reinventar el instrumento con un nuevo diseño y nuevos materiales procesados mediante técnicas modernas, transformando algo campesino y artesanal en algo urbano e industrial, no fue suficiente: también se re-inventó la música que ese instrumento interpretaba. Se logró, pues, separar el banjo de su cultura matriz afroamericana y de la cultura rural y campesina a la que ya había quedado asociado, para así poder ofrecerlo al blanco citadino de clase media "libre de impurezas".

El banjo no ha sido el único instrumento en las Américas que sufrió un proceso semejante. El charango, las zampoñas, la quena y otros instrumentos andinos fueron separados, en un momento determinado del siglo XX, de su contexto indígena (tocar un instrumento "indio" era algo socialmente condenable) y convertidos en "otra cosa". Ya fuese a través del empleo de nuevos materiales y de técnicas de construcción occidentales, ya a través de afinaciones temperadas y sonidos estandarizados, ya a través de la elección de nuevo repertorio y la difusión de formas de interpretación europeas, esos instrumentos fueron despojados de buena parte de los rasgos que los acercara a su origen y naturaleza indígena y fueron convertidos en simples flautas, guitarrillas y flautas de Pan; manteniendo unos niveles de "indigenidad" tolerables (no tanto como para que el intérprete pareciese un "indio", pero lo suficiente como para que resultase exótico), esos instrumentos podían ser y fueron usados indistintamente para interpretar una zamba, un huayno, un tango, una canción de Simon & Garfunkel, una cumbia o un minueto de Bach. Los mismos que no querían ni siquiera tener cerca a un indígena en las calles de sus ciudades escuchaban la quena mágica de fulano o el veloz charango de mengano, e incluso intentaban emularlos. Etnomusicólogos y antropólogos, un puñado de grupos musicales comprometidos con su cultura y algunos movimientos sociales indígenas comenzaron a poner las cosas en su sitio a partir de los 80'. Es una tarea aún en desarrollo; es muy difícil dar vuelta al modelo cultural dominante-excluyente, pero no imposible.

Con el banjo está ocurriendo algo similar. A lo largo del siglo XX ha tenido muchísimos usos, ha estado en manos de figuras de la talla de Pete Seeger, y ha sido protagonista o partícipe de muchos movimientos musicales/culturales. Pero sus raíces nunca dejaron de estar en las comunidades afroamericanas. En realidad, en las comunidades rurales de todo Estados Unidos. Y en los últimos tiempos, esas comunidades están –por contradictorio que suene– recuperando lo que siempre fue suyo, y dedicándose a mostrar las formas auténticas y tradicionales de ejecución, y los repertorios de siempre: esa música de raíz que no puede separarse (a pesar de los muchos intentos) de colores de piel, de historias de privaciones y sufrimientos, de dolores y pobrezas, de olvidos... Porque es precisamente eso, todo eso, lo que hace que el banjo sea el banjo.

Y que su sonido moviese a un tipo como Mark Twain a pedir que, en cuestiones de música, a él le ahorraran tonterías y le dejaran con el repique visceral y apasionado de esas cuerdas.

Imagen. Intérprete de banjo anónimo del área de Savannah, Georgia. Fotografía de Victor C. Schreck, 1902.

22.7.14

Escritura herida de un pueblo desposeído

Escritura herida de un pueblo desposeído

Por Sara Plaza

Recojo en esta entrada un puñado de versos de Mahmud Darwish (Al-Birwa, 1941-Houston, 2008) "probablemente el poeta más dotado, representativo y prestigioso de la Resistencia palestina", que indagando en las razones de su escritura afirmó:

Cuando el amor, la patria, el tiempo o la belleza se me escapan, es a través de la escritura como los reencuentro... como restablezco la unión con las paredes del mundo que se derrumban en mi interior. ¿Seré el poeta de los derrumbamientos, que pasa su vida reconstruyendo lo que se derrumba dentro de sí mismo y a su alrededor por medio de la escritura? Probablemente. Yo no lo he querido, pero soy el producto de mi historia y de mi pasado personal. Jamás quise, ni pretendí, edificar en la poesía, o construir en la lengua, una patria para los palestinos. Pero ¿consciente o inconscientemente, no es lo que hago?

