30.4.13

Antiguas ciudades de América

Antiguas ciudades de América

Por Edgardo Civallero

Termino de revisar un pequeño volumen que encontré recientemente en un rincón de mi biblioteca: "Antiguas ciudades de América" (Buenos Aires: Emecé Editores, 1943), una selección de extractos de crónicas de viajes realizada por Emma Felce y León Benarés para la colección "Buen Aire". Y tras su lectura, no puedo resistir la tentación de copiar algunos fragmentos. Se trata de "fotografías narradas", descripciones que nos llevan a momentos históricos o lugares determinados de Sudamérica hace un siglo y poco (o más, quizás), y nos enfrentan a personajes y costumbres particulares.

He aquí, pues, lo que contaron los cronistas de ciudades como Buenos Aires, Lima, Cuzco y Montevideo.

Antiguas ciudades de América
"Los mendigos forman una plaga de la que no se ve libre la capital de los argentinos, lo mismo que la de los franceses. Siendo tan abundante todo lo necesario a la vida, y mucho más subido el precio del trabajo que en muchos otros puntos, parece que debería verse Buenos Aires exenta de aquel azote; pero la indolencia y pereza de ese pueblo explican fácilmente esta contradicción. No hablo de los mendigos comunes, tales como los ciegos y cojos, plantados en la puerta de las iglesias, y que sin cesar asaltan a los que pasan con su lamentable grito. ¡Por el amor de Dios! Tampoco hablo de los mendigos privilegiados, que con el hábito religioso y una larga alforja en el hombro izquierdo van pidiendo, en mengua de la humanidad, de puerta en puerta y por el amor de Dios, el alimento de que tal vez prive una madre a sus hijos, para con él gratificar a los buenos padres; pues lo que más me sorprendió fueron los mendigos a caballo, autorizados por la policía mendiga, y obligados de algún tiempo a esta parte a llevar un cartel en el pecho, con esta inscripción y un número. ¡En uno de ellos vi el número 85! Llevaba un poncho verde, una túnica encarnada, pantalones blancos; y en el arzón de la silla, una piel de carnero teñida de azul. Extendía un raído sombrero, en donde llovían los reales de los buenos porteños, recorriendo las calles rodeados de haces de velas de sebo, pedazos de carne, sacos de manioque, etc."

"Viaje pintoresco a las dos Américas, Asia y África", por A. D'Orbigny y J. B. Eyriés. Barcelona, 1842. "Buenos Aires antiguo (1826-1833)".

Antiguas ciudades de América
"El altar mayor [del Templo del Sol del Cuzco] (digámoslo así para darnos a entender, aunque aquellos indios no supieron poner altar) estaba al oriente, la techumbre era de madera muy alta, por que tuviese mucha corriente, la cobija fue de paja por que no alcanzaron a hacer teja. Todas las cuatro paredes del templo estaban cubiertas de arriba abajo de planchas y tablones de oro. En el testero que llamamos altar mayor tenía puesta la figura del Sol, hecha de una plancha de oro el doble más gruesa que las otras planchas que cubrían las paredes. La figura estaba hecha con su rostro en redondo y con sus rayos y llamas de fuego, todo de una pieza, ni más ni menos que la pintan los pintores. Era tan grande que tomaba todo el testero del templo, de pared a pared. No tuvieron los incas otros ídolos suyos ni ajenos con la imagen del Sol en aquel templo, ni otro ninguno, porque no adoraban otros dioses sino el Sol, aunque no falta quien diga lo contrario.

Esta figura del Sol cupo en suerte, cuando los españoles entraron en aquella ciudad, a un hombre noble, conquistador de los primeros, llamado Mancio Serra de Leguizamo, gran jugador de todos los juegos, que con ser tan grande la imagen, la jugó y perdió en una noche".

"Primera Parte de los Comentarios Reales", por el Inca Garcilaso de la Vega. Lisboa, 1609. "El Cuzco: Increíble riquezas del Templo del Sol".

