28.1.14

Informe de una injusticia

Informe de una injusticia

Por Sara Plaza

Hace medio siglo que Otto René Castillo titulaba así uno de sus poemas, y en él denunciaba "la injusticia maldita del sistema" que lanzaba a una anciana a la calle por no poder pagar el alquiler. "Por ser pobre, / los juzgados de los ricos / ordenaron desahucio", escribía el poeta guatemalteco. Y aclaraba: "desahucio: soledad / abierta al cielo, al ojo juzgor / y miserable". Para, a continuación, dolerse de nuestra cada vez más mermada humanidad: "Pero lo peor de todo / es la costumbre. / El hombre pierde su humanidad / y ya no tiene importancia para él / lo enorme del dolor ajeno". Cincuenta años después escuece mucho su poesía. No solo hemos conocido las mismas injusticias, sino que estas cada día son más, y más profundas.

***

Desde hace algunos días se encuentran bajo la lluvia los enseres personales de la señora Damiana Murcia v. de García, de 77 años de edad quien fue lanzada de una humilde vivienda, situada en la 15 calle «C», entre 3a. y 4a. avenidas de la zona 1.

(Radioperiódico «Diario Minuto» primera edición del día miércoles 10 de junio de 1964.)

Tal vez no lo imagines,
pero aquí,
delante de mis ojos,
una anciana,
Damiana Murcia, v. de García,
de 77 años de ceniza,
debajo de la lluvia,
junto a sus muebles
rotos, sucios, viejos,
recibe
sobre la curva de su espalda
toda la injusticia
maldita
del sistema de lo mío y lo tuyo.

Por ser pobre,
los juzgados de los ricos
ordenaron desahucio.
Quizá ya no conozcas
más esta palabra.
Así de noble
es el mundo donde vives.
Poco a poco
van perdiendo ahí
su crueldad
las amargas palabras.
Y cada día,
como el amanecer,
surgen nuevos vocablos,
todos llenos de amor
y de ternura para el hombre.

Desahucio.
¿Cómo aclararte?

Sabes, aquí,
cuando no puedes pagar el alquiler,
las autoridades de los ricos
vienen y te lanzan
con todas tus cosas
a la calles.
Y te quedas sin techo
para la altura de tus sueños.
Eso significa la palabra
desahucio: soledad
abierta al cielo, al ojo juzgor
y miserable.

Este es el mundo libre, dicen.
¡Qué bien que tú
ya no conozcas
estas horrendas libertades!

Damiana Murcia, v. de García,
es muy pequeña,
sabes,
y ha de tener tantísimo frío.
¡Qué grande ha de ser su soledad!

No te imaginas
lo que duelen estas injusticias.
Normales son entre nosotros.
Lo anormal es la ternura
y el odio que se tiene a la pobreza.
Por eso hoy más que siempre
amo tu mundo.
Lo entiendo,
lo glorifico
atronado de cósmicos orgullos.
Y me pregunto:
¿Por qué, entre nosotros,
sufren tanto los ancianos,
si todos se harán viejos algún día?

Pero lo peor de todo
es la costumbre.
El hombre pierde su humanidad
y ya no tiene importancia para él
lo enorme del dolor ajeno,
y come,
y ríe,
y se olvida de todo.
Yo no quiero
para ninguno
estas cosas.
Yo no quiero
para nadie en el mundo
estas cosas.
Y digo yo,
por qué el dolor
debe llevar
claramente establecida su aureola.

Ahora compárame en el tiempo.
Y dile a tus amigos
que la risa mía
se me ha vuelto una mueca
grotesca
en medio de la cara.
Y que digo amen a su mundo.
Y lo construyan bello.
Y que me alegro mucho
de que ya no conozcan
injusticias
tan hondas y abundantes.

(De Vámonos, Patria, a caminar).

