28.5.13

Cocinando yuca...

Cocinando yuca

Por Edgardo Civallero

Los Wenàiwika o Piapoco son unos 3.000 individuos que viven en los llanos orientales de Colombia, entre los ríos Vichada y Guaviare, a lo largo del río Meta y en medio de la densa red de riachos o "caños" que se entrecruzan en toda la región.

Antiguamente, los Wenàiwika estaban organizados en subgrupos o parcialidades que asumían el nombre de un animal, p.e. cumanáica, "venado". Una de esas parcialidades se llamaba cháse, "tucán". En el sabroso castellano local, el sobrenombre de esa ave, poco cantora por naturaleza, es "pía poco". Y "piapoco" fue el nombre que se le dio a toda la etnia en el habla popular... y en la académica. Por su parte, para auto-denominarse ellos utilizan la palabra que en su lengua significa, simplemente, "gente".

Los Wenàiwika conservaron su cultura tradicional a lo largo de los siglos. Sin embargo, a partir de 1920 comenzó una cierta aculturación, sobre todo a través del contacto con colonos colombianos mestizos. Celosos de su cultura, los Wenàiwika mantuvieron bajo control dicha aculturación, reduciéndola a la compra o intercambio de algunos artículos (ropa, radios y pilas, machetes, fósforos, petróleo, ollas y sartenes de aluminio, medicinas) y, en ocasiones, a una alfabetización funcional, que sólo tuvo lugar entre varones.

En la actualidad, este pueblo mantiene todavía muchas de sus formas de vida, costumbres y tradiciones originales. Algunas de ellas son comunes al resto de comunidades originarias de la cuenca del Orinoco y el Amazonas, e incluso han sido adoptadas por las comunidades criollas que viven en la zona.

Una de esas tradiciones es la cocina a base de yuca.

Los Wenàiwika viven en casas rectangulares; varios postes gruesos de madera de cuyubí unidos entre sí por paredes de tablas forradas de adobe por fuera, y con una cubierta de hojas de palma a dos aguas. Estas viviendas poseen entre uno y tres cuartos, la mayoría de los cuales sirven como dormitorios: en ellos se cuelgan los "chinchorros" o hamacas que cumplen las funciones de cama en toda el área tropical sudamericana. El cuarto principal es el área social por excelencia; allí, en una de sus paredes, suele haber un ancho anaquel en donde se almacenan el agua para beber y la comida, fuera del alcance de niños y animales domésticos. Y en uno de sus rincones hay un fogón en donde se prepara la comida.

La base de la dieta de los Wenàiwika es la cáini, la llamada "yuca brava" o "yuca amarga". La "yuca brava" es la variedad amarga de la mandioca, guacamota o casava (Manihot esculenta). Cultivada en pequeñas huertas familiares, se cosecha y, dado que en crudo se descompone muy velozmente, se procede al procesamiento. Se ralla, y la pulpa blanquecina que se obtiene se desmenuza y se deja fermentar levemente una noche entera.

Al día siguiente tiene lugar un proceso vital: la jugosa pasta se comprime en el "sebucán" o irìca, una enorme prensa-filtro que permite extraer todo el jugo de la yuca. Ese zumo está cargado de ácido cianhídrico (cianuro de hidrógeno, ácido prúsico), tremendamente venenoso, pero que se desactiva con el calor. Si bien el proceso de fermentación ha eliminado una parte del veneno, es preciso realizar un prensado concienzudo para extraer el resto.

El tóxico jugo se cuece para preparar una bebida conocida como "mingao" o càaméri, término de la lengua wenàiwika que significa "amargo". Por su parte, la pulpa se saca del "sabucán" y se pasa a través de un cedazo, obteniéndose una especie de harina de textura fina y ligeramente húmeda. Esa harina se extiende sobre el "budare" o púali, el rey de los artefactos domésticos Wenàiwika.

