27.5.14

La guía de la emigrante en Canadá

La guía de la emigrante en Canadá

Por Edgardo Civallero

Catherine Parr Traill nació en 1802 en Rotherhithe, al sudoeste de Londres. Tras la muerte de su padre, cuando tenía solo 16 años, comenzó a escribir libros infantiles, ajustados a la férrea moralidad propia de la época victoriana. Su producción literaria fue lo suficientemente prolífica como para producir un volumen anual. A los 30 años se casó con un teniente retirado, junto a quien poco después se trasladó a Canadá, cerca de Peterborough, en la provincia británica del Alto Canadá.

Como a muchas otras mujeres europeas que emigraban a tierras americanas, la dura vida de colona tomó a Traill absolutamente por sorpresa. Haciendo uso de sus dotes como escritora, fue recogiendo todas sus sorpresas, experiencias, descubrimientos y fracasos en notas que terminó transformando en un libro, "The Backwoods of Canada" (1836). En ese texto describe la vida cotidiana, las relaciones entre colonos e indígenas, el clima, la flora y la fauna, etc. En 1840, insatisfechos por aquella vida en las soledades canadienses, ella y su esposo se mudaron a Belleville (Ontario). Allí, Traill siguió escribiendo, reflejando sus recuerdos y experiencias en una novela, "Canadian Crusoes" (1851), y en una guía muy famosa, "The female emigrant's guide and hints on Canadian housekeeping" [La guía de la emigrante, y pistas/consejos para quehaceres domésticos en Canadá] (1854).

Más tarde se dedicó a la descripción de la flora canadiense, publicando "Canadian wild flowers" (1865), "Studies of plant life in Canada" (1885) y varios textos más. Traill falleció en Lakefield, Ontario, en 1899; sus ricas colecciones de plantas se conservan en la actualidad en el Herbario Nacional de Canadá, situado en el Museo Canadiense de la Naturaleza.

"The female emigrant's guide and hints on Canadian housekeeping" es una obrita llena de detalles y de información valiosa. Así presenta la propia autora el libro y sus objetivos:

Entre los muchos libros que se han escrito para la instrucción del emigrante canadiense, no hay ninguno dedicado exclusivamente a las esposas e hijas de los futuros colonos, las cuales, en su mayoría, poseen una idea muy vaga de los deberes particulares que están destinadas a llevar a cabo, y a menudo carecen de toda preparación para afrontar las vicisitudes de su nuevo modo de vida.

Como regla general, se les dice que deben preparar sus mentes para algunas penalidades y privaciones, y que van a tener que esforzarse de formas que hasta el momento les habían sido desconocidas; pero la naturaleza exacta de ese trabajo, y cómo se va a realizar, permanecen ignotas. El resultado es que las mujeres tienen todo por aprender, con pocas oportunidades de adquirir los conocimientos necesarios, que a menudo se obtienen en las circunstancias y situaciones más desalentadoras; mientras sus corazones están todavía llenos de anhelos naturales por su tierra natal (querida hasta para el emigrante más pobre), con el dolor de la ausencia de los viejos amigos, y mientras todos los objetos en este nuevo país son extraños para ellas. Desalentadas por los repetidos fracasos, no habituadas a los métodos que los residentes más añosos adoptan en caso de dificultades, el disgusto ocupa el lugar de la alegría; los problemas crecen, y el poder para vencerlos disminuye; la felicidad doméstica desaparece. La mujer se afana en la nostalgia, suspirando por el hogar que dejó atrás. El marido reprocha a su compañera con el corazón roto, y ambos culpan a la colonia por el fracaso individual.

Habiendo sufrido en carne propia la desventaja de adquirir todo mi conocimiento sobre las tareas hogareñas en Canadá mediante la experiencia personal, y después de haber oído a otras mujeres en situación similar lamentar la falta de algún libro sencillo y útil que les diera una idea de las costumbres y las ocupaciones inherentes a la vida de un colono en Canadá, he asumido la tarea de responder a esta necesidad, y con mucho trabajo he recogido materiales que consideré útiles para permitir la instrucción requerida.

