30.7.12

La reina de los Caribe

La reina de los Caribe

Por Edgardo Civallero

Trinidad y Tobago es un pequeño país de 5.000 kilómetros cuadrados, compuesto por dos islas (que le dan nombre a la nación) situadas frente a las costas de Venezuela y las Guayanas, al sur del Mar Caribe. Tiene una población de poco más de un millón de habitantes, de los cuales el 70% son de origen africano o indio. El resto pertenece a diferentes etnias y pueblos e incluye a una de las sociedades originarias isleñas, los Caribe.

Cuando Cristóbal Colón puso el pie en Trinidad en 1498, durante su tercer viaje al "Nuevo Mundo", la isla estaba habitada por unas 40.000 personas que pertenecían tanto a grupos Arawak (Nepoya, Suppoya), de temple pacífico, como a belicosos grupos Caribe (Yao, Kalinago, Kali'ña). Los conquistadores no prestaron demasiada atención a estas pequeñas porciones de tierra, ocupados como estaban en la invasión y aniquilación de las civilizaciones y las culturas de tierra firme, pero aún así sojuzgaron por la espada a los pobladores de Trinidad y agruparon a los sobrevivientes en las tristemente célebres "encomiendas", instituciones coloniales americanas bajo las cuales comunidades indígenas enteras eran puestas bajo la "protección" de un colono español (el encomendero) para que fueran "educadas" y evangelizadas. En la práctica, la encomienda no fue sino una esclavitud más o menos encubierta, tal y como denunciaron numerosas voces durante la época de la Colonia, incluyendo la de fray Bartolomé de las Casas.

Hacia 1700, la isla era una provincia insular del Virreinato de Nueva España. Estaba prácticamente deshabitada: en ella vivían unos pocos españoles con sus esclavos africanos y los escasos remanentes de las antiguas poblaciones originarias, agrupados sobre todo en las encomiendas de Tacarigua y Aragua. En 1783, un francés de la vecina isla de Granada, Roume de St. Laurent, obtuvo con una facilidad pasmosa una Cédula de Población de manos del rey español Carlos III. Con este permiso y la adecuada publicidad, logró que numerosos europeos se establecieran en la isla, especialmente franceses e ingleses que se dedicaron al cultivo del cacao (o, hablando con propiedad, a hacer que sus esclavos africanos cultivasen y cosechasen el cacao con cuya venta ellos se enriquecerían).

Para esa época se contabilizaron unos mil Caribe. Entre 1784 y 1786, todos ellos fueron conducidos hasta Arima, al norte de Trinidad, en donde se ubicaba una misión fundada en 1757 por los Capuchinos. Allí, en un espacio de 2.500 hectáreas, se los mantuvo hasta 1797, cuando los ingleses ocuparon militarmente las islas, las anexaron a la Corona Británica como colonia, clausuraron la misión y anularon la reserva indígena. Desde ese momento, los Caribe se vieron abocados a labrarse su propio destino. La gran mayoría no se movió de Arima: fundaron una comunidad, la de Santa Rosa, que con el paso del tiempo se convirtió en la más importante de todas las localidades indígenas de Trinidad.

A partir de 1875 se instauró una institución en Santa Rosa: la de la Reina Caribe (Carib Queen). Dice la leyenda que las autoridades coloniales inglesas no permitieron a los Caribe tener jefes, pero que dieron su beneplácito para que tuvieran una reina, considerando que una jefatura femenina no les acarrearía los problemas que podría ocasionarles una masculina.

Esta institución es única en toda el área caribeña y, en cierta forma, en todas las Américas. La reina es coronada en agosto, durante la fiesta de Santa Rosa de Lima, una de las celebraciones más importantes de la comunidad. Excepto la primera reina, todas las demás fueron nombradas directamente por su antecesora, que las eligió entre aquellas mujeres pertenecientes a la comunidad Caribe que tuvieran un vasto conocimiento de la historia, las prácticas, las costumbres, el modo de vida y la tradición oral de su pueblo. La monarca debe ser ratificada por el Consejo de Ancianos y mantiene el cargo hasta su muerte, ocupándose, durante su reinado, de mantener y vigorizar los usos y costumbres de su gente.

