31.1.12

"Descubridores" y "descubiertos"


Por Edgardo Civallero

A pesar de todas las lecturas que han pasado por mis manos y de todas las discusiones que he protagonizado al respecto —las cuales ya me deberían haber enseñado que no debo irritarme al oír hablar de este asunto—, todavía me causa mucha gracia (una "gracia" que, evidentemente, disimula mi indignación) que se hable del "descubrimiento de América" por Colón en 1492. O de cualquier otro "descubrimiento" en el cual un grupo de seres humanos se encuentra con otro y, ¡oh, qué cosas!, va y lo "descubre".

[Más gracia me causa aún que ciertos ciudadanos de países como España, Portugal o Inglaterra continúen considerándose, a día de hoy, los "descubridores" de territorios y continentes. Como si ellos hubieran viajado en los barcos hace cinco, cuatro o tres siglos... O como si se sintieran tan orgullosos de las "proezas" de sus antepasados (nótense las comillas) que quisieran hacerlas suyas].

Siempre me he planteado que si Colón "descubrió" a los taínos de Cuba y Haití, por fuerza los taínos "descubrieron" entonces al hombre blanco de las Europas. Por ende, si queremos hablar de "descubrimiento" y queremos hacerlo desde un punto de vista "justo" y "equilibrado" (otra vez: nótense las comillas), la historia debería de escribirse así: en Europa se dirá que Colón "descubrió América"; en América, que los taínos "descubrieron" a los europeos (primero) y más tarde, forzadamente, Europa (adonde fueron llevados por el bueno de don Cristóbal como curiosidades).

[Por cierto: el epíteto de "Descubridores de Colón" ya ha sido aplicado a los taínos en una publicación del Museo Chileno de Arte Precolombino].

Me temo que tal enfoque no será del gusto de las editoriales que publican los libros de historia para América Latina (afincadas en España, o en Latinoamérica pero con fuerte capital español) ni del de las preclaras mentes que, desde las Universidades y Academias de Historia del Viejo Mundo (y del Nuevo: el servilismo ni falta ni falla) siguen proclamando a voz en pecho la teoría del "descubrimiento" y, aún más, la de la "civilización" de los "descubiertos" por parte de los "descubridores" (de saqueo y genocidio, nada. O, a lo sumo, mencionado de puntillas como "daños colaterales": esos indios eran tan brutitos que no se dejaban civilizar por las buenas...).

¿Alguna vez se les habrá ocurrido, a algunos de los que aún defienden esta idea gastada y ridícula, que aunque la geografía de las (luego llamadas) "Américas" no estaba reflejada en las cartas de navegación y los mapas de sus países, estaría recogida de forma minuciosa en los mapas mentales —o físicos— de los seres humanos que habitaban allí desde tiempos inmemoriales?

¿Alguna vez se habrán parado a pensar que, por el mero hecho de que las lenguas, culturas e historias de los pueblos que vivían en esas tierras no estuvieran incluidas en los grandes libros, tratados y enciclopedias de sus naciones, no significaba que no existieran?

Me da la sensación de que el discurso "descubridor" se basa en una idea muy sencilla (y muy deplorable): un pueblo, una tierra, un idioma o una música recién comienza a "existir" cuando es "descubierta", es decir, cuando aparece en los papeles escritos de alguna "nación civilizada".

Lo peor es que lo que piensen los "descubiertos" sobre sus "descubridores" no viene a cuento. Jamás vino a cuento.

Pero, ¿se imaginan si a alguien le hubiera importado? ¿Se imaginan, al menos por un minuto, que esos pensamientos y esas opiniones (que seguramente existieron) hubieran sobrevivido al aplastante poder de las voces dominantes y al paso del tiempo? ¿Que a nuestras manos hubiera llegado, por ejemplo, la crónica escrita de un indígena que hablara sobre los hispanos a principios de siglo XVI? ¿Cómo hubiera sonado?

