24.7.10

Todos somos inmigrantes

Todos somos inmigrantes

Por Sara Plaza

Hoy voy a servirme de las palabras de otros para que me ayuden a decir parte de lo que pienso y siento respecto de las políticas migratorias que están poniendo en práctica países como el que me vio nacer.

En primer lugar, me gustaría transcribir en este espacio un pedacito de una reciente entrevista a Javier de Lucas, catedrático de Filosofía del Derecho de Universidad de Valencia y autor de libros como "Puertas que se cierran. Europa como fortaleza" (Icaria, 1996), "Globalización e identidades" (Icaria, 2003), "Inmigrantes: ¿Cómo los tenemos? Algunos desafíos y (malas) respuestas" (Talasa Ediciones S.L., 2002), "Europa: convivir con la diferencia" (Tecnos, 1994), "Blade Runner; El derecho, guardián de la diferencia" (Tirant lo Blanch, 2003), "La integración de los inmigrantes" (Centro de Estudios Constitucionales, 2006) o "La igualdad en los derechos: claves de la integración" (S.L. Libros Dykinson, 2009). Esta entrevista es una producción de ATTAC.TV y LA ANTENA Sociedad Cooperativa Valenciana, y la respuesta del profesor de Lucas que yo quiero compartirles tiene que ver con la siguiente afirmación: Inmigrantes sin derechos: el camino a una sociedad sin derechos

Lo que me parece más importante destacar en este momento en relación con las políticas de inmigración de España y de la Unión Europea es el cinismo que se ha instalado y que ha contaminado a la opinión pública, y que a mí me parece que es gravísimo desde el punto de vista del Estado de Derecho –porque nos está perjudicando a nosotros mismos, no a los inmigrantes- respecto a cómo tratamos nosotros a los inmigrantes. O sea, el problema es que nosotros creemos que estamos en un asunto de un punto de inflexión en las relaciones entre nosotros y ellos [...] Y yo creo que eso no es así. Yo creo que ignoramos, primero, que la presencia estable entre nosotros de los inmigrantes va a seguir y que, con independencia de la crisis que produce movimientos de retorno, incentivados además por el interés económico del Estado en no pagar derechos –a los que se tiene derecho- y en tratar de echarlos fuera, [...] la inmigración asentada no se va a eliminar. Y lo único que puede pasar es que haya cada vez más una vuelta a la clandestinización de una parte de esa inmigración asentada, y otra parte que se desarrollen las reacciones xenófobas de la población que cree en ese discurso.

Pero es que lo que se nos va en ese discurso [...] son elementos básicos del Estado de Derecho como el principio de igualdad, como el principio de garantía de los derechos, como el principio de presunción de inocencia. Como cosas más concretas, pues el derecho a tener una unidad familiar. Como casa más concretas, la protección del interés del menor. Es decir, disparates jurídicos como el de la Directiva de retorno [(1)] se explican con el argumento –que en realidad nunca está argumentado- de la crisis. Pero es que la Directiva de retorno es un golpe letal a principios del Estado de Derecho, porque directamente niega derechos básicos reconocidos en la Convención de Derechos del Niño (en el caso europeo) y en el caso español, en la Ley Orgánica de Protección del Menor con el argumento de que estamos en crisis y son inmigrantes.

[...] En el fondo lo que está pasando y lo que va a pasar con la precarización de los trabajadores, con la eliminación de los derechos económicos sociales de los trabajadores, en la que estamos en este momento -véase la Reforma Laboral en la que estamos embarcados, véase la reducción de las prestaciones en pensiones, en Seguridad Social, en vejez, en enfermedades, etc-, [es que] todo eso no va a poderse parar porque hemos empezado por decir que "bueno, para éstos vale suspender esos derechos".

Y eso es lo que a mí más me preocupa, que la población se acostumbre a pensar que por x razones, porque son inmigrantes, o porque son mayores de 50 años, o porque son "enfermos" por tabaco, no pueden tener los mismos derechos que tienen los demás. Una vez que se instale esa línea de excepción coyuntural, la coyuntura se puede extender a cualquier coyuntura, y eso es que no afecta a los inmigrantes, nos afecta a nosotros. [...]

Así mismo, quisiera anotar algunas de las reflexiones del filósofo Tzvetan Todorov que aparecieron bajo el título "Todos somos extranjeros", en un extracto que publicó el diario El País de su discurso al recoger el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en el año 2008.

