30.8.10

¿Y yo qué sabía?

¿Y yo qué sabía?

Por Edgardo Civallero

Llevo comprobando en la práctica, desde hace unos años a esta parte, la enorme facilidad con que la gente de a pie se desentiende de sus responsabilidades como ciudadanos de un pueblo, una ciudad, una provincia, un país o el mundo (agrego ésta última opción porque, según dicen, estamos en un mundo globalizado y somos ciudadanos del mismo).

La frase más empleada para apoyar o expresar tal desentendimiento y para lavarse las manos al mejor estilo Pilatos es la famosa "¿Y yo qué sabía?"

(Si alguien hubiera hecho la gran "vivada" de registrar la mentada sentencia, se hubiera vuelto multimillonario cobrando los ya tristemente célebres derechos de autor).

Siempre me resultó curioso ver cómo mis compatriotas argentinos de mayor edad demuestran completa ignorancia al ser preguntados sobre sus acciones y opiniones durante la época del "Proceso de Reorganización Nacional" (léase "dictadura militar"). Cuando se les mencionan las torturas y desapariciones que tiñeron la época de rojo y negro, la mayoría se encoge de hombros y alega que en aquellos "años de plomo" no tenían ni idea de lo que estaba ocurriendo.

"¿Y yo qué sabía?", alegan.

Yo me maravillo. En aquellos tiempos era un chiquilín de seis o siete años, pero recuerdo claramente los carteles (con las fotos en blanco y negro de los desaparecidos) pegados en las vallas metálicas que limitaban varios sectores de la enorme Avenida del Libertador, en Buenos Aires, mi ciudad natal. Me acuerdo de mis preguntas al respecto (yo no sabía qué eran desaparecidos, por supuesto) y el silencio (quizás incómodo, quizás desinformado) de mis padres. Tampoco puedo borrar de mi memoria los paseos que daba con mi padre y mi perro por Núñez, el porteño barrio de mi infancia, y cómo cuando pasábamos por la acera de la ESMA, mi progenitor me pedía que no mirara a las torretas de vigilancia, donde había soldados armados. Entendí esa petición años después, y supuse que mi padre sabía algo. Pero, aún hoy, él se empeña en su negativa.

"¿Y yo qué sabía?", repone.

¿Se tenía conocimiento y conciencia de lo que estaba pasando, y se decidía no meterse en cuestiones que podrían arriesgar la propia vida y la de los seres queridos, o sobre las que no se podía hacer absolutamente nada? ¿Se ignoraba, y se prefería conservar ese prístino estado de desconocimiento, por las dudas?

No sé qué hubiera hecho yo en aquellos tiempos y en aquellas latitudes, de haber sido un adulto responsable de mis actos. Probablemente me hubiera callado. El miedo es un arma poderosa, y personalmente mantengo una tendencia egoísta a pensar ante todo en mi supervivencia y en mi integridad física. Quizás yo también me hubiera sumado al "¿Y yo qué sabía?", haciéndome lo que en Argentina damos en llamar "el reverendo boludo".

Sin embargo, en épocas más actuales y en países supuestamente democráticos, donde las botas de hierro ni suenan ni pisotean, en donde no hay censura en los medios y en los cuales el pueblo es el que, también supuestamente, elige a sus representantes, la gente sigue callándose la boca ante las injusticias. Y en muchos casos no es por miedo, ni por desconocimiento, ni por presiones. Es por simple y llana desidia.

Permítanme ilustrar mi opinión con el ejemplo más actual y obvio.