Es su piel blanca y sin color, como deslucida o desteñida. Solo con el sol algunas de esas pieles toman un color que semeja el nuestro. Los hombres tienen pelos en todo el cuerpo, mas por demás en su cara. A esos pelos llaman «barbas» y «bigotes». Los primeros se los dejan en el mentón y las mejillas; a veces los cortan con una cuchilla afilada, y nunca se los arrancan, que doloroso y cruel les parece tal negocio. Los segundos los llevan bajo la nariz, por sobre el labio. Es costumbre entre algunos hombres el dejarse esos «bigotes» largos y curvar sus puntas hacia arriba, y me dicen que para algunos es signo de harta distinción. He visto muchos modos y maneras de estos «bigotes», y todos me parecieron sucios y repelentes, mucho más cuando comen y se los dejan llenos de caldos, sopas y otros mejunjes que ellos tienen por costumbre tomar. También algunas mujeres he encontrado con «bigotes» poblados, y es esto espectáculo que provoca gran impresión, que siendo de ese sexo parecen hombres, y nada hacen por remediarlo.

Los pechos, brazos, manos y piernas de los hombres son peludos también, que no tienen por costumbre cortarse esos pelos con cuchilla, ni arrancarlos, que, como tengo dicho, tienen por asunto doloroso. Y las mujeres los llevan bien poblados por debajo de los brazos, en los sobacos, que varias vi yo y dan imagen muy repugnante con ellos, y también un fortísimo mal olor. Pero no se preocupan de ello.

El color de los cabellos es muy diverso, que es gran maravilla: algunos los tienen amarillos o dorados, otros rojos o bermejos, otros castaños y marrones, y otros, finalmente, como los nuestros. Las mujeres los llevan largos, y adornados de distintas guisas, y los hombres del pueblo llano los llevan cortos a la altura de las orejas. Algunos nobles llevan cabellos largos, recogidos en una cola a la nuca, o sueltos, que en ello hay distintas costumbres, y tantas como naciones. Son sus cabellos más finos que los nuestros, débiles, y son muchas las gentes que los tienen ondulados o con curvas, que es cosa natural y sin artificios y no entiendo todavía como pudieron ser creados así.

Los ojos son grandes y redondos, como de lechuzas, que asombra que no se hagan daño con la luz del sol o con el polvo. El color de los ojos es tan variado como en los cabellos. Muchos son claros y desteñidos como sus pieles, de color azul, verde, gris o miel. Otros son oscuros. Y para algunos de ellos, ojos oscuros son traidores o hechiceros y brujos, y como esa, muy muchas otras costumbres he conocido entre ellos que parecen ridículas y dignas de risa. Mas son estas gentes muy dadas a esos tipos de creencias, que, junto con otras, prueban su ignorancia y su baja naturaleza y condición.

Sus caras son redondas y finas y las narices, de tantas y tan diversas guisas que sería imposible enumerarlas. Las hay cortas, romas, rectas, finas y gruesas. Y algunos las llevan muy sucias siempre de mocos, y usan para limpiarlas a veces unos trapos más sucios aún que llaman «lienzos de narices», mas no alcanzo yo a entender como pueden limpiarse con algo que está más podrido que su nariz y que apesta a enfermedad y a muerto. Y ciertamente, que lo vi yo con mis ojos, verdes los llevan de tanta basura seca como acumulan en ellos, mas tan alegremente los despliegan, sacándolos de sus mangas, y se suenan con ellos las narices con mucho ruido y pompa, que pareciese aquello espectáculo honroso y divertido para ellos.

Allí donde las pieles de las caras son más blancas, llevan sobre ellas como puntos oscuros y pequeños que, a primera vista, me parecieron tatuajes y dibujos curiosos, pero que luego supe de ser naturales, y que llaman «pecas». Y me dijeron que, al tener la piel tan clara, el sol las ofende mucho y les surgen entonces esos puntillos, que son como marcas que les deja el sol allí puestas. Tales marcas les aparecen casi siempre sobre la nariz y en las mejillas, y no pueden quitárselas con nada y son así para siempre. Y en algunas mujeres son como rosas o pardas y muchos hombres hallan que, con ellas, las dueñas son más galanas y hermosas. Pero no lo encontré yo así, que me pareció que llevan las caras sucias o mal pintadas, y nos la hace más bellas en nada.

