25.12.12

La rebeldía que no cesa

La rebeldía que no cesa

Por Sara Plaza

Y que nace, en buena parte, de eso que denominamos utopía, la cual, en palabras del dramaturgo Alfonso Sastre, hace referencia al "arte de posibilitar lo que es deseable y que hoy todavía se nos presenta interesadamente como imposible" (1).

Una rebeldía que se pone en marcha cada vez que dejamos de creer que lo existente, lo dado, la realidad tal y como está, es lo único que puede haber. Una rebeldía que avanza de la mano de la organización popular cuando cada uno de nosotros, por separado y junto a los demás, somos capaces de imaginar lo que aún no existe, y comenzamos a andar los caminos que verdaderamente queremos transitar: el de la emancipación, el de la justicia social, el de la dignidad, el de la libertad, el de la soberanía, el de la democracia.

Caminos que en demasiados rincones del mundo están cubiertos por la maleza, desdibujados, emborronados. Caminos que en muchos lugares se han ido cerrando al paso, privatizando, sembrando de obstáculos. Caminos que aquí y allá, pero sobre todo allá, habían sido enterrados o volados por los aires.

Por eso tenemos tanto trabajo por delante. Trabajo colectivo, trabajo creativo, trabajo compartido. Trabajo de cada cual, tuyo y mío. Trabajo con los libros y en la calle. Trabajo de sol a sol y bajo las estrellas. Trabajo de todos los días, empuñando una tiza, un lápiz, una azada, un martillo, un soplete, una cuchara, una guitarra, un fonendoscopio, una varita mágica, una escoba, un sueño, una semilla, una carretilla, una cometa, un poema, un cazamariposas, una vela, una adivinanza, un estropajo, un pico, una copa, una pala, una ilusión, una brocha, un peine, una lupa, una pancarta, un cubo, un catalejo, un hacha, un misterio, una aguja, un clavo, una brújula, una duda, un pincel, una pregunta, unas tijeras, una canción.

Herramientas e instrumentos que nos han de servir para conspirar contra el pesimismo y la inevitabilidad, para combatir el dogmatismo y el escepticismo, para desnudar la mentira y la manipulación. Que nos han de ayudar a entender, a desmitificar, a cuestionar y a debatir. Que nos tienen que alumbrar mientras vamos haciendo retroceder el miedo, y nos orientamos en medio del desconcierto, la indignación y la bronca.

Ahora, cuando nos duele lo que nos pasa. Cuando poco a poco vamos entendiendo que ese dolor tiene causas y motivos, nombre y apellidos. Cuando nos vamos dando cuenta de que cada derecho conquistado nos está siendo arrebatado para apuntalar el proceso de acumulación. Cuando caemos en la cuenta de que para ser "libres" hemos renunciando a querer cosas y, sobre todo, hemos dejado de pensar. Cuando estamos aprendiendo que las constituciones sociales han resultado insuficientes, y que es en sus limitaciones donde se encuentran algunas de las claves del progresivo desmoronamiento del proyecto de Estado social (2). Cuando con toda claridad se eleva frente a nosotros el macizo ideológico que conforman los medios masivos de información, amplificado por numerosas fundaciones y centros de estudio e investigación. Cuando los profesores dan clases en las plazas, las mareas multicolores desbordan las calles y las denuncias y las reivindicaciones hondean en sábanas blancas.

Ahora, precisamente ahora, es cuando tenemos que seguir posibilitando una revolución democrática y recordar, con Boaventura de Sousa Santos, que "la paciencia de la utopía es infinita" (3).

Ilustración de Sara Plaza.