En la actualidad, la comunidad indígena Caribe de Santa Rosa de Arima es la única organizada de toda la isla, y la que mantiene una suerte de liderazgo entre el resto de pequeñas poblaciones originarias del país. La Reina Caribe actual se llama Jennifer Cassar y es la sexta regente. En sus manos se encuentra la responsabilidad de que los 400 Caribe de Trinidad mantengan tradiciones propias, como las ceremonias espirituales de los chamanes, o adoptadas de los españoles y otros pueblos hispanoamericanos, como el catolicismo, la música parang y el halekebe o poncho tejido al ganchillo.

Si bien la autoridad política de la comunidad queda en manos de un presidente nativo, y si bien existen varias organizaciones indígenas en Trinidad y Tobago (así como en otras áreas del Caribe, en especial en la isla-estado de Dominica), la función de la Reina Caribe, aunque parezca simbólica, es esencial: mantener vivas, dentro de lo posible, las raíces de la cultura nativa. Una tarea que ha sido, desde siempre, tradicionalmente femenina. Y una de cuyo éxito dependen todas las demás.

Es allí donde radica la verdadera importancia de una figura real considerada por muchos como una mera curiosidad folklórica. Como tantas otras figuras y tantos otros elementos a lo largo y ancho de la América indígena.

24.7.12

Porque no son de nadie, son de todos


Por Sara Plaza

Están las que huyen (1) y las que acuden raudas. Las calladas y las que hacen ruido. Las que nombran y las que nos llaman. Las gastadas y las recién nacidas.

Están las que se atragantan y las que se entrecortan. Las pausadas y las que llevan prisa. Las que perduran y las que se olvidan. Las autorizadas y las prohibidas.

Están las que dicen mucho y las que no cuentan nada. Las de doble sentido y las que carecen de él. Las ya sabidas y las por conocer.

Están las de papel y las de acero. Las de colores y las en blanco y negro
Las hay para consolar a un cuaderno (2) y para hacen sonreír a quien llena uno tras otro (3).

(1)
Javier Villafañe busca en vano la palabra que se le escapó justo cuando iba a decirla. ¿Adónde se habrá ido esa palabra que tenía en la punta de la lengua?
¿Habrá algún lugar donde se juntan las palabras que no quisieron quedarse? ¿Un reino de las palabras perdidas? Las palabras que se te fueron, ¿dónde te están esperando?

Parte V del micro-relato titulado Ventana sobre la palabra, escrito por Eduardo Galeano.

(2)
Hola cuaderno.
Ya sé que se marchitan tus hojas en verano
que te arrinconan cuando estás escrito
y te prefieren
con hojas en blanco.
Aquí voy flotando en un día largo
viento a favor
cabeza con pájaros.
Y escribo en vos como en la arena
cuaderno
silenciosa alcancía
de todo lo que canto.

Poema titulado Palabras para consolar a un cuaderno, escrito por Laura Devetach.

(3)
Tras la cerrada ovación que puso término a la sesión plenaria del Congreso Internacional de Lingüística y Afines, la hermosa taquígrafa recogió sus lápices y papeles y se dirigió hacia la salida abriéndose paso entre un centenar de lingüistas, filólogos, semiólogos, críticos estructuralistas y desconstruccionistas, todos los cuales siguieron su garboso desplazamiento con una admiración rayana en la glosemática.
De pronto las diversas acuñaciones cerebrales adquirieron vigencia fónica:
¡Qué sintagma!
¡Qué polisemia!
¡Qué significante!
¡Qué diacronía!
¡Qué exemplar ceterorum!
¡Qué Zungenspitze!
¡Qué morfema!
La hermosa taquígrafa desfiló impertérrita y adusta entre aquella selva de fonemas.
Sólo se la vio sonreír, halagada y tal vez vulnerable, cuando el joven ordenanza, antes de abrirle la puerta, murmuró casi en su oído: "Cosita linda".

Cuento titulado Lingüistas, escrito por Mario Benedetti.

