29.3.11

Democracia a la española

Democracia a la española

Por Edgardo Civallero

Dicen que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. Yo creo que tal afirmación es una mentira. Se trata de una mera propaganda destinada a que nos la traguemos, la asimilemos y la terminemos creyendo: "Yo me merezco la mierda de gobierno que tengo... porque no soy más que otra mierda". Pero siempre es posible tomar decisiones y cambiar las cosas. Por difícil que parezca.

Vivo en un país en el cual la democracia, una palabra cacareada y publicitada en cada página, discurso y minuto de emisión con el que nos bombardean, se va descomponiendo a pasos agigantados. "Democracia" es un concepto deslucido por tanto manoseo, y deformado por el paso de los años y los malos usos de los aprovechadores, los oportunistas y los demagogos.

Vivo en un lugar que soportó una dictadura de 35 años, instaurada tras un golpe de estado a una autoridad republicana elegida en las urnas y una guerra civil que desangró esta tierra y enfrentó a hermanos contra hermanos. Tales eventos desgraciados dejaron un saldo de miles de desaparecidos aún enterrados en cunetas y fosas comunes a día de hoy; de monumentos a los golpistas, los dictadores y los asesinos muertos; de asesinos de esa época todavía vivos, que no solo caminan tranquila y orgullosamente por las calles, sino que detentan influyentes cargos políticos; de niños robados, ejecuciones sumarias, torturas, destierro, y descarados robos a los vencidos.... Pero, como decía Serrat, "que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca". Los ejecutados no pueden desenterrarse de sus anónimas y forzadas tumbas; los grandes monumentos al dolor y la humillación de los perdedores siguen en pie, intocables... y a los pocos que se les ocurre remover el pasado les cae la denuncia (y la condena, y el escarnio) de asociaciones "civiles" que no son más que herederas ideológicas de la dictadura que aún hoy cultivan el más puro fascismo.

Eso sí: a la hora de hablar de tortura y desaparecidos, siempre se exhiben los pintorescos casos de Argentina, de Chile o de Guatemala... Aquí, de acuerdo a muchos dirigentes "democráticos", no hay nada que revisar, ni que sanar. Aquí no hay nada que discutir, ni que juzgar. Aquí, al parecer, todo ha quedado atado y bien atado.

Vivo en un país en donde gobierna un presidente "socialista" que ha traicionado todos y cada uno de los valores de su partido y se ha pasado por sus insignes posaderas al mismo pueblo que lo eligió para gobernar. La principal opción electoral, la actual oposición (que seguramente triunfará en las próximas elecciones), no son más que una piara de reaccionarios retrógrados, herederos directos de la dictadura y de sus ideales, que han maquillado con un toque de modernidad pero que, en líneas generales, siguen siendo los de Torquemada. Ambos grupos y sus respectivos "líderes" son tremendamente populistas, y están vendidos a las empresas multinacionales, a la banca (que los maneja como títeres a su pleno antojo), a la Iglesia y a sus propias bajezas, corruptelas e intereses económicos.

Los unos son unos tristes clowns, sombras de la sombra de una sombra, cubiertos por la mugre de su propia traición; los otros, unos payasos ridículos y corruptos, que no hacen más que oponerse a todo, criticar todo y pedir elecciones anticipadas porque no aguantan ya la espera de poder sentarse en la poltrona del poder y sentirse los amos del mundo. Todos ellos (unidos a muchos otros grupos políticos de distintos cortes pero igualmente irresponsables) tratan al pueblo como a un rebaño de borregos ignorantes que no cuentan sino a la hora de dar su voto; venden mentiras insostenibles y engaños surrealistas día tras día; y gastan su tiempo en atacarse con "chanzas de doble sentido" y "frases pícaras" en el Senado o en el Congreso, mientras el país se cae a pedazos... Así entienden la misma palabra "democracia" con la que llenan sus bocas en cada mitin.

