29.4.14

Los manuscritos de la tierra del Dragón de Jade

Los manuscritos de la tierra del Dragón de Jade

Por Edgardo Civallero

Los Naxi (Nakhi, Naqxi, Naqsi, Nasi) son una de las 56 sociedades consideradas "grupos étnicos minoritarios" por la República Popular China. Con 240-310 mil individuos censados, viven en la prefectura de Lijiang y el condado autónomo de Yulong Naxi, al noroeste de la provincia de Yunnan (suroeste de China), así como al suroeste de la de Sichuan, y en las regiones fronterizas de la vecina región autónoma de Tibet y de Birmania.

Junto con los Mosuo, los Pumi, los Yi y los tibetanos, los Naxi serían descendientes del antiguo pueblo Qiang (Ch'iang), que pobló el noroeste de China (provincia de Gansu). Durante las dinastías Sui (581-618 d.C.) y Tang (618-907 d.C.) fueron conocidos como Mosha-yi o Moxie-yi. Pastores nómadas y excelentes jinetes, tras un largo periodo de migraciones hacia el sur se establecieron en el área de Lijiang, en las riberas de ríos como el Nujiang y el Jinsha, en las tierras más fértiles, desplazando a pueblos que se veían forzados a asentarse en las colinas, mucho menos productivas. Con los Bai y a los tibetanos se ocuparon del riesgoso comercio con Lhasa y la India a través de los pasos montañosos del Himalaya, siguiendo la llamada Cha Ma Dao o "Ruta del Té y los Caballos". A partir del siglo XIII sumaron la agricultura al pastoreo y a la cría de caballos. El taoísmo ya era respetado entre ellos desde el siglo X, y el budismo tibetano entró en la región hacia el siglo XIV, aunque los Naxi siguieron practicando sus creencias tradicionales de la mano de sus sacerdotes/chamanes, conocidos como Dongba (DtoMba, Tomba, Tompa; término que significa "hombre sabio"). Esos sacerdotes aún perpetúan un sistema de ritos similares a los de la religión Bön de Tibet, fuertemente animista y basado en la relación del hombre con la naturaleza y sus dioses protectores.

El idioma naxi es una lengua tonal que pertenece a la rama yi (o, según algunos autores, a la lolo-búrmica) de la familia lingüística tibetano-birmana. Ha sido muy influida por las distintas lenguas chinas, por el tibetano y por las lenguas bai (de hecho, los ancianos suelen ser bilingües, dominando alguna de estas dos últimas) y, según algunas fuentes, actualmente se encontraría bajo una seria amenaza de desaparición, pues solo el 5% de los niños habla el idioma como lengua materna (el resto habla chino mandarín).

Los Naxi fueron "descubiertos" para el mundo occidental por el botánico estadounidense Joseph Rock (que publicó en National Geographic) y el viajero y escritor ruso Peter Goullart (autor de "Forgotten Kingdom"). Ambos vivieron en Lijiang a principios del siglo XX, y tuvieron estrecho contacto con la cultura Naxi. Lijiang continúa siendo, a día de hoy, el centro urbano más importante de los Naxi, y una de las ciudades más antiguas de China. Ubicada a la sombra del Yulongxue Shan o "Nevado del Dragón de Jade", es un atractivo para los turistas tanto por su valor histórico como por los impresionantes escenarios paisajísticos que la rodean.

A pesar de las condiciones medioambientales extremadamente difíciles y a la falta de recursos materiales, los primeros Naxi nómadas se las ingeniaron para crear una cultura única, la cual, una vez asentados, continuó transmitiéndose (y enriqueciéndose) sobre todo a través de canales orales, pero también mediante documentos escritos. Pues los Naxi desarrollaron un sistema de escritura pictográfica conocido, en los círculos académicos, como "Dongba", que todavía sobrevive y que los ha vuelto célebres.

Llamado SsDgyu ("registros en madera") o LvDgyu ("registros en piedra") por los propios Naxi, este sistema de escritura ha sido denominado "Donbga" porque fue y es usado exclusivamente por los sacerdotes, los únicos que han sabido codificar y leer su lengua a lo largo de la mayor parte de la historia de su pueblo. Los Dongba eran religiosos "part-time" que confiaban sus leyendas, oraciones, rezos, fórmulas y exorcismos a "cuadernos ayuda-memorias". De hecho, los manuscritos Dongba existentes en la actualidad suelen versar sobre temáticas religiosas, aunque en ellos se incluye (a veces de manera indirecta o tangencial) buena parte de la cultura Naxi, que por ello también ha sido denominada (incorrectamente) "cultura Dongba" (danzas Dongba, arte Dongba, indumentaria Dongba...).