El pueblo iraquí ha sido diezmado. El pueblo afgano lo está siendo en este momento (en este punto es cuando usted, querido/a lector/a, ya puede soltar eso de "¿Y yo qué sabía?"). Sus países son vertederos de casquillos de metralla extranjeros y campamentos de tropas de ocupación foráneas que llegaron allí un buen día para "combatir el terror" y "reinstaurar la democracia" (repita conmigo: "¿Y yo qué sabía?"). Dejando de lado el hecho de que ninguna de las naciones ocupantes vive en una perfecta democracia (puede repetir, si le apetece), de que si hubiera una guerra civil en Estados Unidos, Francia, Rusia o Alemania, ningún miembro de la OTAN osaría enviar tropas para "reinstaurar el orden" y de que, despojando el asunto de hipocresías, muchos sabemos que esas tropas están en Asia Central para asegurar las rutas del petróleo y dar de comer al gran monstruo de la industria armamentística (repita, repita...), hay una cosa a tener en cuenta: el "terror" que supuestamente iban a combatir esos soldados sigue en pie (aunque sería bueno definir a qué tipo de terror nos referimos, o quién genera realmente terror en nuestros días). La "amenaza terrorista" no mengua: se acrecienta. Y es lógico que lo haga. Porque las muertes de civiles inocentes también crecen (puede usted decir "¿Y yo qué sabía?"). La destrucción no se detiene (dígalo, dígalo, no tenga vergüenza). La tan italiana idea de "vendetta" encuentra día tras día motivos con los que legitimarse y justificarse: mujeres violadas y asesinadas, niños mutilados, caseríos arrasados (todo ello "por accidente" y como "daños colaterales". Por cierto, puede usted repetir la consabida frase si lo considera oportuno).

He escuchado, estos últimos días, a varios voceros del gobierno español alegando que las tropas hispanas están en Afganistán realizando "labores humanitarias". ¿Labores humanitarias? ¿Metidos en tanques blindados y armados hasta los dientes? Los medios españoles no se quedan atrás y dan las noticias muy hábilmente: cuando un soldado español muere a manos de los afganos es un "asesinato" y cuando ese mismo soldado liquida afganos (combatientes o no) son "bajas".

Esta situación puede extrapolarse a todos los países que tienen tropas estacionadas, acampadas o actuando en territorios extranjeros. La ciudadanía bien informada de esas naciones ocupantes se manifiesta y pide la retirada de sus ejércitos. Pero se trata de grupos minoritarios: esos que no olvidaron cómo ejercer su derecho a recibir información imparcial y conocen cómo funciona una democracia. Son pocos y, en consecuencia, poco pueden hacer. La mayoría restante, por su parte, se nutre plácidamente con las "novedades-deformadas-y-predigeridas" con las que los alimentan diarios y noticieros, y cuando alguien les habla de las masacres, de las injusticias y de todo lo demás, lanzan su afamado "¿Y yo qué sabía?" y se quedan tan tranquilos en su sillón, como decía "Tranquilo, majete", la famosa canción del grupo Celtas Cortos.

Podemos seguir calmos y plácidos, sin enterarnos o haciendo oídos sordos a lo que ocurre fuera de las cuatro paredes de nuestro salón. Siempre tendremos a mano la frasecita que titula esta entrada, útil herramienta lava-culpas. Pero allí fuera, la realidad sigue su curso, impertérrita. Y si no hacemos algo, por mínimo que sea, para cambiarla (al menos informarnos debidamente y saber lo que realmente está ocurriendo, o hacernos cargo de nuestras responsabilidades como ciudadanos) una mañana nos despertaremos en un mundo que se nos cae encima a pedazos.

Lo sé porque un día, no tan lejano como para no recordarlo, unos cuantos millones de argentinos supieron todos los detalles acerca de los vuelos de la muerte, de los centros de detenciones ilegales, de las torturas inhumanas, de los fusilamientos, de las fosas comunes, de las mentiras de los periódicos... Y, aunque todavía hoy usen como excusa el "¿Y yo qué sabía?" o el más patético "Algo habrán hecho...", la mayoría aún está tratando de digerir que eso pasó en su tierra, con su gente, y que ellos, con su silencio, su mirada desviada o su bien cuidada ignorancia, fueron cómplices por omisión de todo lo que pasó.