El "budare" es el elemento central de la casa, no solo para las comunidades Wenàiwika sino para muchas otras. Se trata de una especie de plancha circular de barro que se calienta por debajo y sobre la cual se preparan las clásicas "tortillas". Se elabora con una arcilla especial, de color gris, que se mezcla con las cenizas del árbol cawìa. Este proceso alfarero sólo puede ser realizado por una mujer.

La harina de yuca se coloca, pues, sobre esta plancha caliente, hasta que la capa tiene un centímetro de espesor. Así se prepara la "torta de casabe" o macàdu, que en ocasiones puede medir hasta un metro de diámetro, dependiendo de las dimensiones del "budare". La torta se cuece por ambos lados, volteándola con una espátula de madera (al mejor estilo crêpe), y cuando se la saca se echa sobre una estera cosìduma (circular, tejida con una sola hoja de palma "moriche") o en una canasta plana ába.

Así, caliente y húmeda, la macàdu puede consumirse inmediatamente. Las que no se comen se arrojan sobre el techo de palma de la casa, para que se sequen al sol, o se dejan sobre el estante. La torta endurecida y seca se llama dàalèeri, y dura varios días si no se humedece.

Los Wenàiwika obtienen otro producto de la yuca: la "fariña" o machúca. Ésta se obtiene si, en lugar de preparar una tortilla con la harina que se echa en el "budare", se la tuesta revolviendo continuamente. El producto final es un cereal muy duro y seco, que puede almacenarse durante meses en bolsas de plástico o en canastos mapíiri (de caña tejida en patrones hexagonales) forrados de hojas. O bien puede usarse para elaborar una bebida caliente llamada chucúsi.

¿Es ésta la dieta Wenàiwika? En absoluto. Buenos cazadores y pescadores, disfrutan de sopas y asados de pescado o carne. Además son agricultores de subsistencia y recolectores, de modo que también comen mangos verdes, nueces de palma, batatas, yuca dulce y otros tubérculos. Finalmente, crían cerdos y gallinas: con la grasa de los primeros fríen los huevos de las segundas y algunos plátanos de sus huertos. Y, para asentar esos platos, elaboran bebidas fermentadas a base de maíz o miel de caña.

A pesar de semejante variedad, su "pan" (por poner un equivalente europeo) es la torta de yuca, que se ha convertido, asimismo, en el alimento básico de muchas poblaciones de la Amazonia colombiana, ecuatoriana, peruana, brasileña y boliviana, de la Orinoquia venezolana y del Chaco paraguayo. Y si bien los usos que se le dan al apreciado tubérculo son muchos (se lo fermenta para elaborar cerveza, se lo hierve para acompañar carne como si fuera papa, se lo asa...), su empleo encima de un "budare" bien caliente ya es una imagen clásica sudamericana. Un aroma, un sonido, un color y, en resumidas cuentas, una imagen que se ha convertido en patrimonio de todo un continente.

21.5.13

Ecología oscura

Ecología oscura

Buscando certezas en un mundo post-verde

Por Paul Kingsnorth. Traducido por Sara Plaza

La siguiente entrada es parte de un artículo de Paul Kingsnorth, traducido del inglés por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero con permiso expreso del autor. Puede descargarse el texto completo aquí.

Todos los veranos dicto cursos de guadaña en el norte de Inglaterra y en Escocia. Enseño las destrezas que he ido adquiriendo durante los cinco o seis años que llevo usando esta herramienta a gente que nunca la ha utilizado antes. En sentido general, quizás sea una de las cosas más gratificantes que hago, aparte de ser padre (y segar con guadaña es más fácil que ser padre). Escribir también es gratificante, intelectual y a veces emocionalmente, pero físicamente es extenuante y aburrido: horas delante del ordenador o garabateando notas en papel, o leyendo y pensando o intentando pensar.

