30.3.10

La historia esta

La historia esta

Por Edgardo Civallero

Tomo prestado el título de esta entrada a una canción del argentino León Gieco (confiando en no sufrir demandas por violación de derechos de autor; la cosa, últimamente, está que arde). Quizás la hayan oído. Empieza diciendo:

¿Alguna vez sentiste en un espacio
de tu imaginación
el grito de los perdedores,
que es sordo y mudo
aunque griten juntos?

León habla, en su tema, de la historia argentina durante los "años de plomo". Pero lo que cuenta puede aplicarse a cualquier historia. Sea donde sea, se trate de quien se trate, la historia de los perdedores siempre es sorda y muda.

Porque para eso ellos son los perdedores. Y para eso los vencedores se dieron suficiente maña y aplicaron todo su poder a la hora de silenciar toda voz que no fuera la propia.

Al contrario de lo que pueda creerse, la historia de los vencidos no desaparece bajo el peso de la "oficial". Queda oculta, sí, y sumergida, pero allí sigue, repicando en las memorias, contándose en voz baja, porque no puede morir. Porque fueron muchos los que defendieron con sus vidas ciertas ideas, o un manojo de valores, o determinadas realidades. Y todo eso no puede desaparecer así como así. Está destinado a perdurar. Aunque sea en voz baja. Aunque sea en los rincones de nuestra cultura y de nuestro universo. Y a pesar de que algunos fragmentos, merced a las duras manos del tiempo, vayan quedándose tirados a la vera del camino.

Uno echa la vista hacia atrás y comienza a revisar el tránsito de la especie humana por el mundo, y se encuentra inexorablemente con tragedias sin parangón. Curioso, lee lo que se ha escrito sobre ellas: un cúmulo de razones y hechos medianamente fundamentados con los que se intenta explicar lo inexplicable: la crueldad, la masacre, el genocidio, la venganza, la injusticia, la barbarie. Y comienza a hacerse preguntas. "¿Qué pensaron los otros?", por ejemplo. "¿Qué pensaron, o que pensarán de todo esto que ha quedado escrito, que se enseña en nuestras escuelas? ¿Que opinarán de ello los vencidos, los que perdieron en el choque, los que fueron y son aplastados y vejados, los que soportaron y soportan la humillación y la vergüenza?".

Y uno comienza a revisar, y a preguntar(se), y a evaluar las fuentes de la "historia oficial". Y es entonces, justo entonces, ante tanto remover el pasado para buscar pistas, cuando se alzan las voces airadas, temerosas de que el statu quo se tambalee. Y comienzan las acusaciones: "revisionista", "rebelde", "inconformista", "demagogo", "anti-patriota", "charlatán" y algunas otras de peor jaez que prefiero no teclear aquí por eso de las buenas costumbres.

Cada vez que uno abre la boca para exponer dudas sobre lo que cuentan los manuales y compendios de historia, siente que atraviesa la famosa puerta dantesca en cuyo dintel se anunciaba: "Abandonad toda esperanza, vosotros los que entráis". Los dedos se alzan, las voces enronquecen de tanto alegar, la furia y la ira buscan que lo que ha sido tapado permanezca así.

Uno entonces argumenta para sí que cuando las razones que se dan son buenas, no hace falta defenderlas con códigos y acciones violentas. Y sospecha que cuando se protegen con rabia, cuando levantan ampollas, no son tan buenas como se dice y algo esconden.

Y continúa registrando, excavando, revisando. Hasta que da con lo que busca, oye la otra campana y descubre muchas cosas.

Entiende las desequilibradas pirámides sociales, basadas en mentiras y engaños tan viejos como la humanidad. Comprende los primeros, segundos, terceros y cuartos mundos como la herencia de un orden escrito por manos interesadas. Desvela reclamos nunca atendidos, acusaciones jamás aceptadas, crímenes que no recibieron ni recibirán castigo, etiquetas marcadas en la piel y perpetuadas por las mismas manos que las infligieron...

Y uno se da cuenta de que no interesa que las razones "oficiales", tan laboriosamente urdidas a lo largo de los siglos, proclamadas a los cuatro vientos por monumentos y documentos, sean movidas de donde están. Porque el mundo sería otro.

