28.8.12

Por esas cosas de la vida

Por esas cosas de la vida

Por Sara Plaza

Una se encuentra con algo o alguien por primera vez en una orilla del océano y, con el tiempo, lo redescubre estando al otro lado del charco. Por esas cosas de la vida, una se tropieza con la risa en un rincón del sur y vuelve a darse de bruces con ella en una esquina del norte. Por esas cosas de la vida, una se queda callada escuchando lo que otros tienen para contar y cantar, y enseguida empieza a trotarle el corazón y a dibujársele una sonrisa. Una tarde de estío boreal, esa una era yo y esa sonrisa y ese corazón, los míos; las palabras y la música que otros tenían para compartir estaba recogidas en el recital "Letras peregrinas"; y ellos eran el escritor santafesino Luis Pescetti, y el cantante y compositor tucumano Juan Quintero, reunidos en la Casa de Tucumán, Buenos Aires, durante el ciclo "Amigos de Juan Quintero".


Empecé a conocer las historias que escribía y componía cada cual por separado, de la mano de quienes ya se habían enamorado de ellas, y con infinita paciencia y grandes dosis de buen humor ayudaron a esta "gallega" a entender el significado de algunas palabras, de infinidad de expresiones y a dar los primeros pasos de una chacarera y un chamamé.

Era primavera. Me pusieron un libro en las manos. Se titulaba Natacha y me dijeron "te va a encantar". Y me encantó nomás. A ese libro siguió otro con la misma protagonista, y luego cambió el protagonista y el libro se titulaba Frin, y más tarde no había un único protagonista, y sí varios relatos bajo el título Nadie te creería, entre los que apareció una carta preciosa No lo abras hasta llegar a tu casa, que copié y me guardé hasta que llegó el momento de dibujarla y escondérsela a alguien en su mochila.

Recién estrenado el nuevo año, en mitad del verano, el Valle de Punilla (noroeste de la provincia de Córdoba, Argentina) respiraba folklore y olía a empanadas criollas. Estábamos en el Festival de Cosquín, no recuerdo qué luna era, creo que la cuarta, y esa noche la Plaza Próspero Molina enmudeció cuando el dúo Luna Monti y Juan Quintero abrieron sus bocas y comenzaron a dar palmas. Unos meses después, en Buenos Aires, en un negocio chiquito que se asomaba a una bocacalle de Florida, di con su primer disco. El siguiente lo conseguimos cuando pasaron por Córdoba presentándolo. No cabía un alfiler en aquel auditorio del Sindicato de Luz y Fuerza, y al apagarse las luces, las risas y los aplausos salieron a la calle y siguieron celebrando sus canciones bajo las estrellas.

Han transcurrido los años, varias relecturas y numerosas audiciones, pero ni en los capítulos de Frin y Lejos de Frin, ni en los temas de El matecito de las siete, Lila, o Aca Seca se acusa el paso del tiempo. No han envejecido aunque se hayan arrugado sus páginas o amarilleen las carátulas de los CDs, siguen encantándome las primeras y no han dejado de hechizarme los segundos.

Y por esas cosas de la vida, la misma tarde de estío, esa una que era yo permaneció silenciosa asomada a esta ventanita al mundo que se llama Internet. A sus oídos llegó otra colaboración entre Luis Pescetti y Juan Quintero, titulada Cartas al rey de la cabina, un CD+DVD basado en el libro homónimo del primero. Y con los relatos leídos y cantados también se colaron por la ventana los recuerdos de las guitarreadas y de las interminables rondas de mate con criollitos y bizcochitos de grasa.


Tanto el recital como este trabajo anterior son realmente hermosos. Que los disfruten.

Imagen.

21.8.12

La soledad de un árbol

La soledad de un árbol

Por Edgardo Civallero

Hay varios árboles famosos en los anales de la historia humana. El árbol Jaya Sri Maha Bodhi de Anuradhapura, Sri Lanka, una higuera bajo la cual Siddharta Gautama logró la iluminación y se convirtió en el Buda. O el "Árbol de la Vida" (Shajarat-al-Hayat) de Bahrein. O el Árbol de Guernica (Gernikako Arbola) del País Vasco, en España. O el "Árbol de la Independencia" (Liberty Tree) de Boston, EE.UU., un olmo bajo cuya sombra se reunían los colonos que buscaban independizarse del dominio británico.