El sistema de escritura pictográfica funcionaba sobre todo como una herramienta mnemónica: los signos eran "disparadores" que permitían repetir textos litúrgicos o rituales más o menos memorizados (o, en el peor de los casos, improvisarlos siguiendo una línea argumental medianamente definida por los "dibujos"). El 90% de los signos eran pictogramas, aunque algunos eran usados por su valor fonético, siguiendo el principio pro rebus de los pasatiempos conocidos como "jeroglíficos". En caso de que el signo no fuera lo suficientemente claro en su representación gráfica, se agregaba una nota anexa en Geba (NgoBaw): un silabario Naxi compuesto por unos 2.000 símbolos; probablemente derivado del silabario Yi e influido por los ideogramas chinos. El Geba se usa muy poco: solo para escribir mantras o, como queda dicho, para glosar los pictogramas Dongba que pudiesen resultar confusos.

Los Dongba solían escribir con cálamos de bambú y tinta de hollín sobre hojas de un grueso y áspero papel elaborado localmente, que eran luego encuadernadas con hilos fuertes y tapas coloridas.

Desde 1867, cuando el misionero francés Auguste Desgodins mandó un manuscrito a Europa, los textos Dongba no han dejado de salir de China; se cree que alrededor de 10.000 se habrían perdido, y otros 5.118 han sido localizados en Europa y América del Norte. Una de las mayores colecciones (3.342 manuscritos) se encuentra en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos. Otros 598 (510 donados por Joseph Rock) se conservan en la Biblioteca Yenching de Harvard, que los ha digitalizado. Otros, por último, se encuentran repartidos entre la British Library de Londres, la Staatsbibliothek en Berlín y la Rylands Library de Manchster.

El Instituto de Investigación Cultural Dongba de Lijiang posee unos 1.000 volúmenes, datados entre el 30 y el 907 d.C. Parte del programa "Memory of the World" de la UNESCO, esos textos recogen toda suerte de aspectos histórico-culturales de la sociedad Naxi: desde los mitos de creación hasta la vida social, pasando por filosofía, economía, asuntos militares, cultura, astronomía y agricultura. Evidentemente, incluyen asimismo toda la vida religiosa Naxi: oraciones y bendiciones, ofrendas de sacrificios para exorcizar espíritus malignos, cantos en funerales (para expiar los pecados del difunto) y rituales de adivinación.

Los documentos chinos señalan que la escritura Dongba ya estaba en uso hacia el siglo VII, durante la temprana dinastía Tang, y que para el siglo X (dinastía Song) era ampliamente utilizada. La Revolución Comunista china de 1949 desalentó su empleo, y durante la Revolución Cultural, muchísimos manuscritos fueron destruidos. En 1957 el gobierno chino creó un sistema de escritura fonográfico basado en el alfabeto latino para el idioma naxi. En la actualidad quedan unos sesenta chamanes (casi todos mayores de 70 años) y un reducido puñado de lingüistas que pueden escribir los pictogramas y leer los manuscritos. Dado que conocer el sistema y tener una buena base de vocabulario como para manejarlo correctamente toma alrededor de quince años, pocos Naxi quieren aprenderlo, teniendo en cuenta, además, que las prácticas religiosas tradicionales han perdido fuerza en los últimos tiempos y que es mucho más sencillo, para las nuevas generaciones, escribir el naxi en alfabeto latino o, en última instancia, utilizar el chino.

Los pictogramas Dongba son de un gran valor para el estudio del origen y el desarrollo de las lenguas escritas. Y es la única escritura de este tipo que sobrevive en el mundo. De ahí los esfuerzos de los lingüistas por recolectar los testimonios y saberes de sus últimos escribas: viejos dibujantes de historias que semejan viñetas, que aún sostienen sus pinceles y sus cálamos de caña a los pies de las Montañas del Dragón de Jade.

Fuentes.
Lu, Yungyao (2005). The recipient construction in Naxi. [Tesis]. Honolulu: University of Hawai'i.
UNESCO (2012). Memory of the World. París: UNESCO/Memory of the World Programme.
Zhou, Youguang (1991). The family of Chinese Character-Type Scripts. Sino-Platonic Papers, 28.

Imagen.

22.4.14

Sembrar ignorancia para cosechar libertad de mercado

Sembrar igorancia para cosechar libertad de mercado

Por Sara Plaza

Leía hace poco un artículo de Michael Hiltzik titulado Cultural Production of Ignorance Provides Rich Field for Study [en referencia al rico campo de estudio que brinda la ignorancia culturalmente inducida], en el que se mencionaban las investigaciones de varios profesores estadounidenses que llevan tiempo estudiando la producción y difusión de la ignorancia, el hecho de que sistemáticamente se vierta información falsa y se siembren dudas, al tiempo que se reclutan "expertos" para sacarnos del error.

