22.2.11

Saca de paseo a tus prejuicios

Saca de paseo a tus prejuicios

Y ventílalos al sol, y no dosifiques los recelos si puedes derróchalos…

Por Sara Plaza

Joan Manuel Serrat invitaba a todo lo contrario con su tema “Hoy puede ser un gran día”. Una canción que yo ponía en el radiocasete nada más despertarme cuando debía rendir algún examen. Me gustaba escucharla los días que amanecían con ese nubarrón en el horizonte anunciando desde temprano que la jornada tendría poco de buena. Aquella letra era una especie de antídoto para contrarrestar los efectos nocivos del examen, a saber, haberme tenido que aprender un guion que esa mañana debería volver a escribir, sin cambiar ni una coma, en el puñado de hojas en blanco que me esperaban encima del pupitre (mi profesora de Historia en el Bachillerato estuvo dos años dictándonos sus propios acartonados apuntes y, como dije, hasta los signos de puntuación eran inamovibles).

Algo más tarde, delante de mi mesa de trabajo, me percaté de que seguía memorizando y repitiendo demasiados guiones, atragantándome más de una vez al tener que escupir alguno, pero sin cuestionarme lo suficiente sus líneas. Ese cuestionamiento me tomó bastante tiempo y me obligó a desaprender ciertas malas enseñanzas que arrastraba desde mi adolescencia. Afortunadamente, con los años ha desembocado en una creciente y creo que muy sana disconformidad con las ideas e imágenes que nos presentan y aceptamos como inmutables y a las que no damos la más mínima oportunidad de ser de otro modo.

Y cuando digo de otro modo, quiero decir exactamente eso: ni mejores ni peores, ni más ni menos nada, simple y complejamente diferentes. De ahí mi desacuerdo con los dictámenes anticipados, con la sospecha y la desconfianza perpetuas, con el temor hacia lo que no entendemos y dificilmente llegaremos a comprender si seguimos levantando muros y afianzando nuestras barreras mentales.

Smila, la protagonista de la novela “La Señorita Smila y su especial percepción de la nieve”, del danés Peter Høeg, lo expresa muy bien cuando eso que no entendemos es otra cultura, una sociedad distinta:

Jean Malauri escribe en Los últimos reyes de Tule [(1)] que un argumento importante para estudiar a los interesantes esquimales polares reside en que, a través de su estudio, puede aprenderse algo sobre el paso de nuestra especie desde el estado de Neanderthal hasta el hombre de la edad de piedra.

Está escrito con cierto amor y cariño. Pero, no obstante, se trata de un estudio con prejuicios no reconocidos.

Cualquier pueblo que se deje medir por una escala de valores elaborada por las ciencias naturales europeas aparecerá, inevitablemente, como una cultura de simios más o menos evolucionados.

Este tipo de calificaciones carece totalmente de sentido. Cualquier intento de comparar las culturas, con el fin de determinar cuál es la más desarrollada, nunca será otra cosa que una torpe proyección más del odio de la cultura occidental hacia sus propias sombras.

Existe una manera de entender otra cultura. Vivirla. Trasladarse a su interior, rogar ser aceptado, tolerado, como invitado, aprender su idioma. Puede que entonces llegue, en algún momento, el entendimiento. Éste no necesitará nunca de las palabras. En cuanto se llega a entender lo extraño, se pierde el deseo de explicarlo.

Efectivamente, cuando, poco a poco, vamos comprendiendo todo eso, cuando tenemos la posibilidad de compartir y de vivir otra cultura, cuando nos abren las puertas y las atravesamos de la mano de sus protagonistas, cuando nos sacudimos la pereza y vamos desmontando lugares comunes, cuando descorremos el velo de mentiras que oculta la realidad, nos damos cuenta de lo inútiles y desafortunadas que son las comparaciones.

