31.12.13

Teoría de los buenos deseos

Teoría de los buenos deseos

Por Sara Plaza y Edgardo Civallero

El escritor y poeta argentino Hamlet Lima Quintana decía "que no permitir que el pueblo tenga acceso a la cultura es un hecho que integra un verdadero y siniestro plan para destruir la cultura de ese mismo pueblo".

Recordando sus palabras y un fragmento de su teoría de los buenos deseos, del libro "En distintas formas", nos despedimos de un año y saludamos los primeros bostezos del que recién comienza.

...que no te falte tiempo para comer con los amigos,
partir el pan, reconocerse en las miradas,
deseo que la tarde se convierta en música
y la mesa en un largo sonido de campanas;
que no te abrume el tedio, la espuma mas amarga
que corroe la arteria principal de la vida,
que alivie tu mirada una sonrisa entera de alegre pensamiento
mientras tu pulso en ritmo te provea de canas;
que nada te desvíe, que nada te disturbe,
que siempre tengas algo de hoy para mañana
y que lo sepas dar para cortar la leña,
para encender el fuego, para regar la tierra,
para ganar la lucha, para que tengas paz,
que es la grave tarea que me impuesto esta noche,
hermano mío...

Imagen. Obra de Ferndando Garin, "Bodegón con botella y barra de pan".

23.12.13

Un poema y un texto de Pasolini

Un poema y un texto de Pasolini

Por Sara Plaza

Recordaba Santiago Alba Rico: «En 1974, el genial poeta, escritor y director de cine Pier Paolo Pasolini escribió un poema de título "Recesión". En él se evocan algunos de los aspectos antropológicos de la pobreza que Italia acababa de dejar atrás, de la pobreza que esperaba a Italia en el futuro. Visto desde la televisión en color, desde las vitrinas llenas de luces y de mercancías baratas, desde las calles pobladas de automóviles rutilantes, visto -en fin- desde el chisporroteo de plásticos de una sociedad de nuevos ricos, ese pasado que vendrá podría parecer mortecino y deprimente, aunque también, tocado por la nostalgia pasoliniana, muy hermoso [...] En los últimos cuatro versos Pasolini da, de pronto, un hachazo y una lección. Está uno a punto de apetecer ese mundo apagado del "subdesarrollo" del que tan trabajosamente salió la Europa de la postguerra mundial; [...] está uno a punto de apetecer el retroceso de la "recesión" cuando Pasolini inflige al lector un brutal anticlimax y deja claro su desprecio por esa belleza polvorienta; para inmediatamente, en una especie de cabriola poético-política, levantarnos de nuevo del suelo y reivindicar como elección lo que no podemos aceptar como catástrofe.»

Volveremos a ver calzones con remiendos
rojos crepúsculos sobre barrios
vacíos de coches
llenos de gente pobre que habrá regresado de Turín o de Alemania
Los viejos se apropiarán de sus poyetes como de sillones de senador
y los niños sabrán que la sopa es escasa y qué significa un pedazo de pan
Y el atardecer será más negro que el fin del mundo y de noche
oiremos los grillos
o los truenos
y quizás algún joven de entre los pocos vueltos al nido sacará una mandolina
El aire tendrá sabor a trapos mojados
todo será lejano
trenes y correos pasarán de tanto en tanto como en un sueño
Y ciudades grandes como mundos estarán llenas de gente que va a pie con la ropa gris
y en los ojos una demanda que no es de dinero sino solo de amor solamente de amor
Las pequeñas fábricas sobre la hermosura de un prado verde en la curva de un río
en el corazón de un viejo bosque de robles
se vendrán abajo un poco cada tarde
muro a muro
plancha a plancha
Y los antiguos edificios
serán como montañas de piedra
solitarios y cerrados como en otro tiempo
Y el atardecer será más negro que el fin del mundo
y de noche oiremos los grillos y los truenos
Y los bandidos tendrán el rostro de otros tiempos
el cabello corto sobre la nuca
y los ojos de sus madres llenos del negro de las noches de luna
e irán armados solo con cuchillos
La pezuña del caballo tocará la tierra ligera como una mariposa
y recordará lo que fue el silencio el mundo
y lo que será.
Pero basta con esta película neorrealista.
Hemos abjurado de todo lo que representa.
Rehacer esa experiencia solo vale la pena
si luchamos por un mundo de verdad comunista.