Aparecía en primer lugar el filósofo de la ciencia Robert Proctor (profesor de Historia de la Ciencia en la Universidad de Stanford), a quien se atribuye el neologismo agnotología (agnotology, en inglés) término que, según sus propias palabras, designa "el estudio de la política de la ignorancia [...] cómo la ignorancia se genera activamente a través de cosas como el secretismo en los avances científicos militares o por medio de políticas deliberadas" (y que fue acuñado por el lingüista Iain Boal cuando Proctor le consultó). Buscando algo más de información, encontré un estupendo ensayo de Leopoldo Moscoso, Agnotología y educación ciudadana, que explicaba: "Ello incluye no sólo la publicación de datos científicos imprecisos sino también las situaciones caracterizadas por la abundancia de información, cada vez más barata de producir y difundir, y por la omnipresencia mediática de los expertos, factores que, sin embargo, no parecen dar lugar a una población más competente o mejor instruida. La difusión de rumores y prejuicios se encuentra igualmente en nuestro horizonte, en tanto que la producción y el sistemático mantenimiento de la ignorancia parecen haberse convertido ya en rasgos prominentes de nuestras formas de organización política y social. Hemos visto a la industria del tabaco manufacturar dudas sobre el riesgo cancerígeno asociado al consumo del tabaco, y hemos visto a las grandes petroleras financiar estudios que ponen en duda el origen antrópico del cambio climático".

Precisamente, el artículo recogía el caso de la industria del tabaco, industria que fue pionera en erosionar la aceptación pública (y el hecho científicamente probado) de que el tabaco causa enfermedades cardiovasculares y cáncer. Hoy se sabe que su método no consistía en refutar la evidencia sino en crear "controversia". Así lo expresó en 1969 un ejecutivo de la tabacalera Brown & Williamson (Pall Mall, Lucky Strike, Kool) en un documento interno de la compañía: "La duda es nuestro producto porque es la mejor manera de competir con 'el cuerpo de los hechos' que existe en la mente del público en general".

Volviendo sobre la figura de Proctor, el columnista de Los Angeles Times, explica que este historiador llegó a la agnotología investigando la ciencia nazi y posteriormente la campaña de la industria del tabaco para promocionar sus productos. Al parecer, cuando recién comenzaba su carrera académica Proctor le preguntó a un asesor si le parecía que la ciencia nazi era un tema apropiado para la investigación. Su interlocutor le dijo que "desde luego" y afirmó: "Lo absurdo es absurdo, pero la historia de lo absurdo es conocimiento". Y poco a poco se fue adentrando en el estudio de la ignorancia fabricada a medida para manipular: "El mito de la 'sociedad de la información' es que nos estamos ahogando en conocimiento [...], sin embargo es cada vez más fácil propagar la ignorancia".

Un poco más adelante, Hiltzik cita el trabajo de los historiadores de la ciencia Naomi Oreskes (profesora de Historia y Estudios Científicos en la Universidad de California) y Erik Conway (historiador de la NASA), Merchants of Doubt, en el que, entre otros asuntos, tratan la cuestión de la campaña de relaciones públicas que llevó a cabo la industria del tabaco contra el movimiento anti-tabaco, la cual consistió en "fabricar un 'debate', convenciendo a los grandes medios de información de que los periodistas responsables tenían la obligación de presentar 'las dos posiciones' existentes". Pero como una y otra vez insiste la historiadora, la ciencia no es una cuestión de opinión sino de evidencias, y hace una década que la propia Oreskes, tras revisar todos los artículos arbitrados sobre el cambio climático que aparecieron en revistas científicas entre 1993 y 2003, demostró que en la comunidad científica no había dos posiciones (como tampoco las había respecto de la vinculación de ciertos tipos de cáncer con el humo de los cigarrillos) sino consenso, y que ninguno de dichos documentos ponía en duda la tesis que señala las causas humanas del calentamiento global (coincidiendo con lo afirmado por el IPCC y la Academia Nacional de Ciencias). Asimismo, al estudiar los artículos que durante los catorce años anteriores habían publicado los periódicos más influyentes de Estados Unidos, Oreskes concluyó que en esos medios se había estado dando la falsa impresión de que los científicos estaban enzarzados en un agitado debate y que no terminaban de ponerse de acuerdo. Esa falsa impresión fue (y sigue siendo) muy útil para apuntalar el status quo y ha servido para justificar la falta de acción contra el cambio climático.

El artículo de Hiltzik también recoge las palabras del profesor de la UCLA Matthew Norton Wise, sobre cómo la mercantilización de la ciencia académica está minando la credibilidad de las universidades y de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, así como un estudio dirigido por Brendan Nydan (que demostró lo tremendamente difícil que era cambiar el modo de pensar de los padres que, dejándose guiar por una información engañosa que sugería una posible relación entre el autismo y la vacuna triple vírica, habían decidido no inmunizar a sus hijos). Y finalmente retoma el hilo de la industria del tabaco y su intención deliberada de generar confusión. Según Proctor, en Estados Unidos siguen fumando 40 millones de personas y el uso del tabaco se está incrementando en otros lugares del mundo. Además, el programa de la industria no se limita a los cigarrillos sino que forma parte de "un proyecto agnotológico para fomentar el fundamentalismo del libre mercado". De ello da cuenta un artículo publicado hace un año, en el que el cardiólogo Stanton A. Glantz y su equipo (de la Universidad de California) revelan los nexos entre la industria del tabaco y el Tea Party, que fue quien promovió algunos de sus objetivos más preciados, como la rebaja de los impuestos al tabaco y la revisión de la legislación antitabaco. Los autores señalan: "En muchos aspectos, el Tea Party de los últimos años se ha convertido en el 'movimiento' que previó Tim Hyde [uno de los ejecutivos de la compañía R. J. Reynolds]... el cual se fundamentaba en los valores patrióticos de 'libertad' y 'elección' para cambiar el modo como la gente ve el papel que 'gobierno' y las 'grandes empresas' desempeñan en sus vidas, en concreto en lo que tiene que ver con los impuestos y la legislación".