17.7.12

Memoriosos de los confines del mundo

Memoriosos de los confines del mundo

Por Sara Plaza

Acababa de comenzar el siglo que transitamos, atrás quedaba mi viejo continente y mis ojos no lograban abarcar el horizonte que se extendía frente a ellos. Era tan inmensa su hermosura que ni parpadeando conseguía retener algunas instantáneas. Dolía mirar.

Pero era imposible dejar de hacerlo. Tuve que restregarme muchas veces los ojos y enjuagarme las lágrimas cada vez que los cerraba. No cabía en ellos tanta maravilla. Ni tanta desolación.

No era solo "una cosa muy grande toda llena de agua" parecida a "una gran fuente de sopa", que "tenía olor a sal y hacía ruido como cuando el viento se mete por un agujero", algo "muy hondo, mucho más hondo que un balde", que además estaba "muy pero muy mojado", y que tenía alrededor "arena amarillita, caracoles hermosos para hacerse una casa, conchas muy blancas y lisas", parecido a "un jardín con muchos juguetes" (1). Era todo eso, sí, pero también había una cordillera tapizada por bosques de hayas de hojas perennes, con lagos y lagunas esparcidos entre glaciares, y una ciudad acurrucada a sus pies. Las cumbres eran como de cristal, las orillas un espejo. A lo largo de la costa se sucedían bahías, y una intrincada cadena de islas se asomaba al canal. Por allí habían navegado los llamados nómades del mar, y entre la niebla se adivinaban las sombras de sus canoas iluminadas por el fuego que ardía en su interior.

Escocía el brillo de la nieve acumulada en los ventisqueros y la bruma estaba impregnada de humo. Lana, el gran percusionista, ofrecía un nuevo concierto desde las profundidades de los bosques silenciando a los hanush y a los kíshpix (o cushphij). Y enseguida brotaron las primeras palabras...

El abuelo yagán Juan Calderón relataba que el origen de esta hermosa ave de los bosques australes se remontaba a tiempos ancestrales, cuando todavía los pájaros eran humanos. En aquellos tiempos, un joven se enamoró de su hermana y procuraba cualquier triquiñuela para encontrarse y dormir junto a ella. Su hermana había notado esa intención y esquivaba a su hermano cada vez que él la buscaba, evitando relaciones prohibidas. Pero en el fondo, ella estaba dividida: quería estar junto a él y a la vez no.

El hermano seguía pensando en pretextos para atraerla fuera del akar o ruca. Un día descubrió grandes frutos de chaura roja (amai, Gaultheria mucronata) en el claro de un bosque y fue a contarle a su hermana: «he encontrado enormes chauras en un lugar del bosque, deberías ir y recogerlas». La hermana tomó su canasto y se internó en el bosque, mientras su hermano la siguió sin que nadie lo notara y se escondió a su acecho. Al pasar ella, él se lanzó abrazándola y juntos cayeron al suelo dando curso a su amor.

Cuando se levantaron se convirtieron en pájaros y volaron, como carpinteros negros (lána). Desde entonces viven juntos en los bosques y el hermano lleva sobre su cabeza un penacho rojo que recuerda el color de aquellos grandes frutos de chaura. (2)

A las que siguieron otras historias...

Me contaban que cuando el zorzal tiene polluelos la mamá educa al mayor y en otros pájaros sucede lo mismo; para cuando la madre ya no esté akasir pueda cuidar a sus hermanos menores.

Me fui a mirar. Estaba tendida y vi a la mamá zorzal que subía a un palo educando a su hijo e iba diciendo –cuando tengas un hermano tú debes educarlo, avivarlo a trabajar, a bañarse. Así iba cantando el pajarito, volaba hacia el río donde juntos se remojaban, se lavaban y sacudían, volviendo al mismo palo, así van creciendo.

Si el hijo zorzal no escucha a su madre y no le obedece, la madre lo abandona. Quedando solo el zorzalito, no tiene que comer, entonces se alimenta de digüeñes malos, esos que están pasados, que le hacen mal, entonces muere. Por eso en el mes de agosto se ven en el monte o en la orilla de la playa a esos zorzales, los que han desobedecido.

