26.4.11

¿Qué me están contando?

¿Qué me están contando?

Por Edgardo Civallero

Si hay algo que me repatea el hígado (además de ciertas combinaciones alcohólicas que no practico desde una ya lejana juventud) son esas mentiras obvias y patentes que nos machacan a fuerza de bien para que, al final, creamos que son verdad.

A nivel universal (sí, sí, universal. ¿O no se han dado cuenta que, últimamente, cualquier fruslería es "histórica" y "planetaria"?), llevo dos docenas de meses oyendo que Barack Obama es un santo varón bajado directamente de los Cielos para salvar a la humanidad de sí misma y de su potencial auto-destructivo. Tanta y tan profunda ha sido la confianza depositada por el mundo en este arcángel viviente y su lema "Yes, we can", que se le concedió el Premio Nobel de la Paz por adelantado, por todas las cosas buenas que dijo que iba a hacer por este bendito planeta y por nosotros, sus habitantes.

Horas y horas de reportajes televisivos... Páginas y más páginas en periódicos, revistas y semanarios... Gigabytes de información almacenada en Internet, titilando en nuestros monitores... Todo ello, unido en una única loa a nuestro salvador.

Ocurre que uno, que no se considera especialmente inteligente ni particularmente avispado, pero que sí se reconoce a sí mismo como un bicho que apenas si se fía de su propia sombra, se preguntaba todo el tiempo: pero ¿qué me están contando?

Resultó que nuestro adorado Nobel de la Paz, héroe de camisetas y banderas, no se ha contentado con mantener las fuerzas de ocupación y masacre en Iraq y Afganistán. Además, y para que el negocio armamentístico marche viento en popa, nuestro hombre se ha plegado a una embestida militar contra el régimen de Gadafi en Libia (con la esperable bendición de la ONU, un organismo que, como diríamos en Argentina, "está pintado al crayón"), aunque todavía nadie tenga demasiado claro qué es lo que está ocurriendo en ese país, ni quiénes son esos "rebeldes" que piden protección mientras, armados hasta las patillas, disparan contra sus compatriotas. No estando satisfecho con eso, el amigo Barack colabora en cuanta reyerta se produzca en el planeta. Y, mientras se rasga las vestiduras (metafóricamente) por las violaciones de derechos humanos en Oriente Próximo, en Corea del Norte y en todos los demás países que no le caen bien (entiéndase "el 80% del globo"), mantiene activa la mayor abominación contra los tratados, leyes y derechos humanos internacionales desde los campos de concentración nazis: la prisión de Guantánamo, revelada justamente ayer como un centro de tortura a detenidos que, en gran parte de los casos, eran inocentes e inofensivos.

Una prisión, por cierto, que de acuerdo a una de las promesas electorales incumplidas del carismático Mr. Obama, debería estar cerrada hace rato.

Pasemos de lo "universal" a lo "mundial". Aunque sigamos hablando de arcángeles. Porque fue este mismo personaje, Barack Obama, el que aseguró, con su voz más seria y su retórica más cetrina, que las ganancias de los directivos de Wall Street —sí, esos que, con su natural avaricia, provocaron esta crisis económica tan sexy que todavía estamos disfrutando todos los comunes mortales— eran poco menos que obscenas. Eran una aberración, algo que no podía permitirse y que él mismo se iba a ocupar de eliminar. Iba a limpiar toda esa bazofia con sus propias manos. Oh, yeah...

Y todos aplaudían, y algunos aún continúan aplaudiendo. Porque había que tener los pantalones bien puestos y ser todo un gallo de riña para enfrentarse de aquella forma a los muchachos de Wall Street, que no suelen andarse con chiquitas cuando alguien, por muy Mr. President que sea, amenaza su (enorme y bien surtido) plato de frijoles. Pero se ve que el bueno de Obama tenía y tiene alma de sheriff, nomás. Y de super-estrella pop: con esas declaraciones consiguió que le dedicaran muchas más horas de pantalla y de aire, y litros de tinta, y kilos de papel, y muchísimos megas de almacenamiento en servidores de noticias...

