25.10.10

Y arriba quemando el sol

Y arriba quemando el sol

Por Sara Plaza

El otro día, con Edgardo, estuvimos escuchando algunos discos viejos de Inti Illimani y Quilapayún, e hicimos un alto en las distintas etapas del primero, desde la canción política hasta la canción moderna pasando por la andina. El paso siguiente fue Víctor Jara y un poco más allá nos dimos de bruces con Violeta Parra. Ninguno de los dos habíamos nacido cuando la tejedora, pintora, poeta y compositora chilena grabó, a primeros de los sesenta, la canción cuyo título encabeza esta entrada. Por eso nos dolió que, medio siglo después, sus estrofas no hayan perdido ni un ápice de verdad, y continúen denunciando la injusta realidad que se vive en el ámbito rural, empobrecido, oprimido y reprimido de una gran parte del mundo.

Son muchos los poetas que desnudaron la realidad del pueblo, y muchas las denuncias que tejieron y entretejieron en sus versos...

Ahí están los de Violeta:

Cuando fui para la pampa / llevaba mi corazón contento / como un chirigüe, / pero allá se me murió, / primero perdí las plumas / y luego perdí la voz, / y arriba quemando el sol.
Cuando vide los mineros / dentro de su habitación / me dije: mejor habita / en su concha el caracol, / o a la sombra de las leyes / el refinado ladrón, / y arriba quemando el sol.
Las hileras de casuchas, / frente a frente, si, señor, / las hileras de mujeres / frente al único pilón, / cada una con su balde / y su cara de aflicción, / y arriba quemando el sol.

Y los del poeta, músico y compositor uruguayo Aníbal Sampayo en su canción "Garzas Viajeras":

Ya ve paisano, / yo anido entre pajonales, / pase si gusta, / compartir necesidades.
Vida de pobre, / de esperanza se sostiene, / doblando el lomo, / pa´ que otro doble los bienes.

Y los del poeta, músico y cantor argentino Hamlet Lima Quintana en la canción "La que se queda":

La muchachera, la chinitera, no tiene casa, / anda soñando con el domingo que no le alcanza. / Pobre mi negra, me la han dejado, / y hasta en el sueño se la han robado. /
Mi negra lava todas las penas / y en su sonrisa sueña que sueña. / La muchachera, la que se queda enamorada / de algún ranchito donde hace grillos la madrugada.
La muchachera, carnavalera, arde en la albahaca / las amarguras y desengaños que nunca faltan. / Esa es mi negra, la que se arregla / con un chiquito de lo que sea / siempre fue poco, fue casi nada / sólo una pieza, sola y prestada. / La muchachera, la negra entera busca muchacho / pa’ que no pueda la vida fiera cortarle un gajo.
Para que lave todo en silencio / hasta que brille lo que no es cierto. / Lávale el alma, límpiale el sueño / pa’ que el domingo vuelva a mi pueblo. / Vamos mi negra, lava las penas / pa’ que ande limpio el que no sueña.

Y los del poeta y dramaturgo español Miguel Hernández en su poema "Aceituneros":

Andaluces de Jaén, / aceituneros altivos, / decidme en el alma: ¿quién / amamantó los olivos?
Vuestra sangre, vuestra vida, / no la del explotador / que se enriqueció en la herida / generosa del sudor.
No la del terrateniente / que os sepultó en la pobreza, / que os pisoteó la frente, / que os redujo la cabeza.
Árboles que vuestro afán / consagró al centro del día / eran principio de un pan / que sólo el otro comía.
¡Cuántos siglos de aceituna, / los pies y las manos presos, / sol a sol y luna a luna, / pesan sobre vuestros huesos!

... Sin embargo, qué sordos hemos permanecido ante ellos, y qué inmóviles ante lo que cuentan. Tan sordos y tan inmóviles que la realidad de hoy sigue estando fielmente retratada en la poesía del siglo pasado.

O quizás, como leía hace poco en un artículo de Santiago Alba Rico, "la historia sigue. Pero la historia queda; y todos estamos atrapados en ella".

