30.7.13

Aclararse la mirada en un mundo que oscurece

Aclararse la mirada en un mundo que oscurece

Por Sara Plaza

Jorge Riechmann escribía hace unos días en su cuaderno de notas:

Quizá la pregunta política básica de nuestra época sea: ¿podemos hacer otra cosa que fundar monasterios? ("Fundar monasterios", en un sentido no confesional, quiere decir construir comunidades de base potencialmente capaces de atravesar la Edad Oscura que viene, preservando valores humanistas y transmitiendo lo más valioso de la cultura.) Yo difundo desde hace tiempo la consigna —sólo a medias humorística— de fundar monasterios marxistas. Lo formulé en algún poema:
Mis amigos se ríen / cuando les cuento lo que me va pareciendo / nuestro último camino expedito: / FMM(M) // Quiero decir / fundar monasterios marxistas (mixtos, eso sí, / y antipatriarcales: la primera autoridad / sería siempre una abadesa). // Luego lo piensan dos veces / y ya se ríen menos.

Sobre esa "Edad Oscura", el mismo autor, casi un año atrás, explicaba en un artículo titulado ¿Pueden un socialista o una comunista del siglo XXI no ser vegetarianos?:

Usted no se cree que dos siglos después de Malthus el mundo esté al borde de una crisis maltusiana. Usted no se cree que cientos de millones de personas —si no miles de millones— estén en peligro. Usted no se cree que vayamos hacia una nueva "Edad Oscura". Usted no se cree que las conquistas que más apreciamos en eso que llamamos "civilización" puedan tener los días contados. Usted no se cree que extensas zonas del planeta puedan tornarse inhabitables. Usted no se cree que las guerras climáticas y otras formas "nuevas" de violencia puedan hacer del mundo un lugar donde muchísima gente deseará no haber nacido. Y como no se lo cree, usted —la mayoría social— sigue instalado en la denegación, y no actúa, tratando de aprovechar los menguantes márgenes de acción de los que aún disponemos.

Y aclaraba en una nota a pie de página:

Para los historiadores se ha convertido en un lugar común hablar de la "era de la catástrofe" para referirse a ese tramo de la historia del siglo XX que va de 1914 a 1945. (En lo cual, por cierto, no deja de evidenciarse cierto eurocentrismo; para apreciarlo puede uno asomarse a Davis, 2006). Pero quizá, de forma menos llamativa, hemos estado incubando otra "era de la catástrofe" desde hace más de tres decenios: desde 1980 aproximadamente. Yo diría que esta terrible incubación se debe al rechazo a hacer frente a un acontecimiento de dimensiones epocales que, sin embargo, estaba bien identificado desde la segunda mitad de los años sesenta del siglo XX. Este rechazo, desde 1980 aproximadamente, cobra la forma de una activa negación de realidades sin embargo patentes y bien documentadas. La cultura dominante (primero en Gran Bretaña y EEUU, luego en muchos más países del planeta), cultura que —para abreviar— podemos llamar pensamiento único neoliberal, se convierte en "negacionista" más allá de la cuestión del calentamiento climático: alimenta una activa denegación de todo lo que tiene que ver con límites biofísicos que puedan constreñir las actividades humanas, y especialmente limitar el crecimiento económico. Por eso, al período histórico que se inició hacia 1980 podemos llamarlo la Era de la Denegación.

Soy de las que creen que, en efecto, vamos hacia una "Edad Oscura", y que el deterioro ecológico, social, político, económico y cultural crece a una velocidad cada vez mayor. Hace algunos años que estoy más o menos familiarizada con informes, ensayos, libros y documentales en los que sus autores (con saberes y conocimientos muy diversos, de dentro y fuera de la academia) nos advierten del precipicio hacia el que marchamos. También llevo tiempo leyendo y escuchado con atención sobre transiciones posibles, cambio de modelo, sostenibilidad, decrecimiento, buen vivir, ecosocialismo, ecofeminismo... Y en ese intento de aprender y comprender, de ser consciente de que globalmente hemos sobrepasado los límites del crecimiento, de que seguir aumentando el PIB (y, por tanto, el consumo energético y de recursos) es inviable en un mundo finito y conduce al colapso, de que manteniendo un sistema de desarrollo insostenible estamos disminuyendo nuestra capacidad de satisfacer las necesidades humanas básicas y que, por lo tanto, debemos introducir cambios radicales para torcer esta trayectoria suicida, he ido poco a poco resituándome, redefiniendo nociones como "progreso", "desarrollo" o "prosperidad", así como "sencillez", "lentitud" o "imperfección", modificando hábitos de conducta y consumo, enfrentándome a numerosas contradicciones dentro de mí y a las todavía más numerosas críticas (implícitas y explícitas) y el rechazo generalizado que muchos de esos cambios provocan.

Si, como afirma el autor antes mencionado, [p]ara transformar la realidad, el primer paso suele ser aprender a verla con una mirada nueva (y ser capaces de mostrarla a los demás bajo esa luz), mucho me temo que "comunicar mejor" se vuelve un imperativo para lograr que la mayoría de la gente, al ver un gran automóvil, piense en la contaminación que produce y no en el status social que representa.