Nosotros aún estamos a tiempo de evitar que, en un futuro cercano, debamos responder a nuestros hijos un "¿Y yo qué sabía?" cuando nos pregunten el por qué del cambio climático, de la desaparición de la flora y la fauna, del dominio político de las multinacionales, del manejo de los medios de comunicación o de las guerras de odio. Y aún mejor, estamos a tiempo de evitar el uso de esa oración interrogativa para limpiar nuestra conciencia de culpa. Si es que aún somos lo suficientemente honestos, objetivos, éticos y conscientes como para sentirla.

23.8.10

"¡Estos ya no son buenos!"

Estos ya no son buenos

Por Sara Plaza

Imagínense la siguiente escena: la España de hace poco más de un siglo, un trozo de la Puerta del Sol de Madrid está siendo asfaltado. Unos cuantos hombres remueven la masa de asfalto en una docena de calderas humeantes. Hace frío, se está metiendo el sol. Hacia la media noche hombres y chiquillos desarrapados se amontonan alrededor de las calderas y se disponen a pasar la noche. Dos chicos comienzan a pelearse y una pareja de municipales los separa a puntapiés, ante las miradas de quienes pasaban por allí.

Ahora lean las palabras de Pío Baroja (San Sebastián, 1872-Madrid, 1956):

Poco después el grupo de curiosos se había dispersado; no quedaban más que un municipal y un señor viejo que hablaba de los golfos en tono de lástima.

El señor se lamentaba del abandono en que se les dejaba a los chicos, y decía que en otros países se creaban escuelas y asilos y mil cosas. El municipal movía la cabeza en señal de duda. Al último resumió la conversación, diciendo con tono tranquilo de gallego.

-Créame usted a mí: éstos ya no son buenos.

Manuel, al oír aquello, se estremeció; se levantó del suelo en donde estaban, salió de la Puerta del Sol y se puso a andar sin dirección ni rumbo.

"¡Éstos ya no son buenos!" La frase le había producido impresión profunda. ¿Por qué no era bueno él? ¿Por qué? Examinó su vida. Él no era malo, no había hecho daño a nadie.

Pertenecen a la novela "La busca", que abre una de sus más destacadas trilogías "La lucha por la vida". Este prolífico autor dejó de ocuparse primero de la medicina y después de la panadería familiar para dedicarse a la escritura y reflejar en ella realidades de las que otros preferían apartar la mirada.

Pues bien, esta lectura en la que andaba enfrascada hace unos días, me hizo recordar otra escena sobre el asfalto, con un auto detenido esperando que se ponga en verde el semáforo. Dentro del mismo una familia "bien", y alrededor varios chiquillos de esos que "ya no son buenos". La describe León Gieco en el tema "El imbécil", incluido en su disco "Orozco". La música de la canción es de Eduardo Rogatti, quien se la pasó a Gieco para que éste le pusiese la letra:

Sos de los que quieren que los chicos estén
pidiendo guita y comida en las calles.
Cerrás las ventanillas de tu auto falo,
cuando los chicos te piden un mango.
Cuidado Patri, guarda Ezequiel,
cuidado el bolso con cosas de valor.
Cuidado Nancy, poné el brazo adentro,
de un manotazo te sacan el reloj.

Soy su padre y les voy a explicar
que piden para no trabajar.
No tuvieron la suerte de ustedes
de tener un padre como el que tienen.

Sos de los que miran el retrovisor
y cierran todo,todo justo a tiempo.
Y esa manito que golpea el vidrio
te hace revolcar en tus pobres triunfos.
Cuidado tía, vos que en todos confiás,
ese pañuelo que es de seda francesa.
Cuidado chicos, miren sin mirar,
porque estos entran enseguida en confianza.

Soy su padre y les voy a explicar
que piden para no trabajar.
No tuvieron la suerte de ustedes
de tener un padre como el que tienen.