Dado que incluso los materiales difieren, y el método de preparación de los alimentos es muy variable entre la colonia y la metrópoli, he dado en este pequeño libro las recetas más aprobadas para cocinar ciertos platos, el modo habitual de fabricación de sirope de arce, jabón, velas, pan y otros artículos de primera necesidad en el hogar; en fin, todo tema que de alguna manera estuviese relacionado con la gestión de la casa de un colono en Canadá, ya sea en lo relativo a la economía o al beneficio, lo he introducido en esta obra para provecho de la mujer y de la familia del futuro colono.

En las páginas siguientes, Traill describe cómo vestir, cómo aprovechar mejor la tela y la ropa y cómo cuidar de las distintas vestimentas para prolongar su duración; cómo cultivar plantas ornamentales locales para dar un toque hogareño a la vivienda (generalmente una cabaña de troncos); cómo amueblar el interior de dicha cabaña de troncos con los recursos a mano (generalmente escasos); cómo mantener el buen humor y las energías, y las buenas relaciones con los vecinos; cómo elegir un buen barco para emigrar a Canadá, cómo decidir el equipaje, cómo enviar cartas y paquetes; cómo proteger las propiedades y a las personas en Canadá; cómo mantener un jardín y una huerta; cómo conservar las manzanas (en cera, secas, en conserva, en tartas, hechas salsa o sirope, hechas mermelada o sidra) y las cerezas; cómo recoger y utilizar los frutos silvestres canadienses; cómo preparar cerveza y otros productos fermentados; cómo producir y manejar levaduras y, por supuesto, como hacer pan, pasteles, budines y otras pastas; cómo aprovechar los cereales silvestres locales, las patatas, las calabazas y otros productos de la huerta; cómo buscar sustitutos silvestres para el café (incluyendo el conocido diente de león); cómo preparar melaza de remolacha y sirope de arce; cómo conservar la carne (secado, ahumado, etc.) y la grasa, tanto de animales domésticos como de caza y pesca; cómo fabricar jabón y productos de lavado y limpieza, y velas; cómo conservar y gestionar la lana, y cómo teñirla con productos naturales locales; cómo tejer alfombras y algunas prendas; cómo gestionar los productos lácteos, cómo hacer mantequilla y varios tipos de queso; cómo aprovechar los productos avícolas; cómo procurarse leña y otros materiales para el fuego; cómo criar abejas y aprovechar la miel; y qué hay que esperar de cada mes del duro calendario del colono canadiense.

La de Traill es una obrita que refleja, en sus pocas páginas, una mínima parte del enorme acervo de conocimientos que hasta hace un siglo atrás poseía cualquier persona –mujer u hombre, colono o no– que no viviera en una gran ciudad. Una serie de saberes y destrezas (recogidos en muchísimos otros libros) necesarios para (sobre)vivir, y que la mal entendida "modernidad" nos ha arrebatado. Pasear por las recetas, consejos y descripciones incluidos en "The female emigrant's guide..." permite apreciar el calibre de todo lo que hemos perdido, de todo lo que ignoramos, de todo lo que no sabemos hacer y de lo incapaces que seríamos si nos desconectaran cinco minutos de nuestro modo de vida actual.

Enlace de descarga del libro [.pdf, en inglés].

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20.5.14

Uno de los imprescindibles

Uno de los imprescindibles

Noam Chomsky y los intelectuales públicos en tiempos convulsos

Por Henry A. Giroux
Traducción de Sara Plaza

Los siguientes párrafos han sido extraídos de un artículo de Henry A. Giroux, publicado originalmente en Truth-out.org con el título "Noam Chomsky and the Public Intellectuals in Turbulent Times". La traducción ha sido realizada por Sara Plaza y revisada por Edgardo Civallero. El copyright del texto pertenece a Henry A. Giroux y no puede reproducirse sin permiso. Puede descargarse el texto completo aquí.

«Arraigado en los fundamentos del anarco-sindicalismo y el socialismo democrático, una y otra vez ha dejado al descubierto la brecha existente entre la realidad y la promesa de una democracia radical, sobre todo en los Estados Unidos, al tiempo que ha ofrecido un análisis pormenorizado de cómo funciona la deformación de la democracia en varios países que ocultan diversos modos de opresión tras falsas declaraciones de democratización.