Segar con una guadaña acalla el parloteo del cerebro por un rato, o al menos el de su parte racional, dejando que solo la parte primitiva, la conciencia intuitiva del reptil, trabaje plenamente. Manejar correctamente una guadaña es una meditación: tu cuerpo a tono con la herramienta, la herramienta a tono con la tierra. Te concentras sin pensar, sigues la disposición del terreno con la hoja, sabes lo afilada que está, puedes oír los pájaros, ver cosas moviéndose entre la hierba por delante de ti. Todo está conectado con todo lo demás, y si no es así no funciona. La punta de la hoja se atasca en el suelo, mellas el filo contra una topera que no viste, te da un tirón en la espalda, te cortas el dedo afilando. Poner atención –atención relajada– es la clave para segar bien. Tolstoi, que obviamente escribía desde la experiencia, lo explicaba en Anna Karenina:

Cuanto más segaba Levin, más frecuentes eran esos momentos en que se olvidaba de todo. Entonces parecía como si no fueran los brazos los que movían la guadaña, sino ésta la que arrastraba ese cuerpo lleno de vida y consciente de sí mismo; sin pensar siquiera, como por arte de magia, el trabajo se iba realizando como por sí solo, y además con la mayor precisión y exactitud. Eran los momentos de mayor satisfacción

La gente viene a mis cursos por motivos muy distintos, pero la mayoría quieren aprender a usar la herramienta por cuestiones prácticas. A veces se trata de administradores de reservas naturales o campos de golf. Algunas personas quieren tener bajo control la juncia, las ortigas o las zarzas en sus fincas o jardines, o eliminar la gramilla de sus parcelas. Otras quieren recortar el pasto o los bordes. Este año también voy a dar algunos cursos para personas con enfermedad mental, utilizando las herramientas para ayudarles a involucrarse en un trabajo práctico y relajante.

No obstante, la reacción de la mayoría de la gente cuando les digo que soy profesor de guadaña sigue siendo la misma: incredulidad o risa, o interés cortés, normalmente encubriendo una sensación de que se trata de algo pintoresco y bastante tonto, que apenas tiene cabida en el mundo actual. Después de todo, tenemos bordeadoras y cortadores de césped, que son más ruidosos que las guadañas y tienen botones y gastan electricidad y combustible y por lo tanto deben ser mucho mejores, ¿o no?

Ahora bien, yo diría eso, por supuesto, pero no, no es cierto. Desde luego que si uno tiene un campo de cinco acres y quiere cortar heno o forraje, lo hará mucho más rápido (aunque no necesariamente de manera más eficiente) con una segadora acoplada a un tractor que con una cuadrilla de segadores, que era como se hacía hasta los años cincuenta. Sin embargo, a escala humana, la supremacía de la guadaña es indiscutible.

Por ejemplo, entre las personas a las que enseño, son cada vez más las que buscan una alternativa a la desbrozadora. Una desbrozadora es básicamente una guadaña mecánica. Es una máquina que pesa mucho, hay que manejarla con ambas manos y quien lo hace tiene que disfrazarse de Darth Vader para ir cortando la hierba con movimientos de vaivén. Ruge como una moto, escupe humo, y su dieta habitual se basa en combustibles fósiles. Va dando hachazos a la hierba en lugar de cortarla limpiamente, como hace el filo de la guadaña. Es más engorrosa, más peligrosa, no tan rápida y mucho menos agradable de usar que la herramienta a la que reemplaza. Y, sin embargo, se la utiliza en todas partes: en los bordes de las carreteras, en parques, incluso, ¡por todos los cielos!, en reservas naturales. Es horrible, torpe, desagradable, ruidosa e ineficaz. Entonces, ¿por qué la usan, y por qué se siguen riendo de la guadaña?

Hacer la pregunta en esos términos es no entender bien lo que pasa. Las desbrozadoras no se utilizan en lugar de las guadañas porque sean mejores; se las utiliza porque su uso está condicionado por nuestras actitudes hacia la tecnología. Su desempeño no es el punto, tampoco su eficiencia. El punto es la teología: la teología de la complejidad. El mito del progreso manifestado en forma de herramienta. El plástico es mejor que la madera. Las partes móviles son mejores que las fijas. Las cosas ruidosas son mejores que las silenciosas. Las complicadas, mejores que las sencillas. Las nuevas, mejores que las viejas. Todos creemos eso, nos guste o no. Es así como nos han educado.

