30.11.10

Su castellano, mi argentino...

Su castellano, mi argentino

Por Edgardo Civallero

Sara habla castellano de la vieja Castilla. Que no es el "normativo", por cierto. Yo, por mi parte, hablo una mezcla de argentino "porteño" y "cordobés" con toques de "lunfardo". Ambos, pues, hablamos "español". Pero si no fuera porque ambos hemos vivido suficiente tiempo en el país del otro y nos hemos empapado de hablas, giros y modismos, probablemente no nos entenderíamos.

Y con esto quiero decir que, evidentemente, comprenderíamos lo que nos queremos decir, pero se nos escaparían muchísimas cosas que son las que realmente hacen a la comunicación entre dos personas.

Para empezar, está el complicado tema de la pronunciación. Aquí, yo llevo todas las de perder. En Argentina, como en el resto de América Latina, pronunciamos las "s", las "c" y las "z" iguales: una especie de "s" sorda y siseada. En Castilla, las "s" son una cosa y las "c" y las "z" son otras. Y más vale pronunciarlas correctamente para ser comprendido. Eso lo tuve claro el día en que dije mi apellido a una funcionaria para que lo buscara en una lista, y la mujer no me encontró. Sencillamente porque buscó lo que oyó: "Sibayero".

El caso es que, por mucho que me esfuerzo, no logro imitar la pronunciación de Sara. Ella tampoco consigue copiar la mía: mi "s sorda y siseada" no se parece en nada a lo que ella entiende por una "s". De modo que hemos debido aprender como suenan las letras en los labios del otro para saber de qué cosa está hablando y no tener que pedir que deletree palabras.

Sara tiene suerte de que no tengo el hábito de aspirar las "r", o pronunciar las "ll" y las "y" como "i", o comerme todas las "s" finales, o hablar a velocidades de vértigo, como es costumbre en el interior de Argentina (en Córdoba, por ejemplo). Y que tampoco pronuncio las "y" y "ll" como "sh" (con lluvia de saliva incorporada), como hacen los "porteños" de Buenos Aires. Porque probablemente la cosa se complicaría.

En segundo lugar viene el tema del vocabulario. A día de hoy, aún tenemos que consultarnos acerca de cómo se llama tal o cual cosa a uno y otro lado del Atlántico. El principal escollo radica en las verduras y frutas, en las hortalizas, en los cortes de carne y en los pescados, es decir, en la cotidiana compra de la tienda (para ella; para mi, "la despensa") o el supermercado. Pero también en los productos de limpieza, en la ropa, en los trámites bancarios...

Lo que para mí son frutillas, duraznos, damascos y pelones, para ella son fresas, melocotones, albaricoques y nectarinas. Lo que para ella es lejía, lavadora, nevera o suavizante, para mi es lavandina, lavarropa, heladera y crema. Yo me pongo un buzo, ella un polar; yo me abrigo con una campera, ella con una cazadora; yo ando con un jogging, ella con un chándal; sus playeras son mis zapatillas, sus calcetines son mis medias. Cuando digo "pollera", ella sabe que hablo de una "falda" y no de otra cosa; y entiende que yo jamás "coja" el autobús, o el tren, o el taxi, o al gato, o a un niño...

Para mí, una bombilla es un elemento metálico con el cual tomo mate. Para ella, una "bombilla" es lo que para mí una "lámpara": un bulbo de vidrio con un filamento incandescente para iluminar. Para ella, una "lámpara" es un elemento que incluye la bombilla, pero eso, para mi, puede ser un "velador" o mil cosas más. Y así hasta el cansancio. De modo que ahora, ambos manejamos dos vocabularios, el castellano y el argentino, y no es extraño que de vez en cuando mezclemos las palabras, o no nos entendamos, y nos preguntemos si tal o cual término corresponde a mi dialecto o al suyo.

A veces tiene que traducirme lo que hablan los viejos de nuestro pueblo, porque me pierdo y no los sigo. A veces tengo que traducirle mis frases cuando me da por hablar en "lunfardo" (ese slang usado en los tangos arrabaleros) o digo palabras "al vesre", al revés, una costumbre muy porteña.