Sin embargo, hay algunos que no son tan conocidos, a pesar de haber sido notables.

El Árbol del Ténéré era lo que en lengua tamasheq se conoce como kandili, una acacia solitaria (Acacia tortilus). Hasta hace cuarenta años fue considerado como el árbol más aislado del planeta: era el único en 400 kms. a la redonda.

El Ténéré (del bereber tiniri, "desierto") es una desolada sección del Sahara ubicada al noreste de Níger. Se trata de un desierto dentro del propio desierto. Los nativos Targui (o Tuaregs) lo consideran una "zona aparte", un lugar por el que conviene pasar sin detenerse demasiado.

Los fósiles demuestran que hace milenios, durante el periodo Carbonífero, la zona estaba cubierta por un bosque tropical. Pero para el 2500 a.C. se había convertido en lo que es hoy. Las condiciones climáticas extremas lograron barrer del mapa todo vestigio de vida, convirtiendo esa tierra en una de las áreas más inhospitalarias del planeta. De toda la vegetación preexistente, solo un pequeño grupo de acacias, retorcidas y espinosas, lograron sobrevivir casi milagrosamente en un entorno tan hostil. A lo largo del tiempo, todas ellas fueron muriendo, hasta que quedó una sola. La última.

Medía tres metros de alto y, en una superficie tan plana y descubierta, era como un faro que podía verse desde lejos. Las caravanas azalai de los Targui, que cruzaban la región dos veces al año (noviembre y marzo) con más de 10.000 camellos para transportar mijo desde Agadez hasta Bilma (Níger) pasando por los oasis de las colinas de Kaouar para volver con sal y dátiles, se detenían bajo su escasa sombra. Aquella era la primera o la última parada de esos comerciantes nómadas. Dañarlo era inconcebible, era tabú: el árbol estaba protegido por un acuerdo tácito. Ni los camellos mordisqueaban sus ramas, ni los caravaneros usaban su madera para el fuego.

Era tan conocido que aparecía incluso en los mapas a gran escala. Durante el invierno de 1938-1939, los militares franceses que dominaban la región (como parte del África Occidental Francesa) cavaron a sus pies un pozo de agua de unos 40 metros. Fue entonces cuando se descubrió que las raíces del árbol se hundían más de 30 metros, hasta alcanzar la capa freática. Cómo logró sobrevivir hasta que sus raíces perforaron el suelo y alcanzaron esa profundidad es todo un misterio.

La acacia fue descrita por primera vez por Henri Lhote en su libro "L'épopée du Ténéré"; el francés se encontró con el árbol por primera vez en 1934, cuando se inauguró la ruta automovilística entre Djanet (Argelia) y Agadez. Lo describió como un espécimen de tronco degenerado y enfermo, pero provisto de unas hermosas hojas verdes y muchísimas flores amarillas. En 1959, el mismo autor lo volvió a ver y dijo de él que era un árbol medio muerto, al que le faltaba uno de sus dos troncos, y que estaba desprovisto de la mayoría de sus hojas. Ocurre que durante la excavación del pozo francés en 1938, uno de los camiones militares que operaban en el lugar, al dar marcha atrás, arrancó de cuajo una de sus ramas. Aquella acacia añosa siguió viva a pesar de todo, pero perdió su tradicional forma de Y.

En 1973, el Árbol del Ténéré fue tumbado por un conductor de camiones libio, presuntamente borracho. Los anillos concéntricos de su tronco partido revelaron que tenía unos 300 años. En noviembre de ese año, sus restos fueron movidos hasta el Museo Nacional de Níger, en Niamey, en donde puede verse en la actualidad: restos secos de un ejemplar orgulloso que sobrevivió años y años soportando toda clase de penurias pero que no fue capaz de resistir la estupidez humana.