Y uno, que no se cree en absoluto capacitado para entender los entresijos de la economía mundial, pero que sí comprende que billetes y monedas son los hilos que mueven a todos los títeres visibles de este mundo, se ha preguntado todo el tiempo: pero ¿qué me están contando?

Y me bastó ver un par de documentales made in USA —entre ellos el recientemente estrenado "Inside Job"— para tener entre mis manos la prueba palpable: los mismos que con un click mandaron a la papelera de reciclaje a la economía mundial (pero no sus economías personales), los que dejaron sin casa y sin trabajo a miles de inocentes (pero percibieron primas más que jugosas), los que hundieron organismos y entidades enteras a sabiendas de lo que hacían y engañaron a las personas que confiaron en ellos... son los que componen el gabinete de Barack Obama. Un presidente, por cierto, que ya es denominado "la marioneta de Wall Street" por una parte importante de la izquierda mundial.

En fin, saltemos de lo "mundial" a lo "regional". En Europa, hay economías (y gobiernos) que están cayendo como moscas. Primero fue Grecia, luego le tocó a Irlanda, y tras ello la ola arrasó Portugal. Seguramente después le llegará el turno a España (si es que se cumple la regla de los PIGS). Todo porque ciertos organismos internacionales, auto-denominados "agencias de calificación", decidieron —al mejor estilo de Nerón en las viejas películas de gladiadores y emperadores romanos— "bajarle el pulgar" a determinadas economías europeas.

Nadie se ha preguntado quiénes son esos señores, ni quién les ha dado el inmenso poder de, precisamente, bajar el pulgar, ni porqué se les presta tanta atención. Nadie se lo ha cuestionado, no. Ciegamente se habla de las valoraciones de esa gente, se les da bombo y amplificación, y los países y los gobiernos tiemblan cada vez que esas "agencias" deciden mover la regleta clasificatoria. Y los ministros y gabinetes rinden pleitesía a esos ignotos caballeros, y sacrifican el bienestar de su gente en los altares de los "mercados", para que estos no se encolericen y manden las siete plagas...

Y uno, que entiende muy poco de política internacional, pero que tiene muy claro quiénes son los que cortan el bacalao, se pregunta, atónito: pero ¿qué me están contando?

Y me bastó ver la película anteriormente citada ("Inside job") para enterarme de que esas mismas agencias fueron las causantes de la reciente debacle económica, y que, cuando fueron citadas para declarar bajo acusaciones muy severas, se lavaron la manos como don Pilatos y explicaron (o, mejor dicho, alegaron) que lo que ellas daban era solo "una opinión". Solo eso, "una opinión". La siguen dando, pero se ve que es bastante fuerte y bastante vinculante, porque cuando yo doy opiniones no tiemblan ni las margaritas del jardín.

De lo "regional" salto a lo "nacional". En España siguen cayendo palos y silencio sobre los que hablan de cultura libre, de licencias Creative Commons o de copyleft. Los artistas que empleamos esas herramientas o que proyectamos nuestro trabajo desde esa perspectiva literalmente no existimos: somos invisibles a los ojos de los medios y el público. Somos unos "fracasados" (puede ser, eso no lo discuto) y unos "alternativos" y, como tales, no merecemos la más mínima atención. O, como ocurrió con el reciente documental "Copiad, malditos", somos amigos de los "piratas" que quieren que "todo sea gratis", y, en consecuencia, sí que merecemos atención: la de la policía y los jueces.

Los "lobbies" de la industria cultural nos meten a todos en el mismo saco, a su conveniencia: todo aquello que no vaya en la dirección que ellos inculcan y que les beneficia monetariamente es una "subcultura del robo a los autores y a las compañías" que lo único que logran, con sus propuestas revolucionarias, es que las empresas culturales cierren, que los empleados de tales empresas se estén quedando sin trabajo, y que muchos sectores culturales españoles estén en bancarrota.