Fragmentos de la biografía y la obra poética de Otto René Castillo (nacido en Quezaltenango, en 1936, y fusilado en Zacapa, al pie de un matilisguate, en 1967) pueden consultarse en:
-La práctica literaria de Otto René Castillo. Por el escritor guatemalteco Mario Roberto Morales. En Diario Digital ContraPunto.
-Otto René Castillo, su vida y obra: Biografía y antología de poemas. Tesis de Lorena Castillo Cabrera. Universidad de San Carlos de Guatemala, Facultad de Humanidades.
-Otto René Castillo: su ejemplo y nuestra responsabilidad. Prólogo escrito por el poeta salvadoreño Roque Dalton para la antología Informe de una injusticia [Editorial Universitaria Centroamericana, EDUCA. Costa Rica, 1975].
-Cuaderno de poesía crítica nº. 57: Otto René Castillo.

Imagen. Old Lady in Window, Rovingo/Rovinij Istria, Croatia – Watercolor on 1/2 sheet of Arches 140# cold press.

21.1.14

Construyendo identidades

Junto a la lumbre

Por Edgardo Civallero

Algunos de los procesos actuales de (re)construcción de identidades (sociales, culturales, étnicas...) e historias (locales, regionales, nacionales...) en América Latina me fascinan y me horrorizan al mismo tiempo. Resultan un verdadero desafío lógico para cualquier epistemólogo, o para alguien que, como es mi caso, haya trabajado algún tiempo en metodología de la investigación.

Impresiona un poco ser testigo de cómo hipótesis surgidas prácticamente de la nada, que en ocasiones rozan el ridículo más espantoso y violan todo sentido común, pretenden convertirse, de la noche a la mañana, por razones absolutamente aleatorias (razones que quieren ser válidas solo cuando y en donde al emisor de la susodicha le convenga), sin mayores demostraciones y con unos sesgos ideológicos que claman al cielo, en tesis sólidas y ampliamente reconocidas dentro del ámbito académico.

A la hora de explicar un fenómeno o un hecho cualquiera, surgen hipótesis: explicaciones "en crudo", meras propuestas o suposiciones basadas en creencias personales, opiniones, intuiciones, tradiciones, evidencias débiles u otros elementos. El valor como explicación plausible, la validez y la veracidad de esas hipótesis deben demostrarse: no son veraces porque sí, porque lo dicta la tradición o porque lo diga alguien (un antepasado, un sabio, una divinidad, una autoridad, un iluminado...). Deben ser comprobadas fehacientemente a través de hechos o de documentos (textos u objetos) suficientemente sólidos; ese proceso de comprobación debería poder ser repetido por cualquier otra persona que lo abordase, y no solo por el interesado en cuestión.

[Hay cosas que no podrán demostrarse nunca: p.e. decisiones humanas tomadas en el pasado para las cuales los autores (o sus biógrafos y comentaristas) no legaron explicación alguna. En ese caso, todo queda sujeto a interpretaciones. Algunas aparentarán ser más probables que otras, pero no dejarán de ser lo que son: suposiciones que intentan acercarnos a lo que pudo ser realidad].

Una vez demostrada (y solo entonces), la hipótesis se convierte en tesis; estará siempre bajo crítica y revisión (de hecho, cuanto más se la intente falsear y más se fracase en ese intento, más sólida será), y podrá ser utilizada para construir un modelo o una teoría.

Es importante, en este sentido, no empezar a construir la casa por el tejado. La hipótesis comprobada es la que conduce a la tesis y a la posible elaboración de un modelo o una teoría (o una historia), y no al revés. Partir de una tesis (generalmente diseñada ex profeso a gusto y conveniencia del usuario) y construir luego hipótesis que la avalen es un proceso inadecuado que, a la postre, suele acabar en la creación de una miríada de aberraciones varias.

Impresiona un poco ver cómo se hace uso de ciertas fuentes (en América Latina, concretamente, fuentes coloniales, escritas por los conquistadores españoles y sus descendientes) cuando sirven para apoyar lo que se quiere demostrar, y como se las rechaza (como si de un producto demoníaco se tratase) cuando no sirven para tal propósito... todo ello, en ocasiones, dentro de un mismo párrafo, y sin mayores explicaciones que la "autoridad" y la "palabra" de quien escribe. Los "criterios" empleados para decidir lo que es "verdad" y lo que es "mentira" en esas crónicas (y en otras similares) rozan lo surrealista, y darían para escribir un verdadero tratado.

