30.10.13

De pirámides, jerarquías y otras (malas) hierbas

De pirámides, jerarquías y otras (malas) hierbas

Por Edgardo Civallero

Un congreso académico, en algún sitio, algún año de este milenio recién estrenado que ya huele a viejo (o a podrido. O a ambos...). Pasillo y coffee break, ridículo anglicismo para la "pausa para el café" de toda la vida. La gente, harta de escuchar presentaciones que les dicen más bien poco tirando a nada, entabla animada charla con el vecino más a mano. Se habla sobre cualquier cosa que no sea la temática del congreso, la cual, por cierto, ya ha sido olvidada por la mitad más uno de los asistentes. Cosas que pasan.

― Sin jerarquías y estructuras de poder, nuestra sociedad se vendría abajo ― me espeta uno al que no había visto en mi vida y que, al parecer, ha leído alguno de mis textos anarquistas. Me habla como si mi vida y mi bienestar futuro dependieran de que comprendiese bien ese concepto: la organización vertical es esencial para nuestra supervivencia como especie.

El caso es que, cuanto más vivo, más aprendo, más averiguo y más conozco, más ganas tengo de que esta sociedad se derrumbe, y más me esfuerzo por hacerlo posible. Lucho para levantarme una mañana de estas y poder enterarme de que finalmente la condenada estructura de clases, de niveles, de estatus y de diferencias se desplomó estruendosamente para no volver a levantarse jamás. Esa sería una buena mañana. Una mañana estupenda.

Pero no digo nada de esto a mi interlocutor, básicamente porque no comprendería ni una sola palabra. A veces los problemas de comunicación entre personas no se deben a que no sabemos expresarnos correctamente o a que no utilizamos los sustantivos y verbos adecuados, sino a que vivimos en universos distintos con categorías diferentes e ideas diametralmente opuestas sobre un mismo concepto. Y así, evidentemente, no ha quien se entienda.

― Pero... ― empiezo a decir.

― No-no-no-no-nooo... No hay "pero" que valga, amigo... ¿Se imagina usted una sociedad en la que todos tengamos el mismo poder?

"No solo la imagino. Lucho por esa sociedad", pienso, pero no abro la boca, sobre todo porque escuchar más de dos "noes" seguidos me produce urticaria.

― ¿Se imagina usted una sociedad sin líderes, sin dirigentes, sin autoridades, sin jefes, sin personas de prestigio? ― continúa. ― No-no-no-no-nooo... Esa gente es el sostén del entramado social. Son los que abren el camino hacia el mañana, hacia el futuro... Una sociedad sin jerarquías sería algo anti-natural.

Me ha dejado mudo. ¿Qué decir ante semejantes afirmaciones?

― Verá usted, caballero ― respondo finalmente, tras ordenar un poco mis ideas. ― Lo que yo me imagino es que un día los obreros de una fábrica desaparecen porque se dieron cuenta de que no necesitan un "superior" que los amenac... digo, que los "estimule", o que los controle. Se dieron cuenta de que pueden trabajar mucho mejor y más a gusto si se ponen de acuerdo entre ellos y se organizan en una de esas "rarezas" llamadas "cooperativas".

― ¡Eso es una utopía! ― me grita.

Supongo que mi mirada le informa de que si me vuelve a levantar la voz vamos a tener un problema, porque inmediatamente repite la frase, pero en un murmullo.

― Y al darse cuenta de esa maravillosa idea ― continúo ―, ya puesta en práctica con éxito en muchísimos sitios, los obreros deciden convertirse en ex-obreros y dejan de ir a la fábrica en donde los explotaban a diario según un modelo capitalista de manual. Y lo que yo me imagino, con el mayor detalle posible, en alta definición y con sonido Dolby stereo, es la cara del jefe llegando a la fábrica vacía y dándose cuenta de que ya no es jefe de nada; entendiendo de sopetón, de golpe y porrazo, que para ser "jefe" hacía falta que otro le diese lugar, que otro se lo permitiese y se pusiese debajo de su bota. Los peldaños de esa escalera social que usted tanto alaba, caballero, están hechos de personas. Si hay jefes en la abrillantada cima de esa escalera es porque hay subordinados que han sido pisados en el camino: personas lo suficientemente necesitadas como para verse forzadas a ponerse bajo las órdenes o los caprichos de alguien. O lo bastante estúpidas como para creer que ese es el camino del éxito, y que aunque hoy sean pateados, mañana patearán ellos. Honestamente, no me parece que esa estructura sea algo positivo. O quizás sí; quizás sea del gusto de los infelices que, para sentirse "alguien", necesitan pisotearle la cabeza a un congénere.

El otro está rojo, aunque no logro distinguir si es un "rojo-me-muero-de-vergüenza" Pantone 18-1652 Rococco Red, o un "rojo-te-quiero-cortar-en-pedacitos-chiquitos" Pantone 19-1557 Chili Pepper. Puede que la apreciación gráfica no sea importante, pero es que uno es un imprentero viejo, y hay mañas que no se pierden nunca.

