26.2.13

De cómo (des)aprendí música andina (y II)

De cómo (des)aprendí música andina (y II)

Por Edgardo Civallero

En mi turno de bitácora anterior compartía con ustedes mis aventuras y, sobre todo, mis desventuras de adolescente-recién-iniciado-al-intrincado-y-confuso-mundillo-de-la-música-andina. Para resumir un poco lo ya contado, basta decir que comencé sin saber nada, como todos los novatos, y que tras varios años de andar escuchando a (y "aprendiendo de") personajes variopintos, andar leyendo carátulas traseras de discos y CDs de música latinoamericana y andar trepándome a escenarios armado con una quena y una zampoña, seguía sin saber un cuerno acerca de lo que era la música de los Andes. Aunque, eso sí, tenía a miles y miles de mis más eficaces neuronas atiborradas de información que, según supe luego, servía para bien poco, y que podría haberse catalogado, con mucha suerte, como una mezcla rara de mentira desvergonzada, leyenda urbana, chauvinismo latinoamericano, indigenismo andino y esoterismo pachamámico.

Esta situación cambió, en parte, cuando descubrí una cosa maravillosa llamada "biblioteca pública" y comencé a echar mano de información "de verdad": libros, enciclopedias y revistas dedicadas al folklore, la antropología, la lingüística y la musicología sudamericana en general y andina en particular. Fue entonces cuando tomé conciencia de lo paupérrimo de mis saberes y de la atención indiscriminada que había dispensado a ciertos "maestros" que en realidad no merecían ni un segundo de mi tiempo. A la vez me di cuenta de que la música "andina", como cualquier otra, se desarrollaba en un contexto geográfico, étnico, histórico y cultural particular, que era indispensable conocer para entender aquello que se interpretaba cuando se rasgueaba un charango o se golpeaba un bombo. Si uno no sabía dónde quedaba Jujuy, qué era una llama o una tola o qué apariencia tenía un salar altiplánico, ¿con qué sentimiento iba a cantar la "Zamba del Lozano"?

Había llegado a un momento de mi vida en el que me carcajeaba muy irreverentemente cuando un grupo de músicos emponchados subía a un escenario y anunciaba con total solemnidad que iba a interpretar "las flautas del Imperio Inca" (fuesen cuales fuesen esas flautas, todavía no he visto a ningún grupo de "música andina" interpretarlas, y menos sobre un escenario). Resoplaba, impaciente, cuando me repetían por enésima vez la leyenda del "mancha-puto" (entiéndase "Manchaypuytu"; al parecer en aquella época no se conocía otra narración andina, ni se sabía pronunciar bien las cosas). Me "mesaba los cabellos" (en buen romance, me arrancaba los pelos a tirones) cuando oía cantar ciertos temas en "quechua" o "aymara" (tómese nota de las comillas). Pateaba, al mejor estilo Maradona, esos CDs titulados "Traditional music of the Andes" que incluían temas tan tradicionales y andinos como "Dust in the wind", "Yesterday" o "The sounds of silence". Y, en fin, abandonaba a la carrera el auditorio, la plaza o la sala en cuanto me enteraba que el próximo tema era una canción sagrada a la sagrada hoja de albahaca colocada en el sagrado sombrero tejido con la sagrada lana de la sagrada oveja.

¿Me había convertido en un insolente, un sabihondillo de tres al cuarto? Quizás. Fue mi "pecado de juventud", como dice la chacarera del argentino Raúl Carnota. Pero a través de ese proceso de negativa general, maleducada y rabiosa, me fui quitando de encima la opinión de muchas "autoridades", las creencias falsas de muchos "artistas" y las enseñanzas erróneas de muchos "maestros". Y, sobre todo, me fui librando de la mala costumbre de creer todo lo que "los sabios conocedores de la música andina" me juraban y perjuraban como cierto, generalmente mediante el uso de una razón indiscutible: "te lo digo yo...". Esto último, lo confieso, lo logré de forma totalmente desfachatada. Aún recuerdo mis descontroladas risas cuando cierto grupo de famosillos amigos míos me presentó la última adquisición de su repertorio: el tema titulado "Wambabóres kechulló". Que resultó ser "Cuando florezca el chuño", el célebre toba del grupo boliviano K'ala Marka. O mi redoblada hilaridad cuando cierto fulano que se las daba de antropólogo afirmó que el "tumi" que llevaba colgando al pescuezo, representación de la deidad lambayecana Naylamp, era nada menos que "Güira Tocha, el dios de los incas".