Las fuentes documentales suelen utilizarse para demostrar las hipótesis, o para crear o enriquecer el marco teórico a las tesis ya comprobadas y sustentadas. Se precisa de cierto nivel de coherencia personal a la hora de usar una fuente, sobre todo el problemático tipo de documentación escrita por los cronistas y conquistadores españoles en América. Como todo relato (incluyendo a los que se consideran más "neutrales"), esos están cargados de la subjetividad del autor, de su momento histórico y de sus circunstancias e intenciones. Los sesgos existentes deben identificarse y evitarse coherentemente; no pueden emplearse los datos o los puntos de vista ahora sí y ahora no, a conveniencia o a gusto del consumidor. Tales contradicciones son muy peligrosas, y pueden revelar sesgos propios, intereses ocultos e incluso tendencias manipuladoras.

Impresiona ver cómo se atacan sin vergüenza algunas hipótesis (o incluso algunas tesis firmemente demostradas) usando groseros argumentum ad hominem, siendo el más habitual el de "el emisor de esa hipótesis es extranjero". Es notorio y sabido que para investigar/escribir sobre historia prehispánica o indígena, en algunos círculos latinoamericanos es preciso pasar por un verdadero examen de "limpieza de sangre" para eliminar cualquier sospecha de extranjería o mestizaje, y que incluso los miembros más "puros" de esos círculos pueden caer en desgracia si se les ocurre negar o poner en duda alguna de las afirmaciones apoyadas desde esos grupos.

Dejando de lado los asuntos de "pureza étnica" (que también darían para escribir un tratado), el uso de falacias argumentativas como el ad hominem revela que los individuos que las emplean se han quedado sin (o nunca tuvieron) razones verdaderas, válidas y suficientes para criticar y demostrar la falsedad de una hipótesis o tesis. Curiosamente, muy pocas veces se denuncia el uso de un ad hominem u otro tipo de falacia de la argumentación; por el contrario, se entra en una espiral de debates inútiles que, al estar basados en falsedades, son absolutamente estériles; se continúa con agresiones verbales, nacimiento de "bandos" y "escuelas" y así sucesivamente...

Impresiona un poco ver cómo "lo académico" es excelente si apoya y/o demuestra las hipótesis propias, y una verdadera basura a evitar, rechazar y/o condenar si no lo hace.

No son pocos, en América Latina, los que buscan denodadamente posicionarse en un ámbito académico –nunca neutral, y muchas veces sesgado y agresivo, eso es cierto– para poder lanzar sus ideas desde un marco de "autoridad"... aunque para construir sus ideas hayan violado vilmente todo el proceso académico de construcción del conocimiento. No son pocos los que critican a la "Academia" cuando esta los expulsa o no les abre las puertas debido a sus propias falencias y carencias. No son pocos, por último, los que se jactan de no pertenecer a nada relacionado con la "Academia" y pretenden que sus opiniones sean tomadas como "conocimiento académico" o equivalente...

Hay unos saberes tradicionales que no necesitan ni de reglas, ni de comprobaciones, ni de "Academias": han existido y seguirán existiendo tal cual son, regulados internamente por el pueblo que los produce, desapareciendo a veces, reapareciendo otras. Llevan siglos así. Muchos de esos saberes pueden pasar del ámbito tradicional/oral/popular al académico a través de un proceso debidamente diseñado, y llevado a cabo de acuerdo a estrictas normas con la participación de todos los actores involucrados. Otros, evidentemente, solo pueden ser recolectados y/o documentados (y nada más), sobre todo en el caso de que contradigan claramente al conocimiento científico (la luna no es una mujer que corre por el cielo, ni los meteoros son lágrimas de los dioses, por muy importantes que tales conceptos y metáforas hayan sido/sean para numerosos grupos étnicos del planeta).