Sin embargo, somos muchos los inconformistas que rascamos la superficie de lo que nos enseñan y procuramos ir un poco más allá. Porque hemos aprendido que, como cantó León Gieco en "Mensajes del alma", "ningún dolor se siente mientras le toque al vecino". Quizás no podamos cambiar nada. Pero explorar lo que sintió "el otro", sea quien sea y esté en la posición que esté, puede ayudarnos a entender lo que realmente sucedió, no lo que quieren que creamos. Es un ejercicio difícil, doloroso a veces y que pocos están dispuestos a realizar. Porque destruye nuestra comodidad, nuestra estantería cuidadosamente armada y ordenada. Pero es necesario. Al menos, si queremos tener una idea más equilibrada del camino que venimos transitando en este escenario del mundo. Porque probablemente resulte ser el mismo que nos conducirá al futuro.

No se trata de "darle voz a los sin voz". Porque, por un lado, ellos ya la tienen. Otra cosa es que queramos oírla. Y porque, si a pesar de eso les "damos voz", lo haremos a conveniencia nuestra, o desde nuestro punto de vista. Y eso no sirve de nada.

Se trata simplemente de encontrar y escuchar esa voz y las historias que quieren contarnos. Y de hacerlo con ganas de aprender. Pueden descubrirse muchas cosas valiosas, tanto de nuestro pasado como de nuestro presente.
El final de la canción de Gieco es un excelente consejo:

Déjate atravesar por la realidad
y que ella grite en tu cabeza.
Porque es muy malo dejar pasar
por un costado
a la historia esta.

Imagen. Foto de pauldrummer, "Blablabla".

23.3.10

Optar por la valentía

Optar por la valentía

Por Sara Plaza

"No se trata de dar tu vida sino el resto de ella"(1), más o menos ésa fue la reflexión que le regaló un amigo a Kumi Naidoo, el actual Director Ejecutivo Internacional de la asociación ecologista Greenpeace, tal y como él lo relataba en una entrevista de Stephen Moss que apareció en el diario británico The Guardian el lunes 30 de noviembre de 2009.

Recuerdo haber releído esas palabras tres o cuatro veces antes de concluir el texto de Moss, y recuerdo haberlas colocado en uno de los estantes de mi frágil memoria al pasar aquella página. No sé por qué razón me hizo acordar entonces de los versos de Mario Benedetti en defensa de la alegría, y enuncié en voz baja aquella maravillosa primera estrofa: "Defender la alegría como una trinchera/defenderla del escándalo y de la rutina/de la miseria y los miserables/de las ausencias transitorias/y de las definitivas".

Pues bien, hace unos días volví a pensar en eso de dar el resto de la vida y defender la alegría, como un principio y como un destino, al cerrar el libro de La noche de los tiempos(2), la última novela del escritor español Antonio Muñoz Molina. Su protagonista, Ignacio Abel, enumera hacia el final de la historia todo lo que ha vivido en Madrid durante el verano y los primeros días del otoño de 1936, y en su recuento de los hechos y de sus propios sentimientos llega a la conclusión de que se ha equivocado en todo, pero más que nada en su sueño de progreso y desarrollo para España. Algo que él había considerado perfectamente racional en el presente y en el porvenir, y que para cuando estalló la Guerra Civil ya le resultaba completamente insensato y mucho más ilusorio que los desvaríos ideológicos de los demás. El personaje repasa a lo largo de varios párrafos sus múltiples equivocaciones y, finalmente, manifiesta su sorpresa al descubrir que "el sentido común era la más desacreditadas de las utopías".

Dos amigos, un poeta y un novelista habían conseguido que algo estuviera rondándome en la cabeza y no sabía muy bien el qué. En ella pululaban la vida, la alegría y el sentido común. Los había rescatado de sucesivas lecturas y estaban armando un gran revuelo en mi interior con sus exigencias: emplear bien la primera, salvaguardar la segunda y devolverle el crédito al tercero. De la buena vida habían discutido varios filósofos, de la alegría un grupo más reducido y el sentido común lo había utilizado con auténtica maestría y grandes dosis de ironía uno muy particular, Sócrates, a quien sus detractores, con total falta de él, condenaron a muerte.