Sos un imbécil que a los chicos culpás
de la pobreza y la mugre que hay.
Que nunca te echen, rogale a tu Dios,
porque en el culo te pondrás ese auto.
No quiero que me limpien el parabrisas
porque está limpio y lo van a ensuciar.
No quiero que me pasen esa estampita,
de alguna iglesia la habrán ido a robar.

Soy su padre y les voy a explicar
que piden para no trabajar.
No tuvieron la suerte de ustedes
de tener un padre como el que tienen.

Nadie diría que el papá de Gieco y el municipal de Baroja se llevan casi un siglo ni que entre realidades tan similares exista un océano de por medio. Lo terrible es que los niños que vemos reflejados en las historias de uno y otro seguirán protagonizando escenas como ésas en todos y cada uno de los rincones del mundo, donde personas que se consideran mejores que ellos pasan de largo, miran hacia otro lado y con muy buenas maneras aleccionan a sus hijos, a sus clientes y a sus votantes sobre esas malas influencias.

Imagen.
El álbum completo de "Street Children".

16.8.10

La cultura de la disculpa

La cultura de la disculpa

Por Edgardo Civallero

Creo que hace poco, el Papa de Roma salió a pedir perdón por los actos de pedofilia cometidos por sus subordinados.

No es la primera vez que el Sumo Pontífice de la Iglesia Cristiana de Occidente tiene que salir a pedir disculpas. Los predecesores del actual "presidente del Vaticano" lo han tenido que hacer varias veces, o al menos eso me parece recordar. Se trata de un "ejemplo de manual" de la manoseada, remanida y nunca bien ponderada "cultura de la disculpa".

Usted, lector o lectora, conoce esa "cultura" tan bien como yo. Puede que, incluso, se haya beneficiado alguna vez de ella. Puede que yo mismo lo haya hecho. La llevamos bajo la piel, pues nos la inculcan desde pequeños. Es una "cultura" que ejercitamos –como dadores y receptores- a cada momento.

Imaginen que están tranquilamente sentados en una plaza y se les acerca un niño de cuatro años que anda jugando por allí. Sin aviso previo, sin comerlo ni beberlo, el enano les arrea una coz al mejor estilo mula que los deja viendo las estrellas y con unos calambres que les reverberan desde la nuca al ombligo. Rauda se acerca la madre y le espeta al crío de marras:

— ¡Pide disculpas al señor! (o a la señora, si es el caso).

El crío dice "ped-dón"... y ahí se acabó todo. Sí, sí, se acabó todo. Porque, además de contener el instinto asesino y las ganas de devolverle al enano la patada con intereses añadidos, hay que sonreír por la monería del niño pidiendo perdón y hay que alabar lo bien educado y lo obediente que es.

A los cinco minutos el mismo crío estará pareando a otra persona, ejercitando su mejor puntapié de derecha, a sabiendas que le bastará con decir "ped-dón" las veces que haga falta para librarse de la que le caería encima si otro gallo le cantara.

Ocurre con todo y con todos: el conductor que pasa por un charco y nos enfanga de arriba abajo a nosotros, cándidos peatones, se asoma por la ventanilla y pide perdón; el señor que nos machaca el pie de un pisotón asesino sonríe beatíficamente y pide perdón; el comerciante al que descubrimos metiéndonos piezas de fruta podrida en nuestro pedido de manzanas sonríe y pide perdón... Todos piden perdón, todos se disculpan. Pero nosotros iremos por ahí empapados de barro, con el pie destrozado y, con mucha mala suerte, con medio kilo de fruta inservible en la bolsa de nuestra compra.

Todo este asunto de la "cultura de la disculpa" se ha trasladado a las altas esferas políticas, económicas, culturales y religiosas...

(O quizás nos la han inculcado desde esas esferas. En estos días inciertos, uno sabe donde se encuentra ni el origen ni el final de las cosas que vive).