Los primeros versos pertenecen al poema Enamorado de Palestina.

Palestina de ojos y tatuajes.
Palestina de nombre.
Palestina de sueños y de penas.
Palestina de pies, de cuerpo y de pañuelo.
Palestina en palabras y en silencio.
Palestina de voz.
Palestina de muerte y nacimiento.
Te llevé, como fuego de mis versos,
en mis viejas carpetas.
Te llevé de alimento en mis viajes.
Y te llamé, gritando, por los valles.

Los que vienen a continuación corresponden al poema El Muerto Número 18.

El olivar fue una vez un bosque verde.
Fue, amado, y el cielo
un bosque azul.
¿Qué los ha hecho cambiar esta tarde?

Pasaron el camión de los obreros en medio del camino
(Tranquilamente)
y nos pusieron de cara a Oriente
(Tranquilamente)

Mi corazón fue una vez un pajarillo azul.
¡Oh, nido de mi amado!
Tus pañuelos conmigo, todos blancos.
Fueron, amado mío...
¿Qué ha podido mancharlos esta tarde?
Porque no entiendo nada:

Pararon el camión de los obreros en medio del camino
(Tranquilamente)
y nos pusieron de cara a Oriente
(Tranquilamente)

Tienes todas mis cosas:
la claridad, la sombra,
el anillo de boda, lo que quieras,
el cercado de olivos
y de higueras.
Entrándote en el sueño, por la ventana,
llegaré hasta tu lado como todas las noches,
y te echaré un clavel.
Pero no me regañes si me retraso un poco,
porque me detuvieron...

Los que siguen fueron traducidos del árabe por María Luisa Prieto y llevan por título El Grito/La Niña.

En la playa hay una niña, la niña tiene familia
y la familia una casa.
La casa tiene dos ventanas y una puerta...
En el mar, un acorazado se divierte cazando a los que caminan
por la playa: cuatro, cinco, siete.
Caen sobre la arena. La niña se salva por poco,
gracias a una mano de niebla,
Una mano no divina que la ayuda. Grita: ¡Padre!
¡Padre! Levántate, regresemos: el mar no es como nosotros.
El padre, amortajado sobre su sombra, a merced de lo invisible,
no responde.
Sangre en las palmeras, sangre en las nubes.
La lleva en volandas la voz más alta y más lejana de
la playa. Grita en la noche desierta.
No hay eco en el eco.
Convierte el grito eterno en noticia
rápida que deja de ser noticia cuando
los aviones regresan para bombardear una casa
con dos ventanas y una puerta.

Los últimos, como los primeros, son parte del poema Enamorado de Palestina.

Y juro:
Que he de hacer un pañuelo de pestañas,
donde grabar poemas a tus ojos,
y escribir una frase
más dulce que la miel y que los besos:
"¡Que Palestina era... Y sigue siendo!"

Ilustración de Sara Plaza.

15.7.14

La conexión

La conexión

Por Edgardo Civallero

Generalmente los que se asoman a la vida cotidiana del pasado a través de las vitrinas de un museo arqueológico suelen hacerlo con la mirada puesta en un objeto. En su forma, en su tamaño, en su material, en su belleza o fealdad, en su utilidad, incluso en su similitud con su equivalente actual o en su buen (o mal) estado de conservación.

[Otros ni siquiera miran el objeto; prefieren su representación en la animación digital explicativa de turno, proyectada en una pantalla plana justo al lado de la pieza original].

Pocos se detienen a "ver" –a imaginar, en realidad– las manos que hicieron eso que tienen delante, esa "cosa" antigua, ese "algo". Muy pocos les ponen dueño o dueña a esas manos, y menos aún atisban la intención que puso dichas manos en movimiento, o el momento, el lugar o el contexto que rodeaban esa acción...

