27.9.10

Un modelo productivo criminal

Un modelo productivo criminal

Por Sara Plaza

En la Argentina, durante más de una década vecinos, organizaciones sociales y médicos rurales han reconocido, denunciando y alertado sobre los serios problemas de salud que padecían las poblaciones cercanas a lugares donde las fumigaciones se realizan de manera sistemática. Poco a poco se sumaron a esta alerta un puñado de científicos que estaban estudiando los efectos nocivos de los agroquímicos en el medio ambiente y los animales. Y por fin, la universidad dejó de hacer oídos sordos y se involucró también en la llamada de atención convocando el I Encuentro Nacional de Médicos de Pueblos Fumigados, celebrado entre el 27 y el 28 del pasado agosto en la Universidad Nacional de Córdoba (Argentina). A lo largo de esas dos jornadas quedó demostrado de manera científica que el uso de agroquímicos en el modelo agropecuario actual de la Argentina conlleva riesgos evidentes para la salud humana. En dicho encuentro se constituyó el Foro Argentino de Salud y Ambiente, y se redactó y envió a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner la Declaración del mismo, dando cuenta de la situación y de los estudios realizados hasta la fecha, y solicitando la protección de la salud y la vida de la población de los pueblos fumigados, junto con la prohibición de las fumigaciones aéreas y la limitación de las terrestres. Por otro lado, un segundo comunicado fue remitido a las entidades agropecuarias instándoles a parar de fumigar. Entre las declaraciones de algunos de los especialistas que se reunieron esos días en Córdoba hay afirmaciones muy contundentes como las del pediatra y neonatólogo Rodolfo Páramo quien, según reseñaba Chacodiapordía.com, calificó de "genocidas" a los ingenieros agrónomos, además de destacar los intereses económicos que los movían y su falta de humanidad. El diario Página 12 también recoge sus palabras en un artículo sobre el encuentro:

En toda zona sojera encontrarán los mismo. Es un modelo productivo que destruye la vida", denunció y detalló la estadística de su pueblo: en un solo año, sobre 220 nacimientos se registraron doce malformaciones, "muy por arriba de la media mundial, de un caso cada 8000 nacidos". El médico contó que se graduó en la Universidad de Córdoba y recordó una de las primeras lecciones que aprendió: "Si el médico encuentra algo que daña a la salud, es su obligación ética y moral alertar lo que está sucediendo, advertir a las autoridades y a la población. Me lo enseñó la universidad pública de Argentina, no entiendo a los que silencian.

A su vez, en ese mismo artículo se menciona la intervención de, Raúl Horacio Lucero, jefe del Laboratorio de Embriología Molecular de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE), quien:

[D]etalló historias clínicas de niños malformados que comenzaron a llegar a su consultorio en 1993. Exhibió radiografías de bebés sin dedos, chicas con brazos sin articulación, datos de fetos muertos, abortos espontáneos. "Todos provenían de parajes con uso masivo de agroquímicos. Todos. Tengo sus nombres, conozco su sufrimiento. ¿Cómo me pueden decir que ‘no hay pruebas’? Que traigan a sus esposas o hijas embarazadas y verán las pruebas irrefutables", desafió. Las estadísticas de Lucero muestran una directa relación entre el aumento de uso de agroquímicos en Chaco y casos de malformaciones, siempre en zonas con uso masivo de herbicidas y plaguicidas. En todos analizó la genética de los padres y confirmó que los cromosomas no presentaban problemas. "Sabíamos que los agroquímicos afectaban los genes, pero no teníamos la forma de realizar los estudios. Eso es lo que acaba de confirmar Andrés Carrasco (UBA-Conicet). Lamentablemente el tiempo nos dio la razón, la bomba de tiempo estalló, los afectados son miles y negarlo es criminal", afirmó.

Sin duda lo es.

Y delitos similares se están cometiendo en muchos lugares.