Vivo en un país que vende armas a regímenes que, obviamente, las usa para matar: a sus propios ciudadanos o a otros cualesquiera, tanto da. Y cuando tal armamento es usado, los líderes de este país en el que vivo (y muchos otros) se rasgan las vestiduras, y envían tropas, aviones y barcos para acabar con los que usan sus armas (y para alimentar a la industria armamentística, por supuesto: si los juguetes de guerra no se rompen, ¿qué sentido tiene fabricar más?). Esos dirigentes de este país acatan servilmente todo lo que dice EE.UU., Francia, Alemania o el Reino Unido (aunque aseguren que no son imposiciones, sino decisiones democráticas tomadas en conjunto), aunque ello vaya en detrimento de sus ideales y de sus propios ciudadanos. Vivo en un país que hasta hacía poco abría las puertas y recibía como amigo y hermano al que ahora, dos meses después, es un dictador con el que hay que acabar, aunque nadie hubiera notado, hasta ahora, su dictadura de 40 años (lo cual es hasta comprensible, si se considera que este país mantiene buenas relaciones con dictadores como Obiang). Vivo en un país que seguramente se asombrará (y razón no le faltará) si le clavan un avión en su capital, o si le vuelan un tren, sin recordar que antes colaboró en la muerte de civiles y en la destrucción de ciudades (por mucha ONU que "autorice" y "dé legalidad" al ataque).

Vivo en un país que trata al resto de las naciones de acuerdo a como ellas traten a sus empresas, nuevos Corteses y Pizarros del siglo XXI. Es el caso de Libia (que, al parecer, había pensado en hacerse con el dominio de su propio petróleo, en detrimento de compañías como Repsol), pero también de Asia, o de Sudamérica. Curiosamente, ahora Argentina es un buen país, porque las empresas del país en el que vivo están extrayendo todo lo que puedan allí; sin embargo, hasta hacía no tanto era una país riesgoso, de cierto peligro, y su Presidenta (que no necesita invitaciones ni sillitas adosadas a la fuerza para sentarse en el G20), una marioneta desequilibrada. Los de Bolivia y Ecuador, apenas asumieron y tomaron el control de sus recursos naturales, se convirtieron en demonios odiados, y recibieron calificativos indignos de bocas de dirigentes "democráticos".

Vivo en un país en el cual se detiene en régimen de incomunicación a los "criminales peligrosos", y en el cual existen multitud de denuncias de torturas que nadie (reitero: nadie) se interesa en investigar, excepto Amnistía Internacional. Porque los terroristas son asesinos, y los asesinos, según parece, merecen que se los torture. Y, por cierto, un terrorista no es solo el que atenta y asesina, sino el que no condena pública y efusivamente sus actos, sus ideas y sus símbolos. Vivo en un país en el que el odio entre hermanos jamás se terminó, en el que la transición entre dictadura y democracia parece no haberse completado, y en donde las divisiones internas son demasiado fuertes como para seguir disimulándolas.

Vivo en un país que se llena la boca con la palabra "democracia" pero que viola los derechos de los inmigrantes (incluyendo menores), a pesar de los informes de organizaciones internacionales especializadas. Vivo en un país en el cual la culpa de la miseria, según parece, es de los inmigrantes, muchos de los cuales se han dejado las manos y el lomo para conseguir que les permitieran respirar aire "nacional" sin que les pasaran factura...

Vivo en un país democrático que tiene un rey, una reina, un príncipe y unas princesas... Todos ellos, individuos inútiles que aparecen (o nos meten por los ojos) en todas partes (para demostrar lo "necesarios" que son) y que viven como reyes (nunca mejor dicho) a costa del erario público. Como lo hace la curia eclesiástica, una "institución" con un tremendo poder político a pesar de que este país en el que vivo es laico. O, al menos, eso declara su Constitución. Vivo en un país que va dando lecciones sobre como salir de una dictadura y lograr una democracia ejemplar (a naciones como Túnez, por ejemplo). A veces imagino la expresión de asombros de esas naciones al comprobar que este país en el que vivo, que va dando lecciones, rinde pleitesía a un rey de juguete y está bajo la bota de la Iglesia. ¿Es que ellos deberían hacer lo mismo para vivir en una democracia tan perfecta como esta en la que yo vivo?

(Por cierto: al parecer, vivir bajo la bota de la Iglesia Católica no es lo mismo, ni de lejos, que vivir bajo la bota de otras religiones, como el Islam. La Iglesia Católica es buena, el Islam es malo. Repitan todos conmigo...).