19.10.10

Lorem ipsum

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Por Edgardo Civallero

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No se esfuercen en traducir esta frase del latín al castellano: cualquier intento será inútil. Pues no se trata de un texto hecho para ser leído y entendido, sino de una simulación de escritura creada para rellenar gráficamente un espacio en donde debería ir un texto real. Nada más.

Y nada menos.

La primera vez que me topé con esta secuencia de términos latinos, era un adolescente que comenzaba una incipiente carrera de diseñador gráfico y se asomaba, curioso e interesado, a los libros que en aquella época reflejaban las técnicas tipográficas y de ilustración más asentadas y prestigiosas. Les hablo de un tiempo en el que las computadoras se usaban para jugar al comecocos o para procesar algunos puñados de palabras. El diseño gráfico, en aquel entonces, todavía era un verdadero arte hecho a mano y poblado de secretos y misterios. Los maestros de la imprenta –desde el más humilde peón al más experimentado impresor- cargaban en sus morrales un impresionante bagaje de saberes teóricos y prácticos. Y era necesario conocerlos si uno pretendía andar ese camino.

Que no les extrañe que vincule diseño con imprenta. Les repito que les hablo de la época pre-informática. Las páginas web eran un sueño, lo mismo que la edición de escritorio, el retoque fotográfico estilo Photoshop y muchas cosas más. De hecho, yo inicié mi andadura como diseñador dibujando a mano, coloreando con acuarela y componiendo textos con letras adhesivas. Aproveché mis conocimientos de dibujo y pintura –incluyendo composición, equilibrio, volúmenes, teoría del color, luces y sombras y un largo etcétera- para ganarme un lugar como aprendiz en un estudio de diseño y en una imprenta, y allí fui aprendiendo cosas y más cosas de las manos y los labios de los mejores: los tipógrafos. Los que sabían de juntar letras de plomo o estaño en largas filas, y de darles el interletrado conveniente, el interlineado apropiado, y el espacio en blanco adecuado para que el texto resultara no solo legible, sino también bello.

Fue en aquella época cuando me hice con los libros que mencionaba un par de párrafos más arriba. En ellos se desplegaban numerosos ejemplos de "layouts", composiciones de textos, líneas, fotos y colores que mostraban la labor de maestros del diseño y aplicaban en la práctica las teorías de la ilustración y la tipografía. Ésas que yo tenía que dominar.

Y allí, en todos los lugares en donde debían ir bloques de texto, se repetía la misma secuencia de palabrejas latinas.

"Lorem ipsum...".

El porqué de su empleo me resultó obvio de inmediato: cuando se presenta un "layout" (es decir, un boceto, modelo o diseño-ejemplo de un trabajo cualquiera: la página de un libro o de una revista, un panfleto, o cualquier otro encargo que lleve texto), el lector (y cliente del diseñador) tiene la tendencia a distraerse leyendo el contenido de los párrafos y olvida en el acto lo más importante: el "layout" en sí, el diseño, la presentación. Para el diseñador, lo que cuenta en un primer boceto es la distribución de los bloques, la elección de los colores, la selección de los blancos... pero el cliente siempre, siempre, siempre se pone a leer lo que dicen los enunciados de ejemplo. Al usar parrafadas sin significado aparente, la atención del lector/cliente se vuelve hacia el diseño. Que es lo que necesita el diseñador.

Eso es lo que logra el "Lorem ipsum": simula ser el texto real, demostrando cómo se va a ver el mismo cuando se imprima la versión final del "layout".

He empleado esas oraciones en latín infinidad de veces para presentar los bocetos iniciales a mis clientes, y siempre me fueron de utilidad. Una vez, hablando con uno de los impresores más viejos de la imprenta en la que trabajaba de joven, se me ocurrió preguntarle si sabía el origen de esas frases en latín, tan usadas, tan omnipresentes en libros y manuales... El hombre se encogió de hombros en una mueca de total ignorancia y repuso que siempre se había usado así.

Y yo me quedé con la duda.

