26.11.12

El tiempo de los membrillos

El tiempo de los membrillos

Por Sara Plaza

Hace algunos años, una amiga me contó muy sonriente que acababa de comprarse una casa en su pueblo natal en la provincia de Córdoba. Lo que mi amiga me dijo exactamente fue que se había comprado un limonero con una casa porque, insistió feliz, no se trataba de una casa con limonero sino de un limonero con casa. Cuando la visité algún tiempo después y nos sentamos juntas a la sombra de aquel hermoso árbol me di cuenta de que en ese patio alfombrado de limones se detenía el mundo y seguía latiendo despacito la vida.

Anoche, releyendo Obabakoak de Bernardo Atxaga, me acordé de mi amiga y del limonero al llegar a la segunda parte del relato titulado Saldría todas las noches a pasear, cuando es Marie la que explica:

...como estaba diciendo, el abuelo solía llevar la cinta métrica, y era para medir el crecimiento de las plantas, y un día medíamos la alfalfa y otro día medíamos el trébol, y como el abuelo es muy viejo pues era yo la que se arrodillaba y ponía el cero de la cinta justo a ras de tierra, y entonces el abuelo hacía sus cálculos, y decía:

-Podemos estar tranquilos, Marie. Estas plantas han crecido siete milímetros desde ayer. El mundo sigue vivo.

A mí me daba mucha alegría escuchar aquellas palabras del abuelo, y a menudo me entraba la risa, y sobre todo un día me reí muchísimo, porque estábamos los cuatro en un campo de esa hierba tan rica que se llama alholva, midiendo, claro, y en eso que va Kent, alarga el cuello, y se come un manojo entero de alholva, justo el manojo que nosotros teníamos señalado con hilo blanco, porque, claro, nosotros medíamos un planta y luego le atábamos un hilo blanco, como señal, para saber cuál era la planta que debíamos mirar al día siguiente. Y el abuelo se enfadó con Kent, y le dijo que ya era hora de que aprendiera a ser respetuoso con su trabajo, y que si no aprendía le iba a quitar toda la dentadura. Pero apenas si le duró el enfado, porque Kent era un caballo muy bueno, buenísimo, y cuando le reñíamos se ponía muy triste, muy triste, y te miraba con sus ojos grandes, y entonces nosotros le perdonábamos todo.

El tiempo de los membrillos
A principios de este mes de noviembre que está terminando, recogí los primeros frutos del membrillo. El membrillo está situado a continuación de los frambuesos, un poco por debajo de la hilera que forman los cuatro manzanos, los tres perales y los tres guindos, y un poco más arriba de nuestra pequeña huerta recostada junto al arroyo. En primavera se cubrió de hermosas y enormes flores que vimos marchitarse enseguida por culpa de una helada rezagada que echó a perder todas las de los guindos y la mayoría de los ciruelos. A lo largo del verano descubrimos, no sin cierta sorpresa, que en algunas de aquellas flores marchitas comenzaban a surgir los primeros frutos de membrillo. Lo hicieron muy lentamente, tan despacio, tan despacio que a finales de septiembre llegué a pensar que este año no íbamos a poder probar el dulce. Yo no llevaba todos los días una cinta métrica, como sí hacía el abuelo de Marie, pero estaba casi segura de que nuestros membrillos engordaban menos de un milímetro al día, y me asustaba la idea de que una mañana detuvieran su lento crecimiento y rodaran por la ladera hasta el cauce seco del arroyo.

Sin embargo, con las lluvias de octubre y unas temperaturas otoñales bastante agradables los membrillos no solo no se cayeron del árbol sino que comenzaron a engordar rápidamente, y poco a poco fueron perdiendo el color verde pálido que habían mostrado los meses anteriores para cubrirse por fin del suave terciopelo amarillo que anunciaba: puedes estar tranquila, este fruto ya está maduro y pronto podrás hacer dulce.

Pese a la sequía, el mundo había seguido vivo todo el verano, ha seguido vivo durante el otoño y hace unas pocas tardes latía en la cocina. Pero no estoy tranquila. Hoy por hoy, es toda una proeza que el mundo siga vivo y detenido en un limonero en un patio asomado al Genil, en un prado de alfalfa cerca de Obaba o en un membrillo a los pies de una montaña de la sierra norte madrileña.

Fotografías de Sara Plaza.

