25.1.11

Prosperidad casera:

Prosperidad casera

¿Cómo escapar de la trampa del consumismo?

Por Shannon Hayes
Traducido del inglés por Sara Plaza

Podría haber significado alcanzar un escalón muy elevado en mi vida. Acababa de defender mi tesis y tenía tres posibles oportunidades de trabajo. Pero me encontré dando vueltas alrededor de casa o andando por las laderas de la granja de mi familia, llorando y soltando improperios al aire alternativamente. Bob y yo peleábamos con una vehemencia que jamás había visto.

El hecho simple era que yo no quería el trabajo que había pasado años intentando conseguir. "¡Creía que era lo que tú deseabas! ¿Para qué demonios pasaste los últimos cuatro años en Cornell? ¿Por qué seguiste adelante con ello? ¿Por qué dijiste que era esto lo que querías?"

¿Qué podía responderle? ¿Porque no sabía de qué otro modo permanecer cerca de la tierra de mi familia y conseguir todo el dinero que yo pensaba que íbamos a necesitar? ¿Porque no creía que hubiera un futuro en la agricultura y la ganadería? ¿Porque pensaba que el único camino para poder manifestar mi talento era a través de un organismo que me ofreciera un sueldo?

"¿Qué es lo que quieres hacer?"
"Escribir y trabajar en la granja."
"Entonces hazlo."
"Necesitamos dinero. No sé cómo conseguirlo."

Sin embargo sí sabía cómo. Desde que llegamos a estas costas, todas las generaciones de mi familia habían trabajado en una granja. Yo era la primera generación que no creía que la granja pudiera ser un medio de vida. Nuestros vecinos vivieron, rieron y se amaron en estas laderas rocosas, y lo lograron con ingresos de cuatro cifras. Sin embargo, yo había llegado a la conclusión de que en estas mismas colinas nosotros necesitaríamos ingresos de seis. En algún punto a lo largo del camino había dejado de creer en la evidencia que tenía delante y comencé a profesar uno de los mitos centrales de la cultura americana moderna: que una familia necesita un montón de dinero para sobrevivir de manera medianamente confortable, y que ambas trayectorias profesionales, la de él y la de ella, eran una mejora con respecto al pasado.

¿Qué había cambiado? ¿Por qué creía yo que necesitábamos tantísimo? En ese momento la pregunta era un rompecabezas para mí. Retrospectivamente me doy cuenta de que mi generación creció rodeada de medios de comunicación que equiparaban bienestar económico con respeto, felicidad y realización. Escuchamos un discurso nacional que predecía el fin de la granja familiar. Todos esos mensajes sacudieron nuestra confianza en nuestro estilo de vida y terminamos cuestionando nuestra propia experiencia.

Después de todo, yo crecí trabajando en la granja de mis vecinos. Celebrábamos deliciosas comidas a medio día, la casa estaba caliente durante el invierno, y siempre había algo de efectivo a mano cuando alguien tenía dificultades. Se preparaban una gran cantidad de tartas dulces y saladas de manera gratuita para contribuir a la venta y/o subasta de productos horneados y a la comida del pavo que organizaba la parroquia para recaudar fondos. Fue alrededor de mis veinticinco años cuando descubrí con qué poco dinero subsistían.

Así era como mucha gente vivía mientras yo crecía en West Fulton, New York, el lugar donde mi familia todavía conserva su granja. Las empinadas laderas y los fríos valles hacen que las más modernas tecnologías agrícolas resulten muy poco prácticas en mi comunidad. Los cultivos para la venta son escasos. Para sobrevivir, mis vecinos tenían que producir tantas cosas que pudieran necesitar como les fuera posible, y comprar solo las cosas que de ningún modo se podían hacer o cultivar en casa. Ellos cultivaban y conservaban los alimentos, cosían y arreglaban la ropa y se encargaban de reparar, mejorar y mantener su granja.

Sin embargo, en la actualidad, la vida de la mayoría de los estadounidenses refleja la transformación ocurrida en los hogares a partir de la Revolución Industrial. Anteriormente la casa era un centro de producción, no muy diferente de los primeros hogares que comenzaron a emerger en la Europa del siglo XIII a medida que la época feudal iba llegando a su fin. La seguridad económica de la familia era el resultado de los esfuerzos combinados de todos los habitantes de la casa para producir lo que necesitaban. Ellos cultivaban sus alimentos, curaban sus carnes, hacían jabón, fabricaban los tejidos y elaboraban su propia vestimenta.