Cinco años antes de escribir este poema, un 4 de enero de 1969, Pasolini publicaba en su columna "El Caos", de la revista Tempo, un texto titulado "Las fiestas y el consumismo":

Hace ya tres años que hago lo posible por no estar en Italia durante las Navidades. Lo hago adrede, con saña, desesperado ante la idea de no conseguirlo; aceptando incluso una sobrecarga de trabajo, aceptando la renuncia de cualquier modalidad de vacación, de interrupción, de descanso.

No tengo fuerzas para explicar exhaustivamente el porqué al lector de Tempo. Esto extrañaría la concesión de la violencia de lo novedoso a viejos sentimientos. Es decir, una prueba "estilística" sólo superable mediante la inspiración poética. Que no viene cuando se quiere. Es un tipo de realidad que pertenece al viejo mundo, al mundo de la Navidad religiosa: y responde todavía a su vieja definición.

Sé perfectamente que incluso cuando yo era niño las fiestas navideñas eran una idiotez: un desafío de la Producción a Dios. Sin embargo, por entonces yo estaba todavía sumido en el mundo "campesino", en una misteriosa provincia situada entre los Alpes y el mar o en cualquier pequeña ciudad provinciana (como Cremona o Scandiano). Había hilo directo con Jerusalén. El capitalismo no había "cubierto" aún totalmente el mundo campesino del que extraía su moralismo y en el que, por lo demás, seguía basando sus chantajes: Dios, Patria, Familia. Estos chantajes eran posibles porque correspondían, negativamente, en tanto que cinismo, a una realidad: la realidad del mundo religioso que había sobrevivido.

En la actualidad, el nuevo capitalismo no tiene ninguna necesidad de este tipo de chantaje, como no sea en sus márgenes o en los islotes supervivientes o en las costumbres (que se van perdiendo). Para el nuevo capitalismo es indiferente que se crea en Dios, en la Patria o en la Familia. De hecho ha creado su propio mito autónomo: el Bienestar. Y su tipo humano no es el hombre religioso o el hombre de bien, sino el consumidor que se siente feliz de serlo.

Cuando yo era niño, pues, la relación entre Capital y Religión (en los días navideños) era espantosa, pero real. Hoy en día, dicha relación ya no tiene razón de ser. Es un absurdo absoluto. Y es posible que sea este absurdo lo que me angustie y me obligue a huir (a países mahometanos).

La Iglesia (cuando yo era niño, bajo el fascismo) estaba sometida al Capital: éste le utilizaba, y ella se había convertido en instrumento del poder. Había regalado a las grandes industrias un niño entre un asno y un buey. Además, ¿no desfilaba bajo las banderas de Mussolini, de Hitler, de Franco, de Salazar? Hoy en día, sin embargo, la Iglesia me parece, en cierto sentido, más sometida que antes al Capital. Antes, en realidad, la Iglesia se salvaba por ese poco de autenticidad que había en el mundo preindustrial y campesino (en ese poco de artesanía que permanecía en las viejas industrias); ahora, en cambio, no hay contrapartida. Ni siquiera puede decir que a su vez utilice al Capital: porque, de hecho, el Capital utiliza a la Iglesia únicamente por costumbre, para evitar guerras religiosas, por comodidad. La Iglesia ya no le sirve. Si ésta no existiese, aquel no la echaría de menos. Sin embargo, en casos por el estilo, la utilización debe ser recíproca para que sea útil a ambas partes. En este punto la Iglesia debería distinguir, por ello mismo, las fiestas propias (si, aunque sea anticuadamente, aún las tiene) de las del Consumo. Debería diferenciar, por decirlo pronto y bien, las hostias de los turrones. Este embrassons-nous entre Religión y Producción es terrible. Y, de hecho, lo que de aquí se deriva es intolerable a la vista y a los demás sentidos.

