24.6.14

Paquitzapango. La morada del águila

Paquitzapango. La morada del águila

Por Edgardo Civallero

Cuentan los Asháninka, ese pueblo dueño de mil historias, habitantes de los bosques húmedos de la Amazonia peruana (departamentos de Junín, Pasco, Huánuco y Ucayali) y brasileña (estado de Acre), que en la parte baja del río Ene, en la provincia de Satipo (selva de Junín) hay un gran cañón, cavado lentamente por las aguas a lo largo de los siglos.

Paquitzapango. La morada del águila
Los muros verticales e inaccesibles de ese cañón eran la morada de un águila (paquitza o paquitsa, en lengua asháninka), un ave enorme que solía vigilar atenta el paso de las canoas de la gente que se movía de comunidad en comunidad, ora aguas arriba, ora aguas abajo. Para el animal, aquellos seres que cruzaban remando su territorio y su mirada no eran más que presas en potencia. Presas de gran tamaño, para nada indefensas, pero presas al fin y al cabo.

Paquitzapango. La morada del águila
Poco tardó en encontrar la oportunidad de hacerse con una de ellas, un anciano que viajaba solo. Lo que probó le gustó. Mucho más que el resto de las carnes que en su vida había comido. De modo que se aficionó a atacar a los hombres y mujeres que viajaban solos por el río Ene. Cazaba humanos como si cazara lagartos. O palomas. Dicen los viejos narradores que el águila hacía muros de piedra en medio de la corriente para desviar a los viajeros de sus rutas, o colocaba grandes rocas para hacer encallar las embarcaciones. Cuentan también que estaba casada con una mujer Asháninka, testigo forzada de la barbarie. Los ataques no cesaron, las muertes fueron sumándose, y las comunidades cercanas al cañón, que ya acumulaban luto sobre luto, comenzaron a desesperarse: el ave era tan fuerte como hábil, y era imposible para los cazadores aproximarse a ella sin ser vistos y convertirse, ellos mismos, en los cazados.

Paquitzapango. La morada del águila
En su búsqueda de soluciones, los ancianos y los chamanes sheripiari consultaron, caminando los senderos de la ayahuasca, con los espíritus ancestrales Asháninka, los cuales les sugirieron una ingeniosa treta. Se trataba de armar una figura de arcilla y látex de shiringa (árbol del caucho) con forma humana, vestirla con las ropas cotidianas de los Asháninka y llevarla al arrastre por el cañón junto a otras canoas en donde irían, escondidos, los cazadores.

Paquitzapango. La morada del águila
Cuando el águila divisó aquella figura, solitaria en medio de las embarcaciones, no pudo resistir la tentación y cayó sobre ella en picado, con sus enormes garras por delante. Al clavarlas en el muñeco, se hundieron en la mezcla de barro y goma y allí quedaron, atrapadas. Inmediatamente, la imponente ave fue atacada con lanzas, flechas envenenadas y mazas por los cazadores y guerreros Asháninka que iban en las canoas vecinas. Poco tardaron en acabar con ella.

Paquitzapango. La morada del águila
Se dice que a partir de las plumas que bajaron flotando por las aguas del río se originaron muchos pueblos que hoy viven a lo largo del curso del Ene y de los ríos Tambo y Ucayali. Aún en la actualidad los Asháninka pasan por ese sitio (bautizado como Paquitzapango o Paquitsapanco, "la casa del águila") con cierto temor. Y perciben como una amenaza cualquier cosa que no los deje circular libremente por esas aguas, ya sea una sanguinaria bestia mítica... o un proyecto hidroeléctrico multinacional.

[El Proyecto Central Hidroeléctrica Paquitzpango pretende construir una represa en el río Ene, inundando 40.000 hectáreas de bosques en territorio Asháninka (y el Parque Nacional de Otishi) y desplazando entre 8.000 y 10.000 personas de 10 comunidades. Es una de las 5 represas incluidas en los Acuerdos de Integración Energética entre Brasil y Perú firmados por Alan García y Luis Inázio da Silva. Nadie consultó a los Asháninka. En la actualidad, Paquitzpango continúa en proceso de estudio de factibilidad. Y los Asháninka continúan pensando cómo acabar con la bestia esta vez].