Si los "conocedores tradicionales" quieren entrar al campo del "saber académico" deben aprender, conocer y aceptar las reglas de juego de los proceso de investigación y construcción del conocimiento que respeta (o debería respetar) la "Academia"... o quedarse fuera de él. Las "soluciones intermedias" actuales no son más que un cambalache que no convence a nadie, genera conflictos y, a la postre, no logra generar resultados estables o a largo plazo.

Me da la sensación de que hace falta aún muchísima capacitación teórica en algunos círculos de producción de saber relacionados con la identidad y la historia de América Latina. Y que, además, es preciso delimitar los espacios tradicionales y los académicos, y establecer pautas claras para el diálogo y la interacción entre ambos. Quizás una vez que las reglas del juego sean bien definidas y seamos conscientes de a qué se dedica cada cual, cuáles son los objetivos a alcanzar, cuáles los caminos y procesos y cuáles los errores y los vicios a evitar, podremos abordar la construcción (compleja, pero no por ello imposible) de una historia y una identidad tan llena de elementos maravillosos como de aristas cortantes.

14.1.14

Junto a la lumbre

Junto a la lumbre

Por Sara Plaza

Hacía varios días que una fría y espesa niebla se había instalado en el rincón de la sierra madrileña que acoge nuestros pasos cada día, y esa tarde estábamos sentados al lado de la chimenea. Mientras cascábamos nueces dejé vagar la vista por los estantes de nuestra biblioteca y me detuve en el que alberga los libros de arte y pintura. Entre dos tomos gruesos descubrí la delgada silueta del estudio biográfico y crítico titulado "Sorolla" (publicado por la editorial Compañía Bibliográfica Española, S.A., en 1963) del pintor, historiador y crítico de arte Bernardino de Pantorba (seudónimo de José López Jiménez; Sevilla, 1896 – Madrid, 1990). Hacía mucho tiempo que no ojeaba sus páginas y pensé que sería una linda lectura para esa noche. Al abrirlo no pude por menos que sonreírme porque había olvidado por completo las laudatorias palabras con las que se ensalzan las figuras del biografiado y del biógrafo. Dicen así:

Joaquín Sorolla, a juicio casi unánime de la crítica, es el más grande de los pintores españoles posteriores a Goya. Es también el brioso renovador, en su tiempo, de la pintura española. Y es también, en el campo del impresionismo, el más alto valor del mundo.

Ninguno de los famosos impresionistas franceses le supera ni en fecundidad, ni en amplitud y variedad de obra, ni en fuerza de expresión, ni en vigor, justeza y dinamismo de dibujo, ni en riqueza de color, ni en soltura y rapidez de técnica.

La infatigable intensidad con que trabajó Sorolla produjo un volumen de pintura que sorprende y pasma. Madrid, donde pasó el artista gran parte de su vida, contiene más de un millar de cuadros suyos, sin contar apuntes ni dibujos. En el Museo que lleva su nombre pueden verse muchos de ellos.

Este libro recoge un certero estudio de la personalidad del gran maestro. Para escribirlo, nadie con tanta autoridad y competencia como Bernardino de Pantorba a quien se deben, como es sabido, los más extensos y sólidos trabajos que se han publicado sobre Sorolla, las investigaciones biográficas más importantes de las realizadas hasta ahora y el único catálogo que existe de la ingente producción del eximio pintor valenciano.

En los estudios sorollistas, Bernardino de Pantorba alcanza el punto de mayor categoría, lo que da a este libro suyo extraordinario interés y altísimo valor.

Un maestro de la pintura española tratado por un maestro de la crítica española.

La sonrisa se me ensanchó al leer la dedicatoria que escribió su autor:

A los pintores españoles que, no contaminados por las aberraciones de «lo abstracto», siguen amando y cultivando el maravilloso arte, plurisecular, de la Pintura.