Dentro del vocabulario tenemos que incluir, obligadamente, a los insultos, palabras soeces y maldiciones. No es que las usemos entre nosotros, la verdad sea dicha, pero conviene saberlas para emplearlas con el mundo exterior. En ese sentido, su dialecto es breve, conciso y directo: son sólo un puñado de palabras determinadas, que se usan en ciertas circunstancias, unívocamente, sin doble sentido. "Gilipollas" o "capullo" significa eso y nada más, aunque vocablos como "cabrón" pueden usarse en un sentido amistoso. Los argentinos somos más complicados (¿y cuándo no?): tenemos una verdadera colección de términos malsonantes, y de términos biensonantes que usamos con todo el doble sentido del mundo para insultar al adversario finamente y con mucho de eso que los españoles llaman "recochineo". Y es aquí donde comienzan los problemas de Sara, que nunca logró distinguir el punto a partir del cual la frase se convierte en broma, la broma en tomadura de pelo, y la tomadura de pelo en insulto. Probablemente, ningún español pueda hacerlo, y es lo que más les irrita de los argentinos: ese tono meloso con el cual hablamos, que nunca les permite delimitar hasta donde nos estamos "cachondeando" y hasta donde hablamos en serio.

El uso de los improperios argentinos tampoco es el fuerte de Sara, que necesita una escala de valores –desde el más fuerte al más suave- para saber a qué atenerse. Por desgracia, nosotros no manejamos tal escala de valores y usamos indistintamente palabras como "infeliz" como algo gravísimo, o "pelotudo" como un apelativo cariñoso. Todo depende del tono, la mirada, el gesto, la situación y el momento, y Sara me hace saber que son demasiados factores para ella.

Por último, pero no por ello menos importante, está el tema de la idiosincracia a la hora de hablar. Hace poco veíamos una película argentina en la que un hombre se asoma desde dentro de un baño y pregunta a uno que espera fuera: "¿Puede ser que no haya papel higiénico?": El otro se encoge de hombros y repone: "Traemos...".

Me tomó un rato explicarle a Sara el asunto: el hombre de dentro había descubierto que no había papel higiénico y había decidido pedir un poco al de fuera. Pero asomarse y decir directamente "Che, no hay papel, ¿podés traerme?" es groserísimo, de modo que, con una pregunta retórica, sugirió la inexistencia de papel. El otro entendió el asunto y le informó que iba a traerle un rollo. Tan simple como eso... para mí. Porque Sara se puso de los nervios y me aseguró que si yo llegaba a hacer eso en España me iban a mandar bien al carajo. En España las cosas son llanas, sencillas: con respeto, claro, pero simples. "Oye, que no hay papel higiénico". "Vale, pues ya te traigo". Y ya está.

De ejemplos como este hemos encontrado miles. En Argentina, entro a una tienda y digo: "Hola, buenos días. Disculpame, ¿te puedo hacer una preguntita? ¿Por casualidad tenés mortadela?". En España, misma situación: "Hola, ¿tienes mortadela?". En los respectivos países, ambas frases están bien: el problema surge cuando ponemos esas sentencias en el otro país. Si en España digo la frase argentina, el dependiente me responderá amablemente, pero pensará para sí que ya le tocó otro argentino charlatán y meloso (o directamente gilipollas). En Argentina, tanto de lo mismo: responderán, pero se dirán que ya les cayó un gallego maleducado y seco. Si en Argentina, un español entra a una cafetería y pide un café como lo hace en España –"hola, ponme un café"- tiene muchas probabilidades de que lo manden a la mismísima m... por maleducado. Si en España pido un café como lo haría en Argentina, el que despacha me cortaría a mitad de mi perorata para espetarme "pero bueno, ¿te crees que tengo todo el día? ¿Qué coño quieres?".

Sara, como buena maestra que es, me explica que esa diferencia de usos del idioma genera muchos problemas con los hijos de inmigrantes latinoamericanos que cursan la primaria en España. Muchos de ellos encuentran que sus profesores hablan de un modo rudo, cortante, seco, que no inspira la menor confianza y que incluso les atemoriza. Doy fe de que es así: yo estuve en el pellejo de uno de esos estudiantes, y sentí exactamente eso: pavor. Al mismo tiempo, nuestra forma de hablar genera muchísima desconfianza en los españoles: demasiados diminutivos, demasiados rodeos, demasiados cariños no pueden traer nada bueno, piensan.

