29.1.13

Mira lo que tengo, mira lo que hace...

Mira lo que tengo, mira lo que hago

Por Edgardo Civallero

El curso de quijada de burro (un idiófono usado en la música costeña peruana que consiste precisamente en la estructura ósea del maxilar inferior de un burro, a ser posible desprovista de todo resto orgánico y con los dientes incluidos) lucía prometedor. ¡Por fin iba a aprender a acompañar rítmicamente el festejo, ese ritmo tan alegre y popular! ¡Y cantar aquello de "no me casaré con negra ni aunque el diablo me llevara / porque tienen los ojos blancos y la bemba colorá..."!

Estaba animado y de buen humor, algo raro en mí. Mi "otro yo" interior parecía compartir the good mood, y se había pasado la mañana canturreando por lo bajo la melodía de "El alcatraz", otro festejo que aspiraba a acompañar golpeando la quijada con el puño cerrado y frotando sus dientes con un palito.

[Sí, reconozco que dicho así, sin más, suena bastante mal y crea una imagen mental que oscila entre lo estremecedor y lo repugnante... pero, ¿qué quieren que les diga? Así es como se interpreta este curioso instrumento...].

Todo iba bien. Hasta que entré al salón en donde se impartirían las clases y me senté con mis compañeros en una de las sillas que formaban un semi-círculo en torno al lugar que seguramente ocuparía nuestro profesor cuando llegara.

Mientras esperábamos, mi compañera de la izquierda abrió su mochila y sacó su quijada. Mi compañero de la derecha abrió una bolsa de plástico y sacó la suya. Y yo hice lo propio. Los tres teníamos quijadas "comunes y corrientes", de esas que se encuentran por casualidad en el campo, entre los restos semi-pútridos, semi-momificados o semi-comidos-por-los-buitres-y-los-perros del finadito de turno. Cuando la encontré, la mía aún conservaba significativos trozos de burro en ella, así que tuve que dejarla dos semanas sumergida en un estanque, otras dos a orillas de un hormiguero, otras dos dentro de una pila de estiércol de vaca, y las tres finales en agua con una dosis asesina de cloro. Tras eso se pasó dos meses oreándose al aire y al sol. Si bien tras tan largo proceso el hueso había quedado limpio y el maxilar no había perdido una sola muela, la quijada me obsequiaba de vez en cuando unos vahos con un innegable bouquet cadavérico, como si quisiera recordarme que lo que tenía entre manos pertenecía al "cementerio de los animales" de Stephen King y no a mi colección de instrumentos musicales.

Supongo que a mis compañeros de asiento les habría pasado lo mismo, porque cruzamos miradas cómplices y sonrisas ocultas que venían a decir "sí, yo también la ventilé dos horas y la bañé en perfume antes de venir".

Fue entonces cuando, cuatro puestos más allá de nosotros, un fulano colocó a sus pies una especie de estuche rectangular de madera forrado en cuero negro. Abrió sus hebillas plateadas con calculado ruido ("zip, tac", "zip, tac") y dejó al descubierto una quijada blanquita y pulida que descansaba plácidamente en un mullido lecho de terciopelo color azul marino. La sacó de allí como quien extrajera un violín armado por las manos del mismísimo Antonio Stradivari en la Cremona de 1690, y la colocó amorosamente sobre su regazo. Luego miró a su alrededor con cierto aire satisfecho y se limitó a soltar un sonido parecido a un "je-je".

Mi "otro yo", que para aquel entonces andaba ocupado desafinando cruelmente el famoso festejo "El mayoral", dejó sus ocupaciones pseudo-musicales a un lado, concentró su atención en el tipo aquel, respiró hondo un par de veces, contó hasta diez en vietnamita de atrás para adelante y luego, incapaz de contenerse por más tiempo, lanzó una interjección que me hizo sonrojar incluso a mí, acostumbrado a sus excentricidades cotidianas, y que no voy a reproducir aquí por eso del buen gusto y las buenas costumbres.