En cambio, los que obedecen a su madre crecen sanos, alimentándose de buena fruta como chaura y mema. (3)

A las que se sumó una selección de Cuentos de la Patagonia de Alejandro Ferrer, a través de uno de los cuales, titulado El respeto del silencio, supe de la existencia de Lakutaia le kipa, quien, según relata el autor chileno "habló con la sinceridad de los muertos y sus nostalgias fueron recogidas por Patricia Stambuk en el hermoso libro Rosa Yagán, el último eslabón".

Con el tiempo, y gracias al documental Cristina Calderón: La dueña del fin del mundo también conocí a esta otra abuela yagán y pude escuchar de sus labios y en su propia lengua el cuento del Lobo, así como los cantos y leyendas que interpreta su hermana Úrsula.

Era un matrimonio, tenía dos hijas y a las dos les gustaba jugar en la marea, porque sube y baja. Un día la hermana chica le dijo a la mayor: «parece que alguien te quiso pescar». La hermana contestó: «no, no», porque a ella le gustaba el Lobo. Al otro día lo mismo, la hermana le dijo: «parece que alguien te quiso pescar». «No, no, te pareció a ti no más». Hasta que al tercer día el Lobo se llevó a la niña. La hermana menor se fue a su rancho y le dijo a su mamá: «parece que a mi hermana se la llevó el Lobo». Y claro, el Lobo la llevó a la piedra y tuvieron un bebé. El bebé fue igual que ella y creció. Cuando el niño tenía como un año, porque ya caminaba, el Lobo le dijo a su mujer: «quiero ir a ver a tu familia, quiero ver a mis cuñados». La mujer le contestó: «no, mis hermanos nunca te van a querer, porque eres Lobo». «Sí, ellos me van a querer», insistió. Entonces partieron donde la familia de la chica. Cuando llegaron, los cuñados no quisieron al Lobo: «este es Lobo, ¿cómo va a ser mi cuñado?». «Yo no lo quiero». «Yo tampoco». Ninguno lo quiso. Y uno de ellos le dijo a su mamá: «¿por qué no llevas a mi hermana a pescar erizo, y así nosotros matamos al Lobo, para comerlo?». Entonces la mamá le dijo a la hija: «¿vamos a mariscar?». Y la hija le dijo: «no quisiera ir, porque quizás cómo van a tratar mis hermanos a mi marido». «No te preocupes, ellos lo quieren, si es su cuñado. Vamos no más». Y se fueron, pero antes su mujer le dijo al Lobo: «si te llegara a pasar algo, grita, yo te voy a escuchar». Pronto el Lobo pegó un grito y la mujer le dijo a su madre: «algo le pasa a mi marido, porque está gritando». «No», le dijo la mamá, «están jugando... si ellos quieren mucho a su cuñado, tal vez estén haciendo un chiste». Pero la hija se desesperó: «vamos, vamos», le dijo. Y bajaron a tierra. Al llegar los cuñados habían matado al Lobo, y lo habían cocinado. Lo habían asado, incluso al niño le dieron un pedazo de carne de su papá. Ellas venían llegando, y el chico iba cantando: «qué rica esta ésta carne, la carne de mi padre». Al verlo, enfurecida, la mamá agarró un erizo y se lo tiró. Le pegó en la frente. Él se tiró al mar y, en ese momento, se volvió pez. Y ese es el pescado que se ve, que tiene como un chichón, porque la mamá le pegó con un erizo en la frente.

Y por ese camino sigo, leyendo, escuchando, volviendo la vista atrás y aprendiendo de aquellos que arrinconó, cuando no sepultó, la ambición de quienes creyéndose los amos del mundo llevan siglos apropiándose de él, planificando su destrucción y condenándonos a la extinción.