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14.5.13

¡Viva el rey, mueran los vizcaínos!

Viva el rey, mueran los vizcaínos

Por Edgardo Civallero

La "Guerra de vicuñas y vascongados" fue un enconado conflicto civil que se desarrolló en el área de la antigua Villa Imperial de Potosí (Alto Perú, en el Virreinato del Perú, actual Bolivia) entre junio de 1622 y marzo de 1625. El choque enfrentó a los colonos vascos ("vascuences", "vascongados", "vizcaínos") de Potosí con el resto de la población europea de la ciudad (los "vicuñas"), especialmente con los demás peninsulares y con ciertos sectores criollos (descendientes de españoles nacidos en las colonias de América).

Las biografías de los numerosos personajes que participaron en este juego de intrigas y sangre, así como los actos indecibles que llevaron a cabo, narrados en el sabroso castellano de la época, son algo verdaderamente digno de leer. Dejaré aquí, pues, sólo un breve resumen, que haga de "preludio" para aquellos interesados en recorrer las páginas de la historia completa.

El historiador boliviano Alberto Crespo señala, en su libro "La guerra entre vicuñas y vascongados", que "de todos los grupos regionales de España, es seguramente éste [el de los vascos] uno de los más inclinados al trabajo y perseverante en sus esfuerzos... En Potosí puso las bases de la industria minera, porque poseía ya una vasta experiencia en ese trabajo". La Villa Imperial, fundada en 1545 en torno a las riquezas minerales del llamado Sumaq Orqo o "Cerro Rico" (enorme depósito natural de plata y estaño), era, para principios del siglo XVII, un verdadero hervidero de gente. En aquel ambiente efervescente, los colonos vascos formaban un lobby reducido pero extremadamente poderoso, que manejaba las principales minas e ingenios de plata y cuyos miembros tenían tantos recursos y contactos en la administración colonial que, en la práctica, podían actuar como dueños y señores, a su entero antojo.

Esa relativa impunidad, unido a que eran personas de carácter orgulloso, algo prepotentes y con escasos escrúpulos (además de ser muy trabajadoras y emprendedoras y gozar de un elevado nivel económico y social), les ganó pronto la animadversión del resto de la población, desde los mitayos indígenas y los esclavos negros hasta sus propios coterráneos ibéricos. Además de codiciosos y arrogantes, sus convecinos los consideraban "mercachifles", un término con el que en aquel entonces se expresaba el enorme desprecio que sentía buena parte de la sociedad colonial hacia personas dedicadas en cuerpo y alma al comercio, a los negocios y al "vil metal". Poco les importaba tal opinión a los vascos, gente que, por sobre todas las cosas, era muy práctica; como explicó uno de ellos con meridiana claridad, "él no había venido a las Indias a buscar honra, que harta la tenía, sino a buscar dineros, que era la honra que quería".