Hace poco, y gracias a Internet, me enteré de que el texto comenzó a ser utilizado en el 1500. Un impresor desconocido tomó una secuencia de tipos de plomo que ya tenía armada de otro libro, los mezcló al azar y armó con ellos una plancha para imprimir un "layout". Uno muy renacentista, por cierto. Se entiende que en aquella época, los clientes de los impresores adolecían de los mismos males que nuestros clientes actuales.

En contra de lo que muchos creíamos, no se trata de un texto inventado del todo, sino de uno ya escrito y recompuesto al azar. Un profesor de Latín del Hampden-Sydney College de Virginia (EE.UU.), Richard McClintock, descubrió que procede de las secciones 1.10.32 y 1.10.33 de la obra de Cicerón "De Finibus Bonorum et Malorum" (Los límites del bien y el mal), escrita en el 45 a.C. El libro era un tratado sobre ética, muy popular en el Renacimiento, de modo que probablemente nuestro anónimo amigo tomó varias secciones de ese libro que ya tenía armadas para su probable impresión y las entreveró para construir su simulación.

El "Lorem ipsum..." no sólo ha sobrevivido cinco siglos en la industria tipográfica más tradicional, sino que ha migrado al universo digital. De hecho, el editor de texto Aldus PageMaker muestra sus fuentes (o tipos de letra) exhibiendo partes de la famosa secuencia latina.

En la actualidad existen numerosas versiones del "Lorem ipsum...". La mayoría han sufrido alteraciones con el paso de los años, especialmente por parte de algunos bromistas que han inyectado cierto humor perverso y vergonzoso entre sus frases. Sin embargo, aún se conserva el modelo original, que es el usado por los diseñadores profesionales de textos, panfletos y sitios web de todo el mundo. O, al menos, por los de esa vieja escuela que todavía recuerda las útiles tradiciones de antaño y sabe que hay conocimientos que nunca pasan de moda.

11.10.10

Libros prohibidos, autocensura...

Libros prohibidos, autocensura...

... y un guiño al poder de la literatura.

Por Sara Plaza

A primeros de octubre aparecía en el sitio digital periodismohumano un artículo de Karoline Kallweit titulado "Bibliotecarios contra la censura de libros en Estados Unidos", mientras que en el número 1017 del diario egipcio Al-Ahram Weekly On-line, Mohammad Shoair se preguntaba porqué tantos libros están siendo prohibidos en las ferias internacionales que se celebran en algunos países árabes.

En el primero de estos escritos, su autora explicaba que durante ese mes de octubre los libros "censurados" eran el centro de atención de varias actividades, entre ellas la iniciativa que organizaban bibliotecarios a lo largo y ancho del país, denominada la "Semana de Libros Prohibidos", con el fin de dar a conocer cuán empeñadas están algunas organizaciones e instituciones en retirar determinados libros de los estantes y los planes de estudio. Kallweit mencionaba la Ley Comstock que ya en 1873 prohibía distribuir obras "obscenas y/o lascivas", y también el esfuerzo que la Asociación de Bibliotecarios Americanos (ALA) viene realizando año tras año por registrar, de acuerdo a las denuncias que les llegan de los ciudadanos, una lista de libros censurados. Y reseña también lo preocupante ("escalofriante" según Joan Bertin, directora ejecutiva de la Coalición Nacional Contra la Censura, NCAC) que resulta el hecho de que sean los propios maestros y bibliotecarios quienes se autocensuren para evitar problemas, apartando de los estantes y de los programas educativos los libros comprometidos.

Otra de las cuestiones que expone la autora, además de las críticas vertidas en prensa contra supuestos "libros malos" por organizaciones que dicen dedicarse a preservar ciertos valores, es la de personas, "a menudo un padre o una madre", que protestan porque no les gustó una obra determinada. Las protestas iniciales se convierten en quejas que se elevan al equipo directivo de una comunidad escolar, y ésta puede decidir condenar dicho libro a no ser leído. Algo que no deja de llamar la atención si, como indica Kallweit, ya existen varios fallos judiciales en los que se ha dictaminado que las bibliotecas no pueden aislar los libros de los lectores por discrepancias con las ideas que en ellos se exponen.