Con la Revolución Industrial el hogar se modificó. Los hombres fueron los primeros en emplearse en las fábricas, donde ganaban un sueldo que gastaban comprando los productos y los servicios que ya no se hacían en casa. Cuantos más hombres salían fuera a trabajar, más cosas era necesario comprar en los hogares.

Durante algún tiempo las mujeres continuaron produciendo en el interior de las casas, hasta que finalmente las fábricas también ocuparon a las amas de casa. Poco a poco las habilidades domésticas dejaron de ser primordiales para la supervivencia. En lugar de desarrollar las destrezas que nos posibilitaban satisfacer nuestras propias necesidades, ejercitamos las que satisfacían las necesidades de otros a cambio de dinero para adquirir lo que una vez produjimos en casa. El hogar había pasado de ser un centro de producción que respondía a la mayoría sus necesidades a convertirse en un centro de consumo que compraba casi todo lo que necesitaba.

Al principio hubo algunos buenos artículos que, con toda justicia, aligeraron la pesada carga de las tareas domésticas –la lavadora/el lavarropas, por ejemplo. Pero la idea de comprar aparatos que nos ahorran trabajo se ha ido convirtiendo de manera gradual en nuestra moderna cultura de consumo –donde todo, desde el pan hasta el entretenimiento debe ser comprado–, y nos ha llevado a creer que en una familia de clase media es preciso que uno o ambos miembros de la familia ganen un montón de dinero.

Las familias entre las que yo crecí fueron excepciones a esta tendencia. La revolución industrial agrícola es un fenómeno relativamente moderno que empezó a arraigar a finales de los sesenta. Durante mucho tiempo, después de que la mayoría de los hogares estadounidenses se convirtieran en centros de consumo, la granja familiar todavía seguía siendo un centro de producción. La supervivencia de la granja pre-industrializada estaba supeditada en parte a la obtención de productos para su venta, pero también al hecho de conseguir y fabricar en ella todo lo que se pudiera para reducir la necesidad de comprar cosas.

A final, Bob y yo nos unimos a mis padres en el negocio de las carnes alimentadas con pasto, donde actualmente trabajamos, para ayudar a poner en marcha un sistema local de producción de alimentos sostenible que nos permita ganarnos la vida. Teniendo en mente las lecciones de nuestros vecinos, llegamos a la conclusión de que la clave de la supervivencia estaba en producir tanto como pudiéramos y comprar solo lo que debiéramos. Criamos y vendemos animales para tener unos ingresos, pero empleamos la grasa para hacer jabón, preparamos conservas para el invierno y pasamos más tiempo socializando en casa con los amigos y vecinos que saliendo fuera y gastando dinero en otro tipo de entretenimiento. Incluso teniendo dos hijos vivimos muy bien con mucho menos del sueldo de seis cifras que una vez pensé que íbamos a necesitar.

Bob y yo somos muy afortunados de haber tenido acceso a la tierra de mis padres y al conocimiento que ellos y otros granjeros de la zona han compartido con nosotros. Eso ha hecho que nuestra transición haya sido mucho más sencilla. Pero eso no quiere decir que haga falta una granja para iniciar la aventura. Estadounidenses con muy diversas trayectorias a lo largo de su vida están haciendo algo en sus propios hogares, ya sean rurales, urbanos o suburbanos. Incluso sin un pedazo de tierra, están encontrando maneras de transformar sus casas de unidades de consumo en unidades de producción. Están caminando o yendo en bicicleta en lugar de en coche; cocinando en vez de ir a buscar comida rápida; haciendo música y siendo creativos en lugar de comprar el entretenimiento que te venden los medios; conservando ellos mismos los alimentos de las granjas locales en vez de comprar alimentos industriales envasados; elaborando cerveza en un rincón de sus departamentos; aprendiendo a arreglar sus propios baños y sus coches; cosiendo su ropa o encontrando modos de reutilizarla; estableciendo una red de contactos entre los vecinos para intercambiar mercancías y servicios.