― Me imagino un supermercado en el que los cajeros se borren del mapa ― prosigo. ― ¿Se imagina usted al todopoderoso jefe cobrando a los clientes, pasando los yogures con super-bifidus-activus y las pechuguitas de pollo talla XLL por el lector de código de barras? Me imagino a las grandes empresas de teléfonos, de electricidad, de aguas, sin empleados, sin oficinistas, sin mensajeros. ¿Se imagina usted a los mandamases, atendiendo llamadas en el call center o caminando casa por casa para medir los consumos?

― No le veo la gracia...

― Claro que no, porque no la tiene. No le estoy contando un chiste. No se trata de un simpático ejercicio de "¿qué pasaría si...?", o de "el mundo al revés". Lo que yo planteo es darle un soberbio mazazo en los mismísimos cimientos a nuestra sociedad de clases, y poner a todo el mundo al mismo nivel. Con las mismas oportunidades. Con las mismas responsabilidades. Con el mismo aprecio, admiración y respeto por el trabajo que haga o por su forma de vida, sea cual sea. Con el mismo sueldo. Con el mismo poder sobre su vida y su destino.

― No todos tienen las mismas capacidades ― rezonga el otro, agriado.

― No, cierto, hay zánganos que no sabrían limpiar el bidet de su casa, lavarse los calzones o freírse un huevo sin asistencia especializada. Mucho menos hacer algo productivo por esta sociedad nuestra. Pero si se refiere a que hay algunos que nacieron para organizar y otros para ser organizados, unos con estrella y otros estrellados, unos para arquitectos y otros para pastores, yo le respondo que para mí es igual un arquitecto y un pastor; uno no es más ni es menos que el otro. Cada cual se ha dedicado a lo que más le ha gustado, a lo que se sentía capaz de hacer, a lo que podía, a lo que se necesitaba. Las diferencias de estatus las puso luego esta sociedad enferma que espero ver en el piso pronto... Ya ve, caballero ― termino mi perorata. ― Me imagino todo eso y más, una enorme rebelión contra los que nos ponen collares, yugos y cepos todos los días. Y al imaginarlo soy feliz.

― ¡Eso es una utopía! ― vuelve a insistir aquel fulano, aunque en el corrillo que se ha formado en torno a nosotros veo muchas caras felices al imaginar lo que a mí me hace feliz imaginar. De modo que se da media vuelta y se marcha. Y ya era tiempo, porque el coffee break se acaba.

Durante toda la charla he estado diciendo "me imagino que ocurre esto y lo otro" cuando en realidad debería haber dicho "Hago por que suceda esto y lo otro". Hago por que ser fontanero, ingeniera, barrendera, abogado, ama de casa, actriz, labrador o futbolista sea igualmente considerado, apreciado y remunerado. Más allá de que el futbolista no me prepare el desayuno cotidiano y la ingeniera no pueda arreglarme la gotera que me está inundando el baño, todas esas ocupaciones son importantes para nuestra sociedad (me animaría a decir que algunas más que otras, pero de momento prefiere mantener el discurso igualitario) y, por ende, deben ser tratadas en igualdad de condiciones. Hago por que desaparezcan las diferencias de estatus, el "tanto tienes, tanto vales", y las pirámides sociales de "los más" y "los menos" que solo generan exclusión, agresividad, sensación de fracaso, competitividad, sueños rotos y una cultura enferma de ambición y valores podridos. Hago por que el capitalismo se desmorone y dejemos de exprimir el sudor de nuestra frente para que alguien, más arriba que nosotros en la escala vertical de importancias y títulos, amase una fortuna (haciéndonos harina a nosotros en el camino). Y hago por que saquemos a los capataces, los mandamases, los jefes y las autoridades de nuestras vidas, y los sustituyamos por equipos de coordinación, organizadores y asambleas.

Mientras tanto, a la espera de esos logros, los espíritus anarquistas e inconformistas le mostramos los dientes a las jerarquías, como hacen los perros callejeros a los que se les intenta poner un collar y que, en esa promesa de mordisco, dejan claro que ellos ni tienen dueño ni lo necesitan.

22.10.13

A pesar de todo...

A pesar de todo...

Por Sara Plaza

... practicarla, defenderla, protegerla, alimentarla, revelarla, compartirla.

La alegría. No porque
objetivamente haya
ninguna razón para
estar alegres –todo
lo contrario–, sino
como una apuesta
vital. Igual que la
militancia política
necesitamos la
militancia
existencial.
La militancia de la alegría.

***


Defender la alegría como una trinchera [...] como un principio [...] como una bandera [...] como un destino [...] como una certeza [...] como un derecho.

***


"Pero es que la alegría es, desde hace un millón de años, la salvación del mundo o, al menos, de nuestros pequeños mundos. Sin ella habríamos sucumbido todos en la primera guerra o en el primer terremoto; sin ella no habría nada que contar; sin ella jamás se juntarían diez personas a hacer una revolución condenada quizás a fracasar. Esta alegría es una de las cosas más serias que conozco y, si a veces también distrae o resigna a lo peor -porque es más fácil de obtener que un gobierno justo-, constituye la garantía de que vale la pena combatir -y sobrevivir- a un gobierno injusto. [...] Precisamente cuando uno no tiene otra cosa, es a los otros a lo que no podemos renunciar; la alegría es lo que ya no podemos quitarnos sin morirnos de frío - y sin que luego nos quiten, despojados de este último escudo, el cuerpo mismo".