Cuando uno se anima, da el salto y realiza semejante ejercicio de imaginación se establece, casi instantáneamente, una conexión. Una que atraviesa tiempos y espacios. Ya me he referido a ella en estas mismas páginas, hablando de ciertas obras de arte de grandes maestros clásicos. Ocurre que esas pinturas o esculturas son parte de un conjunto de piezas creadas precisamente para trascender, para atravesar las décadas y sobrevivir a las generaciones. Los restos a los que me refiero ahora, humildes reseñas arqueológicas de una vida diaria extinta, no. Esos sobrevivieron el paso del tiempo y llegaron hasta nosotros por pura casualidad, por una jugarreta de la fortuna, por una cuestión de suerte. No estaban pensados para alcanzar la inmortalidad ni para lograr, casi intactos e incorruptos, la posteridad, sino para realizar una función concreta durante un periodo breve. Unas sandalias de esparto de la Andalucía del Neolítico, por ejemplo, no fueron hechas para transmitir un mensaje, o para sobrevivir el embate de cinco o seis milenios, o para que las generaciones futuras, fuesen quienes fuesen, admirasen su fino diseño. Fueron hechas para ser calzadas, gastadas y abandonadas.

Ocurre que el destino quiso para ellas otra cosa.

Las manos que tejieron esas sandalias seguramente fueron las mismas que buscaron el esparto del que están hechas. Aquí surge la primera conexión: aquellos hombres y mujeres de hace milenios recolectaban la misma planta que hoy nosotros acariciamos cuando vamos de paseo por las montañas que nos rodean. Seguramente alguna que otra vez se cortarían con esas hojas, filosas y resistentes, hasta que se decidieran a evitarse molestias enrollándolas en una vara y tirando de ellas para arrancarlas. Puede que cortaran un manojo de flores de esparto secas para espantarse las moscas mientras trabajaban, e incluso, por qué no, podrían haber jugueteado con los tallos, armando esos pequeños clarinetillos que aún soy siguen siendo populares como juguetes infantiles... Para buscar el esparto tendrían que apartar de su camino tomillos y retamas, lavandas y piornos, lo mismo que hacemos nosotros.

Y con esta primera conexión, surgen las primeras preguntas, las de la "historia pequeña", las que no vienen reflejadas en los grandes manuales: ¿cómo descubrieron aquellos hombres que el esparto se podía tejer? ¿Cómo averiguaron la forma de trabajarlo? ¿Cuántas veces debieron intentarlo, equivocarse y volver a hacerlo hasta que perfeccionaron el método? ¿Con cuántas otras plantas lo habrían intentado antes?

Una vez convertido en fibra, el esparto podía utilizarse para tejer cestos, canastos, bolsas, calzado y mil cosas más... Descubierto el principio básico del trenzado del vegetal, el límite para la creación estaba en la imaginación de los tejedores y artesanos. O en su necesidad. Igual que hoy. ¿Cuánto tardarían en darse cuenta de que el esparto era útil para ciertos utensilios y absolutamente inútil para otros? ¿Cuánto en descubrir los límites de su durabilidad, de su resistencia, de su flexibilidad?

Para elaborar unas sandalias de esparto debía de haber, primero, una carencia. Pongamos el caso de un anciano que ya no pudiera caminar más con las sandalias que tenía; que las mirara de vez en cuando, rezongando porque se estaba quedando casi descalzo, porque iba dejando fibras o pedazos de su desgastado calzado por el camino, porque la suela era ya tan fina que, de haber querido, hubiera podido contar las piedras que pisaba. Quizás un buen día, absolutamente harto, las revolease lejos, entre improperios y maldiciones en una primitiva y perdida lengua neolítica, y decidiese que lo mismo daba andar con aquellos desmigajados pedazos de hierba trenzada que sin ellos. ¿Cuántas conexiones con la cotidianeidad del presente se pueden establecer en una escena semejante?