Por cómo percibimos y acogemos a los otros, a los diferentes, se puede medir nuestro grado de barbarie o de civilización. Los bárbaros son los que consideran que los otros, porque no se parecen a ellos, pertenecen a una humanidad inferior y merecen ser tratados con desprecio o condescendencia. Ser civilizado no significa haber cursado estudios superiores o haber leído muchos libros, o poseer una gran sabiduría: todos sabemos que ciertos individuos de esas características fueron capaces de cometer actos de absoluta perfecta barbarie. Ser civilizado significa ser capaz de reconocer plenamente la humanidad de los otros, aunque tengan rostros y hábitos distintos a los nuestros; saber ponerse en su lugar y mirarnos a nosotros mismos como desde fuera.

Y por último, concluir con los siguientes versos de Benedetti (2):

acaso el tiempo enseñe
que ni esos muchos ni yo mismo somos
extranjeros recíprocos extraños
y que la grave extranjería es algo
curable o por lo menos llevadero

acaso el tiempo enseñe
que somos habitantes
de una comarca extraña
donde ya nadie quiere
decir
país no mío.

(1) Sobre la Directiva de retorno puede leerse en Wikipedia y Lademocracia.es.
(2) Benedetti, Mario, «Comarca extraña», en Geografías, Madrid, Alfaguara, 1984, p. 94

Imagen.

20.7.10

Sonidos del pasado

Sonidos del pasado

Por Edgardo Civallero

¿Alguna vez se han preguntado cómo sonaría la música antigua originalmente?

(Y por música antigua me refiero a la verdaderamente antigua, o, al menos, a todo sonido ejecutado o cantado antes de la aparición de los primeros aparatos de grabación).

Yo me hice esa pregunta hace unos días, cuando me enfrenté a las imponentes fotografías de "Sonidos de América", un documento impresionante que el Museo Chileno de Arte Precolombino ofrece, junto a muchos más, para descarga libre en su archivo audiovisual (un rincón virtual que, por cierto, merece felicitaciones y muchas visitas).

Contemplando las flautas de cerámica que muestra el mentado libro electrónico, y observando los exquisitos detalles de trompetas, bocinas, silbatos, campanas y tambores, me dije que probablemente nunca vamos a saber qué sonidos lanzaban al aire esos instrumentos cuando aún estaban "vivos", ni qué tipo o estilo de música habrían compuesto e interpretado con ellos sus dueños primigenios: Nazcas, Mochicas, Chimúes, Atacamas, Incas

Por mucho que intentemos reconstruirla, por muchas teorías que las "mentes preclaras y lúcidas" de la arqueología y la historia elaboren, por mucho que repliquemos los instrumentos y los soplemos y golpeemos, por mucho que los observemos a través de rayos X, por mucho que se diga y se escriba, jamás averiguaremos como fue esa música realmente, cómo sonó, cuál fue su timbre, su volumen, su ritmo, su tempo, su candencia, su textura y, sobre todo, cuáles fueron las emociones que la alimentaron y cuáles las que alimentó en otros…

Y a uno le queda un agujerito dentro cuando se enfrenta a este tipo de revelaciones, y una tristeza enorme. La misma que sentiría si recibiese una decisiva e inesperada carta de amor 50 años después de ser enviada, y al abrirla encontrase sólo la mitad de la misiva. Es algo que uno sabe irremediable, un enigma al que no vale la pena enfrentarse, un problema sobre el que es mejor no pensar, pero que queda ahí, como una espinita.

Empecé entonces a preguntarme cómo hubieran sonado otras músicas. Por ejemplo, cómo sonaría originalmente Vivaldi, en un lugar (Italia) y en una época (la barroca temprana) en la que los grupos y pequeñas orquestas de cámara no se dirigían con una grácil y silenciosa batuta, sino al compás de un bastón violentamente percutido contra el suelo. ¿Imaginan el escándalo molesto de ese golpeteo, metiéndose en medio de las notas de las célebres "Cuatro Estaciones"? Una época en la que, además, los instrumentos clásicos recién comenzaban a desarrollarse y estaban todavía llenos de imperfecciones, de asperezas, de afinaciones torcidas… Una época en la que el diapasón de afinación de una ciudad no era igual al de otra y, por ende, algunos instrumentos no podían tocar en orquestas junto con otros porque estaban desafinados. Una época en la que las cuerdas de los violines eran de tripa, las flautas no tenían llaves y la mayoría de los vientos eran de madera. Dudo mucho que la música barroca (e incluso la clásica) sonara como lo hace hoy. No sería ni mejor ni peor, por cierto. Pero sería muy distinta. Precisamente como el compositor –Vivaldi, Bach, Mozart- quería que fuese. ¿No les intriga saber cómo sería eso?