Yo, por mi parte, retrocedí varios lustros, a un momento puntual de mi infancia: estaba en mi colegio de primaria, y los dos compañeritos ricos de la clase (sí, había compañeritos ricos, menos ricos, pobres y muy pobres) exhibían las primeras radios portátiles "made in China" que llegaban al país. "Mira lo que tengo, mira lo que hace..." nos decían a los demás, restregándonos aquella novedad por las narices. Creo que lo que los llenaba de felicidad y satisfacción no era tener el nuevo "juguete", sino la cara de asombro y envidia que se nos ponía a los demás.

"Cosas de niños".

Volví al presente, y al individuo del super-estuche y la "reina de las quijadas". Como nunca falta un/a comedido/a que le dore la píldora a semejantes fulanos, la alumna que se sentaba a su derecha lanzó un gritito agudo, agitó las manos cerradas frente a su pecho (un poquito histéricamente, según apuntó mi "otro yo") y le preguntó:

- ¡¿Es una quijada Fantino, no?!

Yo podía sentir mi ceja derecha alzada dos centímetros por encima de mi ceja izquierda, en un claro gesto que los yanquis denominan "what the fuck...?" y que en nuestro colorido y multicontinental español solemos llamar "¿de-qué-carajo-están-hablando?" (así, con guiones). Mi "otro yo", desternillándose, sugería que el dueño original de la quijada sería un burro llamado Fantino. Intrigado, consulté con mi compañera de la izquierda, la de la mochila.

- Hay un "constructor" de quijadas que se llama Fantino. Dicen que es el mejor – me respondió. Acto seguido se encogió de hombros, como si quisiera despegarse de aquella afirmación, o como si le importara un cuerno lo que se dijera por ahí.

Comencé a analizar la situación. Una quijada es un producto "natural". Solo hay que limpiarla bien, y, la verdad sea dicha, no es algo que conlleve la aplicación de un arte milenario o de unas técnicas complejas. Por ende, la eficiencia musical de una quijada no se basa en la habilidad del artesano para prepararla, sino en la del músico para hacerla sonar. Ocurre lo mismo con la mayoría de los instrumentos musicales tradicionales. Una flauta no es más que una caña con bisel y agujeros, un pandero es una armazón de madera con dos parches de piel. Si están bien construidos, si no tienen defectos o vicios serios en su estructura (es decir, si la caña de la quena no está rajada, si los parches del tambor están bien tensos), su sonido dependerá muy poco de la capacidad del constructor/luthier (o de sesudos cálculos, bellos adornos, puros materiales, etc.) y muy mucho de la habilidad del músico. He visto verdaderos "palos con agujeros" vendidos a 2 dólares el kilo, sonando maravillosamente en manos de buenos quenistas. Y he sufrido quenas de 200 dólares (bambú amazónico curado durante diez años, boquilla de ébano congoleño y hueso de ala de cóndor peruano, todo ello barnizado con laca japonesa y sujeto con agarraderas de plata del Potosí) pifiando en manos de zanguangos que no sabían sostenerlas siquiera.

Ocurre que hay gente, como el Fantino de marras, que llevan el principio "hacer de su profesión un arte" a extremos que superan ampliamente las fronteras del ridículo. Este buen señor bañaba las quijadas en productos químicos extraídos de animales y plantas sagrados, las exponía a la luz de la luna llena, las pulía con hojas y raíces de árboles exóticos, les cantaba nanas antes de irse a dormir... No sé, agreguen ustedes a la lista la primera estupidez que se les ocurra, seguro que también la hacía. Probablemente el resultado era un hueso más blanco y bienoliente, pero el sonido seguiría siendo básicamente el mismo que el que produciría la quijada que yo tenía entre manos. La música popular y tradicional de todo el mundo fue hecha por pastores y campesinos que no solían disponer de muchas herramientas en sus casas y se agenciaban instrumentos como bien podían, usando los materiales e instrumentos que tenían a mano. Basta recorrer una colección museística o una muestra de instrumentos etnográficos para comprobarlo. Y esos elementos made in home tenían que durar muchos años, así que se cosían los parches rajados, se ataban las cañas rotas, se sellaban con cera los tubos de madera mellados... Quizás no fueran "bonitos", ni "perfectos", ni "profesionales", pero con ese tipo de instrumentos, humildes y llenos de remiendos, se construyó la tradición musical humana. Y, permítanme decirlo, no lo hicieron nada mal.