***


La alegría con la fuerza se alimenta
y no hay muros ni rejas que la frenen.
Hay quienes desembarcan ardiendo con un grito
sin barcos y sin armas por la vida.

***


¿Cómo vamos a vencer el dolor
si no es con la alegría?
Qué alegría
dirás.
Y yo
pondré esa cara que envidio a tanta gente
y me diré
y te diré
empecinada
y a la vez perpleja ante mí misma
pero vamos
no me vas a decir
que no existe la alegría.

***


"En toda mi vida de adulto, cada vez que me sucede algo bueno, siento que lo único que me falta para que la alegría sea completa, es que lo sepa mi abuelo".

***


"... Sonjuschka queridísima, mantenga, a pesar de todo, la calma y la alegría. Así es la vida, así hay que tomarla, con valentía, sin temor y con una sonrisa– a pesar de todo".

Fuentes:
Versos del poeta Jorge Riechmann.
Extractado de "En defensa de la alegría", del poeta Mario Benedetti.
Extractado de "Últimas noticias: Iraq existe", del escritor Santiago Alba Rico.
Estrofa de la canción "El desembarco", del cantautor León Gieco.
Del libro "Para que sepan de mí" de la escritora Laura Devetach.
Del libro "El olor de la guayaba. Conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza", de Gabriel García Márquez.
De una de las cartas que Rosa Luxemburg le excribió a Sophie Liebknecht desde la cárcel (Wronke, 1917).

Ilustración
.

15.10.13

12 de octubre: de descubrimientos y conquistas

12 de octubre: de descubrimientos y conquistas

Por Edgardo Civallero

En la entrada de la semana pasada se podía leer la preocupación del historiador estadounidense Howard Zinn por las posibles interpretaciones de la historia; en particular, las de algunos hechos históricos, como la llegada de Cristóbal Colón al continente que hoy llamamos "América".

Personalmente, me preocupa mucho la manipulación que han recibido algunos hechos históricos –relacionados tanto con el "descubrimiento" como con la conquista y la colonización de América– que no presentan demasiadas posibilidades de interpretación. Y me preocupa porque los resultados de esas manipulaciones son aceptados, repetidos y perpetuados por muchos latinoamericanos. Los enseñan nuestros maestros a nuestros niños. Los repetimos en nuestras calles y casas, los incluimos en nuestras conversaciones. Los decimos los artistas encima de los escenarios, los tecleamos los escritores en nuestros textos.

Como punto de partida, creo que ya es hora de borrar de nuestro vocabulario, de nuestro calendario de festejos oficiales, de nuestros libros de historia y de nuestra cabeza la frase (y el concepto) "descubrimiento de América". Para el año 1492, el territorio americano ya estaba más que descubierto, más que poblado, más que explorado... Todos y cada uno de sus rincones habían sido visitados por el hombre, desde los polos a la selva, desde las montañas a las costas. Colón ni siquiera puede arrogarse el título de "primer europeo" en pisar América: ya lo habían hecho los vikingos algunos siglos antes.

Es curioso notar, por ejemplo, que para "descubrir" el océano Pacífico en 1513, Vasco Núñez de Balboa necesitó de informadores y guías nativos que lo llevaron, prácticamente de la mano, a ver el "Mar del Sur". La secuencia se repitió en casi todos los "descubrimientos" europeos, tanto en América como en otras partes del globo. Suena, pues, un tanto ridículo hablar de "descubridores" y "descubrimientos", e incluso de "exploradores". Lamentablemente, según la historia (y la visión) del vencedor (que es la versión dominante, la que se repite, la que se estudia, la que se da por válida sin más), las cosas comienzan a existir cuando él las "descubre", las pisa y las nombra. La historia, la visión y la vida de los demás no cuentan. Menos, si esos "demás" son los vencidos.

El hecho de que Europa haya colocado una serie de tierras y de accidentes geográficos en sus mapas, que haya descrito las primeras y "bautizado" los segundos, puede haber tenido (y tener aún) mucho valor para los europeos; pero no podemos seguir permitiendo que lo tenga para nosotros, y que el relato europeo, europeísta y eurocéntrico de la historia sea el de todos. Si lo seguimos haciendo, continuaremos abriéndole la puerta a esa mentalidad colonialista e imperialista que tanto daño ha hecho en todas las latitudes del planeta durante los últimos cinco siglos.

Algunos, que pretenden ser políticamente correctos, nos han hablado de la llegada de Colón a América en términos de "un encuentro entre dos mundos". Un encuentro se da de igual a igual, o, al menos, en igualdad de condiciones, algo que no ocurrió en absoluto durante la era que inició Colón en 1492. Lo que hubo entonces fue una invasión y una conquista en toda regla, con todo lo que lleva aparejado: la masacre de las poblaciones locales, la ejecución de los líderes, el asesinato de los sabios, la destrucción de los lugares sagrados, la violación de las mujeres, la esclavitud de los que quedaron vivos, la ocupación de las tierras, el saqueo de los bienes, la sustitución de ganados y cultivos... Eso hubo. No me parece un "encuentro".