Pensando en eso, seguí adelante con la dichosa pregunta. ¿Cómo sonarían todos esos instrumentos que hoy nos miran, lánguidos y tristones, desde las vitrinas de los museos? ¿Cómo habrán sonado esas liras encontradas en las tumbas de Ur, que probablemente acunaron el último sueño de los esclavos que acompañaban a la reina Suabi en su viaje eterno? ¿Cómo sonarían los instrumentos de las grandes dinastías chinas? ¿Cómo habrán sonado, a los ojos de los primeros europeos, esos tambores africanos que hoy adornan colecciones privadas en Europa pero que, originalmente, convocaban fiestas y guerras en el corazón del continente negro? ¿Cómo habrá sido todo eso originalmente?

¿Y si pasamos de la música a cualquier otro sonido? ¿El rugido de la multitud en el Coliseo? ¿Una batalla entre ejércitos medievales? ¿La voz de Cicerón en el senado romano? ¿Y la de Sócrates, o la de Homero, si realmente existieron?

Es en ocasiones como ésta, en las que comienzo a hacerme demasiadas preguntas inútiles, cuando no puedo dejar de sentirme un náufrago del tiempo. Sé que mis interrogantes no tienen respuestas, y que eso es algo irremediable: no hay forma de obtenerlas. Pero, antes de cerrar esta entrada, me doy cuenta de que, dentro de 500 o quizás mil años, alguien se preguntará cómo sonaba mi voz, o la de cualquiera de ustedes, o cómo sería la música que escuchábamos, tocada en origen, o como serían nuestras voces, o incuso nuestro idioma.

Y, consciente de cómo funciona nuestro mundo actual, sé que ese hombre o esa mujer del futuro tampoco podrán aliviar sus dudas. A pesar de que hoy tengamos herramientas que nos brinden la posibilidad de dejarles alguna respuesta como herencia.

13.7.10

Ellas también

Ellas también

Por Sara Plaza

El lanzamiento de "Tierra de vientos", la revista que acabamos de publicar sobre música y cultura de los pueblos andinos, nos ha proporcionado momentos de estudio e investigación verdaderamente apasionantes. Mientras el uno se sumergía en gramáticas y vocabularios de esa gran familia lingüística que es el Quechua para desentrañar los misterios de una canción, la otra buceaba en las páginas de "The UNESCO Courier" hasta dar con un hermoso artículo (1) de la investigadora boliviana Carmen Beatriz Loza, sobre de "la lengua secreta" machaj juyai y de sus protagonistas: los Kallawaya. En realidad yo había empezado nadando en las profundas aguas de mis diccionarios de inglés, y tenía entre manos la traducción de un artículo sobre las lenguas andinas que aparecerá en la revista el mes que viene. Pero como los diccionarios no traen toda la información que una quisiera en sus páginas, tuve que zambullirme en el océano digital a la busca y captura de unos curanderos nómadas que contaban en su haber con un extraordinario acervo de cocimientos referidos a animales, plantas, minerales, rituales, alimentación o música, con los que prevenir y sanar algunas enfermedades tanto del cuerpo como del espíritu.

La primera pregunta con la que lo molesté a Edgardo fue si sólo los hombres del pueblo Kallawaya podían curar. "Sí, creo que sí", me respondió. Lo volví a interrumpir al cabo de unos minutos: "Pero entonces, ¿las mujeres kallawaya no pueden desempeñarse como curanderas?". "Ya te dije que no, sólo los hombres". Como no me quedé del todo convencida inquirí nuevamente: "¿Estás seguro?". Silencio.

Las siguientes preguntas se las lancé al buscador de Internet, y entre otras cosas averigüé en primer lugar que el fallecido curandero kallawaya Hilarión Suxo dictaba "talleres en las comunidades para grupos de mujeres o jóvenes que quieren capacitarse y procurar ganarse la vida fabricando pomadas, tinturas o parches" (2). También supe que "[l]as mujeres kallawayas participan en ciertos ritos y se consagran a la salud de las mujeres encintas y de los niños." Y que "[e]llas tejen los paños que se utilizan en los ritos, cuyos motivos y adornos evocan la cosmovisión kallawaya" (3).

Mi siguiente aprendizaje fue que "[l]a historia kallawaya está escrita en los tejidos que hacen las mujeres. La historia de la comunidad y de la persona que crea una pieza está presente en cada tejido kallawaya. Los elementos que rodean su cotidianidad -sol, agua, tierra, aire- se representan de alguna manera y también se incluyen los momentos afortunados o tristes por los que ha pasado la tejedora. Los textiles son como libros para quien sabe leerlos. Cada elemento de las llicllas, cuyo uso varía según el tamaño convirtiéndose en tapetes, manteles, cubrecamas y ponchos, es una señal de identidad, de modo que sólo con ver la ropa ya se sabe de dónde viene quien la usa" (4).