Antiguas ciudades de América
"Una de las cosas que más chocan al extranjero cuando llega a Lima es el traje singular con que van las damas por las calles. Se las tomaría a primera vista por aquellos fantasmas de mujeres invisibles que los viajeros de Oriente hallan en Constantinopla y en todas las ciudades mahometanas. Las limeñas están dotadas de una grande hermosura; tienen la cara muy rolliza, lo que es una prueba bastante inequívoca de la salud que reina en un país caluroso; pero lo que más atrae a los ojos de los españoles de origen son sus pies, de una pequeñez y delicadeza notables. Usan mucho, para traje de paseo en especial, la saya y el manto. La saya es una especie de basquiña hecha de lana y seda muy fina, negra, marrón o verde, que las cubre de pies a cabeza, con una hebilla que les aprieta la cintura de modo que se demuestran todas sus formas más exactamente aún que si fuesen de escultura. Algunas damas traen la saya tan ajustada con la hebilla que cuasi les priva alargar la pierna para pasar los pequeños arroyos de las calles. El manto es una pieza de seda negra que se prende al medio del cuerpo, sube por encima de la cabeza y se envuelve por el rostro cubriéndolo enteramente, de modo que no permite ver más que un ojo. De pronto, parece imposible que se pueda conocer una dama con tal traje, pero la costumbre vence luego este inconveniente. En esto consiste el traje de paseo de todas las personas bien nacidas, y hasta de todas las clases, a excepción de los esclavos. Durante el estío las damas no llevan bajo la saya y la mantilla más que una camisa bordada y una pañoleta. Por causa de este traje se las llama tapadas".

"Viaje pintoresco a las dos Américas, Asia y África", por A. D'Orbigny y J.B. Eyriés. Barcelona, 1842. "Lima antigua. Las tapadas".

Antiguas ciudades de América
"[Los gauderios] son unos mozos nacidos en Montevideo y en los vecinos pagos. Mala camisa y peor vestido procuran encubrir con uno o dos ponchos, de que hacen cama con los sudaderos del caballo, sirviéndoles de almohada la silla. Se hacen de una guitarrita, que aprenden a tocar muy mal y a cantar desentonadamente varias coplas, que estropean, y muchas que sacan de su cabeza, que regularmente ruedan sobre amores. Se pasean a su albedrío por toda la campaña y con notable complacencia de aquellos semibárbaros colonos, comen a su costa y pasan las semanas enteras tendidos sobre un cuero, cantando y tocando. Si pierden el caballo o se lo roban, les dan otro o lo toman de la campaña enlazándolo con un cabestro muy largo que llaman rosario. [...] Muchas veces se juntan de éstos cuatro o cinco, y a veces más, con pretexto de ir al campo a divertirse, no llevando más prevención para su mantenimiento que el lazo, las bolas y un cuchillo. Se convienen un día para comer la picana de una vaca o novillo; le enlazan, derriban y, bien trincado de pies y manos, le sacan, casi vivo, casi toda la rabadilla con su cuero, y haciéndole unas picaduras por el lado de la carne la asan mal, y medio cruda se la comen, sin más aderezo que un poco de sal, si la llevan por contingencia. Otras veces matan una vaca o novillo solo por comer el matambre, que es la carne que tiene la res entre las costillas y el pellejo. Otras veces matan solamente por comer una lengua, que asan en el rescoldo. Otras se les antojan caracuces, que son los huesos que tienen tuétano, que revuelven con un palito y se alimentan de aquella admirable sustancia...".

"El Lazarillo de Ciegos Caminantes", por Alonso Carrió de la Vandera (Concolocorvo). Buenos Aires, 1908. "Gauderios".

23.4.13

A la sombra de la ceiba

A la sombra de la ceiba

Por Sara Plaza

[n]ada malo me puede pasar.
A la sombra de una ceiba,
nada malo me puede pasar.
Árbol que sostiene el mundo,
corazón de la realidad.

Así comienza Corazón de la realidad, el primer single del álbum Tucson-Habana, primer trabajo en solitario de Amparo Sánchez, editado en 2009. El tema lo escribió Joey Burns, uno de los líderes de la banda Calexico, y en él la voz de Amparo está arropada por la de Salvador Durán y la trompeta de Jacob Venezuela.

La canción continúa:

¿Cómo está tu corazón?,
pregunta el tojolabal.
¿Cómo está tu corazón?,
pregunta el tojolabal.
Él está contento hermano
si me dices que tú estás,
o partido en mil pedazos
si te vas de la realidad.