Decidido ya a procurarse unas nuevas, ¿iría a cortar el esparto él mismo o pediría a alguien que lo hiciera por él? ¿Se haría las sandalias él mismo? De ser así, pueden seguirse los movimientos de sus dedos –que pueden suponerse gruesos, arrugados y callosos– en el trenzado de las fibras que hoy descansan en el museo. Allí, a la vista, está cada zigzag, cada vaivén, cada vuelta, cada presión... Cada vez que apretó y que retorció, cada vez que cortó... ¿Cantaría mientras trabajaba? ¿Murmuraría para sí alguna historia? ¿Tendría espectadores de su trabajo, o lo haría solo? ¿Le enseñaría a alguien cómo hacer aquello, o se llevaría sus conocimientos consigo? ¿Cuánto tardaría? ¿Se daría prisa, o le daría igual? ¿Dónde estaría cuando trenzó ese esparto? ¿Haría frío, llovería, soplaría el viento? ¿Lo habría hecho de día o de noche?

El caso es que las manos de aquel hombre estuvieron allí, donde hoy podemos poner las nuestras. También sus pies, callosos y lastimados. Las sandalias se cubrirían de polvo, se llenarían de arena o de pinocha, se rasparían con las piedras del camino, aterrizarían sobre alguna porquería que provocaría que el anciano se deshiciera en nuevos denuestos... Las conexiones se multiplican y atraviesan los kilómetros y las centurias: el diseño de esa suela, el tacto de ese material se perpetuó hasta hoy, y no hay que hacer un enorme esfuerzo para ver esas piezas museísticas en uso en la actualidad.

Finalmente el pulso del anciano se habría apagado, y los suyos lo habrían sepultado con sus ropas, con algunas de sus pertenencias, con sus sandalias... Saltan docenas de conexiones entre ese pasado y este presente, entre aquellas lágrimas y estas, entre aquellos silencios y aquellos lamentos y estos. Y a partir de ese punto, varios factores se entrelazaron azarosamente para que las sandalias no se pudrieran, no se corrompieran, no se deterioraran demasiado siquiera... Para que llegara, a las manos de los herederos de los herederos de los herederos de su autor, seis milenios más tarde, ese error en el tejido del esparto ocurrido cuando el anciano se distrajo con el vuelo vespertino de unos murciélagos. O ese desgaste asimétrico provocado por su andar descompensado y renqueante. O esa rotura de cuando, sin querer, pateó un canto filoso que se le llevó parte de la sandalia y de la uña. O esas correas dadas de sí de tanto caminar bajo la lluvia... ¿Pueden verlo? ¿Pueden apreciar, en esos detalles, a la persona detrás del objeto, y al lugar que esa persona caminó, y al tiempo que esa persona transitó?

No hacen falta animaciones digitales, ni películas en 3-D, ni detalladas ilustraciones, ni densos informes académicos, ni análisis químicos... A veces basta con establecer una conexión con el objeto para que este nos cuente su historia. Que, por pequeña que pueda parecer, es un fragmento de una historia mucho más grande, y mucho más nuestra que la que cuentan los libros. Una en la que estamos todos conectados.

Imagen. Fotografía de Edgardo Civallero (Restos del Neolítico, Cueva de los Murciélagos, Córdoba, Andalucía. Museo Nacional de Arqueología de España, Madrid).

8.7.14

¿Cuánto son 1, 0, 4, 8?

¿Cuánto son 1, 0, 4, 8?

Por Sara Plaza

Ese fue el saludo que escuché al otro lado del teléfono después de dar los buenos días a mi sobrina: "Tía, ¿cuánto son uno, cero, cuatro, ocho?" Yo llamaba para preguntarle si se encontraba mejor, pues estaba otra vez con dolor de anginas, y si quería que fuera a jugar un ratito con ella, pero primero tuve que responder a su urgente curiosidad. Ni que decir tiene que en aquel momento no sabía muy bien qué era lo que realmente me estaba preguntando.

–¿Cómo que cuánto son uno, cero, cuatro, ocho?
–Sí, tía, ¿qué número es uno, cero, cuatro, ocho?
–Mil cuarenta y ocho.
–Pues eso es lo que he hecho: ¡mil cuarenta ocho puntos!
–¿A qué estás jugando?
–Es un juego del móvil del abuelo. Esos son los puntos que he hecho esta mañana.
–Vaya...