Chomsky ha intentado refigurar la promesa de democracia y desarrollar nuevos modos de teorizar sobre la agencia y la imaginación social, alejados de la explicación neoliberal que se centra en la individualización, la privatización, y el supuesto de que el único valor que importa es el valor de cambio. Al contrario que muchos intelectuales que permanecen atrapados en el discurso de los "silos" académicos y en un profesionalismo esclerótico, él escribe y habla desde la perspectiva de lo que podríamos denominar totalidades contingentes. De ese modo, relaciona entre sí un montón de asuntos diferentes para entender mejor las diversas fuerzas económicas, sociales y políticas concretas que determinan la vida de las personas en coyunturas históricas particulares. Es uno de los pocos teóricos norteamericanos que adhiere a formas de solidaridad y lucha colectiva no tanto como idea secundaria, sino como el núcleo de lo que significa conectar lo cívico, lo social y lo ético como la base de los movimientos globales de resistencia. Implícitas en su papel como intelectual público están las preguntas de cómo debería ser una democracia real, cómo son subvertidas sus prácticas e ideales, y qué fuerzas son necesarias para hacerla realidad.

[...] Chomsky ha criticado duramente los intentos conservadores y liberales, tan de moda, de divorciar la actividad intelectual de la política, y defiende abiertamente la idea de que la educación dentro y fuera del ámbito institucional debería involucrarse en la práctica de la libertad y no solo en la búsqueda de la verdad. Sostiene firmemente que los educadores, artistas, periodistas y otros intelectuales tienen la responsabilidad de proporcionar a los estudiantes y al público en general los conocimientos y las destrezas que se necesitan para poder aprender a pensar de manera rigurosa, a reflexionar y a desarrollar la capacidad de gobernar en lugar de la de ser gobernado. Pero para Chomsky no es suficiente con aprender a pensar críticamente. Los intelectuales comprometidos también deben desarrollar la imaginación ética y el sentido de responsabilidad social necesarios para hacer que el poder rinda cuentas y para aumentar las posibilidades de todo el mundo de vivir una vida con libertad, decencia, dignidad y justicia. Sobre la educación superior, Chomsky viene sosteniendo desde los años 60 que en una sociedad saludable, las universidades deben reivindicar la justicia económica y social, y que cualquier educación que se precie no solo tiene que ser crítica sino también subversiva. Chomsky se ha mostrado inquebrantable en su creencia de que la educación debería alterar la paz y comprometerse con un tipo de conocimiento que sea crítico con el status quo, sobre todo en un momento de violencia legitimada. Ha sido igualmente claro, como lo fueron sus homólogos políticos, los fallecidos Pierre Bourdieu y Edward Said, al afirmar que los intelectuales tienen que ser accesibles para un público amplio y hacerse oír en aquellas esferas de la vida pública en las que existe una lucha constante por el conocimiento, los valores, el poder, la identidad, la agencia y la imaginación social.

El capitalismo puede haber acomodado en un lugar de honor a muchos de sus intelectuales anti-públicos, pero ciertamente no deja hueco para otros como Chomsky. Conservadores y liberales, junto a un ejército de firmes partidarios del neoliberalismo, prácticamente se han negado a incluirle en muchos debates y publicaciones sobre problemas sociales que se abren paso en los distintos espacios de los medios dominantes. En muchos aspectos, el papel de Chomsky como intelectual y activista es un arquetipo de lo que puede llamarse la tradición radical estadounidense, y sin embargo parece fuera de lugar. Es como si Chomsky fuera un exiliado en su propio país a causa de sus acciones políticas, la conmoción que provocan sus traducciones y sus muestras de coraje.

Con esto no estoy sugiriendo que él se considere a sí mismo un exiliado en el sentido que reivindican muchos intelectuales, aunque tal vez estaría de acuerdo con el fallecido Edward Said, quien se interesó en lo que él mismo denominó la "teoría viajera" ["travelling theory"], en el sentido de "errante, provisional, a matacaballo intelectualmente, [como una de] las varias maneras en las que permaneció fiel a los exiliados a quienes prestó su voz" (3). Así entendido, exiliado quiere decir que, como "viajero", Chomsky no está interesado en demarcar el campo intelectual y, por lo tanto, no tiene ninguna disciplina a la que proteger. Esto último, sin embargo, es lo que caracteriza a muchos académicos actuales, atrapados en el culto a la especialización y en distintas formas de terror disciplinario, que desprecian constantemente a aquellos intelectuales que tratan de abrir brecha en las inalterables reglas de la disciplina.