Sobre el pueblo y la lengua tojolabal se puede leer en la introducción a la tercera edición del Diccionario español-tojolabal: idioma mayense de Chiapas de Carlos Lenkersdorf:

Los tojolabales son uno de los pueblos amerindios con historia milenaria. Como parte de los mayas tienen en su historia el destacado período clásico con edificios monumentales, el gran arte y una estructura socio-política elitista. Se acabó alrededor del año 900 y los mayas continuaron su historia al edificarla desde las bases sociales. Alrededor de 1500 llegaron los conquistadores europeos para iniciar una historia de 500 años de represión, de falta de respeto, y de explotación por parte de la cultura dominante. Se destruyeron las manifestaciones visibles de la cultura, se perdió la escritura y el gran arte, se perdió la memoria de su historia prehispánica. En los museos se expone el gran arte pero difícilmente están al alcance de los pueblos mayas.

[...]Hace poco los tojolabales no sabían leer y escribir en su lengua, algunos de los hombres hablaban y escribían más o menos en español. Todo esto a consecuencia del punto de partida de la conquista y colonización. Es decir, las escuelas escaseaban. Donde las hubo la enseñanza se hizo en español que los niños no entendieron, porque en la casa y las comunidades se hablaba el tojolabal. Además, por cada palabra hablada en tojolabal en clase, el maestro cobró una multa.Tampoco existieron libros. Los existentes de los tiempos anteriores a la colonia fueron quemados en la región maya porque los frailes los consideraron llenos de idolatría. Los libros de texto en las escuelas fueron en español.

Por todo lo dicho, nos dimos cuenta que nos encontramos entre un pueblo colonizado, despojado de su cultura, y también de su tierra y de su dignidad. Sufrieron la suerte de los colonizados hasta la fecha. Así les pasó a los pueblos de los continentes subyugados por los pueblos europeos y sus seguidores. De hecho, son los mismos pasos de colonizadores que encontramos hasta la fecha. Irak es un ejemplo.

[...] No sólo hay que hablar de los libros quemados de tiempos pasados. Al llegar hace más de 30 años quisimos aprender el tojolabal, pero no hubo libros. Nada de diccionarios, libros de texto, gramáticas y maestros. La gente nos preguntó, «¿Para qué quieren aprender ese 'dialecto'? Tiene pocas palabras, no más de 300 y además nada de términos abstractos. Y miren, si van con los indios, ellos entienden el español. Les dicen una palabra y ellos contesten sí, sí. Será para ustedes una pérdida de tiempo el aprender ese dialecto».

Estas fueron las palabras de gente de Comitán, centro comercial de la región. Fueron palabras que reflejan los 500 años de vivir la situación del colonialismo sin darse cuenta. Al pueblo originario se le desconoce y no se le respeta. Por tanto, no hay razón alguna de aprender de ellos, porque de ellos, obviamente, no hay nada que aprender. Suponemos que sí hubo algunos comitecos y finqueros que más o menos hablaron el tojolabal para poder hablar con su mozos y sirvientas, pero nadie nos habló de ellos, pues seguramente no abundaron en Comitán y sus alrededores, y en consecuencia no pudimos encontrarlos para que nos enseñaran la lengua.

Ahora bien, nos referimos a la ausencia de libros, pero tenemos que hacer una excepción. Hubo libros de académicos como de Seler, Basauri, Furbee-Losee, y otros que sí publicaron obras sobre los tojolabales, pero no con los tojolabales, tampoco con el propósito de aprender o hacer aprender de ellos para recuperar su cultura y memoria. Los libros se escribieron y se publicaron a menudo en la lengua de origen de los autores y no se devolvieron a aquellos de quienes se aprendió lo que escribieron. Julia Supple representa cierta excepción al publicar el Nuevo Testamento en tojolabal para los tojolabales y bajo los auspicios de Instituto Lingüístico de Verano. El propósito, sin embargo, no fue la recuperación de la cultura tojolabal, sino la conversión al cristianismo.

En resumen, sí hubo libros, pero fueron o bien de académicos y para académicos o bien producidos con la intención proselitista occidental.

[...] No nos convencieron los bien intencionados comitecos con su sugerencia de no aprender el tojolabal. Poco después encontramos a unos tojolabales cuya comunidad estuvo dispuesta a enseñarnos el tojolabal por tres semanas, cada semana por representante distinto de la comunidad. Por supuesto no fueron maestros normalistas.

En su vida jamás enseñaron su lengua fuera de su casa a sus hijos. Pero en los primeros días nuestro maestro nos dijo: Ustedes son los primeros que vienen para aprender de nosotros. Todos los que llegan vienen a enseñarnos como si no supiéramos nada. Ahí están los médicos, los maestros, los padres, los del gobierno y todos los demás. Para todos ellos somos ignorantes.