Entonces le di la enhorabuena y le pregunté cómo estaba, y si le apetecía que fuese a jugar con ella. Me dijo que sí. Colgamos enseguida y encaminé mis pasos hacia su casa. Me recibió con la prueba de su éxito en alto. En la pantalla táctil seguían brillando el uno, el cero, el cuatro y el ocho, y en su carita, una fina sonrisa de oreja a oreja.

Hago un pequeño inciso para aclarar que hasta ahora he tenido dos teléfonos móviles, y el primero lo tuve que cambiar porque se había estropeado y mis interlocutores no podían escuchar mi voz. Ninguno de los dos tiene más funcionalidad que la de hablar por teléfono y escribir mensajes de texto. No tienen cámara de fotos, ni acceso a Internet, ni siquiera una pantalla a color. Cuando alguien me llama suena bajito el "ring-ring" de siempre, y prácticamente no va a ninguna parte conmigo. Quiero decir que solo me acompaña en viajes esporádicos y contadas caminatas, el resto del tiempo ocupa su lugar en un rinconcito de mi mesa de trabajo, junto al ordenador, el bote de lápices, hojas en blanco, dibujos en negro y un vaso con flores. El teléfono me parece un invento maravilloso, pero por ser teléfono, no por ser otra cosa; y así como no me gusta hacer públicas mis conversaciones, tampoco me agrada verme obligada a formar parte de la audiencia de las ajenas, y mucho menos observar que cuando nos reunimos (con familiares, amigos, conocidos o desconocidos) no se charla con los presentes sino que se "wasapea" con los ausentes.

Dicho lo cual, cuando mi sobrina me anunció que había estado entreteniéndose esa mañana con el teléfono móvil del abuelo, no supe muy bien a qué iba a proponerle que siguiéramos jugando juntas cuando yo llegara. Mientras iba caminando descarté varias opciones y cuando golpeé la puerta y salió victoriosa a recibirme con su trofeo en la mano aún no me había decidido. Al entrar en casa me llevó directamente a su habitación y me fue contando cómo había conseguido esa puntuación tan alta y todo lo que iba a poder hacer después. Yo la iba escuchando y le preguntaba cuando no entendía muy bien alguna parte de su explicación, pero imagino que poco a poco fue notando mi escaso entusiasmo y mi nulo interés por aquel juguete. Casi sin darme cuenta, mientras ella seguía intentando atraer mi atención pasando pantallas con uno de sus deditos, me arrodillé junto a la pizarra que tiene colgada en una de las paredes, borré los trazos que había en ella y me puse a dibujar. Al cabo de un par de minutos interrumpió el monótono baile de su dedo, dejó el teléfono móvil sobre la silla y se acercó para pedirme que le pintase a ella, a su hermano, a papá y mamá, a los abuelos... Me indicó dónde había más rotuladores, cuáles estaban gastados, cuáles pintaban bien, y se ofreció a borrar mejor los restos del dibujo anterior que todavía se adivinaban debajo del que yo había empezado a hacer.

En aquel momento me acordé del sorprendido piloto al que despierta una vocecita en medio del desierto pidiéndole: "Por favor...; ¡dibújame un cordero!". También me vino a la memoria el pueblo de Ollantaytambo, no muy lejos de Cuzco, donde otro niño le pidió a Eduardo Galeano que le regalara una lapicera y éste, que no podía dársela porque era la única que tenía y la estaba usando, le ofreció a cambio dibujarle un corderito en la mano. Contaba Galeano en El libro de los abrazos que: "Súbitamente se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitos cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado. Había quien quería un cóndor y quien una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaban los que pedían un fantasma o un dragón. Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba más que un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:

–Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima –dijo.
–¿Y anda bien? –le pregunté.
–Atrasa un poco –reconoció."

Mi sobrina permaneció de pie a mi lado, y pasamos el resto de la mañana pintando juntas en animada conversación. La hora de comer nos encontró con el dibujo a medias (hubo que hacer y deshacer varios bocetos) y tuve que prometerle volver al día siguiente para completarlo. No hizo falta, su hermano pequeño se encargó de colorearlo esa misma tarde. Cuando nos despedimos, en su cara se había ensanchado la sonrisa. Mucho. Casi diría que mil cuarenta y ocho veces...