18.12.12

De cómo nos roban las palabras

La realidad, inspiracion y mentora de nuestros gobernantes

(y de cómo nos las dejamos robar)

Por Edgardo Civallero

Desde los inicios de la historia del hombre, la agricultura fue un conjunto de técnicas a través de las cuales se lograba que la tierra pariera frutos. Era tan sencillo (y tan difícil, y tan duro) como sembrar la simiente, administrar el agua, controlar las plagas y cosechar la producción. En un momento determinado (allá en los albores de la Revolución Industrial y la emergencia del sistema capitalista), esas técnicas fueron "optimizadas" para que los campos produjeran masivamente, para reducir el embate de las pestes, para lograr "mejores" productos vegetales (más grandes, más bonitos)... Esa agricultura industrial, capitalista, de producción en masa, de disminución notable de la calidad y la variedad genética de las hortalizas, verduras y frutas, se convirtió en la "agricultura" por antonomasia, y la otra, la agricultura de siempre, la que nunca dejó de ser practicada por miles de pequeños productores, la de las huertas familiares y los sembradíos comunitarios, la de los remedios "caseros" y "naturales" para acabar con los pulgones y el mildiu, la que desarrollaron nuestros abuelos y bisabuelos y tatarabuelos y todos sus antepasados desde que el mundo es mundo y el arado es un arado, pasó a llamarse "agricultura orgánica".

En el pueblo donde vivo aún quedan muchos agricultores "tradicionales" (de hecho, los dos autores de esta bitácora somos inexpertos aprendices de sus saberes) cuyos tomates, berenjenas o patatas son catalogados, ante su completo asombro, como "orgánicos" por aquellos urbanitas de la gran ciudad que nos visitan. El asombro se debe a que mis vecinos agricultores no han variado un ápice las costumbres agrícolas heredadas de sus mayores. No han hecho nada que merezca ser tildado de "orgánico" o "natural". En sus palabras, han hecho y hacen "lo de toda la vida".

¿Por qué la agricultura de siempre ha sido "etiquetada", adjetivada, diferenciada, vista incluso como algo "exótico" y "curioso", y la industrial, esa que quema la tierra, agota los recursos, juega con la genética de las plantas, disminuye la diversidad biológica, llena de plaguicidas y otros químicos nuestros alimentos y subyuga la producción a las leyes del mercado, ha pasado a ser "la agricultura"? ¿Por qué la hoy llamada "orgánica" no es "la agricultura" y la otra no es etiquetada como "agricultura industrial", "agricultura de producción masiva", "agricultura capitalista", "agricultura de plaguicidas", "agricultura de empobrecimiento" o cualquiera del centenar de opciones que ahora mismo se me vienen a la cabeza?

Los robos de palabras no son extraños en este mundo nuestro. En realidad son una práctica habitual, casi necesaria para la supervivencia del nocivo statu quo en el que vivimos. Porque las palabras, los términos que usamos o nos hacen usar (aunque nadie nos obliga a hacerlo, por cierto) para designar y definir las cosas, construyen nuestra comprensión del universo. Nos quitan vocablos, les dan otro significado y nos los venden como "los de siempre", modificando así nuestro entendimiento de la realidad. Llamamos "democracia" a algo que claramente no lo es: basta con analizar los regímenes desequilibrados e injustos bajo los cuales vivimos. Pero ¿quién nos convence de lo contrario, si por el mero hecho de haber repetido hasta la saciedad que vivimos "en democracia" ya creemos que nuestros destinos como ciudadanos están en manos de un "gobierno del pueblo"? Llamamos "libertad", "independencia", "justicia" y "educación" a cosas que distan mucho de lo que deberían ser, de lo que fueron alguna vez... Pero el vocablo oculta la realidad, y pocas veces vamos más allá de la mera palabra. ¿Es "leche" lo que bebemos con el desayuno matutino, simplemente porque lo dice el envase? ¿O quizás sea leche lo que ordeña todas las mañanas mi vecino el pastor, y lo que nos venden en el supermercado es en realidad un triste sucedáneo diluido en agua y "enriquecido" con media docena de porquerías químicas?