¿Qué demonios me bullía en la cabeza? ¿Otra vez la punzada de inconformismo? ¿El empeño en revisar cuál era la proporción de verdad en lo dado por sabido? ¿La búsqueda de conocimientos más sólidos? Antes de seguir adelante me dije que conocimientos más sólidos no son certezas, y que el inconformismo, algún grado de desobediencia o cierto nivel de insumisión tenían todo que ver con el hecho de dudar. Estaba frente a la célebre frase del mencionado filósofo griego.

Ahora, además de la vida con sus ganas de latir, la alegría con su bandera y el sentido común reclamando atención, el desconocimiento se sumaba a la algarabía. Y a este había que pararle los pies. ¿Qué hacer? Me tomó algo más de tiempo dar con un posible remedio para la desazón que sentía, hasta que por fin escogí la valentía. La valentía de intentarlo y de equivocarse; la de enseñar los dientes cuando hace falta y la de reírse cada vez que hay ocasión y hasta sin ella; la de hablar y la de escuchar; la de no acatar condenas de quienes nos acusan de pensar por nosotros mismos y la de seguir haciéndolo.

Dado que el remedio que me propuse no está patentado por ningún laboratorio ni precisa de ellos para su elaboración y comercialización, cualquiera puede hacer uso de él de manera libre y gratuita. Eso sí, no esperen curas milagrosas: los pensamientos seguirán gritando y atropellándose dentro de nosotros cada vez que los agiten nuevas lecturas, las certezas serán pocas y las dudas irán en aumento. Son cosas que ocurren conforme vamos amueblándonos interiormente.

(1) Traducción de las palabras de Lenny Naidu: "It’s not giving your life, but giving the rest of your life."
(2) Muñoz Molina, Antonio. La noche de los tiempos. Barcelona: Seix Barral, 2009.

Imagen. Obra de Larry Poncho, "Link of courage".

16.3.10

E-papel, e-tinta, e-lector, e-libro

E-papel, e-tinta, e-lector, e-libro

Por Edgardo Civallero

Desde un tiempo a esta parte, mi faceta de diseñador y editor me ha llevado a adentrarme en el universo de los e-books, los libros electrónicos; ésos que, a decir de algunas grandes compañías editoriales internacionales, sustituirán en un futuro cercano al formato tradicional en papel.

Si bien no estoy para nada convencido de tal afirmación, y a pesar de estar seguro de que el libro en papel jamás va a ser desplazado —ni siquiera por las manos de los llamados “nativos digitales”—, me interesa mucho conocer las características, posibilidades y falencias de los nuevos modelos electrónicos. A pesar de que no dispongo de un lector de e-books, y de que sigo trabajando en mi vieja y fiel computadora traída de Argentina.

Parte de lo que he aprendido va aquí.

Para los que desconozcan el propio concepto de e-book, vaya una aclaración. El término —abreviatura convencional de “electronic book”— se refiere, coloquialmente, tanto al aparato lector como al propio libro. Me explico: un e-book es un pequeño archivo electrónico, un fichero con diferentes y abundantes extensiones que equivale p.e. a un documento de Word o de cualquier otro programa. Es necesario, pues, un software o programa que lo abra, lo despliegue, nos lo muestre y permita que lo naveguemos y lo hojeemos. Por otra parte, también se llama e-book (erróneamente) a un tipo de aparato de tamaño y forma similares a un libro convencional, pantalla plana y “tinta electrónica”, que permite la visualización y el manejo de ese archivo a través del mencionado software. Éstos últimos se denominan, con mayor propiedad, e-reader o “lector electrónico”.

Espero que a estas alturas no se hayan perdido, porque todavía no empieza lo bueno.

Distintas empresas han sacado al mercado un número bastante amplio de e-readers, es decir, de aparatos lectores de e-books. Entre lo más conocidos y difundidos están los Readers PRS de Sony, el Papyre/BeBook de Hanlin, el Nook de Barnes & Noble, el Cybook de Booken, el iLiad de iRex y el Kindle de Amazon, entre muchos otros (para una lista bastante completa y actualizada, ver aquí). La principal característica de estos lectores radica, por un lado, en su supuesta portabilidad, y, por el otro, en su pantalla y en su “tinta electrónica” (e-ink), un formato de visualización que imita el brillo mate del papel natural y el contraste oscuro de la tinta, y que permite leer “cómodamente” bajo el brillo directo del sol o en la penumbra más absoluta. De esta forma, los e-readers marcan una diferencia con los monitores de computadora, fatigosos para lecturas sostenidas (o breves...). Hasta ahora, esa “tinta electrónica” y esa pantalla poseen poca resolución y funcionan únicamente en blanco y negro, con lo cual un libro para niños, por poner un ejemplo, o un álbum de fotos, serían bastante aburridos de ver en estos lectores.