Esta ingente y lenta labor pedagógica en la "Era de la Denegación" no puede desentenderse de la praxis, y ésta no puede olvidar que, como explica David Harvey «[e]l capitalismo vino al mundo, como Marx dijo una vez, bañado en sangre y fuego. Aunque sería posible hacer un trabajo mejor para salir de él que aquel que hiciéramos cuando entramos en él, las probabilidades están fuertemente en contra de cualquier pasaje puramente pacífico a la tierra prometida».

De ahí que la propuesta de Riechmann de fundar monasterios marxistas mixtos quizás resulte cada vez menos descabellada, al comprobar que ante las dimensiones del desastre, ya no es cierto, como escribía en otro de sus poemas, que [p]ara quebrar el orden criminal / instituido y hacerlo saltar por los aires sin esfuerzo / basta con rezagarse, errar, ir muy despacio.

23.7.13

Libros en tiempos de guerra

Libros en tiempos de guerra

Por Edgardo Civallero

Estaba echándole un vistazo a un tomito de autor desconocido, titulado "Hundreds of Things a Boy Can Make: A Hobby Book for Boys of All Ages" (Cientos de cosas que un muchacho puede hacer: Un libro de hobbies para muchachos de todas las edades), asombrándome de la cantidad de cosas que un chico de 12 años era capaz de hacer hace medio siglo (en contraposición a los "nativos digitales" actuales, incapaces de clavar un clavo), cuando me topé con el curioso sellito que reproduce la imagen de arriba, y que estaba situado en la contraportada del volumen en cuestión. La leyenda reza:

Book production war economy standard
[Norma para la publicación de libros en economía de guerra]
This book is produced in complete conformity with the authorized economy standard
[Este libro ha sido publicado conforme a las disposiciones económicas vigentes]

Durante la primera mitad del siglo XX, el papel empleado en Gran Bretaña se elaborada utilizando esparto importado del norte de África, de los territorios coloniales franceses. El bloqueo que sufrieron las islas Británicas durante la II Guerra Mundial (a lo cual se sumó el hecho de que París –y las colonias que controlaba– cayese bajo las fuerzas alemanas en 1940) y la propia economía de guerra llevó a que, desde marzo de 1940, los británicos racionaran el papel.
Los editores vieron sus suministros reducidos a un 60% de lo que empleaban durante el periodo 1938-39. Ese porcentaje se reajustaba cada tres meses, de acuerdo a las disponibilidades y necesidades del momento. Lamentablemente, los recortes fueron cada vez mayores, y hacia finales de 1941, las editoriales operaban con el 42,5% de los niveles previos a la guerra.

Para hacer un uso más eficiente de un bien tan preciado, la oficina de Paper Control (Control del Papel) introdujo el Book Production War Economy Agreement (Acuerdo para la Publicación de Libros en el contexto de una Economía de Guerra), que entró en vigor el 1 de enero de 1942. El acuerdo se firmó entre el Ministerio de Abastecimiento (Ministry of Supply) y la Asociación de Editores (Publishers' Association), y recogía una serie de normas bastante estrictas que regulaban por competo la impresión de libros: desde el tamaño del papel hasta la cantidad de palabras por página.

Aunque se trataba de un acuerdo "voluntario", los editores que no firmaron dicho acuerdo vieron reducidos sus suministros de papel mucho más que los que sí lo hicieron: un 25%, en contraposición al 37,5% de estos últimos. Fue la primera vez en la historia británica que la independencia de los ingleses, fieramente defendida, tuvo que "relajarse".

Además de la cantidad, el acuerdo redujo la calidad de los materiales empleados en la producción de volúmenes: el papel era fino (tanto que el texto solía transparentarse) y las tapas, endebles. Se eliminaron las sobrecubiertas y la encuadernación cosida (se usaban grapas), así como los espacios innecesarios dentro de las páginas, los márgenes amplios y cualquier tipo de ornamentación o elemento "secundario". Las páginas en blanco entre capítulos no estaban permitidas y los preliminares (introducción, tabla de contenidos, etc.) no debían superar las cuatro carillas. Los tamaños de la letra estaban claramente estipulados, dependían del tamaño del libro y solían ser diminutos; de esta norma se salvaban algunos libros infantiles y educativos, así como aquellos que tenían menos de 64 páginas.

El resultado final de semejante "producción editorial de guerra" era, al parecer, tan espantoso que un miembro del Publisher's War Emergency Committe señaló: "Debemos, a toda costa, pensar en la vista de los lectores. Ya he recibido quejas ... de que la letra usada en muchos de nuestros libros es demasiado pequeña". Un crítico literario, por su parte, observó que "los libros utilitarios son una monstruosidad". Para atajar las más que probables quejas, los editores agregaban notas en sus ediciones. En 1944 apareció la siguiente:

Esta novela contiene aproximadamente 130.000 palabras que, para ahorrar papel, han sido comprimidas en 291 páginas. Hay muchas más palabras por página de lo que sería deseable en tiempos normales: los márgenes han sido reducidos y no se ha desperdiciado espacio entre capítulos. La cantidad de palabras de una novela media oscila entre 70.000 y 90.000, las cuales, por lo común, conforman un libro de entre 281 y 352 páginas. Esta novela normalmente constaría de alrededor de 444 páginas.