A decir verdad, es innegable, la Navidad es una antigua fiesta pagana (el nacimiento del sol) y como tal era originariamente alegre: es posible que esta alegría ancestral aún tenga necesidad de manifestarse, periódicamente, en un hombre que va a roturar el Sáhara con monstruos mecánicos. Pero en ese caso que la fiesta pagana se vuelva pagana: que la sustitución de la naturaleza natural por la naturaleza industrial sea completa, incluso en las fiestas. Y que la Iglesia se distancie de aquella. Ya no puede jugar a la rusticidad y a la ignorancia: no puede fingir que no sabe que la fiesta navideña no es ni más ni menos que una antigua fiesta celebrada in pagis ("en el campo"), pagana, y que la mezcolanza es arcaica y medieval. La tradición de los belenes y los árboles navideños ha de abolirla una Iglesia que de verdad quiera sobrevivir en el mundo moderno. Y no esto no lo saben sólo los curas excéntricos, progresistas y cultos.

Como fiesta pagana-neocapitalista, Navidad siempre será terrible. Es un erzatz ("sustituto") –con week-end y solemnidades afines– de la guerra. En tales días brota una psicosis indefectiblemente bélica. La agresividad individual se multiplica. Aumenta vertiginosamente el número de muertos. Es una verdadera barbarie. Se dice: muchos Vietnam. Pero los muchos Vietnam ya están aquí. Ni más ni menos que en estas celebraciones festivas en que la fiesta es la interrupción del acostumbramiento al lucro, a la alienación, al código, a la falsa idea de sí: cosas todas que nacen del famoso trabajo que ha quedado reducido a lo que ensalzaban los carteles de los campos de concentración hitlerianos. De esta interrupción nace una libertad falsa en que estalla un primitivo instinto de afirmación. Y se afirma agresivamente, gracias a una feroz competencia, haciendo las cosas más mediocres de la manera más mediocre.

Sí, es espantoso el comentario que acabo de hacer de la Navidad. Y sin ninguna excepción que hacer. Ninguna bondad. Ninguna blandura. Las cosas son así. Es inútil ocultarlo, aunque sea un poco.

16.12.13

Gaia empaquetada (y II)

Gaia empaquetada 02

Por Edgardo Civallero

En la entrada anterior se delineaba, grosso modo, el modelo de acción de la actual "industria alimentaria", impuesto por la "revolución verde" a mediados del siglo pasado. La cadena puede resumirse, muy crudamente, en la conversión del carbono de la tierra y el nitrógeno del aire (transformado en fertilizante) en un producto procesado derivado de la carne, la leche, las verduras, los cereales o las frutas, con un nivel tóxico "aceptable" y abundantemente dotado de suplementos artificiales, que responda a las necesidades nutricionales básicas y a las expectativas (convenientemente domesticadas mediante un marketing brutal) del consumidor.

En resumidas cuentas, este sistema ha tomado algo que básicamente era bueno, lo ha convertido en un amasijo informe, desnaturalizado y estandarizado en nombre del capital y la eficiencia, y nos lo vende todos los días envuelto en un envase de plástico.

Lo peor de todo es que nosotros lo seguimos comprando.

Pero no se trata solo de que esta "industria" haya convertido la alimentación humana en un negocio con resultados de calidad más que cuestionable. O que haya contaminado con fertilizantes, pesticidas, emisiones, etc. todo el medio rural, transformándolo en ocasiones en un verdadero vertedero químico. O que haya convertido a los animales y vegetales domésticos en simples máquinas de producir alimentos, cruelmente maltratadas en todos los aspectos. El daño va mucho más allá...

La necesidad de grandes extensiones de terreno fértil para uso agrícola/ganadero ha llevado a la deforestación, desecación y "adaptación" de enormes superficies de tierra salvaje; el desplazamiento (sin posibilidades de competencia) o directo exterminio de otras especies vivas (e incluso de ciertas poblaciones humanas) y la sustitución de toda esa biodiversidad por un monocultivo/modelo ganadero intensivo. Se trata de un proceso irreversible, que a la postre conduce al abandono de las tierras por agotamiento de los nutrientes y a la eventual desertificación.

El uso de pesticidas (sobre todo algunos de potencia extrema, como el glifosato) elimina toda vida vegetal, destruye los ecosistemas nativos, rompe las cadenas tróficas, enferma la micro- y macro-fauna e incluso provoca daños terribles en los seres humanos. Los pesticidas no desaparecen del medio ambiente una vez empleados, sino que permanecen en él, filtrándose a las napas o pasando por escorrentía a los cursos de agua y acumulándose en los organismos vivos. De esta forma, a través de toda la cadena alimentaria, y luego de dañar gravemente a cientos de organismos distintos, puede afectar también a las personas. Algo similar ocurre con los fertilizantes químicos, parte de los cuales se eliminan a la atmósfera en forma de óxidos que producen el "efecto invernadero". Esos daños pueden tardar bastante tiempo en revertirse.