Lamento profundamente que tantas voces se hayan perdido. Porque de verdad que mataría por saber lo que pensaron los "descubiertos" taínos de Cuba cuando vieron desembarcar a Colón y a los suyos en sus playas, dispuestos a "descubrirlos". Tengo un par de ideas al respecto...

[La "crónica indígena" ha sido extraída del cuarto tomo de la saga "Crónicas de la Serpiente Emplumada" (titulado "Regreso al principio") que plantea, en forma de ucronía, una historia "al revés" en la cual los descubridores y conquistadores son en realidad, los descubiertos y conquistados].

24.1.12

Fritos o cocidos, esa es la cuestión

Fritos o cocidos, esa es la cuestión

Por Sara Plaza

En el texto La ideología de la globalización (reflexiones sobre el hambre) incluido en el libro Capitalismo y nihilismo. Dialéctica del hambre y la mirada, Santiago Alba Rico escribe: "Hay que adaptarse a lo inevitable, se nos dice, pero el concepto mismo de adaptación, por contagio biologicista, es hasta tal punto percibido como positivo, que el esfuerzo mismo, la tensión, el dolor de la adaptación, iluminan favorablemente el medio, por muy terrible que sea. Si se abunda en el carácter inevitable de la globalización no es solamente para impedir que nos la representemos como «evitable» sino, sobre todo, para que la aceptemos como «razonable»".

Por lo mismo, cuando nuestros gobernantes insisten en la inevitabilidad de las políticas neoliberales que vienen aplicando a golpe de decreto (fiscalidad regresiva, despido libre y gratuito, rebaja de salarios, congelación de pensiones, recortes sociales, privatizaciones, la obligación de atender el pago de la deuda y sus exorbitantes intereses antes que cualquier otro compromiso del Estado, etc.) no es solamente para permitir que los "mercados" (léase "los propietarios de los grandes capitales que operan en ellos: los grandes banqueros y los directivos de los bancos, los grandes inversores, los titulares de los gigantescos fondos de inversión, de pensiones, las grandes multinacionales... personas normales concretas, ciudadanos como los demás pero que tienen muchísimo dinero y, por tanto, muchísimo poder", en palabras del profesor Juan Torres López) rebañen los restos de las conquistas sociales alcanzadas en los últimos dos siglos y materializadas en lo que llamábamos el "estado del bienestar" sino, sobre todo, para convencernos de cuánto mejor vamos a estar sin esas molestas sobras que un día fueron nuestros derechos.

Despojados de éstos, el dilema de nuestros gobernantes no es si nos comen o no, pues para ese fin llevan tiempo engordándonos con pan y circo (o lo que es lo mismo, atontándonos con instrumentos de imbecilización colectiva, como bien lo expresa el economista y activista por la justicia social y la paz Arcadi Oliveres), su único desvelo es decidir si antes de engullirnos nos fríen o nos cuecen (expresión que he escuchado a Francisco Álvarez Molina en sus colaboraciones con AttacTV).

Ante esa hambre desmedida e insaciable, tenemos que volvernos cada vez más indigestos y lograr que se les atragante cada mordisco al planeta y a la Humanidad, a la dignidad y a la imaginación, a la justicia y a la libertad. Solo así, a fuerza de retortijones, tal vez les quitemos las ganas de seguir masticándonos: "aniquilar el peligro poniendo en peligro a los aniquiladores".

16.1.12

Civallero: pequeña historia de un apellido

Civallero historia de un apellido

Por Edgardo Civallero

Si uno empieza a hurgar un poco en las raíces de su propio apellido, revisando su historia y siguiéndole la pista hacia atrás a través de las generaciones, puede llegar a lugares y a momentos realmente inesperados. Y puede darse cuenta de que el conjunto de letras que componen esa palabra tan familiar (y nunca mejor dicho) puede haberse paseado por sitios desconocidos, haber cambiado de forma unas cuantas veces y llevar dando vueltas por este mundo nuestro un buen puñado de siglos.

Descendiente de inmigrantes italianos como soy, siempre supe —por las anécdotas y narraciones que me llegaron de boca en boca a través de las cuatro generaciones de Civalleros que vivieron en Argentina— que mi apellido era de origen piamontés. Pero poco más pude averiguar de memorias a veces difusas por la edad, otras simplemente desinteresadas por la temática...