Aunque a veces no se daban tantas explicaciones y se "echaba la culpa" al gobierno y a la guerra:

Este libro ha sido elaborado en esta forma conforme a las órdenes del Consejo de Producción de Guerra para la conservación del papel y otros materiales necesarios para la continuación de la guerra.

A pesar de las limitaciones y penurias que el conflicto bélico provocó en las islas Británicas (incluyendo la pésima calidad de la producción editorial), la demanda de libros creció. Los estudiosos de ese periodo histórico señalan que la lectura era una forma de distraerse de las durezas de la época o de pasar el tiempo durante los habituales apagones, o incluso de enterarse de la situación fuera de las fronteras insulares.

El racionamiento de papel continuó en el Reino Unido hasta 1949. En la actualidad, los libros que poseen el sello de "Book production war economy standard" son una rareza bastante buscada por historiadores y profesionales del libro. Esos mismos historiadores y profesionales que generalmente coinciden en señalar que tales libros son, en efecto, "una monstruosidad".

Artículo. "A history of the world", en BBC.
Artículo. "A Necessary Evil: British Publishers and the Book Production War Economy Agreement", por Amy E. Flanders.
Artículo. "Typography versus Hitler", por Chris Forster. Resumen del libro de Valerie Holman "Print for Victory".

Imagen.

16.7.13

De huertas, lagartos y miel...

De huertas, lagartos y miel...

Por Sara Plaza

–Buenos días –dijo el zorro.
–Buenos días –respondió cortésmente el principito, que se dio vuelta pero no vio nada.
–Estoy acá –dijo la voz- bajo el manzano...
–¿Quién eres? –dijo el principito-. Eres muy lindo...
–Soy un zorro –dijo el zorro.
–Ven a jugar conmigo –le propuso en principito–. ¡Estoy tan triste!
–No puedo jugar contigo –dijo el zorro–. No estoy domesticado.
–¡Ah! Perdón –dijo el principito.

La otra tarde, nada más regresar de regar nuestra pequeña huerta, corrí a buscar mi vieja edición de El Principito. Hacia mucho tiempo que no me sentaba frente a sus hojas amarillentas pero no me costó encontrar uno de los capítulos que más veces he releído, el XXI.

La noche anterior mi padre me había contado que ese día se había acuclillado muy cerca de uno de los lagartos que se pasean entre los surcos y se acurrucan bajo las paredes de piedra de la huerta. No sabemos cuántos son exactamente. Normalmente corren a esconderse cuando nos ven llegar, pero algunas veces se muestran sumamente curiosos y permanecen un rato contemplando nuestras idas y venidas con la azada o las gomas de riego. Aquella mañana el protagonista del relato de mi padre estaba bajo uno de los cerezos, junto a la poza. Como se quedo mirándolo sin moverse, al cabo de un rato mi padre comenzó a hablarle. El lagarto siguió observándolo tranquilo. Mi padre se acordó entonces de que cuando era chico y estaban trabajando en el campo, a veces les daban algunos restos de comida a los lagartos, y también recordó que son muy golosos porque en ocasiones se metían en las colmenas para lamer el dulce manjar que rebosaba de los panales. Animado por esos recuerdos fue a buscar el tarro de la miel y una cuchara a la diminuta alacena que hay en la choza donde guardamos las herramientas, las espuertas, las botas... Al volver sobre sus pasos encontró al lagarto en el mismo lugar. De nuevo lo llamó con delicadeza mientras avanzaba despacio. Cuando tan solo los separaban un par de pasos, destapó el tarro, hundió la punta de la cuchara en él y agachándose extendió el brazo ofreciéndosela al lagarto. En los primeros minutos no pasó nada. Ni mi padre se acercó más ni el lagarto hizo ademán de retroceder. Se observaron mutuamente. Solo después de ese exhaustivo reconocimiento el lagarto se aproximó a la cuchara y sacó la lengua. Mi padre sólo dejó de dirigirle palabras amistosas cuando no pudo contener la risa después de verle morder la cuchara.

Mientras me lo contaba por la noche yo tampoco pude evitar reírme y sentí mucho no haber estado a su lado para haber compartido ese momento tan divertido.

Al día siguiente por la tarde, él estaba regando las patatas del huerto de arriba y yo remojando los tomates del de abajo cuando escuché que me llamaba. Corrí a su lado y allí estaba de nuevo el lagarto junto a la poza, bajo el cerezo. Mi padre se fue a buscar la miel y yo me mantuve inmóvil a dos o tres metros. En unos pocos minutos el lagarto estaba chupando la miel y mordiendo la cuchara. Mi alegría era inmensa y la sonrisa no me cabía en la cara. Le dije a mi padre que iba a terminar "domesticando" al lagarto, como había hecho el principito con el zorro.

