27.3.12

"Aquello con lo que los seres humanos están de acuerdo...

Aquello con lo que los seres humanos están de acuerdo...

Por Sara Plaza

...cuando están tranquilos" es, a decir de Voltaire, la Razón. Un bien escaso en la historia de la Humanidad y hoy en día en serio peligro de extinción. Tranquilos, lo que se dice tranquilos, los seres humanos no han estado casi nunca, pero no sé si alguna vez estuvieron tan desquiciados como lo estamos ahora: desquiciados y atrapados en esta rueda infernal que es el sistema capitalista.

Un sistema de producción absurdo y criminal que soluciona sus problemas agravando los de la Humanidad y nos ha convertido en siervos de unos intereses que atentan contra la vida de miles de millones de personas y amenazan la de casi todos los demás. Un sistema que nos ha convertido en siervos de una novedad que nos deja obsoletos cada vez que pestañeamos; de un desarrollo que está agotando los recursos del planeta; de un mercado de trabajo que nos esclaviza; de una industria cultural que nos aliena; de unas patentes que lo mismo se apropian del conocimiento, que de las semillas, del arte que de los genes; y de un cártel de banqueros y empresarios que lo mismo presiden juntas de accionistas que parlamentos, organismos internacionales que clubes deportivos.

Y en esas estamos, desquiciados, atrapados y sirviendo al capital: todo menos tranquilos.

Por eso, cuando el otro día leía en rebelion.org un artículo (publicado originariamente en la revista argentina Sudestada) de Lucas Pedulla titulado “El juego en que andamos", sobre las fábricas recuperadas en este país, pensé que algo habrían dado que pensar al ilustrado francés el puñado de hombres y mujeres que, en situaciones sumamente difíciles, fueron capaces de resistir, de luchar y de ponerse de acuerdo con una apabullante dignidad.

Todas y cada una de las voces que aparecen en el artículo son tan serias, tan justas y tan razonables que cuesta creer, a tenor de las enseñanzas de Voltaire, que pudieran haber sido alzadas en momentos tan dramáticos.

De entre ellas, la de Fermín González Santana, de 75 de años y jubilado hace uno de la imprenta Gaglianone, mantiene una firmeza estremecedora:

-¿Sabe cuánto me quedó debiendo este tipo? ¡72 mil pesos, al final de mi etapa de trabajo! –le comenta al síndico.

-Bueno, no se ponga así, esto tiene solución –responde, sin entender que el señor al que se estaba dirigiendo había perdido gran parte de su jubilación-. Pero, ¿quiere que le diga una cosa? No creo que se pueda sacar mucho de acá, porque donde hay obreros trabajando siempre rompen las máquinas. Acá no debe funcionar nada.

Fermín y sus compañeros ya estaban preparados para ese prejuicio.

-¿Puede esperar cinco minutos? –pregunta, con la cara de quien sabe que tiene un as bajo la maga.

-Sí, tengo todo el día.

El síndico no sabía que arriba, subiendo las escaleras, había un grupo electrógeno. Nada más con conectarlo, los trabajadores esperaron a que las revoluciones estuvieran completas para iluminar todo el taller y hacer funcionar las máquinas. El síndico, claro, estaba absorto.

-Ah, ¡pero estas máquinas caminan!

-¿Pero usted qué se cree? Los obreros no rompen las maquinas, son la única herramienta de trabajo que tienen. Los que las rompen son los patrones... Si el obrero rompe la maquina, es como si le rompieran el corazón.

Estas palabras me hicieron recordar una serie de preguntas que el historiador y activista Howard Zinn insistía en plantear a sus oyentes y lectores: ¿quién se beneficia del tipo de sociedad injusta y desigual que tenemos?, ¿quién de las guerras?, ¿quién de que no haya paz?, ¿quién del miedo?, ¿quién del sistema de producción capitalista?

De su boca y de su pluma brotaron enseñanzas maravillosas:

Ningún piquete por pequeño que sea, ninguna reunión por pocos asistentes que acudan a ella, ninguna propuesta lanzada a una asamblea o un individuo, deberían ser menospreciados como insignificantes. No es sencillo determinar el poder de una idea audaz pronunciada públicamente en contra de la opinión dominante.