Ciertas personalidades (del mundo académico, político y artístico) han intentado "relativizar" los daños provocados por la conquista. Intentan, por ejemplo, suavizar la crueldad de los conquistadores alegando que los americanos ya eran crueles y/o sufrían crueldades similares, y citan (indefectiblemente) el caso de los Mexica o los Maya y sus famosos sacrificios humanos. Equiparar las matanzas rituales de media docena de los cientos y cientos de sociedades indígenas que poblaron el continente con el genocidio masivo cometido por los conquistadores (que borraron de la faz de la tierra a la mayor parte de esos cientos y cientos de sociedades) y perpetuado durante tres siglos por sus descendientes me parece un insulto a la inteligencia de cualquiera.

Señalan también que los nativos americanos eran unos "salvajes" que, a la llegada europea, se estaban matando entre ellos; al parecer, los conquistadores habrían estado en una posición de "ventaja moral" para hacer lo que hicieron. El caso es que los pueblos originarios de América "disfrutaban" del mismo nivel de violencia y crueldad que sus pares europeos; los Maya sacrificaban seres humanos en una pirámide y los españoles quemaban herejes en hogueras públicas; los Mexica mataban prisioneros de guerra en sus templos, y los franceses y alemanes los destripaban por cientos en los campos de batalla del siglo XV y XVI; los Karib se comían ritualmente a algunos de sus enemigos; los ingleses e italianos, por su parte, ataban a sus delincuentes a una rueda en la plaza de la villa y los destrozaban a mazazos. ¿De qué ventaja moral me hablan?

Otros alegan que, de no haber sido conquistada por España y Portugal, América lo habría sido por los ingleses o los franceses, y que entonces su destino hubiera sido peor... como si el inevitable sino del continente hubiera sido la conquista de su tierra y el exterminio de sus poblaciones. Como si, en cuestión de genocidios, hubiera lugar para categorías como "mejor" o "peor". Como si, tras una historia ahogada en sangre, quisieran ofrecernos un ridículo consuelo: "agradece que tu torturador y tu verdugo fui yo; los podrías haber tenido mucho peores".

Algunos afirman que la conquista y la colonización eran parte de la cultura y la política europea de la época. En efecto, lo eran. Lo que me extraña es que esos principios medievales se sostengan, defiendan y aplaudan cinco siglos después. Más me extraña que muchos europeos basen su "orgullo patrio" en esas lamentables "gestas" de antaño, y que consideren a los protagonistas –creadores e impulsores de tan terribles hechos– como sus "héroes". Unos héroes, por cierto, cuyas acciones y valores son bastante dudosos y discutibles. ¿Dónde hubiera quedado el "osado" Hernán Cortés y su "puñado de valientes" sin los miles de fieros guerreros tlaxcaltecas que los respaldaron? ¿Dónde Francisco Pizarro si no hubiera logrado capturar al Inca, traicionando totalmente lo que se suponía sería un encuentro protocolario en Cajamarca?

Se ha hablado de un "intercambio de culturas". Yo no lo veo. Los conquistadores impusieron sus lenguas, su religión, sus costumbres y sus leyes. Hasta donde pudieron, eliminaron toda traza visible de los saberes y las creencias de los conquistados, y los "civilizaron", tratándolos como a animales que necesitaran ser domados y educados, a base de espada, pólvora, látigo y sermón.

Hubo, en efecto, un "mestizaje" (palabra esta que me desagrada profundamente). Pero en la práctica totalidad de los casos fue siempre en la misma dirección: hombre europeo, mujer indígena; rasgo cultural europeo dominante adoptado y adaptado por la cultura nativa... Solo un puñado de elementos pasaron de las culturas originarias americanas a Europa: algunos cultivos, un puñado de palabras y, con el paso del tiempo, algunos géneros musicales, unas pocas prendas... En la dirección contraria, buena parte de la cultura nativa desapareció bajo el peso de lo europeo.

Los latinoamericanos somos lo que somos y heredamos lo que heredamos. Estamos en un lugar determinado del curso de la historia, y ya hay cosas que no se pueden cambiar, relojes que no se pueden hacer retroceder... Pero, si bien hay cosas que no podemos hacer, hay algunas –unas pocas– que sí están al alcance de nuestras manos. Podemos dejar de perpetuar mentiras y falacias que nos encadenan, discursos que nos niegan y nos continúan sometiendo, infamias que nos humillan. Podemos dejar de "celebrar" conquistas, matanzas, imposiciones, violaciones, trapisondas, engaños, ejecuciones y derrotas. Podemos dejar de honrar el nombre y la memoria de los invasores y los genocidas.

Y podemos comenzar a recordar ciertos nombres que sí merecen todo nuestro respeto: José Gabriel, Bartolina, Caupolicán, Cuauhtémoc...