Los tojolabales nos enseñaron según ellos hablaron y así se convirtieron en nuestros maestros y nosotros en sus alumnos. Así se produjo un cambio fundamental de la relación de nosotros con ellos. Ya no fueron los indios que no supieron nada de nada, sino para nosotros fueron los sabios que tuvieron conocimientos que nos hicieron faltan. Ellos fueron nuestros maestros y nosotros sus alumnos. Dicho de otro modo, ahora fuimos nosotros los que representamos a los ignorantes. Se produjo una situación cuya realización se esperaba por 500 años.

[...] He aquí la novedad: los tojolabales fueron nuestros maestros y nos enseñaron su lengua. Al hacerlo nos mostraron desde el principio realidades que desconocimos y que nunca pensamos encontrarlas aquí y ahora. En la primera clase empezó el maestro a enseñarnos la fecha en que empezamos nuestras clases de aprender su lengua. Es decir, nuestro maestro inició la enseñanza así como principian los textos de las estelas de la época clásica. La clase nos conectó con el tiempo maya hace mil y más años. La historia no se había olvidado, sino el énfasis en el tiempo siguió manteniéndose por más de un milenio. De este modo nuestro maestro nos sorprendió al conectarnos con tiempos pensados perdidos y ausentes. Aprender el tojolabal nos relacionó con tiempos del pasado que están presentes en la lengua. Al empezar la enseñanza de esta manera, pudimos aprender mucho más de lo que las palabras iniciales dijeron. Es decir, el tojolabal nos hace participar en una historia viva y presente desde la primera clase. Todo lo que nos faltó fue cobrar conciencia de la enseñanza que recibimos. Delante de nosotros se abrió una puerta que no nos imaginamos. Aprender, pues, el tojolabal quiere decir entrar en la historia de este pueblo.

Las sorpresas no se terminaron con las palabras iniciales. El maestro continuó con la manera como los tojolabales se saludan en el camino. El ejemplo es el encuentro entre una mujer joven y un hombre mayor. He aquí su diálogo.

La mujer: san kala tata. (Que vivas, querido tata).

El hombre responde: san kala nana. jastal ‘ay ja kiximtiki. (Que vivas, querida nana. ¿Cómo está nuestro maíz).

La mujer: lek ‘ay t’usan. (Algo bueno).

Expliquemos sólo algunos elementos del diálogo. No son familiares, pero se saludan como familiares. Es decir, entre sí los tojolabales se consideran familiares y expresan en el saludo el respeto que se tiene entre familiares. No dicen señor, señorita/señora. Entre ellos nunca se llaman así. Señores son los finqueros, la gente de la ciudad o simplemente los mandones. Entre sí se preguntan por «nuestro» maíz. Es decir el producto de la milpa no es propiedad del que la trabaja, sino que es de todos, porque la tierra es de «Nuestra Madre Tierra». Así se considera también el maíz, dádiva de Nuestra Madre Tierra que nos da por nuestro trabajo.

No sabemos si esta clase de diálogo también recuerda los tiempos del clásico, pero sí vemos cómo los tojolabales se tratan entre sí, y que el nosotros es un término de importancia con fundamento en la Madre Tierra, gracias a la cual somos una familia, nos respetamos mutuamente y compartimos los frutos de nuestro trabajo.

Con este principio de la clase, nuestro maestro nos hace recordar su historia y presenta un aspecto básico de la cosmovisión tojolabal. Su lengua, pues, no es un dialecto muy limitado sino que desde las primeras palabras nos abre la visión de su historia milenaria y el fundamento de su cosmovisión.

La última estrofa en español de Corazón de la realidad dice así:

Tus ojos de niño son rebeldía,
tus pies descalzos son mi dolor y mi verdad.

Madre de los caracoles
del mar de nuestros sueños.
Madre de los caracoles
del mar de nuestros sueños.
Cuidando la tierra,
cuidando el pueblo,
cuidando de la realidad.

Un hermoso y breve resumen de las palabras introductorias del teólogo, filósofo y lingüista alemán ya fallecido.

Ilustración de Sara Plaza.