Otra de las características de los e-readers es que permiten ampliar y reducir el tamaño de la letra, tal y como podemos hacer con el zoom en nuestros navegadores de Internet o de algunos procesadores de texto. Eso es posible porque la mayoría de los formatos de e-book están basados en una versión del lenguaje html. Pero a eso llegaremos después.

Dije ampliar la letra. En efecto, sólo eso podemos hacer, de momento. Hasta donde he podido comprobar, la ampliación de imágenes es bastante difícil, si no imposible, lo cual es otro punto en contra que deberá superarse en un futuro cercano.

Eso sí: los e-readers proveen un buen número de gadgets, como un índice lateral que permite saltar de capítulo en capítulo, o elementos que permiten marcar el texto, señalarlo y demás. Cachivaches no les faltan, lo prometo.

En realidad, cualquier aparato capaz de mostrar texto en una pantalla (computadores portátiles, iPhones, iPod, iPad, teléfonos celulares/móviles, etc.) pueden convertirse en un e-reader, especialmente si se los puede proveer del software adecuado. Pero, en sentido estricto, sólo los que poseen “tinta electrónica” pueden recibir tal apelativo.

Bien... Cada uno de estos e-readers posee un software especial que permite leer ciertos formatos de e-book. Pero... ¿qué pasa si tengo un e-book pero no tengo un e-reader, como es mi caso? Afortunadamente, varios de estos programas pueden instalarse en una computadora. La mayoría de ellos son de código abierto, descargables y de uso gratuito, y hacen su trabajo bastante bien. Algunas de esas piezas de software, además, permiten convertir e-books de un formato a otro, agregar metadatos y editarlos. Entre ellos destacan Calibre (libre), Stanza de Lexcycle (libre), FBReader (libre), Azardi (libre) y Adobe Digital Editions (libre, de momento).

Existen, además, algunas plataformas que permiten subir e-books y leerlos, como Bookworm o Bookglutton.

Finalmente, llegamos a los formatos. Actualmente, y si no estoy desactualizado, existen alrededor de una treintena de formatos diferentes de e-book. Pueden dividirse, grosso modo, en formatos propietarios y formatos libres. Los formatos propietarios son los que pertenecen a una determinada empresa. Sólo esa empresa puede generar ese formato, o proveer a sus usuarios de las herramientas (de pago) para convertir otros formatos al suyo propio. Los libres, por el otro lado, son precisamente eso: libres. Conociendo sus especificaciones, cualquiera con un poco de dominio informático puede generar por sí mismo un e-book. Doy fe: aunque todavía estoy en fase de experimentación, yo mismo lo hago para publicar mis trabajos literarios.

Un listado de los formatos más conocidos puede consultarse aquí.

Básicamente, una gran parte de estos formatos se basan en xml, una versión avanzada del lenguaje html, el usado para construir páginas web. Cada formato agrega luego una serie de elementos propios, que permitan la adición de metadatos, estilos y demás. En realidad, y siendo honestos, con el html basta y sobra para crear un buen libro digital y multimedia, pero... claro, ¿dónde quedaría el negocio, entonces?

Uno de los formatos más empleados hoy en día para generar documentos digitales es el pdf, ampliamente difundido tanto en su versión comercial de Adobe Acrobat como en sus diferentes versiones libres Open Source. Permite incluir ilustraciones, fuentes, metadatos y un largo etcétera. Pero (siempre hay un pero) un documento pdf no es “líquido”. Quiero decir que si cualquiera de ustedes hace zoom para ampliar la vista de un pdf, el texto no se adapta a la pantalla, no se redistribuye, no aumenta su tamaño: simplemente se sale de ella, y es preciso operar con las barras de desplazamiento para llegar al final de la línea que se está leyendo. Ése es uno de los problemas que hace que el formato pdf sea muy apreciado para distribuir y leer documentos a través de la web y en computadoras personales, pero que no lo sea tanto en e-readers.