Apenas tres días antes del encuentro organizado por la Universidad Nacional de Córdoba, había leído en el sitio de Internet de la emisión de radio y televisión norteamericana Democray Now!, el artículo titulado "La más grande retirada del mercado de huevos de la historia de EE.UU. renueva la atención sobre los peligros de la agricultura industrial". Y el día 30 una nota aparecida en el mismo medio informaba de que:

La Administración de Alimentos y Fármacos (FDA, por su sigla en inglés) anunciará planes para iniciar inspecciones en las granjas industriales tras el retiro masivo de huevos vinculado con un brote de salmonella en el Medio Oeste. La mayor parte de las granjas industriales más grandes no han sido inspeccionadas en décadas. El nuevo plan de inspecciones cubre todas las granjas industriales productoras de huevos con 50.000 gallinas o más.

Si en lugar de mirar a los Estados Unidos, echamos un vistazo a la Unión Europea, el panorama se ensombreció bastante con la aprobación por parte de algunas de sus más altas autoridades del cultivo de nuevos productos genéticamente modificados.

La UE aprueba la patata transgénica

Hay mucho para leer.

Sobre las agroindustrias existe ya una nutrida bibliografía divulgativa gracias a los trabajos de, entre otros, Raj Patel, Michael Pollan, y David Kirby. En cuanto al tema del uso de agroquímicos, está en línea un informe del año 2009 sobre la problemática del uso de plaguicidas en las principales provincias sojeras de la Argentina publicado por Grupo de Reflexión Rural. Y por este lado del mar el blog "Una opinión silvestre" de Josep Pamies, cuenta en la categoría "transgénicos" con un buen puñado de aclaraciones, advertencias y denuncias. También el de la activista Esther Vivas es una estupenda ventana por la que colarse y curiosear sobre anticapitalismo, ecología, crisis alimentaria o movimientos sociales, por ejemplo.

Y mucho por hacer.

Busque, compare y si descubre nuevos crímenes no se cruce de brazos, en nuestras manos está ponerles freno.

20.9.10

Las cosas pueden hacerse bien, mal o regular...

Las cosas se pueden hacer bien, mal o regular

Por Sara Plaza

... y también pueden dejar de hacerse. Lo que resulta perverso es hacerlas rematadamente mal y decir que es por nuestro bien.

Para legitimar las cosas que hacen o dejan de hacer están los intereses, los de ellos se entiende. Para hacerlas mejor o peor está el grado desfachatez que ostente el hacedor y la poca vergüenza, o la falta de ella, para hablar de los efectos secundarios no deseables de aquellas acciones intencionadas que tan fría, económica y políticamente ha calculado.

Así, cuando leemos que existen casi mil millones de personas con hambre crónica en el mundo, no estaría de más que nos preguntásemos a cuántos millones de hambrientos equivalen las mayores cotas de poder, riqueza e influencia que adquieren año tras año el puñado de monopolios (siempre dirigidos por personas, no lo olvidemos) que nos señorea y ningunea.

El dominio que ejercen sobre nuestras vidas es equiparable al desprecio que sienten por ellas. No se detienen, jamás retroceden y nunca piden perdón. La impunidad con la que cometen delitos quienes hacen y deshacen a su antojo no oculta que saben de leyes, que las dictan y que, como buenos sastres, el traje se lo han cortado a medida. De todos es conocido el poco valor que tiene su palabra y el escasísimo de la letra impresa que firman. No van a cumplir ninguna.

Cuando hace pocos años se puso en marcha una guerra preventiva no daba crédito a lo anunciado. Cuando recién en mi país se acaba de aprobar una reforma laboral que da luz verde al despido preventivo, me doy cuenta de que los gobiernos (que ya no son más nuestros, sino de quienes los gobiernan a ellos) se han graduado cum laude en la universidad del despropósito.

Sin duda los territorios que no les entregan sus recursos, como los obreros que defienden sus puestos de trabajo, son considerados una enfermedad incurable, de ahí que después de exprimir tanto el “más vale prevenir que curar” de las campañas sanitarias, quienes no ven posible la recuperación de ninguno de ellos hayan decidido utilizar un nuevo eslogan: “lo único que vale es atacar”. Y en eso andan.