Y esta última parte me recordó que una semana antes yo no podía salir de mi asombro al leer una serie de artículos (Cuando el dinero compra la democracia, Subasta democrática, Sedición en la Suprema Corte) sobre el reciente fallo del Tribunal Supremo de Estados Unidos anulando el límite del monto total que un individuo puede donar a candidatos y partidos. Su presidente entendió que el dinero es una forma de expresión y echó mano de la Primera Enmienda para proteger las contribuciones empresariales, dado que restringirlas amenazaría "la libertad de expresión y al derecho de las personas a participar en el debate público". Sin embargo, hasta el New York Times calificó la decisión de "cruzada dirigida a desmantelar las barreras al poder distorsionador del dinero en la política estadounidense". Una cruzada que lleva tiempo en marcha (véase Estados Unidos: los cuatro magistrados del Apocalipsis y el dinero de las grandes empresas) y que a uno y otro lado del Atlántico está sepultando la democracia.

Leído lo leído, garantizar la libertad de expresión significa "otorgar un megáfono enorme a los más ricos para que griten en nuestros oídos", y hacer lo propio con la de mercado implica generar dudas y exagerar la incertidumbre científica con el fin de impedir que se tomen medidas sobre amenazas verdaderamente serias como son el consumo de tabaco o el calentamiento global.

15.4.14

Los dibujantes del Chaco

Los dibujantes del Chaco

Por Edgardo Civallero

El Gran Chaco es una llanura selvática y húmeda, llena de bañados y cruzada por enormes ríos, que ocupa el noreste de Argentina, buena parte de Paraguay, el sureste de Bolivia y el suroeste de Brasil. La sección austral se ubica al sur del río Bermejo y la central, entre el Bermejo y el Pilcomayo; ambas se encuentran, pues, dentro del actual territorio argentino. Tan indómita e inexpugnable que fue llamada "Impenetrable" por los conquistadores europeos, la región estuvo cubierta por densos bosques y habitada por numerosos pueblos indígenas; de todo ello, solo fragmentos y rezagos han sobrevivido hasta en la actualidad.

Las más tempranas descripciones de ese territorio fueron obra de los jesuitas. Los sacerdotes de la Orden de San Ignacio se contaron entre los pocos que se adentraron y vivieron en el Chaco y quisieron dedicar su tiempo y sus ganas a hablar tanto de la geografía que recorrieron y de la naturaleza que se encontraron como de los pobladores originarios con los que convivieron. El padre Pedro Lozano fue el autor de la gran "Descripción Chorográfica del Gran Chaco Gualamba" (1733), que incluye un mapa muy detallado del área, obra del padre Antonio Machoni (que luego escribiría el único "arte" sobreviviente sobre la lengua lule y tonocoté), además de muchísimos datos etnográficos, históricos y geográficos. El padre José Jolís, por su parte, escribió "Saggio sulla storia naturale della Provincia del Gran Chaco" (1789). A estos trabajos pueden agregarse las anotaciones de Alonso de Bárcena, Pedro de Añasco, Gabriel Patiño, Antonio Moxi, Vicente Olcina, Roque Gorostiza, Joaquín Camaño, José Cardiel y Agustín Castañares y, por supuesto, la treintena de volúmenes producidos por una autoridad como fue el padre José Sánchez Labrador (1717-1798).

Sin embargo, hay dos obras que destacan por su rica descripción de dos pueblos chaqueños de la familia lingüística guaycurú (uno de ellos ya desaparecido) y, sobre todo, por sus ilustraciones. Se trata de "Historia de Abiponibus, equestri bellicosaque Paraquariae natione" (traducido al español como "Historia de los Abipones"), del padre Martin Dobrizhoffer, y "Hacia allá y para acá: Una estadía entre los indios Mocovíes, 1749-1767", del padre Florián Paucke.

Dobrizhoffer había nacido en Frymburk, un pueblo de la actual República Checa, cerca de Austria. Cambió sus frías tierras natales por el pegajoso calor del Paraguay y el Chaco austral. Sus ilustraciones, realizadas en blanco y negro, retratan sobre todo a partidas de guerreros abipones, un pueblo que vivió en el centro de la actual provincia argentina de Santa Fe y cuyos últimos rastros se desvanecieron hacia finales del siglo XIX. "Historia de Abiponibus", escrito originalmente en latín y publicado en tres volúmenes, refleja, en un estilo bastante vivo y pintoresco, las vivencias del sacerdote intentando "occidentalizar" a una sociedad cuya característica principal fue la resistencia activa ante el europeo. En medio de sus aventuras y desvelos se van colando informaciones lingüísticas, referencias etnológicas y raccontos históricos.