Por otro lado, todo el sistema de "producción de alimentos", tal y como ha sido descrito hasta aquí, se basa en el uso del petróleo (de hecho, suele hablarse de "petroalimentos"). Ocurre que el petróleo se agota. Y el ser humano, en lugar de buscar un modelo distinto de acción que evite todos los problemas ocasionados por el mal llamado "oro negro" a lo largo del siglo XX (y de lo que llevamos del XXI), está intentando "cambiar todo para no cambiar nada": un "mantenimiento de lo que ya tiene". Intenta exprimir las últimas gotas que han quedado en el subsuelo a través del fracking (una extracción invasiva, peligrosa y altamente contaminante) o trata de sustituir la gasolina y elementos similares por los llamados "bio-combustibles". En este último caso se emplea materia vegetal para generar combustibles que cumplan el rol que hasta ahora han desempeñado los derivados del petróleo; para ello se utilizan cantidades ingentes de recursos agrícolas (suelo, agua, trabajo, abono) que se quitan de la alimentación... generalmente en países "en vías de desarrollo".

No es el único uso que se le dan a las tierras del "Tercer Mundo", esa parte del planeta eternamente considerada como "el patio trasero" de las grandes potencias capitalistas y neo-liberales: lugares de poblaciones descartables, cuyos recursos no existen sino para satisfacer las necesidades del "Primer Mundo". Allí también se producen el maíz y la soja destinados a alimentar el ganado que se cría sobre todo en Europa y América del Norte. En realidad, esos territorios producen un alto número de bienes que son consumidos por las sociedades "desarrolladas".

Merced a estos mecanismos, las naciones "en vías de desarrollo" pierden por completo su soberanía alimentaria (la capacidad de emplear sus recursos para alimentar satisfactoriamente a su propia población), asumen todas las pérdidas y cargan con la contaminación, la deforestación, el envenenamiento de aguas y napas, la enfermedad, el empobrecimiento y el hambre de las comunidades locales, los daños medio-ambientales, la pérdida de bio-diversidad y un largo (y lamentable) etcétera.

La forma en que se produce tu comida está mecanizada e industrializada. Es antinatural.

La forma en que se produce tu comida está totalmente basada en el uso del petróleo. Es contaminante.

La forma en que se produce tu comida incluye el uso masivo de venenos, medicamentos y sustancias conservantes. Es tóxica.

La forma en que se produce tu comida arrasa la naturaleza y todos sus recursos. Es criminal.

La forma en que se produce tu comida deja sin comida a otros. Es injusto.

La forma en que se produce tu comida es un negocio en manos de unos pocos. Es obsceno.

La forma en que se produce tu comida se maneja según las leyes del mercado, no las del sentido común. Es ilógico.

Despierta. No es solo la forma en que se produce tu comida. Es la forma en que se maneja tu mundo. De ello depende tu vida.

Y la vida que puedan tener tus hijos.

10.12.13

Gaia empaquetada (I)

Gaia empaquetada 01

Por Edgardo Civallero

La "revolución verde", ese derivado de la revolución industrial sufrido entre 1940 y 1960 en todo el mundo (y especialmente en ciertos países "subdesarrollados"), llevó la industrialización, la tecnología y la "ciencia", la producción masiva y la mecanización inherente a ella, el mercantilismo y el consumismo a nuestros campos y mares, las fuentes de nuestros alimentos.

Al parecer, en aquel complicado periodo de la historia humana se pensó que apremiaba producir mayor cantidad de comida de forma más veloz. La razón planteada fue que había que dar respuesta a las hambrunas que azotaban el planeta, y al crecimiento exponencial de la población. Curiosamente, esa misma gente que se moría de hambre entonces sigue haciéndolo hoy, medio siglo más tarde. Puede sospecharse, pues, que el motivo real tras tanto "desarrollismo", tantas prisas y tanto salto hacia adelante era el habitual en estos casos: los alimentos, como artículos de primerísima necesidad, eran un buen negocio. Un excelente negocio.