¿Cuándo nos dejamos robar los viejos y queridos términos que designan las cosas que siempre conocimos? ¿Por qué permitimos que nos los robaran? ¿Y por qué no hacemos algo para recuperarlos? Algunos están en eso. En las ciudades españolas, muchos manifestantes indignados por las políticas nefastas de sus gobernantes repiten a voz en pecho "lo llaman democracia y no lo es". Saben que han sido estafados, que les han vendido gato por liebre, y se niegan rotundamente a seguir aceptando la patraña. Muchos otros se sacuden docenas de otros conceptos que han sido acuñados o claramente manipulados para mantenernos callados, para convencernos de que debemos vivir como a ellos les interesa que vivamos... Basta con plantarse ante una palabra en concreto, cualquiera de ellas, y recordar (o pedir que nos ayuden a recordar) lo que solía significar hasta no hace tanto, o en su origen. ¿Es esto "un tomate", es esto "información", es esto "solidaridad"?

Nos llevaremos grandes sorpresas. Y descubriremos que, aunque no lo hayamos notado hasta ahora, solemos vivir con una venda en los ojos, una mordaza en la boca, y conducidos de aquí para allá como si fuésemos caballerizas.

11.12.12

La realidad, inspiración y mentora de nuestros gobernantes

La realidad, inspiración y mentora de nuestros gobernantes

Por Sara Plaza

Cuenta el presidente del Gobierno español que es ella la que le obliga a tomar las decisiones que toma, la misma que le impide cumplir su programa electoral. Cuenta el monarca del reino de España que es la realidad la que no le deja dormir, la que desde fuera se ve mejor y desde dentro da ganas de llorar.

¿Sabrán el actual presidente del gobierno y el jefe de Estado del Reino de España quién fue Paulo Freire? ¿Habrán leído alguno de sus libros? ¿Conocerán su trabajo? ¿Lo que denunciaba? ¿Lo que defendía? ¿Por lo que luchaba? Tengo mis dudas. En parte, porque cuando yo estudié Magisterio ni uno solo de mis profesores mencionó el nombre del educador brasileño, lo que me lleva a pensar que sus enseñanzas figurarían aún menos en los planes de estudio de otras facultades. Pero sobre todo por esa insistencia enfermiza de nuestros gobernantes en echarle la culpa a la realidad de las medidas que sancionan.

Un empeño que les lleva a intentar convencernos de que ahí fuera hay una realidad independiente y soberana, perversa y caprichosa, que les ha impedido acabar con los desahucios y forzado a priorizar el pago de la deuda. Y que por eso mismo acaban de aprobar unos presupuestos en los que 1 de cada 4 euros irá destinado a pagar los intereses de la misma (la cual procede, en gran medida, de créditos contraídos para sanear la situación bancaria española).

Una realidad que les ha obligado a imponer multas de 500 euros por manifestarse pacíficamente en la capital, y a indultar recientemente a un ex alto cargo de la Generalitat, a un empresario y a cuatro mossos, condenados los dos primeros por fraude y malversación de fondos, y por tortura (se dice pronto) los otros.

Una realidad que les fuerza a vulnerar el derecho a la tutela judicial efectiva y a defender "absolutamente" la actuación policial y las cargas contra los manifestantes.

Una realidad que les exige promover una amnistía fiscal, y declararse impotentes para luchar contra el fraude fiscal, al tiempo que no les deja más opción que encarcelar al denunciante de 3.000 evasores.

Una realidad que les presiona para que sufraguen estudios con la firma de supuestos "expertos" en los que quede "demostrado" (aunque sea falso) que los servicios públicos y el sistema público de pensiones son insostenibles, a la vez que siembran de obstáculos el acceso a la universidad pública.

Una realidad que les reclama defender y proteger los privilegios de los "patriotas" del IBEX que utilizan paraísos fiscales para no pagar impuestos en España, y les demanda ceder la gestión del agua y de los hospitales a manos privadas.

¿A quién pretenden engañar?