Los dibujantes del Chaco
Los dibujantes del Chaco
Los dibujantes del Chaco
Los dibujantes del Chaco
Los dibujantes del Chaco
Paucke (o Baucke), por su parte, era de Winzig, en la Silesia austríaca, e ilustró su relato con unas preciosas y coloridas témperas y acuarelas en las que retrató tanto la fauna y la flora que poblaban el territorio del pueblo Mocoví o Moqoit (actualmente habitante de comunidades rurales y periurbanas en el norte de la provincia de Santa Fe y el sur de la de Chaco, en Argentina) como sus costumbres, sobre todo las más cotidianas (las partidas de caza o la búsqueda de miel). Las pinturas de Paucke son célebres por su sencilla belleza y por su fidelidad al modelo natural.

Los dibujantes del Chaco
Los dibujantes del Chaco
Los dibujantes del Chaco
Los dibujantes del Chaco
Los dibujantes del Chaco
Como hicieron muchos otros compañeros de Orden, ambos religiosos recopilaron, narraron e intentaron explicar(se) –desde su perspectiva europea, barroca y católica– la cultura y la vida diaria de las comunidades junto a las que vivieron, trabajaron y aprendieron. Más allá de los numerosos sesgos e inexactitudes de los que puedan adolecer, sus notas constituyen, en algunos casos, los únicos testimonios de los hechos y las realidades pasadas de ciertas sociedades originarias chaqueñas.

Esos testimonios fueron trabajosamente plasmados tanto con la pluma como con el pincel. Y a través de ellos habló el férreo religioso del Viejo Mundo, pero también, aquí y allá, el hombre maravillado ante un Mundo Nuevo lleno de aves y peces ignotos, juegos infantiles a orillas del río y horizontes de nunca acabar.

Imágenes. "Historia de Abiponibus" y "Hacia allá y para acá". Ediciones originales digitalizadas.

8.4.14

Todo gato es gato

Todo gato es gato...

Por Sara Plaza

... desde bigote a cola

Estos versos pertenecen al poema de Pablo Neruda Oda al gato, que comienza así:

Los animales fueron
imperfectos,
largos de cola, tristes
de cabeza.
Poco a poco se fueron
componiendo,
haciéndose paisaje,
adquiriendo lunares, gracia, vuelo.
El gato,
sólo el gato
apareció completo
y orgulloso:
nació completamente terminado,
camina solo y sabe lo que quiere.

En la página de El Ortiba (Colectivo de cultural popular) titulada "Gatos y escritores: Una alianza entre seres libres" se afirma lo siguiente: "Esta página debería titularse los gatos y sus escritores. Porque si usted convive con un gato habrá notado muchas veces que no 'tiene' un gato, como se tiene un perro, un canario o una tortuga. Usted vive en la casa del gato".

Nunca he tenido un perro ni una tortuga, y del único canario con el que conviví guardo un vago recuerdo infantil. Sin embargo, el gato ha estado a mi lado desde hace más de una década, y casi desde el primer día comprobé que, efectivamente, soy yo la que vive en su casa, la que estudia, escribe, dibuja, teje y lee a su lado, y la que les he llamado como alguno de mis escritores favoritos.

El apartado Los gatos y sus escritores ofrece una lista de varios escritores junto a los nombres de sus gatos: H. G. Wells – Mr. Peter Wells; Tenneesse Williams – Topaz; Alejandro Dumas – Mysouff I, Mysouff II, y Le Docteur; Charles Dickens – William (al descubrir que era una gata la rebautizó Williamina) y Master's Cat; Mark Twain – Apollinaris, Beelzebub, Blatherskite, Buffalo Bill, Satan, Sin, Sour Mash, Tammany y Zoroaster; Lord Byron y Borges – Beppo (el de Borges originalmente se llamaba Pepo, y tuvo otro de nombre Odín); Edgar Allan Poe – Catarina; Víctor Hugo – Chanoine y Mouche; Charlotte y Emily Brontë – Tiger; F. Scott Fitzgerald – Chopin; T. S. Elliot - George Pushdragon, Noilly Prat, Pattipaws o Pettipaws, Tantomile y Wiscus; Walter Scott – Hinse; Theóphile Gautier – Childebrand, Clópatre, Don Pierrot de Navarre, Enjoras, Séraphita, Eponine, Gavroche, Madame Theóphile y Zizi; Colette – Franchette, Kapok, Kiki-la-Doucette, Kro, La Chatte, La Chatte Dernière, La Touteu, Mini-mini, Minionne, Muscat, One and Only, Petieu, Pinichette, Toune, Zwerg y Saha.

En otras páginas he encontrado que Ernest Hemingway solía llamar a sus gatos con nombres de personas famosas, pero sin duda el más conocido fue Snowball. Julio Cortázar puso al suyo Teodoro W. Adorno y a una gata, Flanelle. El de Edward Lear se llamó Foss, y los de Mallarmé Stephane, Neige, Frimas y Lilith (hija de una gata de Théodore de Banville y nieta de Eponine, gata de Théophile Gautier). La autora de La cabaña del Tío Tom, Harriet Beecher Stowe, bautizó al que recogió en la calle como Calvin.

