Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias, borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso de una idea, de un sueño o de una esperanza.

30.10.12

Música... ¿afroboliviana?

Música... ¿afroboliviana?

Por Edgardo Civallero

Creo recordar que la primera saya que escuché en mi vida fue "Llorando se fue" de Los Kjarkas. En realidad, y con algunas excepciones ("Flor de Mamiña" de Inkuyo, por ejemplo), la mayoría de las sayas que oí cuando me inicié en esto de la música folklórica sudamericana pertenecían a ese grupo boliviano. La historia de "Llorando se fue" probablemente sea conocida por muchos: un grupo brasileño, Kaoma, le aceleró y sincopó el ritmo, le agregó un pasito de danza medio erótico y le tradujo la letra al portugués, convirtiéndola en la celebérrima "Lambada".
[Los (por entonces bastante ignotos) Kjarkas denunciaron a Kaoma por plagio y ganaron el juicio... Curiosamente, pasaron a hacerse famosos por ser los autores de un tema escasamente conocido que, con la versión de los brasileños, logró un reconocimiento cuasi-galáctico.
En aquella época pre-Internet (hablo de finales de los 80' y principios de los 90'), además de escuchar toda la música andina/sudamericana que caía en o cerca de mis manos (generalmente en formato cassette, grabaciones de grabaciones de grabaciones de grabaciones del disco original), también devoraba libros, artículos, revistas, documentales, programas radiales... Fue así como averigüé que la saya, ese ritmo que tanto me llamaba la atención, era, al parecer, afroboliviana: un legado de los esclavos africanos llevados a Bolivia allá por el siglo XVI para trabajar en las minas de plata del Potosí.
Por lo visto, aquellos esclavos negros no solo habían dejado la saya como herencia en Bolivia, sino muchos otros ritmos: la morenada, los caporales, la tuntuna, el tundiqui, los negritos... Mi interés me llevó a notar ciertos hechos bastante llamativos en aquellas expresiones culturales. Todos los ritmos citados ponían marco sonoro a danzas espectaculares (sobre todo por su fastuoso vestuario) que, asombrosamente, se burlaban de los antiguos prisioneros africanos (¿sus supuestos autores originales?), de sus rasgos, de sus sufrimientos, de su historia... Todos ellos se interpretaban con instrumentos totalmente andinos (charangos, zampoñas, quenas) o directamente con bandas de bronce. Y en ninguno de ellos participaban los afrodescendientes que vivían en Bolivia: jamás, en ninguna de esas danzas, vi a uno de ellos; siempre eran mestizos o, en todo caso, indígenas Aymara con la cara y las manos pintadas con betún o portando máscaras deformes, imitando burlescamente los pasos y los movimientos estereotipados de los negros.
Mientras más averiguaba, más fuerte se volvía la sensación de que algo no cuadraba. Pero la información oficial y académica que encontré insistía en que esos ritmos, tan pero tan “andinos”, eran de origen africano. Y muchos "expertos" en el folklore de esa región afirmaban sin dilaciones que aquellas danzas eran "danzas rebeldes" afrobolivianas cuyas coreografías criticaban situaciones tan dolorosas como la esclavitud (los negritos) o el látigo de los capataces (los caporales) mediante la burla hacia el propio sufrimiento… un método que siempre me pareció sospechoso y no dejó de alimentar mis dudas sobre el verdadero origen de aquellos ritmos.
Hasta que hace poco pude escuchar, por fin, la música de los afrodescendientes bolivianos en primera persona. Y oí la saya. Otra saya. El verdadero legado de aquellos esclavos, expresado a través de las manos y las voces de sus descendientes.
Sentí el latido de tres tamaños de tambores distintos, y la respiración de un enorme güiro, la cuancha, interpretando un fondo percusivo muy parecido al de la música costeña peruana. Escuché voces solistas que lanzaban al aire un verso, y coros multitudinarios que respondían con estribillos fijos. No había allí ni vientos ni cuerdas, no había letras "sensuales" o "voluptuosas"... Y vi una danza muy sencilla, sin espectacularidades y, sobre todo, sin burlas ni estereotipos.