20.11.12

No, no soy indigenista

No, no soy indigenista

Por Edgardo Civallero

"Ecologistas y naturómanos tratan a la Naturaleza como antropólogos e indigenistas tratan a los pueblos vencidos: la hacen depositaria de derechos en la medida en que la reconocen desposeída de poder".

Santiago Alba Rico. La ciudad intangible (Ensayo sobre el fin del Neolítico). Hondarribia: Hiru, 2002, p. 251.


De acuerdo a los académicos, hay dos tipos de movimientos o filosofías etiquetadas como "indigenismo". Uno "paternalista" y otro "liberacionista". Ambos, al parecer, son políticamente correctos, dependiendo de la perspectiva desde la cual se observe el llamado "problema indígena". Personalmente, los dos me parecen igual de insoportables.

El indigenismo "paternalista", muy popular entre gobiernos e individuos "no-indígenas", es apoyado incondicionalmente por una legión de buenistas sin mayor idea de lo que promueven o comulgan, y es aprovechado por un puñado de sinvergüenzas siempre dispuestos a sacar buena tajada social, económica o política de cualquier coyuntura. Es un indigenismo enfermo de una ignorancia atroz o manipulador hasta la náusea, que ve a los indígenas como comunidades prístinas que deben ser mantenidas en su particular estado "primitivo", o como el ideal de una sociedad "buena, aunque desaventajada, y en armonía con la Madre Naturaleza", o como la fuente de todo el saber "tradicional y ancestral" y de todo el arte "original y puro". Un indigenismo de caridad, de lástima, de retraso, de folklorismo... Un indigenismo que se compromete por un rato, nomás, porque después los indígenas desaparecen de las preocupaciones cotidianas. O un indigenismo de fin de semana, de viaje a una comunidad perdida (cuanto más, mejor) para sacarse la foto de rigor con el niño de rigor y el "jefe" de rigor. O uno de ir al mercado de artesanías a comprar algún detallecito porque así "se ayuda a las comunidades".

Aunque no siempre lo demuestre abiertamente, ese indigenismo mentiroso sigue considerando al indígena como un pobre desgraciado, un ser inferior que merece conmiseración, caridad de ropas usadas y alimentos no perecederos, admiración y sonrisa ante todo lo que diga o haga, y esa habitual "solidaridad" de dar la caña en lugar de enseñar a pescar... Continúa viéndolo como un simple "hacedor de artesanías", un ignorante o un incapacitado que necesita de ayuda para progresar o sobrevivir; alguien que habla una lengua exótica, tiene unas costumbres curiosas, toca una música rara, viste unas prendas "típicas", consume unas comidas "folklóricas" y tiene una cara que siempre viene bien para las publicidades de la tele, sobre todo cuando le da por pintarse.

Hay otro indigenismo, el "liberacionista", el de los propios movimientos sociales indígenas. Es la posición situada supuestamente en el extremo contrario de la que acabo de describir, y es igualmente deplorable. Busca combatir el desprecio a través del desprecio, o ser temido gracias a la agresión continua y directa, o ser respetado merced al ensalzamiento artificial y artificioso de los rasgos culturales y la "historia" propia... a niveles que van desde la idealización desinformada al esperpento más ridículo.

Es el indigenismo que pretende de mí que asienta, sonriente, y muestre respeto cuando un señor de un determinado pueblo de los Andes peruanos afirme sin pudores que es descendiente directo de los Incas, algo que nadie, ni siquiera él, puede averiguar, demostrar o comprobar. Es el que difunde costumbres y hechos históricos muchas veces inventados, casi siempre manipulados o falseados, y el que se basa en ellos para sus acusaciones y reclamos. Es el que espera que admire, extasiado, unos tocados dignos de un carnaval chabacano, hechos de papel maché y plumas de plástico, mientras sus portadores me juran solemnes que forman parte del patrimonio cultural "ancestral" y "milenario" de determinada sociedad del bosque húmedo paraguayo. Es el que busca que agache la cabeza en silencio cuando un fulano cualquiera me grite, por el simple hecho de tener una piel más oscura que la mía, que mis abuelos mataron a los suyos y les robaron sus tierras, aunque mis abuelos jamás hayan sabido de la existencia de los suyos (bastante tenían con luchar por su propia supervivencia cotidiana). Es el que quiere que acepte como verdaderas las leyendas fragmentarias y deformadas que los folletines turísticos presentan como indígenas. O que repita como un autómata un puñado de palabras y frases en ciertas lenguas indígenas porque es lo políticamente correcto, por más que no tengan sentido para mí ni valor real para ellos.