Esas personas que hablan a las claras haciendo tambalearse no solo la confianza en sí mismos de sus enemigos sino la complacencia de sus amigos, son motores valiosísimos para el cambio (1).

Por eso es imprescindible desnudar la verdad, ésa que “en un mundo tan injusto como el nuestro ... debe ser siempre el principal aliado de los explotados" (2). En primer lugar, para encontrar la respuesta a todas y cada una de las preguntas que repetía una y otra vez el profesor Zinn. Y en segundo, para poner freno a la explotación.

Con ella, y con la razón, se armaron a principios del siglo XXI los obreros y las familias argentinas que se pusieron de acuerdo para recuperar y autogestionar las empresas abandonadas por los patrones (3). Igual que lo intentaron a finales del XIX los hombres y mujeres de la Comuna de París al promover la gestión de fábricas y talleres de manera cooperativa. O como hace poco más de un mes lo hicieron los trabajadores del Hospital General de Kilkís (Grecia) ocupando éste y declarándolo bajo control obrero (4).

(1) “No pitifully small picket line, no poorly attended meeting, no tossing out of an idea to an audience and even to an individual, should be scorned as insignificant. The power of a bold idea uttered publicly in defiance of dominant opinion cannot be easily measured.
Those special people who speak out in such a way as to shake up not only the self-assurance of their enemies but the complacency of their friends are precious catalysts for change."
Zinn, Howard (1994). You Can't Be Neutral on a Moving Train: A Personal History of Our Times. Boston: Beacon Press.
(2) “En un mundo tan injusto como el nuestro, la verdad desnuda deber ser siempre el principal aliado de los explotados. Y, desde luego, la causa de la verdad no puede encontrar nada útil en la obsesión por mantener inmaculado el corpus doctrinal de lo que fue una ideología de Estado."
Fernández Liria, Carlos y Alegre Zahonero, Luis (2010). El orden de El Capital. Por qué seguir leyendo a Marx. Madrid: AKAL.
(3) Sobre fábricas recuperadas y autogestionadas existe abundante bibliografía en Internet y también pueden echar un vistazo al documental de Naomi Kelin y Avi Lewis titulado “The Take" (La Toma).
(4) Hospital bajo control obrero.
La Asamblea del hospital autogestionado de Kilkís llama a la extensión de las ocupaciones.

Imagen.

19.3.12

Los guardianes alados de Kalhu

Los guardianes alados de Kalhu

Por Edgardo Civallero

Lamassu, los llamaron los antiguos asirios. "Espíritus protectores".

Los asirios —habitantes de un reino de estirpe acadia situado en la región del alto Tigris entre el 2500 y el 600 a.C.— creían en la existencia de fuerzas demoníacas, invisibles seres oscuros portadores de desgracia que se colaban por puertas y ventanas y que, si no eran detenidos y exorcizados a tiempo, provocaban el caos y la enfermedad. Esas potencias del Mal necesitaban adversarios dignos, cuya sola presencia bastara para imponerles respeto, y hasta temor. De modo que crearon a los lamassu y los colocaron por pares en las puertas de sus ciudades, en las de sus templos y en las de sus palacios.

Ignorarlos era imposible, como comprobé cuando me enfrenté a ellos en la sala 7 del Museo Británico. Se trata de imponentes estatuas esculpidas en bloques de piedra verdaderamente enormes. Representan figuras mitológicas que mezclan el recio cuerpo de un toro o de un león, las alas de un águila y la cabeza de un hombre, con la clásica barba mesopotámica y una corona de cuernos. Cada elemento tenía un significado muy concreto para los asirios: el toro y el león representaban la fuerza y el valor; el águila, el poder; y el ser humano, la inteligencia. La corona de cuernos dotaba al conjunto de una pátina de divinidad.

Los lamassu estuvieron presentes en todos los reinos de la antigua Mesopotamia. Esos seres fantásticos podían ser masculinos o femeninos: los sumerios los llamaron lamma y alad, respectivamente; los babilonios, lamassu y shedu; y los asirios, por su parte, los denominaron lamassu y apsasu.