En fin... En aquella época dedicaba mis ratos libres a estudiar lenguas, tradiciones, costumbres, creencias, festividades, instrumentos, leyendas, cuentos... Como el viejo Sócrates, lo único que sabía era que no sabía nada, y atendiendo al dicho que señala que el saber no ocupa lugar, yo mascaba páginas, ilustraciones y tablas al ritmo de una trituradora. Me consolaba saber que, al menos, toda la música que había aprendido durante ese tiempo, ésa que interpretaba cada vez que me subía a un escenario, no necesitaba ninguna corrección. ¡Algo de todo lo que había hecho en esos años estaba bien! Esos autores y esos artistas tan famosos de los cuales yo había aprendido, con tanta carrera y tantas actuaciones a sus espaldas, no podían estar equivocados, no podían estar mintiendo al público, no podían estar interpretando tonterías...

Viví convencido de eso hasta que en 1996 volví a Argentina. Concretamente, a la provincia de Córdoba, centro neurálgico de los festivales de música folklórica argentinos.

Al mes de llegar ya estaba haciendo música. Los vientistas, como yo, eran bastante requeridos en aquella época. Tuve la suerte de sumarme a un grupo de experimentados folkloristas que conocían bastante bien las tradiciones musicales de los cuatro rumbos de mi enorme tierra. Recuerdo que en nuestro primer ensayo se les ocurrió tocar un tema del noroeste argentino, la "Chayita del vidalero". Y yo esperé al intermedio instrumental y me largué, orgulloso, con aquel recitado que tantas veces había oído en tierras europeas...

La luna bajó hasta el valle / y entró por la calle larga
con un tambor en los brazos / y una copla enamorada...

La música se detuvo y mis cuatro compañeros se me quedaron mirando, atónitos.

- ¿Y eso? – me preguntó uno.

Yo alegué que en todas las ocasiones que había escuchado "Chayita del vidalero" en Europa, ese recitado no había faltado. Y que había visto sudamericanos de todas las naciones emocionarse hasta los mocos con aquellas palabras.

- Acá, ni se te ocurra – se limitaron a advertirme. Y agregaron lo que me harían si me atrevía a "hacerme el poeta" de aquella manera: cosas que no puedo reproducir aquí pero que incluían reiterados y enérgicos puntapiés en ciertas partes sensibles de mi anatomía. Resultó ser que aquel recitado era más viejo que la bandera, y que declamarlo era sinónimo de hacer el ridículo.

De ahí en más, aquellos buenos muchachos se dedicaron a destrozar a mazazos todo lo que creía haber aprendido, musicalmente hablando, en mis "años europeos". Descubrí que no sabía tocar nada: que manejaba quenas, sikus, charangos, guitarras y bombos con el mismo "aire extranjero" con el que podía manejar unos palillos japoneses o bailar la samba brasileña. Era una especie de Eduardo Manostijeras de la instrumentación nativa. Aún recuerdo la primera vez que toqué una chacarera en el bombo ante ellos.

- Che, flaco, ¿y la chacarera cuando empieza? – me interrumpieron, tras una veintena de compases de parche y aro, aro y parche...

Me di cuenta de que cada vez que ejecutaba ritmos latinoamericanos como los había aprendido allá en el Viejo Mundo, mis compañeros terminaban, indefectiblemente, por señalar que aquello era demasiado "cuadrado", que le faltaba espíritu, garra, aire, ganas, sentimiento... En resumidas cuentas, que yo tocaba, usando una clásica frase cordobesa, "con un tremendo frío en el pecho".

Así como un día me había despojado de todos los falsos conocimientos teóricos que había adquirido sobre el folklore de mi continente natal, también me despojé de mis saberes prácticos. Y eso fue mucho más duro: todo músico sabe que quitarse "vicios" de interpretación en un instrumento es terriblemente difícil, y que cuesta mucho más corregir que partir desde cero. Ocurre que aún no se ha inventado el formateo selectivo de recuerdos. Mis buenos conmilitones musiqueros se ofrecieron, en más de una ocasión, a ayudarme a lograr tal objetivo, aunque el resultado de "un fierrazo en la cabeza", amén de la amnesia inherente a semejante procedimiento, se me antojaba un tanto peligroso.