Fue por eso que, de vuelta en casa, agarré el libro de Antoine de Saint-Exupéry y releí, una vez más, ese capítulo XXI...

–Adiós –dijo.
–Adiós –dijo el zorro. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.
–Lo esencial es invisible a los ojos –repitió el principito, a fin de acordarse.
–El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante.
–El tiempo que perdí por mi rosa... –dijo el principito, a fin de acordarse.
–Los hombres han olvidado esta verdad –dijo el zorro–. Pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa...
–Soy responsable de mi rosa... –repitió el principito, a fin de acordarse.

También nosotros somos responsables de nuestro lagarto, como lo somos de nuestras cerezas, nuestras patatas y nuestros tomates. El tiempo, los cuidados, y las palabras que les hemos dedicado y les dedicamos cada día hacen que unos y otras sean importantes, que nos importen.

Conocí la huerta siendo una niña. Entonces mi abuelo me llevaba de la mano para evitar que me fuese de bruces contra el suelo cada vez que tropezaba con alguna piedra del camino. Años después, fue mi padre quien me enseñó a andar campo a través a medida que se iban desdibujando las trochas de mi infancia. Hoy muchos senderos están borrados, hay demasiados huertos abandonados, se han secado multitud de árboles, la maleza cubre las paredes de piedra de las fincas, ya no se limpian las pozas ni las caceras por las que antaño corría el agua para regar... Creo que mi abuelo se restregaría los ojos, incrédulo, al no ser capaz de reconocer algunos tramos de aquel camino que recorríamos juntos. Y por eso estoy segura de que los abriría muchísimo al comprobar que en medio de tanto abandono, de tanto deterioro y dejadez, su vieja huerta no solo sigue en pie sino que ha parido nuevos surcos que albergan un pequeño universo de hortalizas, y son un hervidero de criaturas que, al tiempo que saltan, se arrastran y revolotean entre ellos, parecen dispuestos a dejarse domesticar.

9.7.13

La idílica vida del campo

Voces, voces, voces...

Por Edgardo Civallero

En algún momento del pasado –quizás muy atrás, tal vez en tiempo de los griegos– hubo un cretino citadino que se paseó por un par de senderos rurales, respiró un poco de aire campestre, escuchó el canto de un pajarito que pasaba (o no escuchó nada y disfrutó de un rato de silencio) y, absolutamente inspirado, corrió hasta su casa en la urbe a componer unos hermosos versos... Ése, ése mismo, fue el imbécil que inventó y legó a la posteridad esa aura idílica que tuvo y aún conserva (sobre todo en la ciudad) la vida campesina y el entorno rural. Esa imagen que pinta, entre flautas de caña y brisas montanas, la placidez de los segadores bamboleando sus hoces al ritmo de algún canto tradicional, el embrujo del andar del arado –bestia y hombre unidos en la apertura del vientre de la madre tierra–, el espectáculo visual de la trilla y el grano aventándose, los mil colores de las huertas y sus frutos...

Qué bonito...

En una de sus "Novelas ejemplares", el famoso "Coloquio de los perros" (1613), Miguel de Cervantes no se pudo contener y dio cuenta, con harta sorna, del engaño que suponen esas obritas literarias que tantas lindezas contaban del campo y los campesinos.

...todos aquellos libros son cosas soñadas y bien escritas para entretenimiento de los ociosos, y no verdad alguna; que, a serlo, entre mis pastores hubiera alguna reliquia de aquella felicísima vida, y de aquellos amenos prados, espaciosas selvas, sagrados montes, hermosos jardines, arroyos claros y cristalinas fuentes, y de aquellos tan honestos cuanto bien declarados requiebros, y de aquel desmayarse aquí el pastor, allí la pastora, acullá resonar la zampoña del uno, acá el caramillo del otro.

Pero, a pesar de estas denuncias y de muchas otras, anteriores y posteriores (se me ocurren los muchos poetas que hablaron del lado más descarnado y cruel del trabajo del campo), la falsa ilusión de la "idílica vida campestre" ha continuado alimentándose hasta la actualidad.

Aquí me tienen, frente a un pedacito de tierra todo mío, que pretendo convertir en huerta con la sana intención de que, en algún momento (cercano, si es posible), me dé de comer.

Nótese aquí, por favor, mi abordaje totalmente interesado del asunto. Ningún campesino del pasado (o del presente), por muy conectado al espíritu de la "madre tierra" que estuviese, por muy respetuoso que fuese de los "latidos de la naturaleza" o los flujos energéticos de Gaia, cultivaba la tierra para encontrarse a sí mismo, para conectarse con su yo natural o para relajarse y ser feliz. La cultivaba para comer él, para dar de comer a su familia y para intentar vender o intercambiar los posibles excedentes y obtener así un puñado de los muchos bienes de los que carecía (desde ropa a herramientas, y desde materiales de construcción a animales). A los campesinos les iba la vida en el resultado de sus cosechas. Para ellos no era ni un juego, ni un pasatiempo, ni una moda. Y el tan mentado "respeto a/conocimiento de/conexión con la naturaleza" no estaba relacionado ni con la ética, ni con la religión ni con la espiritualidad: era un tema práctico, utilitario. Cualquier cosa que lograra que no se perdiera la cosecha, que no granizara a destiempo, que no hubiera sequía ni plagas, y que los frutos fueran abundantes, ya perteneciera al campo de la observación práctica y el sentido común o al de las creencias, los mitos, la cábala y las supersticiones, era bienvenida.