Es entonces cuando por fin dejan de sobrarnos los adjetivos para juzgar al otro y empezamos a conocerlo, a aprender algo de él. Desde ese momento ya no nos hace falta corear viejos clichés ni gastados estereotipos para disimular nuestra ignorancia: su sombra, como la de nuestro miedo, se habrá ido encogiendo y veremos alejarse los nubarrones que nos impedían sumarnos al festín de ese gran día que auguraba el cantautor catalán.

(1) Les Derniers Rois de Thulé (París, Plon, col. Terre humaine, 1955 – 5ª ed. def., París, 1989 ; éd. Pocket, 2001), traducida a 23 lenguas. Los esquimales del Polo. Los últimos reyes de Thulé (Barcelona: Grijalbo, 1981 ISBN 8425313201).

Imagen.

15.2.11

El mundo de la cultura y sus representantes (II)

El mundo de la cultura y sus representantes

Por Edgardo Civallero

El mundo del comercio cultural (ese al que se refieren los medios cuando hablan de "el mundo de la cultura", tal y como decía en mi anterior turno de bitácora) es un mundo estrictamente empresarial. Con esto quiero decir que la "cultura" (en realidad, un número limitado de productos derivados de expresiones culturales) interesa en tanto item susceptible de ser vendido y de proporcionar dinero.

Nada más.

Y nada menos...

Por supuesto, pueden hallarse algunas excepciones: individuos honestamente interesados en la difusión cultural, y en el crecimiento intelectual y espiritual de los destinatarios de la literatura, la música, la pintura o la fotografía... Pero esas personas componen una fracción mínima, prácticamente irreconocible, del enorme sistema (y, por cierto, suelen acabar ahogados, pisoteados y olvidados por él). Todos los demás integrantes del mundo del comercio cultural buscan su propio beneficio. Y es lógico que así sea, pues lo que realizan, como queda dicho, es una actividad empresarial.

La pena es que nos vendan tal actividad como "la cultura", y no como "el negocio". Tan bien nos convencen de esa patraña que a veces nosotros, los pobres mortales, confundimos la cultura verdadera con los sucedáneos ofertados por esa industria. Y nos adornan la imagen con tantos oropeles, y honores, y glorias, y famas, y laureles, y riquezas, que muchos nos vemos tentados a lanzarnos de cabeza y sumarnos a las filas de los creadores de "productos y servicios culturales".

Lo que nunca saben los que inician tal aventura es que, a la entrada del camino que los lleva al éxito, hay un cartel dantesco que pocos se detienen a mirar: "Abandonad toda esperanza, vosotros los que entráis".

La persona que pretenda entrar a formar parte de ese universo debe saber, en principio, que se enfrentará a una estructura ferozmente jerarquizada, donde los de abajo son nadie y los de arriba son dioses.

Por "los de abajo" me refiero a los autores/creadores que recién entran en la estructura y a los pobres empleados que realizan el trabajo mecánico: los diseñadores, ingenieros de sonido, traductores, editores, escritores-fantasma, correctores, publicistas y demás currantes.

Por "los de arriba" me refiero a los "representantes del mundo de la cultura": directores, editores y productores. Esos que tienen en su mano el "sí" que sacará del anonimato a cierto individuo con dotes artísticas, o el "no" que lo dejará donde estaba o lo hundirá en la decepción o en la desesperación. Esos que deciden lo que se lee, se escucha o se mira y lo que no, y convencen al mundo de la veracidad, conveniencia y utilidad de sus declaraciones. Esos que no dudan en explotar hasta el límite verdaderas porquerías (sean películas de vampiros, novela negra sueca, o pop agitanado), o en hacer uso de estrategias rastreras, siempre que les den un buen beneficio.

La cantidad de barreras, filtros y tamices que el neófito debe atravesar para presentar su trabajo, cultural en general o artístico en particular, no tiene límites. Bien lo saben los bailarines o cantantes que han participado en audiciones, o los fotógrafos y pintores que han mostrado sus portfolios en galerías y museos, o los escritores y poetas que han enviado sus manuscritos a editoriales o, mucho peor aún, que han participado con ellos en los llamados "concursos literarios".