El resultado de todo esto es un creciente movimiento de estadounidenses que están creando una nueva economía casera donde hay tiempo para que los miembros de la familia puedan disfrutar entre ellos, donde la huella ecológica se reduce drásticamente, y donde, en lugar de la familia trabajando para mantener el hogar, el hogar trabaja para mantener a la familia. Con esta nueva economía las relaciones son más profundas, los niños están más conectados con los sistemas vitales que los sustentan, y la familia puede afrontar tiempos difíciles con dignidad y alegría.

Shannon Hayes es autora de los libros Radical Homemakers, The Farmer and the Grill y The Grassfed Gourmet Cookbook. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Binghamtom, y cuenta con un master y un doctorado de la Universidad de Cornell en agricultura sostenible y desarrollo comunitario. En la actualidad trabaja junto a su familia en la granja Sap Bush Hollow, en el estado de Nueva York.

Blog de la autora.
Fuente del artículo.

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18.1.11

Da asco

Da asco

Por Edgardo Civallero

Verán ustedes: cuando se alzan protestas, revueltas y manifestaciones populares en algún país al que los medios masivos oficialistas euro-americanos traen entre ceja y ceja o asocian al demonio sobre la tierra (por ejemplo, Irán), cualquier medio es bueno para informar: inclusive los videos (anónimos, borrosos, confusos) en YouTube, Facebook o cualquier otra red social. Nadie analiza a fondo su procedencia o su veracidad: interesa que las imágenes apoyen más o menos fehacientemente el discurso que se quiere difundir a través de la noticia: "vean la represión, vean la censura, vean la falta de libertad...".

Cuando esas mismas manifestaciones se producen en Europa (p.e. Francia, España, Italia, Inglaterra) para protestar por el saqueo y la destrucción de las estructuras públicas y oponerse justamente al avasallamiento, la censura, la presión, la falta de respeto, la violación de derechos, la injusticia y el desequilibrio que los gobiernos ("democráticos") de la región están ejerciendo sobre su población... los medios sólo muestran a los cuatro descerebrados de siempre haciendo añicos un escaparate.

(Esas escenas son siempre curiosas: está el vidrio, una línea de unos 40 fotógrafos y cámaras frente a él, y cuatro o cinco embozados que le dan palos al cristal. ¿Montaje?).

Nadie muestra a las familias enteras que participan en las marchas, ni entrevista a los colectivos que protestan, y mucho menos difunde la represión que se practica sobre inocentes y pacíficos manifestantes en los mentados países "democráticos" de Europa... Nadie exhibe los cientos de videos de YouTube en esos casos, ni difunde lo que los actores de esas revueltas publican en blogs, Twitter o perfiles de Facebook. No, esas cosas se cuentan a bombo y platillo cuando ocurren en el Tercer Mundo o en algún país malvado (mejor si es árabe: los árabes son malvadísimos). Cuando ocurren en Europa, son obras de un puñado de inadaptados, probablemente mentes desinformadas o extremistas de izquierda.

Da asco. Da verdadero asco.

Cuando un enorme conjunto de familias vascas se manifiesta en Euskadi (España), hay tres versiones de los hechos: (a) la que cuentan las cadenas de TV españolas afines al gobierno; (b) la que cuentan las cadenas de TV españolas afines a la oposición; (c) la que cuentan los propios actores del hecho. ¿Cuál fue la noticia verdadera? Depende de si uno es de izquierda, de centro, de derecha, vasco o no vasco.

¿Eso es "información"? No. Eso es manipulación. Y da asco.

Pero hay mucho más. Vean: cuando una tormenta se lleva puesto un pueblo o un aluvión borra del mapa una carretera en América Latina, todo se debe a que esos pobres tercermundistas no saben ni siquiera edificar sus casas (las construyen justamente por dónde van los ríos y torrentes, los muy tarados), y además son unos borregos que ponen sus vidas en manos de una caterva de políticos corruptos capaces de sacrificar a sus representados con tal de hacerse con más dinero y/o poder. Cuando ocurre exactamente lo mismo (y por las mismas razones) en Europa, o en Asia oriental, o incluso en Estados Unidos, se trata de inclemencias atmosféricas imposibles de manejar, que superaron todas las previsiones.

Sigue dando mucho asco.