Decía, pues, que aquí estaba yo, proyectando mi huerta. "Pero, evidentemente..." empieza a gruñir mi otro yo –ese simpático personaje que vive de inquilino en mi interior, que ya he tenido el disgusto de presentarles en alguna ocasión y que tiene la buena costumbre de pincharme el globo con alguna verdad ácida cuando menos lo espero o lo deseo– "...para poder cultivar tierra, antes hace falta tenerla". Cierto. Yo soy un afortunado: soy dueño de un pedacito. Pero no todos tuvieron o tienen mi suerte. De hecho, una parte nada despreciable de las guerras, conquistas, invasiones y matanzas que ha visto la superficie de este asustado planeta que pisamos tuvieron como motivo principal el reparto de tierras. Los que tenían la tierra lo tenían todo, y los que no la tenían eran virtuales esclavos de los primeros. ¿De qué se trataba, si no, eso del feudalismo europeo? ¿El pongaje andino? ¿El latifundismo?

Acepto la observación de mi inquilino interior –¿cómo olvidarme de paisajes humanos tan terribles como el que pinta "Los santos inocentes" de Miguel Delibes?–, pero éste no se conforma y agrega una ficha. "Además, para trabajar la tierra que uno tiene, hace falta que la tierra sirva". Asiento en silencio. A no ser que uno sea un genio agrícola (haberlos, los hay), conviene tener una tierra que no sea un pedregal o un desierto, que reciba suficiente luz solar y que tenga agua cerca. Y, a ser posible, que valga para algo. Una tierra pobre puede transformarse en tierra buena, sí. Pero para lograrlo hace falta tiempo. Y si nuestro plato de comida diario depende de lo que cosechemos, tiempo no es lo que nos sobra.

"No sólo hace falta tiempo... y mucho, mucho esfuerzo" apunta mi otro yo. "Hace falta estiércol de ganado, o basura orgánica suficiente para compostar..." me indica, y tiene razón. Aún si tengo una tierra de excelente calidad, deberé abonarla cada año para reponer los nutrientes que pierda. Y para eso necesito material que no siempre es sencillo de conseguir. Yo tengo la gran fortuna de ser amigo del último pastor de ovejas de mi pueblo, que me permite limpiar el redil de su rebaño. Y también de uno de los pocos criadores de vacas que quedan, al que llevo la hierba que siego en mi finca en primavera, y que me da a cambio varios carros de estiércol de vaca. Claro que para hacer todo esto que digo hay que vivir en un lugar en donde haya este tipo de gente, hay que tener medios de desplazamiento (coche, carro) para transportar la basura, hay que disponer de tiempo para hacerlo, hay que saber cómo hacerlo (y, en ocasiones, tener el estómago para hacerlo), hay que disponer de espacio para almacenar el abono...

O bien hay que tener dinero para comprarlo todo hecho. Que no es el caso, claro.

Agito la cabeza para marear un poco a mi antipática voz interior. "Muy bien", le digo, abreviando. "Tengo la tierra, la tierra es buena, y cuenta con el abono suficiente para darle de comer cuando se agote...". "Ajá... ¿Y el agua?". Bueno, nuevamente soy afortunado. Un arroyo pasa por mi finca, y la capa freática por debajo de ella está a solo dos metros. Cuento con varios pozos, tres estanques y un buen sistema de mangueras y canales de piedra y cemento, todo lo cual costó años y años de trabajo. Riego no les faltará a mis plantas. Pero no siempre es así. Los campesinos de tierras de regadío han vivido peleándose por el agua (de hecho, hubo y aún hay "Tribunales de agua"). Para los de secano la historia es mucho peor: dependen de las lluvias. Y si las lluvias no llegan, o si llegan a destiempo, o con mucha fuerza, adiós trabajo, adiós cosecha, adiós comida del año siguiente, hola pobreza, hola hambre... He oído decir varias veces que esa gente se pasaba media vida mirando para abajo, a la tierra, y la otra media mirando para arriba, buscando y midiendo las nubes. Y aún es así, en muchas partes del mundo. Precisamente en esas partes que nos dan de comer a los que todavía no trabajamos la tierra para vivir.