(Esto de los concursos literarios tiene mucha miga. Se trata de trampas muy bien elaboradas que hacen publicidad a las editoriales convocantes y a las empresas patrocinadoras; que dan premios a sus "grandes figuras" de siempre; y que, ya de paso, se quedan con media docena de manuscritos frescos para publicarlos y sacar algo de dinero... que, por supuesto, no darán a los autores de esos manuscritos. Para ellos, como para todos los participantes –aunque hayan perdido el concurso- ya debiera ser un honor que los editores de la editorial convocante se hayan molestado en leer sus escritos.

Por cierto: los editores no leen sino media docena de los cientos de manuscritos que reciben. Contratan a una serie de estudiantes de letras o a editores jóvenes para que lean los demás y para que de allí seleccionen, de acuerdo a unos criterios férreamente definidos, algunos textos que puedan servir para publicar un "librito conmemorativo".

Ya lo saben. Sigan participando...).


Si el neófito consigue mantener altos los ánimos y atravesar esas barreras, y resulta seleccionado para poder integrarse, como "autor", "creador" o "artista", en ese "mundo del comercio cultural", le tocará firmar un contrato. Porque, repito, esto es un negocio, y en los negocios, las cuentas claras mantienen las amistades.

Y ahora presten atención, porque sobre esto se ha desinformado mucho en los últimos tiempos (sobre todo en relación con el tan cacareado tema de los "derechos de autor").

Cuando un autor, un creador o un artista pretende difundir su trabajo a través de cualquier empresa (por muy grande e influyente o muy pequeña e independiente que sea) debe firmar un contrato cediendo sus derechos a la editorial por un tiempo determinado (generalmente entre 5 y 7 años) para que esta reproduzca, distribuya y comercialice el producto de acuerdo a unas pautas determinadas (en tal país, en tal lengua, en tal formato, etc.). Tales pautas, como imaginarán, son bien amplias y tienen mucha letra pequeña, de manera que, por lo general, las editoriales, productoras y distribuidoras pueden hacer lo que quieran con esa obra durante el tiempo que la tienen en su poder (y después también: hay argucias –protegidas por ley, por cierto- que permiten a una empresa de comercio cultural continuar vendiendo una obra aunque el contrato haya vencido o haya sido cancelado).

A cambio, como retribución, el autor percibe entre el 8% y el 10% del total de lo vendido, a lo cual hay que restarle impuestos, IVA, el costo de los ejemplares dañados, el costo de los ejemplares promocionales, etc. Al final, lo que cobra el autor se reduce a un 5% de lo vendido. Véanlo en un caso práctico: si un libro se vende a 18 euros en la librería, el escritor vería 1 (un) euro por libro vendido. Calculen una tirada media anual de unos 3.000 ejemplares (para el caso de un autor "no famoso", común y corriente) y tendrán unos 3.000 euros, que es lo que el autor cobrará... al año. Sí, leen bien: esto no se paga por meses, sino tras el cierre anual de cuentas. Tendríamos, pues, unos 300 euros por mes, con suerte. Cobrados con 12 meses de atraso.

Solamente los autores y artistas muy, muy famosos pueden vivir de la venta de sus productos. Los demás tienen que complementar esa entrada de dinero con otras tareas relacionadas con su oficio (docencia, por ejemplo, o conciertos en vivo, o fotografía para revistas, o ilustración y diseño web) o, directamente, con una profesión totalmente distinta.

Hasta ahora, el modelo de comercio cultural se basaba en la copia de originales. El escritor escribía un manuscrito, o el músico grababa unas canciones, y se venden sus copias. Y las copias de las copias. Y se lanzan recopilatorios, y re-ediciones, y homenajes, y aniversarios, y se siguen vendiendo copias del original veinte, o cincuenta, o cien años después de producido por vez primera. Hasta la aparición de Internet, el único problema del modelo eran las fotocopias, o las bibliotecas, o el préstamo entre amigos, es decir, copias que no generaran ganancias. Pero, en realidad, eran poca cosa.