Los que se exhiben en el Museo Británico (y en el Metropolitano de Nueva York) vigilaban la entrada del palacio que Ashurnasirpal II (883-859 a.C.) se había hecho construir en la que fue capital de su reino, Kalhu, hoy Nimrud (Irak). Fueron descubiertos, desenterrados y trasladados a Londres entre 1845 y 1851 por el arqueólogo británico Austin Henry Layard. Layard fue, asimismo, el descubridor de la Biblioteca Real de Ashurbanipal en Nínive (la cual incluía la Epopeya de Gilgamesh, uno de los trabajos literarios más tempranos que se conservan), y son célebres las aventuras que corrió para trasladar las reliquias (robadas, como tantas otras) desde Irak hasta el Museo Británico, en donde se exhiben en la actualidad.

También el Museo del Louvre, en París, cuenta con otros lamassu: los que protegían la entrada del Palacio Real de Dur-Sharrukin (Khorsabad), la capital del imperio asirio durante el reinado de Sharrukin o Sargón II (772-705 a.C.). Pero los más impresionantes son, sin duda, los de Kalhu.

Los guardianes alados de Kalhu
Ashurnasirpal II (originalmente Ash-shur-nasir-apli, "[El dios] Ashur es el guardián del heredero") fue un fiero guerrero que, apenas asumido el trono, se embarcó en un ambicioso programa de conquistas. Dirigió su atención hacia sus vecinos Hititas, Arameos y Canaanitas, que pronto se vieron asediados y conquistados. El plan asirio no sólo incluía la toma y el saqueo de las principales ciudades: venía aderezado por las matanzas más crueles recordadas en la época, que el propio Ashurnasirpal se regodeó en describir:

"Jóvenes y viejos tomé prisioneros. A algunos les corté manos y pies; a otros les corté orejas, narices y labios ... Expuse sus cabezas como trofeo frente a su ciudad. A los niños los quemé en hogueras; la ciudad, la destruí e hice que el fuego la consumiera".

Tras estas conquistas decidió establecer su capital en una vieja ciudad abandonada: Kalhu. La reconstruyó y la rodeó de una muralla de 13 mts. de alto, 36 de grosor y 6 kms. de longitud. Y al sudoeste de ese recinto tan bien defendido erigió la acrópolis, en donde hizo alzar templos y palacios. En 879 a.C., el rey dio una fiesta para 70.000 personas, celebrando la "inauguración" de la nueva capital. Así se describió el evento en una inscripción laudatoria hallada en los Reales Archivos de Asiria:

"Cuando inauguré mi palacio de Kalhu, proporcioné durante 10 días comida y bebida a 47.074 personas, hombres y mujeres, llegados desde todos los rincones de mi Imperio; también a 5.000 personas importantes, delegados de el país Suhu, de Hindana, Hattina, Hatti, Tiro, Sidon, Gurguma, Malida, Hubushka, Gilzana, Kuma y Musasir; también a 16.000 habitantes de Kalhu, y 1.500 oficiales de palacio; en total, 69.574 invitados de todos los países mencionados, incluyendo a la gente de Kalhu. Además les proveí de todos los medios para limpiarse y descansar. Les proporcioné los debidos honores y luego envié a cada uno a su casa, saludable y feliz".

El Palacio de Ashurnasirpal tenía sus puertas guardadas por los impresionantes lamassu. Pero esas fieras figuras no eran las únicas esculpidas en el edificio: todas las paredes del interior estaban cubiertas por bellísimos relieves de alabastro. Entre ellos se cuenta la serie de "La Caza de los Leones" (expuesta en una sala especial del Museo Británico), de un realismo realmente impresionante.

Cada talla exhibe una inscripción que, debido a su similitud, se conoce entre los arqueólogos como "Inscripción estándar de Ashurnasirpal". Los lamassu no fueron la excepción: ellos la muestran entre las patas, en un lateral.

Escrita en acadio y con alfabeto cuneiforme, este texto de 22 líneas narra la genealogía del rey, enumera sus victorias militares, define las fronteras de su imperio, cuenta cómo fundó Kalhu y explica cómo levantó su magnífico palacio.