Han invadido y están invadiendo países. Han arrasado y están arrasando poblaciones enteras. Han despojado y están despojando de sus recursos, de sus derechos y de su futuro a sus habitantes. Han empobrecido y están matando de hambre a millones de personas. Y no, no van a parar, no van a dar ni un solo paso atrás mientras nadie les pida cuentas y las suyas sigan cuadrando tan bien.

Desgraciadamente, en las listas de delincuentes y terroristas más buscados no están los responsables de tamaña atrocidad. Ellos, como los grandes narcotraficantes a los que se refería Juan Carlos Escudier "no están en las selvas ni en el desierto afgano. Ellos mismos o sus empleados tienen coche oficial y se presentan a las elecciones."

14.9.10

Las manos del pintor

Las manos del pintor

Por Edgardo Civallero

La primera vez que pisé el Museo del Prado, en Madrid, yo tenía unos 12 años, y visitaba la capital del Reino de España en viaje de fin de curso. En esa "excursión" de una semana descubrí los rincones de una villa que me mostró la Puerta de Alcalá, la Plaza Mayor, los Jardines del Buen Retiro, la Puerta del Sol, el Palacio Real o el museo en donde se exponía el "Guernica" de Picasso. Mi mente infantil absorbió todo aquello con asombro contenido, y me llevó semanas (si no meses) digerir y asimilar tamaño bombardeo de sitios históricos.

Sin embargo, de ese viaje siempre rescato mi primera visita al Museo del Prado, como si el recorrido por sus colecciones me hubiera dejado una marca indeleble que quedó adherida a mi piel de por vida.

Desde pequeño había desarrollado cierto gusto por la pintura: curioseaba, ávido, unos tomos enormes que mi padre aún guarda en su biblioteca, en los cuales se atesoran las grandes obras del arte universal. En ellos, mi curiosidad de niño explorador descubrió a Goya, a Velásquez, a Tiziano, a Modigliani, a Van Gogh, y por supuesto a Da Vinci, a Picasso y a Rembrandt. De los canales venecianos del Tintoretto a los cuadros de colores de Miró, y de los motivos moriscos de Delacroix a los delirios de Chagall y Dalí, recorrí la andadura de los artistas europeos de todas las épocas. Sin embargo, el papel solo me permitía apreciar el aspecto general de las obras, jamás sus detalles. Y, mucho menos, a sus autores, que para mi eran simples nombres vacíos, carentes de relación con una persona de carne y hueso, o con un momento histórico o un lugar particular.

Supongo que mi tránsito primero por las salas de El Prado fue una especie de encuentro con viejos amigos lejanos. Una especie de rendez-vous personal con un individuo con el que hemos mantenido contacto por años sólo a través de cartas.

Recuerdo que me maravillé con muchos cuadros. No era para menos: la colección del museo madrileño es una auténtica maravilla. Sin embargo, fui a extasiarme ante el más inesperado: el "Autorretrato" de Durero que ilustra esta entrada.

No puedo olvidar el momento. Traspasé la puerta de una de las salas, me giré y allí estaba él, pequeño hasta la insignificancia, simple, con su importancia reducida al lado de todos los magistrales trabajos que colgaban de esas paredes.

Había visto aquel cuadro un montón de veces en mis libros de pintura y, la verdad sea dicha, jamás le encontré nada de particular. De hecho, Durero tiene producciones mucho mejores que esa (por ejemplo, algunos de sus grabados). Aún así, me extasió. Quizás no imaginé que era tan pequeñito (la tabla no supera los 40 x 50 cms.), o que lo iba a poder tener tan cerca y poder apreciar los trazos que dieron los pinceles del maestro alemán.

El caso es que he vuelto muchas veces a El Prado desde entonces. Recorro sus salas y admiro trabajos tan impresionantes como el "Cristo crucificado" y "Las meninas" de Velásquez, o "Los fusilamientos del 2 de mayo" y las "majas" de Goya, o el intrigante "Jardín de las Delicias" de El Bosco. Pero siempre termino buscando el "Autorretrato" de Durero y plantándome delante de él unos minutos.