Pero, claro, luego surgieron Fantinos que anunciaron que no tenemos porqué seguir viviendo en el pasado si tenemos un presente magnífico y un futuro prometedor (lo cual es totalmente cierto) y que, tras aplicar lo último de la tecnología moderna a la luthèrie popular (lo cual también está "bien"), fueron un paso más allá y convirtieron lo que siempre fue algo tradicional (por ejemplo una gaita serrana madrileña, un violín rarámuri mexicano o un pinkuyllu de las tierras altas peruanas) en un objeto de super-lujo y super-última-moda, un producto "de firma".

En mi tierra natal decimos que la culpa de la mugre del chiquero [porqueriza] no la tiene el chancho [cerdo], sino quien le da de comer. Traducción de la metáfora: no existirían extravagantes Fantinos en este mundo nuestro sin una cohorte de admiradores que les compraran sus instrumentos (un problema similar al de los "maestros" ya tratado aquí). Eso en sí mismo no constituye un problema: cada cual puede hacer con su dinero lo que quiera y pueda. Sin embargo, hay fulanos en este mundo nuestro que creen que el hecho de ser afortunados poseedores de un instrumento marca "Fantino" (o "Montoto", o "Acme") los hace merecedores de la admiración y el respeto general. Pero no sólo eso: además, al parecer, les garantiza (¿mágicamente, tal vez?) un buen desempeño musical. Sólo por tener una quijada Fantino, cualquier cosa que hagan con ella, sobre ella y mediante ella será una genialidad.

Y así, poco a poco, se crea una cadena de equívocos. Los fans de Fantino imponen la marca "Fantino" entre sus colegas y en los comercios del ramo, las quijadas Fantino dominan la escena y, un buen día, tener una quijada que no sea Fantino es un pecado cuasi-mortal. Afortunadamente, siempre queda una valiente minoría de músicos con sentido común (o sin posibilidades económicas para hacerse con un instrumento marca "X") que mantienen las viejas costumbres, conscientes de que el verdadero artista sabe como arrancar sonidos a un pedazo de tubo de plástico o a un cajón de manzanas.

Finalmente llegó el profesor de quijada, nos dio las primeras instrucciones y comenzamos a tocar. Y resultó que (a) la quijada Fantino tenía, en efecto, el mismo sonido que todas las demás; y (b) que su dueño necesitaba clases urgentes e intensivas de "llevar el ritmo", como todos los demás. No había ninguna magia en la quijada Fantino. Puede que fuera la más bonita, la más maquillada, la menos apestosa. Pero nada más.

Salí de aquella clase con un par de amigos nuevos en mi lista, algunos ejercicios rítmicos para ensayar en casa con mi quijada, y la confirmación de una sospecha que cargaba dentro desde hacía algún tiempo: el ser humano tiene una capacidad única para darle importancia a lo que no la tiene y restársela a lo que la pide a gritos. Mi "otro yo", sacudiendo las caderas y haciendo palmas a puro ritmo de festejo peruano, agregó su propio aprendizaje: el síndrome de "admiración-ajena-como-combustible-del-motor-propio", me dijo, no sólo no se limita a niños en edad escolar, sino que empeora (y mucho) con la edad.

Agregó algo más sobre imbéciles que deberían comprarse una vida. Ocurre que me lo cantó, usando para ello la música del festejo "Le dije a papá" de Eva Ayllón, y, la verdad, no le entendí ni jota. Otra vez será.