8.10.13

La interpretación de la historia

La interpretación de la historia

Por Sara Plaza

Contaba el profesor y activista Howard Zinn que llegó a la historia, a enseñar y a escribir sobre historia, no porque le interesara lo que de interesante pudiera tener investigar y leer la correspondencia privada de la gente, los documentos secretos, las cosas que el gobierno no quiere que sean leídas, etc.; tampoco porque quisiera convertirse en uno de esos historiadores que se meten en el pasado, se pierden en él y no salen más. No, él quería ir al pasado y regresar, ver qué era lo que podía averiguar sobre el pasado que fuera de utilidad para entender lo que sucede hoy en el mundo.

Enseguida se dio cuenta de que la historia era un asunto de vida y muerte, y en esa constatación tuvo mucho que ver su lectura de los libros de George Orwell, sobre todo aquella parte de 1984 en la que se habla sobre el control de la historia y sobre el hecho de que quien controla el pasado controla el futuro y quien controla el presente controla el pasado. Por eso nos previno una y otra vez contra quienes ejercen el control de lo que sabemos hoy, es decir, los medios de comunicación, el gobierno, el sistema educativo, las editoriales de libros de texto, etc., explicando que ellos son quienes van a determinar nuestro futuro a menos que nos distanciemos, a menos que nos pongamos a aprender por nosotros mismos, a menos que cuestionemos a esas autoridades, lo que ellas nos dan a leer, las cosas que nos dicen, las que nos cuentan por televisión... Y por eso mismo nos animaba constantemente a buscar información en otros lugares y a leer otras cosas.

Zinn insistía a menudo en lo importante que es la historia, y en cómo puede comprobarse esa importancia observando la controversia y la histeria que surgen alrededor de "nuevas" historias, como por ejemplo las que proponen la re-enseñanza de Colón; las que plantean una visión distinta del bombardeo de Hiroshima y Nagasaki; o las que amplían los temarios para ir más allá de los habituales elogios a la civilización occidental y poder hablar del tercer mundo, de las civilizaciones no occidentales, de los pueblos que han sido humillados por la civilización occidental, etc. Es entonces cuando se escuchan voces de la derecha que equiparan los desacuerdos sobre el currículum con una guerra contra la tradición política occidental, o que advierten de que lo que está en juego en esa lucha es nuestra civilización, o que tenemos a los bárbaros entre nosotros... Y es que, como señalaba el historiador, el nerviosismo que provocan estas otras historias tiene poco que ver con el hecho de que vayan a revisarse los archivos para conocer con más precisión lo acontecido, y mucho con lo que está ocurriendo ahora y puede ocurrir mañana. Ese nerviosismo ante una nueva visión de la historia de Colón aparece porque esa historia continúa teniendo un montón de significados hoy en día.

Zinn se preguntaba porqué siendo los Estados Unidos un país con una democracia liberal, con un mercado de ideas, etc., sin embargo, generación tras generación, se ha seguido repitiendo una única historia sobre Colón: el héroe, el aventurero, el valeroso, el lector de la Biblia, el temeroso de Dios... ¿Cómo puede ser así? ¿Acaso no nos han dicho que son los países totalitarios los que cuentan una sola versión de la historia? ¿Es posible que en los Estados Unidos se lleve a cabo un control de la información más sutil e insidioso, pero igual de claro que en aquellos países a los que llamamos totalitarios?

Respondiendo a esas preguntas explicaba que Colón representa lo peor de la civilización occidental: una historia de agresión, de expansión, de esclavitud, de asignar a otros pueblos la condición de ser menos que seres humanos (para, precisamente, poder esclavizarlos, secuestrarlos, torturarlos y asesinarlos como hizo Colón). Y que todo eso se ha omitido generación tras generación porque abre demasiados interrogantes sobre el coste humano de lo que denominamos "progreso" en la civilización occidental, y sobre nuestra ambición. "Colón no vino aquí a convertir a los indios al cristianismo sino buscando oro, y en aras del beneficio secuestró y asesinó a otros pueblos, como sigue sucediendo hoy en día... Y cuestionar eso es cuestionar el capitalismo".

Para Zinn, el relato de Colón no era una historia de ayer, sino de hoy. Lo mismo que repensar el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki no era una cuestión de corregir la crónica de lo ocurrido en agosto de 1945, sino de preguntarse por las bombas que se han estado fabricando y acumulando desde la Segunda Guerra Mundial y con las que estamos preparados para hacer lo mismo que se hizo entonces, solo que con un poder destructivo inmensamente superior. Y llamaba la atención sobre esa lamentable justificación que los gobiernos esgrimen cada vez que matan a cientos, miles, millones de personas: existía una buena razón para hacerlo. No se cansaba de repetir que el estudio de la historia nos permite entender lo que pasa hoy, y que los asuntos del pasado lo son también del presente.