"Perfecto, tengo todo, no hace falta que me preocupe de nada más", concluyo. Pero mi otro yo es un amargado insistente. "¿Ajá? ¿Acaso tienes las herramientas necesarias?". Ah, sí. Las herramientas. En algunos puntos de Europa, hasta no hace tanto, la hoja de una guadaña o la parte metálica de la azada eran los bienes más valiosos de una familia campesina. La madera se podía ir a cortar al bosque: mangos, rastrillos, horcones y palos no faltarían. Pero para cortar esa madera (y cualquier otra cosa), para roturar la tierra, para cavarla, para segar, se necesitaban piezas metálicas. Hoy en día continúa ocurriendo lo mismo: para algunos campesinos latinoamericanos, su machete es su bien más preciado. Sea donde sea, para cultivar una parcela de tierra hacen falta herramientas, Y, por muy rústicas y elementales que sean, cuestan dinero, a no ser que uno sea un carpintero-herrero que se haga sus propias cosas ("...pero para eso uno también tendría que tener materia prima y herramientas especializadas" señala el asqueroso de mi otro yo).

"Tengo todo, tengo todo, tengo todo..." repito varias veces, intentando acallar aquella voz que, de tan realista, ya es vomitiva. Pero no, no calla. "¿Sabes cómo empezar a cultivar? ¿Sabes cómo es el proceso?", me pregunta. No es una pregunta ingenua. Hasta hace nada yo era un ignorante nacido en una ciudad enorme, que no hubiera reconocido una planta de tomate ni aunque la hubiera tenido enfrente con una etiqueta de identificación. ¿Huerta? ¿Cultivo? ¿Trabajo de campo? No, no sabía nada. Vuelvo a reiterar la frase que ya parece haber anidado en mi boca: hoy por hoy, soy afortunado. Tengo cerca a gente que lleva muchos años cultivando la tierra, y que me está enseñando cómo se hace. Me enseña a romper el terrón, a quitar las malas hierbas, a rastrillar, a estercolar, a remover, a cavar los surcos, a deshierbar nuevamente, a armar los semilleros o a sembrar directamente, a limpiar las acequias y las pozas, a administrar el agua, a proteger los plantines, a curar las plantas enfermas... Gente que comparte conmigo sus semillas, algo igualmente importante en estos tiempos de copyright de seres vivos y organismos con ADNs modificados...

"Entonces estás listo" me dice, finalmente (y sospechosamente), mi odioso inquilino interior. "Síp", respondo. Y es cuando intento alzar la azada para empezar a remover la tierra e iniciar todo el proceso cuando me doy cuenta de que no bastan solo las buenas intenciones, el conocimiento, las herramientas y la suerte de una buena climatología. Mis brazos apenas si aguantan el peso de la herramienta que intento levantar. ¿Aguantará mi cuerpo, mis manos, mis piernas, este tipo de trabajo? ¿Seré capaz de hacerlo? Y no solo eso. ¿Qué ocurrirá cuando la primera granizada machaque totalmente mis plantines recién nacidos? ¿Cómo voy a reaccionar cuando, tras semanas y semanas de trabajo duro, de esfuerzo y esperanzas puestas en mi pequeña huerta, el mildeu acabe con la mitad de mis plantas y los topos, con la otra mitad? ¿Volveré a empezar? ¿Dejaré todo de lado?

"Pues ya lo averiguaremos..." repone mi otro yo, dándome por vez primera una palmada (virtual) de ánimo en la espalda. "Como tantas otras cosas que nos quedan por averiguar" agrego yo. Alzo la azada y golpeo el terrón reseco, cosido por años y años de raíces de gramillas. El trabajo de campo será todo lo que quieran. Es la base de nuestra economía, de nuestra alimentación, de nuestra cultura, de nuestra vida en sociedad, de nuestra historia. Nos pone en contacto con una parte nuestra que muchos jamás conocimos: la del trabajo físico, la de la supervivencia, la del contacto con el medio natural.

Lo único que ciertamente no es, es "idílico". Es duro. Muy, muy duro. Conviene recordarlo y tenerlo en cuenta, sobre todo en estos tiempos en que muchos ignorantes andan sueltos y hablan por el mero hecho de tener la boca puesta.

Imagen. "Campesinos plantando patatas", de Vincent Van Gogh, 1885.

2.7.13

Fracasos gloriosos y héroes sin leyenda

Fracasos gloriosos y héroes sin leyenda

Por Sara Plaza

Siendo niña tomé prestada de la biblioteca municipal una biografía de Roald Amundsen, y el relato de sus viajes me fascinó. Uno de los recuerdos que guardo de aquellas páginas es que su lectura me hizo sentir una gran admiración por el explorador noruego y cierta antipatía hacia el Capitán Scott.

Aunque he seguido leyendo biografías, hacía mucho que no me detenía en ninguna narración sobre la edad heroica de la exploración de la Antártida. Casi por casualidad, un par de semanas atrás me senté a ver el documental The Endurance. Shackleton’s Legendary Antartic Expedition (traducido al español como Atrapados en el hielo), y me dejó tan buen sabor de boca que al día siguiente me puse a buscar información sobre sus protagonistas. Quería saber más sobre los hombres de carne y hueso que sostuvieron a las figuras heroicas que iban a aparecer después en libros, canciones y películas.