Con el tiempo terminé echando el asunto al olvido.

Sin embargo, hace poco descubrí que no era el único Civallero que sentía —o había sentido alguna vez— cierta curiosidad por indagar algo más acerca de sus orígenes. Los había en Italia, El Salvador, Francia, Estados Unidos... Las preguntas que se hacían tan desperdigados "familiares lejanos" míos reavivaron las mías propias. De forma que me puse a investigar.

Revisando alguna de las numerosas bases de datos genealógicas italianas, encontré que la forma original de mi apellido es "Civalleri", y que, en efecto, se trata de un nombre típicamente piamontés. Ocurre que cuando llegaron a Argentina (y entre 1862 y 1930 arribaron unos cuantos inmigrantes con ese apellido al puerto de Buenos Aires, en barcos que habían zarpado de Génova y Marsella), los funcionarios que inscribieron a esos italianos viajeros apuntaron lo que les pareció, o lo que escucharon: "Civalleri", "Civallero", "Civaleri", "Civalero", e incluso "Chivalero". Y así quedaron.

[Los Civalleri no serían los únicos en sufrir "alteraciones" en sus apellidos, por cierto: en Argentina hay numerosas historias similares, algunas de ellas con consecuencias bastante serias...]

De acuerdo a los registros civiles italianos, la mayor concentración de Civalleri se sitúa hoy por hoy en la provincia de Cuneo, fronteriza con Francia por un lado y con Génova por el otro. Allí, a 6 kilómetros de la ciudad de Cuneo (capital provincial) está el pueblo llamado precisamente Civalleri (con su calle principal, via Civalleri), de donde habrían salido los Civallero de Argentina. Es decir, mis antepasados.

La vecindad a Francia confirma una vieja historia familiar que narraba que los Civalleros piamonteses cruzaban a tierras galas en verano para trabajar como mano de obra migratoria, segando heno con hoces y guadañas.

De vuelta a los archivos genealógicos, me encontré con que "Civalleri" es la italianización de un patronímico medieval originario de la Provenza francesa, "Civeller". Ese apellido se latinizó como "Civallerius" y luego se italianizó "Civallero" (o, en plural, "Civalleri").

Se cree que el nombre habría pasado desde Francia a Génova hacia la segunda mitad del siglo XIV (o sea, entre 1350 y 1400). De hecho, por esa época los archivos históricos italianos ya guardan registros de un tal Francesc Civeller, burgués que trabajaba en la administración del puerto de Génova, y de un tal Johan Civeller, procurador del rey en 1420 y que, según el documento que consulté, ordenó a un fulano no acercarse a la mujer del prójimo (parece ser que ya entonces existían las hoy tristemente célebres "órdenes de alejamiento").

Desde la zona del puerto de Génova, y con el paso de los años, los Civallero habrían ido subiendo hacia el norte y se habrían asentado en el Piamonte, en el pueblo que lleva su nombre y en otros tantos rincones de esa geografía montañosa. Supongo que cambiarían su provenzal natal (el occitan o lenga d'óc) por el genovés (el zeneize), y luego olvidarían éste para aprender el piamontés (el piemontèis) y, quizás, algo de francés.

Había logrado remontarme hasta el siglo XIV, lo cual ya era toda una hazaña. Pero intenté seguir un poco más hacia atrás. Busqué algún rastro de esos "Civeller" de la Provenza, y descubrí algo curioso: "civellers" significaba "hebilleros". El término designaba originariamente a trabajadores de la industria de las prendas en toda el área de Cataluña y la Provenza francesa. Evidentemente, algunos de ellos asumieron su oficio como apellido, algo común en aquella época en muchas lenguas europeas (véase, por ejemplo, los Müller y Miller alemanes e ingleses, los Escrivá catalanes o los Herrero y Zapatero españoles...).

El caso es que, al menos en la Cataluña medieval (hacia 1380), los Civeller parecen haber sido gente con mucho dinero, que incluso llegaron a obtener puestos cercanos a príncipes y nobles: su apellido se escribía Civeller o Civaller, dependiendo del escribiente (y de la pronunciación catalana).