E imagino al artista mirándose en un espejo, y dando cada uno de esos trazos pastosos que todavía pueden apreciarse en la superficie de la madera, y decidiendo con qué expresión quiere inmortalizar su rostro, o qué vestido le viene mejor, o cómo disimular tal o cual defecto de su cara... Imagino sus hábiles manos, sus dedos armados con un pincel, dando más presión aquí, difuminando allá, buscando el punto correcto... Lo imagino sonriendo cuando cierto color o tono le complacía, e insultando en Alto alemán cuando cometía algún error, y armándose de paciencia para pintar su melena dorada cabello por cabello... Y limpiándose los dedos de pintura para tomar algún tentempié, o para agregar un par de brasas al caldero que lo mantendría a salvo de los fríos del norte de Europa. No puedo imaginar lo mismo de obras más grandes, más espectaculares: el tamaño, la imponencia o la implícita "magistralidad" de los cuadros hacen olvidar quién estaba detrás de ellos, quién los produjo. Éste, tan pequeño, permite deshacerse del reverencial respeto que los pobres mortales guardamos hacia el Arte con mayúsculas y encontrar, detrás de las capas de pigmentos aceitosos, al hombre que pintó. Un hombre que, seguramente, era consciente de que su cara iba a mirar el mundo por siglos, mucho después de que él hubiera vuelto al polvo, y que sus ojos de óleo iban a tropezarse con muchísimas miradas curiosas que quizás se preguntaron, se pregunten y se preguntarán –como yo lo hago cada vez que lo veo- qué pensaba y qué sentía Albrecht Durero cuando pintaba su propio retrato.

He recorrido muchísimos otros museos desde esa primera visita a El Prado. Y me he acostumbrado a detenerme delante de las obras que exhiben y preguntarme quién estaba detrás de ellas, quién las hizo. Y, en muchas ocasiones, he descubierto en esas tallas, esas vasijas o esas pinturas, el deseo de todo ser humano de trascender a su propia vida y dejar una marca imperecedera en el mundo, una marca que sea recordada y que los haga inolvidables. Pues es cuando un nombre deja de pronunciarse y una persona deja de ser pensada, cuando realmente muere.

He ahí uno de los motivos del arte: sobrevivir. Permitamos a sus autores que lo hagan y, la próxima vez que recorramos una exposición –de lo que sea- o que escuchemos música o leamos un libro, preguntémonos, por un instante, quién fue el artífice de eso que estamos disfrutando. Recordemos que tras todo trabajo artístico hay un mago de las letras, los colores o los sonidos. Y permitámosles vivir de nuevo y que pasen un rato a nuestro lado.

Se los aseguro: nos encontraremos con muchas sorpresas y con un universo insospechado, quizás mucho más valioso que la obra en sí. Yo lo he hecho. Hace poco descubrí que, bajo el marco de la ventana que aparece al fondo del "Autorretrato", Durero había dejado un mensaje: "1498. Lo pinté a mi propia imagen. Tengo 26 años".

Si eso no es un guiño a la inmortalidad, ¿qué es, entonces?

Imagen. En el blog "Letras anónimas" de Lucrecia Piedrahita.

6.9.10

Nuestros gobernantes nos quieren ignorantes

Nuestros gobernantes nos quieren ignorantes

Por Sara Plaza

A lo largo del mes de agosto, y a raíz de las declaraciones que a finales del mes anterior hizo del secretario de cultura británico Jeremy Hunt, aparecieron en el diario The Guardian un par de artículos de opinión, y otro más dentro de la sección de libros, advirtiendo de las nefastas consecuencias que acarrearían el cierre y la limitación de recursos que iban a sufrir numerosas bibliotecas públicas a lo largo y ancho del país.

Me gustaría aprovechar estas líneas para difundir las críticas que están recibiendo las propuestas de Jeremy Hunt y las medidas que quiere adoptar el Gobierno para que las bibliotecas no le cuesten dinero.