De modo que se diseñó e impuso un modelo de acción basado en los principios capitalistas de eficiencia y rentabilidad, una locura desenfrenada que en la actualidad aún continúa vigente, con las adaptaciones y actualizaciones del caso. Para empezar, se plantea el uso exclusivo de unas pocas variedades de plantas y animales (generalmente híbridas) que resulten "rentables", es decir, que den una "mayor y mejor producción". Se elimina así una inmensa diversidad biológica (agrícola, ganadera, forestal, piscícola...) adaptada a lo largo de los siglos a las características y necesidades de un lugar determinado.

Esos seres vivos (que han dejado de serlo y se han convertido, tristemente, en meros bienes de consumo, listos para ser explotados y dar beneficios, y ser descartados cuando dejen de darlos) son sembrados/criados en grandes explotaciones (borrando a los pequeños productores, a los tejidos comunitarios campesinos y a la biodiversidad que rodea sus comunidades) siguiendo técnicas (pseudo-)científicas (olvidando o negando el patrimonio cultural intangible campesino), utilizando maquinaria veloz y potente (dejando de lado el patrimonio cultural tangible campesino) y favoreciendo el modelo de monocultivo, es decir, el cultivo/crianza extensivo de un único organismo (y dañando así la tradicional biodiversidad agro-ganadera).

Para acelerar los procesos (en la sociedad capitalista, "el tiempo es oro") se emplean fertilizantes y pesticidas químicos industriales de enorme potencia (pues se busca obtener varias cosechas anuales, y los monocultivos son tremendamente susceptibles a las plagas), y se utiliza agua de regadío a mansalva (desviándola de otros usos posibles), incluso para cultivos que tradicionalmente fueron de secano. Los animales, por su parte, son amontonados en un único sitio en condiciones terribles (cancelando su rol natural en el medio ambiente campesino, así como cualquier atisbo de respeto), alimentados con piensos científicamente diseñados para engordarlos (pero totalmente inadecuados para su salud), atiborrados de medicamentos (para intentar combatir las enfermedades provocadas por la paupérrima alimentación, la falta de higiene y la masificación, que en los espacios reducidos en los que son mantenidos se transmiten muy velozmente), y con sus ciclos vitales completamente alterados (por estar mantenidos en condiciones absolutamente artificiales, como las "unidades productoras de alimentos" en las que este modelo las ha convertido).

Los productos finales se cosechan/recogen mediante máquinas (eliminando mano de obra y procesos "artesanales"/no mecanizados), se seleccionan y estandarizan (desperdiciando enormes cantidades de alimentos, "descartados" por nimiedades como manchas o formas inapropiadas) y se empaquetan (mediante máquinas, dentro de toneladas de embalajes no siempre reciclables) para ser transportados a los puntos de consumo (que desde hace mucho han dejado de ser locales; pueden, y suelen, situarse en las antípodas) mediante una extensa red de intermediarios, almacenes y sistemas de distribución mercantil (que son, por cierto, los que se quedan con la mayor parte de las ganancias sobre el producto). Llegados a su destino, los productos pueden venderse o emplearse para elaborar derivados procesados (repletos de conservantes, colorantes, aromatizantes, etc.) que quizás se transporten a otro sitio (o al propio lugar de inicio de esta cadena) para su venta.

El proceso completo se encuentra en manos de un limitado puñado de grandes complejos empresariales transnacionales con intereses en distintos campos (incluyendo el de los transgénicos y los "organismos vivos con patente"), fuertes lobbies políticos y mucha influencia, y se desarrolla bajo unos estrictos controles que buscan mantener unos "criterios de calidad" basados en las necesidades de mercado y no en las del consumidor, que es dirigido por las estrategias de marketing a que consuma "lo que le conviene", "lo más saludable" o "lo mejor".

Existen elementos suplementarios de esta cadena de sucesos. Basta observar atentamente la secuencia completa para entender que ha sido posible únicamente gracias al petróleo, sustancia altamente contaminante y recurso no renovable en vías de desaparición. En él están basados tanto el combustible que mueve todas y cada una de las piezas de las maquinarias que participan en el proceso como los agroquímicos, los refrigerantes y los plásticos y derivados. Es por ello que, en la actualidad, se suele hablar de "petroagricultura", "petroganadería" y "petroalimentación".