Mi aventura me permitió, pues, encontrar Civalleros hacia finales del siglo XIII y principios del XIV. Ignoro si su línea de sangre tiene algo que ver con la mía: en realidad, tengo mis series dudas al respecto. Lo que sí sé es que la palabra que hoy me permite identificarme, que me relaciona con otras personas con mi misma ascendencia, es la misma que ellos emplearon para identificarse y relacionarse hace siete siglos, en algún rincón del Mediterráneo.

9.1.12

De amores inmoderados y otras dolencias

De amores inmoderados y otras dolencias

O el vicio de no estarse callado

Por Sara Plaza

Debo confesar que normalmente, cuando cruzo la puerta del autobús, subo los dos o tres escalones que me dejan frente al pasillo y camino a lo largo de éste hasta ubicarme en un asiento intermedio, ni muy adelante ni demasiado atrás, voy advirtiéndome a mí misma que el viaje será un pequeño infierno. Y lo será porque antes de que el resto de viajeros estén sentados en sus asientos comienza el guirigay de "conversaciones". Si uno no llama, es llamado. Solo unos pocos no llaman ni son llamados, y empiezo a creer que soy la única que viaja sin móvil/celular, sumándome a los escasos que lo hacemos en silencio.

De más joven cargaba un enorme bolsón negro que era como mi segunda casa, pues en él solía guardar, entre otras cosas, un jersey, un abanico, un libro, un cuaderno, un par de lapiceras, una pequeña agenda, una manzana, mi discman y un puñado de CDs que nunca me cansaba de escuchar. Ahora me cuelgo un bolso marrón no-tan-grande, el jersey me lo ato a la cintura, y el discman y los CDs (que en su día sustituyeron al walkman que aún conservo, y hoy por hoy no consienten en ser suplantados por ninguno de los nuevos aparatitos que aparecen y desaparecen en el mercado) se han quedado en casa. No así el libro, sin el cual no sé salir de ella.

Y no me importa si a lo largo del trayecto en autobús soy incapaz de avanzar una sola línea porque no logro concentrarme debido a las insufribles y machaconas músicas de todos esos teléfonos, que dan paso a los todavía más fastidiosos e insistentes diálogos a una sola voz. No, no me importa. La mayoría de las veces me conformo con acariciar sus pastas, abrirlo por la página en la que dejé varada mi lectura y mirar a través de la ventanilla. Consigo así que mis dedos se enreden entre las palabras escritas y que mis ojos revivan la historia al otro lado del vidrio. Auque mis oídos no pueden escapar de su cautiverio, mis otros sentidos se afanan en mitigar las secuelas de semejante encierro en esa jaula de voces.

En más de una ocasión me he preguntado si algunas de las personas que viajan a mi lado se escuchan siquiera. Si se dan cuenta de los gritos que pegan. Si son conscientes de las sandeces que dicen y nos obligan a oír a los demás. Y siempre he llegado a la misma conclusión: no, no y no. Esas personas superan con creces las dosis permitidas de egoísmo, impertinencia y mala educación.

Francamente, yo no creo que sea un inmoderado y excesivo amor a sí mismos, como sugiere el diccionario de la RAE, el que les haga a estas personas atender desmedidamente su propio interés y molestar al resto. Yo no entro ni salgo en si se quieren a ellos mismos o no, pero tengo muy claro que no sienten ni la más mínima consideración por los demás, es más nuestra presencia muda les incomoda.

En cuanto a la mala educación, se dice que no es contagiosa pero cada vez está más extendida, y dado que seguimos sin encontrar un antídoto mejor no bajar la guardia ante un individuo a un teléfono pegado.

3.1.12

Mil palabras en una

Milpalabras en una

Por Edgardo Civallero

El idioma, ese "sistema formal de signos gobernado por reglas gramaticales de combinación que permiten la comunicación de significados", tiene varias capacidades maravillosas. Una de las que siempre me han llamado la atención es la de síntesis: el poder de condensar ideas tremendamente complejas en una única palabra.