Y también encontré motivo para la alegría al descubrir entre sus páginas un viejo ticket de "Calzados Gilton", con fecha 28 de octubre de 1975. No recuerdo cómo llegó hasta mí este libro, pero lo tengo conmigo desde hace muchos años. Está viejito, desgastado, y se le han despegado un poco las tapas. En la parte interior de las mismas están los planos del Museo Sorolla y cuenta con 128 ilustraciones en blanco y negro. Concluye con un apartado titulado "Varias notas" en el que se incluyen los siguientes apartados: Se llamaba... –Sobre los padres. –Hijos y nietos. –Discípulos. –Dinero ganado. Y sobre este último punto el autor aclara que:

Es la pregunta que en nuestros días –días de incorregible materialismo– se hacen muchísimas personas, cuando se habla de cualquier artista ya fallecido: ¿Cuánto dinero ganó?

Casi nunca, como es natural, puede responderse de una manera firme. Casi siempre hay que acudir al ejercicio de la conjetura, cuando no al de la imaginación. «Suponemos que ganaría... Ganó, tal vez... Probablemente...» En fin, tarea más que ardua la de llegar a averiguar este extremo.

En el caso de Sorolla, forzoso es pasar también, para precisar la cuestión, al terreno conjetural; pero, dentro de él, podemos movernos con mayores bases que las corrientes, porque, por lo pronto, ya sabemos con exactitud cuánto dinero ganó Sorolla en algunos años de su vida.

El año 1888, el de su matrimonio, Clotilde García del Castillo empezó a registrar, en un pequeño cuaderno de cubierta de hule negro, los ingresos de su marido.

Un cuadernito similar, creo no equivocarme al afirmar, es el que les hemos visto rellenar a muchas de nuestras madres y abuelas, y en el que hoy por hoy, seguimos anotando gastos e ingresos sus hijas y nietas (e imagino que no pocos hijos y nietos).

Las últimas "conjeturas" de Pantorba en el mencionado apartado económico explican que:

Cobraba los retratos, según las circunstancias, caros o baratos; pero no consta que «se aprovechara», como han hecho otros retratistas, cuando la suerte le deparaba a un potentado de esos que no se amilanan antes los precios abusivos. En cuanto a los amigos, lo corriente en él era no cobrarles nada, y a ello se debe el grandísimo número de retratos que firmó, dedicándolos a los retratados; con la particularidad, harto significativa, de que los retratos hechos de balde suelen ser los que están pintados con mayor maestría.

Sin lugar a dudas se trata de "estudio biográfico y crítico" de lo más jugoso, y es que su autor no deja de meter baza, interviniendo continuamente en el relato con juicios y observaciones personales.

Este pintor e investigador, era hijo del pintor Ricardo López Cabrera (1864-1950), quien inició su formación en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla y viajaría después a Roma para continuar allí sus estudios. En 1906 López Cabrera fue nombrado académico de la Real Academia de Bellas Artes de Sevilla y profesor de Dibujo de su Escuela, y en 1909 se trasladó a Córdoba (Argentina), donde se desempeñó como profesor en la Escuela de Bellas Artes hasta 1924, y donde en 1915 se encargó de la decoración de la gran bóveda del techo del Salón de Grados de la Universidad Nacional de Córdoba (que terminaría deteriorándose de manera irreversible como ya le había ocurrido, por culpa de la humedad, a la obra realizada anteriormente por el artista Jerónimo Sappia, 1883). Tras su muerte, Pantorba se encargó de escribir su biografía, la cual fue publicada en 1966 por la misma casa editorial que publicó su trabajo sobre Sorolla, bajo el título "El pintor López Cabrera. Ensayo biográfico y crítico".

Buscando en Internet las obras de ambos artistas, quedé enamorada de la pintura del padre, y muy especialmente del cuadro que ilustra esta entrada. Han pasado los años, hemos cambiado de siglo pero seguimos sentándonos al calor de la lumbre mientras pelamos patatas o cascamos nueces.

Imagen. Obra de Ricardo López Cabrera titulada "Junto a la lumbre", óleo sobre lienzo, 57 x 67 cm.