Con Internet, ese modelo vio un vuelco. Porque ahora, la venta de copias ya no sirve. En realidad, prácticamente nada del modelo comercial antiguo sirve, ni en el campo de la "cultura" ni en ningún otro campo. Y mientras la Red de Redes evoluciona día a día, a una velocidad de vértigo, y los habitantes de sus calles y plazas virtuales desarrollan nuevas técnicas y crean una idiosincrasia y un lenguaje propio, y los autores, creadores y artistas presentan su trabajo en la red, y lo comparten, y lo venden, y se promocionan, e incluso actúan y trabajan en línea, el antiguo "mundo de la cultura y sus representantes" ha sufrido un verdadero colapso. Se ha atascado, y se empeña en aferrarse infantilmente, con uñas y dientes, a su antiguo modo de pensar, a su antiguo estilo de trabajo y de vida, a sus antiguos privilegios... Los dioses no quieren caerse de sus pedestales, la "aristocracia cultural" no desearse codearse con vulgares "artistas de Internet"... Y comienzan las presiones a los políticos, los lobbies del "comercio cultural" que mueven fichas e hilos en las altas esferas, las leyes modificadas...

Así están las cosas hoy en día. Como dije en mi entrada anterior, no hay forma de ponerle límites a la cultura real: el acervo de saberes, conocimientos, experiencias y expresiones compartido por un pueblo. Y eso se está notando en un nuevo escenario en el cual se está prescindiendo de intermediarios inútiles (meros chupasangres y aprovechados, los mismos que se apresuran en afirmar que la Internet es una amenaza que dejara a miles sin trabajo) y se están aprendiendo y poniendo en práctica otras destrezas, otros idiomas, otras formas de hacer, de decir, de pensar, de entender, de compartir, de comprar y de vender. Un escenario en el que lo que realmente vale es el trabajo cotidiano, y en el que es más difícil vivir del cuento, del estrellato y de la gloria...

Esperemos que los nuevos tiempos nos traigan cambios. El alboroto y la gresca armada en torno a Internet es buena señal de que algo, finalmente, se está desmoronando...

Saludos...

PD. Quizás haya quedado claro, pero prefiero recalcar una idea concreta: cuando alguien carga/descarga un libro (o cualquier otra cosa) a/de Internet, lo que hace (sea un caradura, un ladrón o un defensor de la libertad cultural) no es violar los derechos del autor: lo que hace es violar los derechos de reproducción, distribución y comercialización que, en ese momento, una empresa de comercio cultural (en este caso una editorial) tiene sobre ese libro. Los derechos del autor no se violan porque siempre se reconoce la autoría del material: lo que se viola es el derecho de la editorial a ser la única que pueda reproducir y distribuir (y por ende, ganar dinero) con ese material.

¿Al autor le afecta? Bueno, podría afectarlo moralmente: el público estaría haciendo con su obra algo que quizás él no quiere que se haga. Pero eso ha sucedido décadas e incluso siglos antes de la Internet. Alguien pensará que tales acciones podrían afectarlo económicamente, y que no podría ganarse el pan con su trabajo. A eso yo pregunto: ¿creen que pagar 1 euro por cada libro vendido a 18 euros en la librería es darle el pan a un escritor? ¿Y quién es el que paga esa miseria al escritor? ¿Quién es el que lo obliga a firmar esos contratos viles, si es que quiere ver su obra publicada? ¿Quién lo presiona después para que salga a hacer declaraciones contra la "piratería"? ¿Quiénes son los verdaderos "piratas"?

8.2.11

Robando y con el mazo dando

Robando y con el mazo dando

Por Sara Plaza

Hace poco, leyendo unas líneas de Isaac Rosa que hablaban del franquismo como un gran robo legalizado y escriturado, me quedé pensando en los muchos delitos de similar cariz que están perpetrando muchos gobiernos occidentales parapetados tras unas democracias representativas que ya no nos representan más. Y es que esos gobiernos, -tan orgullosos de firmar grandes pactos de Estado que no hacen sino traicionar a los trabajadores para congraciarse con los mercados-, están legalizando y escriturando el saqueo de la mayoría de sus ciudadanos y de los recursos de sus países por parte de la banca y las multinacionales.