Otro de los temas sobre los que el historiador hacía especial hincapié era el de la neutralidad. Siempre afirmó que sus visiones de la historia no eran neutrales, que uno no puede ser neutral en un tren en marcha, que cuando el mundo está yendo en ciertas direcciones terribles (guerras, asesinatos, minas antipersona, niños muriéndose de hambre) ser neutral es colaborar con lo que quiera que esté ocurriendo, y que él nunca había tenido vocación de colaboracionista. Por eso, porque ni enseñando ni escribiendo era neutral, sino que mantuvo una determinada posición, es por lo que invitaba a sus alumnos y a quienes lo escuchaban a tener la suya propia para poder así debatir honestamente sobre todos los asuntos.

En esa misma línea aclaraba que nunca creyó en eso que se llama "objetividad", a menos que tal cosa significara no mentir deliberadamente, no guardarse ni ocultar información que pueda contradecir lo que uno está defendiendo. Sabía perfectamente que eso raramente ocurría, y que "objetividad" significa más bien pretender que no se tiene una visión sobre lo que sucede, algo que él no creía que fuera posible y mucho menos deseable. Afirmaba que al hacer, escribir y enseñar historia siempre se está seleccionando cierta información de entre la gran cantidad y diversidad existente, y lo que se escoge o, en muchos casos, lo que eligen por ti quienes editan los libros de texto, imprimen los diarios, emiten las noticias, etc., depende del punto de vista de quien lo selecciona. Y añadía que la pregunta más importante que hay que hacerse sobre cualquier conjunto de hechos históricos que nos presenten no es si se trata de hechos verdaderos o falsos, sino qué es lo que no se cuenta, lo que se ha dejado fuera.

Explicaba Zinn que no es que nos mientan al decir que Colón fue un valiente aventurero temeroso de Dios, simplemente se están omitiendo otro montón de cosas. No nos mienten sobre Hiroshima al decir que inmediatamente después terminó la guerra, lo que hacen es ocultar que existieron numerosos telegramas de ida y vuelta entre los diplomáticos japoneses y su emisario en Moscú intentando negociar el fin de la guerra, que esos telegramas fueron interceptados por la inteligencia estadounidense, y que sabiendo que los japoneses iban a rendirse se lanzaron las bombas y se asesinó a cientos de miles de personas.

Contaba el historiador que siempre se había interesado por lo que no decían los medios, los documentos oficiales y, muy especialmente, los libros de texto de historia. En estos últimos, por ejemplo, encontraba llamativo que no se mencionara la composición de clase de la sociedad estadounidense. Comentaba que las clases son algo de lo que no gusta hablar en su país, donde raramente se utilizan expresiones como "conciencia de clase", "lucha de clases" o "conflicto de clases", pero donde éstas han existido desde el principio. Sin embargo, señalaba, fijándose en los libros de texto, pareciera que todos los que llegaban a esta tierra eran peregrinos, que todos iban vestidos como tales y eran iguales entre sí, y que de alguna manera, unas personas acabaron siendo muy ricas y otras, pobres. Con el buen sentido del humor y la ironía que le caracterizaban, apuntaba que era de suponer que algunas personas debieron trabajar más duro que otras, ¡un millón de veces más duro! Pero si uno echaba mano de la historia colonial, rápidamente entendía que los primeros colonos no llegaron siendo todos iguales: algunos lo hicieron como dueños de cientos de miles de acres de tierra cedidos por la corona, otros con nada y los negros con menos que nada y por eso fueron esclavizados. Y si se continuaba leyendo no era difícil constatar que al escribirse la Constitución hubo un reconocimiento de ello, solo que en lugar de clases, entonces se hablaba de facciones: estaba la facción minoritaria, los pocos que tenían una elevada posición económica, y la mayoritaria, formada por pobres, deudores y pequeños propietarios; y fueron los primeros quienes advirtieron la necesidad de un gobierno central fuerte para defender sus privilegios, mantener la paz y asegurar, en la medida de lo posible, que no se abolieran las deudas, ni se llegara a una división igualitaria de la propiedad, ni culminara ningún otro proyecto "indecoroso o malvado". En palabras de Zinn "se trató de un documento de clase, que elaboraron 55 hombres blancos y ricos, de los cuales solo uno o dos podía decirse que no eran tan ricos como el resto, para beneficiar a la elite minoritaria que representaban, y proteger los intereses de los accionistas de los bancos".

Sobre estos últimos indicaba que existe un hilo ininterrumpido desde los Padres Fundadores hasta la Reserva Federal, y que la historia de la legislación del país es igualmente una historia de leyes de clase, del gobierno legislando para los ricos. Y ponía el ejemplo de cuando, a finales del siglo XIX, el gobierno federal entregó a los ferrocarriles 100 millones de acres de tierra gratis. Un gobierno que nunca había dejado de subsidiar empresas y de aumentar los aranceles para proteger a determinados sectores. Un gobierno que jamás había apoyado los mercados libres mientras llevaba a cabo su propia revolución industrial para convertirse en la primera potencia económica del mundo.