En fin, lo importante de esta historia es que, de momento, he aprendido bastante del castellano de la vieja Castilla como para entender a mi compañera. Y ella ha hecho lo propio con el argentino porteño-cordobés que hablo yo. Aunque les confieso que aún nos seguimos divirtiendo de lo lindo cuando encontramos esas pequeñas grandes diferencias con palabras que parecen nimias y que, si no fuéramos quiénes somos, llevarían a una buena pelea. Y que nos carcajeamos una barbaridad cuando oímos hablar de la "unidad" de la lengua española...

23.11.10

Cada día más jóvenes a sus 90

Cada vez más jóvenes a sus 90

Por Sara Plaza

Aquella mañana estaba trabajando al aire libre. Tenía que pintar de blanco un mueble que al ser adquirido por mi progenitor lucía naranja. Los primeros brochazos no auguraron demasiado éxito a mi tarea, pues más que cubrir descubrían el color original. Sin embargo, tras una segunda capa la cosa se iba aclarando, y cuando al día siguiente apliqué una tercera mano de pintura el resultado fue más que satisfactorio para unas manos inexpertas como las mías. También lo fue ante los ojos sonrientes de mi padre y la mirada escrutadora de mi sobrina, quien ayudaba a su abuelo a medir el interior de aquel mueble recién pintado antes de colocarle un par de baldas. Pues bien, en semejantes menesteres me hallaba inmersa un día de primeros del mes de septiembre, cuando escuché a una vecina de no menos de 90 años, saludar a otra señora de similar edad que venía a visitarla. Aquellas dos mujeres, después de alabar las monerías que hacía el bisnieto de la primera con un añito recién cumplido, se pusieron a charlar de sus amigas comunes y de lo disgustada que estaba la recién llegada con una de ellas por el detalle tan feo que había tenido la tarde anterior. Por lo visto, esa “mala amiga” había preferido la compañía de algún familiar para acudir a la procesión que trasladaría la Virgen de la Purísima Concepción desde la ermita hasta la iglesia, con motivo de la celebración de las fiestas patronales del pueblo, y el hecho de haber dejado plantada a la señora que ahora relataba esta historia habría echo enojar, y mucho, a la visita de nuestra vecina. Ésta no tardaría en solidarizarse con el pesar que abrumaba a la narradora, y estuvo de acuerdo en todos los calificativos que aquélla aplicó a su “supuesta” amiga en común. En lo que yo pintaba por segunda vez las puertas inferiores del mueble, nuevos adjetivos fueron engrosando el rosario que ambas mujeres estaban rezando, y no pude por menos que entrar en casa y compartir con Edgardo la conversación que se estaba desarrollando en el patio de al lado. Después de reírnos cariñosamente de las ocurrencias de esas dos candorosas ancianas, concluimos que parecían un par de adolescentes criticando a otra joven de su misma pandilla por lo mal que se había portado con ellas. Era muy gracioso oír cómo descalificaban a quien hasta la tarde de antes se había sentado con ellas a tomar café en alguna terraza, y cómo al vacío de ese día se iban sumando otros hechos de corte muy similar, hasta acordar que aquella señora no merecía volver a ser admitida en el grupo, de modo que ya se ocuparían ellas dos de darle de lado. Cuando sumergí de nuevo la brocha en el bote de pintura, las interlocutoras habían vuelto a reírle las gracias al bisnieto de nuestra vecina y no alcancé a oír cómo pretendían llevar a cabo su maquiavélico plan. A medio día acudió el hijo de la mujer que estaba de visita a buscar a su madre y ambas señoras se despidieron muy cordialmente. En sus palabras no quedaba ni el más mínimo rastro de acritud, muy al contrario, sus voces destilaban un sincero afecto entre ambas. Yo continué pintando y pintándome un rato más, y una y otra vez recordaba las quejas emitidas por esas dos adolescentes nonagenarias, indignadísimas por las escasas muestras de amistad que había recibido una de ellas el día que la Virgen recorría las calles del pueblo.