El regente de turno de los Estados Juntitos del Norte (como dirían los inigualables Mortadelo y Filemón) pidió las consabidas disculpas cuando "se dieron cuenta" de que en Irak no había armas de destrucción masiva, como ellos creían y habían proclamado a nivel universal. Fue un "error de inteligencia" (perdón, pero... ¿inteligencia, dicen?). Me gustaría saber si a los muertos, los mutilados, los despojados, los empobrecidos, los tratados como terroristas sin comerlo ni beberlo, los detenidos, los torturados, los ejecutados sin juicio, las mujeres violadas, los mancillados, los robados y los agredidos de Irak les vale de algo esa "disculpa oficial". ¿Reconstruirán esas palabras las casas de los afectados? ¿Les devolverán la vida a los asesinados? ¿Reharán su cultura?

(Aunque, claro está, por lo menos hubo una disculpa. Los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki todavía están esperando que alguien pida perdón por la brutalidad cometida por los mismos de siempre en 1945).

Los dirigentes de una (ya famosa) compañía petrolera han pedido disculpas por uno de los vertidos de petróleo más brutales (y, según algunas fuentes, más previsibles) de los últimos años. "Fue un error" dijeron. Representaron una parodia muy bien armada (y que muchos creyeron), en la cual el responsable del "accidente" perdió su puesto de trabajo (pero no su jugosísimo retiro) y los medios de comunicación pertinentes informaron que el petróleo y los disolventes empleados para hacerlo desaparecer no envenenarían el agua. El mismo regente de esos Estados norteños se acaba de bañar en las aguas hasta hace poco pringadas de crudo delante de las cámaras de televisión, para mostrar a su gente que allí no ha pasado nada.

Y yo vuelvo a preguntarme si esas disculpas (y todo el montaje asociado) servirán para devolverles la vida a todos los animales marinos muertos, o el trabajo a los pescadores de la zona, o la limpieza a unas aguas que, si bien no eran límpidas y puras, sustentaban unos ecosistemas únicos.

Los directivos de las entidades financieras y bancarias pidieron disculpas por todos los desbarajustes que han creado y que han llevado a la más reciente crisis económica global. Tras pedirlas, volvieron a sus mansiones en sus cochazos, a consultar en sus super-ordenadores el estado de sus doscientas cuentas bancarias escondidas en paraísos fiscales varios. Ellos ya habían cumplido pidiendo perdón. Pero... ¿acaso eso sirve para devolver el trabajo, la casa, la tranquilidad, la confianza o el dinero a todos, todos, todos los que ha perdido alguna de esas cosas (o todas ellas)?

Podría seguir poniendo ejemplos, pero creo que, si han soportado mi prosa hasta aquí, ya han entendido cuál es mi problema. A mi modo de ver, la disculpa debería usarse en aquellas ocasiones en las que ocurre algo que queda fuera de nuestras intenciones. En cualquier otro caso no se trata de una disculpa: se trata de una mentira o de pura hipocresía.

Y eso les estamos enseñando a nuestros hijos. A mentir para escapar de las consecuencias de sus actos. Y a ser hipócritas para no ser condenados socialmente por lo que hagan o dejen de hacer.

Pues nada, a ejercitarse entonces. Perdonen si algo de lo que escribí les ofende. Perdonen si mis conceptos no son precisos. Perdonen si se ven reflejados en esta entrada: no era mi intención retratarlos. Perdonen si...