Desde mi punto de vista, las sociedades consideradas indígenas (una etiqueta tan incierta que, de acuerdo a las "definiciones" internacionales, mis propios antepasados piamonteses lo serían) son, básicamente, conciudadanos con algunas características identitarias distintas a las mías. Eso es todo. No son los únicos que se diferencian de la sociedad "dominante"; tampoco los exclusivos destinatarios de la pobreza, la discriminación, la exclusión social, las persecuciones, los genocidios, los despojos de tierras o la destrucción del patrimonio cultural. Afirmar lo contrario sería faltar el respeto a incontables colectivos y "minorías" sociales de todo el mundo y de todas las épocas.

El respeto que muestro hacia un individuo de ascendencia indígena, hacia su cultura o hacia sus problemas, es el que mostraría hacia cualquier otra persona, tenga o no características físicas o culturales distintas de las mías. El desprecio que exhibo hacia los individuos indígenas que mienten, bravuconean, engañan o "se hacen los víctimas" es el mismo que dedico a los no-indígenas que se comportan de similar manera. Mi solidaridad va dirigida hacia cualquiera a quien pueda ayudar, o hacia cualquier causa que considere justa, esté relacionada con los indígenas o no. Confieso que siento cierta debilidad por las lenguas y la música de los pueblos indígenas sudamericanos, pero les prodigo la misma atención que a otras lenguas y músicas que poco y nada tienen de indígena.

No me pongo del lado de los Mapuche que luchan por sus tierras y vidas en el sur de Chile porque son indígenas, sino porque su reclamo es justo, y lo apoyaría aunque no pertenecieran a una sociedad aborigen. Defiendo los derechos humanos de los pueblos indígenas como defiendo los de todas las demás personas, sobre todo los de aquellas que los ven violados a diario. Me opongo a la discriminación y a tantos otros males que afectan a los indígenas como me opongo a los que afectan a tantos otros sectores de mi sociedad. No aprendí el idioma quechua porque fuera el "lenguaje sagrado de los valientes Incas", sino porque lo considero una lengua preciosa, única para expresar ciertas ideas. No recorrí el lago Titicaca buscando las fuerzas mágicas del Aka Pacha, ni masqué coca porque es la "hoja sagrada", ni visité Tiahuanaco para buscar las evidencias del paso del célebre Viracocha. No me saqué una foto con ninguno de los niños ni los ancianos que abracé en las comunidades indígenas del Chaco argentino, ni compré "artesanía aborigen" en los mercados; a esos niños, a esos viejos, a los artesanos y a tantos otros los llevo siempre en mi memoria y los honro con mis acciones.

Creo que una postura equilibrada y respetuosa es mucho más saludable que cualquier posición indigenista. Sobre todo para los propios pueblos originarios. Aceptar el paternalismo o fomentarlo quizás les traiga beneficios, pero solo a corto plazo. Responder al odio con odio quizás alivie los deseos de venganza de algunos, pero no conduce a ningún otro sitio que no sea una absoluta soledad. Inventar pasados heroicos y presentes mágicos quizás llene los vacíos y las carencias de muchos, pero es triste: las mentiras, reza el refrán, tienen las patas cortas y el camino breve. Y los problemas no se solucionan tirándose de cabeza a mundos fantásticos improvisados a medida.

Sin embargo, parece que las actitudes indigenistas –esto es, las de extremos– están muy en boga en la actualidad. Sus defensas desatan desaforadas pasiones, y vienen fomentadas por la moda, amparadas por la política y protegidas por ciertas convenciones sociales que nos obligan a ser "comprensivos" y "solidarios" con "los distintos". Una vez más, la estulticia y la hipocresía priman sobre el más básico sentido común, ése que señala a voces una descomunal obviedad: que "indígenas" y "no-indígenas" somos, ante todo y sobre todo, personas (aunque uno y mil engaños, pasaportes y muros incluidos, nos hagan creer otra cosa). Y que en vez de ocuparnos de perpetuar etiquetas que llevan separándonos cinco siglos, o de inventar formas nuevas de acariciarnos falsamente el lomo o de escupirnos a la cara, deberíamos cimentar la idea de respetarnos los unos a los otros no por quiénes seamos, sino por lo que somos: seres humanos. Un valor, el del respeto mutuo, que parece haber caído en el más absoluto desuso últimamente.