[...] Como académico comprometido, Chomsky se opone públicamente a los regímenes de dominación organizados para generar violencia y producir la muerte social y civil. Su presencia fantasmal posibilita recuerdos peligrosos, maneras alternativas de imaginar la sociedad y el futuro, y la necesidad de la crítica pública como un elemento importante de resistencia individual y colectiva. Con todo, el papel de Chomsky como intelectual público, considerando la masiva asistencia a sus conferencias y sus numerosos lectores, indica que la política que importa es la que nos conecta de forma significativa con los demás. La política se vuelve emancipadora cuando se toma en serio que, como ha señalado Stuart Hall, "las personas tienen que poner algo de ellas mismas, algo que reconozcan como propio o hable de su condición, y sin ese momento de reconocimiento ... la política seguirá, pero no habrá un movimiento político sin ese momento de identificación" (5). Chomsky ha conectado claramente con esa necesidad que existe entre la gente de intelectuales dispuestos a hacer visible el poder, a ofrecer otro modo de comprender el mundo y a señalar la esperanza de un futuro que no imite el vergonzoso presente.

Chomsky recuerda constantemente a sus audiencias que el poder adopta muchas formas y que la producción de ignorancia no solo tiene que ver con peores notas en los exámenes o con un estado natural de las cosas –un argumento estúpido donde los haya– sino con cómo esa ignorancia es a menudo producida para servir al poder. Según Chomsky, la ignorancia es una formación pedagógica que se utiliza para impedir pensar y promueve una forma de anti-política que socava cuestiones de juicio y consideración centrales para la política. Al mismo tiempo, es un factor fundamental no solo para la producción de consentimiento sino también para aplastar el disenso. Para Chomsky, la ignorancia es un arma política que beneficia a los poderosos, no una condición general arraigada en alguna condición humana inexplicable. Uno de sus temas más recurrentes se centra en cómo el poder estatal opera como una forma de terrorismo –generando violencia, miseria y penuria–, que a menudo resulta funcional a la lucha de clases y al imperialismo global estadounidense, y en cómo la gente suele ser cómplice de tales actos de barbarie.

[...] Chomsky es un intelectual público importante porque se ha convertido en un modelo de lo que significa primar la justicia económica, mostrarse dispuesto a hacer preguntas inquietantes, exigir responsabilidades al poder, defender los valores democráticos, arriesgarse políticamente y mostrar el valor moral necesario para abordar problemas sociales serios, como parte de una conversación pública en curso.

Esta no es una tarea fácil en un momento en el que muchos académicos evitan involucrarse en los grandes asuntos sociales y están demasiado dispuestos a acomodarse a quienes ostentan el poder, desempeñándose como animadores o como taquígrafos. Demasiados académicos se han convertido en servidores de los intereses empresariales faltos de sentido crítico, volviéndose invisibles cuando no irrelevantes, detrás de un cortafuegos de jerga profesional, o bien han sido reducidos a una clase subalterna que trabaja como auxiliar a tiempo parcial, con poco tiempo para pensar críticamente o abordar problemas sociales de gran alcance. En un caso ya no sienten la necesidad de comunicarse con un público más amplio, de ocuparse de problemas sociales importantes, y en el otro carecen de las condiciones necesarias para escribir, pensar y desempeñarse como intelectuales públicos comprometidos. Esto resulta especialmente preocupante en una democracia en ciernes donde los intelectuales deberían, sobre todo, tomarse en serio la idea de que para que la democracia tenga sentido, "exige de sus ciudadanos arriesgar algo, poner a prueba los límites de lo aceptable" (10). Lo que resulta particularmente atroz cuando, en el caso de muchos académicos, las condiciones laborales ya no les permiten realizar su función como investigadores e intelectuales públicos.