(1) Del cuento Bumble y los marineros de papel, escrito por Laura Devetach.
(2) Extraído de uno de los apartados del artículo El carpintero gigante: especie clave del bosque andino patagónico, que a su vez remite a Rozzi, R. (Ed.) (2003). Guía multiétnica de aves de los bosques templados de Sudamérica austral. Santiago de Chile: Editorial Fantástico Sur/Salesianos S.A.
(3) Los digüeñes o quireñes (Cyttaria spp., Discomycetes) son hongos comestibles que crecen en las ramas de algunos árboles nativos del género Nothofagus como robles, hualos y coigües.

El texto pertenece al relato oral de las hermanas Úrsula y Cristina Calderón, registrado por su nieta Cristina Zárraga en Hai Kur Mamashu Shis (Quiero contarte un cuento). Valdivia: Ediciones Kultrún, 2005.

Imagen.

10.7.12

Eran otros tiempos...

Eran otros tiempos...

Por Edgardo Civallero

Eran otros tiempos, dicen.

Tiempos en los que la madera se cortaba con un hacha en enero, en luna nueva, cuando el árbol estaba descansando y su savia, en su nivel más bajo, y se dejaba reposar pacientemente dos o tres inviernos en algún sitio fresco y aireado, lejos de la luz del sol.

Tiempos en los que esa misma madera se trabajaba con una hachuela, desbastándola, y se pulía lentamente con un cuchillo pequeño y bien afilado, hasta lograr reducir pulgadas de duro leño a la forma deseada.

Tiempos en los que no todos tenían serruchos, formones, lijas o cepillos; en los que muy pocos poseían conocimientos de carpintería; en los que el torno eléctrico ni siquiera se había inventado, en los que una herramienta de hierro valía el trabajo de dos o tres meses de labranza o pastoreo...

Unos días en los que los cuernos de bueyes y toros se pulían y tallaban con una simple navaja de pastor; en los que los cueros se raspaban y curtían sin productos químicos industriales, sin más sustancias que agua, sal, cenizas o estiércol, y sin más utensilios que un madero de borde romo; en los que los huesos eran limpiados por los pájaros carroñeros, los gusanos y el sol...

Claro. Eran otros tiempos.

En esos tiempos ya idos (aunque no tan pasados como para que no nos lleguen a la actualidad recuerdos de primera mano), los músicos campesinos no tenían un ochavo con el que ir al pueblo a comprar una flauta, una gaita, un rabel o un zanfona. Por ende, aguzaban el ingenio y se los fabricaban ellos mismos con los elementos y materiales que encontraban a mano: ramas de saúco, cortezas de abedul, troncos de tilo, varas de cerezo, huesos de alas de buitre o de patas de cordero, cuernos de vaca o de buey, pezuñas de cabra, crines de caballo, cera de abeja, cañas y juncos, pajas de centeno, vejigas de cerdo, cueros y pieles, tendones y tripas, caracolas y calabazas... O incluso con sus implementos domésticos: un caldero, un almirez, unas cucharas, una hoz...

De ese pasado más o menos reciente nos han llegado verdaderas maravillas de la llamada "artesanía popular". Obras que muchos urbanitas, en su momento, habrán mirado con desprecio, sin dignarse siquiera a considerarlas "instrumentos musicales" y que hoy llenan las salas de los museos etnográficos para delicia de los músicos y luthiers actuales. Trabajos de paciencia y habilidad que fueron realizados sin otra herramienta que una hoja bien afilada y sin otra técnica que la que brinda la dedicación y una inventiva que parece no haber tenido límites. Así nacieron los rabeles de tierras castellanas, la "gaita" de la Sierra de Madrid, el pibgyrn de Gales, la jouhikko y la lävikkö de Finlandia, la fujara checa, la launeddas sarda, la zhaleika rusa, el bodhran de Irlanda, los didjeridoo australianos, los sikus del altiplano boliviano y, en resumen, todos los instrumentos "pastoriles" del mundo.

Pero, por supuesto, eran otros tiempos.

Y uno se pregunta por qué en estos tiempos, los nuestros, parece ser necesario todo un arsenal de herramientas y productos —desde taladros a taninos, pasando por gubias, limas, colas y una interminable lista de instrumentos varios— para al menos intentar construir algo que nuestros antepasados hacían con sus manos.