Poco tiempo después, un artista anónimo levantó, con viejos barriles de petróleo, tubos de metal y partes de auto usadas, una tosca escultura en el mismo sitio en el que solía alzarse el árbol. Allí sigue, pues, la famosa acacia, aunque sea en espíritu: sirviendo de faro a las actuales caravanas, que ya no llevan camellos sino camiones. Aunque algunos Hausa todavía hacen la ruta caravanera azalai, que ellos llaman tagalem, usando animales en vez de motores. Quizás fue uno de ellos quien elevó ese monumento a la memoria de un viejo superviviente.

Galería de fotos históricas (en francés).

Ilustración.

14.8.12

Asir la historia con la punta de los dedos

Asir la historia con la punta de los dedos

Por Sara Plaza

"Vengo pintando desde hace tres o cinco mil años, más o menos."


"Estoy en el mismo punto, pero cada vez más hondo. Siempre golpeando hacia adentro, hacia adentro, buscando. América Latina tiene su propia raíz que es necesario remover y encontrar para decir nuestras cosas, para expresarnos con nuestra propia voz que es de tierra profunda germinando."


"Mi pintura es de dos mundos. De piel para adentro es un grito contra el racismo y la pobreza; de piel para afuera es la síntesis del tiempo que me ha tocado vivir".


"La pesadilla del hambre que se extiende, el miedo a una guerra atómica, el terror y la muerte que siembran las dictaduras militares, la injusticia social que abre una herida cada vez más profunda, la discriminación racial que destroza y mata; están carcomiendo lenta y duramente el espíritu de los hombres en la tierra."


"Mi pintura es para herir, para arañar y golpear en el corazón de la gente Para mostrar lo que el Hombre hace en contra del Hombre."


"Cuando pinto una mano, una boca, unos dientes o unos ojos, éstos no son solamente una forma plástica. Yo quiero expresar en esto más que la plástica misma. Quiero expresar este ojo que está llorando, estos dientes que están mordiendo o estas manos angustiadas, vibrando."


"He pintado como si gritara desesperadamente, y mi grito se ha sumado a todos los gritos que expresan la humillación, la angustia del tiempo que nos ha tocado vivir."


"Pintar es una forma de oración al mismo tiempo que de grito. Es casi una actitud fisiológica y la más alta consecuencia del amor y de la soledad. Por eso, quiero que todo sea nítido, claro, que el mensaje sea sencillo y directo. No quiero dejar nada al azar, que cada figura, cada símbolo, sean esenciales; porque la obra de arte es la búsqueda incesante de ser como los demás y no parecerse a nadie."


"Si no tenemos la fuerza de estrechar nuestras manos con las manos de todos, si no tenemos la ternura de tomar en nuestros brazos los niños del mundo, si no tenemos la voluntad de limpiar la tierra de todos los ejércitos, este pequeño planeta será un cuerpo seco y negro, en el espacio negro."

Estas son algunas reflexiones del pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín (Quito 1919-Baltimore 1999), junto con una pequeña muestra de su obra, la cual comprende las siguientes series: Retrospectiva. Huacayñan (término quechua que significa “El camino del llanto”). La edad de la ira (que incluye Las manos, Cabezas, El rostro del hombre, Los campos de concentración, Mujeres llorando...). Mientras vivo siempre te recuerdo, también conocida como La edad de la ternura (dedicada a su madre y a todas las madres del mundo). Paisajes y flores. Retratos. Murales; además de esculturas y el proyecto La Capilla del Hombre.

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6.8.12

Arte sobre dos cuerdas

Arte sobre dos cuerdas

Por Edgardo Civallero

Siempre estuvo allí, como fondo sonoro de esas épicas películas chinas de wushu en las que los héroes vuelan, las dagas trazan trayectorias imposibles y los puños destrozan piedra pura como si se tratase de frágil arcilla. Su sonido era el de un violín, pero fluctuaba mucho más: la música parecía bailar en sus cuerdas, ir y volver, deslizarse como una gota de agua sobre un cristal. "Líquido" es la mejor definición que se me ocurre en este momento para definir ese vaivén vibrante y melodioso que produce.