Otro de los formatos más elementales y más apreciados es el sencillo html, reconocido por la práctica totalidad de los e-readers y demás lectores. Los documentos de texto plano (formato txt) o enriquecido (formato rtf) o los documentos de Word o de cualquier otro procesador de texto también son usados para e-books, y suelen ser reconocidos por muchos lectores. Y cualquiera puede crearlos. El problema es que no permiten agregar metadatos y demás elementos auxiliares con la facilidad que se desearía, y que los estilos e imágenes pueden llegar a ser dificultosos o simplemente nulos.

Quizás uno de los formatos más promisorios en este momento es el epub. Se trata de un formato abierto y libre que está ganando muchos adeptos por sus posibilidades, por su buen desempeño y, sobre todo, porque son muy sencillos de construir. Se trata de convertir un texto en html, proveerlo de una hoja de estilos CSS (que permita señalar, por ejemplo, dónde van las cursivas y los colores, qué formato tendrá cada párrafo, cómo se verán los títulos y cualquier otra cosa que imaginemos) y dotarlo de cuatro archivos especiales que generarán un índice y una tabla de metadatos basada en Dublin Core. Cosa que los bibliotecarios agradecemos mucho. Aún tiene varios inconvenientes, pero, a mi entender, es uno de los formatos más versátiles que existen en el momento, y hay una amplia comunidad de informáticos y autores que están trabajando ahora mismo para solventar sus falencias y dotarlo de nuevas posibilidades.

Entre los fans de los e-books, los formatos más empleados actualmente son el fb2 y el mobi. El fb2 puede generarse directamente desde Open Office, versión Open Source del Office de Microsoft. Para crear e-books en formato mobi hace falta un poco más de trabajo, pero existen conversores online que lo hacen bastante bien.

Por último, no puedo dejar de señalar la propuesta Sophie del Institute for the Future of the Book (Instituto para el futuro del libro). Es un programa aún en progreso, de descarga libre, que permite generar libros multimedia. En su página web pueden verse algunos ejemplos, que si bien no son para tirar cohetes, parecen bastante promisorios.

¿Cuáles son las ventajas declaradas del e-book sobre el libro tradicional? Su disponibilidad, su portabilidad y capacidad de almacenamiento (pueden llevarse docenas de libros almacenados en un simple aparato, aunque... ¿para qué quiero llevar conmigo docenas de libros?), la posibilidad de leer con luz baja o a oscuras, los costos, la distribución y, según señalan algunos, los problemas ambientales (un e-reader no gasta papel ni tinta, aunque pocos hablan del potencial contaminador de las baterías y los componentes de esos aparatos). ¿Las desventajas? Los cambios tecnológicos casi diarios (que hacen que el aparato que uno compra hoy sea obsoleto en dos meses), la disponibilidad de títulos (escasa), el aspecto estético (ni punto de comparación: el e-reader es frío y aséptico, no huele, no tiene textura ni marcas, es totalmente impersonal...), la corta vida útil de un e-reader en comparación con la de un libro bien preservado, las falencias a la hora de transmitir visiones artísticas o de jugar con las formas y los contenidos, la seguridad (un golpe a un e-reader y adiós aparato...), y una lista accesoria bastante extensa.

Los libros digitales llevan conviviendo con nosotros desde hace cuatro décadas. Desde que, en 1971, Michael Hart lanzara el hoy famoso Proyecto Gutenberg. Los bibliotecarios, escritores y lectores los hemos visto transitar desde hace unos años como un elemento más de nuestra vida cotidiana (al menos, si teníamos acceso a Internet y a una computadora, por supuesto). ¿Por qué este revuelo actual? ¿Por qué tantas voces alzadas, tantas discusiones sobre el futuro del libro, tanto mensaje apocalíptico sobre el fin del papel? A mi modesto entender, se trata de movimientos comerciales que nada tienen que ver con el mundo cultural.

Simplemente eso. Comercio. Dinero. Empresas. Intereses.