Aunque quizás nunca estuvo en uso, después de todo, y tuvimos que suplir su ausencia con "indigenismos" y otros "-ismos" por el estilo.

12.11.12

Del "Yes We Can" al "Seguid vosotras que yo no puedo"

Del Yes We Can al Seguid vosotras que yo no puedo

Por Sara Plaza

«Tuvimos la oportunidad de ir a la Casa Blanca y nos recibió la Comisión de Medio Ambiente. Pedimos a Obama que investigara Monsanto y a las otras multinacionales y hace dos meses el presidente de Estados Unidos nos ha enviado una carta donde nos dice que él nada puede hacer en contra de Monsanto, pero que nosotros lo estamos haciendo muy bien y que sigamos luchando».

Así respondían María Godoy y Sofía Gatica, de la agrupación Madres de Ituzaingó (Córdoba, Argentina), en una entrevista reciente de Mª Ángeles Fernández. Ambas mujeres estuvieron de paso por Madrid camino de Bruselas para sumarse a las movilizaciones por una buena comida y una buena agricultura, que exigen a la Unión Europea otra Política Agrícola Común (PAC). Junto al resto de sus compañeras, llevan 13 años luchando para parar las fumigaciones con agroquímicos (endosulfán y glifosato) en los campos de soja que se extienden junto al barrio Ituzaingó Anexo, cercano a la capital provincial. 13 años de trabajo muy duro, viendo enfermar y morir a familiares y vecinos con malformaciones y cáncer. 13 años denunciando la contaminación y el envenenamiento que padecían en el barrio como consecuencia de esas fumigaciones. 13 años exigiendo una investigación, intentando hacerse escuchar cuando nadie quería oírlas. 13 años siendo presionadas y amenazadas por haberse unido para pelear por la vida y la salud, por reclamar justicia y haber presentado 96 causas penales que no llegaron a prosperar. 13 años, al cabo de los cuales, por primera vez se sentaron en el banquillo dos productores agropecuarios y un aerofumigador. 13 años para que, luego de dos meses de juicio, el pasado mes de agosto, el tribunal de la Cámara I del Crimen de Córdoba declarara al productor Francisco Parra autor penalmente responsable y al piloto Edgardo Pancello coautor responsable del delito de contaminación ambiental con peligro para la salud, los condenara a 3 años de prisión no condicional, los inhabilitara 8 y 10 años respectivamente para operar con productos agroquímicos, y los conminara a realizar trabajos comunitarios no remunerados.

Del Yes We Can al Seguid vosotras que yo no puedo
Desde el año 2000 no han dejado de luchar. Cuando con puntitos de distintos colores fueron señalando en un plano los casos de cáncer, malformaciones y alergias que se presentaban en el barrio y elaboraron así el primer relevamiento epidemiológico no se plantearon si podían o no, tenían que hacerlo y lo hicieron.

Tras el juicio recientemente celebrado, según aparecía en Argenpress, el abogado querellante, Darío Aranda, manifestó: «Valoro y rescato como positivo que a criterio de un tribunal quedó claro que esta actividad constituye un delito. Y es un verdadero logro, un triunfo, porque sabíamos que habría presiones de todo tipo». Por su parte, el médico Medardo Ávila Fernández, también querellante en la causa, afirmó: «Ya no podrán fumigar como lo hacían, custodiados por la policía. No es suficiente para el daño sanitario que han generado, pero también es cierto que son el estabón más débil de los agronegocios. Los culpables mayores son las trasnacionales, los pooles de siembra, y los sistemas científicos que los avalan. Estamos muy contentos porque va a generar una oleada de denuncias y los directores de escuela y los maestros van a poder denunciar que a sus chicos los están fumigando y los fiscales de todo el país van a tener que actuar». Quizás por eso, porque se trata de un paso más, las Madres de Ituzaingó declararon: «Sabemos que vamos a seguir luchando, que la justicia no existe para el pobre, que existe para las multinacionales».

Ante todo lo que estas mujeres llevan andado y los muchos golpes recibidos, resulta no solo sonrojante sino absolutamente indignante que el reelegido presidente de los Estados Unidos les animase en una carta a continuar haciéndolo tan bien como lo estaban haciendo, mientras él aseguraba no poder hacer nada contra Monsanto.