Amén de los vascos, el nombre de Potosí (según señala Crespo) había atraído a "un mundo de aventureros, antiguos soldados sin ocupación ahora que la tierra estaba sometida y había concluido la etapa de los descubrimientos [hacia 1620]; vagos y buscavidas; hombres que habrían conquistado un reino a la cabeza de cien soldados, pero que eran incapaces de descubrir una veta [en el Cerro Rico] y más aún de trabajarla; truhanes y pícaros. Al lado del minero que pugnaba por convertirse en noble, convivía el fraile azuzador a la revuelta o el espadachín sin otro afán que probar su destreza para las armas adquirida en Flandes o en Italia". Estos "espadachines", muy abundantes, eran los llamados "soldados", individuos que no siempre habían tenido un pasado militar y que vagabundeaban por las callejas potosinas (como lo hacían en muchos otros puntos del Viejo y del Nuevo Mundo por aquellos años) con los naipes en una mano y el acero en la otra, haciendo de tahúres, fulleros, buscapleitos o proxenetas, según cuadrara. Solían ser peninsulares (sobre todo andaluces, extremeños y manchegos, aunque también había algunos castellano-leoneses y gallegos) o mestizos que no gustaban del trabajo duro de las minas o los de la metalurgia asociada a ellas, pero que sí hubieran gustado de los buenos beneficios de ese trabajo. Unos beneficios que, evidentemente, apenas si veían. Vivían, pues, renegando y blasfemando por sentirse "excluidos" de las riquezas del Cerro; según ellos, tales riquezas habían sido "expoliadas" por quienes las explotaban... es decir, por los vascos.

Al parecer, estos buenos "soldados" preferían las ganancias fáciles y los golpes de suerte, esos que habían favorecido tanto a los españoles en los primeros años del descubrimiento del Cerro. Por mero contraste, estos "desposeídos" (o vagos redomados, según se quiera mirar) no tardaron en ver a los vascos como el prototipo de "rico a envidiar y/o detestar". A esta tropa de aventureros se sumaron los criollos y los mestizos, que se sentían menospreciados por los vascos (probablemente con razón, dada la proverbial arrogancia de los vizcaínos, unida a un carácter duro y a una por lo general "imponente" presencia física).

En la primavera de 1622, los enojos contra los vascos, que en otras ocasiones se habían resuelto con despellejes de corrillo callejero, gritos airados y encendidas soflamas públicas, se convirtieron en una verdadera conjura para expulsarlos de la Villa. Vivos o muertos. Decía un texto de la época que no había justicia que osase nada contra los vascongados, "ni castellano que se atreviese a sacar espada contra vizcaíno sino con muy gran riesgo". Ante tal panorama, probablemente habría que actuar con nocturnidad y mucha alevosía. Y sacarlos de la ciudad con los pies por delante.

En la "Relación de los alborotos de Potosí" (una carta fechada el 23 de noviembre de 1623 y enviada por los vascos potosinos a sus provincias natales del norte de España) se resume la historia del conflicto. "Ya veis que los vizcaínos tienen usurpada la plata del Cerro, y los más de ellos son azogueros que a costa de los indios peruanos la han adquirido; quitadles las piñas [de plata], joyas y haciendas, y repártase todo entre los que ayudaren a la expulsión". Esa fue la proclama de los que estaban hastiados. Cierto es que el sector más "popular" (los "soldados") pudieron recibir el acicate de algunos peninsulares pudientes de Potosí, en franca competencia económica con los vascos, aunque sin tanto poder e influencias como ellos. Esos eran los primeros que querían verlos fuera de la ciudad. Fuera del Alto Perú. Fuera del Virreinato, si era posible.

En fin... Reunidos los enemigos de los vascongados en un único contingente, "dispuesto lo más necesario, acordaron que todos se llamasen castellanos, aunque eran de diferentes naciones. Acordaron también de ponerse todos sombreros de lana de vicuña de la más encendida y cintas nácares por divisa con flecos de la misma lana delgadamente hilada para conocerse. Por estos sombreros los llamaron vicuñas".

Probablemente, lo único que confería cierta unidad a los "vicuñas" era el sombrerito de marras y su grito de "¡Viva el rey, mueran los vizcaínos!". Pues, a decir de los cronistas, esta buena gente pronto tuvo que atender numerosas riñas internas (por ejemplo, quién comandaría la conjura) que los llevaron incluso a matarse entre sí. Mientras tanto, los vascos se mofaban de ellos, llamándolos "moros blancos" (a los andaluces), "judíos traidores" (a los extremeños) y "mestizos bárbaros" (a los criollos), entre otras lindezas de similar cariz.