Y uno, que conoce muy bien el entramado porque es músico, es escritor, es académico y bibliotecario, y ha apoyado el Open Access, y ha publicado con Creative Commons, y sabe muy bien cómo funcionan las tripas del monstruo editorial, se pregunta, en el colmo del asco y del asombro: pero ¿qué me están contando?

Y se queda callado, porque explicar las cosas es inútil: hay demasiados zánganos, moscones, tábanos y sanguijuelas intermediarias interesadas en que las cosas no cambien, en que todo siga igual, y en que las nuevas tecnologías se usen, sí, pero hasta donde ellos decidan. Ni un paso más allá, por favor, no vaya a ser que se les derrumbe el castillo de naipes...

En fin... Si hay algo que me sigue repateando el hígado, a pesar de que ya cargo unos cuantos años a cuestas y debería estar curado de espanto, son las mentiras que se repiten mil y una veces para que, después de cierto tiempo, nos parezcan verdades.

Y supongo que me sigue afectando tanto porque, tras todos estos años de ver mentirosos engañándonos con su cara más dura, y de verlos burlarse de nosotros en el mismo momento en el que estaban hundiéndonos hasta el cuello en la mierda, no he visto que nadie pagara por sus errores. Todos se han marchado libres, ricos y limpios, riéndose de nosotros, los pobres diablos que, además de haber tenido que soportar sus mentiras y los efectos de las mismas, siempre hemos tenido que pagar los platos rotos.

Dudo que esto vaya a cambiar. Supongo que antes, mucho antes, mi pobre hígado terminará reventando. Y yo con él.

19.4.11

¿Cuánto? vs ¿Cómo y por qué?

¿Cuándo? vs ¿Cómo y por qué?

Por Sara Plaza

Raro es el día que lo que uno lee, escucha o mira no le trae a la memoria esta cita de El Principito:

Las personas mayores aman las cifras. Cuando les habláis de un nuevo amigo, no os interrogarán jamás sobre lo esencial. Jamás os dicen: "¿Cómo es el timbre de su voz? ¿Cuáles son los juegos que prefiere? ¿Colecciona mariposas?" En cambio, os preguntan: "¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos tiene? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?" Sólo entonces creen conocerle. Si decís a las personas mayores: "He visto una hermosa casa de ladrillos rojos con geranios en las ventanas y palomas en el techo...", no acertarán a imaginarse la casa. Es necesario decirles: "He visto una casa de cien mil francos." Entonces exclaman: "¡Qué hermosa es!"

Si echo un vistazo al calendario la suma de mis años ya no permite disfrutar de descuentos por ser menor de "y tantos", es decir, he dejado de ser una persona joven para convertirme en una algo mayor. Sin embargo, releyendo este párrafo y considerando que todavía soy capaz de imaginar una linda casa por sus paredes rojas, las flores en sus alféizares y los trinos en sus aleros, supongo que no me parezco demasiado a esos adultos que solo se sienten seguros al cuantificarlo todo. Es una lástima que a medida que uno envejece necesite las cifras para convencerse del valor de las cosas, de las personas, hasta de la vida. Es una pena que los años impidan a algunos comprender que lo que de verdad importa no puede resumirse en un porcentaje. Y es que las encuestas jamás preguntan lo esencial, y las estadísticas son solo eso, un conjunto de datos numéricos a partir de los cuales deducir algo. Estamos hablando de probabilidades, no de certezas, y sin embargo hay a quienes les gusta caer en el engaño de los números.

Tratando de obtener el valor de lo que sea uno se olvida de ese lo que sea y lo sustituye por una cifra que poco o nada tiene que ver con el original. A las cifras se las puede maquillar, manipular, distorsionar... Si pretendemos entender la vida a través de ellas estaremos haciendo lo mismo: disfrazándola, manejándola, interviniéndola. Reduciéndola y empequeñeciéndola hasta límites insospechados, a la vez que estaremos volviéndonos chiquitos nosotros mismos a medida que encogemos nuestro horizonte.