Así se presenta el rey:

Ashurnasirpal, sacerdote de Ashur, favorito de Enlil y Ninurta, amado por Anu y Dagan, el arma de los grandes dioses, el poderoso rey, rey del mundo, rey de Asiria; hijo de Tukulti-Ninurta, el gran rey, el rey poderoso, rey de Asiria, hijo de Adad-nirari, el gran rey, el poderoso rey de Asiria...

Tras esta descripción, el rey describe su reino:

Desde los pasos montañosos de Kirruri hasta la tierra de Gilzanu, desde más allá del bajo río Zab hasta la ciudad de Til-bari, desde la ciudad de Til-sha-abtani hasta las villas de Til-sha-Zabdani, Hirimu y Harutu, fortalezas de la tierra de Karduniash [Babilonia], todo ello puse dentro de las fronteras de mi tierra ... Yo soy Ashurnasirpal, el célebre príncipe, que reverencia a los grandes dioses, el fiero dragón conquistador de ciudades y montañas...

Luego habla de Kalhu, su capital:

La antigua ciudad de Kalhu, que construyó Shalmaneser, rey de Asiria, un príncipe que me precedió, había caído en ruinas y yacía desierta. Esa ciudad, yo la reconstruí, traje gente que yo conquisté de tierras que yo subyugué ... e hice que se asentaran allí.

Un poco más adelante se refiere a su palacio:

Un palacio con salones de maderas de cedro, ciprés, enebro, boj, meskannu, terebinto y tamarisco, yo fundé como mi residencia real para mi eterno placer señorial.

Y estas son sus palabras sobre las entradas palaciegas y los lamassu que las protegían:

Criaturas de las montañas y los mares yo creé en caliza blanca y alabastro, y las coloqué en las entradas. Las adorné y las hice gloriosas, y coloqué nudos ornamentales de bronce alrededor de ellas. Puse puertas de cedro, ciprés, enebro y meskannu en esas entradas. Puse en ellas grandes cantidades de plata, oro, estaño, bronce y hierro que obtuve con mis manos, como botín, de las tierras que conquisté.

Al igual que una parte nada desdeñable de los escritos históricos (fueran inscripciones, "libros" o cualquier otro tipo de documento), las líneas grabadas en los lamassu de Kalhu son una alabanza al poder establecido: un canto a la gloria del gobernante de turno, para el cual trabajaba el escriba, o para los dioses que protegían la ciudad, o para algún personaje importante. Pasarían algunos siglos antes de que los escritos fueran libres. Aunque, en verdad, siempre nos quedará la duda de si esto último ha sido, alguna vez, realmente posible.

Sea como sea, en los textos grabados sobre la piedra de los lamassu se aprecia la función principal de la escritura: permitir que ciertas narraciones (por muy sesgadas que estén) sobrevivan al paso de los siglos, y darle vida eterna al puñado de personajes que controlaron esa escritura y la usaron a su favor.

Ficha en el Museo Británico.
Ficha en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.

Imagen A.
Imagen B. Fotografía de Edgardo Civallero.

12.3.12

Mujeres con ideas incendiarias

Mujeres con ideas incendiarias

Por Sara Plaza

Golpeadas por señoras de la alta sociedad es como las encontré en la novela Bellas esperanzas (1) de Michel Ragon:

Algunas imágenes volvían sin cesar a su mente, como una obsesión, siempre las mismas: Julie desfigurada por el cólera; los jinetes con capas blancas que escoltaban a los prisioneros de la Comuna hacia la cárcel; los que el general-marqués de Galliffet hizo salir de las filas del Arco de Triunfo de l’Étoile y fusilar en grupos de diez; las burlas de los curiosos de Versalles cuando llegaron en dirección al campamento de Satory y los golpes con las sombrillas de las damas elegantes contra las que llamaban las incendiarias…

Las mismas a las que Humberto Eco vio pasear cargadas con el combustible en El cementerio de Praga (2):

El miércoles vi muchos edificios públicos, como las Tullerías, algunos decían que los habían quemado los comuneros para detener el avance de los gubernamentales y, es más, que había unas jacobinas endemoniadas, las petroleuses, que se paseaban con unos cubos llenos de petróleo para prender los incendios; otros juraban que eran los óbices de los gubernamentales y, por último, había quien le echaba la culpa a los viejos bonapartistas que aprovechaban la ocasión para destruir archivos comprometedores.