La realidad no es así o asá, sino que está como está, fundamentalmente por haberse puesto en práctica esas y otras políticas de similar calado. Y está como está porque estando así, y no de otra manera, es como mejor sirve a determinados intereses, que desde luego no son los de la mayoría de los ciudadanos.

Porque estando así, y no de otra manera, es como mejor sirve para seguir trasvasando dinero público a la banca.

Porque estando así, y no de otra manera, es como mejor sirve para bajar los salarios, aumentar la edad de jubilación, empeorar las condiciones de trabajo y facilitar el despido.

Porque estando así, y no de otra manera, es como mejor sirve para que los torturadores, especuladores, los corruptos y los evasores sienten cátedra.

Porque estando así, y no de otra manera, es como mejor sirve para acuñar nuevos términos como flexiseguridad, apartheid sanitario o copago/repago en justicia y sanidad.

Porque estando así, y no de otra manera, es como mejor sirve para cerrar centros de salud, colegios y bibliotecas.

Porque estando así, y no de otra manera, es como mejor sirve para que miles de jóvenes hagan la maleta y otros tantos no puedan matricularse en la universidad.

Porque estando así, y no de otra manera, es como mejor sirve para incluir como delito de atentado contra la autoridad la resistencia pasiva e introducir la cadena perpetua revisable.

Porque estando así, y no de otra manera, es como mejor sirve para que crezcan las desigualdades sociales y aumente la pobreza.

Porque estando así, y no de otra manera, es como mejor sirve para meternos el miedo en el cuerpo, para impedir que salgamos a la calle, que desobedezcamos, que denunciemos, que nos organicemos.

Porque estando así, y no de otra manera, es como mejor sirve para instalar un estado de excepción y suspender muchas libertades.

Porque estando así, y no de otra manera, es como mejor sirve para convertir a los sujetos de derecho en objetos de sospecha.

Así es que, por favor, ahórrennos tanta desfachatez cada vez que mienten sobre la realidad o la manipulan a su antojo. Ahórrennos tanta desvergüenza cada vez que se permiten decirnos lo que nos conviene y lo que no, o mejor dicho, que lo que les conviene a ustedes es lo mejor para todos. Ahórrennos tanta soberbia y tanta ignorancia cada vez que abren la boca. Y por favor, tengan a bien dejar de escribir sus memorias cuando cesen en el cargo, que ya tenemos suficiente información de sus dichos y desdichos en las hemerotecas.

5.12.12

El "maestro" de la tradición

El maestro de la tradición

Por Edgardo Civallero

— ¡Acabo de hacer un curso bru-tal de siega con hoz...! — me suelta, así, sin anestesia, alguien a quién acabo de conocer.

Enfrentado a semejante tarjeta de presentación (con exclamación y separación silábico-enfática incluidas), una afirmación que no busca más que la admiración febril y el envidioso babeo de los que lo ignoramos todo sobre la siega con hoz, ¿qué puede uno decir?

— ¿Ajá? — atino a responder, totalmente desarmado.

— Pues sí. Lo dictó el mejor maestro de siega con hoz, que...

En ese preciso momento pulso un útil botón de "pause" con el que mi cerebro vino equipado de fábrica, rebobino la cinta y empiezo a prestar verdadera atención a lo que hasta ahora he estado escuchando pasivamente.

Hasta donde soy capaz de atisbar, en la actualidad se dictan cursos de siega con hoz. Entiendo que la afirmación será extensible a muchos otros rasgos de la cultura tradicional que hasta no hace tanto se transmitían oralmente (y, por lo general, gratuitamente): esos que el padre enseñaba al hijo, la madre a la hija, el abuelo al nieto, la tía a la sobrina, la suegra a la nuera, el hermano mayor al menor... Son una serie de destrezas que solían conformar el acervo cultural básico de cualquier persona y el patrimonio intangible de una sociedad y un pueblo: segar con hoz, trenzar el esparto o la pita, ordeñar una vaca, esquilar una llama o una oveja, podar los frutales... Eran (y siguen siendo, en muchos puntos de este enorme y variado planeta nuestro) actividades necesarias para la supervivencia propia y para el bienestar familiar y comunal. Y por esa misma razón, nadie en su sano juicio asistiría a un curso pago para aprender eso. Quizás en el caso de algunos trabajos manuales o artísticos muy especializados habría que pagar algo por recibir entrenamiento o formación detallada, pero... No, definitivamente eso no ocurriría en una sociedad en la que la cultura tradicional siguiese viva y los canales de transmisión oral siguiesen activos.