Me enfrenté por primera vez a esta característica de las lenguas humanas a mis siete años, cuando, revisando una enciclopedia infantil ("Hechos y hazañas del mundo", vol. 2. Bogotá: Norma, 1976), me topé con un término que me dejó verdaderamente anonadado: nilaktakviksaksiongniakpogut, veintiocho letras engarzadas entre sí que en "esquimal" (la enciclopedia dixit) expresaban la idea de "buscar un lugar donde tener hielo para beber agua".

Mi asombro de crío se disolvió cuando, al cabo de los años, descubrí que cualquier lengua aglutinante (categoría en la que entran las hablas "esquimales" o inuit) podía producir palabras kilométricas: véase, por ejemplo, el caso de la voz aymara aruskipasipxañanakasakipunirakispawa, treinta y seis letras que significan "debemos estar siempre comunicados" o, en una traducción más literal, "sé, por mi experiencia personal, que es aconsejable que todos nosotros hagamos el esfuerzo de comunicarnos". Estas aglutinaciones no son palabras propiamente dichas, sino uniones de raíces, afijos y otras partículas que pueden alcanzar longitudes de espanto. Mis intereses lingüísticos cambiaron entonces de dirección. Me enfoqué en las palabras "sencillas", ese vocabulario a simple vista "normal y corriente" que, en todos los idiomas del planeta, logra condensar/sintetizar en una sola expresión significados realmente complejos.

Un caso paradigmático (sobre todo porque ha dado título a un curioso libro de Adam Jacot de Boinod) es el del verbo pascuense tingo: "llevarse todos los objetos que uno desea de la casa de un amigo, uno por vez, pidiéndolos prestados".

Evidentemente, la traducción al español es una "definición" del verbo original, dado que en nuestra cultura no tenemos un concepto semejante y no es posible, por ende, una traducción directa (en realidad, ese tipo de traducción es imposible la mayor parte de las veces, debido al valor connotativo de las palabras). Bien mirado, lo que en realidad asombra no es que un término pueda albergar ese significado tan complejo: como he dicho, todos los idiomas poseen voces que codifican experiencias e ideas muy complicadas. Lo alucinante, desde mi punto de vista "euro-americano", es que exista una idea, costumbre o categoría como la que define tingo. Pues el lenguaje es un mero reflejo de una cultura, un instrumento que le permite a un pueblo determinado expresar sus tradiciones, sus clasificaciones, sus sueños cotidianos... Y lo que nos suele deleitar o llamar la atención de las palabras "extranjeras" es, en realidad, lo que éstas deciden definir: una diversidad apabullante de idiosincracias, de cosmovisiones, de puntos de vistas y de perspectivas...

Si los pascuenses crearon tingo es porque necesitaban ese verbo; porque dentro de su cultura, esa práctica —asaltar a un amigo de a poco, para que "no lo note", y robarle aquellas posesiones suyas que nos gusten bajo el inimputable método de "pedírselas prestadas"— era algo común y corriente. Y no puedo evitar una sonrisa al imaginar la situación: "hola, vengo a que me devuelvas los dos remos, la canoa, la azada, los cuatro collares, la red de pesca, el arpón, la maza, el escudo, el tocado de plumas y el taparrabos que me tingueaste".

Imaginarme situaciones culturales "extrañas" evocadas por palabras en otras lenguas es uno de mis pasatiempos favoritos. Por ejemplo, usando el verbo japonés tsujigiri, forma inventada por los samurai: "probar una espada nueva en alguien indefenso que justamente pasaba por ahí, especialmente de noche" ("disculpe, pero ocurre que me he comprado esta nueva katana y quiero ver qué tal corta"). O el sustantivo indonesio neko-neko: "alguien que tiene una idea muy creativa que solo logra empeorar las cosas" (conozco a varios que merecerían tal etiqueta). O el verbo inuit iktsuarpok: "ir afuera a menudo para ver si alguien está viniendo" (práctica que parece lógica si uno está metido dentro de un iglú, solo en medio del Ártico). U otra palabra indonesia, nylentik: "pegarle a alguien en la oreja con el dedo medio" (práctica que en Argentina denominamos "tincazo"). O el sustantivo nipón koro, "la histérica creencia de que el pene se está encogiendo dentro del propio cuerpo".