21.1.13

Pequeños gestos que alimentan sonrisas

Pequeños gestos que alimentan sonrisas

Por Sara Plaza

Hace varios días coincidí en la oficina de correos de mi pueblo con una mujer mayor que venía del pueblo de al lado (bastante más pequeño y sin oficina de correos). Nada más atravesar la puerta de la oficina, ambas nos desabrochamos el abrigo y nos quitamos el gorro riéndonos la una y la otra de los malos pelos que se nos habían quedado a las dos. Mientras la atendían me fijé en sus manos, grandes y arrugadas, y en su rostro, moreno e igualmente surcado por los años. Cuando la empleada de correos se fue a buscar un papel con el que envolver el paquete que la mujer traía, volvimos a cruzar nuestra mirada e intercambiamos unas pocas palabras. Su hija estaba trabajando fuera de España y le había pedido que le mandase por correos el chocolate en polvo que acostumbraba a tomar en casa para desayunar. La mujer me comentaba que era más caro el envío que el chocolate, pero que a su hija ya no le cabía nada más en la maleta cuando se fue. Cuando la persona de correos regresó y le preguntó si su hija no podía conseguir el chocolate allí donde estaba, la mujer respondió que sí, pero que decía que no sabía igual.

[No, nada sabe igual cuando estás fuera de tu país. Cambian los sabores, los olores y los colores. Cambian las voces de las personas y los trinos de los pájaros. Cambian los horarios y los paisajes. Cambian las estaciones, las noches y los días. Cambian las costumbres y las rutinas. Cambian los saludos y las despedidas... Pero así como hay un tiempo para extrañar, existe otro para descubrir, y entre sus costuras la que va cambiando es una misma.]

De modo que allí estaba aquella madre, intentando que su hija encontrara una diferencia menos mientras tuviera que vivir fuera de su país. Cuando el paquete estuvo envuelto, la mujer sacó del bolsillo de su abrigo un sobre rasgado, lo dejó sobre el mostrador y le indicó a la empleada de correos que en el remite estaba la dirección de su hija. Entonces pensé en mis propias cartas y en las veces que alguno de mis padres estuvo parado en ese mismo lugar, sosteniendo una de ellas en la mano y esperando para enviarme un par de pastillas de turrón o una cajita de rosquillas caseras al otro lado del océano. Y sentí que además de hacérseme un nudo en la garganta, se me dibujaba una sonrisa en la cara. Con ella le dije adiós a aquella mujer añosa y con ella volví a casa recordando los trocitos de rosquillas (porque no llegó ni una entera) que compartimos con Edgardo durante algunas sobremesas de un no tan lejano verano austral.

******

Pasaban unos minutos de las dos de la tarde. Acababa de terminar la jornada escolar de los alumnos de primaria y unos poquitos volvían a casa caminando. Escribo unos poquitos porque a los más los llevan y los traen en coche, aunque estamos hablando de un pueblo chico. Uno de esos poquitos era una niña que no tendría más de cinco o seis años. Iba de la mano de su mamá, medio corriendo, medio saltando y sin dejar de hablar. Llevaba la bufanda colgando y la cartera columpiándose en la otra mano. Antes de que llegáramos a su altura, la niña interrumpió la conversación con su mamá y nos saludó con un "hola" fuerte y claro, que acompañó con un leve movimiento hacia arriba del brazo en el que hamacaba su cartera. Respondimos con el mismo saludo al tiempo que inclinábamos nuestras cabezas hacia ella y cruzábamos una sonrisa con su mamá. No habíamos dado más de tres o cuatro pasos cuando a nuestras espaldas escuchamos un alegre y sonoro "adiós". Nos giramos hacia la pequeña y esta vez fuimos nosotros los que levantamos la mano para despedirnos de un par de sonrosadas mejillas que ya masticaban las palabras con las que siguió conversando con su mamá en el punto exacto donde se había detenido: "Así no es el cuento."

Pequeños gestos que alimentan sonrisas

15.1.13

Plagios que se suceden y nos preceden

Plagios que se suceden y nos preceden

Por Sara Plaza

¿Qué autores consideras tus maestros?