Pero hasta que no encontré el blog del periodista español Alexander Ayala, no me di cuenta de que había estado leyendo retazos de la historia de las mujeres kallawaya de un modo bastante desordenado. En una de sus entradas (5), las conclusiones de otra investigadora, Ada Álvarez Celis, iban a sacarme de dudas: existían curanderas Kallawayas, pero sólo desde tiempos muy recientes y con limitaciones. Esta nieta de kallawaya, que participó en los talleres sobre plantas y ritualidad que se daban en Chari, explicaba que en un primer momento de la historia de los médicos naturistas la mujer estaba relegada y los conocimientos y prácticas se transmitían durante los viajes que realizaban estos hombres y sus aprendices. Sin embargo, desde hace pocos años, las mujeres sí son aceptadas en los cursos y están siendo un pilar para la recuperación de los saberes que, según comentaba Ada, dejaron de transmitirse por la desconfianza y la sospecha que se generó con la llegada de los "gringos" en busca de los secretos de la farmacopea kallawaya. La investigadora señalaba además que en el hecho de que las mujeres migren menos que los hombres ha podido influir también para que ellas puedan formarse como naturistas "[a]unque las mujeres no podemos salir de viaje", tal y como lo aclaraba Nora Lizárraga un poquito más adelante en el texto de Ayala.

Estaba contenta. La traducción en la que venía trabajando se iba a retrasar un poco, pero ahora sabía un poquito más sobre las mujeres kallawaya y la siguiente vez que distrajese la atención de Edgardo sería para compartir el resultado de mis pesquisas.

"¿Sabes qué?, hay curanderas entre los kallawaya". "¿Ah, sí?"

(1) Los secretos del machaj juyai-kallawaya. Ver.
(2) Cosmovisión Kallawaya. Ver.
(3) La cosmovisión andina de los Kallawayas. Ver.
(4) Los tejidos de los Kallawayas. Ver. Ver.
(5) Blog de Alex Ayala. Ver.

La danza Kallawaya. Ver.
Kallawayas sin fronteras. Ver.
Instituto Boliviano de Medicina Tradicional Kallawaya. Ver.
Un documental para salvaguardar la tradición Kallawaya. Ver.
UNESCO - Listas de patrimonio inmaterial. Ver.

Imagen.

6.7.10

Cadenas de errores


Por Edgardo Civallero

El boca a boca ha sido uno de los métodos más tradicionales para compartir, transmitir y perpetuar cualquier tipo de conocimiento, desde el más nimio hasta el más importante. Cierto es que los primeros solían quedar a la vera del camino de la oralidad y de la historia, y de ellos no volvía a hablarse. Al no ser nombrados, pronunciados y recordados, se perdían. Los otros sobrevivían, aunque muchos sufrían notables alteraciones.

Dicen los que saben que la escritura permite que los olvidos, en esa cadena de transmisión de saberes, sean menos, y que todo aquello que pueda ser plasmado en un papel (o en un soporte digital, en estos modernos tiempos que nos hacen vivir) tiene más posibilidades de sobrevivir al silencio. Dicen también que, al ser escrito, no sufre ningún tipo de transformación: permanece inalterable por los siglos de los siglos, para que el valor de lo que transmite no se pierda.

Ocurre que muchos, por el mero hecho de encontrar algo escrito (o fijo en cualquier otro soporte que lo haga escapar del destino incierto que le aguardaría), creen a pie juntillas en lo que dice, y así lo repiten. Muy pocos se detienen a analizar la veracidad de esas palabras. Las leen, las dan por buenas y las repiten. Nadie está libre de ese error. Y puede suceder en cualquier disciplina, con cualquier temática y en cualquier ámbito.

Hace poco comprobaba lo dañina que puede ser la práctica de repetir sin comprobar lo que se repite. En la revista "Tierra de vientos" (que acabamos de lanzar esta semana y versa sobre música y cultura de los Andes) decidí crear una sección en la que colocar la letra de una canción popular andina. Mi primera elección recayó sobre "Tinku", un tema tradicional boliviano, cantado en lengua quechua y que no pocos grupos musicales incluyen en su repertorio en nuestros días. Grande fue mi sorpresa cuando no encontré ninguna trasliteración de tal letra. Miento: encontré unas cuantas en Internet. Pero todas ellas parecían repetir lo que algún bienintencionado anotó en alguna página de la web. Se trataba, por decirlo amablemente, de un amasijo de "palabras" "quechuas" intraducibles y sin ningún sentido.