En el otro extremo del mundo, parece ser que las administraciones de las ferias internacionales del libro resuelven, de manera bastante aleatoria y sin que se conozcan sus criterios, cuáles son los libros que las personas de sus respectivos países van a poder leer. A Mohammad Shoair, que firma el artículo "No Egyptians Allowed", lo que más le sorprendió no fue la lista de 120 libros de autores egipcios a los que no se les permitía participar en la 35ª Feria Internacional del Libro de Kuwait (del 13 al 23 de octubre de 2010), sino la reacción de las editoriales de este país al mostrarse bastante despreocupadas e indiferentes ante el asunto. Por lo visto, según éstas, el fenómeno no es nuevo y ocurre todos los años. Lo que no sucede tan a menudo es que los medios se hagan eco de la cuestión. Y mientras los editores, en general, se muestran cuidadosos en sus declaraciones, los autores, por el contrario, no son tan diplomáticos tal y como lo manifiestan las declaraciones de unos y otros recogidas por Shoair.

Galal Amin, por ejemplo, que ha visto censurada su autobiografía, insiste en que nada justifica la prohibición de un libro, y considera inaceptable el control que se ejerce sobre las mentes de la gente. El novelista Khairy Shalaby se pregunta qué es lo que ofende al censor de su libro o del de Ibrahim Aslan, y cree que una feria de libros que prohíbe tantos libros pierde toda su credibilidad. Por su parte, Ibrahim Abdel-Meguid no se muestra excesivamente extrañado porque dice que todos sus libros anteriores han sido prohibidos en uno u otro país árabe.

Fatma El-Boudi, dueño de la editorial Dar Al-Ain, afirma que hay vendedores dentro de Kuwait que, a través de sus contactos, consiguen los libros que quieren, y que algunos de los libros prohibidos no solo entraron en el país, sino que fueron incluso debatidos en seminarios, como ocurrio con "Sons of Gabalawi" de Naguib Mahfouz. Sin embargo, Mohammad Hashim, propietario y director de Merit deja muy claro al autor que la única vez que participó en esa feria le censuraron 22 títulos y que desde entonces no ha vuelto a tomar parte en ella ni tiene intención de hacerlo.

Tristes noticias las que hallamos en estos dos artículos. Hechos lamentables que se repiten en distintos lugares del mundo, oriental, occidental, del norte y del sur, cada vez que unos cuantos quieren, y no encuentran obstáculos que se lo impidan, decidir por el resto lo que debe y no debe leerse, saberse, pensarse, imaginarse, soñarse...

Por esas extrañas razones que tiene el optimismo para abrirse paso contra viento y marea, me gustaría finalizar esta entrada con las últimas palabras del discurso de apertura de la Feria del Libro de Frankfurt 2010 que pronunció la escritora argentina Griselda Gambaro:

Porque la literatura imagina, porque los hombres y mujeres son capaces de imaginar, también los políticos podrían imaginar audazmente. Atreverse, como aquellos grandes escritores que inventaron la realidad del poema o la novela, a imaginar otra realidad posible que no sea ésta, la de los incesantes conflictos. Si bien algunos gobernantes, sobre todo en América Latina, trabajan con propuestas más equitativas, no basta imaginar con límites sin forzar las circunstancias. Los cambios son siempre lentos mientras los sufrimientos inmediatos. Por ese sufrimiento colectivo – de guerras, de desempleo, de exclusiones del sistema – los políticos podrían, como los grandes escritores, reinventar el discurso, proyectar nuevas reglas e imaginar otras realidades posibles. Concretar, como quien escribe un buen libro – que deparará conocimiento y emoción – un equilibrio más justo en nuestras sociedades. Y en esta hipótesis ingenua y esperanzadora, ese libro, escrito paradójicamente sin palabras y con hechos, sería el de mayores lecturas, el de mejor exposición, el que concite, sin exclusiones, multitudes más felices en todas las ferias del libro, desde las modestas que se organizan en nuestro lejano Jujuy, próximo a la Puna, hasta esta magnífica Feria de Frankfurt que hoy inauguramos.