Igual de vergonzosas y lamentables fueron las declaraciones en julio pasado de la actual presidenta argentina congratulándose de que la gente de dicha corporación acabase de anunciar una inversión de 150 millones de dólares en materia de maíz en Malvinas Argentinas, provincia de Córdoba, y mostrándose muy orgullosa del prospecto que había hecho Monsanto para tal fin y de los dos centros de Investigación y Desarrollo que la compañía iba a poner en marcha en Tucumán y en la misma Córdoba.

Del Yes We Can al Seguid vosotras que yo no puedo
De la misma inoperancia y necedad se han contagiado nuestros gobernantes al otro lado del charco, donde España saca pecho y alberga ya el 85% de cultivos transgénicos que existen hoy en la Unión Europea, la cual importa toneladas de soja transségica para consumo animal.

Mientras los presidentes se lavan las manos, aplauden o estrechan firmemente las de los representantes de Monsanto y otras multinacionales con trayectorias similares, las Madres de Ituzaingó saben de lo que hablan y por qué pelean: «El problema es el enorme negocio que hay detrás [...] Se está matando gente, destruyendo el planeta y nadie dice nada».

6.11.12

Salir de uno, bostezar juntos y encenderse con los demás

Salir de uno, bostezar juntos y encenderse con los demás

Por Sara Plaza

El poeta Marcos Ana cuenta a menudo que durante esos 23 años tan duros que pasó encerrado en las cárceles franquistas aprendió a ser feliz en la felicidad de los demás, e insiste en que tiene como norma no hacer de su pellejo el horizonte del mundo.

Por su parte, la periodista y cineasta Lolo Rico, en una entrevista reciente, recordando los versos de Aute, comentaba que nos va a venir la noche más larga, y citaba los de Nacha Guevara para señalar la importancia de ese tipo de felicidad que significa comerse un trozo de pan al sol, sabiendo que no te va a pasar nada, que se lo vas a poder dar a tu hijo, sin miedo, con libertad.

Tanto para el autor de Decidme cómo es un árbol: Memoria de la prisión y de la vida como para la que fuera directora del programa de Televisión Española La Bola de Cristal, la solidaridad es algo fundamental en esta pelea por procurarnos la felicidad, y de ella saben mucho las tortugas de uno de los cuentos protesta de Gustavo Duch.

Se las ve muy débiles desfilando patosas por la arena de la ribera para alcanzar el agua donde nadarán a salvo. Sus caparazones blanditos de tortugas australianas y recién nacidas saben que no las protegen de los picotazos aviarios. Entonces, para asegurar la supervivencia de algunas de ellas, deciden nacer todas al unísono y así en grupo escabullirse de las gaviotas depredadoras que las sobrevuelan en esa su primera caminata.
¿Cómo hacen para comunicarse cáscara a cáscara la fecha y hora precisas de la eclosión comunal? En primer lugar –cuentan los estudiosos- aunque los huevos de arriba del nido, más calentitos, se desarrollan antes, los de abajo palpitan su metabolismo más rápido para estar crecidos por igual. En segundo lugar, el aviso de ―ya podemos salir, a la una, a las dos y a la de tres, es un palpitar más rápido de sus corazones embrionarios, que todas escuchan, entienden e interpretan. Las tortugas sin teléfono enseñan que la solidaridad nace y se hace con latidos de corazón.

Puestos a aprender (y a desaprender todo lo que haga falta) podemos aprovechar los conocimientos de las luciérnagas, de los bichos bolita y de las polillas para profundizar las grietas de ese sistema de explotación perverso, absurdo y profundamente antidemocrático, el capitalista, que en su huída hacia delante lo mismo devora hombres que recursos. Podemos empezar por abrir y cerrar agujeros en la noche como las primeras, hacer burbujas en la tierra como los segundos y llenar el mundo de huecos diciendo tejer puntillas como las terceras. Y podemos hundir en ellos nuestras manos, depositar en cada uno un bichito de luz y soplar despacito, porque como los más pequeños saben gracias a Laura Devetach, soplar un bichito de luz puede provocar un incendio... y nosotros solo queremos sembrar el mundo con esos fueguitos que arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear.

Ilustración de Sara Plaza.