[...] Tal vez sea uno de los pocos intelectuales públicos que quedan de su generación que ofrece una rara mirada de lo que significa ampliar el alcance de la investigación política e intelectual; un intelectual que repiensa de forma crítica la naturaleza educativa de la política en las condiciones cambiantes y totalizadoras del asalto neoliberal a todo lo que huela a democracia. Chomsky no solo maneja ideas que desafían las disciplinas escolásticas y las fronteras intelectuales, también aclara que es fundamental responsabilizar a las ideas de las prácticas que ellas legitiman y provocan, a la vez que se niega a reducir el pensamiento crítico a simples modos de crítica. En este caso, las ideas no solo desafían los discursos y las representaciones del sentido común normalizadores, y las desigualdades de poder que legitiman unos y otras, sino que destapan las posibilidades inherentes a un discurso que va más allá de lo dado y señala nuevas maneras de pensar y poner en práctica la libertad, el valor cívico, la responsabilidad social y la justicia desde el punto de vista de los ideales democráticos radicales».

«Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles». Bertolt Brecht

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13.5.14

El sentido de la vida

El sentido de la vida

Por Edgardo Civallero

Uno de los ejemplares de la famosa colección "A very short introduction" (publicada desde 1995 por la Oxford University Press del Reino Unido, y que cuenta ya con 200 títulos) fue escrito en 2007 por el intelectual, crítico y teórico literario británico Terry Eagleton, que lo tituló "The meaning of life" (El sentido de la vida). Debido a la curiosidad que me provocó la temática, inserta en una línea de textos académicos, y a que el autor no es un filósofo, fue uno de los primeros que leí. El libro no trae respuestas ni yo, a decir verdad, las esperaba (encontrarlas hubiera sido una verdadera decepción). Pero trae algunas secciones singularmente curiosas. Traduzco, a continuación, unos párrafos que, confío, sean el detonante de algún interés por leer la obra completa.

***

[...] Precisamente estas son las cosas a las que, tradicionalmente, hombres y mujeres se aferran cuando se preguntan sobre el sentido y el valor de su existencia. Amor, fe religiosa, y la gente y la cultura propia: es difícil encontrar razones más fundamentales para vivir. De hecho, durante los últimos siglos un gran número de personas han estado dispuestas a matar y a morir por ellas. La gente se vuelve hacia esos valores con tanto más entusiasmo cuanto más se vacía de significado el dominio público. Hechos y valores parecen haberse escindido, quedando los primeros como asuntos públicos y los últimos como privados.

Parece que la modernidad capitalista nos ha hecho aterrizar en un sistema económico puramente instrumental, una forma de vida dedicada al poder, al beneficio y a la supervivencia material en lugar de al fomento de valores solidarios. El ámbito político es más una cuestión de gestión y manipulación que de la construcción colectiva de una vida en común. La razón misma ha sido degradada a un mero cálculo egoísta. En cuanto a la moralidad, también ella se ha convertido en un asunto cada vez más privado, más relevante para el dormitorio que para la sala de juntas. La vida cultural se ha vuelto más importante en un solo sentido, convirtiéndose en una industria, una rama de producción material. Por lo demás, se ha visto reducida a ser el escaparate de un orden social que dedica poquísimo tiempo a cualquier cosa a la que no se pueda poner precio. Ahora la cultura es, en gran medida, una forma de mantener a la gente inofensivamente distraída cuando no está trabajando.

Y sin embargo, hay una ironía. A más cultura, religión y sexualidad forzadas a actuar como sustitutos de los desvaídos valores públicos, menos capacidad tienen de lograrlo. Cuanto más significado se concentra en el espacio simbólico, más se desprovee de verdad a ese espacio. El resultado es que esas tres áreas de la vida simbólica han comenzado a exhibir síntomas patológicos. La sexualidad se ha convertido en una obsesión exótica. Es una de las pocas fuentes de sensacionalismo que quedan en un mundo hastiado. El shock y la indignación basada en el sexo ocupan el lugar de una militancia política ausente. De manera similar, el valor del arte se ha inflado. Para el movimiento esteticista, ahora es nada más y nada menos que un modelo de cómo vivir. Para algunos modernistas, el arte representa la última, frágil morada de los valores humanos en nuestra civilización; una civilización a la que el arte mismo ha dado la espalda con desdén.