Artículo. "Asháninka", en Base de Datos de Pueblos Indígenas u Originarios.
Artículo. "Asháninka", en Povos Indígenas do Brasil.
Libro. "Asháninka: territorio, historia y cosmovisión", por UNICEF.
Artículo. "Proyecto hidroeléctrico Paquitzapango amenaza a pueblos indígenas de selva central", en Servindi Perú.
Artículo. "El miedo asháninka", en La República.

Imágenes del pueblo Asháninka, de Survival International, con un texto de Jo Eede.

17.6.14

"El trabajo doméstico ha sido construido por el capitalismo"

El trabajo doméstico ha sido construido por el capitalismo

Por Sara Plaza

Los siguientes párrafos son la trascripción de la entrevista a Silvia Federici realizada por Diagonal que puede verse aquí.

Silvia Federici es profesora en la Hosftra University de Nueva York, militante feminista y experta en el debate sobre el trabajo doméstico dentro del sistema capitalista. En "Revolución en punto cero" se recogen algunos de sus artículos fundamentales sobre este tema.

Diagonal: "Revolución en punto cero" reúne tus artículos sobre trabajo reproductivo desde los años 70. ¿Puedes explicar cómo ha evolucionado tu postura?

Silvia Federici: Mi evolución es que, en la primera parte del libro, que corresponde a artículos que escribí en los años 70 hasta comienzos de los 80, son artículos que escribí en el contexto del movimiento feminista, en mi activismo en la campaña internacional 'Salarios para el trabajo doméstico'. En ese contexto 'reproducción' se refería, principalmente, al trabajo doméstico, a todo ese trabajo no pagado que hacen las mujeres día a día. En la segunda parte del libro 'reproducción' toma un significado más amplio: se extiende a, por ejemplo, la agricultura. A mediados de los 80 pasé un tiempo en Nigeria, donde me encontré con una nueva problemática feminista, y no solo feminista: la cuestión de las luchas por la tierra, la agricultura de subsistencia, el hecho de que las mujeres en muchas partes del mundo, principalmente en África, hacen el 80% de la agricultura de subsistencia, produciendo para el consumo de las familias. Este tipo de actividad estaba siendo atacada por el Banco Mundial, en esta estrategia de privatizar la tierra y acabar con cualquier actividad que escapase al mercado, a las relaciones monetarias.

Y luego, otra evolución es en términos de estrategias, estrategias de lucha para cambiar el mundo, para crear una sociedad poscapitalista. En la primera parte del libro, la principal estrategia feminista es la que estaba defendiendo con otras mujeres en los 70, salarios para el trabajo doméstico. Era, en definitiva, una estrategia que pretendía subvertir la división sexual del trabajo, que está basada en el trabajo no pagado de las mujeres. En la última parte, en mis últimos artículos, hablo mucho de la cuestión de los comunes, que lleva el tema más allá de las relaciones monetarias y nos permite pensar en formas que, empezando desde ahora, nos permitan construir otro tipo de sociedad, fuera de la lógica del mercado y del capitalismo.

Diagonal: En el libro dices: "El capitalismo promueve una crisis reproductiva permanente". ¿Puedes explicar esta afirmación?

Silvia Federici: El capitalismo es una crisis reproductiva porque a la conclusión a la que llegamos, analizando el papel del trabajo reproductivo en la acumulación capitalista, es que el capitalismo necesita, estructuralmente, devaluar la reproducción, el trabajo reproductivo y a los sujetos del trabajo reproductivo, que son principalmente mujeres, aunque no solo. El capitalismo necesita devaluar el trabajo reproductivo porque necesita rebajar el coste de producir la fuerza de trabajo. Hoy en día además hay otra forma en la que la reproducción es otro terreno de crisis, y es una de las respuestas que la clase capitalista dio al increíble ciclo de luchas que tuvieron su punto álgido en los 60 y los 70, y comenzaron con las luchas anticoloniales, de estudiantes contra la guerra, luchas de trabajadores, feministas... Una de las respuestas ha sido transformar completamente la economía mundial y por ejemplo cortar cualquier tipo de inversión que había hecho el Estado para reproducir la fuerza de trabajo. Todos estos recortes de servicios sociales que estamos presenciando en todos lados, no solo en España o Grecia, en realidad Estados Unidos ha sido uno de los primeros, o África con los planes de ajuste estructural. Una de las principales medidas de los planes de ajuste estructural fue el recorte de inversión pública en servicios como salud, educación, transporte, necesidades básicas. Eso ha creado una inmensa crisis reproductiva.