16.4.13

Costumbres de los desiertos del norte

Costumbres de los desiertos del norte

Por Edgardo Civallero

La Misión de San Ignacio de Kadakaamán se alzaba, a principios del siglo XVIII, en el corazón de esa estrecha y desolada faja de tierra aprisionada entre las aguas, que hoy llamamos "Península de Baja California", en la costa del Pacífico. Aquel era territorio del pueblo Cochimí, una sociedad indígena de cazadores y recolectores que en principio no conocían ni la agricultura ni la ganadería ni la metalurgia. No les hacía ninguna falta, por cierto: vivían de manera sencilla y austera, como la mayoría de los pueblos nómadas, sobre todo aquellos que debieron enfrentarse cotidianamente a un entorno hostil para lograr su subsistencia diaria...

Los jesuitas de Kadakaamán compilaron minuciosamente en sus escritos muchas de las costumbres Cochimí que a sus ojos resultaban chocantes. Y debe tenerse en cuenta que los buenos padres estaban bastante curtidos en el trato con grupos y culturas asaz diversas de las suyas propias. Ocurre que los Cochimí eran verdaderamente particulares.

Lo primero que llamó la atención de los religiosos fue la "doble cosecha" de la pitaya o pitahaya, nombre que recibe la curiosa fruta de varias especies de cactáceas oriundas de América central. Se trata de una abundante cosecha estacional, un verdadero maná de alto valor nutricional que regalaba aquella tierra desértica; por ende, los Cochimí aprovechaban la época de maduración del fruto (un periodo que llamaban "meyibó", que comprendía julio y agosto y que era, para ellos, el principio de su año) para consumir la mayor cantidad posible de pitahaya. Ocurre que estas coloridas frutas tienen un interior lleno de semillas. En lugar de retirarlas mientras iban comiendo la pulpa, los Cochimí dejaban que la naturaleza hiciera su trabajo: tragaban todo sin preocuparse demasiado, y luego revisaban minuciosamente sus propios excrementos secos y extraían las semillas, con toda la paciencia del mundo. Esa era la "segunda cosecha". Las limpiaban, las almacenaban, y las iban consumiendo en cualquier otro momento, asadas a las brasas.

Otra costumbre "curiosa" que anotaron los asombrados jesuitas también tenía relación con la alimentación. Dado que en ciertos periodos del año la caza no era abundante en absoluto, se practicaba la "maroma". Se reunían varios comensales en torno a un apreciado trocito de carne (generalmente seca), se ataba este con una soguilla fina, y se iba pasando de mano en mano. El primero lo tragaba, lo dejaba dentro un rato y luego lo sacaba del estómago tirando de la cuerdecilla; el segundo hacía lo propio, y así sucesivamente, hasta que de la carne no quedaba nada.

[Estos comportamientos fueron citados por la antropóloga estadounidense Shanti Morell-Hart en su artículo "Foodway and Resilience under Apocalyptic conditions", en donde analiza cómo pueden llegar a comportarse los seres humanos que se ven forzados a afrontar condiciones de escasez extrema de recursos].

Había muchos otros rasgos destacables entre los Cochimí, incluyendo las gorras hechas de pelo humano que llevaban sus "guamas" (hechiceros, chamanes) en algunas ceremonias religiosas. En la actualidad, los Cochimí son agricultores y ganaderos de subsistencia, y viven en algunas comunidades dispersas del estado mexicano de Baja California Sur. Aquellas antiguas costumbres que asombraron a los cronistas ya son cosa del pasado. Lamentablemente, muchos de ellos han olvidado incluso el lenguaje en el que las contaban.

En el cercano desierto sonorense, al noroeste de México, vivían y viven los Tohono O'odham, "el pueblo del desierto", que muchos aún se empeñan en llamar "Papagos" (un término despectivo que les dieron sus vecinos Pima, y que significa "comedores de frijoles tépari"; es decir, "frijoleros"). Su cultura es similar a la de muchos otros pueblos de ese árido rincón del mundo, como los distintos grupos Apaches. Sin embargo, merece la pena revisar sus prácticas musicales, únicas en esa parte del mundo.

A diferencia de los pueblos vecinos, que solían armar grandes celebraciones con mucha parafernalia de ruido y danzas (ceremonias como los clásicos pow-wow), los Tohono O'odham interpretaban lo que verdaderamente podría calificarse como "música silenciosa". Las canciones de sus festividades eran acompañadas por una suerte de rascadores de madera dura de escaso sonido, algunas calabazas que oficiaban de maracas, y "tambores" hechos con cestos invertidos, que no tenían resonancia alguna y cuya pobre voz era "tragada por el desierto". La danza incluía andar a paso ligero con los pies desnudos, sin hacer apenas ruido, y levantando mucha polvareda, pues se creía que el polvo que subía al cielo formaba nubes de lluvia.