Lo primero que descubrí, no sin cierto disgusto, fue que Sir Ernest Shackleton, eclipsado por el capitán Scott al principio, fue poco a poco ganando popularidad a medida que descendía la estima hacia su rival, y en los últimos años ha sido incluido en varios programas de estudios universitarios como "modelo de líder corporativo". Shackleton no logró atravesar por tierra el continente antártico (propósito original de su famosa Expedición Imperial Transantártica, a bordo del Endurance dirigido por el capitán neozelandés F. Worsley), pero el hombre al que todos llamaban "the Boss" (el jefe), es hoy reconocido por su coraje y perseverancia, y por haber conseguido mantener con vida y rescatar a toda la tripulación del Endurance.

Lo segundo que averigüé fue que esa antipatía inicial que me inspiró Scott debía estar más o menos extendida en aquellos años. Tras su trágica desaparición en 1912, este explorador y oficial de la Marina Real Británica se convirtió en un icono de heroicidad. Durante más de medio siglo fue elogiado y celebrado como tal, pero en las últimas décadas del siglo pasado su leyenda fue ensombreciéndose a medida que se analizaba la enorme responsabilidad que pudo haber tenido en su propia muerte y la de quienes lo acompañaban. En el reelaborado retrato de Scott tuvo mucho que ver la obra de Roland Huntford, titulada Scott and Amundsen, algunas de cuyas conclusiones han sido refutadas posteriormente, con mejores y peores argumentos, por el explorador polar Ranulph Fiennes (Race to the Pole: Tragedy, Heroism and Scott's Antartic Quest) y la meteoróloga Susan Solomon (The Coldest March, 2001). Con el cambio de siglo parece que la opinión se inclina de nuevo a favor de Scott, devolviéndole su humanidad y despojándole de la carga de anteriores interpretaciones.

Mi tercer descubrimiento tiene que ver con un muchacho irlandés que a los 15 años se fue de casa y, mintiendo sobre su edad, se enroló en la Marina Real Británica. Al parecer, el joven tuvo una acalorada discusión con su padre, un pastor de las montañas del condado de Kerry, por haber dejado que el rebaño pastara entre las coles... Tom Crean (1877-1938, Annascaul, Irlanda), "el hombre salvaje de Borneo" (1), como él mismo se apodó, “el gigante irlandés”, como lo llamaron otros, acababa de desbancar a Amundsen en mi lista de admirados exploradores de la Antártida.

El periodista y escritor Michael Smith publicó la primera biografía sobre Thomas Crean en el año 2002. La tituló An Unsung Hero. Tom Crean – Antartic Survivor, y en ella reivindicaba el lugar fundamental (y escasamente reconocido) que había ocupado en la historia de la exploración polar este "héroe olvidado". El propio autor indica los dos motivos por los que, a su entender, la Historia que tanto ha recordado a dos rivales como eran Shackleton y Scott había sido tan poco amable con Crean. En primer lugar, recuerda, tanto los oficiales como los científicos que participaban en estas expediciones pertenecían sobre todo a la clase media, eran cultos y dejaron infinidad de diarios, cartas, cuadros, fotografías y estantes llenos de libros, mientras que Crean era hijo de un pastor, tenía pocos estudios y de él solo se conservan un puñado de cartas. En segundo lugar, Crean habría quedado atrapado en la historia entre Gran Bretaña e Irlanda: cuando terminaron sus días en la Antártida y regresó a Kerry, Irlanda estaba inmersa en la guerra de independencia contra los británicos; su relación con la Marina Real Británica (en la que sirvió durante 27 años) lo marcaba y optó por no hablar de sus viajes con Scott y Shackleton (jamás concedió una entrevista y apenas contó nada a su esposa e hijas de aquellos años en la Antártida).

Según cuenta Smith, a la edad de 15 años Crean huyó de la pobreza y se alistó en la Marina. A finales de 1901, el barco de guerra en el que viajaba se encontraba en Nueva Zelanda. En el mismo puerto estaba atracado el Discovery de Scott. Justo antes de partir un marinero atacó a uno de los oficiales del capitán inglés y abandonó la expedición, que se quedó con un hombre menos. Crean se ofreció voluntario para viajar en su lugar. Fue a bordo del Discovery donde aprendió los rigores del clima polar y donde conoció a algunos de los hombres que alcanzarían fama en las siguientes dos décadas de exploraciones, entre ellos Edgar Evans, Bill Lashly, Robert Scott, Ernest Shackleton, Frank Wild y Bill Wilson.