Un horizonte que además de acortarse se llena de obstáculos y barreras imaginarias. Un horizonte en el que cada día que pasa se levantan más y más muros. Un horizonte sembrado de puestos de vigilancia desde los que es muy fácil señalar con el dedo o apuntar con un arma. Un horizonte al que conducen casi todas las preguntas que empiezan por cuánto y del que pueden alejarnos las que lo hagan con un cómo o un por qué.

¿Cómo era aquel poema del mirlo, el del pobre Faustino?

Tanta paixón e tanta melodía
tiñas nas túas veas apreixada,
que unha paixón a outra paixón sumada,
no breve corpo teu xa non cabía
.

[...] ¿Qué le parece? Hermosísimo, dijo Sousa. ¿De quién es? De un cura poeta al que le gustaban mucho las mujeres. Y sonrió: un caso de realidad inteligente.

[...] ¿Cómo es esa historia de la reina de las abejas?, preguntó intrigado Sousa. En la Antigüedad no se sabía cómo nacían las abejas. Los sabios, como Aristóteles, inventaron teorías disparatadas. Se decía, por ejemplo, que las abejas venían del vientre de los bueyes muertos. Y así durante siglos y siglos. Y todo esto, ¿sabe por qué? Porque no eran capaces de ver que el rey era una reina. ¿Cómo sustentar la libertad sobre una mentira semejante?

Quien se hace la primera pregunta, se responde recitando el poema y cuenta la historia de la reina de la abejas volviendo a preguntarse y responderse a sí mismo es el doctor Da Barca, uno de los protagonistas de la maravillosa novela El lápiz del carpintero, escrita por el autor gallego Manuel Rivas. Me parece un excelente ejemplo para ilustrar una de las posibles maneras de poner tierra de por medio entre el horizonte tan poco halagüeño que mencionaba antes y cualquiera de los muchos hacia los que lograríamos dirigirnos si cambiásemos el modo de cuestionar, y por lo tanto de interpretar, aquello que nos rodea. Y es que muy bien podríamos echar mano de un poema o una historia para destronar la dichosa explicación "numérica" que ha sometido nuestra imaginación y nuestra creatividad a la tiranía de las cifras.

Nota: La traductora, Dolores Vilavedra, aclara en nota al pie que Faustino Rey Romero fue un sacerdote y poeta crítico con el franquismo y la Iglesia oficial, el cual acabó sus días exiliado en América. También ofrece la siguiente traducción del poema citado: "Tanta pasión y tanta melodía / tenías en tus venas apresada / que una pasión a otra pasión sumada / ya en tu breve cuerpo no cabía."

Imagen.

11.4.11

El reclamo

El reclamo

Cuento

Por Edgardo Civallero

Los manuales, diccionarios y obras sobre seres mágicos que llenan las bibliotecas y las librerías de los hombres han enumerado, con lujo de detalles, un sinfín de monstruos, duendes, hadas y otras entidades más o menos mitológicas que pueblan los más dispares rincones de este planeta.

Pero nunca han hablado de nosotros.

Y este hecho es curioso, porque convivimos con los hombres desde siempre.

Los vimos alzarse sobre sus dos piernas, cuando no eran sino una más de las tantas bestias que intentaban sobrevivir en un mundo hostil. Los escuchamos mascullar y gruñir sus primeras palabras en lenguajes ya perdidos que quizás no merecerían llamarse siquiera «lenguajes». Los ayudamos a encender su primer fuego, y disfrutamos de su asombro infantil al enfrentarse a la luz y el calor de las llamas. Los acompañamos en sus primeros viajes, en donde entendieron que pisaban un mundo que excedía los límites de su mente. Los vimos batallar unos contra otros, inaugurando los intrincados caminos del odio y la violencia. Y estuvimos en los lugares en los que depositaron en el seno de la tierra la primera semilla de trigo y el primer cadáver. Fue entonces cuando se encontraron cara a cara con los inevitables ciclos de la vida y de la muerte.