Pero, claro, ya no vivimos en una de esas sociedades. Al menos, mi interlocutor, claramente, no lo hace. Probablemente sea un urbanita interesado en eso que ahora dan en llamar "neo-agricultura" ("el campo" de siempre) y que hasta el momento no ha tenido demasiado contacto con un bosque, un prado o un corral de verdad. Un urbanita que vive, como tantos de nosotros, en una sociedad citadina, moderna y globalizada con tradición escasa, memoria nula, transmisión oral ausente y cultura convertida en un bien de consumo más. Alguien que, si quiere conocimiento tradicional, tiene que comprarlo en un curso.

— Espera, espera... — lo interrumpo. Si voy a escuchar una perorata de ese individuo, al menos quiero sacarle algún partido. Tema para una entrada de blog, por ejemplo. — ¡¿Un curso de siega con hoz?!

— Sí, sí...

— Ah, ya entiendo... Es que en la gran ciudad las únicas hoces que se ven son las que aparecen en las banderas comunistas — bromeo. "Y de esas tampoco se ven muchas últimamente", farfulla mi otro yo, un animal sarcástico al que mantengo amordazado dentro mío para que no incordie demasiado.

— No, si yo soy de pueblo. De hecho, mi padre sigue segando con hoz. Le enseñó mi abuelo, y a él el suyo...

Mi cara tiene que ser un espectáculo, estoy seguro. Puedo sentir mi boca abierta y el peso de mi quijada colgando, inerte y atónita. Y a mi otro yo masticando pecaminosas interjecciones que vienen a señalar, en resumidas cuentas, que aquel fulano es un absoluto imbécil.

— Perdón, pero... si tu padre aún lo hace, ¿para qué fuiste a un curso?

— Es que ahora vivo en la ciudad, e ir al pueblo a que mi padre me enseñe me da pereza. En cambio, el centro cultural me queda a tres calles y...

— Claro, claro... — Silencio a mi otro yo con esas razones, que no serán lo que se dice "de peso" pero son medianamente aceptables. La conversación continúa.

— Además, el curso al que fui lo dio el mejor maestro de siega con hoz, que...

— Espera, espera... — vuelvo a interrumpir. — ¿Es que hay "mejores maestros de siega con hoz" en este país?

"Sí, los hay, y yo fui uno de sus alumnos", responde la mirada brillante, el pecho henchido de orgullo, la sonrisa embelesada y el asentimiento mudo de mi interlocutor. Siento que se me revuelven las entrañas y que mis humores internos se desvían de su curso natural y se mezclan. Mala cosa, dirían los antiguos médicos. La hiel en el gaznate y la sangre en los ojos no pronostican nada bueno para la salud.

Esos "maestros" de los que me habla este individuo que tengo enfrente no son una de esas personas que, conocedoras de cierta destreza, la enseñan sin más (cobrando por ello o no), tal y como la aprendieron de otros o la inventaron ellas mismas: la cocinera que dicta la receta de un postre, el panadero que revela el truco de un producto más esponjoso, el agricultor que enseña los ritmos lunares o el carpintero que explica el proceso de secado de la madera recién cortada. No, no se trata de esos admirados "artesanos" (así etiqueta hoy nuestra sociedad urbana a cualquiera que haga cosas que hasta hace treinta años sabían hacer todos nuestros antepasados y que hoy, para nosotros sus descendientes, son todo un misterio).