Vivo en un país en el que bancos y empresas mandan, en el que el derecho a la huelga es mostrado como "daños a la ciudadanía" y recortado a ojos vistas; en el que los servicios públicos se pierden y pasan a manos privadas (con los consiguientes y evidentes descensos de calidad y profesionalidad); en el que los trabajadores ven como sus sueldos se reducen y su inestabilidad laboral aumenta (pero ¡eso es buenísimo, según un anuncio de la cadena de TV Antena 3!) y en el que ya comienzan a abundar los bancos de tiempo, clubes del trueque, recoge-basuras, ferias de segunda o tercera mano y comedores sociales...

Vivo en un país que está perdiendo muchos de sus valores a una velocidad de vértigo. O, al menos, eso parece por lo que puede oírse y verse, o por lo reseñado en los párrafos anteriores. Vivo en un país en el que gobierno, políticos, empresarios, gritones de bar, comentaristas anónimos de Internet, blogueros y periodistas parecen haberse enzarzado en una batalla por ver quién se desacredita antes o más fuerte, y quien queda en pie tras la contienda y puede hacerse con más poder a costa de la gente. Una gente a la que pocas veces se escucha, o se lee, o se atiende. O se ve.

Aunque se manifieste contra la guerra, aunque se mueva contra los rezagos de la dictadura, aunque proteste y escriba en contra de las pérdidas de derechos sociales, aunque sea solidaria...

Confío en que algún día esa gente despierte, se desperece, se sacuda y comience a pasarle un paño de limpieza a su democracia. Y espero que lo hagan a tiempo. Si tardan mucho más, se levantarán una mañana y no encontrarán ese término en sus diccionarios.

Ver "Territorio Vergara", con viñetas del humorista del diario "Público" que reflejan, con bastante humor, la actual situación en España.

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22.3.11

¿Cuáles serían nuestras respuestas?

Cuáles serían nuestras respuestas

Por Sara Plaza

En el número 1034 de la revista egipcia Al-Ahram Weekly online, apareció un artículo firmado por Nesmahar Sayed titulado "Mummy what’s a revolution?" (Mami, ¿qué es una revolución?), en el que se enumeraban varias de las preguntas que un niño de cinco años y una niña de siete le hicieron a su madre durante los días que siguieron al 25 de enero pasado, cuando tuvieron lugar las primeras manifestaciones la plaza Tahrir de El Cairo.

La mañana del 26 la niña volvió a casa poco después de haber llegado a la escuela dado que ésta iba a cerrar sus puertas hasta nuevo aviso. La joven había escuchado que otras niñas algo mayores comentaban que había revueltas en el país y preguntó a su madre qué había sucedido, por qué estaban de nuevo en casa, si es que iban a atacar su escuela.

Dos días después, cuando la madre salía con sus dos pequeños de un supermercado se cruzaron con una manifestación. La única vez que habían visto otra fue precisamente el día 25 y entonces había sido el niño quien preguntó si toda aquella gente en la calle tenía que algo ver con la celebración de un partido de fútbol. Cuando su madre le dijo que no, que aquello era una manifestación, el niño quiso saber qué era una manifestación. Al responder la madre que una manifestación era lo que la gente hacía para que sus demandas fueran escuchadas, la niña trató de averiguar acto seguido cuáles eran las demandas de la gente. En esa primera jornada de revueltas la madre explicó que la gente había salido a las calles a protestar por el elevado precio de las cosas y la escasez de trabajos. Pero cuando el día 28 los tres volvieron a toparse con una manifestación esas demandas habían cambiado y los manifestantes iban gritando que el pueblo quería derribar el régimen. En esa ocasión el niño preguntó qué era el pueblo.

Aquella tarde algunos familiares acudieron a la casa y el pequeño y un primo se pusieron a hablar de lo que estaba sucediendo y llegaron a la conclusión de que derribar significaba tropezar y caer, lo que les llevo a indagar por qué los manifestantes querían que el presidente tropezase y se cayese. Un rato más tarde, sentados frente al televisor, su duda era la palabra "matón". La madre contestó que se trataba de una persona que nunca había ido a la escuela y se ganaba la vida robando y haciendo cosas malas. Los niños volvieron a la carga preguntando por qué la policía no los arrestaba.

Al día siguiente por la noche grupos de vecinos estaban en la calle vigilando y protegiendo el barrio lo que despertó el interés del niño pero puso aún más nerviosa a su hermana, que al saber que se habían escapado de las comisarías un montón de personas detenidas sugirió que tal vez toda la familia debería huir de Egipto. Su madre le aclaró que no, que ellos no iban a abandonar el país y que tampoco se lo iban a entregar a los delincuentes. Pero para entonces ella también estaba realmente preocupada por todo lo ocurrido durante aquellos días.