De modo que entre vino y vino, empanada y empanada, asado y asado, y mientras iba escuchando los secretos de la construcción de instrumentos, de los golpes del bombo y los rasgueos de guitarras, de los vientos, de las danzas y los pasos de baile, de las costumbres y leyendas, yo me fui reconstruyendo como músico.

Hoy, muchos años después de todo aquel (des)aprendizaje, creo que tengo muchas más dudas que certezas. Pero no es algo que me preocupe; por el contrario, es una buena razón para seguir en la brecha, investigando, estudiando, sorprendiéndome... Sé positivamente que la música que me gusta, ésa que escucho, enseño e interpreto, es la banda sonora de un continente entero y de todas sus facetas, y que no se puede entender la una sin conocer bien el otro. Sé que hay muchas leyendas dando vueltas, mucha desinformación, pero también sé que basta con pararse en medio de una fiesta popular en cualquier rincón de las Américas (algo que está al alcance de cualquiera con cierto interés) para aprender mucho más que en cualquier curso o en cualquier libro. Y sé que, por mucho que nos quejemos, por mucho que nos disgusten, por mucho que los combatamos, siempre van a existir "maestrillos" dispuesto a contar lo primero que se les cruce por la cabeza con tal de sentir la admiración de sus discípulos.

Tal vez por eso jamás dejé de estudiar, de aprender y de revisar con ojo crítico todo lo que creía saber. Porque no quiero que nadie, nunca más, me vuelva a hacer perder el tiempo con tonterías sin sentido.

19.2.13

¿Qué adelantamos dejándonos atrás?

¿Qué adelantamos dejándonos atrás?

Por Sara Plaza

Uno de los asuntos fundamentales que recorre la obra del filósofo alemán Günther Anders (1902-1992) tiene que ver con la obsolescencia del ser humano, con su desaparición programada:

Nuestro constante objetivo es producir algo que pueda funcionar sin nosotros, que pueda arreglárselas sin nuestra asistencia, producir herramientas para las que nos volvamos superfluos y por las que nos eliminemos y "liquidemos". Eso hasta aquí y en la medida en que nos encontramos lejos de alcanzar el objetivo final no cambia nada. Lo que cuenta es la tendencia. Y su divisa es: "sin nosotros".

Busqué la cita al terminar de leer la carta de una amiga bibliotecaria estadounidense que, varios días después de haber escuchado a una colega, seguía indignada con lo manifestado por aquella: mi trabajo es enseñar a los maestros cómo enseñar a los estudiantes destrezas bibliotecológicas aguardando el día en el que los bibliotecarios se vuelvan obsoletos, los libros se vuelvan obsoletos y todo sea electrónico.

Mi amiga estaba hastiada de lo que calificó el derroche de ingenuidad y propaganda tecnológica que destilaban las palabras de su colega. Una ingenuidad y una propaganda que también existen en el campo de la enseñanza, y a las que se han sumado las voces entusiastas de algunos docentes celebrando su propia obsolescencia con la llegada de la pizarra electrónica y los ordenadores portátiles. Semejante derroche estaba íntimamente relacionado con el rechazo absoluto a poner en duda los supuestos efectos positivos (los negativos ni estaban ni se los esperaba) del desarrollo tecnológico.

Sin embargo, la tecnología no es neutral, como tampoco lo son el resto de herramientas y objetos que hemos ido introduciendo en el mundo. Y no lo son porque, en mayor o menor medida, tienen la capacidad de modificarlo. Lo explicaba muy bien Santiago Alba Rico en una entrevista de hace cuatro años. El filósofo español hablaba de los cambios que se generan al introducir en una sociedad un martillo y un ordenador. Tanto uno como otro solo permiten una serie de usos y tienen que ser utilizados de una determinada manera. La diferencia estriba en el grado de libertad que nos permite cada cual:

[E]l martillo no genera por sí solo la necesidad de ir clavando clavos allí donde no se necesita hacerlo. Con el ordenador no pasa eso. Las nuevas tecnologías no constituyen herramientas sino órganos, y es muy difícil levantarse por el mañana y decir "hoy intentaré vivir sin mi hígado o mi corazón". Ante ellos tenemos muy poca libertad, y eso no es una cuestión menor.