Así es que ahora tenemos a las mujeres en concreto en el centro de una crisis increíble, que implica falta de recursos, jornadas de trabajo interminables, una vuelta a los tiempos de la revolución industrial... Una vida hecha de trabajo y ansiedad, porque todo se ha vuelto precario, no sabemos si podremos reproducirnos en el futuro, no tenemos tiempo para nuestra familia ni nuestros amigos, los niños sufren... No es casualidad que, por ejemplo, en un país como Estados Unidos, y empieza a pasar en otros países, se da a los niños una cantidad inmensa de tranquilizantes y antidepresivos. Según cifras estadounidenses, 1 de cada 4 niños estadounidenses tiene un trastorno mental. Mi interpretación de esto, claro, es que un problema creado por la falta de recursos y de atención a la infancia se medicaliza. Dejas de invertir en la escuela y luego das medicación a los niños porque tienen déficit de atención. Los niños están insatisfechos y les damos antidepresivos. Es básicamente un intento de medicalizar y sedar esta increíble insatisfacción. Las mujeres son las mayores consumidoras de antidepresivos, porque sus vidas escapan de su control, consumidas por tanto trabajo.

Diagonal: Señalas que el trabajo reproductivo tiene dos dimensiones: reproducción para el capital y reproducción para la vida.

Silvia Federici: Señalo que el trabajo reproductivo tiene dos elementos que necesitamos diferenciar, aunque en la vida no están separados, pero los tenemos que diferenciar teóricamente porque las actividades por las que reproducimos nuestra vida han sido distorsionadas, capturadas, constreñidas, modeladas en formas que están determinadas por las necesidades del mercado de trabajo. Eso es muy importante, porque nos permite darnos cuenta de muchas de las cosas que hacemos, y de que las razones por las que el trabajo doméstico ha sido tan opresivo no es porque reproducir a las personas sea opresivo en sí mismo, o porque sea menos creativo que otros trabajos, sino porque se ha organizado de forma que no responde a nuestros deseos, está modelado en función de necesidades que no son las nuestras sino las del mercado capitalista. En realidad hemos comenzado a teorizar en el movimiento que luchar contra el trabajo doméstico no solo nos libera a nosotras sino que también libera a las personas que nos rodean. Por ejemplo, la lucha de las mujeres contra el trabajo no pagado es una lucha que los hombres deberían haber apoyado, que libera a las mujeres pero también a los hombres de nuestra dependencia económica hacia ellos. Esa dependencia económica ha sido una forma de disciplinar a los hombres, ha sido una causa de desigualdad y relaciones de poder; los hombres han podido, a través del salario, ordenar el trabajo y los servicios de las mujeres, pero esa dependencia también ha significado su dependencia del capital. Cada vez que hay una huelga, tienes a una mujer e hijos que dependen de ti en casa y te lo tienes que pensar dos veces antes de sumarte a la huelga. Pienso que disgregar, redefinir lo que es el trabajo doméstico, ver que no es algo previo a la sociedad capitalista sino que ha sido construido por el capitalismo, y ver qué mecanismos contiene para dividir a la clase trabajadora, y que permite a la clase capitalista delegar su poder, esconder la explotación, naturalizarla, hacer que parezca algo que pertenece a la personalidad o identidad de las mujeres es muy importante y liberador, y creo que los hombres deben dar un paso al frente en este proceso de crear una sociedad no capitalista.

Diagonal: ¿Cómo se relaciona todo esto con la cuestión de los bienes comunes?