Y que otros vieron peleando durante la Comuna de París y capturadas después de la derrota (3):

Los soldados mandados por el mariscal Mac-Mahon, protagonista de dos vergonzosas derrotas contra los prusianos, pero considerado evidentemente capaz de combatir contra los obreros tras haber conquistado una barricada, proceden al fusilamiento sistemático de todos sus defensores, y al registro de las casas sospechosas. Todo aquel que por una simple acusación, o una delación de los brassardiers (parisinos que, pertrechados de un brazalete tricolor, se dedicaban a delatar y a guiar tropas por las calles), acaba ante un tribunal militar improvisado, que a veces asesina a los prisioneros a cañonazos. En muchos puntos de París se ha visto fusilar incluso a niños por haber ayudado a sus padres a levantar barricadas, con la excusa de que también ellos se convertirían en insurgentes. No se respeta a las mujeres, no solo porque muchas de ellas combatieron (varios testigos han visto barricadas defendidas por mujeres) sino porque se ha difundido la leyenda de las petroleuses, que habrían sido las encargadas por la Comuna de prender fuego a toda la ciudad para no entregarla al Ejército.

Fueron duramente señaladas, criticadas, despreciadas, insultadas, humilladas, sospechadas y culpabilizadas (4):

Cuando se desencadenó el enfrentamiento abierto entre comuneros y el gobierno oficial de Versalles, se sucedieron por toda la ciudad una serie de incendios, y veinte mil parisinos murieron a manos de las tropas del gobierno. Los oficiales franceses culparon a las mujeres comuneras de los incendios. Se empezó a llamar petroleuses a las mujeres "ingobernables" de la Comuna de París, y a describirlas como feas, marimachos y malas madres (Gullickson, 1992). Se las criticaba por haber difundido el peligro, las enfermedades y la destrucción de la propiedad y el orden, en vez de cumplir con sus obligaciones familiares y maternales. Los padres fundadores de la III República Francesa, que surgió tras la derrota de 1870, sostenían que las petroleuses eran como prostitutas, por sus provocaciones de desorden sexual y político.

Y es que «todas esas mujeres, que se jugaban la vida a diario en las barricadas, y a las que se llamaba despectivamente las petroleuses (las incendiarias),» tuvieron a todos en contra, además de a las «damas elegantes» (5):

[T]uvieron que enfrentarse con un doble enemigo. Por un lado el gobierno de Versalles, enemigo de la revolución; por otra, lucharon contra un enemigo interno. Estas mujeres se encontraron con la resistencia de sus compañeros a que participaran en pie de igualdad en el experimento revolucionario, lo que las llevó a llamar a la autoorganización de las mujeres y a la formación de asociaciones femeninas a través del Llamamiento a las mujeres ciudadanas de París, que dio lugar a la Unión de Mujeres para la Defensa de París y Cuidado de los Heridos, que aglutinó a un gran número de mujeres pertenecientes a la I Internacional.

La influencia de la lucha de las mujeres cristalizó en algunas de las medidas sometidas a voto en la Comuna, que tuvieron que ver directamente con la mejora de sus condiciones. Algunas de las demandas que las radicales activistas hacían a los líderes de la Comuna fueron auténticas reivindicaciones socialistas, como la apropiación de las fábricas abandonadas por sus propietarios burgueses para entregárselas a las trabajadoras.

Entre esas mujeres se encontraba la maestra y poeta Louise Michel (6):

La "virgen roja", que había sido condenada por "incitación al pillaje", porque en el curso de una manifestación de parados celebrada en marzo de 1883, tras un invierno especialmente duro, algunos manifestantes habían penetrado en una panadería, con ella al frente blandiendo una bandera negra, y repartiendo pan a la hambrienta multitud.

"La Bonne Louise" es una de las figuras más conmovedoras de la historia del anarquismo, ensalzada por todos los cronistas socialistas. Era conocida desde los días de la Commune. En la primavera de 1871, había sido maestra en el distrito 17 de París. "Dulce y paciente con los niños, para los cuales era un ídolo, se convirtió en una leona en la lucha por la causa del pueblo", dice Prosper Lissagaray en su Historia de la Commune de 1871.