En 1910 Crean regresó a la Antártida con la Expedición Terra Nova. Fue uno de los últimos hombres que vio con vida a Scott y los cuatro hombres que escogió para llegar con él al Polo Sur. Cuando el grupo de ocho estaba a 150 millas de su objetivo, Scott los dividió y mandó a Crean, Lashly y Evans de vuelta a la base. El viaje de regreso fue una carrera de 750 millas por sobrevivir. Las temperaturas descendieron muchísimo, se perdieron, Evans sufrió escorbuto y Lashly y Crean lo arrastraron en el trineo durante casi una semana. Cuando estaban a 35 millas de la base ya no podían tirar más. Crean dejó a Evans al cuidado de Lashly y echó a andar solo, con tres galletas y dos barras de chocolate en el bolsillo. Caminó durante 18 horas y a las 3:30 de la madrugada del 19 de febrero de 1912 llegó arrastrándose a Hut Point, desde donde inmediatamente partió un equipo de rescate para salvar a sus dos compañeros. Años más tarde, el explorador noruego Tryggve Gran recordaba a Crean como un hombre "al que no le hubiera importado si al llegar al Polo Sur allí estaba Dios Todopoderoso o el Diablo". Su caminata en solitario, aunque ensombrecida entonces por la muerte de los otros cinco compañeros que nunca alcanzaron el Polo Sur, ha quedado como uno de las hazañas más grandes de heroísmo individual en la historia de la exploración polar.

Dos años después, Shackleton pidió a Crean que lo acompañara en la expedición del Endurance como Segundo Oficial. Esta expedición fue, en palabras del periodista Simon Bendle, un glorioso fracaso. Después de que el barco fuera aprisionado, aplastado y hundido por el hielo en el Mar de Weddell, los 28 náufragos quedaron a la deriva en una plataforma de hielo flotante que los desvió 2.000 millas hacia el norte de donde había quedado atrapado el Endurance. Cuando el hielo comenzó a romperse después de 10 meses, los hombres se subieron a los tres botes que habían podido recuperar y remaron en busca de tierra firme. Al cabo de cinco días estaban exhaustos y aterrados. Algunos deliraban de sed, otros lloraban de desesperación. Crean estaba al timón del Stancomb Wills, el bote más pequeño y endeble de todos, y con Shackleton a su lado logró llegar hasta un inhóspito islote rocoso en mitad del Atlántico Sur, Isla Elefante. Hacía 497 días que estos 28 hombres no pisaban tierra firme. Pero todos sabían que nadie los encontraría allí. Shackleton escogió a cinco, entre los que se encontraba Crean, para seguir navegando otras 800 millas (10 veces la distancia que acaban de recorrer) hasta la isla habitada más cercana, Georgia del Sur. El carpintero de la expedición, Harry "Chippy" McNish, fue el encargado de acondicionar el bote más grande, el James Caird, para la infernal travesía. Tras 17 días de desesperación en medio de témpanos flotantes, olas gigantescas y galernas desembarcaron en Georgia del Sur. Sobre "el gigante irlandés" Shackleton escribió: "uno de los recuerdos de aquellos días es el de Crean cantando al timón sin que ninguno pudiésemos adivinar la canción. No tenía melodía y era tan monótona como el canto de un monje budista; y sin embargo, de alguna manera, resultaba alegre".

Todavía quedaba otra durísima prueba por delante. Shackleton, Worsley y Crean tuvieron que cruzar la isla a pie para buscar ayuda en la estación ballenera Stromness. Se colocaron algunos clavos del James Caird en la suela de sus botas, guardaron sus provisiones en un calcetín, y solo llevaron consigo una cuerda de 90 pies y una azuela de carpintero. Caminaron 36 horas sorteando montañas, glaciares y grietas en el hielo. Al llegar a la estación parecían tres espectros que regresaban de la muerte. En los meses siguientes todos los hombres que formaban parte de la expedición fueron rescatados.

A su regreso, Crean colgó sus guantes y sus botas para la nieve. Participó en la Primera Guerra Mundial y continuó sirviendo en la Marina Real Británica hasta 1920. Se había casado con Ellen Herlihy en 1917 y al retirarse él y su mujer abrieron un pub en su pueblo natal llamado The South Pole Inn. Sus vecinos le apodaron cariñosamente "Tom the Pole". En 1938, con sesenta y un años recién cumplidos, el indestructible Tom Crean sufrió una perforación del apéndice. Murió una semana después a causa de la infección.

(1) Los hermanos Hiram y Barney Davis (1825-1905 y 1827-1912, Mount Vernon, Ohio), más conocidos como Waino y Plutanor, fueron dos enanos con una fuerza extraordinaria. Gracias a ella se ganaron la vida levantando peso y luchando entre ellos y con el público que acudía a ver el espectáculo circense, en el que eran presentados como "los hombres salvajes de Borneo".

La historia de Tom Crean en video (en inglés) Parte 1. Parte 2. Parte 3. Parte 4.
La historia de Tom Crean (en inglés) Libro.
Tributo a Tom Crean dirigido por Gerry D (video, en inglés).
Grabación de 1918, de la canción "The ballad of Tom Crean".
"Tom Crean of Annascaul (Ballad for an unsung hero)", escrita por Gary McMahon de Newcastle West.
"Ballad of Tom Crean" escrita por Cliff Wedgbury.

Otras fuentes utilizadas para la elaboración de esta entrada:
Great British Nutters – Tom Crean: Wild Man of Borneo (blog de Simon Bendle, en inglés).
Tom Crean – Unsung Hero (escrito por Michael Smith, esta entrada aparece en Polar Publishing, en inglés).

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