Yo no sé si los jóvenes de 90 años mantendrán pláticas del mismo cariz que las jóvenes de su edad, pero me alegré al comprobar que hay cosas que no cambian con el paso del tiempo, y que la amistad sigue levantando pasiones y continúa siendo objeto de celosa protección después de toda una vida forjando muchas y perdiendo numerosas.

16.11.10

Tu español, mi español...

Tu español, mi español

Por Edgardo Civallero

En la actualidad, y de acuerdo al siempre dudoso y cuestionado Ethnologue, el español (o castellano, o como gusten llamarlo) es hablado por unas 450 millones de almas, de las cuales unas 372 millones (más del 80%) viven en América Latina.

Esto quiere decir que, aunque a algunos catedráticos de la Real Academia de la Lengua Española les pese, un 80% del idioma español hablado en el mundo corresponde a alguna de las variantes latinoamericanas. El famoso "latino", que para esos catedráticos puristas es solo una corrupción del prístino castellano de El Quijote que ellos adoran y promocionan.

(Que conste que los tales puristas piensan algo similar o peor de "dialectos" ibéricos como el andaluz, el canario o el extremeño).

Una "corrupción" que viene bien a la hora de las cifras (¡fíjense cuánta gente habla la lengua del Reino de España, y qué rica que es, y qué tolerantes que somos con la diversidad!), pero que a la hora de la verdad es duramente criticada, repudiada, corregida y vilipendiada. O tratada como un "folklorismo exótico" que suena muy bien y muy curioso en la boca de García Márquez, por poner un ejemplo, pero que es un horror en la de cualquiera de sus coterráneos.

El idioma castellano (que no español) que llevaron e impusieron los conquistadores ibéricos desembarcados en América en el siglo XV se diversificó, adaptó y mezcló de una manera tal que del original solo quedaron las estructuras y cierto vocabulario. Todo lo demás fue sustituido y enriquecido con aportes locales. Así nacieron las mil y una variedades "latinas" del castellano: ésas que componen el 80% del español hablado en el planeta. Ésas que, en ocasiones, no tienen nada que ver con su modelo.

Analicemos, por ejemplo, el caso de Paraguay. Allí coexisten dos idiomas oficiales: el español y el guaraní, una lengua indígena importante y muy sonora que es la preferida por los sectores más "populares". Esa coexistencia cotidiana y esas preferencias han logrado que, en las escasas ocasiones en las que se emplea en forma "correcta", el castellano esté terriblemente influido por el vocabulario, la pronunciación y la articulación guaraníes. Y digo "en forma correcta" porque el español que hablan los paraguayos a diario está mezclado con el guaraní en una endemoniada combinación llamada "jopará" (yopará), que de "castellano correcto" o de "guaraní correcto" tiene poco, pero que es muy útil y suena más o menos así:

Tené que ir, campaña ndovaléi, todo tu prima etá todo en ciudá, otrabaja porã
(Tienes que ir, el campo no vale, todas tus primas están en la ciudad, trabajan bien)

No se asombren de que esto sea lo cotidiano: recuerden que el español fue impuesto sobre lenguas habladas por cientos de miles de personas a lo largo de siglos, y por tanto, no es de extrañar que éstas últimas hayan sobrevivido. En Bolivia ocurre otro tanto con el quechua y el aymara, las lenguas indígenas andinas más empleadas en aquella nación multiétnica. Fíjense en esta copla folklórica quechua, parte de una canción titulada "Chayanteñita".

Qhawariy alto cielota / estrellasqa reluceshan
Qanpaq nachu tukunkuña / ñuqapaq recién naceshan

(Mira al alto cielo. / Las estrellas están reluciendo.
Para ti ya se acaban. / Para mí recién están naciendo).

En el castellano de los Andes encontrarán docenas de palabras quechuas y/o aymaras incluidas en el vocabulario, e incluso la adaptación de la gramática castellana a los modos y estructuras de las de las lenguas indígenas. Un diálogo como el siguiente podría escucharse en una calle de La Paz (Bolivia), o de Puno (Perú), o incluso de algún punto del norte de Chile o Argentina, y a nadie se le ocurriría decir que el castellano hablado es incorrecto.