9.8.10

Haz turismo invadiento las realidades ajenas

Haz turismo invadiendo las realidades ajenas

Por Sara Plaza

Año tras año, ése parece ser el objetivo de muchas personas que deciden veranear en localidades rurales, bien porque fueron los lugares que los vieron nacer, bien porque buscan alejarse del sempiterno oleaje de las ciudades y recalar un tiempo en las mansas aguas de laderas y praderas. Entre esas numerosas personas hay de todo, como en botica, pero poco bueno. Bueno para los habituales pobladores de esos valles y esas llanuras, se entiende. Y es que salvo algunos negocios que ven aumentar su clientela de manera exponencial, léase terrazas de bares y restaurantes, tiendas de diversos ramos, chiringuitos junto a la piscina y kioscos, los vecinos de las poblaciones rurales vemos cómo toda esa gente recién llegada invade nuestro horizonte cotidiano más allá de la puerta de casa y cómo se cuela en nuestra intimidad cruzando esa misma puerta sin ningún sonrojo.

Muchos de esos veraneantes se creen dueños y señores de calles y caminos que recién pisan, de plazas y rincones que recién cruzan, de bancos de piedra o madera en los que recién se sientan, del aire que por fin respiran y del agua que toman de las fuentes. Deben pensar que todo lo han puesto ahí para ellos, que todo está dispuesto para su uso y disfrute, que pueden ir y venir por donde quieran, que pueden entrar y salir por cualquier lado, que pueden hablar, gritar o reír en cualquier parte, que pueden hacer lo que les de la gana, que todo vale, que no hay horarios, que su libertad no acaba donde empieza la del vecino, que son los más listos, los más guapos y los más graciosos.

Pareciera que estén dispuestos a saltarse todos los límites que sí respetan el resto del año, todas las normas que siguen en ese tiempo, todos los códigos éticos, de buena educación y de respeto que suscriben en sus propios hogares. Sin ninguna legitimidad vienen a dar lecciones y no permiten que nadie les enseñe un par de cosas que debieron haber aprendido cuando aún gateaban. No nos queda más remedio que escuchar sus conversaciones telefónicas día sí y noche también, pues escogen hablar a voces por el móvil mientras giran sobre sus propios pasos a la puerta de otro. Nadie nos salva de tragar el humo de sus barbacoas, de sus 4x4, de sus motos y de sus quads. Tampoco de ingerir sus muchas estupideces mientras caminan, corren o pedalean alborotados con sus numerosos gadgets. Te guste o no la música tienes que bailar, pues la ponen a un volumen tan ensordecedor que se cuela por las ventanas y estremece los cimientos de cualquier vivienda.

Su descanso nos cansa, su charla nos ensordece y sus bromas no tienen la más mínima gracia. Eso sí, sus disfraces de exploradores nos dan la oportunidad de hacer algún que otro chiste. Lo que no es en absoluto chistoso es adentrarse en los pinares y encontrar que han arrancado y tirado por ahí montones de setas y hongos, que recojan moras de zarza para hacer dulce porque te vieron hacerlo a ti, pero no sepan cómo ni les den ganas después y terminen echándolas a la basura, que se metan en cualquier propiedad privada y agarren frutas y hortalizas que no les pertenecen porque les resulta divertido y "total, todo es campo y el campo es de todos". Pues no señores, ni todo es campo, ni todo es ustedes. Ya está bien de invadir las realidades ajenas, de colarse en nuestra cotidianeidad y mudar nuestros sueños en pesadillas. Ya está bien de apropiarse de lo que no es suyo y de ensuciar y romper lo que venimos cuidando entre todos.

Alguna vez, alguien debería ocupar un ratito los espacios habituales de estos turistas indeseables, colonizar su territorio cotidiano, sus conversaciones y sus paseos, colarse sin ser invitado en su intimidad, adueñarse de todo lo que les rodea. Tal vez así se dieran cuenta de lo molestos que resultan y de lo poco bienvenidos que son cada verano.

3.8.10

Sobre periódicos y periodistas

Periodismo

Por Edgardo Civallero

Releyendo por enésima vez las "Crónicas del Ángel Gris", del argentino A. Dolina, me encuentro (por enésima vez también) con un capítulo que hace referencia al periodismo, y a cómo los lectores, por el mero hecho de obtener cierta cantidad de información (mínima, y deformada quizás), creemos estar en posesión de verdades absolutas.