7.1.14

El gigantesco rey de los cimbrios

Teoría de los buenos deseos

Por Edgardo Civallero

La historia de las ciencias está signada por hechos que brillan con luz propia en los anales históricos, y por otros, turbios o ridículos, que aún así se mantienen frescos en la memoria (o se "resucitan" cada cierto tiempo) y hacen las delicias de los académicos; no tanto porque la estulticia o la ceguera ajena, presentes y pretéritas, les divierta, sino porque son claros recordatorios de que la capacidad humana para no razonar, no hacer uso del sentido común y creer cualquier cosa es ilimitada.

Uno de esos hechos ridículos es la historia del esqueleto de Teotobochus, rey de los cimbrios.

Si bien los restos fósiles se conocían desde la prehistoria (fueron considerados como amuletos entre muchísimas culturas neolíticas), no hubo una explicación clara de su naturaleza hasta tiempos relativamente recientes. Las teorías que en la Antigüedad buscaban dilucidar su origen eran bastante... "pintorescas". La dominante era la de la vis plastica naturae (o vis-plastica a secas), la "fuerza plástica de la naturaleza". Defendida por el célebre Avicena (Ibn Sina, científico persa, 980-1037 d.C.) y respetada durante siglos por los más ilustres e ilustrados pensadores y científicos europeos (de hecho, en la Sorbona de París se la acató hasta bien entrado el siglo XVIII), tal teoría indicaba que algunos minerales tenían la capacidad de adquirir cierta similitud (o una semejanza absoluta) con cosas de la naturaleza viva: el hombre, los animales, las plantas... No era raro, pues, que apareciesen rocas que imitasen a la perfección las formas, e incluso los colores, de determinados seres vivos o de alguna de sus partes.

La razón para este extraño comportamiento se achacaba a los caprichos de la naturaleza. De hecho, los fósiles eran llamados ludus naturae, "juegos de la naturaleza", tan rica en recursos que se permitía el lujo de imitar elementos vivos usando para ello materia inanimada.

Respetuosos como eran de las autoridades antiguas, los pensadores y científicos modernos no osaron contradecir esta línea de "razonamiento". Leonardo Da Vinci (1452-1519), rebelde y único, fue uno de los pocos que se animó a llevar la contraria: lanzó la hipótesis de que ciertos fósiles marinos hallados en tierra firme habrían sido organismos que antaño vivieron en mares ya desecados. Como era de esperar, tal afirmación, que demostraba un sentido común fuera de serie para la época, cayó en el vacío: Avicena continuó vencedor. Y su teoría se convirtió en uno de los mayores obstáculos para la comprensión de la verdadera realidad de los restos fósiles, y de su significado.

En el siglo XVII comenzaron algunos pequeños atisbos de "pensamiento independiente". Quizás los huesos hallados no fueran meros "caprichos de la naturaleza", se decían algunos; tal vez se tratase de los restos de seres vivos reales. Sin embargo, los resultados de estos razonamientos no fueron los esperados: dado que las osamentas fósiles tenían tamaños y formas desconocidas para nuestros buenos hombres de ciencia, estos se apresuraron a asignarlas a seres mitológicos conocidos o inventados para la ocasión. En 1663, el alemán Otto von Guericke (1602-1686) halló una gran cantidad de huesos y dientes fósiles (probablemente de mamuts y rinocerontes lanudos) cerca de Quedlinburg, en el macizo del Harz (Sajonia-Anhalt, Alemania), que él rápidamente atribuyó a un unicornio (unicornium verum). Incluso intentó su reconstrucción. Sin embargo, no publicó sus resultados en su libro de 1672, puede que por vergüenza. Fue Gottfried W. Leibniz (el famoso filósofo, creador de la teoría de las mónadas) quien pidió al artista Nicolaus Seelander que realizase un dibujo (a partir de bocetos de Guericke y otros) y reprodujo la imagen en su "Protogaea"... para escarnio eterno de von Guericke.