Maestros son los que no podemos citar, los que hemos olvidado. Hace un tiempo escribí un poemita y luego descubrí que lo había leído años antes en Pessoa. Pessoa es un maestro. De pronto te descubres rescribiendo el Manifiesto Comunista. Marx es un maestro. O te pones a parafrasear espontáneamente La gran transformación. Polanyi es un maestro. O te sale de corrido, incluso antes de haberla leído, La obsolescencia del hombre. Gunter Anders es un maestro. Maestros –es decir– son todos aquellos que nos han plagiado por anticipado. Y esta sucesión de plagios diferenciados en un horizonte común es lo que llamamos tradición.

La pregunta es de Salvador López Arnal y la respuesta, de Santiago Alba Rico. Han sido extraídas del libro editado por el primero bajo el título Trece conversaciones político-filosóficas.

Resulta un ejercicio maravilloso hacerse esa misma pregunta, e ir trayendo hasta nuestros labios los versos, las dudas, las reflexiones, las inquietudes, los miedos y los anhelos de los que, queriendo pero sin querer, nos hemos ido apropiando. Tan nuestros los hemos hecho que el indiscutible parecido que guardan con lo señalado por otros autores no les resta un ápice de originalidad. Los tenemos tan interiorizados que no nos sonrojamos cuando nos descubrimos rescribiendo y parafraseando el relato de quienes se nos anticiparon a decir lo que hoy ya no podemos expresar de otra manera.

Quizá los hayamos olvidado y no seamos capaces de citarlos, pero los maestros siguen ahí, alumbrando las palabras que vamos dibujando en un trozo de papel, en un pedazo de sábana, en un cristal empañado, en un camino de tierra, en una vieja pizarra, en una pared desconchada o en la palma de la mano.

Se nos adelantaron, sí, pero no lo hicieron para darnos lecciones, sino porque intuían más bien todo lo que tendríamos que desandar –o volver a andar de nuevo– cada vez que intentáramos llegar demasiado lejos.

En unos días se cumplirá el tercer aniversario de la muerte de uno de esos maestros, el historiador estadounidense, Howard Zinn (24 de agosto de 1922 – 27 de enero de 2010). Leyendo hace poco la intervención del autor de La otra historia de los Estados Unidos en la Universidad de Boston el 11 de noviembre de 2009, titulada Three Holy Wars (Tres Guerras Santas/Sagradas) (1), me pasó algo parecido a lo que comentaba Santiago Alba Rico: algunas de las preguntas que vengo haciéndome sobre lo aprendido en mis años de estudiante en relación al pasado más o menos reciente de mi propio país, eran prácticamente iguales a las que el historiador lanzaba a sus oyentes sobre lo que ellos habían averiguado del suyo a su paso por las aulas. Es más, las respuestas que había ido anotando también se parecían demasiado a las que Zinn ofreció a su auditorio aquel día. Así es que concluí sin mucho esfuerzo que mis críticas ya habían sido formuladas con anterioridad y que Zinn me había enseñado lo importante que es reexaminar la historia que nos han contado en clase.

Por esas casualidades que no son tales, cuando creía tener terminada esta entrada encontré un artículo de Santiago Alba Rico, publicado originalmente en LADINAMO nº 11, que lleva por título Howard Zinn en la Habana. No he podido resistirme a incluirlo a continuación.