Mientras tanto, cuanta más religión se alza como una alternativa a la constante hemorragia de significado público, más se convierte en distintas formas de fundamentalismo. O en nuevas tonterías New Age. La espiritualidad, en definitiva, se ha convertido en algo duro como una piedra o en algo demasiado blando. La cuestión del sentido de la vida está ahora en manos de gurúes y masajistas espirituales, de tecnólogos de alegría entubada y de quiroprácticos de la psique. Con las técnicas correctas, ahora se garantiza que uno puede deshacerse de los michelines del sinsentido en tan sólo un mes. Algunas celebridades con las mentes podridas por la adulación se han vuelto hacia la cábala y la Cienciología. Se lanzaron a ello por la errónea idea de que la espiritualidad seguramente debe ser algo extravagante y esotérico, más que algo práctico y material. Después de todo, es precisamente de lo material, en forma de jets privados y hordas de guardaespaldas, que lo que están tratando (mentalmente, por lo menos) de escapar.

Si el ámbito simbólico ha sido separado de lo público, también ha sido invadido por él. La sexualidad ha sido empaquetada como un bien de consumo; lo mismo significa la cultura para la mayoría de los medios de comunicación, hambrientos de ganancias. El arte es una cuestión de dinero, poder, estatus y capital cultural. Las culturas son empaquetadas y vendidas exóticamente por la industria turística. Incluso la religión se ha convertido en una industria rentable gracias a los tele-evangelistas, que liberan a los piadosos y crédulos pobres de sus dólares duramente ganados. Nos hemos quedado, pues, con lo peor de ambos mundos. Los lugares en los que tradicionalmente hubo un suministro más abundante de significados ya no inciden demasiado en el orbe público; a pesar de ello, también han sido agresivamente colonizados por las fuerzas comerciales, y se han convertido en parte de ese sinsentido que alguna vez trataron de resistir. El resultado es que encontrar significados se está volviendo cada vez más difícil, incluso dentro de la esfera privada.

En nuestros tiempos, una de las ramas más populares e influyentes de la industria cultural es, sin duda, el deporte. Si hoy se le preguntara a muchas personas, especialmente hombres, qué les proporciona un sentido en la vida, hay muchas posibilidades de que la respuesta sea "fútbol". Tal vez no muchos de ellos estén dispuestos a admitirlo, pero el deporte (y en Gran Bretaña el fútbol en particular) encarna todas esas nobles causas (la fe religiosa, la soberanía nacional, el honor personal, la identidad étnica) por las que, a lo largo de los siglos, las personas han estado dispuestas a morir. El deporte implica lealtades y rivalidades tribales, rituales simbólicos, leyendas fabulosas, héroes emblemáticos, batallas épicas, belleza estética, satisfacción física e intelectual, espectáculos sublimes y un profundo sentido de pertenencia. También proporciona esa solidaridad humana y esa inmediatez física que la televisión no da. Sin duda, sin estos valores un buen número de vidas se quedarían bastante vacías. Es el deporte, no la religión, el actual opio del pueblo. De hecho, en el mundo del fundamentalismo cristiano e islámico, la religión no es tanto el opio de los pueblos como la grieta de las masas.

Nuestra época se destaca por otros "dioses" más convencionales que han terminado fracasando. Los filósofos, por ejemplo, parecen haberse visto reducidos a técnicos del idioma en bata blanca. Es cierto que la idea del filósofo como un guía para discernir el sentido de la vida está equivocada. Pero, aun así, se podría esperar que hagan algo más que tratar de disuadir a la gente que intenta saltar por la ventana. La teología, por su parte, está siendo desacreditada tanto por la terrible secularización como por los crímenes y las locuras de las iglesias. El panorama de la traición de los intelectuales queda completado con una sociología positivista, una psicología conductista y una ciencia política ciega. Cuanto más se han enganchado las humanidades a las necesidades de la economía, más han abandonado la investigación de cuestiones fundamentales; y más se apresuraron los promocionadores del tarot, los empujadores de pirámides, los avatares de la Atlántida y los desintoxicadores del alma a ocupar su lugar. El sentido de la vida se ha convertido en una lucrativa industria. Libros con títulos como "Metafísica para banqueros" son devorados con avidez. Los hombres y las mujeres que están desencantados con un mundo obsesionado por ganar dinero recurren a los proveedores de verdad espiritual, que ganan un montón de dinero vendiéndosela.

¿Por qué otra razón debe levantar cabeza la cuestión del sentido de la vida en la era de la modernidad? En parte, es de sospechar, porque el problema de la vida moderna es que hay, a la vez, mucho y muy poco significado.