Tampoco se trata de alguien que, merced a determinadas cualidades o habilidades personales, es depositario de una parte significativa del acervo cultural de su gente: el herrero de la villa, el luthier de la comarca, la mejor cantora de la región, el poeta más memorioso... (Estos, en la escala de clasificación urbana, suelen ser tratados de "artistas").

Ni siquiera hablamos de esos que yo llamo "bibliotecas vivientes", verdaderos tesoros que recopilan en su memoria la práctica totalidad del saber, la historia y los recuerdos de su pueblo. En determinado momento, estas maravillas caminantes sienten que ha llegado la hora de transmitir sus conocimientos sin dilación porque, de lo contrario, todo lo que atesoran (fruto del paciente trabajo de muchas otras "bibliotecas vivientes" pretéritas) corre el riesgo de perderse. Y entonces lo enseñan, sin mayores pretensiones que lograr que lo que explican o narran sea recordado y transmitido en el futuro.

No, mi interlocutor no se refiere a ninguno de ellos, hombres y mujeres que merecen y reciben toda nuestra (pequeña o gran) admiración. Habla, yo lo sé, de los modernos "maestros" de la tradición. Estos personajes son individuos bienintencionados que empiezan sus meteóricas carreras interesándose y recolectando un determinado fragmento del patrimonio intangible de su sociedad. A veces, sintiéndose "poca cosa", inflan un poco su labor aseverando que están "recuperando" o "salvando del olvido" una joya cultural (mi otro yo se carcajea roncamente, porque tiene la mala costumbre de desconfiar de las grandilocuencias; los verdaderos hacedores de cosas, afirma en un siseo, no anuncian a bombo y platillo lo que van a hacer ni se jactan de lo que han hecho).

Recogida, "salvaguardada" y aprendida la tradición –en este caso que nos ocupa, la siega con hoz– se dirigen a la ciudad más cercana (en donde este tema de la cultura tradicional y la transmisión oral, como queda dicho, es algo desconocido y, por ende, resulta bastante exótico) y plantean un curso: "Siega con hoz". En realidad, gracias a propuestas de ese tipo muchos urbanitas hemos aprendido cosas que, de otra forma, hubiésemos ignorado por los siglos de los siglos (por ejemplo, que los tomates nacen de una planta y no de un cajón de madera). Pero ocurre que tras varios cursos y talleres, este individuo del que hablo (al que no le niego excelente cualidades docentes) comienza a recibir felicitaciones, y alguna que otra invitación a aparecer en la radio o en la tele o a escribir en una revista, e incluso, ¿por qué no?, la oferta de preparar un libro sobre la siega con hoz... Y a este personaje, que no es más que un simple eslabón de la cadena natural de transmisión cultural, y que no ha hecho nada que no hayan hecho ya millones como él durante los cien milenios que llevamos vivos como especie, el asunto de la admiración ajena le gusta. Le sienta bien el trato preferencial, le encanta que lo aplaudan. Y cuando alguien, en un inesperado rapto de arrobamiento, le espeta eso de "¡es usted un maestro!", va y se lo cree.

Et voilà! Es entonces cuando empiezan los verdaderos problemas.

Porque el "maestro" de siega con hoz se siente "más" que el resto de la humanidad segadora, y "mucho más" que el de los humanos no-segadores. Y empieza a sentar cátedra, porque su saber es "mejor" que los demás saberes sobre siegas. Y comienza a mirar de soslayo (casi con desprecio) al campesino que toda la vida segó con hoz, porque, según él, ésas no son formas de segar: esos "inexpertos hombres de campo" tendrían que hacer un curso con él para que aprendieran a trabajar decentemente, e incluso con cierto arte. No en vano él es "el maestro".