"Había formado un cuerpo de asistencia permanente. Las mujeres que lo constituían cuidaban a los heridos por el fuego de la artillería. En esta actividad no toleraban ningún tipo de competencia. Marchaban a los hospitales a rescatar a sus fieles camaradas del cuidado, carente de afecto, de las desatentas monjas. La mirada de los moribundos se reanimaba al oír la dulce voz de esas mujeres que les hablaban de la república y los llenaban de esperanza" [(Lissagaray, 1956)].

Acusada sin razón por los versalleses de pétroleuse, fue llevada ante un tribunal de guerra. No quería misericordia alguna de aquellos jueces con las manos manchadas de sangre: "Se ha de expulsarme de la sociedad. Ellos han recibido el encargo de hacerlo. Pues bien, ¡manos a la obra! Puesto que un corazón que late por la libertad sólo parece tener derecho a un trozo de plomo, exijo yo también mi parte. Si ustedes me dejan vivir no cesaré de clamar venganza" [(Lissagaray, 1956)].

La sentencia del tribunal fue deportación. Aquella mujer, hija de un noble y de una criada, se convirtió, según su propio testimonio, en anarquista durante el viaje a Nueva Caledonia.

"El barco estatal nos trasportó como tigres enjaulados a fin de que sintiéramos remordimientos. Pero durante aquellos cuatro meses de travesía entre el cielo y la tierra no teníamos otra cosa que hacer que reflexionar" [(Lissagaray, 1956)].

Tras nueva años en la colonia penitenciaría en unas condiciones de vida criminales fue amnistiada de los últimos, pues se había negado a ser indultada antes que los demás: "¡No; todos. No yo sola!"

A su regreso a Francia se lanzó de nuevo inmediatamente a la agitación. Cuando en enero de 1888 hablaba en una reunión, un anciano monje ignorante subió al estrado y le disparó dos balas a quemarropa. Una le destrozo el oído, la otra quedó alojada en la cabeza. Louise Michel estuvo en peligro de muerte. Al día siguiente la prensa informó que los médicos todavía no habían podido retirar el proyectil. Sin embargo, a pesar de la herida logró sobrevivir. Murió diecisiete años después del atentado.

El profesor Vladimir Acosta completa la figura de esta revolucionaria y enfermera que también participó en las barricadas luchando con las armas en la mano explicando que (7):

[T]uvo la suerte de no ser asesinada en esa barricada de Montmartre, se escondió y finalmente tuvo que entregarse porque los versalleses habían capturado a su madre y amenazaban con fusilarla. Louise estuvo presa y fue sometida a un juicio en el cual tuvo una actitud extraordinariamente valiente que llevó a Victor Hugo, que era su amigo, al cual lo había conocido de antes, […] a defenderla públicamente y a escribir un poema en el cual la exalta. […] estuvo prácticamente tres años en la cárcel y fue condenada a la deportación. La deportaron y la mandaron para la Nueva Caledonia, allá en el otro extremo del mundo, y allí pasó siete años presa hasta que en 1880 se produjo la Amnistía que le permitió regresar a Francia.

En esos años ella demostró ser mucho más revolucionaria que muchos de los comuneros que la acompañaban, que no dejaban de ser franceses en un mundo de una población lejana, considerada inferior, considerada negra, caníbal y todo lo demás. Ella se vinculó a los canacos, luchó al lado de los canacos, incluso alentó una de las rebeliones de los canacos, y a los dirigentes de esa rebelión les regaló algo que era profundamente importante y simbólico para ella, el pañuelo rojo que usaban los comuneros en la cintura. Ella había logrado conservarlo y lo partió en dos mitades para entregarle una a cada uno de los líderes canacos.

A través del recuerdo de Louise Michel y sus compañeras vaya mi agradecimiento a todas las mujeres del mundo que con sus palabras, sus gestos y sus quehaceres cotidianos, alumbran los hogares, las aulas, las barricadas, los hospitales, las bibliotecas, los teatros, los lienzos, las calles, los campos, las industrias… la vida y todo aquello que la hace digna de ser vivida.