Los Tohono O'odham son hoy una nación con unos 20.000 miembros, repartidos entre los Estados Unidos (Arizona) y México (Sonora). Son agricultores y recolectores, y mantienen viva su tradicional cultura, aunque los últimos informes indican que su música, esa tan silenciosa, se está perdiendo.

Imagen. Luzi, una Tohono O'odham fotografiada por Edward Curtis hacia 1905.

9.4.13

Jugando, jugando el cuento se fue armando

Jugando, jugando el cuento se fue armando

Por Sara Plaza

Sobre su libro Niña Bonita (Caracas: Ekaré, 1994), ilustrado por la artista venezolana Rosana Faría, la escritora brasileña Ana María Machado escribía en Buenas palabras, malas palabras (Buenos Aires: Sudamericana, 1998) lo siguiente:

Este libro, para mí, surgió de un juego con mi hija, nacida de un segundo matrimonio. Su padre, de ascendencia italiana, es mucho más blanco que yo y que mi primer marido. Mis dos hijos mayores, Rodrigo y Pedro, como yo, son más morochos que Luisa. Cuando ella nació le regalaron un conejito de peluche. Luisa a los diez meses casi no tenía cabello y yo acostumbraba a ponerle una moñita en la cabeza al salir de paseo, para que no la confundieran con un varón. Como era muy blanca, jugaba con ella, haciéndola reír con el conejito que le hacía cosquillas en la barriga y le preguntaba con voz cómica: "Menina bonita do laço de fita, ¿cuál es tu secreto para ser tan blanquita?" Y con otra voz mientras ella reía, sus hermanos y yo contestábamos lo que se nos ocurría: es porque me caí en la leche, porque comí demasiado arroz, porque mi hermano me fregó con pasta de dientes, porque me echaron demasiado talco, porque me pinté con tiza, etcétera. Al fin, con otra voz más gruesa, yo decía algo como: "No, no, nada de eso. Fue su abuela italiana que le dio carne y hueso...". Sus hermanos reían mucho, ella reía y era divertido. Un día oyendo eso, su papá que es músico, dijo que teníamos casi lista una canción con ese juego. O un cuento que yo debía escribir.

Decidí hacerlo. Pero me pareció que el tema de la niña linda y rubia, Blancanieves, ya estaba muy trillado, y además no tenía que ver con mi entorno en Brasil. La transformé en una negrita, hice los cambios necesarios, la tinta negra, las uvas negras, el café y los frijoles negros, etcétera.

Sobre los dibujos que acompañaban la historia, contaba su ilustradora:

Cuando yo conocí a Ana María Machado me dijo yo quiero que este personaje sea la respuesta tropical a la Cenicienta, a la Blancanieves y a todas las rubias que conforman el panorama de las heroínas y de la belleza...

El lápiz negro fue el instrumento que me permitió llevar adelante un dibujo en el que, con un altísimo contraste yo podía dibujar una niña que fuese negra, negra, como con el color negro absoluto, pero el crayón me permite dar la luz que sacaba ese rostro de la sombra y daba los rasgos no de manera muy obvia. Y entonces sale esta niña que es de verdad una niña que está en Venezuela...

La seducción, que quizás no se considera parte del imaginario infantil, para mí era obvio y notorio que tenía que ser una niña muy sensual.

Como me dijo un autor argentino... logré iluminar con el negro: ella por contraste ilumina, aunque sea con el color más oscuro que está en la cartuchera de los crayones del colegio.

Jugando, jugando el cuento se fue armando
Y sobre las interpretaciones que se hicieron del relato, en la misma obra arriba señalada, explicaba su autora:

El libro tuvo mucho éxito y fue traducido en muchas partes del mundo, donde –por supuesto– encontré lecturas ideológicas distintas y muy variadas. En Suecia lo recomendaron especialmente a las bibliotecas públicas como un ejemplo de convivencia multicultural y pluriétnica. En Dinamarca, una funcionaria muy militante del sector de bibliotecas lo condenó y recomendó que las bibliotecas no lo compraran porque el libro sugiere que es posible que negros y blancos vivan en paz como buenos vecinos, sin que los negros luchen por sus derechos y hagan valer sus reivindicaciones de lo que la sociedad les niega.