A los 81 años Howard Zinn visita Cuba por primera vez para supervisar los ensayos de su obra Marx en Soho y una tarde de mayo dialoga en el hotel Ambos Mundos de La Habana con una treintena de intelectuales y poetas cubanos. Zinn es un viejo hermoso de la estirpe libertaria de Thoreau y de Walt Whitman, manifiesto vivo de esa otra historia de los EEUU de la que se ha ocupado y que ha nutrido con su obra. Muy alto, muy espigado, sucinto y campestre como un pino, sólo su acusada delgadez hace difícil concebir que en su juventud, antes de ser historiador, se ganase la vida como cargador de puerto. Todo lo demás despega y se funde en el generoso trajín del sueño colectivo de los cargadores del mundo: su vigor físico, el verbo claro de su pedagogía militante, su voluntarismo veterano, esa sonrisa siempre encendida, entre tímida y avisada, del que ha aprendido más en la brega que en los libros y que sabe que lo que sabe debe enseñarlo en la palma de la mano. Desde detrás de la mesa escucha hacia delante y toma un hormiguero de notas; y responde modesto, abierto, aprendiz, intenso, insistiendo en la enorme eficacia de lo mínimo y en las colosales esperanzas de la paciencia. A una pregunta de Abel Prieto, brillante escritor y ministro de cultura de Cuba, Howard Zinn responde hablando de sus giras por pueblecitos y ciudades de provincia, apenas localizables en el mapa de los EEUU, donde a veces se reúnen cientos de personas para escucharlo: "No suelo utilizar la palabra socialismo. Les hablo de la nacionalización de la riqueza, del derecho a educación y sanidad gratuita, de la lucha contra el imperialismo, y todos aprueban con entusiasmo. Luego, a veces, les digo que eso es el socialismo y se quedan asombrados. Pero si pronunciase de entrada la palabra "socialismo" todos se asustarían y dejarían de escucharme".

Por la noche, Zinn cena en casa de Abel Prieto ensalada y pollo, acribillando a preguntas a su anfitrión sobre las elecciones cubanas, los programas de estudio y la libertad de creación; y sonríe, mientras escucha, con la ingenuidad invencible, insobornable, de un niño difícil. A los postres, le sirven un vasito de ron añejo y él hace una tímida alusión a un puro habano. El viejo Howard Zinn, el historiador del pueblo, se vuelve aún más hermoso detrás del gran cigarro que parece estar fumándoselo a él, con las mejillas ligeramente arreboladas por el alcohol y esa sonrisita limpia que ahora es abiertamente complacida. Y de pronto descabalga de su improvisada traductora de inglés y sorprende a todos con una correctísima, larguísima frase en castellano. Mentiría si dijese que Zinn dice: "el 11-M señala el principio del fin del imperio estadounidense", porque ya lo había dicho por la mañana; o si dijese que Zinn dice "nadie es neutral en un tren en marcha", que es el título de uno de sus libros más bonitos. Howard Zinn, el historiador del pueblo, dice muy despacio y muy sencillamente: "Estoy muy contento de haber venido a La Habana". Y la intérprete nos lo traduce rápidamente al inglés.

(1) "[C]uando anuncio el título, la gente suele quedarse un tanto perpleja, porque piensan que voy a hablar sobre guerras de religión. No. Me refiero a tres guerras que son sacrosantas en la historia de los Estados Unidos, tres guerras que son intocables, tres guerras que a las que no se puede criticar. [...] [E]staréis de acuerdo conmigo en que nadie critica la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. [...] La Guerra de Independencia es sagrada. [...] [L]a Guerra de Independencia, la gran guerra, independizarse de Gran Bretaña [...] A la Guerra de Independencia, uno no la critica. [...] Y luego está la Guerra Civil. ¿Han notado el silencio? Uno no critica la Guerra Civil. Y es entendible. ¿Por qué deberíamos criticar la Guerra Civil? ¿Esclavitud? ¿Libertad? No. La Guerra Civil, los esclavos liberados. ¡Abraham Lincoln! No puedes criticar la Guerra Civil. Es una buena guerra, una guerra justa. Emancipación. Y después está la Segunda Guerra Mundial. De nuevo “la buena guerra”, salvo si uno lee la historia oral de [Louise] “Studs” Terkel titulada “The Good War” [...] Cuando conectas el Canal de Historia, ¿de qué trata? “La Buena Guerra.” La Segunda Guerra Mundial. Heroísmo. [La batalla de] Iwo Jima. El día D. La generación más grandiosa [“the greatest generation”, término acuñado por Tom Brokaw]. No, la Segunda Guerra Mundial es la mejor de las guerras. [...] [E]stas tres guerras son sagradas. Y todas ellas consiguieron algo. Nadie pondría eso en duda. Quiero decir, eso es por lo que se las considera sagradas. Todas ella lograron algo: la independencia de Gran Bretaña, la libertad de los esclavos, el fin del fascismo en Europa, ¿seguro?"