Entre los muchísimos sucesos, equívocos y traspiés de este estilo acaecidos en esta "prehistoria de la ciencia", destaca el descubrimiento, el 1 de enero de 1613, de una osamenta compuesta por grandes huesos fosilizados, probablemente de mamut, enterrados a 17-18 pies de profundidad en un arenal vecino al castillo de Chaumont-sur-Loire (departamento de Loir-et-Cher, Francia). Tales restos cayeron en manos de un cirujano francés, Pierre Mazurier, originario de la comuna de Beaurepaire (departamento de Isère, Francia). Comenzó allí una aventura que sería recordada en los anales de la Geología y la Paleontología. En su libro "Siete arqueólogos, siete culturas" (Buenos Aires: Hachette, 1959), Fernando Márquez Miranda narra la historia, que recuperó del libro de Herbert Wendt "A la recherche d'Adam" (París, 1954), el cual, a su vez, se habrá inspirado seguramente en un tomito que hizo mucho ruido en su época: "Historia verídica del gigante Teutoboco", de un supuesto Giacomo Bassot (probablemente Mazurier bajo seudónimo), publicado en francés en 1613 y en holandés en 1614.

Así dice Márquez Miranda:

En esos tiempos, un cirujano no difería demasiado de un sacamuelas, salvo, quizás, en la necesidad de poseer una mayor dosis de audacia. Bien pronto, Mazurier demostró que tenía la necesaria, pues se sirvió del esqueleto para exhibirlo (mediante el pago de entrada) en conferencias para las cuales puso en juego su fértil ingenio. Los pobres restos se transformaron, mediante su verba, en lo que quedaba de Teotobochus, rey de los cimbrios...

Con esta historia, cada vez más prolijamente aderezada, Mazurier recorrió numerosas ciudades y villas de Francia y de Alemania. La fábula se fue vistiendo con nuevos desenvolvimientos a medida que la creciente credulidad de sus oyentes lo exigía. Posiblemente él mismo se enamoró de su bella historia y siguió decorándola imperturbablemente: el desierto arenal se convirtió en una tumba edificada, con una extensión de treinta pies [un túmulo de treinta pies por doce]. Y a medida que los embalajes y desembalajes de ciudad en ciudad iban destruyendo las articulaciones y los huesos de menor resistencia, el osado iba aumentando la talla de su hipotético rey hasta convertirlo en un gigante. Al fin, para destruir las primeras voces que murmuraban contra la impostura, proclamó haber encontrado en el lugar del hallazgo un muro sobre el que podía leerse, en una antigua inscripción, el nombre del rey de los cimbrios [en realidad, una enorme roca, durísima, parecida al mármol griego, con una inscripción en letras romanas, Teotobochus rex]...

Así durante cinco años, mantuvo la impostura, en tanto que su esqueleto danzaba por las plazuelas y su reputación era objeto de las más enconadas controversias. Posiblemente le perdió el exceso de su facundia, embellecedora de la realidad. A la postre había exagerado tanto respecto a los detalles materiales del hallazgo que fue muy fácil desenmascararlo. Entonces lo que quedaba de aquellos restos trashumantes fue depositado entre la serie de 'curiosidades' que iban acumulándose en las colecciones del rey, en París.

Nunca más se supo de los huesos del descomunal Teotobochus... La teoría de los ludus naturae terminó cayendo en el descrédito gracias a los avances (muy combatidos por los sectores más reaccionarios, por cierto) aportados por profesionales de la talla de Jacques Boucher de Perthes (1788-1868); algunos intentaron sostenerla creando elementos modernos en piedra y alegando que la vis-plastica era real, pero la patraña les duró poco...

El tiempo pasó. Sin embargo, ¿no nos resulta familiar esta historia, y todas sus asociadas? Falsificaciones, grandes mentiras, hoaxes de Internet... Ya no estamos en la época del oscurantismo medieval, de la ignorancia barroca, y sin embargo seguimos creyendo. En plena era de la información, en este siglo XXI que nos prometieron robotizado, los humanos seguimos teniendo una capacidad ilimitada para no razonar, no hacer uso del sentido común y creer cualquier cosa.

Eso sí, ya no son los huesos de un rey antiguo. Ahora son promesas electorales, transgénicos cura-hambres-mundiales, negaciones categóricas de calentamientos y contaminaciones, declaraciones de derechos humanos y muchas, muchas otras...