Y comienza a "mejorar" la técnica de la siega con hoz, e inventa nuevos diseños de herramientas (más resistentes, más aerodinámicas) y movimientos más osados y artísticos de la mano. Y "fusiona" las técnicas de siega locales con las del país de al lado, y con las de otro país que está tres países más allá en el planisferio. Y es invitado a segar en el extranjero, y allí dicta conferencias y lo aplauden a rabiar... o como sea que aplaudan los extranjeros. Y cobra más caro por sus cursos, porque los dicta él, que es el "maestro" y además es hombre "viajado" y que ha creado cosas nuevas.

Y los adeptos que lo siguen y admiran hacen correr la voz de que si uno no aprende a segar con él es un pobre infeliz que no sabe segar. Y los nuevos conversos en esa religión de la siega, admirados por las habilidades de los viejos creyentes y temerosos de la ira divina, se dirigen solícitos a aprender el nuevo credo con el nuevo dios de las hoces y los pastizales... sobre todo porque no es cuestión de que en el "ambiente" los consideren unos infelices.

Y el "maestro" llega al punto de reclamar derechos de autor por la siega, y acusa a los campesinos del planeta de "competencia desleal" por estar enseñando a sus descendientes lo que sólo deberían enseñar él y su círculo de colaboradores más fiables. Y de no parársele los pies, los buenos ciudadanos de este mundo inquieto nos encontramos, una mañana cualquiera, con una enciclopedia oficial de la siega (en papel y digital) y una Academia Internacional de la Siega que emite títulos bilingües inglés-español de licenciado y doctorado en siega, válidos para Europa, África del sur y las tres Américas.

Doy al botón de "play" en el interior de mi cabeza e intento escapar como sea de aquella conversación, no vaya a ser que mi otro yo le meta candela a la mecha del cóctel molotov que se me ha armado en el estómago, y termine vomitando alguna opinión visceral de las mías.

— Sí, hombre, éste es el mejor maestro de siega con hoz — está diciendo mi interlocutor. — Si quieres aprender de verdad, tienes que estudiar con él.

— Lo tendré en cuenta — respondo, con los dientes apretando a duras penas un muy castizo "pero ¿tú eres tonto o te lo haces?".

Huyo del neo-segador iluminado, mientras lamento para mis adentros que la cultura tradicional de transmisión oral se haya convertido en eso: el circo de unos pocos tuertos que reinan en un país de ciegos. Y es en ese momento cuando mi otro yo se libera de su mordaza y me ensordece con sus gritos, apelando a mi sentido común. Y me dice que "eso" no es la tradición; que la tradición sigue donde siempre estuvo, y que continúa fluyendo por los canales por los que siempre se manejó. Me informa sumariamente que todos aquellos que de verdad recogen y transmiten los rasgos más queridos (y más desprotegidos) de su cultura y su identidad lo hacen de forma cuidadosa y respetuosa, sabedores de que no es un negocio, ni un asunto de aplausos o de maestros y alumnos, ni cosa de títulos o protagonismos. Y concluye opinando que siempre tiene que haber algún payaso que amenice la fiesta con sus gracias. Pero que, a la hora de la verdad, la historia demuestra que los que buscan su minuto de fama tienen exactamente eso. Un minuto. Nada más.

Serán solo un suspiro, me susurra mi otro yo; una gota de agua en el inmenso océano de una memoria colectiva que lleva siglos creando, recordando... y olvidando. Una memoria, dicho sea de paso, que es de todos, porque todos la disfrutamos, y que por eso mismo no pertenece a nadie.

No puedo evitar darle la razón a mi otro yo, siempre tan certero en sus observaciones. Antes de volver a amordazarlo, aún tiene tiempo de aconsejar que dejemos que los seguidores ciegos sigan aplaudiendo a sus tuertos Mesías, porque siempre que seamos conscientes de que eso ni es cultura ni tradición sino solo un show, el resto de nosotros no corre ningún peligro y tiene la diversión garantizada.

Nota: Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia... a no ser que los amables lectores cambien "siega con hoz" por otras actividades tradicionales de España y las Américas. Entonces empezarán a encontrar parecidos sorprendentes que pueden (pero solo "pueden") no ser meras e ingenuas coincidencias.