Finalmente, la contienda empezó. Y lo hizo con la ejecución de un valentón vasco, Juan de Urbieta, asesino impune que vivía bajo la protección del poderoso señor de Oyamune. A su puerta precisamente apareció su cadáver, acribillado a estocadas, la mañana del 8 de junio de 1622. Aquel era un mensaje claro. Los ánimos se caldearon, una cosa llevó a la otra, y así se desarrolló una seguidilla de crímenes, ataques y atentados cruzados, cada vez más brutales, y cada vez menos "disimulados".

En corto número (no superaban el centenar en total), asediados por todas partes, y ante la muerte natural de su líder, Domingo de Berazategui, muchos vascongados decidieron desplazarse a la cercana La Plata (actual Sucre), mientras que los pocos que se quedaron en Potosí se pusieron a las órdenes de Pedro de Berazategui, hermano de Domingo.

Entre sitios a enormes casas coloniales provistas de arsenales y armerías propias, batallas campales a base de arcabuzazos, intercepción de correos y de mensajes cifrados, contraseñas en euskera, encerronas y puñales en alto, amoríos, traiciones y otras historias ambientadas en las callejas oscuras de la rica Villa, 1623 vio la llegada de un nuevo corregidor, don Felipe Manrique. El hombre, un tremendo corrupto por naturaleza, logró que los "vicuñas" terminaran por abandonar Potosí y que los vascos se reapropiaran de la ciudad. Sin embargo, a finales de ese año recomenzaron los ataques de los "vicuñas", cada vez más virulentos, y los vascongados, espantados, se vieron forzados a huir. El ensañado asesinato del vizcaíno Juan Fernández de Oquendo, destrozado a cuchilladas a finales de 1623, hizo que toda la comunidad vasca del virreinato se uniera y enviara un reclamo unánime a sus comunidades de origen en el norte de España y al propio monarca español, a la sazón Felipe IV. El entonces virrey del Perú, Diego Fernández de Córdoba, tomó cartas en el asunto y logró el ajusticiamiento de 40 líderes "vicuñas" entre 1624 y 1625. El conflicto se fue apagando, no solo por los ejemplarizantes castigos, sino por el propio agotamiento de ambas facciones, de modo que se cerraron las hostilidades con un tratado y el casamiento de la hija del señor de Oyanume y el hijo de Castillo, uno de los capitanes "vicuñas" sobrevivientes.

En abril de 1625, un real decreto perdonaba a todos los "vicuñas", excepto a los que hubieran cometido delitos de sangre. A pesar de tantas paces y perdones, en los años siguientes algunos "vicuñas" continuaron cometiendo actos de vandalismo contra los vascos, y el odio entre ambos grupos duraría un siglo entero.

El 15 de marzo de 1626, los ingenios de plata de Potosí fueron destruidos por una violenta e inesperada inundación. El evento fue interpretado por muchos como un castigo divino por toda la violencia derrochada y la sangre derramada gratuitamente durante los años anteriores.

Libro. "La guerra entre vicuñas y vascongados", por Alberto Crespo.
Libro. "Potosí: Andanzas de un navarro en la guerra de las naciones", por José Mari Esparza Zabalegi.
Libro. "El espíritu emprendedor de los vascos", por Alfonso de Otazu y José Ramón Díaz de Durana.
Artículo. "La 'nación vascongada' y sus luchas en el Potosí del siglo XVII. Fuentes de estudio y estado de la cuestión", por Jurgi Kintana Goiriena. En Anuario de Estudios Americanos, tomo LIX, 1, 2002 (pp. 287-310).

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7.5.13

¿Dónde nos encuentran los libros?

¿Dónde nos encuentran los libros?