En todo momento estuvimos a su lado. Nos regocijamos con sus alegrías y lloramos junto a ellos sus penas, los consolamos con nuestras caricias y secamos sus lágrimas. Les enseñamos a cantar y a hacer música, a soñar y a superar las fronteras. Y compartimos muchos de sus espacios, o, al menos, esos que ellos nos permitieron compartir: los de trabajo, los de festejo, los de aventuras...

Aunque pocas veces han querido dejarnos entrar a sus lugares más íntimos. De hecho, inventaron mil y una triquiñuelas para dejarnos fuera de ellos e impedirnos el paso, argumentando que éramos molestos. Sólo nos franquean la entrada cuando a ellos les interesa.

Hemos tenido, pues, una relación profunda con los humanos. Una relación cotidiana, podría decirse, que por parte de ellos fluctúa entre el amor, el odio y la indiferencia. Nosotros no nos hemos preocupado mucho por ese hecho: los sentimientos variables y encontrados son un rasgo innato de los hombres. Curiosamente, lejos de aceptar esa actitud tan oscilante como una característica propia de su especie, se han empeñado en atribuírnosla a nosotros. Pero tampoco nos preocupamos por ello: sabemos de la costumbre humana de echar la culpa de todos sus males al vecino y de proyectar sus falencias en el otro, sea quien sea.

Sabemos también que los hombres son desatentos, olvidadizos, volubles e interesados. A pesar de todo, nos mantenemos a su lado. Los conocemos demasiado bien como para esperar de ellos algo más que sus posturas habituales. En ocasiones han surgido conflictos entre nosotros: nuestra ira ante sus actos ha superado nuestra paciencia, y los hemos atacado. Pero, en líneas generales, disculpamos sus errores porque entendemos que nosotros tampoco somos perfectos.

Solemos perdonar, pero no olvidamos. Ellos tampoco.

En favor de los hombres, debemos señalar que nos han nombrado en canciones, en refranes, en muchas de sus historias y hasta en algunas leyendas. Entre las primeras palabras de sus idiomas siempre idearon al menos un término para designarnos. Algo lógico, si se lo piensa bien: siempre hemos estado presentes en sus vidas. Han bautizado con nuestro nombre a muchísimos de los accidentes geográficos que jalonan sus territorios y a varios elementos de su vida diaria. Nos han incluido en no pocas de sus metáforas literarias y se han aprovechado de nuestro poder a lo largo de los siglos.

En su contra, podemos decir que pocas veces alaban nuestras virtudes y siempre condenan nuestros defectos, o lo que ellos, a su conveniencia, consideran tales. Jamás nos han agradecido nuestra ayuda: se han aprovechado de nosotros sin devolver nada a cambio, ni siquiera una sonrisa. Y, sobre todo, siguen considerándonos «entes» sin vida palpable. Quizás sea por eso que no nos incluyen en sus libros sobre formas maravillosas y legendarias, por más que lo seamos desde que el tiempo es tiempo y la tierra es tierra. O tal vez desde antes.

Somos seres mágicos. Lo somos sin ninguna duda.

Tenemos voluntad propia y conciencia de estar vivos. Tenemos capacidad para discernir y para tomar decisiones. Somos independientes y libres. Somos únicos, y nuestros poderes exceden con creces los de un elfo, una bruja o un ogro. Negar nuestra presencia es como negar la de un río o la de una mariposa. Pasar por alto la magia que nos habita y aceptar sin dudas la de un gnomo nos parece ridículo. Afirmar que no llevamos en nuestro interior el soplo de la vida es una falacia. Pero los hombres se empeñan en seguir ignorando todos estos hechos irrefutables.