En Estados Unidos, en un debate con docentes, una maestra pidió la palabra y alegó que era espantoso que yo tuviera el coraje de asociar en el mismo cuento a una niña negra con un conejo, cuando todos saben que el conejo es símbolo de promiscuidad sexual y de proliferación y que esa asociación era ofensiva para los negros, aunque tomando en cuenta que yo era latina y que esas cuestiones de promiscuidad no nos asustan tanto en nuestra cultura...

Quedé tan espantada con esa reacción, que en el primer momento no supe qué decir –por suerte. Porque mi silencio permitió hablar a otra maestra, de raza negra, quien me defendió frente a la primera, que era muy rubia. Contó que sus alumnos leyeron el libro y les había encantado reconocerse como bellos y dueños de un patrón de belleza envidiable, capaz de deslumbrar a su amiguito blanco.

En el norte de Brasil, encontré a una librera negra que se presentó diciendo: "Mucho gusto, yo soy la Niña Bonita". Y me contó que diez años antes, cuando era niña, leyó el libro por casualidad y comprendió que podía ser bonita y que los libros lo sabían y eran capaces de mostrarla linda. Identificó la lectura con una especie de espejo mágico, que la reflejaba y revelaba como sabía que era. Se interesó por los libros, y como no tenía dinero para comprarlos, fue a trabajar a una librería para aprovechar los momentos libres y leer todo lo que le cayera en las manos. Acababa de abrir la primera librería infantil en Amazonas.

Yo leí La niña bonita hace varios años, sentada en una sillita de una biblioteca infantil y juvenil de la ciudad de Córdoba, Argentina. Volví muchas tardes a encogerme en aquel rincón atestado de libros, y poco a poco fui copiando en un cuaderno las historias, los cuentos y las leyendas que más me gustaban. Hacia la mitad del mismo tengo anotado: Había una vez...

... una niña bonita, bien bonita.

Tenía los ojos como dos aceitunas negras, lisas y muy brillantes.

Su cabello era rizado y negro, como hecho de finas hebras de la noche. Su piel era oscura y lustrosa, más suave que la piel de la pantera cuando juega con la lluvia.

A su mamá le encantaba peinarla y a veces le hacía unas trencitas todas adornadas con cintas de colores. Y la niña bonita terminaba pareciendo una princesa de las tierras de África o un hada del Reino de la Luna....

2.4.13

Los nómadas de Irlanda

Los nómadas de Irlanda

Por Edgardo Civallero

Han sido representados en libros y películas como hábiles boxeadores a puño desnudo, hojalateros vagabundos, ladronzuelos llenos de artimañas y carniceros de caballos viejos o medio muertos. Se hacen llamar minceir, pavees o, en irlandés, lucht siúil, "el pueblo caminante". Desde fuera los han llamado peyorativamente tinkers ("caldereros, hojalateros") o knackers ("matarifes, carniceros"), o bien itinerants ("vagabundos, sin-techos") y gypsies ("gitanos"). Y, como era de esperar, han sido blanco de todos los estereotipos y prejuicios que las sociedades sedentarias se complacen en asignar a los grupos nómadas... y a todos aquellos que por alguna razón, por insignificante que sea, luzcan "diferentes".

Se trata de los Irish travellers ("viajeros irlandeses"), el grupo minoritario más importante de Irlanda, la "isla esmeralda". Son irlandeses que se separaron del camino de la sociedad dominante hace al menos un milenio y decidieron adoptar una vida vagabunda similar a la de los gitanos. Pero no son gitanos: de hecho, los auténticos romaníes los denominan didikais, un término aplicado a los hijos mestizos de gitano y payo, o a pueblos que, si bien no son étnicamente rom, llevan una vida similar (caso de los yeniches alemanes, los arumanos de los Balcanes, los mercheros españoles o los kuchi afganos).

No poseen registros escritos de su pasado; como ocurre entre muchas otras sociedades itinerantes del planeta, su historia y sus costumbres se mantienen y transmiten de generación en generación a través de la tradición oral. Ello no impide, sin embargo, que otros escriban sobre ellos. En los archivos históricos de las islas Británicas, hacia el siglo XII ya aparecen grupos etiquetados como "tynklers" o "tynkers", nómadas que al parecer mantenían una identidad propia, una organización social separada y un dialecto único. Probablemente los ataques del inglés Oliver Cromwell a Irlanda hacia 1650 buscando una suerte de "limpieza étnica" de la isla, y la terrible "Gran Hambruna" o An Gorta Mór de 1845-52 sumaron desposeídos a los campamentos de los travellers.