Pero además de nombrarlos de formas muy diversas, muchos escritores y poetas se han inspirado en sus gatos y han dicho y escrito sobre ellos. Mark Twain afirmó que "el cruce de persona con gato sin duda mejoraría la especie humana, pero empeoraría a los gatos". A Edgar Allan Poe le hubiera gustado escribir con el misterio que tiene un gato. George Bernard Shaw era de la opinión de que "el hombre es civilizado en la medida que comprende a un gato". En el siglo XVIII el periodista y escritor Antoine Rivaroli (Antoine de Rivarol) aclaró que "el gato no nos acaricia, se acaricia con nosotros", y al filo del siglo XXI el poeta Jorge Riechmann, en Desandar lo andado (1993-1999) titulaba uno de los fragmentos ¿Por qué el gato sabe que la caricia es suya?.

Pablo Neruda, en el poema que abre esta entrada, escribió "pero no puedo descifrar un gato / mi razón resbaló en su indiferencia", y de Miguel de Unamuno es la frase: "Mi gato nunca se ríe o se lamenta, siempre está razonando". Julio Verne estaba seguro de que "un gato podría caminar sobre una nube sin atravesarla" y para la poeta Silvina Freira "los gatos son la expresión manifiesta y sublime de la libertad absoluta", quien también revela que lo que la fascina de ellos es lo que tanto molesta a la gente en general "su total independencia, sus conductas libertarias, anarquistas, que sean ociosos, vagos, callejeros".

Señalar por último que Osvaldo Soriano insiste en que "un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo" y cuenta que: "Cuando yo era chico mi gato Pulqui era mono, león, pirata y bandolero. Yo lo acechaba entre las plantas del jardín y me le tiraba encima con el cuchillo de madera entre los dientes. Ahora mi hijo combate contra la gata Virgula que le devuelve los golpes. Son arañazos de mentira, en un revoltijo de sillas volteadas y malvones floridos. Las suyas, como las mías antes, son fantasías de selvas y mares, de castillos y mosqueteros. Esos años felices e irrecuperables en los que uno aprende, si aprende algo, que los gatos nos traen a domicilio el misterio de la creación. Chandler les atribuía toda la sabiduría y creía que provocaban la explosión creadora. Un día le pidieron que hablara de Philip Marlowe y prefirió que fuera Taki la que la hiciera por él. Pretendía que era la gata quien escribía sus novelas bien entrada la noche. A mí suele pasarme algo parecido".

Fotografía de Sara Plaza.

1.4.14

El viejo Potosí

El viejo Potosí

Por Edgardo Civallero

Wenceslao Jaime Molins fue poeta, escritor de libros y tangos, historiador, periodista, publicista y fundador de periódicos. Nació en Dolores (Buenos Aires, Argentina) hacia 1900 y falleció en Capital Federal en 1981. Fue quien puso a Héctor Roberto Chavero el seudónimo de "Atahualpa Yupanqui". Fue miembro correspondiente de la Real Academia Española, y uno de los fundadores de la famosa Peña del Café Tortoni.

El 22 de enero de 1921, la célebre revista argentina Caras y Caretas (año XXIV, nº 1164) publicó un artículo de Molins titulado "La romería dominical", en la cual habla de Potosí (Bolivia) y el universo indígena que bulle en sus mercados. El texto es una de las antiguas "crónicas de viaje" tan queridas por ciertos medios y por determinados estratos sociales, que veían a algunos lugares (y a sus pobladores) como exotismos que había que mirar a través de las páginas escritas por otro. Los adjetivos empleados para describir el mundo originario andino (o, en general, al campesino latinoamericano) se repitieron una, y otra, y otra vez en la literatura romántica/nacionalista, dándole al indígena un aire de "salvaje bueno" o "bruto noble". Las lamentables explicaciones del origen de ciertos rasgos detectados por el cronista no pueden estar más alejadas de la realidad; en tales explicaciones comienzan a notarse ciertos sesgos que son más que evidentes en la segunda mitad del artículo. El rancio "españolismo" exhibido por Molins fue abrazado por muchos latinoamericanos, ávidos de sentirse herederos de la "Madre Patria" y su cultura "civilizada" y "europea" en lugar de saberse conciudadanos de unos "salvajes" e "incultos". El texto es, pues, muestra de lo mejor y lo peor que salpicó la literatura de finales del XIX y principios del XX en América Latina... y que, en no pocos casos, la sigue salpicando en la actualidad.