5.10.10

Toros y anti-toros

Toros y anti-toros

Por Edgardo Civallero

En los últimos tiempos se ha generado en España un notable debate sobre la tauromaquia y, en general, sobre el uso de toros en fiestas populares (correbous, toros embolados, toro de Tordesillas, etc.). En realidad, tal debate siempre estuvo instalado en el seno de la sociedad española (e internacional): por un lado están los que consideran el toreo (y los toros en general) como un bien cultural, un rasgo identitario o, en el caso de las corridas, un verdadero arte; por el otro, los que piensan que tales celebraciones son una carnicería inhumana que debería prohibirse, que de arte tiene poco y de cultura, mucho menos.

El polvorín estalló recientemente, cuando una plataforma ciudadana recogió suficiente número de firmas como para presentar en el parlamento de la comunidad autónoma de Cataluña un proyecto de ley dirigido a prohibir las corridas en esa región. Las discusiones alzaron el tono en foros públicos y privados, y finalmente los parlamentarios aprobaron el proyecto. En consecuencia, dentro de poco las plazas de toros catalanas serán un espacio vacío de lo que antaño les dio vida.

Los "anti-taurinos" celebraron su victoria y se propusieron, como siguiente paso, eliminar de las fiestas tradicionales catalanas la presencia de astados. Otras plataformas imitaron su ejemplo —por ejemplo, en Andalucía— y recogieron firmas para presentar proyectos similares en sus propios parlamentos autonómicos.

Personalmente, las corridas de toros siempre me dieron escalofríos. Demasiada sangre para mi gusto. Sin embargo, yo era un total ignorante de la "fiesta" en sí: de su historia, sus tradiciones, sus costumbres, sus razones y todas sus características. Desde que volví a España hace dos años me fui interiorizando un poco más en el asunto, gracias a que vivo en un pueblo de la sierra madrileña que de "anti-taurino" tiene poco, y en donde hay encierros y corridas de toros cada septiembre, durante las fiestas patronales. Fue entonces cuando empecé a comprender varias cosas. Sobre todo, qué son los llamados "anti-taurinos".

Se trata de grupos ciudadanos generalmente auto-convocados que, en resumidas cuentas, son contrarios al sufrimiento animal. En concreto, al de los toros de lidia. Son los que habitualmente se manifiestan a la entrada de las plazas y ejercitan la poco saludable costumbre de increpar (y a veces de insultar de arriba abajo) a sus "oponentes" taurinos... sin dar demasiadas razones de peso para tales exabruptos. Desde su perspectiva, eso se llama "concientización" y "protesta". Inútil, por cierto, porque el aficionado a los toros no hace el menor caso.

Dejemos de lado que estas personas, contrarias al sufrimiento de los seres vivos, podrían invertir su esfuerzo, su dinero, su tiempo y sus buenas intenciones en evitar que sus congéneres humanos fueran asesinados. Se me ocurren, como ejemplos más a mano, los casos de Afganistán o Pakistán, con sus poblaciones civiles impunemente asesinadas por las fuerzas estadounidenses ante la complacencia y el silencio internacional. Pero, por supuesto, cada cual es libre de dedicar sus esfuerzos a lo que le parezca más oportuno, y esta buena gente ha decidido enfocarlo hacia los animales. Amén y que así sea.

Dejemos también de lado que, si hablamos de sufrimiento específicamente animal, hay casos mucho más cotidianos por los que horrorizarse y protestar. Lo primero que me viene ahora a la mente son las gallinas que nos dan huevos y carne: nacidas, criadas, crecidas, apareadas, envejecidas y muertas en un cubículo diminuto iluminado día y noche, alimentadas con productos que no merecen ni llamarse "comida", y sacrificadas para que en España podamos paladear la tan habitual y castiza tortilla o un buen pollo asado. ¿Poco sufrimiento, quizás? Veamos el caso del cerdo, del cual se extraen los deliciosos jamones, tan apreciados en tierras hispanas. ¿Han visto ustedes alguna vez la muerte de un cerdo? Se va de este valle de lágrimas desangrado, entre unos chillidos que erizan la piel. Pero no he visto ninguna plataforma ciudadana que busque prohibir esa matanza, o que se oponga al consumo del jamón. ¿Aún poco feeling? Pasemos a las vacas, que no se crían en verdes pastos, como nos hacen creer las publicidades, sino en slots. Varios años presas en un cubículo para dar leche y, en algún momento, tras un sacrificio mecanizado (pero no por ello menos cruento), carne. Pero no veo plataformas ciudadanas que aboguen por el vegetarianismo absoluto y se planteen prohibir el consumo de animales.