Les dejo una parte del capítulo, titulado "Refutación del periodismo", para que le echen un vistazo... y piensen un rato.

Según una historia inventada por Borges, el célebre médico y filósofo Averroes jamás había tenido noticias de la existencia del teatro. Así, cuando un viajero le cuenta que ciertas personas fingían sufrimientos y pasiones delante de otras, el hombre se llena de perplejidad.

Tal vez, si alguien expusiera ante el propio Averroes los caprichosos entreveros de causas y efectos que dan lugar al periodismo, también provocaría el asombro del pensador cordobés.

Es que el periodismo es otra cosa absurda: un grupo de trabajadores procura que el mayor número posible de personas conozcan ciertos episodios supuestamente interesantes. Tales episodios no tienen, como podría suponerse, un propósito educativo, aleccionador o artístico. Son simplemente cosas que ocurren en diferentes lugares del mundo: un hombre estrangula a su cuñado en Estambul, aumenta el precio de los cereales en Oslo, reeligen a un concejal en Manila. Y las muchedumbres pagan para enterarse de esos hechos.

La sorpresa de Averroes sería mayor si alcanzara a enterarse de la indirecta intervención que a través de la publicidad tienen los vendedores y mercaderes en todo este proceso.

Nuestra vecindad con tan fantásticas realidades nos exime del estupor, así como los habitantes de Iguazú no caen desmayados cada vez que ven las cataratas. Sin embargo, tal vez valga la pena especular un poco sobre este apasionante asunto.

Hasta los espíritus más obtusos reconocen que el auge de los medios de comunicación ha cambiado la vida de los hombres a partir del siglo XIX. Cada vez resulta más dificultoso preservar impoluta la ignorancia. Las noticias y los conocimientos acechan en todas partes. La radio, la televisión y los diarios nos arrojan nociones en la cara y ya no es posible evitar enterarse de cosas tales como el nombre del presidente de los Estados Unidos.

(...) Diariamente se nos propone como paradigma el "hombre bien informado", que al parecer es un sujeto que conoce la cotización del franco suizo, las andanzas sentimentales de los cantores de boleros y los problemas que presenta el cultivo de papas en Balcarce.

Pero sucede que la exposición periodística está condenada fatalmente a cierta economía de razonamientos que no siempre conduce al conocimiento cabal. Y se produce entonces un fenómeno que a mi juicio es fatal para el pensamiento de nuestro tiempo: millones de personas creen saber cosas que en realidad ignoran. El mundo está lleno de mentecatos que se consideran en el caso de opinar sobre cualquier cuestión.

Utilizan para ello opciones ajenas, menesterosos argumentos que se venden a tres por cinco y cuya difusión corre –casi siempre- por cuenta del periodismo. Existen revistas que explican la teoría de la relatividad en dos carillas y con una ilustración que muestra a dos trenes que parten al mismo tiempo de diferentes estaciones. Los diarios solventan una teoría audaz acerca de las causas de la inflación mediante un recuadro de dos columnas. Y aún desconociendo yo enteramente la teoría de la relatividad y las causas de la inflación, me atrevería a jurar que se trata de arduos asuntos, cuya cabal comprensión reclama mucho más que diez minutos.

Quizás pueda decirse que esto sucede porque el periodismo ha extendido su campo de acción y no contento con informar, opina y esclarece.

(...) Cabe, como meditación final, recordar que éste fue originalmente un artículo periodístico. Con eso quiero decir que su lectura podrá servir para matizar la espera en la peluquería, pero jamás para empaparse en el conocimiento de nada. Este morocho que escribe no tiene más pretensión que la de suscitar pequeñas inquietudes. Para satisfacerlas habrá que recurrir a los que saben.

Dolina, Alejandro. Crónicas del Ángel Gris. Bs.As: Ediciones de la Urraca, 1995. Cap. 47, "Refutación del periodismo", pp.245-248.

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