En resumen, siguen considerándonos como «algo» carente de rasgos maravillosos, y nos reducen a la categoría de simple «fenómeno» que puede ser usado cuando lo desean en su propio beneficio, y olvidado luego. Como ocurre con tantos otros «fenómenos» que llenan su universo.

Es triste llegar a estas conclusiones tras una trayectoria común tan larga y después de una relación tan constante, a pesar de lo conflictiva que haya podido ser.

Quizás no lo sepan, pero nosotros, como ellos, también nacemos. Sí, nacemos en algún momento, y en algún otro desaparecemos. En eso no nos diferenciamos de ningún otro ser vivo. Porque estamos vivos, aunque todos se resistan a admitirlo.

Somos hijos de la tierra, esa que sustenta toda la vida de este mundo. Dependiendo del lugar en el que veamos la luz del sol por primera vez, tendremos unas características, una forma y un perfil determinados. Igual que los hombres. Como ocurre con ellos, nosotros también tenemos razas. Nuestros hermanos montañeses son bien distintos de nuestros parientes del mar, y los que nacen en la selva son radicalmente diferentes de aquellos que lo hacen en el desierto.

Y, al igual que los seres humanos, poblamos todos los rincones de la tierra, incluso algunos en los que ellos han decidido no vivir.

Desde que nacemos tenemos la capacidad de convertirnos en otra cosa. ¿No es eso algo mágico? Podemos cambiar de estado físico cada vez que queremos: ser líquidos como la lluvia o duros como el hielo, ligeros e invisibles como el aire u oscuros como el humo de las fogatas. Todo eso podemos ser, y más aún. Nuestra piel puede ser cálida y nuestros abrazos, asfixiantes, pero también puede ser increíblemente fría y congelar lo que toque.

Podemos ver sin ser vistos y escuchar sin ser escuchados. ¿No es extraordinario? Nuestros pasos y nuestros movimientos pueden ser tan silenciosos que ni siquiera el animal más sagaz podría notarlos, y nuestros cuerpos pueden volverse invisibles e intangibles. Pero, al mismo tiempo, y gracias a nuestra capacidad de transformación, podemos ser sentidos: a veces como música, otras veces como mero ruido. A veces las que se perciben son nuestras caricias, y otras, nuestros golpes.

Podemos movernos muy rápido, más rápido aún que los más veloces caballos, o quedarnos quietos, tan quietos que parece que hemos desaparecido. Nuestras pieles pueden asumir los más variados e inimaginables colores, texturas y grosores. Podemos confundirnos con el medio que atravesamos y mimetizarnos con él: cubrirnos de hojas, o de arena, o de hierba, o de diminutas gotitas de agua... ¿Cuántos otros seres mágicos pueden equipararse a nosotros?

Los hombres nos sienten a veces, y se dan cuenta de que estamos allí, junto a ellos. Otras no nos reconocen, y atribuyen nuestros roces, el ruido de nuestros pasos o nuestras propias voces a fantasmas.

Pero se equivocan: no somos fantasmas.

Confunden nuestras voces, sí, porque hablamos. A veces nos llevamos con nosotros todas las palabras de todas las lenguas humanas y nos limitamos a repetirlas entre nosotros o en la soledad de nuestros refugios. Y jugamos con ellas, y las mezclamos para ver como suenan de otra forma.

Más allá de repetir lo que dicen, hablan o cuentan los humanos, tenemos nuestro propio idioma. Los hombres lo calificarían de silbos, susurros y rugidos, y eso demuestra que no nos conocen bien ni nos entienden. Esos silbos, esos susurros y esos rugidos son sólo expresiones de nuestros estados de ánimo: alegres, tristes o furiosos. Pues, como los humanos, tenemos nuestro humor y nuestro carácter.

Pero tenemos, además, nuestras palabras, nuestras frases, nuestras preguntas y exclamaciones, nuestras canciones e historias. A veces las dejamos en los oídos de aquellos que han aprendido a escucharnos y a entendernos: ciertos niños, algunos viejos olvidados en los bancos de las plazas, las lavanderas de los arroyos y un puñado de artistas que todavía se preocupan en hallar algo nuevo para inspirar lo que hacen.