(1) Ragon, Michel (2000). Bellas esperanzas. Montevideo: Trilce.
(2) Eco, Humberto (2010). El cementerio de Praga. Barcelona: Lumen
(3) La comuna de París y los orígenes del pensamiento anarquista: la experiencia de los hermanos Reclus, ensayo de Federico Ferreti
(4) Clain, Barbara y Sluga, Glenda (2000). Género e Historia. Mujeres en el cambio sociocultural europeo de 1780 a 1920. Madrid: Narcea.
Gullickson, Guy L. (1996). Unruly women of Paris: images of the commune. New York: Cornell University Press.
Helly, Dorothy O. and Reverby, Susan M. ed. (1992). Gendered Domains. Rethinking Public and Private in Women’s History. Essays from the Seventh Berkshire Conference on the History of Women. New York: Cornell University Press.
(5) Louis Michel, precursora del feminismo en la Comuna de París, artículo de Clara Serrano.
(6) Bajo la bandera negra (Hechos y figuras del anarquismo) de Justus F. Wittkop
Lissagaray, Prosper (1956). Geschichte der Kommune von 1871. Berlín: Rütten&Loening.
(7) Nace Louise Michel, luchadora de la Comuna de París y destacada anarquista francesa, video presentado por el Prof. Vladimir Acosta.

Imagen. El sol y la vida (1947) de Frida Kahlo. Óleo sobre masonite 40 x 50 cm. Colección de Manuel Perusquia, Galería Arvil, Ciudad de México.

6.3.12

Un rey, una estatua-libro y un escriba torpe

Idrimi de Alalakh

Por Edgardo Civallero

Leonard Woolley —el arqueólogo británico que desenterró el famoso Cementerio Real de Ur— dio con ella en 1939, mientras excavaba las ruinas de un templo en el sitio de Tell Atchana, cerca de la actual ciudad de Antakya (provincia de Hatay, Turquía). Se trata de una estatua de un metro de alto, de dolomita blanco-parduzca, que representa muy esquemáticamente a un individuo de grandes ojos de vidrio blanco, sentado en un trono de basalto y con las manos sobre el pecho.

Supongo que a Woolley le habrá llamado la atención la misma característica que me la llamó a mí —y a muchísimos otros— apenas la vi en la sala 57 del Museo Británico: la espalda, los hombros, los brazos y parte de la cara y el pecho de la estatua están cubiertos de pequeños signos cuneiformes. La tosca efigie es, en la práctica, un verdadero libro abierto.

El centenar de líneas de texto que cubren la escultura contaron a los investigadores diestros en descifrar las lenguas muertas de la antigua Mesopotamia que aquella era una representación de Idrimi, soberano de la ciudad-estado de Alalakh durante la Edad de Bronce Tardía, unos 1.600 años antes de Cristo.

La historia narrada a través de pequeñas cuñas incisas en la piedra resultó apasionante; tanto, que dio pie a un buen número de análisis lingüísticos y literarios y a muchos artículos históricos y arqueológicos. Idrimi relata, en primera persona, su propia biografía, una trayectoria personal jalonada por avatares que hoy en día casi suenan a leyenda o a película épica.

Explica que fue el hijo menor de Ili-ilimma, señor de la dinastía de Yamkhad y soberano del reino amorrita de Halab (actual Alepo, Siria). Debido a serios problemas cuyos motivos no se preocupa en aclarar, Idrimi y su familia se vieron forzados a abandonar su ciudad natal, Halab, y refugiarse en Emar (hoy Tell Meskene, Siria), una ciudad-estado situada a orillas del Eufrates y gobernada por los descendientes de sus tías maternas. Las crónicas históricas coinciden en señalar que la huida pudo haber sido provocada por la caída de Halab en manos de los ejércitos del reino hurrita de Mittani, al este, los cuales habrían ocupado toda la región.

Idrimi narra las diferencias que tenía con sus hermanos y cómo, un buen día, resolvió alejarse de los suyos y dejar Emar. Provisto de un patrimonio mísero para alguien de su estatus (un caballo, un carro y un escudero), se dirigió hacia el sur. Allí, en tierras de Ammija, en Canaan (en el Cercano Oriente) se asentó entre los Hapiru, un pueblo nómada de asaltantes, ladrones y forajidos que fueron llamados, en los textos de la época, sa-kaz: "los destroza-tendones". Entre ellos había refugiados del antiguo reino de Halab: habitantes de poblaciones como Niya, Amae, Mukish y Alalakh que habían escapado tras las invasiones de los hurritas de Mittani. Estos reconocieron a Idrimi como el hijo de su legítimo señor y, junto a él, comenzaron a planear la reconquista de sus tierras originarias.