La inquietud iba en aumento en el seno de la familia y cuando el Museo Egipcio fue atacado la niña temió que su escuela hubiera sido incendiada pues quedaba muy cerca de él. En realidad no era así, no estaba tan cerca como ella creía, pero sí era cierto que la niña pasaba todo los días por delante del museo de camino a la escuela. Una semana después del comienzo de las manifestaciones la madre encontró a su hija dibujando la bandera egipcia en una hoja de papel. Al lado de la bandera había escrito "Prohibido incendiar Egipto".

15.3.11

Bibliotecas "multiculturales"

Bibliotecas multiculturales

Por Edgardo Civallero

Ha llegado a mis manos un libro de la española Fátima García López, titulado "Los servicios bibliotecarios multiculturales en las bibliotecas públicas españolas". Tras leerlo, decidí que escribir nuevamente algunas líneas sobre la temática merecía la pena. Porque, como inmigrante que ahora soy, el asunto me afecta directamente.

El concepto "servicios bibliotecarios multiculturales en las bibliotecas públicas" puede resultar engañoso si se considera, como muchos profesionales que se acercan a la materia suelen hacer, que posee un único sentido: generalmente, el que proporcionan las llamadas "directrices internacionales".

Lo cierto es que esa idea alberga muchas lecturas y análisis dependiendo de la perspectiva ideológica y/o profesional de cada persona, de modo que es necesario enfrentarse a los conceptos y experiencias que ilustran cualquier documento referido a este asunto con auténtico sentido crítico, para poder analizar lo que aparece cuando se da un paso más allá de las apariencias. Porque la biblioteconomía, como cualquier otra disciplina, no es neutral: conlleva una fuerte carga ideológica y un continuo posicionamiento, y es tarea de los profesionales responsables el entender qué enfoque están asumiendo al aceptar, defender y poner en práctica, a veces sin cuestionamientos ni debates, tal o cual "definición", "propuesta" o "recomendación" aparentemente indiscutible, emitida por una supuesta "autoridad" en la materia. Detrás de las palabras neutrales de los textos "normativos" y de los documentos "políticamente correctos" se ocultan muchos dobles sentidos ciertamente tramposos, y éstos deberían ser discutidos antes de ser asumidos con el fin de conocer su verdadero alcance y hacerse cargo de sus posibles consecuencias.

El examen del uso del término "multicultural" (y afines) en el mundo bibliotecario escapa al alcance de esta entrada; en realidad, daría como para escribir un libro. Sin embargo, es preciso señalar lo obvio: las sociedades humanas han sido, desde siempre, "multiculturales". Muy pocas se han mantenido aisladas del contacto con otros grupos diferentes, de la interacción, del "mestizaje". Si, de acuerdo al Manifiesto IFLA/UNESCO de 1994, la biblioteca pública debe servir a todos los usuarios de su comunidad por igual, y si esa comunidad es, en mayor o menor grado, "multicultural", entonces las bibliotecas públicas deben servir, por naturaleza (y dentro de sus posibilidades materiales) a todos sus usuarios, pertenezcan a la "cultura" que pertenezcan, hablen la lengua que hablen y crean lo que crean. Atender las necesidades de sociedades "multiculturales" debería ser natural para una biblioteca pública: de hecho, muchas unidades llevan a cabo esa tarea desde hace décadas y a ninguna de ellas se le ha ocurrido etiquetar a sus servicios como "multiculturales".

Ocurre que la "multiculturalidad", al parecer, había sido poco notada en los países "occidentales" / "desarrollados" / "ricos" hasta antes de la llegada a sus territorios de las últimas corrientes migratorias, a partir de la década de los 60-70 del siglo pasado. Ello a pesar de que, antes de tal afluencia, países como España eran totalmente "multiculturales": cuatro idiomas co-oficiales, varios dialectos, rasgos culturales muy diferentes y tradiciones distintas conviviendo en un territorio relativamente pequeño avalan tal afirmación. Lo mismo ocurría en Francia, o en Italia (un verdadero enjambre de pequeñas culturas locales). No obstante, es a partir del arribo de inmigrantes de los países "pobres" / "desfavorecidos" cuando comienza a manejarse el término "multiculturalismo" (o sus alternativas "interculturalismo" y "transculturalismo") y, casi como una especie de "moda" contagiosa, empieza a hablarse de servicios bibliotecarios específicamente destinados a responder a las necesidades de información de usuarios llegados desde Asia, Europa Oriental, los países árabes, África o Latinoamérica.