No hay diccionarios humanos que describan nuestro idioma, aunque los hay que recogen las supuestas voces de otras entidades de leyenda, sus imaginarios decires y sus hipotéticas costumbres.

De nosotros poco se conoce, a pesar de que muchos hombres crean saberlo todo.

No somos seres imaginarios. Somos muy reales.

Sabemos leer y escribir. Y eso es algo de lo que no todos los humanos pueden vanagloriarse. Desciframos las rugosidades de las cortezas de los árboles, que nos cuentan relatos del bosque, o las grietas de las piedras, que nos narran las sagas míticas de las montañas nevadas. Y escribimos: grabamos efímeras inscripciones en nuestra lengua sobre los arenales, sobre el lomo verde de las praderas o en el espejo de alguna laguna. A veces las anotamos jugando con el humo de los hogares de los hombres, aunque duran muy poco y enseguida se desvanecen.

Por naturaleza, somos viajeros nómadas. Generalmente vivimos en una región determinada, aquella en la que nacemos y a la que estamos mejor adaptados. Pero nos gusta mucho movernos: es casi una necesidad. Si no lo hacemos, no seríamos nosotros. Seríamos cualquier otra cosa. Y esa idea no nos gusta.

A veces nos enamoramos de los lugares por los que pasamos, y allí nos quedamos un largo rato. Pues también nos enamoramos. Al fin y al cabo, estamos vivos, aunque todos se empeñen en afirmar que no.

Y trabajamos. Trabajamos mucho. Generalmente nos limitamos a hacer aquello que nos gusta: pasear, revolver, investigar, aprender, jugar y hacer travesuras. Sin embargo, buena parte de nuestro tiempo lo dedicamos a ayudar a los humanos, a pesar de que ellos, como hemos dicho, ni siquiera se molestan en agradecerlo. Los acompañamos en sus tareas diarias, en sus entretenimientos, e incluso realizamos las tareas que dejan conscientemente en nuestras manos.

Pero luego se olvidan de nosotros. Y nos critican, y nos atacan, y nos ponen barreras para mantenernos alejados, y nos odian cuando, en nuestros viajes nómadas o en nuestras actividades diarias, hacemos algo que no es de su agrado. Se muestran desagradecidos, olvidan nuestros favores y nos condenan como si fuéramos lo peor del universo.

Creemos que es hora de que los hombres nos incluyan en sus manuales, diccionarios y obras sobre seres mágicos. Pensamos que es momento de que nos reconozcan como lo que somos: entidades maravillosas y poderosas que caminan día a día a su lado.

Tras tantos siglos de historia compartida, necesitamos que, por una vez, nos lancen un guiño cómplice y nos hagan saber que, en el fondo, nos aprecian, o nos admiran, o al menos se alegran de que estemos entre ellos.

Pueden incluirnos con el nombre que quieran. Nos han dado miles, y todos ellos nos gustan.

Nos llamaron vítr, tuul, gwint y haize.

Nos bautizaron como kürrüf, szél, angin y wiatr.

Nos dijeron era, upepo, hangin, gió o kaze.

Pueden usar el término que deseen. Lo único que queremos es estar presentes en esos libros.

Es muy sencillo. Sólo deben anotar una sola palabra.

«Viento».

5.4.11

"Lo primero es que la gente razone..."

Lo primero es que la gente razone

"... y piense por su cuenta."

"[...] el pensamiento debe ser libre, más que la libertad de expresión. Si con la libertad de expresión lo que expresa es lo que le dicen que diga, no interesa. Lo que importa es lo que pensamos."