Silvia Federici: Primero, la cuestión de los comunes se ha vuelto central en las organizaciones radicales, y no de forma accidental, desde los 90. En los 90 empezamos a ver que los últimos comunes que quedaban se estaban perdiendo, con ese gran impulso dirigido por el Banco Mundial a la privatización de la tierra... la comercialización de tierras, bosques, mares, y todos los aspectos de nuestra vida. Y esta idea del mercado como el elemento hegemónico de las relaciones sociales, de la reproducción social. La comercialización del conocimiento, por ejemplo. La educación, que era de alguna manera una garantía, ahora tienes que pagarla. De alguna manera la idea de los comunes representa una rebelión contra este proceso de privatización. También representa la necesidad que cada vez más comunidades a lo largo del mundo sienten de crear inmediatamente, en el presente, formas alternativas a la relación salarial. Porque no hay trabajo, no hay sanidad, porque nos están quitando todas las formas de subsistencia con las que contaba la gente. Así que la idea de los comunes, ya sea reapropiarse de la tierra, crear huertos, nuevas fuentes de comida, ya sea crear espacios donde producir y distribuir conocimiento fuera de las relaciones monetarias... Todas estas son necesidades de supervivencia. Así que el deseo de los comunes está motivado por necesidades muy reales. Los comunes representan también una forma de reconstruir una comunidad, unas relaciones comunitarias, un tejido social, sin los que no podemos luchar, no podemos luchar para poder reorganizar nuestra vida y reclamar recursos. Estoy muy interesada en la reorganización del trabajo reproductivo. En otras sociedades el trabajo reproductivo se hacía de forma colectiva, en un contexto de familias extensas y comunidades, pero en el capitalismo tenemos la separación en casas individuales, mujeres que trabajan a menudo todo el día solas, con múltiples tareas, de forma que su vida está totalmente consumida por este trabajo. Creo que tenemos que repensar, a medida que confrontamos la crisis y creamos nuevas formas cooperativas de existencia, que también tenemos que tener en mente la reestructuración y la reorganización del trabajo doméstico de forma que sea más cooperativo. Eso significa que tenemos que buscar nuevas formas de organizar el cuidado de la infancia, de quienes no son autosuficientes, la forma de hacer el trabajo doméstico, la organización del hogar, la relación del hogar con el vecindario... Todo eso tiene que ser repensado de forma que cree comunidad.

Entrevista y traducción: Irene G. Rubio
Vídeo: Kike Castro
Agradecimientos a Traficantes de Sueños.

10.6.14

Más que mil palabras...

Más que mil palabras

Por Edgardo Civallero

Pawel Kuczynski nació en Szczecin (Polonia) en 1976. En 2001 se graduó en la Academia de Bellas Artes de Poznan, con especialidad en Artes Gráficas, y lleva desde 2004 ocupándose de ilustraciones satíricas. Desde entonces ha ganado un número récord (102) de premios y distinciones internacionales.

En sus dibujos, casi surrealistas, Kuczynski se ocupa de criticar el sistema social moderno: desde el hambre y las desigualdades hasta las paradojas de la globalización, las características más nauseabundas de la política y el capitalismo y las nuevas tendencias en la vida del ser humano.

Más que mil palabras

Más que mil palabras

Más que mil palabras

Más que mil palabras

Más que mil palabras

Más que mil palabras

Más que mil palabras

Más que mil palabras

Más que mil palabras

Más que mil palabras

3.6.14

Orquestas y rondas de ayer

Orquestas y rondas de ayer

Por Sara Plaza

Creo que una de las descripciones más hermosas de las orquestas que, allá por los años 30, amenizaban las fiestas patronales de muchas aldeas gallegas, es la que aparece en el relato Un saxo en la niebla, que forma parte del libro de Manuel Rivas ¿Qué me quieres amor?, del que extraigo los siguientes párrafos:

Nada más verse el campanario de la parroquia la Orquesta Azul recompuso enseguida su aspecto. Los hombres se anudaron las corbatas, se alisaron los trajes, se peinaron, y limpiaron y abrillantaron los zapatos con un roce magistral en la barriga de la pierna. Los imité en todo.

Sonaron para nosotros las bombas de palenque.

¡Han llegado los de la orquesta!

Si hay algo que uno disfruta la primera vez es la vanidad de la fama, por pequeña e infundada que sea. Los niños revoloteando como mariposas a nuestro alrededor. Las mujeres, con una sonrisa de geranios en la ventana. Los viejos asomando a la puerta como cucos de un reloj.

¡La orquesta! ¡Han llegado los de la orquesta!

Saludamos como héroes que resucitan a los muertos. Me crecía. El pecho se me llenaba de aire. Pero, de repente, comprendí. Nosotros éramos algo realmente importante, el centro del mundo. Y volví a encogerme como un caracol. Me temblaban las piernas. El maletín del saxo me pesaba como robado a un mendigo. Me sentía un farsante.

[...] Con el traje de corbata, la Orquesta Azul se reunió en el atrio. Teníamos que tocar el himno español en la misa mayor, en el momento en que el párroco alzaba el Altísimo. Con los nervios, yo cambiaba a cada momento de tamaño. Ya en el coro, sudoroso con el apretón, me sentí como un gorrión desfallecido e inseguro en una rama. El saxo era enorme. No, no iba a poder con él. Y ya me caía cuando noté en la oreja un aliento salvador. Era Macías, hablando bajito.