Tal es así que, cuando se habla de "servicios multiculturales", en la mayoría de los casos se está hablando de "servicios para inmigrantes", y no se entiende por qué, a día de hoy, se mantiene un eufemismo tan ridículo (y debatido) si, en realidad, todos sabemos a lo que se refiere. ¿Corrección política, quizás? ¿Ansias de ocultar algo tan natural como brindar servicios ("especiales") a personas "culturalmente diferentes", por si alguien consideraba tal diferenciación en la atención bibliotecaria como una muestra de racismo, discriminación o intentos velados de "integración" (asimilación)?

Tampoco se entiende por qué se sigue hablando de "servicios especiales" relativos a "minorías" (una idea muy asociada a las "bibliotecas multiculturales"), cuando tales "minorías" forman parte de la sociedad y tienen derecho a recibir atención bibliotecaria en los mismos términos y condiciones que cualquier otro sector.

Pensar que estos problemas, estas dudas y estas discusiones deberían ser trasladadas directamente a los autores que traten tan controvertida temática (como p.e. la autora del libro que he reseñado al principio) sería un desatino. Sin embargo, sería igualmente errado liberar a los autores de toda responsabilidad en cuanto a la elección de sus fuentes, conceptos y terminología. Hacerse eco de "recomendaciones internacionales", por ejemplo, supone aceptar incondicionalmente la autoridad de IFLA sin tener en cuenta que los documentos que difunde son elaborados por reducidos equipos de bibliotecarios que, curiosamente, pertenecen a los países "occidentales", "desarrollados" y "ricos" que han recibido, en los últimos años, mayor embate migratorio. Aparentemente eso les habría proporcionado cierto grado de experiencia en la cuestión. Pero el trasfondo deja ver la existencia de intereses y pensamientos que, por lo menos, merecerían una seria reflexión preliminar.

Seguramente seguiremos oyendo hablar de "servicios multiculturales", sobre todo en Europa y América del Norte. Serán servicios para inmigrantes, pero "multicultural" queda más bonito, más de moda. Hasta que esa moda pase, y a los inmigrantes nos dediquen otros servicios bibliotecarios. O, definitivamente, dejen de prestarnos atención. Ya lo veremos.

8.3.11

La alegría por bandera

La alegría por bandera

Por Sara Plaza

Recientemente he leído un par de artículos sobre Educación en The Guardian que me pintaron un sonrisón de oreja a oreja. El del día 28 de febrero mencionaba un proyecto con perros adiestrados para escuchar a los más pequeños mientras aprenden a leer. Es una experiencia piloto en Kent, pero parte de un programa norteamericano denominado Reading Education Assistance Dogs (R.E.A.D, algo así como perros que colaboran en la enseñanza de la lectura). Dichos perros, normalmente galgos porque no ladran y porque tienen el pelo corto para evitar alergias, acuden junto a sus cuidadores a escuelas y bibliotecas para escuchar las historias que los niños les van contando despacito pues recién están aprendiendo a leer. Algunos de esos pequeños incluso les muestran los dibujos que aparecen en los libros y se sienten muy a gusto con un público tan especial a su lado, que no los critica ni se ríe de ellos cada vez que pronuncian algo de manera equivocada. Además el dueño del perro les cuenta que cuando éste se queda dormido es porque está soñando con la historia que acaba de escuchar, con lo cual los niños se ponen todavía más contentos. Los jóvenes lectores van ganando confianza en su ardua tarea casi sin darse cuenta y parece ser que en muchos casos los resultados son excelentes.

Al concluir mi lectura me di prisa en enviar la nota a un estupendo maestro de Educación Primaria (desde 6 a los 12 años en España), que a su vez corrió a comentarla con sus alumnos al día siguiente. Parece ser que le llovieron voluntarios para llevar a sus perros a clase -advirtiéndole, eso sí, que no eran galgos y aclarándole a continuación que no importaba porque ninguno de ellos tenía alergia- para que escuchasen leer a un compañero al que todos sabían que le estaba costando mucho aprender. Ni que decir tiene que tanto mi compañero como yo sospechamos que desde ese día el alumno que no le lee a su perro le lee a su gato y el que no a su hámster, pues la biblioteca de su aula se ha quedado prácticamente sin existencias.