Continuaba diciendo que esa libertad que nos dejan las cosas es inversamente proporcional a la pereza que generan:

O sea, frente a un libro, como ante un martillo, uno debe decidir si lo abre o no, si lo usa o no lo usa. Ante la televisión, el ordenador, el teléfono móvil, casi no hay margen de elección. Yo no he visto a nadie que tenga que promover el uso de Internet o la televisión como pasa con la lectura.

Y recordaba la siguiente anécdota:

[H]ace un año estuve dando una conferencia para bibliotecarios en Cuenca y antes de la intervención habló un tipo ligado a una fundación gubernamental que decía que, al contrario de lo qué se cree, en el Estado español se lee mucho. Ante la perplejidad de la audiencia, el tipo afirmó que las estadísticas consideran un lector habitual a aquél que lee… dos libros el año. Yo le pregunté si él consideraría un espectador habitual de televisión a aquél que la encendiese dos veces el año. O dos por semana. Lo mismo pasa con Internet.

Volviendo a la colega de mi amiga, y a los argumentos con que ésta pensaba rebatir los de aquélla en la próxima oportunidad (la otra tarde estaba tan enojada que no fue capaz de abrir la boca), en su carta ya había esbozado un par de ellos: recordarle la sangre, el sufrimiento y la opresión que había en su smartphone y en su iPad, y hacer alusión a su incapacidad para observar la realidad (no digamos admirar la belleza) si no era a través de una pantalla.

En mi respuesta, además de la cita de Anders, eché mano de otra de las reflexiones del autor de, entre otros, Leer con niños y Vendrá la realidad y nos encontrará dormidos:

Estamos pidiendo al mundo que se habitúe a navegar por Internet cuando la mayoría de la humanidad no sabe aún leer ¿Por qué el libro como tal no ha agotado sus prestaciones y sus potencialidades? ¿Por qué se debe continuar reivindicando la lectura aún cuando parezca una tarea heroica e inútil? Porque nos permite una mayor libertad.

Creo que de aquí a esa próxima oportunidad a mi amiga no le van a faltar argumentos para demostrar a su colega que de esa carrera solo puede salir perdedora. Eso suponiendo que para entonces no haya sido "descalificada" (eliminada, liquidada, qué más da) por la última y obsoleta versión de ... elijan ustedes el artilugio que más les guste.

12.2.13

De cómo (des)aprendí música andina (I)

De cómo (des)aprendí música andina (I)

Por Edgardo Civallero

Confieso que cuando comencé a interesarme por la música andina (una temática que hoy, 25 años después, se ha convertido en toda una pasión) no tenía ni la más pálida idea de lo que estaba haciendo.

Supongo que la ignorancia es el territorio común desde el cual hemos partido, partimos y partiremos todos los que fuimos, somos y seremos "novatos" en algo. La curiosidad nos empuja a alcanzar un horizonte ideal de "conocimiento absoluto" al que quizás (pero solo quizás) lleguemos algún día. Pero de ocurrir, tal cosa al final no importará. Porque, aunque no seamos conscientes de ello, es en el camino -ese camino que se transita y construye día a día, libro tras libro, descubrimiento tras descubrimiento- en donde se da el verdadero aprendizaje.

Digo que desconocía prácticamente todo sobre la música andina. Afortunadamente, estaba de enhorabuena. Cuando empecé con esta afición mía por los sonidos de los Andes, yo era un pequeño inmigrante argentino que vivía en las islas Canarias de finales de los 80'. Y, en aquella época, Europa era un hervidero de artistas latinoamericanos. Podría decirse que se había formado allí una "cultura latinoamericana paralela", creada por los exiliados de finales de los 60' y los 70' y alimentada por los emigrantes de los 80'. Era más fácil escuchar a Illapu en directo, conseguir lo último de Los Kjarkas o comprar una quena Vannini en Madrid que en Santiago de Chile, La Paz o Buenos Aires. Doy fe de ello.

Había mucha actividad cultural "andina" y "latinoamericana" alrededor mío. Y yo la aproveché.