Cada día nos desayunamos con nuevas desregulaciones, con más privatizaciones y con mayores flexibilizaciones. Removemos el café repasando las lamentables e insostenibles cifras del paro, sacando cuentas de los años que llevamos trabajando y de los que aún tendremos que seguir doblando el lomo para que, como decía la canción, otros doblen sus bienes, o calculando la mísera pensión que difícilmente llegaremos a cobrar, no porque no haya recursos sino porque van a ir a parar a esos otros que esta vez van a triplicar y cuadriplicar sus bienes.

Todos sabemos que nos están atracando, que lo van a continuar haciendo, y que este hecho (que el diccionario de la Real Academia Española recoge como acción de atracar, es decir, asaltar con propósito de robo) no constituye ni constituirá delito alguno, siempre y cuando lo lleven a cabo esos mismos otros.

Lo que sí lleva tiempo siendo reprobado y penalizado es denunciarlo, manifestarse en su contra, organizarse y movilizarse para combatir semejante expolio. Por no llamarse ellos lo que verdaderamente son, una banda de ladrones y usureros, nos han denominado a nosotros irresponsables, insensatos, ignorantes, antisistema, vagos, utópicos. Siendo ellos unos auténticos delincuentes, se permiten criminalizar nuestras críticas y nuestros actos de protesta.

A la recientemente fallecida María Elena Walsh, le dijeron que en el Reino del Revés nadie baila con los pies, que un ladrón es vigilante y otro es juez y que dos y dos son tres, y no iba muy desacertado su informante si así se hubiera referido al Reino de España. Y Eduardo Galeano, en su obra “Patas Arriba. La Escuela del Mundo al Revés” (1998) ya enumeraba muchas de las barbaridades, burradas y disparates que un puñado de ejemplares del género humano quieren seguir edulcorándonos con enunciados engañosos cuando no falaces, como la muy manida “responsabilidad democrática”, la gastada “paz social”o la manoseada “igualdad de oportunidades”.

Ante tamaño cúmulo de despropósitos y sinsentidos, con la certeza de que nos van seguir recortando derechos, esquilmando lo público, desterrando de los espacios de discusión y golpeando de muy diversos modos y maneras cada vez que alcemos la voz, salgamos a la calle o hagamos huelga, y habiendo constatado, como ya lo hizo el autor uruguayo, que “es por amor a la patria que algunos políticos se la llevan a casa”, ¿no deberíamos pedirles que dejaran de querernos tanto? ¿No tendrían sus asesores que advertirles de que hay amores que matan? ¿No es acaso obligación de sus expertos aclararles que ese amor que dicen sentir es delictivo?

Pero no, cómo van a decirles eso si acaban de reformar la reforma que reformaba lo reformado, y está muy pero que muy bien visto desear lo ajeno y hasta es legal metérselo en el bolsillo.

1.2.11

El mundo de la cultura y sus representantes (I)

El mundo cultural y sus representantes

Por Edgardo Civallero

Últimamente he tenido varios encuentros (aunque quizás debiera decir "encontronazos") con la críptica frase "los representantes del mundo de la cultura". Para contextualizarla, debo aclarar que me la crucé en reseñas y artículos relacionados con la polémica ley española apodada "ley Sinde", que pretende "regular" las descargas online de materiales protegidos por derechos de autor.

No pretendo analizar, discutir o criticar la señalada ley, a pesar de que sus regulaciones me afectarán directamente, como a cualquier otro internauta que habite territorio español. Los análisis sobre lo bueno y/o lo malo de este controvertido y discutido texto los dejo para aquellos que quieran perder el tiempo juntando agua en cestos (así de inútil es la tarea, lo prometo). Yo quisiera enfocarme en esto de "el mundo de la cultura" y, sobre todo, en lo de sus "representantes".