Por Sara Plaza

En un artículo reciente titulado Los peligros de la lectura, Santiago Alba Rico escribía: "[lo] importante de un libro es desde dónde se lee. Lo normal es que un libro se lea desde otro libro y que lleve a su vez a un nuevo libro". Y por un momento, en lugar de pensarme a mí misma como lectora, y preguntarme desde dónde leía yo los libros en los que me detenía, con los que caminaba, corría, cojeaba, brincaba o tropezaba, recordé la última noche que me senté al lado de mis sobrinos a leerles el cuento que había llevado conmigo. Lo releímos dos veces más, luego leímos uno de los que atesoraba entre sus manos el más pequeño y después escuchamos el que la mayor desplegó entre las suyas. Aunque cada nueva lectura íbamos leyendo y hablando en voz más baja, sus ojos y los míos estaban cada vez más abiertos. ¿Y qué decir de las manos? Las de él querían tocarlo todo, volver las hojas, avanzar más rápido, poner el libro del revés, comenzarlo por el final...; las de ella subrayaban cada palabra mientras iba pronunciándolas despacito en voz alta, se detenían si se le atragantaba alguna, y se cercioraban de no pasar más de una hoja cuando llegaban al final de la página. Mis manos jugaban con las de los dos, dibujaban sus voces y la mía, y al final cerraban todos los cuentos, estiraban un poco las sábanas y apagaban la luz.

El cuento que yo había llevado conmigo aquella noche se titula Huevos verdes con jamón, del escritor y caricaturista estadounidense ya fallecido Theodor Seuss Geisel, más conocido como Dr. Seuss. Se lo leí a mi sobrina por primera vez hace tres años, cuando ella tenía poco más de 3. En aquella ocasión creo que me pidió que se lo releyese tres o cuatro veces. No sé si lo que más le gustó fue el cuento en sí o escucharme a mí. Sus ojitos se movían de los dibujos a mi cara y me interrogaban en silencio. ¿De dónde salían aquellas voces? La una tan entusiasta, la otra tan, pero tan aburrida. ¿De dónde salían aquellas sonrisas? ¿De dónde aquel ceño arrugado? ¿De dónde salían todas aquellas palabras veloces, y de dónde los cansados noes? ¿De dónde tanta insistencia? ¿De dónde las continuas negativas?

"No le gustan, tía", me decía ella. "No, no le gustan nada", le respondía yo. Y seguíamos leyendo. "No le gustan, tía", volvía a decir. "No, no le gustan nada de nada", repetía yo. Y cuando estábamos llegando al final: "¡Los va a probar, tía!".... "¡Sí le gustaban, tía!, ¡le gustan mucho!".

Como decía, han pasado tres años desde aquella primera lectura y seguimos manteniendo prácticamente el mismo diálogo, solo que ahora son dos las voces que gritan "¡Sí le gustaban, tía!, ¡le gustan mucho!". Entre medias han habido muchos más cuentos, mi sobrina ha aprendido a leer, mi sobrino a hablar y yo, a poner distintas voces y distintas caras a los personajes de esos cuentos. Entre medias nos hemos asomado a un montón de historias, hemos llegado a ellas y hemos partido de ellas, pero en algún punto de nuestro camino lector siempre regresamos a ese kilómetro en el que nos cruzamos con el pesado de Juan Ramón.

De modo que sí, juntos hemos ido leyendo libros nuevos desde otros libros anteriores, y por alguna razón que no logro comprender del todo, esa historia de los huevos verdes con jamón se ha convertido en la puerta giratoria por la que entramos y salimos para seguir avanzando en este andar enredados con las letras.

Y es por eso, porque no entiendo del todo el porqué, por lo que después de recordar la última noche que me senté al lado de mis sobrinos a leer, me dije a mí misma que quizás debería prestar más atención a esos lugares desde los que leo. Indagar un poco en las pistas que me condujeron a ellos y en el rastro que dejaron..., en dónde me encontraron sus páginas y dónde he ido ubicando cada relato.

Si como dice Alba Rico: "[l]os libros determinan poco la realidad; más bien la secundan, la subrayan, la legalizan", buena parte de lo por leer ya ha sido andado. ¿No serán las suelas gastadas de mis zapatos un estante más de mi biblioteca?