Ocurre que todo fenómeno de "explosión cultural" tiene dos caras. Y éste no iba a ser la excepción. Por el lado "positivo", el ambiente propicio que los artistas latinoamericanos encontraron en el Viejo Mundo permitió el nacimiento y/o la supervivencia de muchas formaciones emblemáticas (Inti-Illimani, Quilapayún, Takillakta, Ukamau...), de escritores y folkloristas notables, de excelentes compositores y luthiers. Lamentablemente, éstos eran los menos: la gran mayoría de lo que llegó desde allende los mares a las orillas europeas no tenía maldita idea de lo que era la cultura de su continente natal en general o su música en particular. Semejante falencia pareció importarles un cuerno: ellos se lanzaron a interpretar música... y a sentar cátedra. Fueron, por decirlo amablemente, el lado "negativo".

Hubo casos de individuos que no sabían siquiera rasguear un charango (y que en su tierra eran considerados unos torpes sin futuro) y que en Francia, Alemania o Italia se convirtieron, sin mayores trámites, en celebérrimos charanguistas. O de "compositores" que re-inventaron ritmos y estilos con siglos de historia (pero no por creativa originalidad, sino por mera y desfachatada ignorancia). O de embusteros olímpicos que grabaron temas instrumentales tradicionales dándoles otro nombre y/o agregándoles una letra horripilante para así arrogarse su autoría. En breve, puede decirse que aquello era un paraíso para los reyes tuertos en países de súbditos ciegos... Y esos súbditos ciegos no dejaban de aplaudir.

También se dio el proceso contrario (bastante surrealista, por cierto): europeos que fueron a las Américas, estuvieron allí dos o tres meses y al volver querían enseñarnos a los latinoamericanos a hablar español, explicarnos nuestra historia y nuestra cultura, darnos lecciones de cocina típica o mostrarnos el poncho "última moda" o los maravillosos instrumentos "originales indígenas" fabricados por "famosísimos luthiers" que habían comprado en alguna tienda engaña-turistas, de esas que pululan en ciertos puntos de nuestra inmensa y variopinta geografía... Incluso se dieron casos (yo conozco media docena) de europeos sin grandes destrezas musicales que, creyéndose grandes intérpretes porque en su pueblo los aplaudían mucho, fueron a Sudamérica... ¡a dar clase! (Su arrogancia fue tal que quince años más tarde sus nombres aún eran recordados, con toda la sorna del mundo, en ciertos círculos folklóricos de aquella orilla).

El ambiente era una verdadera marmita en ebullición. Y yo estaba allí, en medio.

Me interesó la música andina tras escuchar, en vivo, la actuación de cierto grupo de aficionados de las Canarias. Me dije que aquello sonaba prometedor, y empecé, pues, a buscar y a escuchar todo lo que cayera en mis inquietas zarpas. Y a leer los libretos que acompañaban los pocos álbumes originales que conseguía. Síp, pocos, pocos: aquella era la época dorada de los cassettes, esos artefactos pre-digitales que permitían, por un precio nimio y sin problemas legales, la copia doméstica de contenidos protegidos por derecho de autor (repitan conmigo, en arrobado éxtasis: "¡ohhhh!"). Las canciones que tenía la posibilidad de escuchar (gratis) aquel adolescente que fui, en aquellos viejos, buenos tiempos, llegaban a mis manos saltando de cassette en cassette, de copia en copia... Las pérdidas de calidad de sonido y de información eran brutales. Pero juro que se disfrutaban lo mismo.

Recuerdo que, tras haber oído unos 40 ó 50 "discos", yo ya creía tener cierta idea de lo que era la música andina. Había huaynos, había yaravíes, había sikureadas y tarqueadas, había unas cosas que se llamaban moxeñadas (o algo así), había solos de charango, solos de quena, solos de siku-zampoña-antara (pocos sabían explicar la diferencia), había cuecas y sanjuanitos, había una lengua llamada quechua, otra llamada aymara, y más allá, había una vasta y misteriosa terra incognita de la que no había que preocuparse mucho, pues sólo incluía rarezas como el erkencho, el waka pinkillo, el khonkhota y el kultrún. Básicamente, cosas llenas de "k" que sonaban desafinadas. (En los 90', el New Age y el auge de "lo étnico" harían de esa terra incognita su principal escenario, y de ciertos caraduras sin profesión conocida, sus descollantes estrellas. Pero para eso aún faltaba tiempo...).