Asimismo, la secuencia está sustentada en el empleo de una ingente cantidad de productos químicos tóxicos: comenzando por los agroquímicos (fertilizantes, pesticidas), los piensos para la "alimentación" animal, los productos veterinarios (antibióticos, hormonas) y las sustancias que puedan ser absorbidas desde el medio (p.e. mercurio y otros metales pesados, en el caso de las pesquerías); continuando con los conservantes, colorantes y ceras, más los refrigerantes empleados para la conservación de los productos durante su transporte y almacenamiento; y terminando por la indecente cantidad de compuestos empleados en el procesamiento de los alimentos (estabilizantes, aromatizantes, antioxidantes, conservantes, edulcorantes, acidificantes, etc.). Todas ellas llegan, en mayor o menor medida, al consumidor final. Los distintos gobiernos no han prohibido el uso de todas estas sustancias, sino que han delimitado "niveles" dentro de los cuales su uso "no es dañino"... a corto plazo. Sin embargo, el concepto de "dañino" parece variar y adaptarse a las conveniencias de la industria, lo mismo que la legislación y la difusión que se le da a las enfermedades provocadas por todos estos elementos.

En resumidas cuentas, la "revolución verde" ha llevado a la producción de monocultivos y granjas animales extensivas que multiplican y explotan un limitado puñado de especies rentables, mantenidas en condiciones fabriles, alimentadas a la fuerza con preparados "nutritivos", saturadas de pesticidas y antibióticos, cosechadas/recolectadas mecánicamente, seleccionadas para que cumplan unos requisitos impuestos al azar por el marketing y el mercado, y enviadas al otro lado del mundo para que allí sean procesadas y vendidas. Ha borrado del mapa el medio rural, con sus pequeñas explotaciones, su diversidad biológica, su cultura, sus puestos de trabajo, su comunidad humana y la red de interacciones sociales asociada, y un largo etcétera.

Pero esto no es todo: las facetas negativas de la hoy denominada "industria alimentaria" no se limitan a las delineadas hasta aquí. Esas, sin embargo, quedarán para una segunda entrega .

3.12.13

Ser alguien en mitad de nada

Ser alguien en mitad de nada

Por Sara Plaza

Siempre me ha dado mucha bronca escuchar eso de que hay que estudiar para llegar a ser alguien o algo en la vida, o para no terminar siendo un pobre tal o un simple cual. Que la educación se haya convertido (que la hayamos convertido) en una herramienta con la que golpear y agredir a los demás, con la que sustentar no sé qué supuesta superioridad (incluso moral), y con la que legitimar y acrecentar desigualdades e injusticias, no puede ser calificado más que como un auténtico desastre. Que hayamos equiparado la formación con una carrera de obstáculos en la no solo hay que adelantar a quienes corren a tu lado, sino ponerles la zancadilla y darles codazos para que rueden por el suelo (y si es posible no se levanten más, o lo hagan cojeando) me parece algo terrible.

Son muchos los titulares que se han hecho eco de los licenciados, doctores, investigadores que con varias maestrías en su haber y, al menos, un par de idiomas a sus espaldas, se ven obligados a emigrar y terminan sirviendo cafés o limpiando aseos en otro país, o se quedan en el suyo trabajando de barrenderos. Y pese a ser algo dramático, sin duda, a mí hay algo que me enoja y me duele profundamente de ese relato. Parece ser que si quien pone cafés, limpia o barre (recoge fresas, apila cajas, remienda, cuida a un anciano, etc.), aquí, allá o acullá, no ha pasado por la universidad, entonces todo está bien, no hay ningún problema, es como deben ser las cosas. A la luz de esas noticias, da la sensación de que lo detestable, lo miserable, lo indigno, lo inhumano de un trabajo no reside en el trabajo mismo (por ejemplo el que una persona tenga que servir a otra o limpiar la suciedad de otra, que perfectamente puede servirse y limpiarse a sí misma; pero también el que una persona tenga que enfermarse o morirse dentro de una mina, de una fábrica textil, de pesticidas, de fibrocemento, etc.) sino en que sea realizado por quien ha pasado por una casa de altos estudios.