Según señaló Hunt, el Departamento de Cultura, Medios y Deportes (DCMS, por sus siglas en inglés) va a recortar el número de organismos públicos que reciben fondos estatales. Entre éstos se encontrarían el Consejo de Museos, Bibliotecas y Archivos (MLA, por sus siglas en inglés), dedicado a promover mejores prácticas museísticas, bibliotecológicas y archivísticas, algo que queda apartado de la nueva línea del departamento, que estaría concentrando sus esfuerzos en servicios esenciales de primera línea y que aseguren un mejor rendimiento del dinero invertido. Realmente, las palabras del secretario de cultura no tienen desperdicio. Dijo que muchos de esos organismos habían sido establecidos hacía bastante tiempo, y que tanto los tiempos como las demandas habían cambiado. Siguió diciendo que a la luz de la actual situación financiera, y como parte del impulso para aumentar la transparencia y la eficiencia de la Administración, había llegado el momento de revisar el papel, el tamaño y el alcance de esos organismos. Y no tuvo reparo en concluir que los cambios que había propuesto ayudarían a proveer una cultura, unos medios y un deporte estupendos, a la vez que asegurarían un buen rendimiento del dinero público y la transparencia a la hora de gastar el dinero de los contribuyentes.

Me resultó particularmente gracioso leer cómo el ministro de cultura británico, Ed Vaizey, alabó la gestión del aclamado poeta Andrew Motion, que preside el MLA, explicando que éste, durante los dos últimos años, había racionalizado la organización a pasos agigantados, mejorando significativamente su eficiencia y eficacia. Sin embargo, las declaraciones posteriores de Motion no celebraron ni las nuevas medidas que pretende adoptar el DCMS, ni la felicitación de Vaizey: "Las tempestades necesitan cabezas frías y manos firmes" aseguró, y se comprometió a mantener el trabajo que el MLA viene realizando con las autoridades locales y los museos, bibliotecas y archivos independientes para "capear el temporal de la recesión y los recortes de presupuesto y salir más fuertes y sostenibles del mismo" hasta el cierre en 2012 del organismo que él dirige.

Hacia mediados de agosto, la novelista Jeanette Winterson, se quejó de todo lo que viene hablándose sobre la digitalización como si fuese el nuevo Gutenberg, pues según ella, mientras éste trabajó para llevar los libros a los estantes, la digitalización está quitándolos de las mismas. En opinión de Winterson, si se sacan los libros de las estanterías, uno sólo es capaz de encontrar lo que va buscando, y esto no ayuda a quienes no saben qué es lo que buscan. La autora también mostró su preocupación por el reciente anuncio del ministro de cultura de un nuevo programa para las bibliotecas cuyo objetivo será reducir costes y hallar otros caminos para gestionarlas. Entre esos caminos alternativos estarían varios proyectos como los de apoyar a las comunidades para que ellas mismas gestionen las bibliotecas locales (Suffolk), trabajar con un socio de venta al por menor para relocalizar las bibliotecas en negocios y tiendas con espacio libre (Bradford), y aprovechar el trabajo de voluntarios en el caso de Northumberland y Durham. Curiosamente, poco tiempo antes, el citado Andrew Motion había señalado que las buenas bibliotecas, como lo bueno de lo que sea, necesitan profesionales trabajando en ellas, y que si bien el voluntariado puede jugar algún tipo de papel, las tareas principales deben realizarlas personas cualificadas para ello.