Me formé oyendo a los grupos "clásicos", los que difundieron la música latinoamericana en Europa: Los Calchakis, Los Incas, Urubamba, Quilapayún, Inti-Illimani, Los Kjarkas, Raíces Incas, Alturas... Y me formé hablando con gente (profesores, monitores, colegas músicos) a la que yo idolatraba porque sabía más que yo. De vez en cuando, esos ídolos descendían al plano terrenal para regalarme algún fragmento de sus ilimitados "conocimientos". A través de tales canales supe que cuando un "indio" quería suicidarse se metía en un enorme cántaro con una flauta y tocaba y tocaba hasta volverse loco, y luego saltaba por un precipicio. O que la palabra "quena" derivaba del proto-quechua "khoana", que significaba "hueco". O que la tarka, además de un instrumento de viento, era un arma de combate en tiempos prehispánicos. O que había quenas "en La" y charangos "en Re"... Aprendí el ritmo de bombo del rasguido doble argentino y la letra en quechua del "Tinku" de Víctor Jara, y averigüé que "senqa tenqana" significaba "nariz larga" en aymara y que el pinkillo andino con tres orificios se llamaba "pinkillo trifónico".

Con semejante "acervo de conocimientos" (¿!?) en la mochila, me compré mi primera quena y mi primer siku, aprendí a hacerlos sonar decentemente y me lancé a la aventura de subirme a los escenarios a "difundir la música latinoamericana", pasando buenos ratos con amigos con intereses similares y gozando del aplauso del público, la adrenalina de las actuaciones y demás satisfacciones asociadas.

"Allá donde fueras, haz lo que vieras". Y yo lo hice. Lo que no sabía es que estaba copiando la conducta del lado "negativo" del mundillo andino.

Mi curiosidad ya no se satisfacía con los datos dispersos que salpicaban las portadas de los últimos LPs y los primeros CDs, ni con las charlas con "colegas con más sapiencia que yo", ni con los discursos de presentación que soltaban los muchos (y buenos) grupos latinoamericanos que visitaban las islas Canarias a principios de los 90' (sobre todo en el ESPAL, festival que se celebraba en mi pueblo de entonces, y que pocas veces me perdí). De modo que dejé los discos, los amigos y las actuaciones de lado y busqué "alimento" de mayor calidad para el intelecto. Fue así como empecé, muy tímidamente, a echar mano a verdaderas fuentes primarias de información: libros, diccionarios, tratados, enciclopedias y revistas especializadas de musicología, etnografía, antropología y arqueología.

Mi sorpresa fue mayúscula: la mayoría de los "conocimientos teóricos" que había adquirido pacientemente hasta aquel momento eran pura basura. Eran leyendas urbanas o inventos de gente que no tenía la menor idea de lo que decía. Y yo no sólo me había tragado semejantes barbaridades, dándolas por buenas, sino que les había dado difusión, había perpetuado tandas y tandas de absolutas incoherencias y bestialidades bochornosas. El rasguido doble no llevaba bombo, la letra del "Tinku" de Jara era un sinsentido, no había una palabra en proto-quechua para "quena" (la cual no significaba "hueco"), las tarkas jamás fueron armas, "senqa tenqana" era una voz quechua (y significaba "apoya-nariz"), las quenas "en La" estaban afinadas en SolM/Mim, el "pinkillo trifónico" era un burdo invento de ignorantes que no sabían que esa flauta se llamaba waka-pinkillo...

En aquel momento de absoluta humillación y vergüenza aprendí una lección valiosa: si uno quiere saber tiene que investigar por su cuenta. Investigar, investigar e investigar. Debe contrastar siempre los conocimientos que adquiere, y no aceptar jamás "verdades reveladas" porque lo dice Fulano, por muy "maestro" que Fulano sea. En caso de dudas, uno debería acudir directamente a la fuente original, que en el caso de la cultura popular no suele estar ni en despachos universitarios ni en las manos de ningún licenciado. En caso de que las dudas continuasen (porque la fuente original sea inaccesible y no haya manera de contrastar los datos que se poseen), lo aconsejable es que uno se calle la boca sobre el tema en cuestión. Y en todos los casos, uno debe tener en mente que, por mucho que crea saber, por muy cierto que considere su conocimiento, siempre le queda un larguísimo camino por delante.