Lo curioso es que a la mañana siguiente el mismo diario traía otra noticia de lo más simpática sobre la escuela que les gustaría a los niños en Gran Bretaña. Entre los comentarios de los protagonistas de la encuesta hay algunas ideas bárbaras.

Sophie Houghton-Hinks de doce años opina que su escuela favorita tendría colores brillantes y hippies en todas las paredes y en el techo, y que la alfombra estaría tan mullida y tan limpia que cualquiera podría echarse a dormir sobre ella. Dice que los alumnos no tendrían que sentarse en sillas duras y baratas porque estaría permitido sentarse en esos saquitos tan confortables llenos de bolitas que adoptan la forma del que se sienta. Añade que en cada clase habría una fuente, que no se permitiría más el aburrido y gastado color crema de las paredes y que tendrían cúpulas de cristal. Por último manifiesta que en los pasillos los propios alumnos habrían pintado las paredes con los colores del arco iris.

Joseph Paskiewicz de once años es de la opinión de que el gran problema de la escuela de hoy en día es que le faltan deportes competitivos, pero que eso tiene fácil solución. Considera que está más que demostrado que sus actuales entrenadores no son lo suficientemente buenos y él propone que sean las grandes estrellas del deporte como Michael Phelps y Usain Bolt las que vayan a la escuela y les pongan de nuevo en forma. Además sugiere que los alumnos deberían asistir a los partidos de fútbol y a las olimpiadas para ver a los mejores entrenadores haciendo su trabajo y aprender de ellos.

Telmo de diez años dice que a él le encantaría tener una escuela voladora. Así, si por ejemplo estaban aprendiendo sobre la India, irían volando hasta allí y le preguntarían cosas a la gente.

Bruno de diez años cree que habría que invitar a las grandes celebridades a la escuela para que les enseñasen sus talentos.

Maya con seis años prefiere que quienes acudan a la escuela sean los perros cada vez que necesiten un amigo.

Ethan Carrick de nueve años considera que uno se concentra mucho mejor cuando respira aire fresco, que tendría que haber en equipo de fútbol escolar por cada curso para que nadie se quedase fuera, y que cada curso debería tener suficientes sillas colocadas en forma de asamblea para que nadie tuviese que sentarse en el frío suelo. Por último añade que todos los alumnos se sentirían mucho más felices si pudieran elegir llevar o no uniforme a la escuela.

Ravi Shah de diez años opina que la escuela debería proveerles con iPads que les permitiesen hacer casi cualquier cosa de manera interactiva, y que podrían utilizarlos como libros y como portátiles, y también convertirse en una herramienta estupenda de socialización al poderse escribir y enviar correos electrónicos con otros chicos y chicas.

Michaele Anning de once años tendría una granja en la escuela para que todos los niños pudiesen cuidar de los animales. Dice que podrían ordeñar a las vacas para conseguir la leche que beben en el comedor, e incluso podrían prepararse huevos revueltos si los pollos ponían huevos. Cree que los animales de la granja podrían tranquilizar a personas enojadas o descontentas y que cuidar animales ayudaría a que los niños estuviesen más tranquilos y respetasen más a los animales. Opina que ese trabajo en la granja proporcionaría ejercicio físico a los alumnos y los ayudaría a estar en forma. Al final aclara que su escuela les enseñaría valores que les servirían en la vida.

Eleanor Randall de diez años enumera sus ideas de la siguiente manera: los alumnos deberían preparar paquetes de bienvenida para los nuevos alumnos tal y como lo hace la propia escuela, ya que los niños pensamos distinto de los adultos sobre lo que es la escuela. Debería haber un día sin uniforme al año en todas las escuelas de Gran Bretaña para que pudiésemos celebrar una fiesta temática sobre una cultura diferente cada vez y disfrutar de las distintas maneras que hay de vivir en el mundo. Eso sería divertido. Las escuelas de toda Europa deberían estar conectadas a través de Internet para que pudiésemos hacer amigos de distintos países europeos y crear un sentimiento de familia europea. Así las personas no estarían tan enfadadas con los demás pues tendrían amigos con hijos de otras partes de Europa. Eso también ayudaría a aprender idiomas. Y las escuelas deberían tener al menos un manzano cada una.