Cuando un individuo o colectivo con nombre, aspecto o aire árabe condena a alguien a pena de muerte y ejecuta dicha pena, se trata de los musulmanes del demonio y sus malditas costumbres medievales. Cuando la ejecución (legal o ilegal) la lleva a cabo un adalid de la libertad (como los Estados Unidos en sus cárceles, o en Guantánamo, o en los territorios en los que hace la guerra) o un gigante de la economía (como China en sus cárceles, o en Tibet, o en las tierras uigures) o una potencia militar con lobbies financieros (como Israel en la Franja de Gaza, o en el sur del Líbano, o en un barco turco), se trata de la condena justa a un asesino sin piedad, o a un grupo de criminales detestables, o a unos terroristas, o a unos subversivos...

Da demasiado asco.

Cuando a un ciudadano europeo le rozan un cabello en un país extranjero, viajan televisiones, enviados especiales periodísticos, embajadores y delegados gubernamentales para ocuparse de él y de su estado de salud. Y se piden cuentas, y se amenaza, e incluso se envían ejércitos y fuerzas especiales. Y nos lo muestran con lujo de detalles: nos enseñan a los pobrecitos secuestrados de tal barco (que estaba esquilmando de pesca las aguas de otro país), o a los pobrecitos atacados de tal compañía (que estaba esquilmando de petróleo, minerales, agua o gemas a otro país), o a los pobrecitos de lo que sea...

Nadie muestra nunca los estragos que muchos de esos ciudadanos europeos (agrupados en compañías como Repsol, por poner un ejemplo) realizan allá donde van. Y, por supuesto, cuando a los inmigrantes (nacionales de esos otros países) los detienen en los aeropuertos europeos y los humillan sin razón, o cuando se hacen redadas en las calles europeas para detener ilegalmente a docenas de inmigrantes basándose únicamente en su aspecto y el color de su piel, o cuando los llevan a las comisarías y los muelen a palos y no los dejan ni denunciar ni defenderse, o cuando los expulsan del país sin mayores explicaciones, tras años trabajando y cotizando, ningún medio oficialista dice nada. Porque eso es "justa defensa de los derechos y leyes europeas".

Da asco.

En estos momentos las estructuras sociales, políticas y económicas europeas se están resquebrajando: la salud pública desaparece, la educación pública se desvanece, todo se privatiza y pierde su calidad, los sindicatos se venden a la patronal, los derechos de los trabajadores (que tantas vidas costaron) se hacen añicos, los corruptos campean a sus anchas y hacen encarcelar a los justos, los jóvenes se van del continente (cientos y cientos de españoles están llegando a la mismísima Argentina a buscar un futuro ahora mismo), los bancos roban a cuatro manos, la derecha más retrógrada está por subir al poder o ya está en él, el trabajo desaparece, el paro aumenta, ya hay gente revolviendo la basura para poder comer, ya hay enormes barrios de chabolas, ya hay mercadillos de segunda y tercera mano... ¿Les cuento lo que muestran las noticias?
Fútbol y anuncios de bancos.

Como les digo... da asco.

Mi compañera de escritura en esta bitácora a cuatro manos decía, en la entrada anterior, que lo que leía (en una serie de fuentes informativas cuidadosamente citadas en su texto) le daba miedo.

A mí, lo que leo, oigo, y entiendo a diario me da asco. Me da asco la manipulación a la que nos someten; las mentiras y los engaños que nos venden; su versión de que escuchar otras voces, leer otros medios, chequear otras fuentes es de locos o de extremistas; la protección a los poderosos, a los corruptos y a los ladrones que hacen pasar por algo que nos conviene a los ciudadanos; la pérdida de nuestros derechos "por nuestro bien"... Todo esto me repugna.

Aunque, si lo pienso bien, termina dándome mucho miedo, como a Sara. Porque recuerdo perfectamente que una mañana, hace casi una década, los argentinos nos levantamos y nos encontramos en un país hecho trizas, y nos enteramos de presidentes que habían privatizado la salud, la escuela, el agua, la luz, el gas, los teléfonos, y que habían vendido bosques y minas, y que habían acallado rivales y manifestantes, y que habían censurado, y que habían robado a su pueblo y lo habían dejado sin pensiones, sin seguridad social, sin salarios, sin dinero en los bancos, sin posibilidades de sobrevivir. Y digo que me da miedo porque recuerdo muy bien que en aquel momento, los argentinos (yo incluido) nos dimos cuenta, tarde y con mucho asco, de toda la basura, la mentira y la manipulación que nos habían vendido en años anteriores y que nosotros habíamos creído, habíamos comprado felizmente y habíamos tragado sin rechistar.

Saludos...