El mío me llevó a desaprender todo lo que había engullido hasta ese momento. No sería lo único de lo que debería deshacerme: todavía me quedaban muchas sorpresas. De ellas les hablaré la próxima vez que nos encontremos por aquí.

5.2.13

La sombra de la sombra

La sombra de la sombra

Por Sara Plaza

En 1987, Carlos Fernández Liria publicaba en el diario Egin un artículo que llevaba por título Soy un fracasado, del que he extraído las líneas que siguen:

Me habría gustado vivir un mundo lleno de hombres. Hubiera querido ver a los seres humanos luchar por su felicidad, contemplarles ocupados en sí mismos, en la naturaleza, en su sociedad. Me habría gustado ser un hombre cualquiera. [...] Nací en España, una triste colonia del imperialismo yanqui, y desde entonces esa bandera de estrellitas, símbolo de todos los crímenes y magnicidios de la economía privada fue ya mi único cielo y mi único horizonte. Contemplé a la Humanidad amenazada, masacrada día a día por un poder más cruel y más ciego, más impersonal que el que antaño supusieran las fuerzas naturales: las cuentas corrientes de los que son propietarios de todas nuestras condiciones de trabajo. [...] Pero nada, por más vueltas que le doy, sólo logro ver un problema y muy poco atractivo por desgracia, un problema monótono y aburrido, intolerablemente repetitivo: la Humanidad entera está perdiendo su vida, sacrificando seis días de cada siete mientras la mitad de la población está en paro, porque esta criminal repartición del trabajo es una necesidad de la economía privada. La Humanidad entera ha dejado de ser Humanidad: la Humanidad entera vale hoy menos que un esclavo. Un esclavo era valioso porque tenía precio, porque le costaba un dinerito a su amo. Hoy, cualquier parado puede sustituir alegremente a un obrero en el más denigrante de los trabajos con la seguridad de que no ya su felicidad, ni tan siquiera su vida, vale nada, porque siempre habrá otro que le sustituya. Sí, todos recordamos con horror la sociedad de los esclavos. Esa sociedad intolerable que sin embargo era menos intolerable que ésta. Hoy en día nadie puede decidir qué fabricar, ni en qué cantidad, ni con qué ritmo, ni con cuánto trabajo. [...] Un esclavo valía muy poco. Hoy; un obrero, un ser humano, sencillamente no vale nada. Ya no hacen falta cadenas -¿para qué?- cuando todas las condiciones de su vida, son propiedad privada de otros: la tierra, el mar, las fábricas que él trabaja. ¡Que vote! ¡Que vote lo que quiera mientras no pretenda ser propietario de lo que él mismo trabaja! Esa pretensión, claro está, sería inconstitucional y, por tanto, no «democrática». [...] ¡Y somos libres! Libres para producir beneficios a los propietarios de nuestras condiciones de vida, condiciones que para ellos no son sino instrumentos de inversión en bolsa. Libres para reconocer todas nuestras capacidades en las necesidades de una crisis que no es la nuestra. Libres para reconocer nuestros problemas en un problema que no es el nuestro. Pero nada se nos prohíbe: porque nada podemos hacer cuando todas nuestras condiciones de trabajo nos han sido previamente expropiadas. Nadie nos obliga a trabajar, nada nos impide quedar en paro. Sólo se nos pide que, una vez en paro, muramos en la miseria «respetando democráticamente a los demás». Porque para este último delito –el menosprecio a nuestra tres veces santa democracia- se nos reserva un castigo peor que el látigo para el esclavo: la cárcel. [...]. No es que esté prohibido ser vasco, ser nicaragüense. Tampoco está prohibido mirar a la luna, ni escribir sobre matemáticas, ni hacer el amor, ni cantar ni descansar después del trabajo; no está prohibido nada de eso, porque todo eso es día a día extirpado de la faz de la tierra con la espontánea y natural aunque también sangrienta- lógica de la economía privada.