Zinn también contaba que había una serie de titulares que se repetían desde la primaria hasta la universidad, como "the gay nineties" [la década de 1890], "the roaring twenties" o de "jazz age" [la década de 1920], pero que nunca aprendió cómo vivía la gente común en esos años, ni si eran todos tan felices como parecía sugerir el título. Y fijándose en el presente llamaba la atención sobre el hecho de que pareciera que tenemos que ser capaces de poder decir lo bien o mal que le va a nuestra sociedad, a nuestra economía y a las familias leyendo o escuchando declaraciones similares a los anteriores titulares (por lo genéricas y vacías): sube la economía, baja el desempleo, el ingreso medio se ha elevado, etc. Todas las noches sin falta, recordaba el historiador, nos dicen cuál ha sido la evolución del Dow Jones y uno empieza a creer que esas cifras deben ser un reflejo preciso de cómo vive la gente en el país. De manera que es posible llegar a creer que vivimos bien escuchando el parte sobre el Dow Jones o si residimos en un sector de la ciudad y no salimos de él. Pero si uno recorre de punta a punta cada una de las ciudades del país, podrá ver la sociedad de clases en la que vivimos, y todo lo que se omite al hablar de la inflación, los ingresos, etc. ¿Qué es lo que no se dice?, se preguntaba entonces [año 1997]: por ejemplo que en los Estados Unidos mueren 40.000 niños antes de cumplir un año, que en mortalidad infantil el país ocupa el puesto número 20 de los 20 países más industrializados, que hay zonas en las que esa mortalidad es similar a la que existe en Bangla Desh o Guatemala. Esas son, insistía, las cosas que no aparecen en las descripciones románticas sobre lo bien que nos va y lo bien que lo estamos haciendo.

Zinn volvía a menudo sobre la misma idea: que cuando no conoces la historia es como si hubieras nacido ayer y te pueden contar cualquier cosa. Si has nacido ayer, señalaba, y el presidente aparece en TV diciendo que algo está pasando en tal sitio y que debemos ir allí y bombardearlo en nombre de la libertad, y no tienes forma de corroborar sus palabras, y no tienes historia a la que poder acudir para revisar cuántas veces se han hecho declaraciones similares pidiendo a los jóvenes de este país entregar sus vidas por algo que el gobierno llama guerra por la libertad, o por la liberación, o por la democracia, no vas a sospechar de sus palabras.

Además incidía en que no podemos olvidar que los negros, los indígenas, los latinos, etc., tienen una visión muy distinta de la historia de los Estados Unidos. Y recordaba siempre que él empezó a ver la historia de los Estados Unidos desde otro punto de vista cuando dio clases en un colegio universitario para mujeres negras en Atlanta, cuando comenzó a leer a historiadores negros y se involucró en el movimiento por los derechos civiles; y también al investigar la historia de Colón, y la de la devastación del territorio indio y la de la aniquilación de sus tribus para robarles sus tierras.

Solía contar que algo que aprendió leyendo historia y participando en los movimientos sociales (por los derechos civiles, contra la guerra, contra la fabricación de minas antipersona, etc.) es a ser más consciente de lo que le ocurre a la gente en el resto del mundo como resultado de las políticas de los Estados Unidos; y que no se le olvidaba una anécdota que le ocurrió a un amigo suyo que siempre estaba criticando al país: en cierta ocasión le sugirieron que si tan mal le parecía, podía irse a vivir a otro lugar, a lo que él respondió que eso sería todavía peor, pues donde quiera que fuera sufriría la política exterior de los Estados Unidos.

Por otro lado, Zinn aclaraba que el cambio de verdad no iba a llegar votando, algo que sabía que nos cuesta mucho entender dado que hemos crecido escuchando repetidamente que la democracia consiste precisamente en eso, y que el mayor acto de ciudadanía no es otro que el de depositar una papeleta cada dos o cuatro años e irse a casa para dejar que otros se ocupen de todo. Los cambios, advertía, ocurren cuando la gente se une, cuando los ciudadanos se organizan y se arriesgan. Así es como se puso fin a la esclavitud y posteriormente a la segregación: con la presión ejercida en la calle, después de que muchas personas fueran golpeadas, arrestadas y asesinadas. Otro tanto puede decirse del movimiento de los trabajadores para conseguir la jornada laboral de 8 horas diarias; no fue una concesión de los amables empleadores ni una iniciativa gubernamental: se logró yendo a la huelga. Lo mismo vale para la conciencia feminista alcanzada o para la mejora de las condiciones de los discapacitados: el gobierno no hizo nada hasta que se vio forzado por la presión popular.

Desde el gobierno siempre nos dicen que tenemos que utilizar los canales pero, explicaba Zinn, esos supuestos canales no son más que laberintos en los que nos invitan a perdernos: no es difícil comprobar que, históricamente, solo han funcionado cuando la gente se ha organizado y ha provocado cierta conmoción. Y entonces recordaba que cuando alguien le pidió a Garrison que fuera un poco más moderado, este respondió: "señor, la esclavitud no será abolida sin entusiasmo, un entusiasmo desbordante".