1.7.14

La ciencia tocada por la maldición de Casandra

La ciencia tocada por la maldición de Casandra

Por Sara Plaza

Tomo pie en un artículo del doctor Brian Moench, publicado en truthout.org con el título "Autism nation: America's Chemical Brain Drain", en el que su autor habla del país autista en que se está convirtiendo EE.UU. debido a la neurotoxicidad inducida por sustancias químicas durante el periodo de desarrollo del cerebro.

Brian Moench comienza llamando la atención sobre un dato espeluznante: "la tasa de autismo... en EE.UU. ha pasado de 1:10.000 en 1981, a 1:68 en 2014". Y en seguida se hace eco de los numerosos estudios que apuntan a las toxinas ambientales. En primer lugar recoge las conclusiones de varios científicos destacados que ya en marzo advirtieron sobre una "pandemia silenciosa", pues existen pruebas sólidas de que "los niños de todo el mundo están expuestos a sustancias químicas tóxicas no reconocidas, que están erosionando silenciosamente la inteligencia, alterando la conducta, truncando logros futuros y dañando las sociedades", entre las que se encuentran metales pesados, flúor, sustancias químicas como los bifenilos policlorados, tolueno, disolventes, materiales ignífugos, ftalatos y pesticidas, que están presentes en el mobiliario que nos rodea, la ropa que llevamos, los alimentos que ingerimos y el aire que respiramos. Según Moench, "este pequeño listado de sustancias químicas y compuestos es solo la punta de un gigantesco iceberg tóxico".

Volviendo sobre la progresión de la tasa de autismo en EE.UU., el autor comenta que "[a] este ritmo de crecimiento, en 2025 será de 1:2, o lo que es lo mismo, del 50%". Y añade, "[p]ara quienes estén tentados de pensar que esto responde a una mayor conciencia y ampliación de los criterios de diagnóstico... desde 2012... los criterios utilizados para diagnosticar, tratar y proveer servicios no han cambiado, sin embargo la tasa se ha incrementado otro 30%". Este hecho es todavía más dramático si se compara con las estimaciones recientes en países europeos, donde las tasas de autismo se han mantenido prácticamente constantes durante la última década. De ahí que Moench no pueda evitar preguntarse: "¿Qué es lo que están haciendo los estadounidenses para perjudicarse a sí mismos y dañar el cerebro de sus hijos que los europeos no hacen, además de ver las noticias de la Fox?" La respuesta, como él mismo reconoce, no es sencilla ni está del todo clara, pero no se puede pasar por alto el aumento masivo de Organismos Genéticamente Modificados (OGMs) ni el auge de pesticidas y herbicidas. Uno y otro tendrían que ver con el hecho, apuntado por el profesor David Vogel, de que entre los años 1960 y 1990 las normativas en materia de salud, seguridad y medioambiente en EE.UU. eran "más estrictas, más reacias al riesgo, más comprehensivas y más innovadoras" que en Europa; sin embargo, tal y como recoge en su libro The Politics of Precaution, desde 1990 más o menos, es Europa quien ostenta el liderazgo mundial a nivel de regulación. Moench indica que son más de 60 países (incluyendo Australia, Japón y todos los estados miembros de la Unión Europea), los que cuentan con restricciones significativas o prohibiciones rotundas sobre la producción y venta de OGMs, y se lamenta de que en EE.UU., las agencias federales hayan aprobado un sistema agroindustrial con OGMs/pesticidas basándose en estudios elaborados por las mismas empresas que los han creado y obtienen beneficios vendiéndolos.