Parece ser que lo terrible de una corrida de toros es que se trata de un espectáculo público. A las vacas no las vemos morir, ni a los cerdos, ni a los pollos: los encontramos en un supermercado, ya limpios y envueltos en plástico. Es algo aséptico. Tanto, que son muchos los niños urbanícolas que creen que las vacas del campo o de la tele y el bistec del almuerzo son cosas que no guardan ninguna relación entre sí.

El toro de lidia nace, se cría y crece en libertad, en el campo. Pasta en dehesas, una suerte que sólo tienen pocos animales hoy en día: algunas vacas y los pocos rebaños de ovejas y cabras que las leyes comunitarias europeas permiten en España. Tras seis años de esa vida, el toro sale a la plaza a morir. Es hacerlo allí o en un matadero industrial, en donde, por supuesto, nadie verá nada. En la plaza, el toro comienza su lucha con el torero. Va a morir de todas formas, pero el toro de lidia lo hace allí, derrochando bravura. No será ni el primero ni el último que se lleve por delante a su supuesto verdugo y a sus ayudantes, e incluso al público. El proceso toma 15 minutos, 20 como mucho. Y el público que asiste a las corridas, y los toreros, y los banderilleros, y el picador, todos ellos comparten un extremo respeto hacia el animal, al que consideran un nobilísimo oponente, digno de elogios. Nadie gusta de ver carnicerías, ni faenas mal hechas, ni sufrimiento gratuito: todo eso es despreciado por el buen conocedor del toreo.

Los "anti-taurinos" opinan que se le impone a la bestia un martirio injusto y brutal. Si analizamos la historia de nuestros animales domésticos, todos ellos —desde nuestro perro a las mentadas gallinas y vacas, y desde el cerdo a los peces de un acuario— sufren. Sufren un destino cruel los animales víctimas de la caza "deportiva", y los peces víctimas de la pesca "deportiva". Creo que esa costumbre humana de cazar, de matar, de comer a otros seres vivos no va a cambiar. ¿Podemos hacerlo menos cruelmente? Sí, por supuesto. Empecemos, pues, por ahorrarles penurias a los millones de aves, bovinos, porcinos y demás animales domésticos criados en condiciones lamentables y muertos igualmente a lo largo y ancho del mundo. Luego podemos preocuparnos por darle un final "digno" (si es que el actual no lo es) al toro de lidia. Un toro, por cierto, que si dejara de criarse para las fiestas y la tauromaquia, probablemente vería sus días contados como especie, tal y como están las cosas hoy en día.

Y si los anti-taurinos no son capaces de enfrentar este proceso, y lo que les molesta realmente es la sangre derramada en la arena de las plazas, que no vayan a verla. Nadie fuerza a una persona a ir a una corrida de toros. Y aquellos que aprecian el "arte de matar un toro" (es mucho más que eso, pero los "anti-taurinos" solo ven la sangre y la muerte) tienen todo su derecho de poder asistir y disfrutar (sí, disfrutar) de la fiesta. Una fiesta que yo, personalmente, paladeo con ganas. Porque he visto lo que ocurre dentro de un matadero, y prefiero mil veces la muerte pública del toro a una carnicería oculta. Y acepto que, como ser humano, soy un depredador de otras especies, en lugar de vestirme de hipocresía mientras me como una lasca de jamón y una tortilla. Totalmente bañadas en invisible —y por ende, poco molesto— sufrimiento animal.