Una vez me lo crucé en el metro de Madrid. Un anciano músico callejero lo tocaba suavemente, esperando la improbable recompensa de un público poco entregado a su arte. Disfruté de él, pero no averigüé su nombre.

Hace poco me lo volví a encontrar, esta vez en las páginas del Grove Dictionary of Music and Musicians. Descubrí que se llama erhu. Y que es uno de los emblemas de la música tradicional china.

Se trata de una vihuela de arco o "violín" de dos cuerdas. Cuentan las antiguas crónicas de la Dinastía Song (960-1279) que el instrumento fue introducido en China hacia el siglo X por un pueblo mongol de las estepas del Asia Central, los Kumo Xi, que los chinos consideraban "bárbaros" o wuhuan. En aquel entonces se llamaba xiqin. Con el paso del tiempo logró hacerse un hueco entre los Han, la etnia mayoritaria dentro de China. El suficiente como para ser adoptado por muchos músicos, desde trovadores ciegos hasta grandes intérpretes de la orquesta de la corte.

El erhu es un instrumento bastante sencillo. Se compone del qín gan, un mástil de madera de unos 75 cms. de alto, que a simple vista parece una vara. En su extremo superior, en un clavijero tallado (generalmente con forma de cabeza de dragón) se fijan dos enormes clavijas qín zhou. Y en el extremo opuesto se adjunta la qín tong, una caja de resonancia de cuerpo hexagonal (para las variantes sureñas) u octogonal (para las variantes norteñas), abierta por un extremo y cubierta por el otro por una piel de pitón. Dos cuerdas de seda o metal (tan cercanas que en realidad se tocan como si fueran una sola), llamadas nèi xián y wai xián, descienden desde las clavijas, en lo alto del mástil, hasta una agarradera fija en la base de la caja de resonancia, pasando por un puente de madera qín ma que se apoya sobre la piel de serpiente.

Se interpreta con la ayuda de un gong, un arco de madera con cerdas de crin de caballo resinadas. El gong es similar al arco del violín, pero mucho más largo: tanto como el propio instrumento en sí. Las cerdas del arco y las dos cuerdas del erhu están entrelazadas, de forma que no se pueden separar. Ésta es una de las particularidades del instrumento. Otra es que no posee trastes y que, como muchas otras vihuelas de arco del mundo, las cuerdas no se presionan sobre el mástil: los dedos se apoyan sobre ellas suavemente. El deslizamiento y la suave presión de las yemas del ejecutante son las que definen las notas, las modulaciones y los glissando que arrancará el arco.

Dicen los musicólogos que el peculiar sonido del erhu es provocado por la vibración de las cuerdas sobre la piel de pitón; por el intervalo de quinta en el que éstas están afinadas; y por el particular sistema de interpretación de las mismas.

En la actualidad, el erhu es un elemento importantísimo tanto en las orquestas de la Ópera de Beijing como en la música popular, sobre todo para acompañar canciones narrativas como las t'an-tz'u del sur y las ta-ku del norte de China. Pero los tiempos modernos también han llegado para este antiguo instrumento. Hoy se lo fabrica industrialmente, en ocasiones con materiales como el metal o el plástico, antaño ausentes de su estructura. Se lo ha adaptado a la música occidental, se lo ha replicado en varios tamaños, se le ha creado un repertorio moderno...

Aún así, todavía las manos de los viejos artesanos lo continúan construyendo en maderas duras, siguiendo los patrones de antaño. Y las de los virtuosos lo siguen interpretando de una forma que eriza la piel y evoca, irremediablemente, los paisajes de montañas escabrosas surgiendo entre nubes y de arrozales que acarician el horizonte tantas veces reflejados por los pintores chinos. Toda una imagen hecha de sonidos melosos, que vibran y zigzaguean entre dos cuerdas.

Excelente demostración de erhu, por Yang Hue, profesora del Conservatorio Central de Música de Beijing.

Imagen.