Y quiero enfocarme en ello porque, como músico, diseñador, escritor, bibliotecario, lector, editor, traductor, televidente, radioyente, público de espectáculos teatrales y musicales, recolector de tradición oral y otros tantos papeles que he representado a lo largo de la película de mi vida, he tenido contacto con diferentes "mundos de la cultura". Y, cuando leo esto de "los representantes del mundo de la cultura", como si hubiera un solo mundo y alguien pudiera representarlo, me doy cuenta de que hay un puñado de payasos que nos están vendiendo un buzón y se están cagando de risa de nosotros.

Permítanme, pues, hilvanar un par de reflexiones y compartirlas con ustedes.

En segundo año de carrera de Historia, allá en la Universidad Nacional de Cördoba (donde este humilde escribidor, como diría el infeliz de Vargas Llosa, tuvo a bien desburrarse un poco), el profesor de Antropología Cultural trajo a clase un listado de definiciones de "cultura" extraídas de distintas obras (académicas) y autores (ídem) desde el siglo XIX a esta parte. Eran centenar y medio de definiciones de una misma cosa: algo tan sencillo de contemplar en la vida diaria y, por lo visto, tan difícil de conceptualizar. En líneas generales, y para que todo hijo de vecino me entienda, puede decirse que cuando tu abuela te cuenta un cuento popular, de esos de aparecidos, o de pilluelos, o de animales que hablan, te está transmitiendo una parte de su cultura (que seguramente será la tuya). Cuando mi vecino, el pastor de ovejas, suelta un castizo refrán castellano sobre el frío que te congela hasta los pelos del..., bueno, pues eso también es cultura. Cuando oyes –sobre todo si eres guatemalteco, salvadoreño o mexicano, o andas por esos pagos- el palmeteo de las mujeres que preparan tortillas por las mañanas, oyes un retazo de tu cultura. Cuando tu madre te explica como debes tratar a tu novia, o tu padre te indica como preparar un buen asado, eso es cultura. Tu cultura. Sencillamente, lo que hace que tú seas precisamente tú.

Puede haber cultura étnica, religiosa, nacional, regional, provincial, por edad, por sexo, rural, urbana... Y, como individuo, puedes mezclar varias de esas culturas: cultura cristiana, urbana, española, castellana, madrileña, adolescente, por ejemplo. En todos los casos, se trata de una serie de rasgos que circulan libremente en una sociedad y que aprendes de la mano de tus padres, de tus familiares, de tus hermanos, de tus amigos... y, con un poco de suerte, de tus docentes.

Esa cultura, antigua o moderna, tradicional o revolucionaria, urbana o campesina, es de todos. Nadie (repito y recalco: nadie) puede arrogarse el derecho de regular cómo se hace, cuenta, canta, toca, produce o dice una parte particular de esa cultura (a menos que sea su único o su último exponente, claro está). Nadie puede poner barreras a tanto movimiento, a tanto intercambio, a tanta evolución continua... La música andina de charango, las recetas del cuscús magrebí, el arte del trenzado del esparto de la meseta castellana, la danza de la cumbia colombiana... eso y todo el resto de rasgos de las distintas culturas del planeta son de todos los que construyen y comparten tales culturas, y de los que se acercan a ellas para conocerlas.

Visto lo visto, no creo que la expresión "los representantes del mundo de la cultura" se refiera a ese mundo. De modo que, si ustedes me lo permiten, seguiré explorando.

En muchas ocasiones se ha dicho de campesinos, obreros, marineros o pastores (por poner un ejemplo rápido) que son unos "incultos", es decir, que no tienen "cultura". No he conocido a nadie menos falto de cultura (tal y como la he definido antes) que los personajes antes nombrados. De hecho, sin los saberes de la pesca, el campo o los trabajos manuales, ¿hubiera existido una sociedad, tal y como la conocemos hoy?

Pero no: a lo que se refieren esas voces críticas que se apresuran a etiquetar a algún fulano de "inculto" es a la ausencia notoria de una "cultura universal" o, peor aún, de una "cultura básica".