En 1995, aparecía Corrupción de José María Tortosa. En ella se explica por ejemplo que:

[N]ecesitamos que todo se haya convertido en mercancía (que todo tenga un precio: también los hombres, asalariados) para comprarla o venderla, necesitamos que la competencia entre empresas lleve al cálculo del coste-beneficio, que entre los costes esté el soborno o cohecho y que el objetivo sea el de la acumulación incesante de capital, es decir, que se valore el beneficio por encima de cualquier otra consideración. Esa es, al fin y al cabo, la lógica del capitalismo como sistema histórico y en algunas de sus etapas se ha podido decir que «anda barato el kilo de político», es decir, que en el mercado de la corrupción, la ley de la oferta y la demanda se ha impuesto: si aumenta la oferta, el precio baja y los políticos pueden comprarse con facilidad. Y si aumenta la demanda... hay que acabar con los competidores a golpe de dossier, linchamiento moral o desaparición física. Esa y no otra parece ser la lógica mediante la cual actúa la elite del poder". En la misma obra, también aparece la siguiente reflexión: "[E]l problema de la corrupción es que cuanta más hay, mayor probabilidad existe de que haya más, ya que puede llegar a atacar a los encargados de velar porque no la haya y puede hacer pensar a los no corruptos que, por el hecho de no serlo, pertenecen al género de los tontos por quedarse solos en «una burbuja de honradez en una viscosa corriente corrompida".

Hace un par de días Juan Carlos Monedero concluía una entrada de su blog con una frase estremecedora: "[q]uizá estamos otra vez en un momento de la historia de nuestro país donde lo honrado es que los sinvergüenzas te maltraten".

Y tres o cuatro días antes Pedro L. Angosto publicaba Gracias gentuza sabemos que lo hacéis por nosotros. En este artículo su autor retrocede en el tiempo hasta 1935, para arrancar con el escándalo del "Straperlo" (por el que una vez determinada la culpabilidad del Gobierno, éste, en manos de "la coalición antirrepublicana formada por el Partido Radical de Lerroux y la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), que dirigía Gil Robles", tuvo que dimitir), y concluye con no pocas aclaraciones del momento actual por el que atraviesa España:

Cuando un señor reparte sobres de cuentas depositadas en bancos suizos entre determinados individuos que se dedican a privatizar nuestros servicios públicos y a recortar nuestros derechos constitucionales, no lo hace para enriquecerse porque en ese caso se lo habría quedado todo. Lo hace para demostrar a los ciudadanos que la solidaridad debe ser, en momentos tan graves y críticos como estos, el motor de nuestras vidas. Tampoco el pepero que privatiza la Sanidad o la Escuela tiene en ello interés personal alguno. Sabedor de los problemas que al Erario y al propio ciudadano crea la vejez, haciendo de tripas corazón y en plena posesión de sus facultades físicas y mentales, decide en nuestro nombre, para nuestro bienestar, que no es bueno que vivamos tanto y es por ello que entrega el cuidado de nuestra salud al lucro privado. Del mismo modo, al acometer la privatización y catoliquización de la Enseñanza, no lo hace por motivos ideológicos ni pecuniarios, sino porque está científicamente demostrado que una persona bien educada es más crítica y por lo tanto sufre más al contemplar las injusticias de este mundo. Si en esos procesos, cosa perfectamente natural, se producen acumulaciones de capital en manos del individuo privatizador y del gestor de lo privatizado son daños colaterales que en ningún caso menoscaban la bondad de la decisión.

Lo señalaba recientemente Salvador López Arnal, en La vida (política española) no da sorpresas: "España, el país de todos los demonios, sigue como siempre: en manos de grandes empresarios emprendedores y creativos, las familias de casi siempre, y políticos institucionales a su servicio que dicen defender el bien público".

De nuevo la sombra de la sombra, pero no la de "un indicio manipulado" como pretende hacer creer el Sr. Rajoy a sus conciudadanos a través de una pantalla de televisión, sino la que extiende por todos los rincones un sistema económico criminal (que en el reino del Borbón, ofrece ventajosas amnistías fiscales a defraudadores, evasores y estafadores de postín) en el que corruptores y corruptos no solo no tienen que andar disimulando su condición de delincuentes, sino que pueden exhibirla con total impunidad y parecer exactamente lo que son: los que se están quedando con todo.