— ¿Andi’ vas, Marcelina?
— A su casa del Pedro m’estoy yendo, pues...
— Yaps’... Los yuyitos que él me ha sabido pedir le tengo preparado yo. Cola caballo, k’hoa, wachanka, mucho muchito me ha costado encontrárselos.
— Ah, pues... Ya le digo yo a él.
— "Para mañana ando queriéndolos" diciendo me dijo. De eso una semana ha pasado ya, pues, y no ha venido. Dile que venga, pues, que los yuyitos ya le tengo yo.
— Walip...

Perdón, me equivoco: muchos dirían que este castellano es incorrecto: maestros, puristas, académicos e individuos que creen que la lengua es de los diccionarios y no de la gente que la habla.

Si exploran el vocabulario del sur de Chile, desde Valdivia hasta la isla de Chiloé, hallarán palabras y pronunciaciones propias del mapudungu (lengua Mapuche) infiltradas en el español. Otro tanto ocurre en América Central, con las lenguas mayas en Guatemala y el sur de México y las lenguas de la familia náhuatl en casi toda la región. Por no hablar de la influencia de las lenguas africanas en el español de Colombia, Cuba u Honduras.

Tan diferentes son nuestras maneras de hablar en aquel "Nuevo Mundo" que, en ciertos casos, un mexicano, un colombiano y un argentino podrían no llegar a entenderse al querer expresar ciertas ideas. E incluso dentro de un país grande, como Argentina, una misma idea va cambiando de término: en mi tierra, de uno que está borracho puede decirse que está mamado, chupado, machado, curado o caú, dependiendo de la región en la que uno se encuentre.

Tales particularidades son muy necesarias: en muchas oportunidades no hay forma de nombrar ciertas comidas, costumbres, ropas, plantas y animales si no es a través del empleo de palabras propiamente latinoamericanas (generalmente de raigambre indígena). Algunas de ellas han pasado al vocabulario español "universal" (caso de canoa, cayuco, barbacoa, caimán, macuto, chocolate, tomate, etc.) pero otras, a pesar de ser necesarias, no son tan conocidas.

A pesar de lo que nos quieren hacer creer las escuelas, los medios, los gobiernos y los Institutos Cervantes en las Américas, los latinoamericanos no hablamos el español de El Quijote. Nosotros no hablamos ese idioma: hablamos nuestras propias versiones, que definen a la perfección quiénes somos, lo que hacemos y el lugar en el que vivimos, cosa que el español "académico" y "normativo" no podría hacer...

A pesar de que nuestro "español" no sea reconocido, a pesar de que nos sigan poniendo frente a la cara a Cervantes como modelo, a pesar de que los puristas y los racistas nos digan que deformamos una lengua tan pura y tan bella, nosotros nos quedamos con nuestras particularidades.

Y yo, personalmente, me quedo también con todas las pequeñas modalidades del idioma habladas en el ancho Reino de España. Que no son pocas.

Iba a compartir con ustedes un ejemplo de comparación de dos modalidades de español, y las diferencias halladas. Pero dejaré esa historia para mi próximo turno de uso de bitácora. Porque merece unas buenas parrafadas.

9.11.10

Facturas en la sombra, oscuro porvenir

Facturas en la sombra, oscuro porvenir

Por Sara Plaza

Siempre escuché contar en casa, a mi madre, que mi abuelo, su padre, tuvo que pagar durante muchos años, y con intereses, la escayola (el yeso) que a ella le puso el médico del pueblo cuando de niña se fracturó un brazo. La sombra de aquella deuda, como la de la de haber luchado anteriormente en defensa de la República, se fue alargando con el paso del tiempo. Relatos similares son harto conocidos en casi todos los rincones de esas dos Españas que iban a helarnos el corazón a todos los españolitos que vinimos al mundo después de la Guerra Civil, tal y como sentenció el poeta.

Pues bien, entre la España que moría y la que bostezaba se abrió paso la Transición, que también estuvo llena de sombras y no fue ni tan pacífica ni tan modélica como nos la han estado pintando. En numerosos aspectos, ese periodo de nuestra historia dejó mucho que desear y, sobre todo, mucho que repensar, pues favoreció y sigue favoreciendo en grado sumo a los poderes conservadores de este país. Poderes que sembraron de obstáculos el camino hacia la recuperación de un Estado democrático y trataron de ocultar hechos infames que, más tarde que pronto, van saliendo a la luz.