Aquí ya comienzo a entrever que alguien se está riendo de nosotros, porque... ¿hay una cultura básica? Si es así, ¿quién la define? ¿Quién la transmite? ¿Qué hace falta saber para no ser considerado un "inculto"?
Y... ¿hay una cultura "universal"?

Probablemente, por "cultura básica" se entienda la instrucción (que no "educación") que imparte el sistema escolar más elemental, la cual, honestamente, cada vez tiene menos de "cultura". Y por "cultura universal" quizás se entienda el conocimiento y disfrute de un conjunto de elementos, generalmente artísticos, que suelen incluir la ópera, la música clásica, el arte conceptual y moderno, la literatura experimental, las charlas filosóficas, las veladas de poesía... Una aproximación elitista a un conjunto reducido y "selecto" de expresiones culturales.

Tampoco creo que la expresión de marras se refiera a esos mundos. Aunque siento que me estoy acercando.

Hay, finalmente, una "cultura" que se compra y se vende. Una "cultura" que pocas veces se comparte, que publicitan los medios de comunicación masivos, que recibe premios, que se difunde multitudinariamente, que circula con fluidez, que se repite, que nos machaca los sesos aunque no queramos entrar en contacto con ella. Una "cultura" compuesta por los bienes artísticos y/o intelectuales producidos por unos pocos y dirigida hacia todos los demás (los llamados "consumidores" o "clientes").

A ese universo, y no a otro, se refiere la frase del inicio.

Verán: ese "mundo de la cultura" es, en realidad, el "mundo del comercio cultural". Está conformado por un puñado de empresas (sí, son pocas, aunque tengan muchas y diferentes caras) que contratan a personas habilidosas en alguna forma de expresión de la cultura (canto, danza, narración, dibujo...) para que creen una serie de productos: canciones, espectáculos de baile, cuentos, novelas... Son productos que han existido entre las sociedades mundiales desde que el hombre es hombre, pero que, gracias a la capacidad artística de algunos individuos, se han ido puliendo y mejorando. Las empresas se apropian de esos elementos y se dedican a comercializarlos, pagando a sus autores un porcentaje (generalmente un 8%) de las ganancias, y prometiéndoles un verdadero Paraíso de honores (promesa que a veces se cumple). No importa si la calidad de lo que se vende es buena o mala: lo que importa es que se venda, porque esto es un negocio. Y, para asegurarlo, las empresas presionan a los Gobiernos para generar leyes a su medida, y a los medios para que dirijan la atención de sus lectores hacia sus productos, y todo un largo etcétera que les ahorro para no aburrirles, pero que pueden imaginar con solo contemplar las prácticas empresariales vigentes.

En la segunda parte de esta entrada, en mi próximo turno de bitácora, les contaré un poco mejor el funcionamiento interno de este "mundo de la cultura". Lo único que quería señalar con esta introducción es la enorme diferencia que hay entre la Cultura con mayúsculas (la que vivenciamos, recreamos, producimos y compartimos a diario todos nosotros) y la "cultura" (así, con minúscula y comillas) que nos venden a bombo y platillo, que nos hacen tragar por los cuatro costados, que adornan y doran para que parezca más importante, que cubren de "premios", "menciones" y "honores"... Una "cultura" que sirve para alimentar las cuentas bancarias de unos empresarios a los que nuestra educación, nuestro placer o nuestro intelecto les importa un pito de caña.

Les dejo una pregunta para que mediten un rato. ¿Qué diferencia hay entre el anónimo guitarrista flamenco que toca en sus ratos libres, haciendo maravillas sobre las seis cuerdas de su instrumento para delicia de sus familiares y amigos, y el payaso de ricitos que sale por TV cantando "flamenco", y que aparece en la radio, los anuncios, las campañas "solidarias", las revistas del corazón y demás?

Piénsenlo. Y si al final miran con pena al primero y con admiración al segundo, no se molesten en leer la segunda parte de esta entrada... Porque me temo que ya tienen el gusano de la "industria cultural" royéndoles el cerebro...
Saludos...