Karamveer Kour elabora la siguiente lista: mi escuela soñada tendría una piscina con delfines, un spa, pista de karting, prácticas de caída libre, una cúpula de cristal para mirar hacia fuera, una fuente de zumo/jugo, iPads conectados en cada mesa, luces más tenues, una sala de cine para que podamos grabar nosotros, una pista de obstáculos tipo "Total Wipeout", y millones de cojines.

Josh Abraham de 8 años dice que su escuela tendría los siguientes ingredientes: una tonelada de una escuela fabulosa, un pellizco de amistad, 100% de buenas maneras, 10 lbs de caras sonrientes, 20 litros de maestros excelentes, 99 ml de buenos alumnos, 9 gr de juego limpio y una taza de clubs excepcionales.

Kathryn Lagan de 12 años afirma que le gustaría una escuela donde todo el mundo fuese igual, donde todo el mundo fuese respetado y donde todas las voces fuesen escuchadas.

¿Qué tal preguntar a los alumnos y a los lectores, por su escuela o su biblioteca soñada en la próxima oportunidad que se nos presente? Las respuestas prometen, cuanto menos,grandes dosis de buen humor y éste, en los tiempos que corren, es un bien escaso, así es que no desperdiciemos la ocasión de sonreírnos ni de intentar llevar a cabo alguna de esas propuestas. Si se trataba de soñar, soñemos todos juntos.

"The school I’d like: Bring dogs to school in case we need a friend", by Dea Birkett. The Guardian online 01/03/2011
"The dogs who listen to children reading", by Patrick Barkham. The Guardian online 28/02/2011

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1.3.11

Nuevas tecnologías: la falsa panacea

Nuevas tecnologías: la falsa panacea

Por Edgardo Civallero

Criticar las nuevas tecnologías de la comunicación y la información sería, por mi parte, como escupir al cielo o tirar piedras sobre mi tejado: sin ellas, sin su conocimiento y uso, no estaría llegando a ustedes, y ustedes no me estarían leyendo.

Pero una cosa es emplear esas tecnologías como herramientas cotidianas que nos permiten trabajar, comunicarnos, entretenernos o intercambiar información, y otra muy, muy distinta es creer (y afirmar sin tapujos) que esas mismas herramientas están cambiando el mundo. Literalmente.

Antes de que más de uno de mis improbables lectores proceda a echárseme sin remedio a la yugular, pediré permiso para explicarme.

En los últimos años he asistido, asombrado y positivamente alborotado, al surgimiento de una serie de aparatos, programas y utilidades que, a nivel personal, me permitieron llevar a cabo proyectos y actividades que hasta entonces habían sido solo un sueño (o un delirio). Desde tener mi propio estudio de grabación en casa hasta publicar y difundir mis libros digitales, estar en contacto con gente de todo el mundo, sacar 300 fotos sin gastar un céntimo (¡y retocarlas sin necesidad de cuarto oscuro!) o trabajar sin moverme de mi escritorio, haciendo llegar mis tareas a los cuatro rincones del planeta en cuestión de segundos, todo era un milagro tras otro: el milagro de la producción de contenidos, de su auto-edición, del contacto veloz en varios idiomas con los cinco continentes, de la difusión masiva...

Una maravilla tras otra. Hasta que, hace poco, empecé a notar que algo crujía en mi interior.

De un día para otro, noté como un documental (o incluso un cortometraje) podía grabarse con la "cámara de video" de un teléfono móvil.

(Pongo ese nombre entre comillas porque reconocerán conmigo que, si bien los teléfonos móviles/celulares de hoy en día son tremendamente avanzados, sus cámaras de foto/video no resisten la comparación con un aparato específicamente diseñado para tal fin. Y no, no me vengan con el "todo vale"...)

Lo peor es que esos filmes los podía hacer cualquier hijo de buen vecino: no hacía falta tener experiencia previa, ni haber pasado por una escuela de cine. Ni siquiera hacía falta tener un mínimo de buen gusto, a tenor de los ejemplos que tuve la oportunidad de "apreciar"...