Sin embargo, debo reconocer que la existencia de las formas digitales del libro y la posibilidad de acceder a Internet han permitido a muchos autores distribuir sus trabajos sin necesidad de publicarlos (mi caso es un ejemplo directo). O acceder a información estratégica. O simplemente disfrutar de alguna lectura ya desaparecida del mercado.

En nuestras manos —manos de usuarios, creadores y gestores, y no manos interesadas en los negocios— queda, en última instancia, decidir el mejor uso para cada formato. Ambos pueden coexistir pacíficamente y proporcionarnos sus mejores potenciales para nuestro ocio, nuestra educación y nuestra información.

Porque, esté en el formato que esté, para eso sirve un libro, en definitiva.

Imagen de goXunuReviews, "Amazon Kindle eBook Reader".

9.3.10

Me ha gustado leer

Me ha gustado leer

Por Sara Plaza

Al escritor y periodista Pascual Serrano cuando en una entrevista de Lucas Marcos para el diario digital L’Informatiu.com, afirma lo siguiente:

En los temas complejos […] Deje usted de ver la telenovela, deje de comprar el periódico, deje de ver la televisión y búsquese un buen libro sobre ese asunto.

Y también cuando recomienda:

[…] No ser nunca consumidor de un medio de comunicación que tú no hayas elegido […] Y sobre todo no querer saber lo último de lo último porque ese ritmo trepidante no te permite conocer con profundidad los asuntos.

Al ensayista, escritor y filósofo Santiago Alba Rico cuando sostiene, en un artículo titulado "¿Con qué derecho sobrevivimos a los muertos?", que:

La grosería, la descortesía, la mala educación han pasado a ser casi imperativos morales ¿Puede extrañar que, cuando se trata de "salvar el mundo", Occidente se apresure a mandar marines y turistas?

A las veteranas militantes feministas Betlem Cañizar, Marisa Fernández y Montserrat Cervera i Rodon cuando en su artículo "Reino de España, la nueva ley del aborto", además de analizar otras muchas cuestiones de esta ley, manifiestan que:

La nueva ley también establece el procedimiento siguiente: si una mujer quiere abortar antes de las 14 semanas, se le debe dar, tres días antes, información sobre derechos, prestaciones y ayudas a la maternidad. Desde nuestro punto de vista, este periodo de reflexión previo de tres días que establece el nuevo texto es una tutela inadmisible sobre las mujeres y un cuestionamiento de su capacidad para tomar decisiones.

A la investigadora Silvia Ribeiro cuando en el artículo "FAO y transgénicos, apuesta equivocada", junto a otras muchas críticas en él vertidas, denuncia que:

Es grave e irresponsable el intento de FAO de legitimar los transgénicos como solución al hambre y la crisis climática en el tercer mundo, […] lo que hace la FAO es condonar la apropiación de las semillas y la cadena alimentaria del planeta que crece por parte de unas pocas trasnacionales de transgénicos, lo cual agravará el hambre y el caos climático.

A Tamara de Gracia cuando en el artículo "Llegó el momento para que las mujeres guatemaltecas hablen y reclamen justicia" habla a favor del Tribunal de Conciencia para Mujeres sobrevivientes de Violencia Sexual durante el Conflicto Armado, que se ha llevado a cabo en Guatemala durante los días 3 y 4 de marzo, y expone claramente que:

La violación sexual fue una práctica generalizada y sistemática en Guatemala realizada por agentes del estado en el marco de la estrategia contrainsurgente, llegando a constituirse como una verdadera arma de terror en contra de las mujeres. […] El ejército era consciente de que las violaciones sexuales eran un arma eficaz para dañar a las mujeres y para romper el tejido social de la comunidad creando, además de las secuelas físicas y psicológicas, una gran estigmatización. El pasado no está desvinculado del presente. La historia actual del feminicidio en Guatemala es resultado del ancestral sistema de opresión contra las mujeres, así como de la impunidad y el silencio alrededor de la violencia cometida contra ellas durante la guerra.