Imagen. Ilustración de El Roto

11.1.11

Da miedo

Da miedo

Por Sara Plaza

Mucho miedo. Causa vergüenza y sonrojo. Irrita, indigna, subleva. Es hipócrita, lamentable y terrible: no puede, no debe permanecer impune.

Cuando hace unos días leí en línea el extracto del libro "Manual de Torturador Español" de Xabier Makazaga, sentí que ya no podía rehuir la mirada de una realidad empeñada, una vez más, en superar a la ficción: en el estado democrático que algunos dicen que es mi país, el estado de derecho del que esos mismos algunos dicen enorgullecerse, la tortura es una práctica generalizada.

Parece que al Estado español no termina de quedarle del todo claro que el hecho de ratificar hace más de veintitrés años un tratado internacional en materia de derechos humanos, como lo es la Convención contra la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1984, conlleva tomar "medidas legislativas, administrativas, judiciales o de otra índole eficaces para impedir los actos de tortura en todo territorio que esté bajo su jurisdicción" (Art. 2.1), y que debería velar "por que todos los actos de tortura constituyan delitos conforme a su legislación penal. Lo mismo se aplicará a toda tentativa de cometer tortura y a todo acto de cualquier persona que constituya complicidad o participación en la tortura" (Art. 4.1) y castigar "esos delitos con penas adecuadas en las que se tenga en cuenta su gravedad" (Art. 4.2). De ahí que hay que estar continuamente recordándoselo tal y como se afirma en el prólogo del mencionado libro: "Desde entonces han sido numerosos los informes de organismos internacionales (Comité de NNUU Contra la Tortura –CAT–, Relator Especial de Naciones Unidas para la Cuestión de la Tortura, Comité Europeo para la Prevención de la Tortura –CPT–, Comisario Europeo de Derechos Humanos) además de organizaciones de DDHH (nacionales e internacionales) que, periódicamente, han venido haciendo al Estado español una serie de recomendaciones para la erradicación de la tortura. La coordinadora para la Prevención de la Tortura, recopiló estas recomendaciones, a las que añadió alguna nueva, en un documento de febrero de 2006. Existen además otro tipo de recordatorios aún más graves como son las condenas al Estado español por sendos casos de torturas del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo y del Comité contra la Tortura de las Naciones Unidas. Y ahí está también el informe de 2007 de Amnistía Internacional, "España: Sal en la herida. La impunidad efectiva de los agentes de policía en casos de tortura y otros malos tratos".

Con todo y pese a su mala memoria, el Reino de España sigue felicitándose por el "buen funcionamiento del Estado de Derecho" a lo largo y ancho de su territorio, como podemos leer en el artículo de Ramón Sola que publicó a primeros de este mes el diario GARA, a propósito de la reciente sentencia condenatoria dictada por la Sección Primera de la Audiencia Provincial de Gipuzkoa contra agentes de la Guardia Civil por torturas a los miembros de ETA, Igor Portu y Mattin Sarasola, arrestados el 6 de enero de 2008 y posteriormente condenados por la Audiencia Nacional como autores del atentado de la T-4 del aeropuerto de Madrid-Barajas. Algo sobre lo que también escribe el mencionado Xabier Makazaga, en otro artículo muy reciente titulado "Tortura e Impunidad".

Decía al principio que daba miedo. Pues bien, además de las torturas que se cometen en el Estado español también me atemorizan las estadísticas de comercio de armas en el mundo que acaban de publicarse, indicando que España ocupa el sexto lugar entre los países que más armas exportan en el mundo. No me asusta menos saber que se alza con el segundo puesto, detrás de Estados Unidos, en la venta de munición a las guerras africanas, según denuncia Intermón Oxfam. Como tampoco deja de estremecerme tener conocimiento de la participación de tropas españolas entre los 40.000 soldados de la OTAN que, finalizada la campaña de bombardeos contra Yugoslavia en junio de 1999, entraron en la entonces provincia serbia Kosovo junto a los guerrilleros del UKC quienes, ante "la mirada impasible" de esos miles de soldados llevaron a cabo una limpieza étnica de la población no albanesa de Kosovo, como explica Teresa Aranguren en las líneas que titula "Kosovo: el silencio cómplice". La periodista se refiere al informe que acaba de presentar el ex fiscal, parlamentario y relator del Consejo de Europa, Dick Marty, tras dos años de investigación sobre el tráfico de órganos en Kosovo y Albania.