[...] Hoy en día, un gran número de personas educadas en Occidente –al menos fuera un país asombrosamente tan religioso como Estados Unidos– creen que la vida es un fenómeno evolutivo accidental, que no tiene más significado intrínseco que una fluctuación de la brisa o un ruido en las tripas. El hecho de que no tenga un significado concreto, sin embargo, despeja el terreno para que cada hombre y mujer pueda darle el sentido que quiera. Si nuestra vida tiene significado es por lo que logramos hacer de ella, no por algo con lo que venga equipada. Según esta teoría, somos animales que escriben sus propias existencias y no precisamos que esas narrativas nos sean apuntadas por una abstracción conocida como Vida. Para Nietzsche u Oscar Wilde, todos podríamos (si tuviésemos la suficiente audacia) ser artistas supremos de nosotros mismos, arcilla en nuestras propias manos, a la espera de modelarnos en alguna forma exquisitamente única. La sabiduría convencional sobre este asunto, a mi entender, es que el sentido de la vida no está prefabricado sino que se construye; y que cada uno de nosotros puede hacerlo de formas muy diferentes.

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6.5.14

La originalidad del beso

La originalidad del beso

Por Sara Plaza

Acaba de celebrarse en España el Día de la Madre. Durante las semanas anteriores nos fue anunciado en las paradas de autobús, los pasillos del metro, las salas de espera, la radio, la televisión, la prensa; ¿y qué decir de las perfumerías, floristerías, joyerías, boutiques? La campaña publicitaria se coló en las panaderías, los parques infantiles, las oficinas; viajó por tierra, mar y aire; escaló montañas, se despeinó en autopistas y fue arrastrada por nuestros sedientos cauces de agua. Se paseó de un lugar a otro y anduvo de boca en boca. Y, por supuesto, en todas las portadas fueron sucediéndose las imágenes de celebridades propias y ajenas que habían dado a luz en los últimos meses y ¡oh, maravilla!, habían recuperado (incluso mejorado) su figura en un tiempo récord.

Todo esto no sé si me entristece, me asusta o me enoja. Probablemente un poco las tres cosas.

Siendo niña, aprendí de mi abuelo a preparar ramilletes de violetas, que atábamos con una hoja de hierba, y mi papá me enseñó a cortar rosas. En la escuela aprendimos a hacer tarjetas de felicitación y nos enseñaron un puñado de manualidades con las que años tras año "sorprendíamos" a mamá. Hoy sigo recogiendo flores silvestres y recortando pequeños trozos de cartulina en los que dibujar y copiar una poesía. En cuanto a las manualidades, siempre terminan de hacerse en el horno. Hace más de cuarenta años que mi madre recibe distintas versiones del mismo regalo, y que juntas recordamos con una sonrisa uno de aquellos primeros regalos. Se trata de una poesía, y en esa temprana ocasión, no la escribí sino que se la recité junto a mi hermana. La encontramos en un libro de lecturas que mi madre había usado en la escuela en los años 50. Como su autor figuraba A. Calcagno, R. Argentina, y decía así:

EN EL DÍA DE LA MAMÁ

Mamita, con qué fruición
Con qué entusiasta alegría
Vi amanecer este día,
Mamita del corazón.

Hoy es tu Santo, ¿no es eso?
¿Y qué darte podré yo?
¿Mi corazón? ¡Cómo no!
Te lo entrego en este beso.

En este beso, mamá,
Van cerradas mis albricias,
Mi cariño, mis caricias,
Todo lo que alma da.

Y pues tú quieres de mí
Que sea bueno, lo seré.
Verás, mamita, que sé
Cumplir lo que prometí.

Que te vea muy viejita,
Muchos años, muchos años,
Sin penas ni desengaños:
Son mis deseos, mamita.

Nos pareció muy graciosa y un poco cursi. Cambiamos "bueno" por "buena" y sin saber muy bien qué significaba "fruición" y "albricias", nos la fuimos aprendiendo, aunque no nos entusiasmaba demasiado la idea de que mamá se hiciese viejita. Creo que entonces nos dio un poco vergüenza recitarla y que nos olvidamos de alguna palabra. Hoy las tres peinamos más o menos canas, y seguimos riéndonos de aquella ocurrencia. Y entre risa y risa, rescatamos ese beso que sin duda ha sido siempre el mejor y más original regalo.