La respuesta es simple y, al mismo tiempo, terrible. Es que los de antaño eran, en efecto, otros tiempos. Nosotros, los de este "ahora" que transitamos sin saber muy bien ni cómo ni por qué, nacimos en la sociedad del "todo hecho"; esa misma sociedad que deja podrir la fruta al pie del árbol mientras come la mermelada semi-sintética que se vende en el supermercado, básicamente porque no establece una conexión entre ambas cosas y porque, de establecerla, no conoce el proceso que lleva de la una a la otra. Es una sociedad que limita, cuando no castiga, la autosuficiencia, el pensamiento autónomo, la imaginación y la creatividad porque, hablando claro, todos ellos son procesos contrarios al desbocado consumismo capitalista. Se nos ha educado para que no hagamos por nuestra cuenta nada que podamos comprar ya preparado, y que cuando osemos convertirnos en artesanos de nuestros propios objetos, utilicemos de manera mecánica los mil y un implementos, a cual más ridículo, que nos ofrece la condenada "sociedad de consumo". De hecho, empleamos al menos cinco herramientas distintas para cambiar un simple enchufe cuando, en realidad, basta con un humilde cuchillo de cocina. Hacer las cosas de otra manera (hornear el propio pan, coserse la propia ropa, tejerse las propias bufandas o construirse las propias flautas, y hacerlo de la forma tradicional, sin máquinas leuda-amasa-horneadoras, máquina corta-cosedoras, ingenios de tejido rápido o mega-super-tornos de carpintero), nos dicen, es de estúpidos. ¿Porqué elaborarlas como se hacían hace 30, ó 40, ó 50 años cuando vivimos en una sociedad hiper-moderna? En realidad, y siendo honestos... ¿para qué aprender a escribir a mano si ya nadie lo hace? ¿Para qué aprender a cocinar, si la comida puede comprarse hecha...?

¿Qué decir? Prefiero sumergirme por un ratito en esos tiempos que eran otros, deshacerme las manos puliendo una caña o limpiando una vara de saúco, fallar una y mil veces al perforar agujeros, rajar pellejos mientras aprendo a limpiarlos... A la postre, el resultado final será mío: todo mío y nada más que mío. Habrá salido de mis propias manos, con todas sus imperfecciones y errores. No sé si hay una sensación más gratificante que saber que se ha sido capaz de hacer algo por uno mismo con ellas. Y, sobre todo, no sé si hoy en día hay algo más maravilloso que ir, aunque sea por un par de horas, en contra de ese "sistema" que ha logrado convertirnos en unos verdaderos inútiles. Algo que no existía en esos primitivos tiempos de antaño que muchos prefieren hundir apresuradamente en las tinieblas del olvido para no verse forzados a contemplar, por mera comparación, su propia ignorancia.

3.7.12

Amores que matan

Amores que matan

Por Sara Plaza

De él decía el escritor británico Samuel Johnson que era el último refugio de los sinvergüenzas (cobardes, depravados, bribones, villanos o canallas, dependiendo de la traducción).

La anarquista estadounidense Emma Goldman, a quien J. Edgar Hoover acusó de ser la mujer más peligrosa de América, lo consideraba (1) una amenaza para la libertad, cuyas esencias son, "de hecho, la presunción, la arrogancia y el egoísmo". Los argumentos empleados por la editora de Mother Earth eran los siguientes:

El patriotismo asume que nuestro globo está dividido en pequeñas parcelas, cada una rodeada por una reja de hierro. Aquellos que han tenido la fortuna de nacer en alguna parcela en particular, se consideran a sí mismos mejores, más nobles, más grandes, más inteligentes que los seres que habitan en cualquier otra parcela. Por consiguiente, es el deber de cada uno de los que viven en dicha parcela el luchar, matar y morir en el intento de imponer su superioridad frente a los demás.