Tras siete años de espera, y mientras "soltaba aves y sacrificaba corderos" como ofrendas a Teshub, dios del cielo y de la tierra, Idrimi decidió construir una flota y, acompañado por un ejército numeroso, tomó las ciudades antedichas. Tras ello envió un mensaje al señor del reino de Mittani, Parattarna o Barrattarna, recordándole viejos pactos y juramentos, y éste lo aceptó como vasallo y le permitió establecer su capital en Alalakh. La villa estaba estratégicamente situada en el valle del río Amuq, en un cruce de las rutas que llevaban de Alepo al mar y de Anatolia a la costa palestina.

Allí, en Alalakh, reinó Idrimi, y desde allí lideró la conquista de un puñado de ciudades del reino Hatti (Hitita) de Kizzuwatna, al norte, en la actual Anatolia turca. De esas campañas militares volvió con riquezas que le permitieron elevar y fortalecer las murallas de su ciudad, crear templos y construir casas para que los antiguos refugiados pudieran volver a vivir en sus tierras natales. Y allí murió, tras treinta años de reinado, dejando como heredero a su hijo Niqmepa.

Idrimi de Alalakh
Tras dar cuenta de su historia, Idrimi agregó una serie de maldiciones que buscaban impedir que su figura fuese deshonrada:

¡A aquel que remueva mi estatua [le deseo] que su semilla se termine, que el cielo lo maldiga, que su semilla quede encerrada en el Inframundo, que los dioses del cielo y de la tierra dividan su reino y su país! ¡Al que la cambie, de cualquier forma que sea, [le deseo] que Teshub, el Señor del Cielo y de la Tierra, y los grandes dioses de su tierra, destruyan su nombre y a sus descendientes!

Pero allí no acaba el texto. Las penúltimas líneas están (auto-)dedicadas al escriba, a aquel que grabó los signos en la piedra:

Dado que Sharruwa, el escriba, fue el que inscribió esta estatua, que los Dioses del Universo lo mantengan vivo, lo protejan y lo favorezcan. Que Shamash, Señor de los Vivos y de los Muertos, Señor de los Espíritus, lo cuide.

Lo curioso del caso es que, a decir de los expertos, el trabajo que realizó el tal Sharruwa no fue precisamente bueno: el acadio en el que está redactada la historia es defectuoso (fruto de una traducción mal hecha de la lengua amorrita al acadio, prestigioso idioma "internacional" de la época) y la escritura cuneiforme es lo suficientemente confusa como para que todavía haya algunas secciones del texto que generen dudas entre los académicos. Aún así, y a pesar de la pobreza de su desempeño (algunos autores hablan de "ignorancia irritante" en la escritura y "uso horripilante" de la lengua), el escribiente se tomó la libertad de firmar el texto y pedir las correspondientes bendiciones. Tal osadía, algo bastante inusual, ha llevado a algunos estudiosos a preguntarse si la historia pudo ser escrita una vez que Idrimi hubiese muerto. En tal caso, la estatua sería una ofrenda a la memoria del rey y el texto, una "pseudo-autobiografía" con tintes heroicos.

A pesar de haber sido solo un pequeño gobernante en un escenario histórico con actores de mayor talla, la historia de Idrimi (cuya tumba fue hallada por Woolley en la misma serie de excavaciones que permitieron hallar la efigie) ha sido recogida en numerosos libros. Parece cumplirse así lo que pedía el soberano —o su fiel escriba— en la última línea de la inscripción, como colofón a sus aventuras:

Yo fui rey durante 30 años. Escribí mis logros sobre mi estatua. Dejad a la gente leerla y bendecidme.

Ficha de la estatua de Idrimi, en el Museo Británico [en].
El texto de la historia de Idrimi [en].
Alalakh, en Wikipedia [en].

Imagen A.
Imagen B. Fotografía de Edgardo Civallero.