Como ven, no se trata solo de abordar significados complejos (desde nuestro punto de vista) metidos a presión dentro de una palabra. Se trata de aproximarse a culturas en las que, por ejemplo, existe el miedo masculino a que el pene desaparezca, absorbido por el propio abdomen, o la desazón de averiguar si alguien se aproxima para romper, por fin, la monótona soledad en la que se vive.

Si bien sé que se trata de meras cuestiones culturales, hay palabras que me parecen magistrales por el mero hecho de que para expresar en mi propia lengua, con claridad, las ideas que ellas codifican, necesitaría varias oraciones. Por ejemplo, el sustantivo hawaiano 'a'ama, que designa a alguien que habla rápido para ocultar el significado de lo que dice a una persona pero poder, así y todo, comunicárselo a otra. O el sustantivo papúa mokita, que nombra a esa verdad que todos conocen pero de la que nadie habla. O el pascuense anga-anga, el pensamiento de que la gente murmura a nuestras espaldas pero que tal sensación puede deberse única y exclusivamente a un sentimiento de culpabilidad propio. O el checo litost, el estado de tormento creado porque uno se ha dado cuenta, de golpe y porrazo, de que es un pobre diablo... O, como lo define Milan Kundera en "El libro de la risa y el olvido", "el estado de padecimiento producido por la visión de la propia miseria puesta repentinamente en evidencia".

Otro elemento idiomático que me maravilla es la expresividad que se puede alcanzar a través de una lengua, algo que se nota en las universales maldiciones.

Vean esta en yiddish: zolst farliren aleh tseyner achitz eynm, un dos zol dir vey ton; "ojalá que pierdas todos los dientes y que el único que te quede sea el que te duele". O la española "así se tragues un pavo y todas las plumas se conviertan en cuchillas de afeitar". Reconocerán conmigo que hay que tener imaginación para desear semejantes cosas. Y que el contenido de estas "no-bienintencionadas" expresiones es, evidentemente, un tema cultural: las maldiciones en ciertas lenguas suenan débiles a nuestros oídos, sencillamente porque para nuestra cultura lo que desean no suena "fuerte" (no tanto, al menos, como tragarse un millar de cuchillas de afeitar).

La especificidad de las lenguas también me fascina: la veintena de palabras diferentes para designar bigotes (y otras tantas para cejas) que tienen los albaneses, o los verbos que indican diferentes formas de andar entre los shona de Zimbabwe (p.e. chakwaira, "andar por un lugar embarrado haciendo ruido de chapoteo", o minaira, "andar bamboleando las caderas"), o las que distinguen movimientos entre los malayos (p.e. kontal-kontil, "el balanceo de pendientes largos cuando una mujer camina", o keng-kang, "caminar con las piernas demasiado separadas").

Las lenguas también permiten dar rodeos, utilizar subterfugios, "no nombrar nombrando". Los albaneses, por ejemplo, para no mencionar directamente al lobo (ujku), lo llaman mbyllizogojën, apócope de la expresión mbylli Zot gojën!, "que Dios cierre su boca". Otras lenguas ponen a sus hablantes en verdaderos apuros. Es el caso de los japoneses (sobre todo los supersticiosos), que temen usar los números 4 y 9 porque suenan igual que las palabras "muerte" y "dolor", respectivamente. La palabra "cuarenta y dos" suena como el verbo "morir", la palabra "cuatrocientos veinte" suena como "espíritu de un muerto" y "veinticuatro", como "doble muerte".

Más allá de estas "curiosidades", las lenguas continúan siendo, a día de hoy, uno de los almacenes culturales más ricos y valiosos. En ellas se preserva todo aquello que una sociedad ha vivido, descubierto y aprendido; todo lo que ha hecho, todo lo que disfrutó y lamentó... Hojear un diccionario es asomarse a una de las ventanas a través de la cual un grupo humano observa y entiende el universo que lo rodea. Por eso, así como disfruto lo indecible curioseando distintos idiomas, lamento infinitamente la pérdida de alguno, su desaparición, su muerte. Porque sé que con él se marchan siglos y siglos de aprendizajes únicos, y de palabras que nombran cosas que al resto de los humanos jamás se nos ocurriría nombrar.