***

Esta mañana he visitado los barrios excéntricos de Potosí. Es domingo, y como tal cada plazoleta es una feria franca. La pila vecinal, dadivosa como siempre, es la piedra imantada del rastro, donde se toma lenguas, se hacen transacciones y se juega al chisme volandero y trivial. Pero la nota típica de este mercado al aire libre, que el provincialismo andaluz divulgó en América con el nombre de "recova", no está en el ajetreo mercantil, ni en el carácter de cada tienda, en el abundamiento y calidad de las vituallas –carne de buey y oveja, "charqui", descarozado, quinua de los faldones, hortalizas del predio suburbano y frutas de escondidos vallejos–. La peculiaridad es una nota de conjunto, de romería dominical, promiscua en vestimenta, en colorido, en calidad social, en sexo. Con la vida ocasional de la plazuela, harta de mostradores y trebejos, late el barrio, se galvaniza, revive. Al umbral de su obrador, se afana el sastre en encarrujar el pollerío de bayeta de una chola que quiere endomingarse después de mediodía. El platero ha llevado a la calle su banqueta de labor y da la última limada a los sabores de un freno, mientras su vecino, vendedor de alfarería, ensaya un aire popular en el charango, sin preocuparse ni poco ni mucho de su negocio. Cada tendejón ha sacado sus trapos a la calle; cada pulpería se insinúa con su mesa al aire libre y en la variedad llamativa de sus licores. Esta vieja ha improvisado un merendero de picantes, tortas fritas y aguamiel. Aquella mocetona entrada en carnes, guapa y bien vestida, plumerea con cachaza su mostrador cuajado de alfeñiques, roscas de chuño y mazapán. Cruzan dos buhoneros de tipo dardanario, con su parihuela atestada de baratijas. (...)

Huélgome, en verdad, de estas apuntaciones dominicales, pero a fuer de franco, debo decir que la nota indígena fue el señuelo que me acercó a la feria. Al indio del altiplano lo conozco a través de mis viajes por tierras de Potosí, de Oruro y de La Paz: en sus montañas, en sus sembríos, en sus atajos; por el vagar de sus recuas y por el sentimiento de sus flautas; en la posta perdida del camino y en el pastoreo trashumante de sus rebaños. Deseaba, en definitiva, orientar mis observaciones en el sentido de escrutar y definir todo el españolismo perdurable que ha podido trabajar el alma autóctona, arisca, pero inteligente y sentimental. Y la plazuela, donde el hervidero indígena se impone como la peculiaridad más atrayente del mercado, me da sustancia para una observación capital: usan los indios el casquete imitando la borgoñota de los soldados de Pizarro. Característica regional de los indios de Potosí, la montera de los indios es una especie de solideo, con una pequeña faldilla terminada en dos picos que caen sobre las orejas. Las mujeres llevan este mismo casco pero guarnecido de anchas alas o del tipo de una bacía de barbero, la copa bordada con flores de color y dibujos sencillos.

Me explico fácilmente la perpetuación de esta pieza de vestir. Después de la conquista, impresionado el pueblo aborigen por la toma del Cuzco y la muerte de Atahualpa, llevó a su coreografía una danza de simbolismo guerrero en donde aparecen Pizarro y sus huestes parodiados en su vestimenta militar. El baile, denominado entre los aymaras "ppackoches" [paquchis, pakochis], y que pasó muy luego a los quechuas, fue también una farsa imitativa donde los danzarines vestían calzón corto, casaca a la antigua usanza, peluca rubia y el consabido casco de lata o de cartón, rodela de cuero y espada de madera.

No faltan historiadores que suponen en la creación de estas parodias el propósito de ridiculizar a los soldados castellanos, heridos –como se sintió la nación indígena– por la invasión arrolladora. Dado el carácter de la mayor parte de las danzas interpretativas que incorporaron a su arte coreográfico los aborígenes, me inclino a creer que los españoles, lejos de sentirse molestos por la forma caricatural de sus bailes, fomentaron esta manera de dar expresión al espíritu nativo, usando de la danza como un medio propicio y seducente para allanar dificultades de convivencia y de reducción. El "huaca-tocori" [waka-tuquri] que se baila en algunos cantones y lugarejos, es una parodia de la corrida de toros, como fue la danza de los gigantones y tarascas, reproducción de ciertas alegorías bufas usuales en determinadas regiones de España. Se buscaba en el esparcimiento exótico, la fórmula persuasiva para neutralizar o disimular el vasallaje de las encomiendas y de la mita. Se llegaba al trabajo y a la religión por medio del arte. En el baile denominado "dansantes" se ensayan pintorescas escenas del evangelio. Una de ellas se relaciona con el triunfo del arcángel San Miguel sobre Satanás. Terminado el simbolismo que suele "oficiarse" con religiosa unción, bailan todos juntos con verdadero regocijo. Esta es una de las danzas que ha supervivido en toda su primitividad, pasando del indígena al mestizo que la ejecuta en determinadas festividades religiosas.

El cancionero popular ha experimentado, a su vez, cambios fundamentales marcados por la influencia española. El quechua es un idioma tan expresivo que con pocos vocablos se pueden expresar los más vivos y variados sentimientos. Su onomatopéyica es riquísima. Es lleno de concisión y elocuencia. Derrocha el afijo como medio de dar gracia, extensión y seguridad a las frases. Es fonético por excelencia. Pero, con todas estas calidades que hacen del quechua uno de los idiomas aborígenes más interesantes, necesitó del auxilio castellano para extender su dominio, sobre todo en su forma rimada, donde el sentimiento suele necesitar del recurso de la dialéctica y del giro eficaz.