Sobre las posibilidades para nuevas movilizaciones, el profesor no tenía dudas: "están ahí, agazapadas en el sentido común, por eso no debemos confundir el silencio con la indiferencia". Y volviendo sobre lo aprendido en el sur a finales de los 50, terminaba algunas de sus conferencias: "...allí donde aparentemente no estaba pasando nada, donde todo parecía tranquilo, se fue fraguando la indignación de la gente... A lo largo de la historia hay momentos, no se sabe muy bien cuándo, en los que las cosas empiezan a cambiar y surge un movimiento social (contra la Guerra del Vietnam, contra la segregación racial, por los derechos de las mujeres, de los homosexuales, etc.), pero la única manera de que ocurra es que la gente haga algo, cosas pequeñas, cosas que parece que no van a llegar a ningún lado, que no van a tener un efecto inmediato... así es como se construyen los movimientos sociales, a partir de las pequeñas acciones de mucha gente que finalmente se une".

Para la escritura de esta entrada me he basado en la conferencia de Howard Zinn titulada "The Interpretation of History", grabada a principios de 1997 en Northfield, MN, y en la que he encontrado muchos de los argumentos que se repiten en algunas otras intervenciones del autor, que pueden accederse a través de Democracy Now aquí.

Imagen. Obra del artista chileno Yaikel titulada "Colonization".

1.10.13

Un frutito azul oscuro

Un frutito azul oscuro

Por Edgardo Civallero

No las había visto jamás, básicamente porque nunca antes había vivido en suelo europeo. Se parecen un poco a los calafates del sur de mi tierra natal, aunque aquellos tienen un gusto mucho más dulce (además de una hermosa leyenda Mapuche que explica su origen). Las endrinas, pues, resultaron uno más de los muchos descubrimientos que me han regalado, en los últimos años, los faldeos meridionales de la Sierra de Guadarrama.

Esas bolitas, que cubren por docenas, como adornos navideños, a los pequeños y tortuosos arbustos que las sostienen, se emplean para elaborar el delicioso pacharán, un licor originario de latitudes españolas más septentrionales. Forman parte de una comunidad, la de "vegetales recogidos del campo", que todavía recibe cierta atención en tierras ibéricas. Legado último de esas antiguas sociedades cazadoras-recolectoras de las que, en última instancia, procedemos todos, la búsqueda y aprovechamiento de algunos recursos silvestres aún mantiene su vigencia aquí: espárragos, setas, nueces, bayas, hierbas medicinales y aromáticas, flores, raíces, juncos, cortezas, ramas... Todos ellos van a parar a la bolsa o a la cesta del experimentado buscador.

Parte de esos recursos –y los perfiles de la gente que los aprovecha– fueron recogidos hace poco en una exposición realizada por la Junta de Castilla y León, titulada "Flora Humilis" ("en latín, "flora humilde"). Los contenidos de la misma se difundieron luego a través de un hermoso catalogo ilustrado con fotos de Justino Díez y con textos de Emilio Blanco. Allí pude sumergirme en un montón de historias de ganaderos, artesanos, cocineros, campesinos y artistas que saben de los viejos sabores, las técnicas de antaño, las casi-olvidadas destrezas...

Y allí encontré esta reseña sobre ese frutito azul oscuro que descubrí, no hace tanto, en el sur de la Sierra de Guadarrama, y que desde entonces no he dejado de recoger todos los otoños.

Los frutos del endrino (las populares endrinas) pueden perdurar todo el invierno, aguantando las escarchas. Normalmente se recolectan en septiembre y octubre, cuando están algo blandas y bien oscuras, para aromatizar licores y aguardientes y fabricar con ellos el pacharán. El fruto solo no es comestible por su acritud, pero después de congelado, o cuando está muy maduro, puede ser comido y resulta como una ciruelilla silvestre. Otros nombres vernáculos que recibe la especie son: andrino, arañón, abruñal, abruños, escambruñeiro, pacharán o espino negro.

Se trata de un arbusto espinoso de ramas entrecruzadas y grises. Hojas caducas, pequeñas y finamente dentadas, que producen flores pequeñas, numerosas, blancas, antes que salgan las hojas. Sus frutos, las endrinas, tienen de uno a dos centímetros, son de color azulado o negruzco, y están recubiertos por una capa cérea de pruína.

Su hábitat principal son los zarzales, setos, espinales, orlas y claros de bosques, en lugares más o menos frescos de riberas, y a veces en laderas pedregosas. Es frecuente por toda Castilla y León, aunque en las zonas más secas vive sólo en los sotos ribereños.

Para preparar un buen pacharán se necesitan al menos tres meses de maceración; una medida adecuada de proporción es la de un tazón de frutos bien maduros por litro de anís (seco, semiseco, o dulce, al gusto) o aguardiente. Además, se añade opcionalmente azúcar y unos granos de café. La infusión de las flores, dicen, es laxante y diurética.

Otro uso de este útil arbusto es para formar setos y marcar las fincas como divisoria viva, junto a sauces y otros espinos. La madera es muy dura, válida para trabajos pequeños de tornería y sobre todo para hacer mangos de herramientas.

Catálogo"Flora Humilis", con fotografías de Justino Díez. Publicado por la Junta de Castilla y León.
Imagen. "Endrina", de Justino Díez. Tomada del catálogo de "Flora Humilis".