Decidí rastrear las fuentes originales de la canción y descubrí que, allá por la década de los 70, el famoso y recordado cantautor chileno Víctor Jara fue el primero en grabarla (y, por ende, en "salvarla del olvido"). Probablemente Jara la escuchara de boca de algún músico boliviano. El caso es que, desconocedor de la lengua quechua como era, el insigne chileno repitió lo que oyó sin molestarse siquiera en preguntar que significaban aquellas estrofas.

Pocos años después, el (también famoso y también chileno) grupo Inti-Illimani incluyó "Tinku" en su primer disco dedicado a la música andina. Y aquí comenzó una cadena desafortunada: Inti-Illimani repitió lo que cantaba Víctor Jara... según ellos lo entendieron. Donde Jara decía "Chisi" (Esta noche), Inti-Illimani dijo "Sisi" (hormiga) y así sucesivamente. Pueden ustedes imaginar el monumental despiplume que se armó. Pero nadie pareció molestarse en preguntar qué diablos significaba toda aquella jerigonza en alguna "lengua india". El ritmo era agradable, la canción era pegadiza y eso bastaba.

Los cancioneros de la época incluyeron "Tinku" entre sus letras. Y la trascribieron tal cual sonaba. Así la fueron aprendiendo, generación tras generación, varias hornadas de jóvenes músicos andinos, que salieron por los escenarios del mundo a popularizar aquella tonada potosina de origen anónimo y significado críptico. Cada vez más críptico, a decir verdad, pues cada uno fue interpretándolo arreglo a su paladar. Y los públicos, las audiencias internacionales, hicieron lo propio.

Con el surgimiento de Internet aparecieron esos sitios en los cuales se postean letras de canciones. Y entre ellas estaba "Tinku". Para ese entonces ya la confusión había alcanzado límites supremos. Pero lo peor ocurrió cuando algunas "autoridades de la lengua quechua" decidieron traducir la canción... a partir de los despojos ininteligibles que encontraron en esos cancioneros en línea. Así, los músicos andinos nos enteramos de que, al parecer, las hormigas se emborrachan junto a culos viejos (¿!?) y que la hermanita de alguien quiere matar a un fulano indeterminado.

Nadie preguntó. Nadie dudó. Nadie revisó. Y el error se convirtió en una bola de nieve que fue creciendo gracias a los enormes granos de arena aportados por todos.

¿Buscamos paralelos en las noticias erróneas que nos pregonan los informativos cada noche y que luego otros comentan y otros tergiversan y otros aumentan hasta convertir el suceso original en algo que jamás ocurrió? ¿O en los artículos científicos que perpetúan imbecilidades sin que a nadie se le ocurra echar mano del tan renombrado y poco usado "método científico", que dicta a cualquiera que se tenga precisamente por "científico" que lo primero que debe hacer es poner en duda a las autoridades y a los trabajos previos, y comprobarlos? ¿O en las leyendas urbanas, que de golpe y porrazo surgen y se convierten en realidades alternativas? ¿O en los mitos antropológicos, sociológicos, psicológicos y artísticos, aparecidos quién sabe de dónde y cuestionados por nadie?

A veces es bueno dudar. Tomarse un momento, preguntarse de dónde viene lo que tenemos entre manos, quién lo dijo, por qué, en qué se basó... Y, tras eso, seguir adelante. No sólo evitaremos cadenas de errores como la del "Tinku" (una mera anécdota tonta, puesta al lado de otras cadenas de errores realmente graves), sino que aprenderemos a ser un poco más críticos en este mundo moderno en el que parece que lo que prima es tragar sin masticar y defecar sin digerir.

PD. Mi aventura con el "Tinku" terminó pronto. Trascribí la letra que cantaba Víctor Jara en su grabación original y, frase a frase, comencé a reconstruir cómo pudieron haber sonado esas palabras originalmente, teniendo en cuenta los vicios de los castellano-hablantes cuando pronunciamos el quechua. Luego eché mano de diccionarios y gramáticas, buscando todas las variaciones dialectales y las traducciones posibles. Pude reconstruir completamente una estrofa en su lengua original y esbozar las otras dos, brindando una traducción aproximada que, de alguna forma, tiene sentido. Pero al final de mi trabajo entendí que el daño ya estaba hecho, que era muy grande y que sólo me quedaba proponer posibilidades.

Lo que alguna vez fue la letra del "Tinku", lo que decía o quería decir, lo sabrán sus pretéritos autores y, quizás, algún músico quechua potosino, de esos que no acostumbran postear letras en Internet porque maldita la falta que le hace.