8.1.13

Los "dueños" de la tradición

Los dueños de la tradición

Por Edgardo Civallero

"¡Eso no es tradición!". Ah, ¿qué sería de mi vida si no escuchara semejante exclamación al menos una vez al año? De hecho, confieso que es uno de los deseos que anoto en mi lista de "cosas que quiero hacer" cada primero de enero: "Oír ¡eso no es tradición!". No crean que se trata de una rareza mía; ocurre que ése es uno de los pocos puntos que puedo tachar como "cumplidos" cada Nochevieja. Y eso, amigos míos, causa cierta satisfacción.

Mi relación con la "tradición", palabra tan popular en su uso como poco conocida en su definición, ha sido poco menos que tormentosa. Empezó cuando me inicié en los secretos y misterios de la música latinoamericana, algo que, paradojas de la vida, ocurrió hará unos 20 años en las islas Canarias... a 12.000 kms. de América Latina (o, al menos, de la sección del continente en la cual yo había nacido). Podría haber aprendido a interpretar folklore canario, del cual hay mucho y muy bueno. Pero en aquella época los canarios eran algo puntillosos en cuanto a su patrimonio cultural, y ante el más mínimo desliz cometido sobre las cuerdas de una guitarra o de un timple se me arrojaban encima, con los caninos buscándome la carótida. "¡Así no, estás destrozando la tradición!", aullaban furibundos. Aterrorizado ante la perspectiva de verme linchado si alteraba en una semifusa el ritmo de una folía, pero aún interesado en la música, pensé en volcarme hacia los sonidos de mi propio acervo cultural; de esa forma, nadie se ofendería si improvisaba un poco, si variaba tempos o inventaba acordes. Y en efecto, así fue. O no. En realidad, cuando me escuchaban tocar malambos de las pampas y huaynos de los Andes, mis colegas grancanarios me recomendaban encarecidamente que los mejorara un poco y los transformara en algo "más escuchable". O que los modernizara. O que los fusionara...

Fue entonces cuando comencé a intuir que la tradición propia es algo intocable (y que a veces la ajena nos importa más bien poco, tirando a nada). El porqué lo descubrí años más tarde, cuando, convertido ya en investigador académico, me adentré en los laberínticos pasadizos del "conocimiento tradicional" y la "tradición oral". Hallé que aquello que consideramos como "nuestra tradición" compone el núcleo duro de nuestra identidad como personas, como miembros de un grupo humano determinado. Es un conjunto (tremendamente variable) de elementos, procesos, acciones, costumbres y creencias íntimamente asociado a la lengua (o variante lingüística) que hablamos, a nuestro lugar de origen, a nuestra historia, a nuestros recuerdos y a nuestra familia. Que alguien intente modificarla nos puede parecer un verdadero sacrilegio; es como si intentaran sacudir los cimientos de nuestra propia vida.

Sin embargo, la tradición no se mantiene inmóvil, eterna e inmutable por los siglos de los siglos. En absoluto. Si así fuera, no nos habríamos movido del Paleolítico, culturalmente hablando. La tradición evoluciona continuamente, como cualquier otro rasgo humano. Ocurre que lo hace muy lentamente: despacito, despacito, se van dejando algunas partes en el camino, se adquieren otras nuevas, se modifican algunas, se fusionan otras...

En tan importante proceso juegan un papel preponderante los "innovadores", individuos que varían el conjunto de tradiciones de un grupo, de una sociedad o de un pueblo determinado. Son los que introducen las ideas de cambio y las novedades. Siempre los hubo, en todos los momentos históricos y en todos los ámbitos geográficos. Indefectiblemente. Y siempre, indefectiblemente, sus propuestas han sido resistidas, al menos en un principio. ¿Razones? Las indicadas arriba: cuesta mucho permitir que alguien sacuda nuestros cimientos o modifique el entramado es el que se asienta nuestra vida.