A un viejito que periódicamente nos escribe a Edgardo y a mí, y en una de sus últimas cartas nos contaba que:

Se pueden recorrer kilómetros y tener las suelas del calzado gastadas pero los ojos ciegos, los brazos cruzados, el corazón seco y la mente perdida. No es lo mismo transitar que caminar. Sólo el que ha hundido con firmeza sus pies en la tierra es capaz de mostrar un rumbo a los demás, y, si es posible, recordando que la mejor manera de guiar a otro es yendo detrás de él. He comprobado en el camino que no siempre las suelas que mas se gastan son las que más caminan, muchas veces son las que peor pisan.

El manual "Educación para la Ciudadanía. Democracia, Capitalismo y Estado de Derecho" de Carlos Fernández Liria, Pedro Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero, e ilustrado por Miguel Brieva, por su paseo por la historia de la ciudadanía, su excelente sentido del humor y su envidiable manera de mover el piso que tan firme nos parece algunas veces.

Al poeta Luis García Montero, que me dibujó sonrisón con los últimos versos de su poema titulado "Versión libre de la inmortalidad".

Ni tú ni yo creemos
en la inmortalidad. Pero hay momentos
-oscuros, de penumbra o luz abierta-
donde se roza el mundo de los libros
y las ventajas de la eternidad.
Escribo este poema celebrando
que pasado y presente
coincidan todavía con nosotros
y haya recuerdos vivos
y besos tan dorados como el beso
aquel de la memoria.

Imagen de anderson2007, "Sonrisa"

1.3.10

Mundos al revés

Mundos al revés

Por Edgardo Civallero

Hace unos días me llegaron unas páginas escritas por un viejito (y esto lo digo cariñosamente) que compartía conmigo y con Sara las reflexiones que le quedaban tras sus largos años de vida. Permítanme compartir con ustedes un pequeño fragmento:

Solo sé que nada sé; que cuánto más creo, menos fe tengo; cuánto más me hablan, menos me dicen; y cuánto más escucho, menos comprendo.

Dejando al margen la inicial cita socrática, no pude dejar de sonreírme cuando leí las otras tres afirmaciones, en especial la última. Porque coincido con ella totalmente.

Más escucho y más me parece que se están riendo de mí, que me están «tomando por boludo», como diríamos en mi tierra muy castizamente. O que el mundo se dio vuelta hace unos años y yo ni me enteré, y lo que era blanco ahora es negro, lo que era izquierda (en todos los sentidos del término) ahora es derecha, lo que era arriba, ahora es abajo, lo que era correcto ahora no lo es y lo que estaba bien, ahora está mal.

¿No han tenido ustedes esa sensación últimamente?

Leo el periódico madrileño "El País" y me encuentro con imágenes y descripciones de mi continente natal que, después de haberlo atravesado de punta a punta, no reconozco. Esos periodistas, supuestos informadores y creadores de opinión, parecen contar lo que se les antoja, o lo que desean para lograr no sé qué propósitos. Consulto otros diarios, no vaya a ser que mi elección no hubiera sido la correcta, pero es igual: obtengo el mismo resultado. Hace unos días, sin ir más allá, me encuentro con la noticia de un preso cubano fallecido tras una huelga de hambre y elevado a la categoría de mártir por ciertos sectores, y a los presidentes de varios gobiernos euro-americanos alzando su voz en contra de las violaciones de derechos humanos en Cuba. Aclararé, antes de seguir, que no soy ni afín ni contrario al gobierno cubano porque, después de tantos años, no sé realmente qué es lo que pasa en la isla, y ya no quiero hablar de oídas. Sin embargo, me parece una hipocresía que esos medios euro-americanos se ensañen con el régimen castrista y no profundicen en las matanzas de civiles, las cárceles secretas, las torturas y violaciones de derechos humanos documentadas con fotos y videos, las detenciones injustificadas, los encarcelamientos por años sin juicio previo, los discursos desfachatados en pro de la guerra preventiva, la miseria que conviene a unos pocos y se perpetúa en naciones desposeídas... El gran buitre del Norte puede campear a sus anchas, y los gavilanes que lo acompañan en su vuelo aplauden cada una de sus ocurrencias y acciones como si fueran geniales, salvadoras, sublimes... De eso no hablan los medios. O, al menos, los que tienen el poder para crear opinión. De eso no se discute en los bares. De eso no dan cuenta los noticieros.