Definitivamente algunos trabajos deberían dejar de existir, otros, en tanto que son necesarios pero penosos o poco gratificantes tendrían que estar mucho mejor valorados y bien pagados, y creo que hace falta recuperar algunos oficios que hemos sacrificado en el altar del progreso. Como sociedad, pero también como personas, debemos replantearnos qué trabajos son útiles, cuáles no pueden dejar de hacerse, cuáles nos proporcionan una buena vida, cuáles la convierten en un infierno. Debemos repensar la manera de remunerar esos trabajos, no podemos tolerar las diferencias salariales estratosféricas, pero tampoco las abismales, ni siquiera las de dos cifras. Debemos preguntarnos además porqué a algunos trabajos no los consideramos como tales, siendo como son, como han sido siempre, imprescindibles, no solo para nuestra supervivencia sino para que valiese la pena estar vivo.

Lo decía Kant, pero creo que a bastantes de nosotros nos lo enseñaron nuestros padres (la mayoría de los cuales no se graduaron en ninguna universidad): por mucho que amemos la vida, todavía amamos más aquello que la hace digna de ser vivida.

Se lo leí a Alba Rico, pero estoy segura de que algo muy parecido lo podríamos haber oído de boca de nuestros abuelos (que malamente sabían escribir): entre todo aquello que merece ser conservado y por lo que merece la pena rebelarse, no hay nada más irrenunciable que la dignidad. Y con ella, aquello que la hace posible, la libertad; y aquello que ella exige a este mundo, la justicia.

Las siguientes citas recogen las palabras de tres profesores, pero las suyas muy bien podrían ser algunas de las voces que se escuchan en las asambleas del SAT, de la PAH, de Yo Sí, Sanidad Universal, de los campamentos dignidad, y de tantos y tantos colectivos que defienden y pelean por los derechos sociales, y se rebelan y desobedecen para conservar la dignidad.

[1] En solidaridad con los compañero/as de la limpieza de Madrid, escribía recientemente Jorge Riechmann: [...] Cierta gente en la ciudad pensaba / que la televisión basura y la comida basura / estaban aisladas de la sanidad basura y el empleo basura / Es un error: / forman parte del mismo pack / Ahora / la basura basura / rebosa las calles de la ciudad y nos recuerda / todo lo que las fantásticas ensoñaciones / de clase media siguen / empecinadamente tratando de ignorar [...].

[2] A propósito de la mercantilización de la sanidad, Joan Benach nos advertía hace unos días: El pensamiento liberal sostiene de forma interesada y clasista que un individuo es libre cuando hace lo que desea, cuando puede tomar decisiones sin que existan interferencias externas. Bajo esa visión, un esclavo sería libre cuando un amo extremadamente bondadoso le dejara hacer todo lo que quisiera. Pero hay otra manera de ver las cosas que entiende que la libertad no nace de la voluntad del amo sino de la existencia de derechos sociales (por ejemplo, el derecho a trabajar la tierra, la democracia en la empresa, o recibir una renta básica universal), donde los ciudadanos disponen de los recursos, los medios y la protección adecuados para trabajar y vivir dignamente y con buena salud.

[3] Luis Martín-Cabrera, al otro lado del charco, al contarnos cómo había sido la campaña presidencial de Roxana Miranda en Chile concluía que: es la hora de los pueblos y que a los intelectuales orgánicos de la clase media nos toca sumarnos a ese proceso de emancipación colectiva con humildad y con determinación, renunciando a nuestros privilegios y poniendo nuestro capital cultural y simbólico al servicio de un pueblo que ha decidido ser sujeto de su propia historia. Ser iguales y libres o no ser nada, esa es la cuestión.

Claro que es importante el conocimiento académico, pero también son tremendamente valiosos los saberes y los quehaceres que existen fuera de las aulas (el historiador Howard Zinn insistía siempre en ello). Algo hemos debido de hacer rematadamente mal si de lo que se trata es de llegar a ser algo o alguien en la vida (con dinero en el bolsillo, o títulos, doctorados y maestrías bajo el brazo) y no de procurarnos una vida buena, una vida que merezca la pena ser vivida y que no se lleve por delante ni el planeta, ni las aspiraciones, los sueños y las vidas de los demás. Una vida en la que el derecho a la educación (pública y de calidad) tiene que estar garantizado para todos, para los que un día investigarán en un laboratorio y para quienes lo harán rotando sus cultivos. Una vida en la que no se mercantilice nuestra inteligencia y ésta nos permita entender, de una buena vez, que dentro del sistema capitalista cualquier trabajador, con máster o sin él, es un esclavo asalariado.