Los habitantes de las otras parcelas razonan de igual manera, por supuesto [...] Por esta causa, clamamos por el mayor ejército y armada, más barcos de guerra y munición. [...] Pero sin duda, no son los ricos los que contribuyen al patriotismo. Ellos son cosmopolitas, cómodamente en casa en cualquier lugar. En Norteamérica conocemos perfectamente esto. ¿No son nuestros ricos norteamericanos, franceses en Francia, alemanes en Alemania o ingleses en Inglaterra? ¿Y no derrochan con cosmopolita gracia fortunas acuñadas en las fábricas norteamericanas por niños y esclavos algodoneros? Sí, el suyo es un patriotismo que hará posible que envíen mensajes de condolencia a déspotas como el zar de Rusia, cuando le ocurre cualquier desgracia, como el presidente Roosevelt hizo en nombre de su pueblo, cuando Sergius fue castigado por los revolucionarios rusos. Es un patriotismo que ayudará al consumado asesino, Díaz, a destruir miles de vidas en México, o que incluso ayudará a arrestar a los revolucionarios mejicanos en suelo norteamericano y mantenerlos encarcelados en las prisiones norteamericanas, sin la más mínima causa o razón. Por tanto, el patriotismo no es para aquellos que representan la riqueza y el poder. Sólo es bueno para el pueblo. Nos trae a la memoria una de las afirmaciones inteligentes de Federico el Grande, el querido amigo de Voltaire, quien decía: «La religión es un fraude, pero debe ser mantenida para las masas».

El escritor ruso León Tólstoi afirmaba (2) que además de ser malo y perjudicial como sentimiento, era contraproducente como doctrina, aclarando que:

El patriotismo que conocemos todos, que tiene tanta influencia sobre la mayoría de la gente hoy en día, y hace sufrir tanto a la humanidad, no es la aspiración de beneficios espirituales para nuestro pueblo únicamente, sino un sentimiento muy definido, de preferencia para nuestro propio pueblo o Estado sobre todos los otros pueblos o Estados, y por consiguiente encierra el deseo de poder conseguir para dicho pueblo o Estado las mayores ventajas y poder posibles; y esto se consigue solamente a costa de las ventajas y poder de los demás pueblos o Estados.

Por su parte, el anarquista ruso Mijail Bakunin también señalaba (3) lo dañino de una costumbre que negaba la igualdad y la solidaridad humanas. Y lo hacía después de haber explicado que, entre otras cosas, consistía en "una adhesión instintiva, maquinal y completamente desnuda de crítica a las costumbres de existencia colectivamente tomadas y hereditarias o tradicionales, y una hostilidad también instintiva y maquinal contra toda otra manera de vivir". Para concluir que: "el patriotismo es un egoísmo colectivo", y al tiempo que "no es una solidaridad bastante poderosa para que los miembros de una colectividad animal no se devoren entre sí en caso de necesidad", sí es lo "bastante fuerte para que todos sus individuos, olvidando sus discordias civiles, se unan contra cada intruso que llegue de una colectividad extraña".

Dando un salto en el tiempo y situándonos en el siglo que transitamos, las palabras del profesor de filosofía Carlos Férnandez Liria (4) también advierten que:

Confundir sistemáticamente los privilegios con razones y derechos es puro racismo, sean estos privilegios históricos o genéticos. El resultado será siempre parecido. Para el racismo genético, Auschwitz. Para el racismo «histórico», ese Auschwitz al revés que son nuestras leyes de extranjería. Cuando se trata de someter al 80 % de la población mundial a la solución final del sistema económico internacional, no compensan los campos de concentración. Sale mucho más barato encerrar los privilegios en una fortaleza inexpugnable y dejar que la historia siga ahí afuera con su obra genocida. Y así, igual que el nacionalsocialismo tuvo sus filósofos, el nuevo racismo contemporáneo también tiene los suyos. Andan por ahí, hablando sobre todo, de una cosa que inventó Habermas y que se llama el «patriotismo constitucional».

Para finalizar esta brevísima enumeración de horrores en nombre del patriotismo, les dejo un par de estrofas de una chacarera del músico argentino Gustavo Patiño titulada La flor del campo.

Si el joven es el futuro,
El viejo es el pasado,
Y los que están en el medio,
Presente desocupado.

El trabajo hoy es un lujo,
Más lujo es poder cobrarlo,
Aunque potencien la patria,
El hambre sigue a su lado.