Ese Estado democrático todavía tiene mucho que aprender: ¿cómo es posible que en España aún haya un sinnúmero de personas enterradas en las cunetas? ¿Cómo es posible que se mantenga una Ley Electoral injusta con una diversidad y representatividad política tan limitada? ¿Cómo es posible que se perpetúe una institución, la Monarquía, cuestionada cuanto menos y sostenida con una cantidad nada desdeñable de los Presupuestos del Estado? ¿Cómo es posible que se reserve un buen pellizco de los fondos públicos para la Iglesia Católica y que se destine otra generosa porción de los mismos, amparándose en la Constitución, a los centros educativos privados?

Pero lo que parece increíble es que ese Estado democrático esté desaprendiendo lo que ya llevaba aprendido y empiece, por poner un ejemplo, a repartir "facturas en la sombra" cada vez que uno requiera atención en un hospital público, con el fin de mostrar a los ciudadanos lo que cuestan las intervenciones que se les practican. Esas facturas serán, de momento, meramente informativas, para que quienes nos enfermemos o ya lo estemos sepamos, no que España es el país de la UE-15 con menor gasto social, sino lo mucho que al Estado le supone pagar (con nuestros impuestos, no los de todos, desde luego, pues España también es el país de la UE-15 con mayor fraude fiscal) por nuestra atención médica.

Sinceramente, ¿creen los que toman estas medidas que quienes hemos escuchado contar en casa lo que significó para nuestros abuelos "devolver el favor" que les hizo el médico del pueblo al atender a sus hijos cuando se rompieron un brazo, no sabemos lo que cuesta la atención médica? ¿Creen que nuestros padres lo han olvidado? ¿Creen que no lo recordaron mientras vivieron nuestros abuelos? No sé, supongo que hay bastantes desmemoriados por ahí y quizás algunos no hayan oído historias semejantes a sus progenitores, pero ¿piensan de veras los hacedores de campañas informativas como ésta que es así cómo van a concienciar a la sociedad de hacer un uso más racional de la Sanidad Pública?

Lo lamento, pero a mí su lógica pedagógica me parece más un aviso, una advertencia, casi una amenaza con la que lo único que se nos está anunciando es el oscuro porvenir que nos espera por "derrochar" nuestro dinero en algo tan necesario como es el cuidado de nuestra salud. Por otro lado no veo la razón para aleccionarnos a todos por culpa de una mala gestión, en cuyo caso debería corregirse, o del mal uso que puedan estar haciendo algunos de la Sanidad Pública. Me recuerda a cuando en clase nos regañaban a todos por tal o cual cosa que había hecho o dejado de hacer un compañero. El profesor sabía perfectamente quién había infringido las reglas, pero en lugar de pedir explicaciones a esa persona optaba por darnos la misma lección a todos, aunque el resto ya la tuviéramos bien aprendida y el infractor siguiera haciendo oídos sordos.

Y puestos a informar, y aprovechando que cada día nos levantamos con un nuevo caso de corrupción, ¿que tal si el Estado les obsequia a los bancos la factura de lo que le está costando pagar con fondos públicos sus juergas? ¿Qué tal si nos la muestra a todos? ¿Qué tal saber a cuánto asciende la proliferación de centros de enseñanza privados y concertados que reciben ayudas públicas? ¿Por qué no se manifiesta el mismo afán revelador y didáctico con los gastos de Casa Real, con los de las jerarquías de la Iglesia Católica, los de los políticos pluriempleados, los de los empresarios que despiden preventivamente, los que suman las primas de éstos, aquellos, los otros y los de más allá? ¿Y a quién le van a entregar la millonaria factura en la que se detalla el dinero público que nos estafaron las multinacionales farmacéuticas con el fraude de la Gripe A, tan bien orquestado por la OMS?

¡Cuánta hipocresía!

2.11.10

Cementerios

Cementerios

Por Edgardo Civallero

Cada año, por estas fechas, me acuerdo de la primera vez que crucé las salinas de Ambargasta, ésas que cubren la esquina suroeste de la provincia argentina de Santiago del Estero.