Lo mismo podía decirse de las noticias: bastaba un teléfono celular en la mano en el sitio oportuno o el momento indicado para que un fulano o una mengana incapaz de hilvanar tres frases seguidas con sentido se convirtiera en periodista, sacando fotos o filmando. Tampoco hacía falta tener los años de formación requeridos, ni la experiencia... Ni siquiera hacía falta el buen juicio o el sentido común que debería ser necesario para semejante tarea...

De pronto, noté como algunos programas de TV comenzaban a alimentarse de los materiales que les hacían llegar sus espectadores (que, por supuesto, no agregaban ni contenidos, ni opinión, ni análisis, ni explicaciones....). Los periódicos dejaban de estar compuestos por columnas diarias y se convertían en una serie de blogs en donde se habilitaban los comentarios de todo tipo de usuarios, incluyendo trolls y spammers (lo cual permitía la participación, claro, pero no agregaba contenidos válidos o interesantes). Escritores, músicos, gente del mundo del espectáculo e incluso políticos abrían cuentas en Twitter en donde, con tal de decir algo todos los días para estar "en el candelero", apuntaban las mayores barrabasadas que pudieran escribirse con 140 caracteres. Las bibliotecas, las ONGs, los organismos culturales y muchas asociaciones dejaban de prestar atención a sus sitios web y a sus correos y pasaban a concentrarse en Facebook, en donde todo el mundo parece saber todo sobre sus contactos, aunque en realidad no sepa nada... Llegué a oír decir a algunas bibliotecarias y trabajadoras de la cultura que no hacía falta estudiar una carrera, si con un buen dominio de Facebook y Twitter se hacía todo...

Todo se convirtió en "2.0". Periodismo 2.0, cine 2.0, noticias 2.0, fotografía 2.0, educación 2.0, información 2.0... De pronto, de un día para otro, un manojo de imágenes desconexas acompañadas de cuatro o cinco frases no contrastadas ni explicadas comenzó a ser "información" (cuando antes, "información" eran datos elaborados, explicados, comentados, acompañados con otros materiales que complementaran los significados). De pronto, hacer ruido comenzó a ser "comunicación". De pronto todo vale y todos podemos hacer todo...

Quizás me esté volviendo viejo. Quizás al ser un "no-nativo-digital", haya cosas que me cueste comprender. Me cuesta entender por qué las noticias no nos las transmiten gente con cultura, imparcialidad, buen juicio y saber hacer, en lugar de los tres improvisados payasos 2.0 al servicio de los poderes de turno que tenemos ahora. Me cuesta entender por qué el 80% de los contenidos de los periódicos online actuales son comentarios de descerebrados y cobardes 2.0 que se escudan en anónimos y apodos raros para insultar, insultar e insultar, y por qué el 50% de los contenidos de los periódicos en papel son basura mal redactada y peor hilvanada. Me cuesta entender por qué un documental, un reportaje, o un cortometraje no se pueden hacer como se debe: utilizando la herramienta que se desee (teléfonos móviles incluidos), pero con conocimiento de lo que se hace. Me cuesta entender por qué la gente ha dejado de escribirse mails (ya ni hablar de cartas en papel) para mantener el contacto con sus amigos y seres queridos, y por qué ahora la amistad 2.0 es ver las cuentas de Facebook de los demás y enterarse de lo que hacen, sueñan o quieren por lo que decidan contar en esas páginas, y agregar un "Me gusta" o un comentario de 10 palabras... Me cuesta entender por qué tengo que tuitear si quiero ser visible, conocido o tenido en cuenta: ¿es qué con mi viejo blog (todo un avance hace 6 años) no basta y sobra para decir y compartir lo que quiera?

Y es entonces cuando, para remachar el clavo 2.0 que tengo enterrado en la nuca, me "entero" (¿!?) de que son las redes sociales las que ahora mismo están iniciando las rebeliones en el mundo árabe. No, no son las manipulaciones de las grandes potencias, ni los intereses de un puñado de sabandijas con poder, ni los tejemanejes de unos cuantos empresarios con sed de petróleo las que, astutamente, han empujado a los desposeídos del norte de África a alzarse contra los tiranos (que recién ahora, oh sorpresa, son descubiertos como tales por la prensa "civilizada"): fueron las redes sociales.

En fin, seguramente me estoy volviendo viejo. Un viejo 2.0, eso sí, que cree en el uso justo y oportuno de las nuevas tecnologías. Pero un viejo, al fin y al cabo.