–Tú no soples, chaval. Haz que tocas y ya está.

Y eso fue lo que hice en la sesión vermú, ya en el palco de la feria. Era un pequeño baile de presentación, antes de que la gente fuese a comer. Cuando perdía la nota, dejaba de soplar. Mantenía, eso sí, el vaivén, de lado a lado, ese toque de onda al que Macías daba tanta importancia.

–Hay que hacerlo bonito –decía.

¡Qué tipos los de la Orquesta Azul! Tenía la íntima sospecha de nos lloverían piedras en el primer palco al que había subido con ellos. ¡Eran tan generosos en sus defectos! Pero pronto me llevé una sorpresa con aquellos hombres que cobraban catorce duros por ir a tocar al fin del mundo. "¡Arriba, arriba!", animaba Macías. Y el vaivén revivía, y se enredaban todos en un ritmo que no parecía surgir de los instrumentos sino de la fuerza animosa de unos braceros.

En cuanto a las rondas, la descripción tuvo mucho de recreación, y está enmarcada en la celebración de la XV Jornada de música y tradiciones "Rondas y Guitarreros", el pasado 31 de mayo en el pueblo de Braojos de la Sierra (Madrid).

Ventanas y balcones habían sido adornados con ramos de retama blanca, y de sus rejas y barandillas colgaban mantones negros en pico con flores bordadas y flecos. Los vecinos del pueblo y los recién llegados nos encontramos en la plaza para escuchar cuándo y cómo se hacían antes las rondas. Quienes lo desconocíamos casi todo cerrábamos los ojos tratando de imaginar cómo habrían lucido esas mismas ventanas y esos mismos balcones cubiertos sucesivamente de brezo rojo, brezo blanco y piorno, antes de estarlo por las retamas; quienes lo habían oído contar asentían entrelazando los recuerdos de sus mayores en el relato que escuchaban esa mañana; y quienes habían participado de aquellas rondas se sonreían y nos sonreían. Inmediatamente después se dio paso al recitado y la lectura de algunas coplas, y junto a la Rondalla La Vereda de Navarredonda, los Guitarreros de Braojos y la Ronda de los Llanos (Albacete) comenzamos a recorrer las calles deteniéndonos a los pies de los ramos de retamas.

Caminábamos codo a codo músicos y acompañantes, y los primeros llevaban sus instrumentos con la misma naturalidad y despreocupación con la que los demás cargábamos bolsos, mochilas o prendas de abrigo. Primeros versos para la Virgen del Buen Suceso a la puerta de la Iglesia Parroquial de San Vicente Mártir. Segunda parada frente a una casa con todas sus ventanas y balcones engalanados. En la plaza nos habían contado que en una de las rondas, cuando los mozos iban a rondar a la casa de las mozas, éstas les hacían entrega de una vuelta de chorizo. Yo estaba pensando lo bonito que sería que se abriera la puerta de la casa y saliera alguien a recibir aquellos cantos, cuando vimos aparecer tras ella a una pareja de ancianos rodeados de hijos y nietos. La viejita empujaba un andador en el que traía una caja de metal con pastas, y el viejito, a su derecha y un par de pasos por delante, se apoyaba en una garrota. Detrás de ellos una mujer joven portaba una bandeja con chorizo cortado en rajitas, y otra llevaba un porrón de vino. Entre jota y seguidilla, músicos y comparsa agradecimos y probamos lo obsequiado por aquella familia.

Fue verdaderamente emocionante. Durante unos pocos minutos, una tradición ya perdida encontró a sus protagonistas en el umbral de aquella puerta, lo que estaba siendo recreado pasó a ser revivido y para muchos de los allí presentes aquellos dos ancianos volvieron a ser el mozo y la moza de sus años de ronda. Nos tomó todavía algunos minutos más deshacer el encanto, y poner rumbo a la próxima estación. Allí, asomados a un balcón, ya nos estaba esperando otra pareja de viejitos, que sumaron a la fiesta sus aplausos y su alegría. La última visita fue para una novia que estaba celebrando su despedida de soltera. Para entonces el que más y el que menos había cantado y bailado, se habían compartido anécdotas y chistes, la bota de vino y la de ponche habían aligerado su peso, ya nadie tenía frío y los instrumentos sonaban cada vez mejor.

Fotografía de Edgardo Civallero.