Por Sara Plaza

No es que José Luis Sampedro me haya quitado las palabras de la boca, pero casi. Escucharle o leerle es un ejercicio sanísimo y ayuda a mantener en forma un montón de debates que nunca deberían pasar de moda. Precisamente, con Edgardo, discutíamos hace poco sobre la conveniencia de escribir sobre una cuestión llena de aristas y malentendidos, de la que posiblemente desconocíamos mucho, pero que no nos terminábamos de creer tal y como nos la presentaban los medios de (des)información masiva. Teníamos que decidir si queríamos compartir nuestras muchas dudas y exponer lo que realmente pensábamos –en definitiva, que no sabíamos lo que estaba pasando pero que desconfiábamos de la versión dada por una de las partes, la única de la que se hacían ecos los medios– o si era preferible optar por la no publicación de esas opiniones aunque nosotros continuásemos pensando lo mismo y volviéndonos cada vez más descreídos. Finalmente escogimos la segunda opción y hemos metido en el cajón un puñado de líneas sobre las que, de momento, preferimos seguir debatiendo entre nosotros. Ahora bien, los dos nos dimos cuenta de que, como afirma Sampedro, la libertad de expresión que se dice que tenemos nos sirve para bien poco pues, dado que no estamos dispuestos a decir lo que resulta políticamente correcto –esto es, lo que nos dicen que digamos–, hemos optado por estarnos callados. A lo que no estamos dispuestos a renunciar es a continuar razonando ni a indagar más en aquello sobre lo que tantas dudas se nos plantean. Quizá no sea una postura muy valiente, pero nos ayudará a "desburrarnos" y sacudirnos las anteojeras que durante tanto tiempo nos han impedido acercarnos, conocer y reconocer otras realidades. Unos días después de leer a Sampedro en el diario Público, leímos a Iñaki Iriondo en el diario GARA a propósito del fallo del Tribunal Supremo de Justicia sobre la inscripción de la nueva formación abertzale, Sortu, en el Registro de Partidos. Este autor hablaba de la "enorme distancia entre lo que en Euskal Herria se ve y lo que en España se interpreta". También mencionaba que "en Euskal Herria sigue creciendo la desafección hacia un Estado del que no le vienen más que hostias". Y terminaba su artículo con un párrafo demoledor: "Consuman su propia realidad mediática contaminada y créansela. Duerman tranquilos. Cuando despierten quizá su dinosaurio todavía siga allí pero, con un poco de suerte, Euskal Herria estará marchándose." ¿Qué es lo que está pasando en el reino de España que apenas sabemos nada unos "súbditos" de los otros? ¿Por qué no estamos al tanto de los debates y las discusiones que mantienen los ciudadanos de cada región y sí de las vergonzosas batallas dialécticas de sus políticos? ¿Por qué se silencian los movimientos de protesta que se están sucediendo en las distintas provincias y comunidades, como por ejemplo en Murcia? ¿Por qué es más fácil estudiar en el extranjero que en España las otras lenguas que se hablan en su territorio además del castellano? Parece mentira que se nos siga queriendo vender los lemas del Franquismo cuando España no es una, ni siquiera las dos de las que hablaba el poeta, sino tantas y tan diversas, tan grandes y tan chiquitas como las personas que la pisaron, la pisan y la llegarán a pisar un día. Lo de si es libre daría para una nueva entrada en este blog, pero volviendo a las enseñanzas de Sampedro: "Siempre que se use la palabra libertad hay que pensar para quién. La libertad para el pobre quiere decir que no me opriman. Pero la libertad para el rico es que me dejen las manos libres, que yo haré lo que me dé la gana y entonces explotaré a quien haga falta. Cuando me hablan de libertad recuerdo siempre el lema de la revolución francesa. Le voy a contar algo que explicaba en clase hace años: la libertad vuela como las cometas. Vuela porque está atada. Usted coja una cometa y láncela, no vuela. Pero átela una cuerda y entonces resistirá al viento y subirá. Cuál es la cuerda de la cometa de la libertad: la igualdad y la fraternidad. Es decir, la libertad responsable frente a los demás."