Transcribo, al azar, algunas serranillas, en donde se alternan la expresión quechua con la frase española y que nos hacen recordar –aunque sin su romanticismo encantador– a las serenatas bilingües de los trovadores medievales, que combinaban con idiomas bárbaros y latino su treno sentimental.

Amañapis munahuaichus
ya después que me han querido.
Piñatachus ckechuasunchacc
el gusto que hemos tenido.

Champunima casckauquecca,
corazón de uchu morocco.
En tanto llorar por vos
hasta el ojo tengo ttocco.

En música, la fuerza de la conquista fue de mayor repercusión. Su instrumental sufrió una verdadera reforma. La "quena", el "pinkillo", la "ckohana", no respondían a la tónica porque el número de sus orificios variaba entre dos y cinco. De ahí que las sonatas primitivas de quechuas y aymaras que aún se conservan inmodificadas, no ofrecen ninguna variación fuera de su monótona cadencia. La flauta de siete notas fue una revolución. Sobre esta conquista musical, y sobre la base del sentimiento propio del país, crearon los indios la música montaraz, honda, grave, sentida, que arrastró a un poeta español a este bello lirismo: "las sombras de cien siglos sollozan en la quena".

¡Y a fe que, iniciados en el secreto musical, muchas cosas pudieron decir por sus chifles aquellos indios! Con la "pututa" [pututu] recorrieron los campos convocando a la guerra; lloraron con el quejido del "aykkori" [ayquri] la muerte del curaca o del amigo; alegraron la cosecha con la voz dulce del "pululu"; y entonaron en todos los tonos del amor y del odio, de la esperanza y del dolor, en la "sicu" [siku] multitona, que se dijera trasplantada del Helicón.
Fue por esta gracia española que amplió el pentagrama de aquel arte agreste que podía decir Garcilaso en sus comentarios: "Cada canción tuvo una tonada por sí; no podían decir dos canciones diferentes con una tonada, y esto era porque el galán enamorado, dando música de noche con su flauta, por la tonada que tenía decía a la dama y a todo el mundo, el contento o descontento de su ánimo conforme al favor o disfavor que le hacía, y si se dijeran dos cantares diferentes por una tonada, no se supiera cual de ellos quería decir el galán. De manera que se puede decir que hablaba por la flauta".

Y luego cuenta que un español topó de noche a deshora, en el Cuzco, con una india de su conocimiento, y queriendo regresar con ella a su posada, suplicole la india:

- Señor, déjame ir donde voy. Sábete que aquella flauta que oyes en aquel otero me llama con mucha pasión y ternura, de manera que me fuerza a ir allá... Déjame, por tu vida, que no puedo dejar de ir allá; que el amor me lleva arrastrando para que yo sea su mujer y él mi marido.

No he de remarcar mi investigación sobre la traza perdurable que dejó España en el alma virgen de los pueblos conquistados. Cierto es que el indio pasaba de la esclavitud incásica a la tiranía del español. Pero, violentando la exaltación de algunos americanistas, debemos convenir en que el régimen colonial fue el resultado de la época y de las exigencias de la conquista. ¡No fue más suave el señorío de los Viracochas del Imperio del Sol! ¡No fue menos pesado el yugo que levantó las piedras de las ciudades y cinceló la plata de los palacios y templos precolombianos! Los conquistadores impusieron su religión, su ley, sus costumbres, su indumentaria, su espíritu. Y algo de esto debieron aprender los indios, cuando hasta la caballerosidad castellana tuvo un remedo en el saludo sacramental de los quechuas:

- Ni ladrón, ni perezoso, ni embustero (Ama sua, ama qhella, ama llulla).

- Seas tú lo mismo (Champis jinallatay)

Contra tal importación civilizadora se creó el tributo exsacivo, la prestación personal, la encomienda. Pero esto no da pie para suponer que su acción fuera nefasta para los naturales, como tratan de demostrarlo impresionables cronistas. Y sin ahondar el asunto, hemos de exhumar en nuestro apoyo uno solo de los capítulos de la legislación indiana sobre el comunarismo de los indios: "la venta, beneficio y composición de tierras se haga con tal atención que a los indios se les dejen con sobre todas las que les pertenecieron, así en particular como en comunidad, y las aguas y riegos; y las tierras en que hubieran hecho acequias u otro cualquier beneficio con que por industria personal suya se hubiesen fertilizado, se reserven en primer lugar y por ningún caso no se les pueden vender ni enajenar".

El incierto andar de las ideas me ha llevado lejos de la plazoleta, lejos de la pila bulliciosa y del rastro pintoresco y cerril. Debo volver al vial después de haber errado por el atajo... pecador de imperdonables digresiones.

Pero es tarde ya.

El mundo mañanero del mercado se ha ido, como la mañana bella y azul.

Imagen. Vendedor de flautas. De "Caras y Caretas".