Vale la pena citar por extenso lo que Moench escribe al respecto en su artículo: "El herbicida con mayor éxito de ventas en el mundo es el glifosato, patentado y vendido originalmente como Roundup. El glifosato es un disruptor endocrino muy poderoso, lo que significa que interfiere en la producción, liberación, transporte, metabolismo o eliminación de las hormonas naturales del cuerpo, que son las sustancias biológicas más poderosas que conoce la ciencia. Los fetos y los recién nacidos están particularmente expuestos, ya que cualquier disruptor de los sistemas endocrinos puede afectar al desarrollo del cerebro. La semana pasada, se hizo un estudio que probó, una vez más, que Monsanto ha estado mintiéndonos. Monsanto lleva tiempo pregonando desafiantemente que Roundup se descompone rápidamente y no se acumula en el cuerpo humano. No es así. [La coalición nacional] Moms Across Americas examinó la leche materna de diez mujeres estadounidenses y encontró niveles alarmantes del principal principio activo del Roundaup, el glifosato, en tres de las diez mujeres. El estudio también analizó la orina de 35 personas de diferentes partes del país y encontró niveles de glifosato diez veces superiores a los hallados en un estudio similar llevado a cabo entre la población de un país de Europa. Monsanto y los organismos reguladores del mundo han elaborado sus normas basándose en el supuesto de que el glifosato no es bioacumulable. El científico de Monsanto Dan Goldstein incluso llegó a afirmar recientemente, '[s]i se ingiere, el glifosato se elimina rápidamente, no se acumula ni en la grasa corporal ni en los tejidos, y no es metabolizado por el cuerpo humano. En vez de eso, es eliminado sin cambios a través de la orina'".

Un poco más adelante, Moench menciona otra investigación publicada en el New England Journal of Medicine en la que se comparaban los resultados de las autopsias cerebrales de niños autistas, que habían fallecido por causas no relacionadas con el autismo, con las de niños normales. De acuerdo con esos resultados, los cerebros de los primeros mostraron un desarrollo anómalo de neuronas desorganizadas en las capas del córtex cerebral. Para Moench, la principal implicación de esta investigación es que dichas anomalías tuvieron que haberse desarrollado casi con total certeza en el útero durante las etapas claves del desarrollo, entre las semanas 19 y 30 de gestación. Explica además que el tiempo de exposición a la toxina puede ser incluso más importante que la dosis de la misma, y que también es fundamental la presencia o ausencia de otros facilitadores o toxinas sinérgicas. Y a propósito de las conclusiones de otro estudio, señala un error muy común, "alimentado en parte por la insuficiente regulación gubernamental", que consiste en atribuir a las toxinas un efecto de todo o nada: los niveles por encima de las dosis "seguras" serían perjudiciales, y los niveles por debajo, no. Sin embargo las sustancias químicas que dañan el cerebro pueden provocar desde cambios imperceptibles hasta discapacidad neurológica severa. Por otro lado, la ausencia de problemas cognitivos o de conducta en la infancia no prueba necesariamente que la exposición temprana a neurotoxinas no tenga efectos adversos para el desarrollo cerebral. Se ha demostrado que algunas sustancias causan daños que solo se ponen de manifiesto en la aparición retardada de problemas de aprendizaje, déficit de atención y cambios en la regulación emocional, que pueden tener consecuencias a largo plazo en jóvenes y adultos. A lo anterior hay que añadir, siempre siguiendo la explicación de Moench, que las políticas centradas en los adultos en modo alguno protegen los cerebros en desarrollo durante el embarazo y la primera infancia, pues los niveles de exposición a sustancias químicas como los pesticidas que pueden provocar daños serios y permanentes en el cerebro inmaduro pueden, sin embargo, tener un impacto no detectable en adultos.

Moench basa sus afirmaciones en varias investigaciones que confirman que "las madres más expuestas a pesticidas 'seguros' que se usan normalmente han dado a luz niños con menor inteligencia..., anomalías estructurales del cerebro..., trastornos de conducta..., problemas motores..., tasas más elevadas de cáncer cerebral... y menor tamaño de la cabeza...", así como en las conclusiones de la Autoridad Europea para la Seguridad de los Alimentos, que en diciembre de 2013 "dictaminó que los pesticidas controvertidos asociados con el descenso de la población de abejas, los neonicotinoides, pueden afectar negativamente el desarrollo de las neuronas y de la estructura cerebral en los bebés no nacidos". Pero es que también se ha demostrado que "[l]as enfermedades neurológicas de los adultos como el Parkinson y el rápido declive cognitivo son más comunes en personas expuestas, aunque sea de forma modesta, a pesticidas 'legales'...", e igualmente se ha probado que "[l]os adultos con altos niveles de metabolitos del DDT tienen cuatro veces más posibilidades de padecer Alzheimer...".