La vida de estos irlandeses errantes queda descrita en el conciso testimonio de uno de ellos:

Hace cincuenta años o más, la vida era diferente para nosotros los travellers. Las mujeres recogían comida y ropa vieja, e iban de puerta en puerta vendiendo flores de papel. Los hombres hacían y componían artículos de hojalata, mercaban caballos y burros, y las familias trabajaban en los campos. Vivíamos en carros con forma de barril, y podíamos ir prácticamente adonde nos apeteciese.

En efecto, hace medio siglo muchos travellers aún vivían en las mismas carretas de madera tiradas por caballos en las que se desplazaban de un lado para otro, y acampaban en tiendas (benders) hechas a base de ramas y trapos. En la actualidad usan caravanas y casas rodantes; algunos tienen casas, pero las entienden como "paradas entre viajes". En el pasado solían desempeñarse como quincalleros, caldereros, chatarreros y hojalateros, y manejaban el negocio de la compra-venta de animales (sobre todo de caballos); además, servían como mano de obra estacional en el mercado agrícola, y eran reputados músicos tradicionales. Hoy continúan vendiendo animales (especialmente perros) y encuentran ocupación en la construcción y en la reparación de automotores. Generalmente tienen negocios familiares, y se desplazan allí donde su oferta sea más requerida.

Los travellers hablan inglés y shelta, también conocido como "the cant", "gammon" o "tarri" para sus hablantes nativos. Es un criollo de gaélico irlandés e inglés que sigue reglas muy parecidas a las de otras jergas, como el lunfardo argentino: en muchas ocasiones dan vuelta las palabras o les agregan sonidos. He aquí un ejemplo del shelta:

Padre nuestro, que estás en los cielos
Our Father, who is in Heaven (inglés)
Ár n-Athair atá ar neamh (irlandés)
Mwilsha's gater, swart a manyath (shelta siglo XIX)
Our gathra, who cradgies in the manyak-norch (shelta actual)

Se calcula que en 2008 había unos 40.000 travellers en Irlanda, concentrados sobre todo en las cercanías de las áreas urbanas más importantes del país. En la vecina Gran Bretaña, en donde fueron reconocidos como grupo étnico en 2000, no existen censos oficiales que los tengan en cuenta, y dependiendo de la fuente consultada sus cifras fluctúan entre 15.000 y 300.000. Algo similar ocurre en los EE.UU.

Pocos recuerdan que entre sus filas se cuentan excelentes intérpretes de uilleann pipe (gaita irlandesa), como Johnny Doran y Paddy Keenan, y cantantes como John Reilly y Pecker Dunne. Los medios dominantes sí han ocupado sus portadas con excéntricas "bodas" travellers, con sus problemas de salud o de violencia y con sus ocupaciones en el sub-mundo del boxeo... tal y como ocurre en otros países con los gitanos u otras minorías. De hecho, la comunidad de travellers sufre una tremenda discriminación en Irlanda, según señala el Comité de Investigación del Racismo y la Xenofobia del Parlamento Europeo en uno de sus habituales –e inútiles– informes.

A pesar de todo, los Irish travellers siguen adelante. Como dice la escritora y activista traveller Nan Joyce...

For many years
Travellers took the jeers
and kept them deep inside.
"You tramp, you tinker,
you gypsie, you minger"
was all they would ever call.
But they never knew us Travellers.
No, not at all.
For we are human just like you
and we'll stand and shout our views.
For we are proud of who we are
and we'll shout it near and far.
Because God shall be one with the final say
and he'll never say the Travellers are to blame,
because we are all the same.

[Durante muchos años
los travellers recibimos burlas
y las guardamos muy adentro.
"Vagabundo, hojalatero,
gitano, asqueroso"
era todo lo que nos llamaban.
Pero nunca nos conocieron.
No, en absoluto.
Pues somos seres humanos, como tú,
y defenderemos y gritaremos nuestros puntos de vista.
Pues estamos orgullosos de quienes somos
y lo gritaremos en todo lugar.
Pues Dios tendrá la última palabra
y nunca echará la culpa a los travellers
pues somos todos iguales].

Web. Irish Traveller Movement in Britain.
Web. The Pavee Céilidh Website.
Galería de fotos de la CNN.

Imagen.