Recuerdo la ocasión porque me dejó marcado por una imagen muy particular: un cementerio que se levantaba en algún punto entre Ojo de Agua y el río Saladillo, en medio de una nada de suelos blancuzcos y árboles espinosos y achaparrados. Uno de tapias bajas y un puñadito de tumbas de adobes pardos o ladrillos rojizos. Uno que no podía evitar destacar por encima de su desolado entorno, pues cada uno de sus rincones estaba engalanado con flores de plástico y de papel de todos los tipos, tamaños y tonos imaginables.

El individuo que me acompañaba en aquel trayecto me informó que había pasado poco tiempo desde la celebración del día de Todos los Santos, y que, aunque la cercana aldea que cuidaba (y nutría) aquel humilde camposanto era prácticamente insignificante, sus vecinos dedicaban toda la jornada de esa festividad religiosa a convertir la última morada de sus deudos en un lugar hermoso (en relación a su parca realidad, claro está). De hecho, las flores de plástico que colocaban por doquier podían verse desde lejos y duraban bastante. Aunque, la verdad sea dicha, duraban lo que los vientos de la región permitían que durasen.

Volví a pasar varias veces por ese lugar desde entonces, y siempre pegué mi nariz contra el vidrio de la ventana del vehículo en el que viajaba para no perder detalle de aquel espectáculo. A veces, el cementerio lucía desolado y otras, alegre y hasta carnavalesco. Con el paso de los años, algunas lápidas fueron albeadas, y hasta cubiertas de piedra o mármol. Nunca pude sacar una foto, pero, mientras escribo estas líneas, encuentro una en la web: la que ilustra este post.

Cada año, pues, precisamente por estas fechas, me acuerdo de ese cementerio. Y ese recuerdo se encadena, como por encanto, con muchos otros...

Con el de Tilcara, por ejemplo: un pueblo situado en plena Quebrada de Humahuaca, en la norteña provincia argentina de Jujuy. En "Los Salieris de Charly", el cantautor argentino León Gieco afirma que "nos gusta el sol del cementerio de Tilcara". Siempre quise creer que tal afirmación no tendría nada que ver con la realidad: seguramente se trataría, me decía, de una frase poética digna de un artista bastante bohemio. Sin embargo, me bastó con echar un vistazo a aquel camposanto quebradeño para entender que lo de Gieco no era ni una figura literaria ni un delirio artístico: era una verdad innegable. Aquel camposanto no tenía ni pizca de tenebrosidad, de tristeza o de melancolía. Daban ganas de sentarse al costado de alguna losa a que el sol diera en el rostro y admirar la simplicidad de las tumbas y el hermoso paisaje de cerros, laderas y cardones que se abría hacia los cuatro rumbos.

¿Y cómo evocar el cementerio de Tilcara sin hacer lo propio con el de Humahuaca, el de Maimara, o el de La Quiaca...? En realidad, todo el camino de la Quebrada, desde la ciudad de Jujuy hasta la frontera con Bolivia, está jalonado de pequeños camposantos de muritos sencillos y, por supuesto, de los infaltables ramos de margaritas, rosas y gladiolos plásticos en cada rincón...

Sepulcros con flores de colores fue lo que vi cuando recorrí los Andes desde Temuco hasta Otavalo. Eran obvios en las soledades del norte de Chile y en el extenso desierto costero del sur y el centro del Perú, pero también en el altiplano boliviano, entre Puno y La Paz, y entre esa ciudad y Oruro, y en todas las montañas que se recorren desde allí hasta Potosí, y desde Potosí a Villazón.

Cada año por estas fechas, pues, me acuerdo de los pequeños camposantos de mis horizontes natales. Y sonrío cuando pienso que, en muchas ocasiones, son los muertos, con sus tumbas adornadas por un arco iris luminoso y artificial, los que en Sudamérica dan la bienvenida a su aldea polvorienta o a su pueblito de un monótono color ocre o gris. Son ellos los que recuerdan al mundo que en medio de un altiplano aparentemente inhabitado o en un pliegue de una determinada serranía agreste, hubo y hay gente. Y son los que brindan un remanso de paz y de calma. Uno que, incluso, llega a inspirar canciones.