Enciendo la televisión y me encuentro con esos mismos noticieros, que me hablan del clima, de los insultos en el Congreso, de los tira-y-afloja de los partidos políticos, de las declaraciones... Nadie habla de los sistemas de salud públicos que se están privatizando a manos de poderosas compañías farmacéuticas; ni de todas las ancestrales variedades de maíz mexicano cayendo ante la planta transgénica con la que pronto nos alimentarán a todos y se enriquecerán unos pocos; ni de las patentes de especies vegetales y animales que no deberían "pertenecer" a nadie; ni de una educación que cada vez educa menos; ni de una tecnología que cada vez atonta más; ni de grandes figuras políticas que perdieron las pocas neuronas que tenían en algún rincón y claman como verdaderos profetas bíblicos, recibiendo la atención de los periodistas; ni de un planeta que se está yendo al infierno porque corregir lo que lo está enfermando no conviene... No me explican donde están los banqueros facinerosos por cuya culpa acabamos de soportar una crisis, ni por qué se los ayudó con dineros públicos a salir de un bache que ellos mismos habían causado con su codicia, ni por qué la justicia dejó de ser justa y los criminales andan libres por nuestras aceras, ni porqué pago con mis impuestos cientos de cosas que no quiero apoyar, ni porqué la cultura parece ser el negocio de unos pocos iluminados y los demás somos unos pobres giles. O unos pringados, como se diría en España.

Dejo todo eso de lado, porque cada vez entiendo menos, y me pongo a trabajar en algo que tenga que ver con las bibliotecas, mi eterno refugio. Al menos, pienso, ese reducto quedará a salvo de tanta podredumbre. Pero me equivoco. El universo bibliotecario parece haberse puesto a girar en torno a lo digital, a las bases de datos internacionales, a los portales web, al Facebook y el Twitter. Pero... ¿quién habla de los bibliotecarios públicos españoles, que se las ven y se las desean para mantener un servicio decente? ¿Quién de sus colegas del otro lado del océano, que continúan su eterna lucha al pie del cañón, sin más ayuda que sus dos manos y la solidaridad que todavía los une, y soportando a veces una brecha digital y social injusta? ¿Quién denuncia a las publicaciones académicas, las dueñas de esas bases de datos tan loadas, que venden sus productos a miles de euros por suscripción pero no pagan ni a autores ni a revisores "porque para ellos debe ser un honor colaborar con ellas"? ¿Quién denuncia que saber usar una red social y sacarle provecho no basta para ser un buen bibliotecario, o un buen-lo-que-sea?

Los actos y los discursos que me llegan me muestran un mundo al revés, un mundo en el que "matar" es "luchar por la libertad" o "defenderse"; en el que "robar" es "invertir" o "especular"; en el que "los logros de los sindicatos de trabajadores" se venden al mejor postor porque ahora son "reliquias del siglo pasado"; en el que "negociar con la salud de otros a cualquier precio" se llama "sistema de salud privado"; en el que "país mancillado, saqueado y exprimido por las grandes potencias, al cual donaremos nuestra caridad muy mediáticamente" es un "país pobre, víctima de su atraso"; en el que "cultivo transgénico con serios peligros para la salud y el medio ambiente pero con grandes beneficios para una o dos corporaciones" es "la comida del futuro" y la "solución a la hambruna global"; en el que un "medio de información que no cuenta lo que las grandes multinacionales informativas quieren que se cuente, sino que va más allá y suma pluralidad y opiniones diversas" es "alternativo" o "conspiracionista" (o simplemente "basura informativa", "comunista", "anarquista" o "antisocial"); en el que "redes sociales que nos aíslan y coartan si basamos nuestra vida en ellas" es "la mejor forma de comunicarse"; y en el que... bueno, agreguen ustedes mismos.

Es un mundo al revés. O un mundo que están dando vuelta en nuestras mismas narices sin que nosotros hagamos nada por evitarlo, porque es más fácil creerse lo que nos echen y tirarse plácidamente a dormir la siesta repitiendo por lo bajo aquello de "Dios proveerá".

Es un mundo al revés, sí. Y como decía ese viejito al que cité al principio, cuánto más escucho, menos comprendo.

Imagen de Andrew G. Saffas para el San Francisco Chronicle. Tomada de cachefly.net.