A propósito de la plantilla de las bibliotecas en la ciudad de Doncaster, Laura Smith relata en su artículo "Los recortes en las bibliotecas de Doncaster son vandalismo cultural", que el número de bibliotecarios cualificados ha pasado de 26 a 2, que no existe un cuerpo directivo de bibliotecas y que los gestores de atención al cliente que las manejan no ven la necesidad de contar con plantilla profesional para un servicio que tan solo ofrece libros. Según Smith, esta ciudad tiene muchos problemas, destacando la alta tasa de personas desempleadas, el elevado número de embarazos adolescentes, el consumo de drogas ilegales y el hecho de que un 38% de su población entre 16 y 74 años no esté cualificada. Y añade que la gente de Doncaster utiliza las bibliotecas para acceder a Internet, para encontrar trabajo, para adquirir destrezas informacionales, para leer los diarios, para sacar libros en préstamo, para estudiar, para conseguir información sobre salud, para mejorar su cultura y para conocer a otras personas de su comunidad. Pero por lo visto la Municipalidad/el Ayuntamiento no parece entender esto y se habla de cerrar bibliotecas, de acortar las horas en que están abiertas, de reducir su presupuesto y sus servicios, de despedir y modificar los contratos de la plantilla, etc. De momento ya han sido recortados los servicios de traducción y parece ser que los siguientes serán los de Braille, pues los gestores consideran "extras" cualquier otro servicio que no sea el préstamo de libros. Ni las voces de expertos en bibliotecas ni el informe que solicitó de ellos el municipio han sido tenidos en cuenta, pese a haber sonado fuertes y claras. Andrew Motion calificó de catastrófico el supuesto ahorro que significaría el cerrar las bibliotecas, y el autor de historietas y escritor de ciencia ficción y fantasía, Neil Gaiman, afirmó que "las bibliotecas son nuestro futuro y cerrarlas sería un gravísimo error, algo así como robarle al futuro para pagar al presente, que es exactamente lo que nos ha conducido a la situación en la que estamos ahora".

En otro artículo de opinión que firma John Harris titulado "Las bibliotecas necesitan inversión para prosperar", su autor desvela cómo el DCMS sigue empeñado en debilitar a las bibliotecas y para ello brinda porcentajes de cuántos usuarios menos las visitaron una vez al mes el pasado año, de cuántos lo hicieron al menos una vez en el mismo periodo de tiempo y de cuánto ha descendido el número de los usuarios que se acercan semanalmente a las bibliotecas en los últimos cinco años. Sin embargo, entre las cifras que sacó a la luz el Departamento de Cultura, Medios y Deporte hay otras que complican un poquito la realidad tan simple y lamentable que pretenden dar a conocer. Por ejemplo, el número de niños entre 11 y 15 años que han acudidos a las bibliotecas en esos cinco años se mantiene prácticamente constante, y tampoco parece haber descendido significativamente el número de niños de entre 5 y 11 años que acuden a ellas. Algo que llama la atención de Harris cuando recuerda lo escrito hace un año por Rachel Cooke, quien afirmaba entonces que el número de libros disponibles para préstamos en Gran Bretaña en el periodo 1996/7 había sido de 92.3, mientras que en 2007/8 tan solo alcanzó los 75.8 millones de ejemplares, lo que habría supuesto un descenso en el préstamo entre adultos de más de 2.5 millones en algunos municipios. Éste muy bien podría ser el falaz argumento que estaban esperando gestores y gobernantes "bienpensantes" para concluir que dado que la gente saca menos libros de las bibliotecas lo lógico es cerrarlas.

El panorama se oscurece si, a lo referido hasta aquí, se suma un informe de la consultora KPMG que ha hecho correr ríos de tinta al señalar que la idea de la gestión comunitaria de las bibliotecas "ahorraría grandes cantidades de dinero invertido en una plantilla demasiado cualificada, un mal uso del espacio y un stock innecesario". Tal y como finaliza su artículo Harris, ese informe nos da la pista del futuro más que probable de las bibliotecas: menos libros, plantilla incompetente, y un mayor deterioro que pagaremos con la ignorancia.

Hunt proposes closure of the Museum, Libraries and Archive Council
Culture secretary says DCMS will focus on 'frontline services', claiming move will increase transparency and efficiency.

Jeanette Winterson hits out at threats to libraries
The novelist tells Edinburgh audience of fears for young readers whose only access to books may be through libraries.

Doncaster library cuts are cultural vandalism
In such a deprived town, libraries are vital to the community. But the council sees them as 'soft targets' in the spending cuts.

Libraries need investment to thrive
Millions of us read books. If we grasp the idea libraries have to be cared for and decently resourced we can halt their decline.

Time to go into battle to save our world of books
One of the glories of our cultural heritage, Britain's libraries face an uncertain future. Many are threatened with closure, others seem more interested in yoga and coffee. Rachel Cooke argues we should fight to keep reading at the heart of our culture.

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