Y supe del asombro (y de la irritación) de los afrodescendientes bolivianos actuales, que llevan años constatando el error de la práctica mayoría de sus compatriotas que creen y aseguran que aquella "saya" de Los Kjarkas, o las morenadas, o los caporales tan de moda en las ciudades, tiene todo que ver con ellos... cuando la realidad es que no existe absolutamente ninguna relación.
La "saya" andina es una simple adaptación del huayno, uno de los ritmos más populares de los Andes. Se lo ha sincopado para que tenga un cierto sabor "afro", y se le ha agregado el sonido de un güiro y, en ocasiones, de tamboriles, bongos o congas, para que parezca más "exótico". De igual modo, el resto de ritmos mencionados más arriba son invenciones que nada tienen que ver con la cultura o las tradiciones de los esclavos africanos de antaño o de sus descendientes actuales. Y esas danzas y coreografías tan célebres en toda la América andina son, como ya se dijo, una burla de los Aymara hacia los negros bolivianos, a los que tradicionalmente consideraron como personas sucias, ladronas, vagas y maleantes...
En la actualidad, los ritmos "afro" como morenadas, sayas y caporales son los más apreciados en todas las entradas folklóricas de Bolivia y alrededores, y es raro encontrar una comunidad boliviana (incluyendo las de emigrantes) que no tenga al menos un grupo de baile de caporales para sus fiestas. No solo se escuchan en festividades y celebraciones religiosas: en cualquier discoteca de La Paz pueden oírse las sayas y morenadas más sabrosas del momento. Los grupos que las interpretan son "número uno" en ventas, y los candidatos más firmes para ganar todos los premios habidos y por haber y lograr fama y dinero. Y por eso mismo, los compositores de esos ritmos son los más solicitados; las bailarinas de esas danzas son las mujeres más deseadas; los diseñadores de los vestuarios, los más requeridos... Los Kjarkas, que incluso acuñaron la etiqueta de "saya sensual" para las "sayas andinas" cuyas letras incluían contenidos claramente sexuales, han sido uno de esos grupos con muchos de sus temas en las listas de éxitos latinoamericanas.
Entiendo que todo esto es un negocio. Pero, como tantos otros, es uno injusto, que se nutre de la identidad de unos terceros que nada ganan; es más, han perdido siempre. Y los problemas no acaban allí. Los documentos oficiales, los manuales de folklore y música, y muchísimos libros y artículos académicos dan por buena la tesis del origen africano de la morenada, la saya y el caporal que hoy se escuchan, cantan y bailan a lo largo y ancho de Bolivia. Los documentales de muchas televisiones públicas hispanoamericanas, los programas radiales, los videos musicales, los materiales educativos para las escuelas, todos ellos propagan y perpetúan una idea equivocada.
Mientras tanto, los afrodescendientes llevan siglos viviendo en los yungas (valles cálidos) del oriente del departamento de La Paz, dedicados a sus propios asuntos: el cultivo de café, fruta y coca. Hace un tiempo que vienen denunciando el continuo manoseo y la grosera deformación de su identidad. Y lo logran haciendo sonar su saya. La verdadera. Una música pura y sencilla, que nada tiene que ver con las versiones del huayno creadas por los Aymara del altiplano. Una música que, hoy por hoy, les sirve de bandera y de caballo de batalla en la lucha por sus derechos.

Video 01. Homenaje a la saya afroboliviana.
Video 02. Saya de Los Kjarkas ("El ritmo negro").
Video 03. Saya afroboliviana auténtica.
Video 04. Así se difunde la "música afroboliviana" en la propia Bolivia (Carnaval de Oruro).

Ilustración.

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