Y desde luego no soy una de esas personas a las que quienes nos gobiernan dicen haber tranquilizado prolongando el estado de alarma declarado a primeros de diciembre y manteniendo la militarización de los aeropuertos para zanjar un conflicto laboral.

Hace pocas semanas, los juristas Jaime Asens y Gerardo Pisarello se preguntaban en un artículo ¿por quién suenan las alarmas? en el Reino de España. Pues bien, hace varios años, el escritor y periodista norteamericano Ernest Hemingway también se hizo una pregunta peliaguda allá por 1940, y la respuesta la encontró en la cita del poeta John Donne que aparece al comienzo de uno de sus títulos más famosos:

Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de la tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti.

4.1.11

Mirar atrás...

Mirar atrás...

Por Edgardo Civallero

Pasa un año. Uno más en la cuenta, y van... Uf, mejor ni contarlos. Y cuando uno mira atrás para comprobar lo que ha vivido en estos 365 días, se encuentra con muchas páginas negras que, en última instancia, sería mejor olvidar.
Pero no, no se las puede olvidar.

No puedo olvidar que hay guerras injustas en progreso, y que ciertos medios oficialistas y los propios responsables de tales matanzas nos venden verdaderas carnicerías como una "necesaria lucha contra el terror que nos amenaza a todos". No puedo olvidar que a diario mueren civiles inocentes sin que a nadie se le mueva un pelo, porque están demasiado lejos para que podamos sentir su dolor o su impotencia.

No puedo olvidar que los daños al medio ambiente son imparables, que eliminan cosas irremplazables. Cosas que no volverán, que no pueden ser rehechas. Aguas llenas de petróleo que tardarán décadas en volver a su estado natural, tierras emponzoñadas que dejarán de latir y respirar para siempre, especies vivas que se esfuman sin que nos importe o lo sepamos, un clima que se vuelve loco... Y no puedo dejar de pensar en las inútiles cumbres del clima, en la falta de compromiso de gobiernos atados del cuello por las grandes multinacionales contaminantes y explotadoras, en el silencio y la desidia de los que podrían hacer algo para cambiar las cosas.

No puedo dejar de ver cómo los gobiernos hasta ahora considerados "de izquierda" caen bajo el impulso de unos "mercados" que nadie sabe definir, y bajo los intereses de los comerciantes, y se convierten en gobiernos de derechas que dejan las cosas servidas a los que serán sus sucesores, los movimientos políticos de ultra-derecha. ¿Qué nos espera? ¿Qué será de nosotros? ¿Adónde irán a parar todas las victorias sociales conseguidas tras años y años de lucha, muchos sacrificios y no pocas vidas perdidas?

Y, por supuesto, no puedo dejar de notar cómo los medios oficiales nos engañan, cómo don dinero es más poderoso caballero que nunca, y compra desde voluntades a conciencias, cómo nos hacen creer que Internet es la panacea de todos nuestros males, cómo la agricultura y la ganadería se mueren ante nuestros propios ojos, cómo ciertos países siguen siendo colonias y ciertas personas, esclavos... Miro a mis espaldas, al año 2010 que dejo atrás, y veo hipocresía, falsedad, engaño...

Afortunadamente, donde hay oscuridad siempre hay luces. Y este año que pasó me dejó una tremendamente valiosa: la convicción de que en mis manos está darme cuenta de que donde estoy no es donde quise llegar, y saber que puedo cambiar. Que lo voy a cambiar. Aunque sea a escala personal. Que contra las políticas injustas me queda la rebeldía y la insumisión. Que contra las mentiras de muchos tengo a mano las verdades de unos pocos que aún se animan a compartirlas, a decirlas, a escribirlas. Que ante tanta ignorancia puedo echar mano de los miles de años de saber que el hombre ha acumulado, no por antiguos y olvidados menos útiles. Que la Internet no es mi vida ni mi salvación, sino una simple herramienta. Que mis manos sirven para algo más que para teclear: sirven para cavar un hoyo, sembrar una semilla, cuidar una planta... Que siempre hay caminos al costado del mundo.

Con ese pensamiento en la cabeza, se me hace mucho más fácil empezar a andar por este 2011 lleno de hojas blancas en las que escribir historias. Unas hojas, por cierto, por las que nadie parece querer apostar demasiado.