Muchas de esas ideas terminan siendo rechazadas y desaparecen. Algunas, sin embargo, superan la prueba, son aceptadas y, con el paso del tiempo (a veces, de un tiempo considerable), se van integrando en la enorme madeja de nuestro patrimonio intangible. Un buen día nos encontramos con que ciertas cosas que hasta no hacía tanto habían sido repudiadas como si se tratara de herejías, ahora forman parte de nuestra cultura. Precisamente una de las condiciones requeridas para que determinado elemento sea considerado "tradicional" es que sea tomado como tal por una parte significativa de la comunidad durante un tiempo prudencial.

En el espinoso escenario de la innovación de la tradición surgen dos curiosas figuras cuya presencia parece inevitable. Una es la del personaje que modifica un rasgo tradicional (una canción, una receta, una prenda) y pretende que la novedad sea automáticamente aceptada como "tradición". La lógica de su reclamo es bastante simplista: algo que está basado en la tradición debe ser, por fuerza, tradicional. Pretende que su comunidad acepte su obra y que la incluya dentro de su acervo, con el mismo estatus (y el mismo cariño y respeto) que canciones, recetas o prendas que llevan décadas o siglos vigentes en esa sociedad. Evidentemente, tal cosa no ocurre nunca: con suerte, los innovadores ven su trabajo reconocido al final de sus días. Tal es el caso, por ejemplo, de Astor Piazzola, un gran músico argentino que le dio un tremendo vuelco al tango y que fue agriamente criticado y atacado por los cultores del "tango de siempre". Creo que antes de morir pudo ser testigo de cómo muchas academias y orquestas de tango incluían sus temas (se me ocurre el excelente "Verano porteño") en su repertorio. Hoy no se puede hablar de tango en Argentina sin incluir a Piazzola, y "Verano porteño" es uno de los "caballos de batalla" de muchos conjuntos tangueros.

La otra figura, presente en todas las sociedades de todos los rincones del planeta, es lo que yo he dado en llamar "el dueño de la tradición". Se trata de un individuo que se considera capacitado (vaya uno a saber quién lo capacitó) para juzgar y decidir qué es tradicional y qué no lo es. Es gracioso verlo oponerse a las novedades y defender una "tradición pura" y "de siempre" que en muchos casos sufrió un cambio severo durante la generación anterior y no es más que una innovación en sí misma. Más gracioso es verlo "recuperar" y "revivir" tradiciones pasadas: el resultado final, la "recuperación", es otra innovación, algo que tiene poco que ver con la tradición original perdida.

Las discusiones en estas arenas tan movedizas han sido, son y serán largas, sañudas, aburridas... y totalmente inútiles. Dejémoslos argumentar, desgañitarse, pelearse y entretenerse: a la larga, seremos todos nosotros los que, de una forma o de otra, silenciosa y anónimamente, iremos eligiendo qué rasgos de nuestra cultura mantendremos, cuáles desecharemos, cuáles recuperaremos del olvido y cuáles nos gustan más transformados.

Conservar las tradiciones es necesario: son nuestras raíces y, sin ellas, poca cosa seríamos. Pero no nos engañemos: eso que creemos "puro" y "nuestro" no es más que la adaptación de la adaptación de la adaptación de un rasgo mestizo de mil sangres y culturas que, quizás (pero solo quizás) en algún momento del pasado fue "original". Y esa tradición que hoy consideramos inviolable cambiará en un futuro cercano (nos guste o no) de la mano de innovadores que, crucemos los dedos, no pretenderán ver sus "creaciones" convertidas en "antiquísima tradición" de la noche a la mañana.

Así funciona el entramado cultural humano; de otra forma, sería algo estático, congelado, fosilizado, casi arqueológico. Y, en consecuencia, algo mortalmente aburrido. ¿O es que alguien disfrutaría de escuchar siempre la misma canción ejecutada de la misma forma, con los mismos instrumentos, en el mismo tono, o de degustar el mismo plato preparado siempre, siempre, siempre de la misma manera, sin una especia de más?