Es indudable que todos estos estudios e investigaciones son necesarios y deberían de tenerse en cuenta a la hora de elaborar políticas y normativas; no obstante, hace más de siete años, durante una conferencia mundial, 200 de los más destacados pediatras, toxicólogos, epidemiólogos y científicos de todo el mundo ya señalaron la importancia del principio de precaución: "Dada la exposición ubicua a muchas sustancias tóxicas medioambientales, deberían renovarse los esfuerzos dirigidos a prevenir el daño. Dicha prevención no debería esperar pruebas detalladas de daños individuales... Las exposiciones tóxicas a contaminantes químicos durante las etapas de mayor susceptibilidad pueden causar enfermedad y discapacidad en la infancia y a lo largo de toda la vida". En junio de 2009, la Sociedad de Endocrinología (formada por 14.000 investigadores y médicos especialistas en cuestiones hormonales de más de 100 países) advertía de que "incluso niveles infinitesimales de exposición [a químicos disruptores endocrinos] –de hecho, cualquier nivel de exposición– puede causar anomalías reproductivas y endocrinas, en particular si la exposición tiene lugar durante la etapa crítica de desarrollo. Sorprendentemente, dosis bajas pueden ejercer incluso mayores efectos que dosis más elevadas". Más recientemente, en octubre de 2013, en un comunicado conjunto del Colegio Estadounidense de Obstetras y Ginecólogos y la Sociedad Estadounidense para la Medicina Reproductiva, podía leerse: "La exposición a químicos tóxicos medioambientales y otros factores estresantes es ubicua, y la exposición antes de concebir y durante el periodo prenatal a agentes tóxicos medioambientales puede tener un efecto profundo y duradero en la salud reproductiva a lo largo de la vida". Y allá por el año 2004, un grupo de prestigiosos científicos suscribieron la Declaración internacional sobre los peligros sanitarios de la contaminación química, conocida como el "Llamamiento de París" en la que se afirmaba que "la contaminación química bajo todas sus formas se ha convertido en una de las plagas humanas actuales", pero es que además se trata de una plaga que "la medicina moderna no consigue detener" y "constituye una amenaza grave para el niño y para la supervivencia del hombre". En los últimos párrafos de su artículo Moench cita otra investigación para explicar que "[l]os estadounidenses están expuestos a más de 83.000 sustancias químicas industriales como parte de la civilización moderna. Virtualmente, todas las mujeres embarazadas son repositorios de químicos andantes. Rastreando 163 químicos, el 99% de las mujeres embarazadas dieron positivo para al menos 43 sustancias químicas diferentes". E insiste en el hecho de que "el recién nacido medio viene al mundo 'pre-contaminado' desde el primer día, almacenando cientos de químicos y metales pesados adquiridos durante la vida intrauterina", tal y como muestran otros estudios.

Pese a los cada vez más elevados niveles de autismo y trastornos de conducta en EE.UU., los funcionarios de salud pública y los políticos no parecen preocuparse por averiguar que está pasando y porqué, y mucho menos por cómo detenerlo. De ahí que el doctor Brian Moench finalice su exposición con un par de frases tan contundentes como con las que arrancó su escrito: "la actual aversión estadounidense a responsabilizar a las industrias vuelve prácticamente cierto que las agencias reguladoras continuaran haciendo la vista gorda en la mayoría si no en todos los probables factores ambientales desencadenantes del autismo. El trágico descenso del rendimiento intelectual colectivo de los estadounidenses, y el asalto químico a los cerebros de nuestros niños, están disparándose de manera catastrófica".

La ciencia lleva décadas alertando (como ya ocurriera en el caso del cambio climático antropogénico), pero la sociedad mayoritariamente no escucha y los gestores de este criminal sistema económico en el que estamos inmersos continúan ajustando la legislación y firmando infames tratados a la medida de las grandes corporaciones, como el Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones que se está negociando actualmente en secreto entre EE.UU. y la UE.